sábado, 22 de febrero de 2014

Maduro, el podrido.

Por Ondina León ©

Los acontecimientos que se han venido sucediendo durante estos días de febrero, en Venezuela, son realmente trágicos, pero esperados: la realidad del país era una bomba de tiempo que debía estallar a corto plazo, y lo ha hecho. A cualquiera se le hace la cabeza agua pensando en cómo una nación tan grande y rica puede tener tan serios problemas económicos y sociales, tanta pobreza y tanta inseguridad, tanta violencia y tanta pérdida de valores, y un gobierno tan criminal. 
Antes de la llegada del chavismo, hace ya 15 años, había problemas, como pobreza, corrupción, injusticias y miles de traumas más, totalmente injustificados en un país como ese, pero, al menos, parecía que había condiciones e instituciones para gestionar cambios y mejoras con cierta estabilidad política y social. Pero los pueblos no escarmientan por cabeza ajena, se impacientan y creen en soluciones rápidas y definitivas; las masas engendran la necesidad de un gran líder salvador y lo canonizan en su afán de dar el gran salto a la prosperidad y a la felicidad, y es aquí donde se cavan su propia tumba. 
Con el acto de entronizar a un militar golpista y mesiánico, de un “elegido” (por la dictadura de los números en las urnas), de un líder carismático con su varita mágica para solucionarlo todo, Hugo Chávez, y que además cerró filas con la “ideología” de la dictadura más rancia de América Latina, el castrismo, todo se empeoró en Venezuela. El país se ha venido polarizando, fragmentando y atomizando fundamentalmente entre los que han sido “beneficiados” o comprados por el chavismo y los que se han visto perjudicados y avasallados por su esencia, que es absolutista y antidemocrática, sin lugar a dudas. 
Porque si algo ha demostrado el castro-estalinismo es que, donde quiera que planta su bota, siembra la discordia, la miseria y la represión, la tortura y la muerte de los derechos del individuo y de la sociedad civil. Y el caso de Venezuela no es el primero. Hay que tener siempre muy presente la triste historia de Chile, donde el miserable presidente Salvador Allende le entregó el país a los Castro y provocó una reacción extrema de la sociedad y el ejército, que tuvo que intervenir para arrancar la raíz del mal a un costo de muchas vidas y traumas, que aún persisten. 
El gran caudillo de Chávez murió (no así el chavismo), pero antes designó, con el sucio dedo de su testosterona sangrienta, a su delfín, a su heredero político, a Nicolás Maduro, obviamente un mastodonte oligofrénico, pero que exactamente es el hombre de La Habana. Que no por gusto fue “educado”, entrenado y programado, ya desde la década de los años 80, en las escuelas del Partido Comunista de Cuba y en los centros de entrenamiento de la Seguridad del Estado y la Inteligencia Militar de la isla. 
A Maduro no le hace falta ser inteligente ni culto ni estadista: es el peón perfecto que necesita el castrismo para explotar a su colonia, Venezuela. A los historiadores del futuro cercano les tocará estudiar con rigor este caso único en la historia moderna en que un país paupérrimo y pequeño, con un sistema de patologías, como Cuba, conquista, coloniza y expolia a una nación democrática, grande y rica, como Venezuela. La aberración histórica es más que evidente y se entronca con los sueños imperialistas del emperador Castro I, que ha realizado con cierta gloria su gris sucesor Castro II, al extender sus tentáculos macabros por varios países de América Latina, que han sucumbido al imperialismo energético chavista, como Ecuador, Bolivia, Nicaragua y hasta la “blanca y culta” de la Argentina, donde el chavismo también financió la elección de su actual “presidenta”, la histérica y errática (pero plutócrata) Cristinita Fernández. 
¿Qué pasará en Venezuela? No creo que nadie se atreva a dar un diagnóstico o un pronóstico a corto plazo porque hay que contar con numerosos factores, como el ejército y el papel que pueda desempeñar en relación con el gobierno. Tras la brutal represión del régimen de Maduro-“Maburro”, a coces limpias, como era de esperar de un gobierno castro-estalinista, que usa el terrorismo de estado con sus pandillas paramilitares y lanza a las calles sus tanques y helicópteros artillados; luego de la cifra siempre ascendente de muertos, heridos, torturados y detenidos, sobre todo de estudiantes, que han llevado la voz cantante en las protestas que piden libertad, seguridad, alimentos y democracia; luego del encarcelamiento del líder opositor Leopoldo López (su imagen a los pies de la estatua de nuestro José Martí, en Caracas, es todo un símbolo), mucho más cojonudo que el timorato de Henrique Capriles, que cree en la limpieza de las elecciones presidenciales que orquesta el castrismo; después de la pasividad de las instituciones latinoamericanas, incluida la OEA y el insulso de José Miguel Insulza, su secretario general, que siempre se parcializa a favor de lo peor y de la izquierda antidemocrática del continente, sólo nos queda rezar para que no haya más muertos. Pero también nos queda pedirle a Dios que le dé fuerzas y lucidez al pueblo de Venezuela para que siga su lucha, porque sólo ellos serán capaces de liberarse de esta dictadura castro-estalinista, que encarna el genocida de Maduro, al que hay que juzgar y condenar a muerte. 

Mientras, toda mi admiración y respeto por esta nación que tiene hambre de libertad y que no está dispuesta a estar encadenada por 55 años, como lo estamos aún los cubanos. ¡Gracias, Venezuela!

sábado, 15 de febrero de 2014

La coartada del fracaso.

