sábado, 30 de marzo de 2013

El derecho de sufrir.


Por Ondina León ©


Ella le escribía cartas de amor y firmaba con un seudónimo. Él le respondía a la desconocida en una columna del periódico en el que trabajaba. Ella le enviaba flores a la madre de él. Él la incitaba a dar el rostro. Ella le envió un bombón de chocolate mordido para que él terminara de sellar el pacto de amor. Él se enamoraba cada día más de un suspiro anónimo. Ella dejó de escribir un buen día. Y él enloqueció de despecho por la traición de la amante desconocida. De esta historia le brotó a él una canción inolvidable: “Te odio y, sin embargo, te quiero. / Te odio y no puedo olvidarte…”. Luego se conocerían, vivirían un tórrido romance, moriría el amor y seguirían sus existencias paralelas, solitarias: la vida, algunas veces, imita a las novelas. Y esto lo supo muy bien, desde niño, Félix Benjamín Caignet Salomón, el llamado “Rey de las lágrimas”, el creador de la radionovela “El derecho de nacer”, que en el primer día de este abril cumplirá 65 años de haber sido estrenada.

Un cafetal del Oriente de Cuba fue el escenario donde nació, el 31 de marzo de 1892, este hombre polifacético que a lo largo de su vida interpretó los más variados papeles: escritor de cuentos para niños; periodista; poeta; administrador de un teatro; guionista de cine; compositor musical —sus canciones siguen dándole la vuelta al mundo en las voces de Rita Montaner, Barbarito Diez y el trío Matamoros—; redactor de publicidad para cigarros o jabones; pero, sobre todo, realizó el papel de mago del melodrama: antes que la televisión se convirtiera en una adicción colectiva con nefastas secuelas, sus radionovelas hicieron vibrar el alma de millones, que vivían otras vidas, tan intensas o miserables como las suyas propias, pero siempre calladamente arrasadoras, efímeramente telúricas.

Se posponían las sesiones del congreso de la república. Los ómnibus apenas circulaban por las calles de aquella Habana de 1948. Prácticamente todos dejaban de trabajar: había que escuchar por la radio todo lo que acontecía en el mundo de Alberto Limonta, el protagonista de “El derecho de nacer”, que se mantuvo en el aire un año entero, con 314 capítulos, que han pasado a ser patrimonio de la cultura latinoamericana y se han multiplicado en versiones diferentes, en español y portugués, en cine, radio y televisión, a lo largo de la geografía de Iberoamérica, durante décadas. Si esto no es un fenómeno de masas, entonces habría que buscarle otra etiqueta que nos oriente y nos tranquilice.

Sin embargo, a pesar del éxito arrollador de esta radionovela, su autor, Félix B. Caignet, creador igualmente de otras obras muy populares, fue duramente atacado por los intelectuales, escritores y críticos asalariados de la época y acusado de ser “ridículo”, “cursi”, “muy malo”, “lacrimógeno” y hasta de “abusador de la metáfora”. Para algunos, él no pasa de ser el Corín Tellado de la cultura cubana, un cáncer.

¿Son ciertas estas afirmaciones? Depende de la perspectiva con que se mire y de la voluntad que se tenga para juzgar. En una entrevista que Orlando Castellano le hizo a Caignet, en La Habana, en 1972, ya octogenario y sólo tres años antes de morir, declaraba: “Nunca pretendí escribir ni La Divina Comedia ni El Quijote”. Vale la aclaración del propio creador, quien agregaba que él sólo apeló a la emoción popular para poder, a través de sus piezas radiales, sembrar la moral, la bondad y la convivencia entre sus semejantes.

En esta misma entrevista, Caignet explica que sí, que se proponía hacer llorar para que se produjera como una especie de catarsis colectiva y que todas las tragedias y quebrantos cotidianos reales tuvieran una forma de manifestarse, a través de las historias de sus personajes, víctimas del racismo, de las estructuras clasistas, de los prejuicios morales, de la represión sexual o de los avatares de la vida: el melodrama se establecía como terapia de grupo y expresión de una cultura de masas que perfilaba una identidad nacional, unos rasgos de psicología colectiva únicos, pero que también se comparten con otras culturas diferentes, como se puede apreciar en nuestros días con las telenovelas más disímiles, que se producen al por mayor en América Latina y en los Estados Unidos.

