viernes, 27 de diciembre de 2013

Con dones de amor.

Por Ondina León ©

Joan Manuel: 

 ¡No puedo creer que ya tengas 70 años! ¡Salud y larga vida! ¡Cómo pasa el tiempo! Todavía te veo como aquel esplendente joven de pelo largo, que llegó a la grisura monolítica de la Cuba de los años 70, con una esbeltez sensual y la poderosa arma de la poesía hecha música, todo tan diferente a la polución sonora que padecemos hoy. Ni te hacía falta tener una gran voz porque los juglares, los trovadores, cuando son auténticos como tú, Joan Manuel Serrat, se hacen escuchar desde la sustantífica médula de sus almas, con sus luces y sus oscuridades abismales, que para algo somos humanos, ¿no? ¡Qué impacto has tenido en la vida de millones de jóvenes, que hicieron suyas tus canciones, y que hoy peinan canas o se lustran la calva! Para mí, “Lucía” es una de las más bellas canciones de amor en castellano que existen: “No hay nada más bello / que lo que nunca he tenido. / Nada más amado / que lo que perdí. /Perdóname si / hoy busco en la arena / una luna llena que arañaba el mar”. Y son tantas y tantas tus creaciones inolvidables que, bien lo sabes, tienes asegurado un sitio imperecedero en lo mejor de la canción de las últimas décadas: “Aquellas pequeñas cosas”; “Mediterráneo”; “Penélope”; “De cartón-piedra”; “Fiesta”; “Romance de El Curro el Palmo”; “Pueblo blanco”… Y luego ese maridaje con dos grandes poetas, Antonio Machado y Miguel Hernández, que te hizo consolidarte como un artista universal, lejos del provincianismo de tu terruño y de los traumas de un país que se había desgajado por una guerra fratricida. Tú has sido lo que me enseñaron a llamar, y creo que con razón, un “artista comprometido”. Ahora hay una epidemia de artistas y “artistas” que subrayan su condición y dicen que no son “políticos”, como si esto fuera posible: todos somos “animales políticos”, como afirmó Aristóteles, aunque algunos seamos más animales que políticos, con el perdón de las inocentes bestias, que nunca cometen crímenes ni torturan como nosotros. Estas nuevas generaciones sólo parecen que están comprometidas con sus ganancias personales y su “realización”, dizque profesional, y no quieren (aunque sí pueden) involucrarse en la suciedad de la política, a ver si higienizan un poco el marasmo. Pero tú no. Tú sí que “fieramente existiendo, ciegamente afirmando” tomaste partido “hasta mancharte”. Y yo hubiera sido como tú, antifranquista, amante de la libertad, enamorado del amor, anhelante de la paz con justicia. Dadas mis circunstancias de cubana, a lo mejor no hubiera podido llegar a ser “de izquierdas”, como tú, pero sí de una razonable adicción a la democracia, al pluralismo, al respeto a los derechos humanos. Eso sí, yo también soy exponente de nuestra esquizofrenia nacional y te quiero tanto como te desprecio por tu partidismo: ¿por qué para ti Pinochet sí fue un dictador y Fidel Castro, no? ¿Por qué nunca has alzado tu voz en contra de la dictadura que padecemos los cubanos por estos ya larguísimos 55 años? Tú, cantor, poeta de la libertad, ¿has hablado alguna vez sobre la represión, la miseria y la inmoralidad que le ha impuesto el castrismo a millones de cubanos? Ya que has cantado a dúo con los trovadores y artistas de la dictadura, como Pablo Milanés, ¿por qué no grabas una pieza con Amaury Gutiérrez, que está prohibido en su propio país por apoyar la búsqueda de libertad para todos? ¿Qué puedo hacer para valorarte más sin reprocharte tu incoherencia ética? Con humildad, paciencia y ternura, con dones de amor, no te condeno, sino te condono tu desamor para con nuestra causa, tu complicidad con la maldad y la desidia. ¿Qué cumplas muchos más cada 27 de diciembre? Sí, pero ojalá que despiertes ¡pronto! de tu “compromiso” tan parcial. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

Las incoherencias de ciertas grandezas.

