lunes, 22 de julio de 2013

El pico del pícaro.


Por Ondina León ©


No es de oro, sino de diamante. Por eso este pico cava, cava y vuelve a cavar su propia tumba sin hacerse mella ni creerse villano, pero siempre creyendo que se está esculpiendo su propia estatua. Porque no sólo es lo que va pregonando sin dar treguas, sino también lo que va destruyendo en su añejo afán por vivir día a día, sin ninguna tabla de valores que le mantenga a flote el alma. Este pícaro o pícara habita un archipiélago caribeño desde hace más de 500 años, pero es en los últimos 54 que ha alcanzado su máxima estatura de gigante eyaculador, ese que esparce sus semillas por los ocho puntos cardinales, incluyendo atrás y debajo. Ante su presencia, siempre ruidosa y adocenada, palidecen “El Lazarillo de Tormes” o el “Guzmán de Alfarache”. “El Buscón” del genial Francisco de Quevedo podría recibir sabias lecciones de este pícaro, porque él es la picaresca hecha persona y por sus venas corren, en perfecto maridaje, melaza de caña y humo de tabaco, drogas amorosas y dulces, según él mismo. Comenzó desafiando a la Corona Española en su comercio ilícito con piratas, corsarios y filibusteros, porque, ¿cómo no?, tenía que “resolver” sus necesidades, que la remota y atortugada metrópolis ignoraba. Desde entonces, este verbo sacrosanto, “resolver”, ha sido su mantra, su leitmotiv y su escudo contra las adversidades y bienaventuranzas. Porque, eso sí, por bien que esté o crea estar, este pícaro es insaciable. Tiene un espíritu no de superación, sino de supervivencia que le hace ser mimético, camaleónico y arrogantemente inmoral. Todo vale cuando se trata de parar la olla y vestir su humanidad, tan seductora y sensual, según su propio espejo personal. Cuando tuvo que decidir entre las cadenas o la independencia de su metrópolis, se sentó plácidamente a ver cómo se quemaban los cañaverales y a deshojar las margaritas de un reformismo castrante (las medias tintas siempre son así) o de un anexionismo cuajado de pragmatismo. Los insurgentes eran tres gatos enloquecidos, que terminarían como rehenes de la historia: ganadores gracias a un coloso extranjero. Luego, ¡qué república era aquella! ¡Qué pujanza a empujones! ¡Qué milagro de milagros! Hasta un tema musical vulgarote devino himno nacional, “La Chambelona”, porque todos daban su lengüetazo pícaro para usurpar sus pingües beneficios o sus migajas consoladoras. ¿Y el que se resistía a ser como la mayoría? Nada: como siempre, había que volverlo isla en la isla, meterlo preso o desterrarlo del archipiélago: ningunear, otro verbo con categoría histórica. Porque si algo ha sabido hacer bien a lo largo de los siglos este pícaro es desterrar a sus semejantes disímiles, a sus antípodas, que siempre se atrincheran en una escala de valores que “perturba” la vida nacional de lo que debería llamarse “Picardilandia”. Así, sólo un pueblo de pícaros empedernidos podría haber engendrado una dictadura de pícaros, el totalitarismo de la desidia, el genocidio de la decencia. Pero, claro, como este ejemplar prolífico sabe de todo y lo sabe muy bien —es político, médico, educador, economista, meteorólogo y santero, todo a la misma vez—, también sabe reírse de sus desgracias y lucrar con un humor que lo hace padecer de una lucidez paralítica, que es su mejor defecto. Nunca antes la risa había sido manifestación de una esquizofrenia galopante y parásita, expresión clínica de un masoquismo infinito. Sin embargo, así es. Y así lo seguirá siendo porque este pícaro o pícara no tiene hambre ancestral de cambios que los libere de su propias aberraciones, en su propia tierra. Si algo no tiene este espécimen es noción de patria, de solidaridad, de sentido de nación ni mucho menos sentido de justicia. Tanto es así que este pícaro, visceralmente, es o pretende ser de cualquier nacionalidad, menos de la que Dios le asignó en su archipiélago. Si tuvo un tatarabuelo italiano, no se preocupen que él moverá cielo y tierra y, aunque caigan raíles de punta, terminará siendo italiano y huirá hacia otros horizontes con su pugilateado pasaporte, dejando atrás el estercolero que ha creado. No hay remedio: hay que abandonar toda esperanza. Ahora, este pícaro, que por perder ha perdido hasta su propia lengua y ha venido vomitado un metalenguaje vergonzoso, con términos como “jinetera”, “pinguero”, “fula”, “Yuma” y otras lindezas, quiere imponer, como parte de sus piruetas pícaras, un “diálogo entre hermanos” y para ello esgrime palabritas y frases iluminadas: “reconciliación”, “tolerancia”, “puentes culturales”, “acercamiento con el exilio”, “intercambio familiar” y “hermandad”… ¡Qué picarón! Y ahora, justo ahora, que ya este animal terrestre conoce bien el sabor del vil metal y sus bendiciones. ¿Y con quiénes tendría que reconciliarme? De momento, con la mierda de los chivatos, de los exesbirros, de los pícaros oportunistas, de la matrona devenida empresaria, de los intelectuales jineteros que venden su alma por un viajecito, mientras lamen la bota de los tiranos pícaros. No, así no se juega, si una quiere seguir mirándose al espejo sin sentir náuseas. Así que hay que dejar que el pico del pícaro siga cavando su fosa de azufre y, tal vez, los otros, los desterrados, los excluidos, los decentes nos podamos, algún día, dar el lujo de aplaudir el entierro.

