lunes, 14 de octubre de 2013

Ingenieros del alma.

Por Ondina León ©

Hay maestros y maestros. Unos, la mayoría, en el mejor de los casos, instruyen y cobran su salario, que es más de domador de circo o policía, de pastor de burros o inquisidores. Otros, una vasta minoría, educan. Lo que quiere decir que moldean el espíritu de sus discípulos, los iluminan no sólo con conocimientos, sino también con dudas, inquietudes, sueños, principios morales y desafíos. Estos maestros son los ingenieros del alma y son sagrados. Los que hemos tenido el privilegio de tener aunque sea uno de ellos, en algún momento eterno y esplendente, nos sentimos elegidos y tatuados con orgullo de por vida. 
En mi ya remota adolescencia en La Habana Vieja, fui educada por uno de estos seres extraordinarios que dejó una huella indeleble en mi vida personal y profesional. Mis pasos de ahora son también los pasos que él condicionó, para mi bien. En mi yo múltiple y abismal, como Dios manda, siempre reconozco que hay una parcela fructuosa que le pertenece, esa que es un templo donde le rindo culto a la lengua, a la literatura, a la belleza, a la rebeldía y al afán de libertad y ética: sin Jesús Díaz Ribot, yo probablemente habría sido otro ser.
Fue mi profesor de literatura y español en la escuela secundaria “Forjadores del futuro” —“Forajidos del presente”, nos llamaban— y todos lo conocíamos por el sobrenombre de “El Pícaro”, que se le acuño no porque fuera un buscavidas inmoral y arrogante, como suelen ser los pícaros cubanos, tan abundantes en el archipiélago, sino por la pasión con que enseñaba la novela picaresca española a aquellos adolescentes salvajotes que éramos. Y aquel hombre, joven y hermoso, era —¿Es aún? ¡Ojalá que sí! — todo pasión, todo fuego. De esta verdad pueden dar fe dos compañeras de clases, dos viejas amigas mías que, estoy segura, también lo siguen venerando: Zoé Valdés y Miriam Celaya. 
Mientras Dios nos preste vida, todos los que fuimos sus alumnos recordaremos cómo “El Pícaro” nos sumergió en “El Quijote” y cómo nos despertó un sentido de búsqueda de la justicia y de balance entre los sueños y la realidad, tan agreste como estéril, en muchos sentidos. Aquel joven maestro, literalmente, inventaba nuevas formas de despertarnos al mundo de la poesía y, no sabemos cómo, en medio de la miseria y las carencias absurdas que generaba día a día el castrismo, él llegaba a las aulas con un tocadiscos gigantesco, que se me antoja muy viejo, y nos ponía a escuchar los poemas de Antonio Machado y de Miguel Hernández, que había musicalizado con éxito Joan Manuel Serrat. ¿De dónde sacaba los discos? Nunca lo supimos. Era una fiesta para nuestros oídos vírgenes y una segura y decente alternativa a la música de las orquestas populares, que en aquel entonces todavía no habían alcanzado el grado de vulgaridad y vacío que padecen hoy. 
Y luego de la música, aquella pasión desbordada con que nos leía poemas, cuentos, fragmentos de novelas o ensayos. Porque “El Pícaro” siempre nos daba mucho más de lo que estaba establecido en los programas educativos, esos con los que el castrismo ha pretendido por 54 años adoctrinar y aborregar a las masas de jóvenes que, al final de la historia, se han venido convirtiendo en exiliados, mártires, disidentes, presos o zombies poseídos por una desidia crónica: el “hombre nuevo” real, una aberración más del guevarismo.  
Recuerdo muy bien cuando me habló de esa novela “maldita” para su época, “Manon Lescaut”, y de las pasiones humanas que se entretejían en ella. Ese y otros libros, fuera de programa, él nos dejaba conocer. Pero de todos, sin duda, hay uno que “El Pícaro” me prestó (¡qué riesgo!) y que revolucionó mi alma de adolescente: “El hombre mediocre”, de José Ingenieros. ¡Qué fenómeno! Debo confesar que tuve que leer esta extraordinaria obra consultando, con mucha frecuencia, un diccionario. Ingenieros es un escritor de alto vuelo y su castellano es riquísimo para cualquiera, pero mucho más para un adolescente que se está alfabetizando y culturizando. Y esto por no hablar de su vasta cultura y de su andamiaje filosófico, que es un desafío intelectual tremendo. Me devoré este libro, que ha marcado a tantas generaciones de jóvenes latinoamericanos, y lo he vuelto a leer luego una y otra vez, y siempre me impacta el llamado a luchar contra la ordinariez, contra el “aura mediocritas”, tan cómoda como castrante. 
Con el paso de los años, también leí otras obras de Ingenieros igualmente formadoras, como “Las fuerzas morales”, “Hacia una moral sin dogmas” y “Tratado del amor”. Se dice que este escritor, científico y filósofo ítalo-argentino es una de las máximas expresiones del positivismo, que fue socialista y que coqueteó con el comunismo, pero siempre me llama la atención que este moralista, en el buen sentido del término, terminó siendo anarquista: demasiado inteligente y libre como para estar preso en una filiación extrema, en esa desastrosa América Latina. 
A medida que se acercaba el final el curso, comenzó a entrarme una fuerte nostalgia porque sabía que “El Pícaro” dejaría de ser mi profesor, mi maestro. Llegaron los últimos días y nos sorprendió con un regalo para cada uno de sus alumnos, un libro con una dedicatoria de su puño y letra. A mí me dictó: “No vaciles ante la vida. ¡No! Acúsala, si es preciso. Vívela con entera impaciencia. El ser humano impaciente tiene frutos en sus horizontes”, Jesús Díaz. 
Desde entonces, este ha sido uno de mis mantras. Y hasta ahora, creo que he tratado de vivir mi vida con impaciencia, acusándola muchas veces, desafiándola otras tantas, recogiendo mis frutos, magros o jugosos, en estos horizontes siempre cambiantes y laberínticos, amables y ásperos, del universo. 
Hoy, ante el panorama desolador de la educación en Cuba, donde la propia dictadura castrista mediante sus órganos de prensa ha tenido que reconocer el fracaso de su sistema (de)formador, y donde se acosa y se amenaza a los pobres maestros, que tratan de sobrevivir a la ruina impartiendo repasos, a título particular, a unos jóvenes casi analfabetos, más allá del monolítico y patológico sistema “educativo”, es todo un privilegio y una bendición haber tenido un maestro como Jesús Díaz Ribot —no confundir nunca con el escritor castrista, que dudosamente disintió luego, desde Europa— y haber sido formada por un hombre extraordinario, como quería Ingenieros. Nunca le estaré lo suficientemente agradecida. Ojalá que algún día nos volvamos a ver y pueda, mirándole a sus ojos intensos, darle las gracias, otra vez. 