Por Ondina León ©

Los medios de difusión están de plácemes: ha muerto un hombre grande. Con la necrofilia que los caracteriza y la superficialidad endémica que los corroe, estos medios se aprestan a canonizar a Nelson Mandela en un aquelarre que tiene de fiesta, rumba y guaguancó, y lanzan titulares tremendistas y excluyentes, como uno que reza “Miami deja atrás la controversia con Mandela para celebrar su legado”. Sin embargo, creo que el momento se presta para reflexionar y debatir, aunque, claro, con el cáncer galopante de la corrección política, nadie se atreve, en estos momentos de luto y de lata, a mencionar, ni por accidente, alguna mancha en este “Sol de Sudáfrica”, en el ya llamado “Padre de la Patria”. 
Siempre he tenido una relación de amor-odio con Mandela. Si bien he admirado y respetado su acción y su heroísmo contra un régimen tan injusto y oprobioso como el apartheid, también he detestado su amistad y su alianza con dictadores terroristas —perdón por la redundancia, porque todo dictador, de derecha, de izquierda o centro, es un terrorista— y su absoluto desprecio y silencio por causas tan válidas como la resistencia y lucha de ciertos pueblos, como el cubano, contra las dictaduras que los oprimen, los expolian y los masacran. Porque, eso sí, Mandela siempre fue fiel a sus “amigos” que apoyaron su lucha con armas, asesores, financiamiento, campañas mediáticas y alianzas políticas. No sólo los admiró y los respetó, sino que también, ya en el poder, los condecoró sin escrúpulos, tanto a Yasser Arafat, como a Muamar El-Kadafi y a Fidel Castro, entre otros “líderes”, que no estadistas.
Hasta donde sé, Mandela nunca alzó su voz contra la dictadura de los Castro, a los que siempre abrazó como a sus hijos, mientras estos imponía el peor apartheid de América Latina, ese en que los cubanos era (y son) discriminados y segregados y no podían ni entrar libremente a un hotel, en su propio país, por razones de origen nacional y porque eran los descastados sin dólares, el vil metal del “enemigo”. Mandela pedía en foros internacionales el levantamiento del embargo estadounidense contra “Cuba”, pero jamás pidió el fin del embargo que tiene, desde hace 55 años, la mafia castrista contra los derechos básicos, humanos y civiles, de los cubanos, de todos, sin distinción de raza. 
Mientras Mandela se convertía en un símbolo mundial en su lucha por los derechos de los negros en su país, el imperialismo castrista los masacraba en sus campañas africanas —Angola, Etiopía, Mozambique, etc.—, porque enviaba mayoritariamente a los negros cubanos como carne de cañón, bajo el lema del “internacionalismo proletario”. Mientras, los generales castristas, como el fusilado Ochoa, financiaban sus operaciones “libertadoras” traficando con diamantes, drogas, maderas preciosas y hasta petróleo, amén del “rubloducto” que el imperio soviético sostenía abierto para la isla caribeña, en el abrumador marco de la Guerra Fría. ¿Cuántos muertos, heridos y traumatizados le costó a Cuba la aventura legionaria castrista? Creo que Mandela nunca se hizo esta pregunta. 
El líder sudafricano es el típico ejemplo del político o guía, carismático y heroico, que justifica los medios por tal de alcanzar sus objetivos, por eso se vuelve tan vulnerable a la hora de ser juzgado por la historia. Las incoherencias de su grandeza dejan una estela patética de falta de ética y de respeto por los derechos humanos, más allá de la cuestión étnica. Porque la libertad y la dignidad humana se la merece tanto un negro sudafricano como un negro o un blanco cubano, un árabe libio o un blanco de Zimbabue, el reino del sangriento dictador Robert Mugabe, amigo entrañable (¡qué sorpresa!) de los emperadores Castro I y Castro II. 
Si bien el mundo tiene sus razones para llorar la muerte de Mandela, creo que sobran sinrazones también para lamentar su falta de autoridad moral, su falta de escrúpulos y su afinidad con la peor crápula mundial. Podrán canonizarlo ahora, pero jamás me hincaré de rodillas ante su altar.


jueves, 14 de noviembre de 2013

Los izquierdos inhumanos.

