martes, 24 de septiembre de 2013

Cambalache caribeño.


Por Ondina León ©

Cuba ha sido, es y será siempre guía, modelo, “faro de América” y del mundo entero. Sus últimos 54 años de historia no dejan lugar a dudas: es el paradigma vivo de todo lo que no debería suceder jamás en ninguna nación. Su sistema de patologías socio-económicas habla por sí solo, pero, o nadie escucha, o se interpretan mal los desvaríos, o los gobiernos se hacen los tontos por oportunismo o temor a las represalias del castrismo. Como dice el viejo tango, “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé…”. Pero, con demasiada frecuencia, los maquiavelos se reúnen, echan a andar sus ventiladores y salpican de heces, a diestra y siniestra, a las derechas y a las izquierdas y a todo lo que es sin ser…
Tal es el caso, en estos días —¡agárrense la peluca!—, de un curso internacional sobre control de la corrupción que, a todo trapo, se está llevando a cabo en La Habana, en Castrolandia, tierra pródiga en estampas kafkianas, si las hay. En total participan nueve países, entre ellos algunos obviamente poseídos por la égida castrista, como Venezuela y Bolivia;  y otros aproximadamente decentes y quasi democráticos, como Chile, Colombia y Panamá.  
Lo fascinante del encuentro es que se realiza bajo el sacrosanto manto del gobierno cubano, uno de los más corruptos y corruptores del mundo entero. La élite mafiosa-militar, que lleva más de medio siglo arrasando en el archipiélago caribeño —sí y también en América Latina y en África—, podrá dictar conferencias de cómo crear un sistema vertical de corrupción a todos los niveles de la sociedad, pero establecer cánones de cómo prevenir y luchar contra la corrupción es imposible, porque sería renunciar a su propia esencia. Y las dictaduras jamás se suicidan de esta forma, como lo está demostrando el raulismo ligero con sus llamadas reformas, que no son más, insisto, que reacomodos de carga para perpetuar la pesadilla totalitaria, que ahora está en vías de rusificarse, es decir, de convertirse en un capitalismo de estado con una casta gobernante enriquecida, procedente de las mismas filas de la nomenclatura, que ha desgobernado ad infinitum.  
Desde el mismo año 1959, el castrismo sólo ha generado en Cuba miseria material y moral, lo que a su vez engendra más indigencia de todo tipo, incluido el “sálvese quien pueda”, que ha creado una sangría incontrolable con cifras de exiliados escandalosas para una nación tan pequeña. El propio sistema castrista, con sus experimentos económicos macabros, ha creado nuestra célebre bolsa negra de subsistencia; la cultura del robo (robarle al “estado” no es robar); la filosofía del “resolver”, aun al precio de la propia dignidad; el jineterismo y la marginalidad, que ha sido usada como arma de control de masas: “Te dejo vivir al margen de mis leyes, hasta que me convenga, y al más mínimo resbalón ideo(i)lógico, te parto la crisma, por delincuente y corrupto”. Hay leyes que merecen ser quemadas…
Recientemente, acaparó los titulares de la prensa, la de aquí y la de allá, el hecho de que dos profesores de escuela intermedia fueron detenidos y juzgados bajo cargos de corrupción, por vender exámenes a los alumnos, por un puñadito (maximizo el diminutivo) de dólares o su equivalente en eso que popularmente se llama “chavitos” o CUC. El evento, obviamente orquestado para escarmentar a esa sociedad díscola, es en principio totalmente injusto, porque estos dos maestros, que cobran sus salarios en pesos cubanos y pagan lo básico en CUC o dólares, no estaban haciendo más que “resolver” y “resolverle” a esos alumnos, que difícilmente puedan ser desasnados a estas honduras del descalabro y el marasmo. 
Sin embargo, doblemente injusta fue la supuesta reacción de los padres de los estudiantes, que apoyaron la medida de las “autoridades” contra los educadores. ¿Es que acaso ellos también no “resuelven”, de alguna manera ilegal, el pan de cada día? ¿No compran en bolsa negra leche en polvo robada de almacenes del estado? ¿No meten la mano con impunidad en la caja registradora de la tienda o “shopping” en la que trabajan, si tienen esta suerte? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. 
Y a otros niveles, ¿no se ha enriquecido la mafia castrista con todo lo que ha robado en este medio siglo negro? ¿Y las expropiaciones sin indemnizaciones? ¿Y el tráfico de diamantes y maderas preciosas durante las campañas en el África? ¿Y la recolección de oro y plata de las joyas de la familia por parte del “estado” hace unas décadas? ¿Y el narcotráfico? ¿Y los negocios turbios con dictadores delincuentes (perdón por la redundancia), como Noriega, en Panamá? No existe en Cuba nadie con moral suficiente como para condenar a esos maestros, víctimas de los nuevos vientos que soplan en una supuesta cruzada oficial contra la corrupción. Punto. 
En este encuentro internacional contra la corrupción habrá conferencias magistrales, gráficas, estadísticas, académicos babosos, políticos aguerridos que se están guardando el trasero de licencias pragmáticas que se han tomado, mucho delirio latino con supersticiones arrogantes y fotos para la prensa por “el encuentro histórico”. Pero a corto plazo, al menos en la tierra de los emperadores Castro y sus millones de súbditos pícaros, la pandemia de corrupción seguirá floreciendo porque es el sistema de desgobierno el que la crea. El fulanismo, en una tierra sin instituciones ni un estado de derecho; el nepotismo desmedido; la falta de los derechos ciudadanos básicos; la inexistencia de una prensa libre; la ausencia de libre empresa; el tráfico de influencias; y la aguda falta de ética en las masas (¿será algo genético?) son el caldo de cultivo ideal para que la corrupción siga siendo la esencia vital de la nación, que cada día está más lejos de rescatar su alma y su identidad. Y así, no hay esperanza que valga. Punto.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Gracias, amigo.