¿Hacen bien o mal estos melodramas televisivos? Depende. Como en todas las manifestaciones de cultura popular o de masas, hay buenos productos, los menos, y también pésimos productos, la mayoría. Usted escoge. Usted decide, en ciertas circunstancias de la vida, si tiene que recurrir a los psicofármacos, a la marihuana o a una telenovela, o todo junto a la vez: a veces, la realidad se nos vuelve pesadamente insoportable y tenemos que apuntalarnos, como un Atlas ebrio, con lo primero o más barato que aparezca. Entonces, hay que gritar en silencio “Seamos ridículos, cursi, deliciosamente lacrimosos y sobrevivamos”.

¿Es Félix B. Caignet una “gloria de Cuba”? Sin duda alguna, sí. Su obra tiene un valor fundacional indiscutible y las secuelas de su estilo y de su capacidad para jugar con los sentimientos del público se sienten aún en las obras de ficción para la televisión y la radio. Y si esto no es un récord, entonces es un buen promedio, “average”, como dice el refrán popular.

Decía Caignet, quien confesaba que no sabía odiar, que su oración diaria, nada religiosa, era una simple frase interrogativa: “¿A quién puedo hacer feliz hoy?”. Realmente, la pregunta vale por todos los rezos del mundo. Tal vez, este hombre sólo quería decir que, aun llorando, podríamos a través de las lágrimas ver la belleza de la vida. Y esto sí que es un milagro divino…





miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Yoani o Juana?


Por Ondina León ©


En las últimas semanas, parece que es prácticamente imposible obviar el tema de la gira (¿o jira?) de la bloguera cubana Yoani Sánchez. Tanto es así que su presencia no sólo está en los medios de difusión masiva hasta el delirio, sino también en las sobremesas familiares y de amigos, en las que se forman bloques de opiniones diametralmente opuestos y, a veces, delirantes también, que dejan exhaustos a los opinantes.

Como todo asunto polémico, la batalla comienza por la etiqueta que Yoani debe llevar tatuada en la frente para poder identificarla, en ese afán que tenemos los humanos de querer clasificarlo todo. ¿Disidente? ¿Opositora? ¿Bloguera? ¿Comunicadora crítica? De todas las posibles etiquetas, algunas tremendamente ofensivas, creo que yo le impondría, con todo respeto, la de “escritora costumbrista”, pintora de estampas de la realidad cubana actual, que ha tenido mucho éxito de prensa y de mercado fuera de su país.

Y como todo el que retrata el día a día de la vida en la isla posesa, ella también termina siendo subversiva, porque la realidad es esencialmente subversiva o, para decirlo en los términos del “Granma”, contrarrevolucionaria. No se puede describir el laberinto de la cotidianeidad cubana sin pintar el horror y la violencia de una dictadura de casi 54 años y toda la miseria humana y material que ha producido: ella también es una pintora de ruinas. Punto. Lo demás, sólo son manifestaciones de nuestro ego hipertrofiado —¿y qué cubano que es no lo tiene?— que se empeña en etiquetarlo todo, todo.

Luego, los tertulianos pasamos a comentar su imagen como dignos hijos de una civilización que le rinde un culto superlativo a lo visual. Y las opiniones son, en su mayoría, extremas y van desde que Yoani está “infumable” hasta que es “chea”, cursi, “miserable”. Alguien del género masculino me dijo, en un arranque de ira, que era como una Lady Godiva del Tercer Mundo, pero que no se puede encuerar porque está malísima y que se “disfraza” así para inspirar lástima y manipular a la prensa. De verdad, la imagen es importante y ya hemos visto cómo los medios hacen y deshacen a su antojo a las “celebridades”. Pero, en este caso, creo que lo importante es su discurso y no su imagen, que para gusto se han hecho colores. Su larga cabellera siempre cubriéndole el pecho no debería distraer a nadie de sus palabras, sus ideas y de sus “propuestas” para revolucionar la pesadilla castrista, si es así.

