miércoles, 23 de enero de 2013

Un raudo relámpago.


Por Ondina León ©

Para Enaida Unzueta, por todo lo que ha hecho y hace por el arte y la cultura, y por nosotros

Es muy probable que casi nadie conozca quién es Alfredo Ramón Jesús de la Paz Fuentes Pons. Sin embargo, todos sabemos quién es Fidelio Ponce de León, el llamado “Pintor de los pinceles tristes”. ¿Por qué adoptó este nombre artístico tan sonoro y sugerente? La respuesta, por muy bien intencionada que sea, podría caer en la esfera de la pura especulación poética. Tal vez, este creador cubano (Camagüey, 24 de enero de 1895-La Habana, 19 de febrero de 1949) hizo un pacto de fidelidad con lo eterno a partir de su obra, única en el panorama de las artes plásticas cubanas del siglo XX y en la Vanguardia de la pintura del periodo de 1927 a 1950.

Dicen que llegó a parecer un desamparado por su desaliño total, pero cuando miro su foto más conocida, con sombrero de ala ancha, el cigarrillo encendido en la boca a punto de esparcir sus cenizas al viento y esa nariz desafiante, lo asocio más con Humphrey Bogart, en sus roles de hombre duro y cuasi marginal, que con un desvalido Vincent Van Gogh. La imagen transmite tanta fuerza sostenida que sólo pienso en un alma libre, visionaria, que pagó felizmente su precio por ser y estar en resonancia con sus más viscerales anhelos humanos y creativos.

En 1915 se matriculó en la Academia de Pintura de San Alejandro en La Habana, pero, con una coherencia pasmosa consigo mismo, sus estudios fueron pocos y no llegó a graduarse. La rigidez académica y la dictadura de los horarios no tenían mucho que ver con su esencia bohemia y su creatividad desbordada, ajena a los cánones al uso. Fidelio prefería su sumisión al alcohol y al tabaco, combustibles ideales para volar lo mismo como pintor de brocha gorda que como maestro de dibujo de niños pobres, en pueblitos del interior; o como creador de publicidad para películas, tiendas y una marca, por supuesto, de cigarros, “El Cuño”. A la vez, empastelaba silenciosamente sus óleos sobre unos lienzos que han llegado a ser epítome de originalidad.

No creo que a Fidelio se le deba llamar un pintor “triste”, “oscuro” o “deprimente” sólo porque sus obras no encajan en el patrón de una supuesta cubanía tropical, que se expresa en colores vivos y en una luz cegadora, como se aprecia en sus contemporáneos Amelia Peláez, Víctor Manuel García o Carlos Enríquez, por sólo citar a unos cuantos clásicos de nuestra plástica. Fidelio, el maestro de la fusión de los blancos y los ocres, creó una luz más universal, más tenue, pero no por eso menos intensa.

Sus cuadros nos embargan con sus atmósferas misteriosas, con sus figuras que se difuminan hasta volverse casi irreales en los tonos dorado viejo. Hay como una pátina de lobreguez que incendia la imaginación a través de los sentidos y la intuición. Así, su obra “Peces” nos podría resultar un amasijo de raíces vivas que se levantan hacia el cielo. Sus “Beatas”, largas y grises como figuras de El Greco, nos dejan pensando en el destino humano y sus cárceles, la peor de todas, uno mismo. Sin cruz ni heridas ni sangre, su “Cristo” es, tal vez, el óleo más místico y liberador de la pintura cubana. “Tuberculosis” perturba con sus cinco figuras —a lo mejor son más, si contamos los fantasmas que rondan por la obra— y esa calavera que parecen acariciar todos como una premonición certera de futuridad.

De todas sus grandes obras, “Niños” es mi preferida —hace casi 40 años, Enaida Unzueta, quien me dio a conocer a Fidelio, me regaló una imagen de ella con una hermosa dedicatoria—, porque derrocha ternura y virtuosismo, magia y encanto, una luz lírica y profunda y mucho volumen cincelado por espátula y pincel.

¿Tuvo éxito en vida Fidelio? Yo creo que sí, a pesar de que se dice que pasó penurias y hambre y de que sus obras no se comercializaron por los miles y miles de dólares que valen ahora. Los seres humanos por lo general no aprendemos a distinguir valor de precio. Pero muchos de sus contemporáneos lo ayudaron, lo valoraron y no tuvieron en cuenta la opinión de algunos críticos de arte, que acusaron al pintor de sufrir “pobreza de colores” por un supuesto monocromatismo.

