miércoles, 24 de abril de 2013

Fulanismos sin fulanos.


Por Ondina León©


Vista desde una perspectiva aproximadamente racional y con cierta madurez política con vocación democrática, América Latina le tiene que resultar a cualquiera un catálogo demasiado grueso de aberraciones socio-históricas. Y la primera pregunta que se impone es: ¿cómo un continente tan rico y extenso no ha logrado estar a la cabeza del mundo, al no ser en el número de dictaduras, los índices de pobreza y la violencia urbana?

Una posible respuesta sería de que en esta porción del planeta los problemas no son económicos, sino políticos. La desastrosa historia política del continente es la que ha engendrado la pobreza, material y humana, que aún se padece en la mayoría de sus estados y que genera, entre otros males, oleadas constantes de emigrantes hacia países no sólo más ricos, sino también más estables y democráticos, donde se disfruta de un mínimo de libertad individual y la realidad cotidiana no llega a asesinar la esperanza de mejoría y de seguridad.

Generales, coroneles, comandantes en jefe y demás entes de la fauna militar, aliados con las fuerzas oscuras del clero y las oligarquías, han marcado a sangre y fuego las más disímiles y añejas dictaduras tanto de individuos como de partidos, desde el siglo XIX, en América Latina. El fulano, el gran cacique, el líder todopoderoso, el patriarca, el caudillo, el gran macho redentor, el mesías, el elegido o el apóstol son los llamados (no sé por quién) a “liberar”, “revolucionar” o “dignificar”, a “salvar” la patria de una debacle inminente o de la invasión de algún imperialismo rapaz, que robaría los recursos naturales junto con la “independencia”.

A falta de sólidas ideologías, cultura y capacidad política, estos maestros del despotismo nada ilustrado, que no son estadistas, sino fulanos endiosados, han tenido y tienen un discurso populista para embelesar a las masas y comprarlas con algunos beneficios, subvenciones y la promesa de un futuro mejor, que algún día llegará, pero en el que no se incluye una auténtica libertad. Ni crean riqueza verdaderamente ni educan a las masas, sino que sus regímenes adoctrinan, aborregan y someten a todos con el principal propósito de responder a la esencia de su naturaleza política: perpetuarse en el poder.

En este proceso de eternizar sus genes absolutistas, los fulanos crean sistemas, castas, estructuras de poder y de intereses creados, sobre todo económicos, que los trascienden. El fulano muere, ley divina, pero deja el fulanismo y a otros fulanos, menganos o zutanos designados a dedo que regirán los destinos de sus naciones reciclando y reinventando la imagen y el “legado” del caudillo uncido.

Los ejemplos de estas aberraciones históricas latinoamericanas son muchos: peronismo en Argentina; trujillismo en República Dominicana; priísmo en México; chavismo en Venezuela y castrismo en Cuba, este último, por ser el cáncer que más ha durado (¡54 años son eternos!), resulta paradigmático, aun con su máximo líder “retirado”. Y el castrismo es un caso digno de serios y profundos estudios psicosociales e históricos porque ha alcanzado altos grados de perfección en el arte no sólo de hacer ruinas, sino sobre todo en el magisterio de perdurar, más allá de una metrópolis fallecida, el imperio ruso en su versión URSS, o de coyunturas desastrosas a nivel mundial: el castrismo es un parásito de éxito.

Ahora, evidentemente, en los últimos años, hemos venido asistiendo al nacimiento del castrismo sin los Castro, en un reacomodo de cargas y descargas que la prensa más tendenciosa llama “reformas” y “aperturismo” de la dictadura, casi “dictablanda” para las izquierdas y el universo “progresista”, y para los capitalistas y empresarios sedientos de negociar con el feudo del fulanismo, la exclusión ciudadana y la opresión.