Por Ondina León ©

Pintores hay muchos: artistas del pincel, pocos. Escritores, escribientes y escribanos se sobran: los artistas de la palabra son raros. Cuando un solo individuo es un artista de la palabra y de la imagen, entonces ha ocurrido un verdadero prodigio humano. Y tal es el caso del Maestro Josevelio Rodríguez Abreu, poeta y pintor, que hoy 15 de septiembre, cumple un aniversario de nacimiento redondo, una cifra hermosa y prometedora. ¿Hace falta decirla? Para nada. Mientras viven, los artistas son inmortales. Cuando se nos van del plano físico, quedan sus obras, sus catedrales de belleza indestructibles, sus lecciones de vida, sus locuras fructuosas y sus sueños. Y si el artista es respetable, más aun lo es el ser humano, ese esplendente, dador de colores y misterios. Porque sus obras, incluso las más aparentemente sencillas, tienen una magia, un carisma que difícilmente se puede descifrar o traducir en palabras comunes. Sus cuadros, esas “Ofelias” y aquellas “Damiselas” tanto como sus palmas o sus gallos, o un Cristo amulatado o un San Lázaro con cara de niña, exudan un encanto que apela más a lo sensorial que a lo puramente intelectual: el virtuosismo es la hipnosis por la belleza, que sólo engendra enamoramiento a primera vista, hechizo sostenido, alegría visceral en cualquier rincón. Y sus poemas, esos destellos intensos de metáforas y símiles, de ternura y rabia, hablan tan alto y tan claro como sus cuadros: “En el final del camino / están los aguaceros y la soledad; / no importa que estemos avisados / porque en ese momento no hay salvavidas / ni puertas que derribar: / sólo nos queda el recurso de cerrar los ojos / para recuperar la ternura perdida”. En su inolvidable “Boceto de un testamento”, entretejido con poderosos versos, Josevelio lega, entre otras maravillas, “mis nubes, / las llaves rotas de la brisa / el aroma de las despedidas / los libros, las mariposas, / mi mano zurda y / la desnudez del David”. Se es Maestro cuando se deja un rastro indeleble de belleza y de gratitud para con la vida, por esto a él le queda muy bien el rango y la jerarquía. Para todo el que lo conoce de cerca, para los que hemos tenido el privilegio de disfrutar de su timidez elocuente (paradojas de paradojas), de su torrente verbal, de su hospitalidad y de su generosidad, su cumpleaños es toda un fiesta, una confirmación de que, en este mundo violento y grotescamente esperpéntico, hay un oasis de luz y de pasión limpia en el que la amistad, la fidelidad y la lealtad al arte se funden y paren nuevos horizontes. Gracias, amigo, por ser y estar y crear. ¡Felicidades! 

martes, 10 de septiembre de 2013

El último disparo.

Por Ondina León ©

Nadie hubiera sospechado nunca que tomaría una decisión de esa naturaleza. Pero lo hizo. Y la ejecutó: a sus 89 años se disparó un tiro en la cabeza. Usó su propia pistola, esa que todos deberíamos tener a mano para defendernos de nosotros mismos y, tal vez, de los demás que intenten secuestrarnos el tiempo, de alguna forma. Así se hizo justicia a sí mismo y evitó ser encerrado en un hospital, donde dependería por completo de unos asalariados, ajenos y distantes. Se libró del ultraje de la vejez. Murió ebrio de lucidez y, casi seguro, en paz, luego de haber sobrevivido a tantas guerras, esas que engendran las naciones en el delirio de la historia y las que surgen de nuestras propias entrañas y que pueden ser tan devastadoras como creativas. 

Sándor Márai —11 de abril de 1900, Kassa, Hungría-22 de febrero de 1989, San Diego, California—, novelista, dramaturgo y periodista, vivió dos guerras mundiales; resistió dos grandes aberraciones históricas, el nazismo alemán y el estalinismo ruso; vio cómo todo un mundo, ordenado y burgués, se desmoronaba en lo que otrora había sido llamado “imperio”; vivió el exilio político; a los 48 años tuvo que huir de su país, que había caído bajo la bota sangrienta del comunismo;  perdió a la mujer que amaba, su única esposa, luego de un matrimonio de 60 años; fue ninguneado en su propia patria por pertenecer a un supuesto “pasado vergonzoso”, a pesar de su grandeza, y, finalmente, se quedó sin fuerzas para seguir resistiendo el paso del calendario y su precio mortal. 