Por Ondina León ©

No me sorprende en lo absoluto que “Cuba”, es decir, en este caso la dictadura castrista que impera en la isla posesa desde hace ya 55 años, haya sido elegida, una vez más, para formar parte de un organismo de derechos humanos en ese circo patético llamado Organización de Naciones Unidas, junto a China, Rusia y hasta Arabia Saudita. Este evento es coherente con el estado calamitoso en que se encuentra el mundo, donde los valores carecen de valor, y donde se padece de un defecto esencial en los mecanismos de la democracia, en los que se impone la dictadura de los números, su suma mecánica, que crea una mayoría, sea justa o no. En este universo en que habitamos, los países (¿o los gobiernos?) decentes y civilizados son escasísimos, al igual que los seres humanos, porque la mayoría pertenecen a la crápula mundial, aunque se digan “progresistas”. 
¿Qué mejor que “escoger”, democráticamente, a países que son expertos en violar, desde hace demasiados lustros, los derechos humanos? ¿Hay mejor forma de que estos estados delincuentes se protejan unos a otros que estar sentados juntos en el “tribunal”, que juzgará los desmanes que se cometen por todas partes? Cuando los criminales se erigen en jueces, hay que abandonar toda esperanza de justicia, aunque sea nominal. 
“Cuba” debería estar siempre presente en cualquier foro en el que se pretenda violentar al mundo para que sea más respetuoso con los derechos humanos, violados y requetecontraviolados, a diestra y siniestra, por la derecha y por la izquierda, por arriba, por debajo y por detrás, como Satanás. Esta islita se lo merece por el récord que tiene como matrona añeja y violadora empedernida de esos principios básicos: ¿libertad de expresión? ¿Estado de derecho? ¿Pluripartidismo? ¿Libertad de movimiento? ¿Separación de poderes? ¿Justicia independiente y equilibrada? ¿Derecho a la felicidad con decencia? No, no que son “rezagos de un pasado” humillante que no volverá, aunque haya que reducir a polvo el diente de perro, que demarca a esta prisión flotante con once millones de cadáveres. 
¿Para qué cambiar después de tantos éxitos sostenidos? Porque realmente la mafia castrista y su imperialismo, estos izquierdos inhumanos, pueden exhibir con descaro muchísimos logros: sostenerse en el poder por 55 años; hacer que el mundo entero los mire con simpatía y los aplauda —desde Francisco Franco y Jean Paul Sartre hasta Ted Turner y Bill de Blassio, el ultraizquierdista recién electo ¡¡alcalde de Nueva York!!—; exportar su “revolución”; armar un andamiaje para que el “enemigo”, léase el exilio y la diáspora cubana, los mantenga y sea su principal fuente de ingresos; exportar seres humanos al por mayor para “resolver” la miseria que ha creado (¡viva Robert Malthus!); hacer que todo un pueblo se suicide, día a día, y se envilezca, creyendo ante todo que son alegres y ocurrentes como el que más. La lista sería infinita, pero una debe tener su pudor de tribu, ¿no? Sí, “Cuba” es mucha cuba, pero de heces. 
¿Y China, la próxima gran potencia de la galaxia? Otro caso paradigmático de cómo combinar lo peor del capitalismo con lo peor del comunismo y dar un estado híbrido, donde se explota a las grandes masas, se les concede unas migajas para el estómago, para tenerlas sometidas, se permite que la casta gobernante se enriquezca, mientras se reprime y se controla siguiendo las pautas de una supuesta psicología social milenaria. Un horror que ha sido inseminado con el capital de Occidente y la bendición de todos los hombres de negocios del mundo entero, que se hincan de rodillas ante mil trescientos millones de potenciales consumidores. Ya se sabe y se comprueba: el capital no tiene moral ni mucho menos memoria para los derechos humanos. Y presten atención esos “disidentes” cubanos y esos políticos estadounidenses que piensan o creen (¿ingenuamente?) que “los puentes culturales”, el “intercambio de familia a familia” o las inversiones capitalistas en Cuba van a generar más democracia o hambre de libertad en el pueblo: China lo desmiente.
¿Y Rusia, ese país más basto que vasto, con ínfulas de gran potencia? De la KGB al Kremlin, gloriosamente Putín es el epítome del nuevo ruso, rudo, rapaz y contumaz, capaz de hacer desaparecer con polonio radiactivo al más pinto de la paloma, si es su enemigo o amante de la libertad, que viene a ser lo mismo. Los nuevos millonarios rusos son, en su gran mayoría, los exesbirros de la inteligencia y/o del ejército reciclados en empresarios y negociantes. El coloso es ejemplo de cómo los miembros del partido comunista del imperio de la URSS son ahora los del partido consumista. ¿Y la libertad? ¿Y los derechos humanos? Bien, gracias: a los periodistas se les manda a “Honduras”. La homofobia se hace ley. Y Putín y los hijos de Putín se eternizan para siempre en el trono. 
Como dije antes en otro artículo, la rusificación de Cuba comenzó hace rato y ya los mafiosos con carné, de antaño, son hoy los “empresarios”, que visitan festinadamente a Miami en busca de nuevos horizontes de bienestar personal. Y para los otros, cepo, “bocabajo”, garrote vil y empalamiento, porque ni un timbiriche con tres trapos para vender quieren en las calles, para que no “se enriquezcan” los ciudadanos de a pie de la Cuba de los Castro: la miseria como arma de control total.