Otra polvareda irrespirable que se levanta en estas reuniones es el punto de su representatividad y de su valía como “opositora”. ¿Representa Yoani Sánchez a la mujer cubana? ¿Es realmente una embajadora de los cubanos anti-castristas? ¿Es símbolo de las ansias de libertad de todo un pueblo? Si la mafia castrista monopoliza los medios de información y la Internet, a la que la mayoría de la población no tiene acceso, ¿es conocida esta bloguera en Cuba? ¿Cuántos cubanos la leen sistemáticamente? ¿Qué repercusión tienen sus textos? ¿No será un producto pre-fabricado para consumo exterior y para confundir a la opinión pública? Las opiniones son, gracias a Dios, muy diversas, algunas sensatas y otras injustas, pero todas válidas, hasta tanto no pase el tiempo y se pueda evaluar su papel sin tantas pasiones desbordadas y sin tanta paranoia, esa epidemia que el castrismo ha logrado cosechar con éxito, década tras década. Mientras, Yoani también es Cuba, como lo es Oscar Elías Biscet, Marta Beatriz Roque o Sonia Garro Alfonso, encarcelada injustamente (¿hace falta decirlo?) hace más de un año en las mazmorras castristas.

Coincidiendo con esta gira de Yoani, de 80 días alrededor del mundo real, también lo están haciendo dos figuras de la oposición interna en Cuba: la respetada Berta Soler, líder de Las Damas de Blanco, y Rosa María Payá, hija del asesinado Oswaldo Payá, máxima figura del Movimiento Cristiano de Liberación, y gestor de varios proyectos democratizadores que, entre otros resultados, desenmascararon al régimen castrista y su absoluta falta de voluntad de cambios reales y duraderos.

¿Pura coincidencia estos viajes? ¿Plan maquiavélico de los estrategas de la dictadura? ¿Regalo de Dios? El caso es que, sea como sea, las tres mujeres, con sus muy marcados antecedentes personales y sus diferentes perspectivas del asunto cubano, han logrado actualizar la tragedia cubana y han sido recibidas por altos funcionarios, congresistas, políticos y figuras relevantes, que han difundido aun más las atrocidades del raulato y han estremecido el apoyo incondicional de las izquierdas anti-democráticas al imperialismo castrista. Yoani, Berta y Rosa María deben seguir siendo escuchadas por el mundo y que cada cual engendre sus propias conclusiones, sin llegar a pecar del síndrome de la unidad a ultranza o del bloque monolítico: no le debemos tener miedo a la diversidad y a la diferencia, sólo la unanimidad es peligrosamente dañina. Ya se ha dicho: consenso no quiere decir uniformidad de criterios.

Aún nos falta vivir la experiencia “extrema” de la estancia de Yoani Sánchez en Miami, la (¿mal?) llamada Capital del Exilio Cubano, con su variopinta propuesta de eventos y actividades, que van desde homenajearla en altos centros de estudios universitarios, hasta manifestaciones de rechazo en las calles de la urbe. Habrá de todo, desde periodistas “estrellas” que se disputarán, a sangre y fuego, una entrevista hasta “fashionistas” que pretendan cambiarle la imagen o, como se dice cipayamente por estos lares, el “look”. La lupa con que se evalúe su presencia serán implacable y sus pasos, serenos o erráticos, serán medidos con una vara antropófaga. Espero que, como afirmó en una de las tantísimas entrevistas que ha dado, Yoani priorice a su familia y a sus amistades y no a la fauna política de la Capital del Sol, con la que nunca llegará a quedar bien del todo y que hasta le reprochará que regrese a su país, donde están su marido y su único hijo, tal vez en condiciones de rehenes o sabrá Dios de qué.

Mis sentimientos para con ella son, debo confesarlo, ambivalentes y ya he tenido serios encontronazos con amistades que la odian o la aman, casi sin matizar sus opiniones. Tengo una vieja amiga, a la que quiero muchísimo, admiro y respeto, como ser humano y como auténtica disidente, quien lleva poco tiempo exiliada en Miami, y que conoce muy bien a Yoani Sánchez, que me jura que ella es buena persona y que se ha arriesgado por ayudar a otros disidentes. Le creo. Por eso nuestras amistosas discusiones sobre esta bloguera me han dejado exhausta y me he dado cuenta que, luego, hemos evitado el tema, como si fuera letal para ambas.