Luego de 1959, y ya establecida la dictadura castrista con todos sus férreos tentáculos ladrones, sus obras han tenido un destino bastante incierto. De hecho, su hijo, Miguel Ángel Ponce de León, autor de un libro delirantemente trágico y divertido, “Crónicas desde La Habana” —editado en España, en el 2001, con prólogo de Zoé Valdés—, denunció los desmanes cometidos por los burócratas de la mafia castrista con la obra de su padre y hasta reclamó parte del invaluable patrimonio.

Lo cierto es que hoy, estén donde estén, sus pinturas y dibujos forman parte de lo mejor de la plástica cubana de todos los tiempos y él está entre mis pintores preferidos, junto a Antonia Eiriz, Ángel Acosta León, Servando Cabrera, Ramón Unzueta y Josevelio Rodríguez. Dicen que Fidelio Ponce de León dijo: “Pasé por mi vida como un raudo relámpago, teniendo un solo instante de luz: mi obra”. Ese instante es su eternidad.









martes, 15 de enero de 2013

Desnúdame, verbo.


Por Ondina León ©


En el principio fue el verbo, la palabra divina que creó el cosmos. Luego, antes que realidad, todo es palabra, idea, sueño. Somos lo que somos porque Dios nos dio el don de la palabra. Y ese verbo es el que nos permite desnudarnos y estar y ser la máxima expresión del misterio de la vida sobre la faz de la Tierra. Verbo: Dios.

“Verbo (des)nudo”, esta revista de arte y literatura de diciembre del 2012 que tengo en mis manos, no podría tener mejor título. En él se condensa magistralmente la esencia paradójica del verbo, que nos libera y nos ata, que nos acerca al prójimo próximo y nos aparta, a veces definitivamente, en los laberintos de la realidad. Si la palabra nos hace transparentes, también nos acoraza, nos viste con hilos de acero, nos hace inexpugnables y esto, tal vez, sea la poesía más intensa.

En la edición virtual de esta revista que se fragua en Chile, revistaverbodesnudo.blogspot.com, en el apartado de “Quiénes somos”, se lee: “Revista que pretende ser un canto a la vida, poesía, relatos, críticas, todo sea bienvenido a este espacio de creación y sueños”. Pero no estoy de acuerdo con la afirmación porque esta publicación no “pretende” ser, sino que ES un canto a la vida. Y en esta ocasión, la edición es de aniversario porque cumple su primer año de existencia con siete números impresos, hechos con el corazón, para todos.

Según las palabras del editor y director, Fidel Ginoris, nuestro Gino, editar una revista era “una idea primitiva y tan ilógica”. Pero Dios reunió a unos cuantos “enloquecidos” para que se diera el milagro de alto vuelo y la poesía, en verso y en prosa, tuviera en lengua castellana un bastión, donde todo el que quiera puede sentir que el mundo es otro, en este tan áspero y minado por las miserias que nos ponen al borde de la extinción, cada día, cada segundo.

Como en números anteriores, esta edición en papel (hay que especificar ante tanta virtualidad) tiene obras del grupo original y obras de artistas invitados, radicados en varias partes del mundo. No hay nada como entrar en contacto con este objeto físico llamado revista y sentir su textura, su olor a imprenta, ver cómo desde el mar infinito de la página blanca saltan las imágenes de los poemas y nos envuelven con su ambivalencia.

