viernes, 27 de diciembre de 2013

Con dones de amor.

Por Ondina León ©

Joan Manuel: 

 ¡No puedo creer que ya tengas 70 años! ¡Salud y larga vida! ¡Cómo pasa el tiempo! Todavía te veo como aquel esplendente joven de pelo largo, que llegó a la grisura monolítica de la Cuba de los años 70, con una esbeltez sensual y la poderosa arma de la poesía hecha música, todo tan diferente a la polución sonora que padecemos hoy. Ni te hacía falta tener una gran voz porque los juglares, los trovadores, cuando son auténticos como tú, Joan Manuel Serrat, se hacen escuchar desde la sustantífica médula de sus almas, con sus luces y sus oscuridades abismales, que para algo somos humanos, ¿no? ¡Qué impacto has tenido en la vida de millones de jóvenes, que hicieron suyas tus canciones, y que hoy peinan canas o se lustran la calva! Para mí, “Lucía” es una de las más bellas canciones de amor en castellano que existen: “No hay nada más bello / que lo que nunca he tenido. / Nada más amado / que lo que perdí. /Perdóname si / hoy busco en la arena / una luna llena que arañaba el mar”. Y son tantas y tantas tus creaciones inolvidables que, bien lo sabes, tienes asegurado un sitio imperecedero en lo mejor de la canción de las últimas décadas: “Aquellas pequeñas cosas”; “Mediterráneo”; “Penélope”; “De cartón-piedra”; “Fiesta”; “Romance de El Curro el Palmo”; “Pueblo blanco”… Y luego ese maridaje con dos grandes poetas, Antonio Machado y Miguel Hernández, que te hizo consolidarte como un artista universal, lejos del provincianismo de tu terruño y de los traumas de un país que se había desgajado por una guerra fratricida. Tú has sido lo que me enseñaron a llamar, y creo que con razón, un “artista comprometido”. Ahora hay una epidemia de artistas y “artistas” que subrayan su condición y dicen que no son “políticos”, como si esto fuera posible: todos somos “animales políticos”, como afirmó Aristóteles, aunque algunos seamos más animales que políticos, con el perdón de las inocentes bestias, que nunca cometen crímenes ni torturan como nosotros. Estas nuevas generaciones sólo parecen que están comprometidas con sus ganancias personales y su “realización”, dizque profesional, y no quieren (aunque sí pueden) involucrarse en la suciedad de la política, a ver si higienizan un poco el marasmo. Pero tú no. Tú sí que “fieramente existiendo, ciegamente afirmando” tomaste partido “hasta mancharte”. Y yo hubiera sido como tú, antifranquista, amante de la libertad, enamorado del amor, anhelante de la paz con justicia. Dadas mis circunstancias de cubana, a lo mejor no hubiera podido llegar a ser “de izquierdas”, como tú, pero sí de una razonable adicción a la democracia, al pluralismo, al respeto a los derechos humanos. Eso sí, yo también soy exponente de nuestra esquizofrenia nacional y te quiero tanto como te desprecio por tu partidismo: ¿por qué para ti Pinochet sí fue un dictador y Fidel Castro, no? ¿Por qué nunca has alzado tu voz en contra de la dictadura que padecemos los cubanos por estos ya larguísimos 55 años? Tú, cantor, poeta de la libertad, ¿has hablado alguna vez sobre la represión, la miseria y la inmoralidad que le ha impuesto el castrismo a millones de cubanos? Ya que has cantado a dúo con los trovadores y artistas de la dictadura, como Pablo Milanés, ¿por qué no grabas una pieza con Amaury Gutiérrez, que está prohibido en su propio país por apoyar la búsqueda de libertad para todos? ¿Qué puedo hacer para valorarte más sin reprocharte tu incoherencia ética? Con humildad, paciencia y ternura, con dones de amor, no te condeno, sino te condono tu desamor para con nuestra causa, tu complicidad con la maldad y la desidia. ¿Qué cumplas muchos más cada 27 de diciembre? Sí, pero ojalá que despiertes ¡pronto! de tu “compromiso” tan parcial. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

Las incoherencias de ciertas grandezas.