Claro, ser buena persona no quiere decir, automáticamente, que es una buena política o, en el mejor de los casos, que esté actuando con una exquisita madurez política, estado que es muy difícil de alcanzar y que necesita decencia y tiempo. A estas alturas del partido, yo no quisiera estar en su pellejo.

De momento, en medio de la humareda y la confusión, de la sobresaturación mediática y de las acaloradas discusiones, creo que sería saludable una tregua festinada y desconectar de la contienda. ¿Yoani Sánchez o Juana Bacallao? Entro en Youtube, busco desesperada a la ilustre filósofa cabaretera (ella también es Cuba) y me enajeno con su sabiduría…

miércoles, 13 de marzo de 2013

Santo y milagro


Por Ondina León ©


Las grandes tragedias históricas —y la cubana lo es con su castrismo de 54 años— siempre terminan plateándonos grandes interrogantes, entre ellas, la de quién o quiénes tienen la culpa de la catástrofe humana. Tal vez, habría que comenzar por intentar ser más precisos y elegir entre los términos “culpa” o “responsabilidad”, para ser más justos. Un dictador sólo puede ejercer su poder absoluto sobre millones de personas y un país entero si cuenta con un sistema, que se manifiesta a través de miles y miles de cómplices con rango de funcionarios, esbirros o dirigentes políticos, oportunistas, chivatos, envidiosos y viles pusilánimes. Además, este caudillo todopoderoso necesita la sumisión de sus súbditos: verdugo y víctima interactúan de una manera sostenida para que la aberración del totalitarismo funcione, ya sea con la siempre presente represión y/o con el estímulo al ego colectivo, ese orgullo de tribu que, como en el caso de la Alemania nazi, lleva a los pueblos a cometer las más atroces barbaridades, contra otros pueblos o contra sí mismo, en nombre de una supremacía kafkiana y siempre endeble.

Así, ¿es la culpa colectiva o individual? Hay de todo un poco. Pero creo que la culpa siempre es individual y la responsabilidad, de todos. Cuba también será juzgada como nación por la Historia y, cuando alcance su libertad, habrá que establecer justas leyes de limpieza cívica y moral y juzgar, casuísticamente, a los criminales, esbirros y capos mafiosos que hayan hecho el mayor daño.

Y no se trataría de venganza pueblerina, de linchamientos de aldea, sino de buscar una justicia civilizada y dejar una lección moral para la posteridad. Los judíos y sus cazadores de criminales nazis lo han demostrado durante muchas décadas con un sentido muy agudo de justicia. En América Latina también algunos gobiernos dizque democráticos han comenzado a llevar a la justicia a los culpables de crímenes durante las dictaduras militares anti-castristas y anti-comunistas que hubo en las décadas de los años 60 y 70, aunque, todo hay que decirlo, no están haciendo lo mismo con los criminales de los grupos subversivos (Tupamaros, Montoneros, FARC, etc.) que cometieron atroces actos terroristas, como secuestros, sabotajes, asesinatos y atentados: la justicia al sur del Río Bravo siempre es parcial y errática, para vergüenza de sus habitantes.

Deambulando por estos derroteros, y sin sentirme derrotada, tropiezo con la noticia, aséptica y cautelosa, de que un funesto personaje llamado Pancho Kakaruca ha fallecido plácidamente, de un infarto cardíaco, en su residencia de una ciudad de los Estados Unidos (¿dónde si no?). No lo puedo negar: lo primero que pensé fue que este se le escapó a la justicia y que ya no podría ser juzgado por sus crímenes, numerosos y desvergonzados. Los periódicos, como era de esperarse en esta era de decadencia absoluta en que los valores carecen de valor, nada decían de su trayectoria como uno de los peores castristas del mundo en el corazón del exilio cubano.

Kakaruca, como era tristemente conocido el “compañero”, fue el vocero de los Castro en los Estados Unidos y se hacía escuchar a través de sus programas de radio, que no tenían nada que ver con lo que se está diciendo de “periodismo alternativo”. De alternativo nada: era un castrista encaramado encima de un cajón de bacalao vacío dando sus vulgares arengas, insultando al exilio, apoyando todas (absolutamente todas) las fechorías de la mafia castrista en Cuba y fuera del archipiélago nefasto. En su “periodismo” no existió nunca ni la más mínima prudencia o imparcialidad para juzgar los hechos. Durante décadas y décadas el camarada Kakaruca infectó al exilio cubano con las directrices de los ideólogos castristas, que desde La Habana lo manipulaban, como a un títere patético, y con un tono de matón sangriento, típico de los capos más deleznables, arremetía contra cualquiera que criticara o se opusiera a los Castro. Sin embargo, generalmente practicaba la cautela de hablar del “milagro”, pero no del “santo”, tal vez para evitar rollos legales, demandas por difamación o para confundir aun más a este exilio vacuo.