viernes, 4 de octubre de 2013

Ausencia vital.






Por Ondina León © 

A Ramón Unzueta in memoriam
¿El tiempo es un bálsamo? Sí, ¿quién lo duda? Alivia el dolor, pero deja la cicatriz viva de la ausencia. Y a tu lejanía no nos acostumbramos, por más que nos aferramos a ti. Ha pasado un año, un siglo, y sigues ardiendo como el primer día: tu llama es dorada, naranja alegre y azul cansado, aunque tú preferías esa combinación de rojo y negro, tan elegante como seductora, con la que marcaste tu espacio de isla, la de los tesoros insondables, en otra isla hospitalaria, no la que te vio nacer. Y dialogamos contigo y tú nos guías y nos iluminas con tu ser esplendente, creador, paridor de imágenes inolvidables, sin verbos ambiguos. Tu hermana, tu mejor amante, me lo ha dicho, claro y alto: preferiría tu presencia física a tener toda tu obra, esa que nos ha resultado y es infinita, en su cantidad y en sus detalles, en su mar de sugerencias y significados, en su belleza férvida, aun cuando juegas a las distorsiones. Ella te prefiere a ti y la entiendo: esto es amor del bueno. No hay obra que te rebase, aunque estás pleno en la otredad de tus personajes. También tu otra hermana, esa que escribe y escribe dejando jirones de alma desde París, la ha pasado muy mal sin ti, su confidente, su amigo, su Rami(to) o su Rami(llete) de ternura y limpieza. Ella ha cambiado mucho desde que te fuiste, pero es mejor ahora, más libre, más fuerte, más tuya. ¿Y qué decirte de los amigos y amigas que dejaste? Todos te amamos como el primer día en que nos tocaste con la punta de tu magia y nos transformaste en tus admiradores. Todavía te lloro, pero me obligo a vivir por ti, por otros que se fueron (¿injustamente?) antes de tiempo. Cada vez somos menos y más viejos, como diría una vieja amiga, pero fieles al principio de ser dichosos, pese a todo, como tú habrías querido. Me he tropezado con un libro de arte que me regalaste hace años con una dedicatoria: “Para Ondina León, amante de la belleza como yo”.  Y eso habremos sido en nuestro paso apurado por este mundo, amigo. Por ese otro en el que estás, no dejes de alumbrarme el camino, cada vez más corto, pero más sembrado de ladridos y relámpagos. Te queremos para siempre, Rami.  

miércoles, 2 de octubre de 2013

Era sin pedestal.