Ilustrada con obras plásticas del maestro Josevelio Rodríguez, quien desde Miami ha venido colaborando en varias ediciones, esta revista es una pequeña gran obra de arte, que está sentando cátedra en la América Latina. Así, en este número colaboran Taty Cascada, siempre intensa con sus poemas breves como este de “Certeza”: “Escribir fecunda / los óvulos de mis días…”. ¿Hay que decir más? Gino ha tenido la delicadeza y la gran virtud de expresar el agradecimiento que siente por contar con la amistad y el apoyo, en esta empresa cultural, de sus compañeros de sueños y les ha escrito un poema a cada uno con sus nombre, “Taty”, “Maffi”, “Anouna” y “Una canción para Gaspar”, en la que afirma: “… dicen que le canta a la noche / cuando despliega su libreto al escenario / yo sé que le canta al colibrí / que anida en su garganta”. Evidentemente, honrar, honra. Josevelio nos entrega su “Herejía rota” y su “Boceto de un testamento”, dos poemas dignos de cualquier antología de poesía en español. Punto. Luego, Mafalda Migliaro, otra vez, nos seduce con esos relatos en los que la tradición, las leyendas y los mitos se funden para conformar un nuevo imaginario colectivo, absolutamente poético y misterioso. Roger Rivero, poeta poderoso, nos regala un poema en el que la brevedad es sinónimo de maestría para sugerir y encantar. Anouna Fabio con “Albedrío” y su “Inocencia” confirma que las poetisas pueden ser haces de luz y nos describe una vida irrevocable: “Vive, como los que apuntan el día en una pared / con una espada atravesándole la garganta”. Y concluye: “Vive y es feliz… / la inocencia le salva”. Así hay que vivir. El caso de otro de los poetas que participan en este número, Luís Cerón (Gaspar), es digno de elogio porque, con más de 25 años sumergido en un mar de números (no voy a decir “árido”), él demuestra que “está aquí”, y que la poesía se puede respirar “y ahora me desnudo / para solo pensar en lo que quizás / nunca será”. Leonel Licea Álvarez, desde Italia, nos hace llegar sus composiciones “Oda a un tiempo sin tiempo para un adagio” —“He aprendido a jugar con la muerte / a cancelar sus pasos, / cauterizar sus signos…”— y su “El olor de los instantes”. Felicidad Batista nos entrega su relato “Tardes de piano”, tan evocativo como nostálgico de la música que interpretaba un extranjero para una niña de sólo ocho años, en un remoto pueblo. Y Manolo Jiménez nos da “Acaso mañana” y “Nacimiento”, llenos de misterio existencial, de motivadoras inquietudes.

No, estos no son malos tiempos para la poesía, que siempre, a través de los siglos, ha sido don de pocos, arte de élites, confirmación de que el alma se desnuda en algunos. Hoy, revistas como “Verbo (des)nudo” muestran y demuestran que la poesía está viva y que su futuro no es incompatible con tanta cultura idiotizante de masas, con tanta adicción patológica a los deportes ni con tanto materialismo burdo. Creo, además, ironías de ironías, que sólo el papel perdurará más allá de lo virtual, de la red y las computadoras: basta un simple corte de fluido eléctrico para que la virtualidad se transforme en la dura realidad del silencio, de la nada. Así, festejo y celebro este primer aniversario de esta revista impresa y felicito, de corazón, a los soñadores que desafiándose y desafiando la realidad crean otra más hospitalaria y desnuda con sus verbos. Gracias, Gino, por ser el alma de esta tribu irreal y bella.





martes, 8 de enero de 2013

Leal, hasta la muerte


Por Ondina León ©


No sé si algún día se podrá escribir la verdadera historia del castrismo y de sus figuras descollantes, que durante más de medio siglo de horror han conformado su saldo de destrucción y muerte. Sistema de patologías, andamiaje de familias mafiosas y capos, reino de caudillos, el imperialismo castrista se ha caracterizado por un inevitable secretismo esencial, por un control absoluto de la información y la cultura y por purgas intestinas debido a conflictos de intereses financieros, que han generado y generan ninguneos, linchamientos y defenestraciones, individuales y colectivas. Uno de los más recientes ajustes de cuentas entre los bandidos castristas, que con frecuencia hacen reajustes en sus esferas económicas, que no en la economía nacional, ha sido el de Eusebio Leal Spengler, conocido cacique de La Habana Vieja, llamado “el historiador de la ciudad”.

Francamente, no me sorprende su defenestración a manos de los nuevos talibanes castristas, que están llevando a cabo la transición hacia un castrismo sin los Castro, dentro del “raulismo” dizque ligero. Lo que sí me sorprende es la reacción de muchos y sobre todo de algunos intelectuales cubanos (¿emigrados o exiliados?), que han salido en su defensa y que, como justo acto de solidaridad con él, están haciendo circular en la red un documento titulado “Soy un hijo de mi tiempo”, y que califican como el testamento político de un cadáver social, que supuestamente merece ser resucitado, no sé bien para qué, al no ser para seguir haciendo daño.

El documento en cuestión son las palabras pronunciadas por Leal, el 21 de noviembre pasado, frente al Palacio de los Capitanes Generales, de La Habana Vieja, en lo que se ha calificado como un “acto de desagravio” por el proceso que los nuevos mafiosos castristas han iniciado contra su próspero imperio de negocios, Habaguanex, el mismo que le ha permitido llegar a ser uno de los hombres más ricos de Cuba, según prestigiosas publicaciones financieras estadounidenses.

Aunque la “directora” de Habaguanex era la señora Mersi Weiss —conocida como “Doña Bárbara” por su despotismo desmedido y también ahora defenestrada y en “Plan Pijama” —, esta empresa y otra, Puerto Carenas, están bajo la bota del cacique Leal, quien en última instancia es el máximo responsable de todas las operaciones y de la pulcritud moral, si cabe alguna en un sistema de mafias, de estas compañías castristas.