¿Y Arabia Saudita? Ese mar de arenas y petróleo, donde la mujer es reverenciada como reina y los camellos apedreados por infieles y promiscuos malolientes, es un paraíso de humanidad... como todo sitio en el que rige las más fundamentalistas leyes, preceptos y dogmas islámicos. Tal vez a “Cuba” le vendría bien declararse califato e instaurar la sharía, aunque desgraciadamente para los jeques castristas no haya petróleo. Pero, en fin, este país árabe, junto a los alegres caribeños, los chinos filosóficos y los ladinos rusos harán una labor extraordinaria en la comisión de derechos humanos de la ONU. ¡Que Dios nos coja confesados! Amén.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Apogeo de egos y más.

Por Ondina León ©

“¿Cuál es la diferencia entre un pesimista y un optimista? Que en última instancia, ninguno de los dos tiene razón, pero el optimista se la pasa mejor…”. No por viejo el “chiste” es menos válido. Así que yo, en cuanto a Cuba, me la paso muy, muy mal, a cada vez que una información sobre la isla posesa y sus “ilustres” vástagos y bastardos me llega, como una bofetada en pleno rostro de la incertidumbre. 
Ahora ha sido un “evento cultural”, totalmente desvinculado de la política, del que todos (¿todos?) los cubanos tenemos que sentirnos orgullosos, según han decretado los paladines de la libertad y la liberación “progresista”. La señorita Mayda Bustamante escribió el libro “Alicia Alonso o la eternidad de Giselle” y la Fundación Apogeo, dirigida por un tal Baltasar Martín, alquiló, por sólo trescientos dólares, un espacio del Koubek Center —que pertenece al Miami Dade College, institución pública que todos los contribuyentes pagamos— para rendirle homenaje a la excelsa bailarina clásica por su debut, hace 70 años, en el protagónico de “Giselle”. Si este caso fuera en otra nación, en otras circunstancias históricas, no tendría absolutamente ninguna relevancia ni repercusión social: sería sólo un evento cultural y artístico del que sentirse orgullosos. Pero entre cubanos anda la cosa…
¿Quiénes son los protagonistas de esta historieta grotesca? Unos magníficos ejemplares de la fauna castrista. Alicia Alonso ni necesita presentación: genial bailarina que encarna lo peor de la dictadura, porque ella misma es una tirana, absolutamente política, en el peor sentido del término. Ha sido y es la gran matrona que ha dictado sentencia sobre vida y hacienda de “sus” bailarines, esos mismos que están desperdigados por los cuatro puntos cardinales, gracias a sus desmanes, reproducción exacta de los mismos cometidos por la dictadura de los emperadores Castro I y Castro II, como muestra la historia de los últimos 55 años en el archipiélago maldito. 
Aún hoy, mientras la “progresista” y “revolucionaria” Alonso se pasea por el mundo con su “esposo”, Pedro Simón, su lazarillo repulsivo y trepador, traficante de apartamentos para sus mancebos, y junto a su corte de lameculos oportunistas, y se hospeda en grandes hoteles de lujo y se da vida de caviar y champán, los bailarines de su ballet danzan con las mallas viejas y rotas y con zapatillas buenas para la basura, pasan hambre contando los centavos de los “viáticos” y ahorran para comprar “pacotilla” indispensable, como calzoncillos y medias, y sueñan con huir de la pesadilla de represión y frustración, que la gran pastora danzante ha impuesto en su rebaño de Cuba. Alicia, en su reino de maravillas, es la misma que se vestía de miliciana para cantar con sus puntas y piruetas loas a la dictadura; es la militante del partido comunista; es la que firma las cartas de los intelectuales y artistas apoyando los fusilamientos de jóvenes negros, que cometieron el terrible delito de querer escapar del campo de concentración masivo de los Castro; es la que nunca ha alzado su voz a favor de los