lunes, 15 de julio de 2013

El show mediático Zimmerman & Martin

Por Roger Rivero

¿Cuántas personas mueren diariamente en este país por causa de la violencia y muchos, sino la gran mayoría de ellos injustamente, pero no reciben el apoyo mediático ni del presidente del país?

En una nación donde están bien definidos los organismos constitucionales del estado solo cabe en la cabeza de nuestro presidente seguirle la corriente a este juego mediático en torno a la muerte de Trayvon Martin. Más allá del derecho de cada quien a tener su opinión, para mí apoyar esta clase de periodismo y política genera racismo, y que un presidente se pronuncie por sobre el poder judicial de Estados Unidos como lo hizo desde que empezó este circo mediático, deja mal parada la democracia porque obstruye la justicia y politiza este caso en particular; el presidente no esta allí para expresar su opinión personal, familiar o racial. Cada día mueren personas de diferentes razas no precisamente por causas de verdad raciales, pues este es un país materialista, lo del racismo como dicen acá, es un “plus” para el mal. Nuestro presidente es de origen afroamericano, hecho que expresa a mí entender que nuestra sociedad ha madurado y ha comprendido que la capacidad no tiene color o raza. Si tenemos claro que esta payasada no va a revivir a ningún muerto, y que nuestros jueces en su mayoría –pues cada regla tiene su excepción- poseen un mejor criterio de justicia que cualquiera de nosotros, incluido el presidente, para mi es debatible tantas buenas intenciones, no obstante, los magistrados, asimismo, deben aguantarse su opinión personal y seguir la decisión del jurado como ha sucedido en este caso. Creo que nos tocará hacer lo mismo a quienes pensamos más o menos igual a lo que expongo. Pero no me cabe duda, en vez de hacer el bien están apoyando el racismo y donde peor puede gravitarse: en las mismas raíces del contexto que la media nos ha vendido. Todos los días, repito, mueren personas injustamente, y si los quiere conocer no necesita de tanto circo. La buena noticia es que gracias a este furor popular, un grupillo de ejecutivos hace millones de dólares. Ciertamente el racismo es un flagelo social, existe, hay evidencias por ejemplo en Arizona contra los inmigrantes, de hecho hay toda clase de muestras de odios entre los seres humanos todavía, sea por raza, género, creencias, pero no olvidemos que este mito en particular surgió porque la madre de Trayvon Martin adolorida por la muerte de su hijo, en sus primeras declaraciones afirmó apresuradamente que se trataba de un hecho racista, sin embargo, el jurado del caso no encontró evidencia alguna sobre esa opinión. Estoy en contra de la muerte de cualquier persona, eso es una salvajada, pero me opongo y no participo de esta especie de hipocresía social. Por eso lo dejo aquí y no entro en detalles sobre el caso, porque no quiero pecar de hacer lo mismo aprovechándome de la muerte de este muchacho para demostrar un punto, como no puedo tampoco imaginar las razones por la que una persona llegó al extremo de matar a otra sobre todo si no es un asesino.