En realidad, el sistema de patologías que ha creado el castrismo, esa mafia con estructura de estado, que tiene embargada, bloqueada y oprimida a la nación, está demostrando que los líderes pueden perfectamente morir o desaparecer de la escena, pero que el sistema sobrevive, aunque se reajuste y se maquille con ciertos cambios imprescindibles para su permanencia.

A algunos y a algunas les bastarán estas metamorfosis para creer (ingenuamente o con oportunismo criminal) que la dialéctica del progreso se está manifestando, pero lo que están apoyando o reivindicando como “mejoría” es sólo más de lo mismo: la dictadura de la incompetencia, el imperio de la miseria, el reino de la esclavitud sin esperanzas. No basta que muera el líder carismático, si persiste el sistema creado por ellos y sus acaudalados cómplices, aferrados al poder político y económico, y con toda la maquinaria del estado a su servicio. Estos regímenes fulanistas deben ser arrancados de cuajo, si se quiere el bienestar general sostenido, un estado de derecho y una democracia real.

En estos días, habrá que esperar a ver qué giro toma el caso de Venezuela y el chavismo, luego de la muerte de su grotesco líder y las elecciones amañadas en que, ¡oh, sorpresa!, ganó el absurdo otra vez y con un “presidente” oligofrénico. Quisiera ser optimista, pero como los comicios fueron entre su majestad Castro II y Henrique Capriles, no esperaba otros resultados. Venezuela está conquistada y colonizada por el imperialismo castrista con un ejército sin uniformes, bajo las banderas del “humanismo” revolucionario, y es muy difícil que donde esté la mano sangrienta del fulanismo caribeño haya limpieza de algún tipo. Con el ejército venezolano comprado y politizado, los medios de difusión silenciados y la fusión de todas las instituciones y órganos de la república bajo el puño castro-chavista, Venezuela es cada vez más Cuba, cada vez más un paradigma de lo que nunca debería haber pasado en América Latina. En este caso, desgraciadamente también, los fulanos ya no cuentan, pero sí la mala estirpe de su fulanismo.

lunes, 15 de abril de 2013

Bajo el Manto Negro.


Por Ondina León ©


A todas las víctimas del castrismo, en el aniversario 52 de haberse decretado el carácter “socialista” del macabro accidente histórico.

Desde hace 54 años, Cuba está cubierta por el manto negro de la dictadura castrista, que sólo ha engendrado miseria humana y material, represión, violación de los derechos humanos, encierro y torturas, inmoralidad, desidia y exilio. Cuba es una gran cárcel, rodeada por infranqueables muros de espuma de mar y tiburones guardianes, que cuenta a su vez con un sistema de prisiones que son antesalas del infierno. La población penal, amalgama de delitos comunes y políticos, es una de las más grandes del mundo en comparación con el total de los habitantes del archipiélago poseso. Todos los cubanos hemos sido o somos reos de la dictadura, pero hay algunos que lo han sido mucho más porque, literalmente, han sido condenados a pasar por las mazmorras de la locura y la deshumanización: tal es el caso de Teresa Cruz, quien estuvo presa en la Prisión de Mujeres de Occidente, más tristemente conocida como “El Manto Negro”, en El Cano, La Habana.

A pesar de esta experiencia extrema, sumada a otras tantas que tuvo que vivir hasta que logró escapar a España, en 1987, nunca he considerado a Teresa Cruz una víctima más del holocausto cubano, sino una sobreviviente muy digna, una luchadora que ha ofrecido una resistencia tenaz y ha conseguido vivir en libertad y darle a su hijo un horizonte luminoso de posibilidades. Por si fuera poco su ejemplo tangible, esta mujer nos ha regalado ahora el testimonio de su experiencia vital bajo el castrismo en “La esquina de mi memoria” —Editorial Asopazco, España, febrero 2013—, que más que una autobiografía al uso es un registro telúrico del horror que ha tenido que vivir y vive toda una nación.