disidentes y las Damas de Blanco; es la que ha permitido que el “Gran Teatro de la Habana García Lorca”, sede del Ballet Nacional, se caiga a pedazos con filtraciones, goteras y grietas, sin renunciar a sus privilegios materiales en un país bombardeado por la miseria castrista, las enfermedades tropicales (dengue, cólera, malaria…) y un éxodo sostenido y casi masivo que ha desangrado a la nación. Es decir, que de inocente y artista “pura” esta señora no tiene ni un pelo ni su mala sombra. Ella es un paradigma del divorcio abismal que puede haber entre la magnificencia, como artista, y la miseria moral y humana, como persona. Quien acepta el mecenazgo de una mafia con estructura de estado tiene que venderle su alma al diablo, quiera o no.
La señorita Mayda Bustamante formó parte de la corte de la “prima ballerina assoluta” durante 17 años. Con diligencia le sirvió como lacaya, mayoral, capataz o vocera. Fue famosa por su arrogancia, su despotismo, su dureza y su cinismo para con todos. Era despreciada y odiada pero temida, porque tenía el apoyo incondicional de la dictadora en tutú. Luego de estar tan comprometida con el sistema y sus crímenes —no siempre tiene que haber sangre para matar a alguien o ningunearlo—, un buen día esta tenebrosa y oscura funcionaria partió rumbo a España, a vivir su exilio de terciopelo, con regresos festinados a Cuba, viajes a Miami, donde dice que tiene “amores” (algunas ex que infectan el enclave, digo yo) y giras por el orbe. Siempre ha mantenido su fidelidad a su ama y ahora, a raíz de la publicación de su libro en el que le rinde culto a la déspota castrista, declara que la obra “es un acto de amor en mi vida” y agrega, ruda y desafiante, como un carcelero cruel, que hay que respetarla “porque los actos de amor nunca deberían ser cuestionados”. 
Y me permito preguntarle: ¿Y quién te dio a ti autoridad moral para decretar que no eres cuestionable por tu amor a una cacica de la mafia castrista? Si esto no fuera un insulto a todas las víctimas de la peor y más larga dictadura de la América Cretina, sería sólo un gesto patético de una ególatra más. Bustamante debería comenzar por pedir perdón por todas sus fechorías y su servilismo, juzgar sin piedad a Alicia Alonso como persona y luego sentarse a hablar de su virtuosismo como artista. Pero para esto hacen falta cojones y grandeza de alma y ella nunca los tendrá, aunque se piense muy cojonuda y hasta llegue a recomendarle desde su trono el suicidio o el exilio a un joven intelectual, etiquetado de “no confiable” por los comisarios culturales, en pleno Periodo Especial, léase del 1959 hasta hoy, en la eterna pesadilla. 
En cuanto al director de la Fundación Apogeo, no hay mucho que decir: veleidoso “intelectual”; pésimo ensayista y literato; trepador y oportunista; estratega del mercadeo para venderse al mejor postor; mediocre “promotor cultural”, sumo pontífice de los que tienden “puentes culturales” en un solo sentido y siempre a favor de una supuesta reconciliación entre cubanos, a pesar de que aún no ha habido justicia ni se han juzgado a los criminales castristas (¿la habrá alguna vez?). Con “libertadores” como él, las próximas cadenas están garantizadas. Pero eso sí, consiguió regar más el estiércol en Miami con este evento “cultural” del que todos tenemos que sentirnos “orgullosos” y realizados. 
Con hechos como este, es muy difícil sentirse optimista de cómo marchan las cosas para la nación cubana, incluso para esta parte que vive en democracia y que, día a día, tiene que ver cómo la dictadura y sus secuaces usan y abusan de las leyes, normas y ordenanzas, que garantizan la libertad de empresa y de expresión, fenómenos ausentes en la isla. Dolorosamente, la democracia es así. ¿Qué se puede hacer? Esto es sólo el principio: horrores se verán…


