lunes, 19 de mayo de 2014

¿Qué nos pasó?

Por Ondina León©

Se quiera o no, el pasado siempre está presente. Se quiera o no, el pasado, que siempre estamos descubriendo como un continente infinito, nos condiciona el futuro que siempre es incierto y, en algunos casos, abismalmente verídico.

Una amiga me envía una colección de fotos, en blanco y negro, de la Cuba anterior a 1959, año del accidente perpetuo. Casi todas son de las décadas de 1940 y 1950, y la mayoría de La Habana, la que alguna vez fue llamada “La Ciudad de las Columnas” y que hoy, con absoluta y triste tranquilidad, podríamos llamar “La Ciudad de los Derrumbes”. Desde la pantalla de mi computadora, hojeo y ojeo, una y otra vez, el álbum de fotos en el que, como en el conocido texto martiano, la historia del hombre está contada por sus casas, por sus edificaciones: la sede del “Diario de La Marina”, en Prado y Teniente Rey, frente a las escalinatas del Capitolio Nacional; el aeropuerto de Rancho Boyeros; las instalaciones de la playa “La Concha”; “Radiocentro” y la CMQ, semillas fructuosas de la televisión en América Latina; las bodegas abarrotadas de productos; el famoso cabaret “Tropicana”, bajo las estrellas de la noche tropical; las enormes y elegantes tiendas por departamentos “El Encanto” y “Flogar”; los suntuosos hoteles “Riviera” y “Habana Hilton”; las calles saturadas de autobuses, carros modernos y personas bien vestidas; el edificio del retiro odontológico; la calle Línea, en el modernísimo “El Vedado”; los túneles de la bahía de La Habana y el de Miramar; los teatros “Payret” y “Rodi”; el aristocrático hotel “Nacional”; el hospital “La Benéfica”; la Plaza Cívica con sus edificios gubernamentales, el palacio de justicia, el monumento a José Martí y el Teatro Nacional; por haber, hay hasta dos fotos emblemáticas, una del diseñador francés Christian Dior, en la capital de Cuba, y otra de Alicia Alonso, bailando en 1956. Todas, absolutamente todas las imágenes exudan prosperidad, pujanza económica, desarrollo, bienestar y alegría de vivir: aquel país no era el Paraíso, pero al menos parecía ser o intentaba ser un boceto de la mejor utopía socio-económica para una nación. Porque no sólo esa prosperidad se daba en La Habana, sino también en Matanzas, llamada “La Atenas de Cuba”; en Santiago, en Cienfuegos, “La Perla del Sur”; en Camagüey... La isla estaba sembrada de centrales azucareros, de fábricas, de campos de tabaco, de fincas ganaderas, de escuelas rurales, de hoteles y casinos, de esperanzas de mejoría. Estábamos muy bien, entonces, pero queríamos estar mejor, ¿no? Hojeo y ojeo y la pregunta me abofetea, como un insulto a media noche: “¿Qué nos pasó?”. ¿Cómo hemos podido caer tan bajo y tan atrás?

Porque el llamado “Milagro Cubano” nació en tan sólo unos 57 años, desde el 20 de mayo de 1902, en que se izó por primera vez la bandera de la República de Cuba, en el Castillo de El Morro, hasta aquel enero de 1959, en el que se creyó que nos habíamos liberado de una dictadura, la del general Batista, y que comenzaba una nueva era de más prosperidad, pero con justicia y democracia. Surgida de sus ruinas por las guerras independentistas, la nueva nación, en la primera mitad del siglo XX, asimiló a más de un millón de inmigrantes (¡una isla pequeña!), creó una extendida red de carreteras, ferrocarriles y acueductos y hasta se dice que implantó, en 1940, la Constitución más moderna y justa de todo el continente americano. 