Dentro de la llamada guerra de los micrófonos de Miami, el militante Kakaruca ostenta el lugar cimero de abyección y arrogancia por su servicio incondicional al castrismo. Su voz nunca se alzó para denunciar ningún crimen de la dictadura, ya sea el hundimiento del remolcador “13 de marzo”, el derribo de las avionetas de “Hermanos al Rescate”, el encarcelamiento de un disidente o los actos de repudio. Nada. Algunos de sus simpatizantes y devotos (viles sobran en todas partes) decían que Kakaruca era “valiente” porque se manifestaba en el seno del exilio desafiando a la ultraderecha “troglodita” e intransigente. Pero, si era tan valiente, ¿por qué andaba con guardaespaldas pagados que lo protegían de la “intolerancia” de sus compatriotas? No, no era valiente: era detestable y cobarde, lo peor de lo peor, amparado por la democracia estadounidense y el largo brazo negro del castrismo.

¡Ah!, eso sí: parece que no era bobo. Porque logró amasar una enorme fortuna (dicen que era millonario) haciendo negocios con el castrismo a través de su agencia de viajes y trámites “Aguasturbias”. Nada, una absoluta manifestación del hombre nuevo, es decir, del empresario nuevo (mafia ejecutiva) que ha venido creando el castrismo y que ya mina estos lares del norte. El castrismo ha sabido usar y abusar de los mecanismos de la democracia y la libre empresa para su beneficio, que es en primer lugar perpetuarse en el poder y que el enemigo lo mantenga. Los chulos del Caribe, esos parásitos que lo único que generan es miseria para el pueblo y enormes riquezas para su casta, contaron con Kakaruca para exprimir al exilio y traficar con las necesidades y dolores de los exiliados.

Este personaje, vil vasallo de la peor dictadura de América Latina, se merecía ser sentado en el banquillo de los acusados por crímenes contra la humanidad. Porque es culpable y porque pertenece a la ralea de personajes viles que pululan por Miami, como Inmundo Sangría, Zálaro Farañas, la balsera y mercenaria Mecate Duartimaña, Marx-Lenin-Castro, la marielita Mecate Díez, Elfreno Dirán y un largo etcétera que da ganas de vomitar. Pero la democracia es dolorosamente así y hay que admitir que, o cabemos todos o no cabe ni Dios: este marasmo en el que hay mentalidades aberradas, delincuentes y caudillos, pero no ideologías, ni a la derecha ni a la izquierda, también es un boceto de lo que podría ser Cuba en un era después de los Castro. De nosotros depende que pueda llegar a ser o no una democracia habitable. Por el momento, un culpable de la historia fue “salvado” por un bendito infarto, aunque espero que Dios lo haya depositado en el mismo centro de una de las pailas del Infierno. Amén.

jueves, 7 de marzo de 2013

Regocijo justo.


Por Ondina León ©


La literatura cubana libre está de fiesta: Zoé Valdés se ha ganado el Premio Azorín de Novela con su obra “La mujer que llora”. La noticia ha comenzado a darle la vuelta al mundo y sus amigos y admiradores, que somos muchos, estamos celebrando este merecido galardón; sus enemigos, que también son muchos, sobre todo los castristas y los izquierdistas de todas las latitudes, deben de estar tragando en seco y barajando insultos para deslucirla, para disminuir su grandeza.