lunes, 14 de octubre de 2013

Ingenieros del alma.

Por Ondina León ©

Hay maestros y maestros. Unos, la mayoría, en el mejor de los casos, instruyen y cobran su salario, que es más de domador de circo o policía, de pastor de burros o inquisidores. Otros, una vasta minoría, educan. Lo que quiere decir que moldean el espíritu de sus discípulos, los iluminan no sólo con conocimientos, sino también con dudas, inquietudes, sueños, principios morales y desafíos. Estos maestros son los ingenieros del alma y son sagrados. Los que hemos tenido el privilegio de tener aunque sea uno de ellos, en algún momento eterno y esplendente, nos sentimos elegidos y tatuados con orgullo de por vida. 
En mi ya remota adolescencia en La Habana Vieja, fui educada por uno de estos seres extraordinarios que dejó una huella indeleble en mi vida personal y profesional. Mis pasos de ahora son también los pasos que él condicionó, para mi bien. En mi yo múltiple y abismal, como Dios manda, siempre reconozco que hay una parcela fructuosa que le pertenece, esa que es un templo donde le rindo culto a la lengua, a la literatura, a la belleza, a la rebeldía y al afán de libertad y ética: sin Jesús Díaz Ribot, yo probablemente habría sido otro ser.
Fue mi profesor de literatura y español en la escuela secundaria “Forjadores del futuro” —“Forajidos del presente”, nos llamaban— y todos lo conocíamos por el sobrenombre de “El Pícaro”, que se le acuño no porque fuera un buscavidas inmoral y arrogante, como suelen ser los pícaros cubanos, tan abundantes en el archipiélago, sino por la pasión con que enseñaba la novela picaresca española a aquellos adolescentes salvajotes que éramos. Y aquel hombre, joven y hermoso, era —¿Es aún? ¡Ojalá que sí! — todo pasión, todo fuego. De esta verdad pueden dar fe dos compañeras de clases, dos viejas amigas mías que, estoy segura, también lo siguen venerando: Zoé Valdés y Miriam Celaya. 
Mientras Dios nos preste vida, todos los que fuimos sus alumnos recordaremos cómo “El Pícaro” nos sumergió en “El Quijote” y cómo nos despertó un sentido de búsqueda de la justicia y de balance entre los sueños y la realidad, tan agreste como estéril, en muchos sentidos. Aquel joven maestro, literalmente, inventaba nuevas formas de despertarnos al mundo de la poesía y, no sabemos cómo, en medio de la miseria y las carencias absurdas que generaba día a día el castrismo, él llegaba a las aulas con un tocadiscos gigantesco, que se me antoja muy viejo, y nos ponía a escuchar los poemas de Antonio Machado y de Miguel Hernández, que había musicalizado con éxito Joan Manuel Serrat. ¿De dónde sacaba los discos? Nunca lo supimos. Era una fiesta para nuestros oídos vírgenes y una segura y decente alternativa a la música de las orquestas populares, que en aquel entonces todavía no habían alcanzado el grado de vulgaridad y vacío que padecen hoy. 
Y luego de la música, aquella pasión desbordada con que nos leía poemas, cuentos, fragmentos de novelas o ensayos. Porque “El Pícaro” siempre nos daba mucho más de lo que estaba establecido en los programas educativos, esos con los que el castrismo ha pretendido por 54 años adoctrinar y aborregar a las masas de jóvenes que, al final de la historia, se han venido convirtiendo en exiliados, mártires, disidentes, presos o zombies poseídos por una desidia crónica: el “hombre nuevo” real, una aberración más del guevarismo.  