Estas memorias, más que un compendio de anécdotas personales y familiares, pueden considerarse también como un manual de historia de un trozo de lo que ella llama, con toda certeza, “la dictadura de la sinrazón” que, en su caso específico, tuvo que sufrir en carne propia hasta el año 1987. Dios la libró de tener que resistir el llamado “Periodo Especial”, que fue decretado por la tiranía castrista en 1990, pero a cambio ella sí tuvo que vivir y desvivir el exilio en dos países diferentes, España y Estados Unidos (hoy vive en New Jersey): climas disímiles; lengua ajena; culturas extrañas; nostalgias; carencias; luchas a brazo partido por insertarse en los nuevos mundos con su familia. Salir al exilio, a nuevos rumbos de libertad, no quiere decir exactamente pasear por un campo de girasoles con un cielo azul. Pero ella es una guerrera de pura raza, como confirma en este libro.

A través de sus páginas, Teresa nos cuenta, con una sencillez que es suprema virtud, cómo aquel mundo real en el que vivía, de trabajo, de prosperidad y seguridad familiar y material, comienza a desmoronarse, a partir de 1959, con la instauración de la pesadilla castrista, que el mundo entero consumió como la realización de un sueño libertario, de una utopía hecha realidad para el bien de todos. La Revolución comenzó con los gritos de “Paredón, paredón” y “Patria o muerte. ¡Venceremos!” y allanó el camino para el horror de la más absoluta falta de libertades individuales, confiscaciones de bienes bien habidos, la eliminación de la patria potestad, el adoctrinamiento de los niños, la persecución de los religiosos, homosexuales y “lacras” del pasado, el encarcelamiento de opositores políticos, la tortura y el exilio de miles, que ya hoy suman millones de cubanos en los cuatro puntos cardinales. Si alguien —sobre todo las izquierdas babosas, los “progres” millonarios y los guevaristas— tiene dudas del éxito del régimen castrista en crear ruinas humanas y materiales, sólo tiene que leer estas memorias de “una cubana de a pie”, como la misma autora se define con una soberbia humildad.

Igualmente, con un estilo narrativo coloquial y fluido, Teresa Cruz deja su testimonio de eventos traumáticos que aún se sienten como cicatrices abiertas en el alma de la isla: Bahía de Cochinos y el fracaso de un intento justo por liberarnos del castrismo; la UMAP, esos campos de concentración deshumanizados; el delirante fracaso de la “Zafra de los Diez Millones” y la hambruna que provocó; los sangrientos actos de repudio durante el éxodo masivo del Mariel, en 1980; el horror fascista del Sidatorio de Villa Los Cocos, en Santiago de las Vegas; y mil manifestaciones más de la violencia estructural que día a día aún se vive en la Cuba de los emperadores Castro.

“La esquina de mi memoria” es su autobiografía, pero también es, inevitablemente, la historia de otras vidas cercanas a Teresa, desde la de su esposo, Antonio Hallado, bastión de su resistencia ante el castrismo; la de sus familiares allegados, en especial la de su madre, sembradora de libertad; hasta la de personajes como la famosa Nitza Villapol o el escritor Arturo Doreste (tan injustamente ignorado), pasando por una extensa horda de seres viles, deleznables, inmorales, oportunistas, cobardes y envidiosos, que han sido el sustento de este régimen de patologías y aberraciones, que todavía impera en nuestra nación. Mención aparte merece el largo capítulo dedicado a su paso por la prisión de “El Manto Negro”, donde la condición humana de cualquiera se pone a prueba y no siempre con éxito.

Estas memorias son desde ya un libro imprescindible para complementar el estudio de la historia de Cuba. Cuando una lo cierra, después de leerlo de un tirón y haber llorado (las tragedias son muchas) y haber reído (el absurdo es demasiado), como Dios manda, se impone una pregunta: ¿y cuando se hará justicia por tantos crímenes? ¿Cuándo nos libraremos de la sinrazón?