Porque Zóe, sin duda alguna la escritora cubana viva más importante, no deja indiferente a nadie. Desde sus primeras obras, “Sangre azul”, “La hija del embajador” y la imprescindible “La nada cotidiana” —todo un monumento al nihilismo cubano— pasando por la intensa “La cazadora de astros” hasta hoy, ha recorrido un largo camino de sacrificios y éxitos en que, sin dejar de ser profundamente cubana y lujosamente habanera, es cada vez más universal, más poetisa, más artista. Al valor documental de su literatura, que tan bien ha sabido retratar la vida en Cuba bajo el castrismo, se le ha ido sumando una magia, una intensidad reflexiva y una madurez en el arte de narrar que ocupa ya un lugar cimero con un estilo único, sin miedo al lenguaje, con una cotidianeidad desgarrada y sincera, abierta.

Con una fuerte carga autobiográfica, sus novelas nos han entregado cuadros indelebles no sólo de los acontecimientos en la vida de unos protagonistas sui generis, marcados por las tragedias históricas, sino también de la cosmovisión de estos y el daño que las circunstancias les han provocado en el alma.

Hoy, tenemos que felicitarla porque la incansable Zoé Valdés es la encarnación del mejor arte comprometido con un sentido de justicia y una sed de libertad que raramente se encuentran en escritores y artistas, que cada día más pretenden ser sólo artistas y no “políticos”, como si ser un ciudadano civil, alerta y responsable, fuera una mancha imperdonable.

Para todos los que hemos visto crecer a esta extraordinaria mujer, desde su infancia en La Habana Vieja hasta su exilio en París, es un regocijo justo que se le premie. Y no porque haga falta un premio más para respetarla y agradecerle su obra creativa y su militancia apasionada por la libertad y la democracia, sino porque la justicia siempre debe preceder al arte, como han necesitado los justos que en el mundo han sido. ¡Felicidades, Zoé! ¡Cuba te abraza!

sábado, 2 de marzo de 2013

La Rusia del Caribe.


Por Ondina León ©


¿Será o no será? Se preguntan con aparente ingenuidad los periódicos sobre los últimos acontecimientos en Cuba, esos mismos diarios que tratan a Augusto Pinochet de “dictador” y a Raúl Castro de “presidente”. Asombrados, estos medios se cuestionan si es “un cambio histórico” o es “sólo fachada”. ¿Y qué ha pasado en la isla posesa? Nada del otro mundo: se llevaron a cabo unas “elecciones limpias”, las más impolutas del universo, y para sorpresa de todos, incluidos los más furibundos cubanólogos, salió electo “presidente” su majestad Castro II. Nada de nepotismo, claro.

¡Ah!, eso sí, como dicen que este emperador es más pragmático y dialéctico, él mismo anunció que sólo estaría unos cinco añitos más y que, después de cumplir su misión y 87 abriles, se retiraría, porque él también tiene derecho a disfrutar de una merecida jubilación, luego de haber consagrado su larga vida a crear ruinas y a reprimir a los cadáveres que han deambulado por ellas durante casi 55 años, en los que no ha salido el sol ni un solo día.

¡Ah!, también, como el que no quiere las cosas, alzó su dedo y en un golpe de testosterona más (la poquita que le queda) designó a su sucesor, ungió al elegido por su patriótico corazón en aras de continuar la obra de la revolución, esa que parieron él, su hermano mayor y la caterva de vejestorios que hoy adornan el buró político del partido (ni falta hace ponerle apellido) y que están tirando sus últimos cartuchos de aguerridos guerrilleros.

¿Y quién es el delfín? Miguel Díaz-Canel Bermúdez, un hombre extremadamente joven en comparación con los patriarcas de la gerontocracia castrista, de “apenas” 52 años y que, además, como diría mi abuela, tiene bastante “buen ver”, sobre todo si se le compara con los adefesios de Ramiro Valdés, Ricardo Alarcón y el patético Esteban Lazo: Díaz-Canel es blanco, alto, fornido, elegantemente canoso y parece que no tan bobo, porque ha sabido trepar desde su bicicleta china, que conducía derrochando soberbia al aparentar humildad, hasta el sacrosanto consejo de estado que desgobierna la nación.

¿Cambio histórico? ¡Por favor! Es el mismo castrismo de siempre, pero que ahora hace acrobacias de gatopardismo para dejarlo todo igual, mientras las izquierdas, los optimistas panglosianos, la prensa estadounidense, los ingenuos y los mercaderes sin templo aplauden por un supuesto “cambio radical” en la rancia y acartonada dictadura castrista.