Hoy, el contraste no puede ser más marcado bajo la rancia dictadura castrista que, entre sus logros más sobresalientes, tiene una panorama desolador de familias divididas, millones de exiliados y emigrantes, miles de torturados, presos y muertos, una economía destruida (¡hasta sin azúcar!) y unas ciudades ruinosas, en las que sólo crece el marginalismo, la prostitución y la miseria. “¿Qué nos pasó?”, me repito hasta el delirio.

Ante la pregunta fatal, hay infinitas respuestas de muy variado talante. Unos dicen que este marasmo es porque el emperador Castro I engañó al pueblo para poder implantar su desgobierno como si “ese” pueblo no hubiera sabido quién era aquel pandillero armado. Otros afirman que la culpa es de la prensa y de los medios de comunicación, de aquella Cuba y de aquel Estados Unidos, que entretejieron la leyenda del Robin Hood cubano en la Sierra Maestra, luchando por los pobres de la tierra; sobre todo, el dedo acusador apunta al periodista Herbert Mathews, del “The New York Times”, y a Miguel Ángel Quevedo, propietario y editor del semanario “Bohemia” todos deberíamos conocer, leer y estudiar la carta que dejó antes de suicidarse, en 1969. Hay quienes vociferan que la responsabilidad es de los Estados Unidos, que no nos liberó a tiempo del comunismo, y negoció a solas con la Unión Soviética, en el marco de la Guerra Fría, y “nos vendió” ¿es que no éramos un estado “libre y soberano”?; ¿por qué otro país tenía que determinar nuestro destino?. Otros especulan que es una cuestión de fatalismo genético, por la mezcolanza de etnias europeas y africanas de séptima, y que Cuba debería llegar hasta Camagüey, cercenar la parte de Oriente, desde donde salen todos los males del país, como el caudillismo, el machismo y la incultura. También están los que creen que se trata de un karma colectivo, de una tragedia predeterminada por la astrología, porque por la isla pasa un eje místico-energético que nos condiciona al fracaso y nos empuja al mal. Otros dicen que estamos pagando ahora, y por estos últimos 55 años, toda la soberbia, la arrogancia, la violencia, el racismo, la envidia, el individualismo y la pestilencia de un pensamiento mágico absolutamente errado, que llevamos en nuestra sangre absolutista y de extremos. ¿Será cierto?
Como suele sucedernos (¡perdón por la generalización!), a grandes y complejos males terminamos buscándole explicaciones simples y simplistas, nada convincentes, caricaturescas, que tal vez tengan su porciento de verdad, pero que son muy parciales. Y, sobre todo, en este paroxismo nunca nos proponemos unas verdaderas soluciones para arrancar de raíz el mal, que ya sabemos dolorosamente cuál es. ¿Habremos aprendido algo de esta etapa histórica? ¿Realmente existimos como pueblo o esta guerra civil, que hemos desatado contra nosotros mismos en un arranque suicida, ya nos extinguió? Porque cada vez mengua más la población en la isla; cada vez estamos más atomizados por los cuatro puntos cardinales; cada vez más se nos diluye eso que llaman “identidad” en otras almas colectivas ajenas…

Alguien, entonces, puede responderme: “¿Qué nos pasó?”. O mejor, incluso, reformulo la pregunta: “¿Qué nos está pasando todavía?”. Y… ¿hasta cuándo?
Este otro 20 de mayo, le vuelvo a poner un crespón negro a la bandera cubana y la entierro sin lágrimas.

domingo, 4 de mayo de 2014

Virtuosa inmoralidad


Por Ondina León©

El mundo anda muy mal o yo estoy rotundamente equivocada en esta vida ya larga que me ha tocado vivir. Parece que la muerte concede virtudes festinadamente o que, en el momento postrero, se juzga de una manera muy alejada de la de Dios. Los titulares son realmente patéticos, por no decir grotescos: se ha muerto el músico Juan Formell, “Cuba llora” y las multitudes acuden a sus funerales, mientras lo canonizan, tanto las autoridades oficiales de la dictadura, a las que tan bien sirvió, como el vulgo, “municipal y espeso”, que bailó y se enajenó con su música, mientras sus estómagos vacíos rugían de hambre y soñaban con huir de la isla posesa. Ahora la mayoría de los cubanos, siempre olvidadiza e inmoral, plañe por la pérdida de uno de sus “grandes” y hasta lo empieza a comparar con ¡Ernesto Lecuona y  Benny Moré! 
 