Por Ondina León © 

Pedir perdón puede ser un supremo acto de valentía ética y de humildad. También puede ser una maniobra maquiavélica con fines oportunistas o una estrategia para desarmar a un rival, que exija justicia. Sólo unos pocos elegidos logran, con autenticidad, cometer este acto de bondad y de delicadeza para con el prójimo, sus patrias y la historia. A juzgar por el contenido del texto “Ara, no pedestal”, de Roberto Ampuero, que recientemente comenzó a circular en los medios y en la Internet, este en un buen ejemplo de moralidad, aunque cada cual pueda reservarse el derecho de matizar sus afirmaciones y su mea culpa. 
Cuarenta años después, este escritor chileno, que fue militante comunista en su juventud, vuelve sobre el siempre dolorosamente vivo golpe de estado que derrocó al presidente Salvador Allende y catapultó a su país a las manos de una junta militar, encabezada por el general Augusto Pinochet. La historia polarizó a una nación y la trucidó cruelmente con un saldo de víctimas que da pavor, como en cualquier guerra, porque hubo una y mucho más grande de lo que se cree, dentro del marco del conflicto entre los valores del Occidente democrático y el imperialismo ruso, la llamada “Guerra Fría”, tan larga como costosa. 
En su texto, intenso y sentido, el autor de “Nuestros años verde olivo”, les pide perdón a sus compatriotas, a Allende y hasta a “los sufridos ciudadanos” de los países comunistas en los que vivió, como Cuba y Alemania, entre otros.  Ampuero reconoce, sin excusarse con su inocencia juvenil, que por aquellos años “todos estábamos enfermos de odio”. Y ya se sabe que, como la violencia sólo engendra violencia, el odio sólo crea más odio, irracional y castrante, excluyente y doloroso. 
Admiro esta sinceridad desbordada de un hombre maduro que tuvo el coraje de desgarrarse, revisar sus convicciones y evolucionar moral e ideológicamente, como en su momento tuvo que hacerlo otro grande de las letras, Mario Vargas Llosa, luego de ser de izquierdas y apoyar a la mal llamada “revolución cubana”. Sin embargo, si importante para la salud del alma y el desarrollo del espíritu es saber pedir perdón, también es vital saber a quién o a quiénes se les pide ese perdón liberador, que nos da una superior categoría humana. 
Ampuero le piden perdón “a sus compatriotas”, pero, ¿a cuáles de ellos? ¿A Pablo Neruda, que le cantó loas patéticas al asesino de Stalin? ¿Al errático Salvador Allende que le entregó el país a Fidel Castro, quien se pasó todo un mes en Chile sembrando su maleficio arruinador? ¿A Max Marambio, mafioso inescrupuloso que hizo negocios, durante 17 años, con la mafia castrista, hasta ayer de tarde? ¿A Camila Vallejo, terrorista en ciernes, entrenada por los estrategas del castrismo? ¿A la Michelle Bachelet que se levanta de una conferencia y corre lujuriosa a besar la mano del Sumo Pontífice del Mal, el Emperador Castro I, en La Habana? ¿A esos chilenos “aguerridos” que vandalizan Santiago al ritmo de una canción de Silvio Rodríguez, el trovador de la dictadura castrista? ¿A los compatriotas que desfilan pidiendo libertad con banderitas cubanas y la imagen del siniestro Ernesto “Che” Guevara, artífice del totalitarismo cubano y sembrador de odios? ¿Cómo se le puede pedir perdón a una masa física amorfa que se causa daño a sí misma con sus pretensiones depredadoras? 
En Chile, probablemente el país de América Latina más estable y moderno, hay un equilibrio precario entre las fuerzas políticas, que muchos pretenden romper con sus torpezas ideológicas y sus exigencias de cambios desmedidos y esa manía de hurgar en la historia, no para hacer justicia, sino con un afán de revanchismo patológico, que es revolver el estiércol estérilmente. A estos actores de la realidad, que no tienen estatura ética, Ampuero no tiene que pedirles perdón. Son todos ellos los que deberían reconsiderar sus supersticiones y sus caprichos ideológicos, evolucionar, pedir perdón por su complicidad con la dictadura castrista y todas las neodictaduras en América Latina —Ortega en Nicaragua; Chávez y Maduro en Venezuela; Correa en Ecuador; Morales en Bolivia; Cristina Fernández en Argentina— y en el mundo entero, y hacerse defensores de los derechos humanos y del pluralismo, que niegan esas izquierdas antidemocráticas y violentas.
 La gran tragedia del mundo de hoy, luego de cien años de historia llena de aberraciones sanguinarias, como el nazismo, el estalinismo, el castrismo, el putinismo ruso y el populismo latinoamericano (de Perón a Chávez), es que no hay un basamento moral sobre el cual, con educación, cultura y civilidad, levantar una filosofía auténticamente democrática que nos permita ser prósperos, material y espiritualmente: es una era sin pedestal ético. Sólo unos cuantos, como Ampuero, tienen el valor de admitir sus errores, rectificar y declararse liberal y humanista, desafiando los absurdos cotidianos, la contaminación de valores y la amalgama corrupta de izquierdas con derechas en la que se le rinde culto al capital más deshumanizado en interés propio y no en el de la sociedad. ¡Gracias, Roberto Ampuero, por el valor y la decencia!