No nos engañemos por estos reacomodos de cargas y estos toques cosméticos del sistema de patologías que padece Cuba: esto es parte del proceso del castrismo sin los Castro, lo peor que puede suceder. Es decir, la estructura mafioso-burocrático-militar se reajusta a los nuevos tiempos sólo para perpetuarse en el poder. Estos mandarines saben muy bien que cualquier auténtico cambio radical implicaría su muerte como casta y clase gobernante. Una dictadura tan feroz no hace ningún movimiento en falso que pueda traducirse en un resquebrajamiento de las estructuras vitales que la sostienen: ni pluripartidismo ni prensa libre ni estado de derecho ni plebiscitos mortales ni sólida economía de mercado, que pueda crear ciudadanos auténticamente libres y prósperos con aspiraciones políticas, incluso.

Me resulta patético que muchos se conformen con estas pequeñas maniobras del régimen y se declaren felices bajo el raulato cuando lo comparan con el fidelato. ¿Qué ha cambiado? ¿Que se puede vender y comprar casas y autos ahora? ¿Que se puede viajar al extranjero y luego poder regresar, sin perder vida y hacienda? ¿Que muchos ya pueden tener su chinchal o su timbiriche, pagando impuestos onerosos? ¡Ah!, yo pensaba que esto era lo básico que deben tener desde siempre todos los pueblos, incluso esos del llamado Tercer Mundo, los de esas tierras “raras”, como África o la remota Asia.

Bien visto, el proceso del castrismo sin los Castro se inició hace ya bastante tiempo, cuando la mafia comenzó a reconvertir a sus capos militares y de la cúpula de la seguridad del estado y del partido en altos empresarios de compañías capitalistas, como Gaviota S.A., Cubanacán, Aero Gaviota, Habanaguex, Sasa S.A., Antex, Tecnotex y Agrotex, entre otras muchas, sin mencionar las que operan en Miami, Tampa y otras ciudades del mundo, todas bajo la égida de los ex, excoroneles, exgenerales, exagentes de la seguridad, exesbirros. Con estos “ilustres” y exitosos ejecutivos tendrá que sentarse a la mesa de negociaciones cualquiera en un futuro, cercano o lejano, que quiera penetrar en el mercado cubano. ¿Y la ética? No, señor, manda el capital.

Así las cosas, y sin querer llegar a ser una pitonisa aguafiestas, en el horizonte sólo veo a Cuba convertida en la Rusia del Caribe, en un estado mafioso capitalista con una ligerísima pátina de democracia, pero con todos los males de un estado totalitario, porque el castrismo no es una ideología, sino una mentalidad y una actitud ante la vida en la que se amalgaman, con mucha soberbia, el matonismo, el absolutismo, el machismo, un modo de operar delincuencial, la amoralidad, la falta de respeto a los derechos básicos, lo factual, la picaresca y otras tantas aberraciones sobre las que se ha cebado el régimen a partir de algunos rasgos del alma nacional.

¿Llegará a reinar Miguel Díaz-Canel, el ungido? Falta demasiado tiempo para el retiro de Castro II y pueden pasar demasiadas cosas en este lapso. Incluso, creo que ya se inició una lucha intestina en la mafia por las cuotas de poder, porque no se trata de controlar un trozo citadino, sino de apropiarse de todo un país.

¿Y mientras, qué hacen los ciudadanos de a pie? ¿Qué planea hacer la sociedad para tratar de librarse verdaderamente de este sistema aberrante? Realmente, no veo ninguna fuerte reacción de parte de la ciudadanía. Parece que ahora la mayoría está más interesada en tener su pasaporte español, viajar, huir o escapar, según el caso; “resolver” la vida; pugilatear el día a día; “ir tirando”, mientras se espera por algún milagro; esperar pasivamente, como una vaca tonta, a que caigan las remesas de los familiares “de afuera”; ir a las concentraciones que se ordenen en la Plaza de la Revolución para “no señalarse”; y resistir el calor y la falta de esperanzas. Porque no nos engañemos: la disidencia interna es mínima y los resultados de su actuar, pacífico y ético, casi nulo: no se arranca de raíz una dictadura sólo con palabras y flores. Pero, hasta ahora, como diría la escritora Zoé Valdés, “esto es lo que trajo el barco”. Lo demás, viento triste que pasa.