En un aparente afán justiciero, algunos se desgarran las vestiduras clamando que Formell era “sólo” un artista, que regaló alegría de vivir durante 45 años con su orquesta “Los Van Van”, por todo el territorio nacional (léase el Gulag Castrista) y por todo el mundo, bañándonos de gloria a todos los que pertenecemos a una tribu llamada Cuba, la mejor de las mejores.


Pero este mismo artista fue también un instrumento diligente del sistema de patologías que es nuestra nación desde (¿se acuerdan?) 55 años. Formell, al margen de sus talentos, tuvo una exitosa carrera como músico porque supo muy bien crear temas (algunos hasta racistas, como “La Habana no aguanta más”) para ser tocados en las tribunas “antiimperialistas” de Castro I y Castro II; en festividades de los macabros CDR, bastión de la chivatería y la envidia; en los feriados por el 26 de julio, fecha trágica y sangrienta, que se celebra aberrantemente; en actos de su Partido Comunista de Cuba, PCC, camarilla castrista, en el que militaba como político y funcionario; en los escenarios de Europa y América en los que él y su orquesta representaban los “éxitos de la Revolución”. 


¿Se acuerdan de cuando firmó la carta apoyando los fusilamientos de los jóvenes negros, que intentaron huir de su “Paraíso”, en el año 2003? Lo recuerdo paseando por Miami, arrogante y veleidoso, afirmando que en Cuba no hay presos políticos (¿ni Damas de Blanco apaleadas?), pero en Estados Unidos sí. Como le sirvió muy bien a la dictadura, en sus funerales, en el vestíbulo del Teatro Nacional, hubo ofrendas florales de los generales Castro, los verdugos de su pueblo, y declaraciones lacrimógenas de esbirros, como Miguel Díaz-Canel y Miguel Barnet, esa vergüenza de la “cultura” oficial y oficialista, castrante y aburrida.


Si, ni que Dios lo quiera, mañana fallecen Amaury Gutiérrez, Willy Chirino o Albita Rodríguez, estoy absolutamente convencida de que no tendrán en sus funerales ofrendas de esos delincuentes con charreteras o corbatas, como se puede esperar. Ya lo vimos con la muerte de Celia Cruz, auténtica gloria de Cuba y mujer decentísima, que jamás comulgó con la dictadura, y que se fue de este mundo sin poder regresar a su isla y sin que su música fuera patrimonio real de sus compatriotas, atrapados en el feudo castrista.


Por suerte o por desgracia, cuando de Cuba se trata, desde el siglo XIX, todo, absolutamente todo, se embarra de política, se contamina y se amalgama con nuestras peores carencias como pueblo, entre las que está, no cabe duda, la capacidad de discernir con ética. En este sentido, nuestra esquizofrenia no tiene límites ni parangón en la historia y por esto, a veces, somos juzgados implacablemente por nuestros hermanos de América Latina, que tratan de entender nuestro fenómeno y no llegan ni a esclarecerse en algún punto. Como vociferaba una “hermana” de la isla de Puerto Rico, que con Cuba es ala de un mismo pájaro, según la poetisa Lola Rodríguez de Tió, “¡Pero si Formell es sólo un músico!”. Sí, hija mía, pero también fue un hombre, un ciudadano al que hay que juzgar por sus complicidades con el desastre cubano, este que es historia viva entre ruinas, no pasado distante. ¿Podrá Formell descansar en paz? No sé: que Dios decida.