En el lapso que le tocó en suerte, entre la vieja Europa y el pujante Estados Unidos, ya fuera en Budapest, Berlín, Munich, París, Nueva York o San Diego, Márai no dejó de escribir como un poseso que cumple una misión sagrada. Y lo hizo tanto y tan bien que hoy está entre los grandes novelistas del siglo XX, a la misma altura de Thomas Mann, Herman Hesse, Stefan Sweig o Marguerite Yourcenar, por sólo citar a los europeos. Pudo haber escrito sus obras en alemán, pero  optó por el húngaro, su idioma materno, para demostrarse y demostrarnos que el lenguaje propio es la casa del ser, sobre todo para crear a plenitud. Y siempre escribió sus obras en húngaro, a pesar de ser políglota. Así, sus novelas “La herencia de Eszter”, “Divorcio en Buda”, “La hermana”, “El amante de Bolzano”, “La mujer justa” y la que está considerada su mejor creación, “El último encuentro”, constituyen un universo humano e histórico de primera magnitud en el que se pintan con maestría las más intensas (y también bajas) pasiones: el amor, que en su caso siempre es un triángulo entre dos hombres y una mujer o entre dos damas y un galán; la amistad, con sus cumbres luminosas y sus oscuros rincones, salpicados de erotismo contenido y traiciones imperdonables; el resentimiento con un fuerte condicionamiento clasista; las miserias físicas de las enfermedades y la piedad que pueden producir en los otros; el valor de las intenciones, buenas y malas, y su efecto en el prójimo; la relatividad de las verdades; el individualismo como bastión de la identidad; y la terrible hermosura del paso implacable del tiempo. Todo esto y mucho más expresó Márai en cada obra, en donde priman los monólogos y las largas conversaciones, y en donde las acciones de los protagonistas, esencialmente encajadas en el pasado, son evaluadas con un sentido de justicia muy personal, según los intereses de cada personaje.
 
Se ha dicho que este escritor húngaro retrató hábilmente el mundo europeo de entre guerras y es cierto. Pero si hubiera que definirlo sin riesgos, se podría decir que Márai es un pintor de almas, un escultor de personalidades y tipos que alcanzan su mejor expresión en medio de las vorágines de sus pasiones y las calamidades de la historia, incluidos los bombardeos a ciudades tan hermosas como Budapest. Todas sus novelas son intensas, pero termino privilegiando “La mujer justa” —me hubiera gustado más, para evitar anfibologías, el título de “La mujer ideal”—, en la que, con una pericia digna de Balzac, los mismos hechos son narrados y juzgados con una visión muy diferente por cada uno de los personajes involucrados en el triángulo amoroso, un hombre y dos mujeres que antagonizaron por su afecto. Lo que nos hace recordar ese filme japonés ya clásico de Akira Kurosawa, “Rashomon”, con sus perspectivas tan disímiles y ¿válidas? Impresionan la concatenación de los hechos y la sabiduría, que a golpes de eventos y decisiones extremas van alcanzado los personajes, y que son un registro exacto del conocimiento que alcanzó Márai del ser humano en toda su dimensión, con sus grandezas y sus miserias.

Este artista se consagró tanto a su pluma que ya a los 40 años había alcanzado una fama muy respetable. Sus obras eran éxitos de venta y se traducían a los principales idiomas del mundo. Sin embargo, con la imposición del comunismo en su país, luego de la Segunda Guerra Mundial,  Márai fue ninguneado y clasificado como un escritor “decadente y burgués” por la burocracia inquisitorial, que contó con la complicidad de sus colegas y la indiferencia de sus compatriotas. No le quedó más remedio que asumir el destino, salvarse de la colectivización forzosa de la sociedad y, en 1948, huir de Hungría, a la que nunca más volvería. 

Por un periodo demasiado largo en términos de vida humana, Márai cayó injustamente en el olvido. Con el colapso del llamado “campo socialista” en Europa del este y los cambios radicales en su patria, este gran escritor ha sido rescatado y vuelto a ser valorado como merece. Márai no pudo disfrutar de la caída del Muro de Berlín, pero seguro que presintió los hechos y, antes de apretar el gatillo y dar el último disparo, tiene que haber suspirado con algo de esperanza y sentir que sus obras seguirían siendo sus disparos sostenidos en el mundo. 

¿Cuál habrá sido su último pensamiento, antes de hacerse justicia y librarse de una cadena perpetua? No me atrevo a especular. Pero ya Márai había dicho “Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere”. Además, también había afirmado con total lucidez: “Uno siempre responde con su vida a las preguntas más importantes”. Y así lo hizo. Para todo aquel que quiera acercarse a su colosal obra y tocar su vida en cada libro, sólo hay que entrar al sitio virtual www.libroos.es y leer o descargar, ¡gratis!, sus mejores novelas. No dejen de hacerlo. La aventura es arriesgada, pero necesaria.