En “Soy un hijo de mi tiempo”, Leal, con su habitual tono sacerdotal y sensiblero, solemne y grandilocuente, impostado y manipulador, está de cuerpo entero al recorrer su historia personal, que podría sintetizarse en su propias palabras: “Más que comunista, fui fidelista, y lo soy. Estoy como confesándome ante la historia”. Claro, esto no es una confesión porque desde siempre todos hemos sabido que Leal ha sido y es un lame botas del emperador Castro I y, por extensión, para poder seguir manteniendo todos sus privilegios, del sucesor, Castro II.

Sus palabras son realmente patéticas y, en muchos sentidos, escandalosas, como cuando cuenta cómo usaba a los presos en sus obras arqueológicas y de reconstrucción de edificios, es decir, en la creación de su escenografía para turistas extranjeros. Dice que por esta razón se viste siempre de gris, porque ese era el color de los uniformes de los reos, amén del de los trabajadores agrícolas en una época, y él es un “trabajador”...

Momento cumbre de su “testamento” y de su egolatría es cuando cuenta lo que le dijo a Fidel Castro en un congreso del Partido Comunista en el que fue electo miembro de su selecto Comité Central. Leal le dijo al tirano: “Sabía que yo llegaría a Obispo por la Iglesia o por el Partido”. Bueno, pues hasta ahora ha sido, entonces, un obispo castrista ejecutando los designios de una dictadura y buscándole dinero para sostenerse en el poder: ha sido un verdugo de su propio pueblo.

¿Y su obra? Creo que habría que esperar un tiempo para distanciarnos y evaluar su legado de preservación de La Habana Vieja; tenemos que determinar en un futuro cuánto logro salvar y cuánto se perdió y se está perdiendo por su culpa, porque en su feudo, que ha sembrado de hoteles, hostales, restaurantes y tiendas para turistas sólo con dólares, se siguen derrumbando edificios históricos y miles de personas continúan viviendo en condiciones infrahumanas, hacinadas, mientras los capos de capi siguen disfrutando de las bendiciones que les generan la corrupción, el tráfico de influencias y el robo del patrimonio nacional y de los donativos, en euros o dólares, de la UNESCO y de Europa. Y todo con su complicidad, de espaldas a los clamores de tantos, que sólo quieren un techo seguro para sus familias, y agua limpia, luz y dignidad.

No sé por qué Leal se sorprende de que él haya sido “traicionado” y se cuestiona si realmente Dios está en todas partes, ahora que está cayendo en desgracia. Dice que quiso construir un Paraíso para todos y que en cierta medida construyó un Infierno para él. ¿Acaso no sabía a qué monstruo estaba alimentando? Él, tan culto, tan autodidacta, tan infalible, ¿no sabía que la llamada “revolución” siempre devora a sus propios hijos? Le llegó el turno de ser devorado, aunque con bastante retraso, luego de más de 40 años ejerciendo su oficio de amanuense del rey, entre otros de muy dudosa reputación, aunque no llegó a ser cura.

¿Cuál será su destino ahora que, ya anciano, está siendo barrido por las nuevas y tenebrosas fuerzas del castrismo joven? No sé, pero creo que le espera una grisura silenciosa, que no tendrá que ver con su vestimenta de actor de la historia de una isla posesa. En todo caso, no siento pena por su final, porque como él mismo afirmó, es un hijo de… “su tiempo”.



sábado, 5 de enero de 2013

Con coherencia.

Unzueta por Pedro Portal ©

Por Ondina León ©

Para Ramón Unzueta, por estar aquí.


Ni París ni Nueva York ni Miami: de isla en isla, de Cuba a Tenerife, de pincel en pincel volaste a pintar la mejor sonrisa de la noche y derrotaste las oscuridades. Tú, eterno niño, supiste envolverte con lienzos de nubes y parir tus harenes. Tú, isla verde, nos diste ojos para inseminar los muros y descubrir los azules. Contigo no hay desierto. Hoy, tu ausencia es una sombra de luz que nos alienta: constelación que crece desde el espacio más íntimo y cerrado. Eres la voz de las raíces que se torna horizonte o vientre del mar, siempre fértil. No hay distancias entre tu piel de óleos y la soledad de un monte. Las piedras tienen alas cuando tú golpeas las paredes de mi casa con tus carnes enmarcadas. Así es y así será. Gracias.