Por Ondina León ©

Los medios de difusión están de plácemes: ha muerto un hombre grande. Con la necrofilia que los caracteriza y la superficialidad endémica que los corroe, estos medios se aprestan a canonizar a Nelson Mandela en un aquelarre que tiene de fiesta, rumba y guaguancó, y lanzan titulares tremendistas y excluyentes, como uno que reza “Miami deja atrás la controversia con Mandela para celebrar su legado”. Sin embargo, creo que el momento se presta para reflexionar y debatir, aunque, claro, con el cáncer galopante de la corrección política, nadie se atreve, en estos momentos de luto y de lata, a mencionar, ni por accidente, alguna mancha en este “Sol de Sudáfrica”, en el ya llamado “Padre de la Patria”. 
Siempre he tenido una relación de amor-odio con Mandela. Si bien he admirado y respetado su acción y su heroísmo contra un régimen tan injusto y oprobioso como el apartheid, también he detestado su amistad y su alianza con dictadores terroristas —perdón por la redundancia, porque todo dictador, de derecha, de izquierda o centro, es un terrorista— y su absoluto desprecio y silencio por causas tan válidas como la resistencia y lucha de ciertos pueblos, como el cubano, contra las dictaduras que los oprimen, los expolian y los masacran. Porque, eso sí, Mandela siempre fue fiel a sus “amigos” que apoyaron su lucha con armas, asesores, financiamiento, campañas mediáticas y alianzas políticas. No sólo los admiró y los respetó, sino que también, ya en el poder, los condecoró sin escrúpulos, tanto a Yasser Arafat, como a Muamar El-Kadafi y a Fidel Castro, entre otros “líderes”, que no estadistas.
Hasta donde sé, Mandela nunca alzó su voz contra la dictadura de los Castro, a los que siempre abrazó como a sus hijos, mientras estos imponía el peor apartheid de América Latina, ese en que los cubanos era (y son) discriminados y segregados y no podían ni entrar libremente a un hotel, en su propio país, por razones de origen nacional y porque eran los descastados sin dólares, el vil metal del “enemigo”. Mandela pedía en foros internacionales el levantamiento del embargo estadounidense contra “Cuba”, pero jamás pidió el fin del embargo que tiene, desde hace 55 años, la mafia castrista contra los derechos básicos, humanos y civiles, de los cubanos, de todos, sin distinción de raza. 
Mientras Mandela se convertía en un símbolo mundial en su lucha por los derechos de los negros en su país, el imperialismo castrista los masacraba en sus campañas africanas —Angola, Etiopía, Mozambique, etc.—, porque enviaba mayoritariamente a los negros cubanos como carne de cañón, bajo el lema del “internacionalismo proletario”. Mientras, los generales castristas, como el fusilado Ochoa, financiaban sus operaciones “libertadoras” traficando con diamantes, drogas, maderas preciosas y hasta petróleo, amén del “rubloducto” que el imperio soviético sostenía abierto para la isla caribeña, en el abrumador marco de la Guerra Fría. ¿Cuántos muertos, heridos y traumatizados le costó a Cuba la aventura legionaria castrista? Creo que Mandela nunca se hizo esta pregunta. 
El líder sudafricano es el típico ejemplo del político o guía, carismático y heroico, que justifica los medios por tal de alcanzar sus objetivos, por eso se vuelve tan vulnerable a la hora de ser juzgado por la historia. Las incoherencias de su grandeza dejan una estela patética de falta de ética y de respeto por los derechos humanos, más allá de la cuestión étnica. Porque la libertad y la dignidad humana se la merece tanto un negro sudafricano como un negro o un blanco cubano, un árabe libio o un blanco de Zimbabue, el reino del sangriento dictador Robert Mugabe, amigo entrañable (¡qué sorpresa!) de los emperadores Castro I y Castro II. 
Si bien el mundo tiene sus razones para llorar la muerte de Mandela, creo que sobran sinrazones también para lamentar su falta de autoridad moral, su falta de escrúpulos y su afinidad con la peor crápula mundial. Podrán canonizarlo ahora, pero jamás me hincaré de rodillas ante su altar.