Actualmente se habla demasiado de “diálogo”, de “reconciliación”, de “convivencia”, de “puentes culturales”, pero no escucho (ni oigo) hablar de justicia, porque los hacedores del mal están aún ejerciéndolo y hasta enriqueciéndose desde sus tronos de veteranos mafiosos. La lectura de este libro me reafirma el sentimiento de que se necesita justicia para luego intentar refundar la nación. Limpieza general y sólo después, reconstrucción moral y material.

Por el momento, mientras esperamos el milagro de la justicia, Teresa Cruz, amiga desde la cárcel del Manto Negro, gracias de todo corazón por haber tenido el valor y el talento de dejar un sólido testimonio para la posteridad. Tú te consideras “una cubana de a pie”, pero tu alma libre, sin duda alguna, vuela más allá de las nubes. Gracias.







jueves, 11 de abril de 2013

Brevedad inmortal.


Por Ondina León ©


“La luz que en tus ojos arde / si los abres, amanece. / Cuando los cierras parece / que va muriendo la tarde…”. Y las penas son muchas, ya sabemos: se atropellan, pero no nos matan. Y las guitarras deshojan sus notas una a una para alegrarnos sutilmente, mientras la voz de Barbarito Diez resuena a lo largo de una de las islas más tristes que jamás se haya podido imaginar. Triste y verde. Luminosa y triste. Dura como una roca carnívora del Caribe: jaula al viento que ha perdido su perla en el mar… “Perla marina / que en hondos mares / vive escondida entre corales…”. Y las “Amargas verdades” que nos hacen decir “aunque sea una mentira, di que me quieres, di que me quieres…”. La gracia divina de la música y la poesía, a veces, se derrama sobre los seres más inesperados, como sobre Antonio Gumersindo Garay García, Sindo Garay, nuestro trovador mayor.

Este 12 de abril se cumple el 146 aniversario del natalicio del que fue llamado, con toda razón, por Federico García Lorca, “El Gran Faraón”. Sin formación musical alguna, sólo con su enorme talento creativo y su voracidad por la vida, Sindo ha dejado como parte del patrimonio cultural cubano canciones de una perfección y una belleza tan sólidas como las pirámides: “La tarde”, “Perla marina”, “Amargas verdades”, “La Bayamesa”, “Guarina”, “Retorna”, “Tormento fiero”. Y muchísimas más. En cualquier latitud, ya sea en las voces de María Teresa Vera, Miriam Ramos, Xiomara Laugart, Gema Corredera o Pablo Milanés, los versos y las notas de estas canciones nos estremecen el alma y nos recuerdan que, sea como sea, es un hecho que somos cubanos y hay una parte esplendente de esa cubanía que nos define tanto como nuestras peores pesadillas y nuestra locura infinita.

Tal vez, ante el acoso sostenido de letras y músicas que no son tales, pero que nos imponen como maravillas creativas los medios de difusión de aquí, de allá y de acullá, sería saludable volver con regularidad a la música de Sindo Garay, a su poesía transparente y breve, a sus melodías complejamente sencillas y a su amor por la belleza de su tierra, de las mujeres y de la vida. Uno solo de sus versos vale más que todas las adocenadas letras de los llamados ritmos urbanos de ahora o el “cubatón”, tan ordinario y falsamente lascivo: Osmany García y su “Chupi Chupi” jamás podrán compararse con la sobria elegancia, misteriosa y dulce, de las letras de Sindo Garay, quien siempre debería tener un ramo de flores frescas y olorosas en su tumba, en Bayamo.

Cuando celebró su centenario, en 1967, Sindo declaró: “¡Ahora que cumplo cien años, comprendo lo breve que es la vida!”. Y es cierto que la vida es muy breve, se viva veinte o cien años, pero en esa brevedad, algunos elegidos como él esculpen la eternidad a golpes de belleza y de amor por la vida, derrotan la soledad y nos engrandecen.