Recuerdo muy bien cuando me habló de esa novela “maldita” para su época, “Manon Lescaut”, y de las pasiones humanas que se entretejían en ella. Ese y otros libros, fuera de programa, él nos dejaba conocer. Pero de todos, sin duda, hay uno que “El Pícaro” me prestó (¡qué riesgo!) y que revolucionó mi alma de adolescente: “El hombre mediocre”, de José Ingenieros. ¡Qué fenómeno! Debo confesar que tuve que leer esta extraordinaria obra consultando, con mucha frecuencia, un diccionario. Ingenieros es un escritor de alto vuelo y su castellano es riquísimo para cualquiera, pero mucho más para un adolescente que se está alfabetizando y culturizando. Y esto por no hablar de su vasta cultura y de su andamiaje filosófico, que es un desafío intelectual tremendo. Me devoré este libro, que ha marcado a tantas generaciones de jóvenes latinoamericanos, y lo he vuelto a leer luego una y otra vez, y siempre me impacta el llamado a luchar contra la ordinariez, contra el “aura mediocritas”, tan cómoda como castrante. 
Con el paso de los años, también leí otras obras de Ingenieros igualmente formadoras, como “Las fuerzas morales”, “Hacia una moral sin dogmas” y “Tratado del amor”. Se dice que este escritor, científico y filósofo ítalo-argentino es una de las máximas expresiones del positivismo, que fue socialista y que coqueteó con el comunismo, pero siempre me llama la atención que este moralista, en el buen sentido del término, terminó siendo anarquista: demasiado inteligente y libre como para estar preso en una filiación extrema, en esa desastrosa América Latina. 
A medida que se acercaba el final el curso, comenzó a entrarme una fuerte nostalgia porque sabía que “El Pícaro” dejaría de ser mi profesor, mi maestro. Llegaron los últimos días y nos sorprendió con un regalo para cada uno de sus alumnos, un libro con una dedicatoria de su puño y letra. A mí me dictó: “No vaciles ante la vida. ¡No! Acúsala, si es preciso. Vívela con entera impaciencia. El ser humano impaciente tiene frutos en sus horizontes”, Jesús Díaz. 
Desde entonces, este ha sido uno de mis mantras. Y hasta ahora, creo que he tratado de vivir mi vida con impaciencia, acusándola muchas veces, desafiándola otras tantas, recogiendo mis frutos, magros o jugosos, en estos horizontes siempre cambiantes y laberínticos, amables y ásperos, del universo. 
Hoy, ante el panorama desolador de la educación en Cuba, donde la propia dictadura castrista mediante sus órganos de prensa ha tenido que reconocer el fracaso de su sistema (de)formador, y donde se acosa y se amenaza a los pobres maestros, que tratan de sobrevivir a la ruina impartiendo repasos, a título particular, a unos jóvenes casi analfabetos, más allá del monolítico y patológico sistema “educativo”, es todo un privilegio y una bendición haber tenido un maestro como Jesús Díaz Ribot —no confundir nunca con el escritor castrista, que dudosamente disintió luego, desde Europa— y haber sido formada por un hombre extraordinario, como quería Ingenieros. Nunca le estaré lo suficientemente agradecida. Ojalá que algún día nos volvamos a ver y pueda, mirándole a sus ojos intensos, darle las gracias, otra vez. 