Por Ondina León ©

“Hay tres clases de mentiras: la mentira, la maldita mentira y las estadísticas”, según Mark Twain, ese exitoso fracasado de la literatura y el periodismo estadounidenses. Si estamos de acuerdo con él, entonces no hay por qué ofenderse o indignarse cuando los medios de confusión, es decir, la televisión, la prensa escrita y demás junglas de la modernidad virtual anuncian, a bombo y platillo, que una encuesta realizada, por una institución con un pomposo nombre en inglés, entre los “exiliados” cubanos de Miami y los estadounidenses, arrojó que la mayoría está a favor de “la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos”, que “el embargo norteamericano contra la isla ha fracasado” y que “hay que cambiar de rumbo en las relaciones”. 
¿Alguna sorpresa? Sean o no ciertos estos resultados, la realidad es que cualquiera pudiera creer que hay como especie de una epidemia de euforia, incluso entre “respetables” empresarios capitalistas, a favor de amamantar, fuera del clóset, a las ya añejísimas fauces del castrismo, que siguen festinadamente destrozando lo que queda de un accidente histórico llamado Cuba. 
Estos aupadores de la llamada “actualización del sistema cubano”, léase reacomodo de cargas de la dictadura mafioso-castrista, se rasgan las vestiduras vociferando que el embargo ha fracasado, pero, según se mire, este ha sido todo un éxito, porque es aún el mejor pretexto que justifica todos y cada uno de los naufragios económicos y sociales del castrismo. A fuerza de repetir este axioma, prácticamente el mundo entero cree que la nación está devastada por culpa de este “criminal” embargo y no gracias al arte de hacer ruinas de los experimentos macabros de un régimen absolutamente genocida y parásito, que ha diezmado y diezma lo mismo las arcas del imperio ruso que los pozos del petróleo venezolano.
¿Embargo? ¿Pero no ha logrado el capital estadounidense posicionarse como uno de los grandes socios comerciales del castrismo invocando “razones humanitarias”? ¿No le paga Cuba, en efectivo y por adelantado, las facturas de alimentos? ¿Cuántos miles de millones de dólares recibe la dictadura de los emperadores Castro en forma de remesas de todas partes del mundo? Y sabrá Dios todo lo que hay por debajo de la mesa y que todavía no ha salido a la luz pública. 
Entonces, de acuerdo, el embargo fracasó, pero, ¿alguien puede mostrarme los éxitos del llamado “diálogo”, ya sea entre los exiliados y la mafia castrista o entre el gobierno estadounidense de turno y las “autoridades” de la isla? ¿Ya no se violan los derechos humanos en Cuba? ¿Ha habido elecciones libres? ¿La patria potestad ha vuelto a ser una realidad? ¿Hay libertad de expresión? ¿Cuáles son los éxitos del “diálogo”, ese monólogo sostenido del castrismo por 55 años? Bueno, sí, Estados Unidos tiene la ilusión de que el éxodo de cubanos a su territorio está bajo control… El señor James Carter visitó Cuba y hasta habló en la Universidad de La Habana… Un tal Gutiérrez Menoyo, dizque opositor de los Castro, logró “abrir” una sede de su partido unívoco en La Habana… Y los vuelos entre los dos países son cada día más numerosos y los pasajes cada vez más estratoféricos: ganancias netas para todos. Porque, bien visto, todo parece indicar que el masoquismo antropológico del cubano se ha aplacado con el tema de los viajes de ida y vuelta y el relajo del “intercambio cultural” y el maniculiteteo del “contacto de pueblo a pueblo”. 
¡Qué maravilla! ¡Pobre Cuba, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! Porque el más obsceno pragmatismo se ha ido imponiendo en los últimos años y, sin sorpresas, sin ninguna ética. Y aquellas lluvias ácidas trajeron estos lodos pestilentes, que no son nada propicios para que explote una auténtica primavera de resurrección nacional, con justicia y ética. 
El panorama es desolador. Lo que le mostramos al mundo es un país arrasado moralmente donde prolifera no ya la “doble moral”, sino la más rapaz inmoralidad, la hipocresía, el cinismo, la vulgaridad. En la isla posesa no hay una cultura de la libertad que engendre una necesidad imperiosa de cambios radicales. La disidencia es abrumadoramente minoritaria y, salvo honrosas excepciones, cada día es más ligera, más de salón, más viajera, más conformista con las migajitas de normalidad que desgrana perezosamente el castrismo para seguir reinando, incluso sin los Castro, que para algo son casta. 

El individualismo acerado del cubano, escoltado por su proverbial esquizofrenia y su arrogante pensamiento mágico paridor de monstruos, no ha hecho más que confirmar que no existe un concepto o un sentimiento de destino colectivo: “La patria soy yo, nada más que yo y, a lo mejor, mi familia. El resto es tribu ajena…”, se repite como un mantra el ciudadano de a pie, remo en mano, dispuesto a volar a cualquier horizonte diferente, soñando con otra nacionalidad que no sea la cubana. Hay que “resolver” la situación lejos, muy lejos de estos lares, que hemos convertido en ruinas apestosas, el escenario ideal para la lascivia folclorizante de turistas de séptima que, con un puñado de dólares o una comida caliente, conquistan la belleza más virginal de un adolescente o de una joven. Las encuestas podrán mentir, pero la realidad, no. Somos el fracaso hecho nación porque así lo hemos querido, aunque como individuos podamos llegar a ser exitosos, en otras tierras. Somos los mendigos que no sabemos ni pedir limosna porque nos dejamos secuestrar las buenas maneras, las tradiciones de clase, la educación y la decencia. Pero esta tragedia no parece importarle a nadie: lo que cuenta es “resolver”. Y así, ¿a dónde iremos a parar? A donde estamos, a un mar de males con millones de islas a la deriva, enfermos de nostalgia, poseídos por las frustraciones, atomizados, hambrientos de justicia… Pero esto no es nada: esperen a que comience la línea de ferris Miami-La Habana… ¡Pronto!