viernes, 4 de octubre de 2013

Ausencia vital.






Por Ondina León © 

A Ramón Unzueta in memoriam
¿El tiempo es un bálsamo? Sí, ¿quién lo duda? Alivia el dolor, pero deja la cicatriz viva de la ausencia. Y a tu lejanía no nos acostumbramos, por más que nos aferramos a ti. Ha pasado un año, un siglo, y sigues ardiendo como el primer día: tu llama es dorada, naranja alegre y azul cansado, aunque tú preferías esa combinación de rojo y negro, tan elegante como seductora, con la que marcaste tu espacio de isla, la de los tesoros insondables, en otra isla hospitalaria, no la que te vio nacer. Y dialogamos contigo y tú nos guías y nos iluminas con tu ser esplendente, creador, paridor de imágenes inolvidables, sin verbos ambiguos. Tu hermana, tu mejor amante, me lo ha dicho, claro y alto: preferiría tu presencia física a tener toda tu obra, esa que nos ha resultado y es infinita, en su cantidad y en sus detalles, en su mar de sugerencias y significados, en su belleza férvida, aun cuando juegas a las distorsiones. Ella te prefiere a ti y la entiendo: esto es amor del bueno. No hay obra que te rebase, aunque estás pleno en la otredad de tus personajes. También tu otra hermana, esa que escribe y escribe dejando jirones de alma desde París, la ha pasado muy mal sin ti, su confidente, su amigo, su Rami(to) o su Rami(llete) de ternura y limpieza. Ella ha cambiado mucho desde que te fuiste, pero es mejor ahora, más libre, más fuerte, más tuya. ¿Y qué decirte de los amigos y amigas que dejaste? Todos te amamos como el primer día en que nos tocaste con la punta de tu magia y nos transformaste en tus admiradores. Todavía te lloro, pero me obligo a vivir por ti, por otros que se fueron (¿injustamente?) antes de tiempo. Cada vez somos menos y más viejos, como diría una vieja amiga, pero fieles al principio de ser dichosos, pese a todo, como tú habrías querido. Me he tropezado con un libro de arte que me regalaste hace años con una dedicatoria: “Para Ondina León, amante de la belleza como yo”.  Y eso habremos sido en nuestro paso apurado por este mundo, amigo. Por ese otro en el que estás, no dejes de alumbrarme el camino, cada vez más corto, pero más sembrado de ladridos y relámpagos. Te queremos para siempre, Rami.  

miércoles, 2 de octubre de 2013

Era sin pedestal.


Por Ondina León © 

Pedir perdón puede ser un supremo acto de valentía ética y de humildad. También puede ser una maniobra maquiavélica con fines oportunistas o una estrategia para desarmar a un rival, que exija justicia. Sólo unos pocos elegidos logran, con autenticidad, cometer este acto de bondad y de delicadeza para con el prójimo, sus patrias y la historia. A juzgar por el contenido del texto “Ara, no pedestal”, de Roberto Ampuero, que recientemente comenzó a circular en los medios y en la Internet, este en un buen ejemplo de moralidad, aunque cada cual pueda reservarse el derecho de matizar sus afirmaciones y su mea culpa. 
Cuarenta años después, este escritor chileno, que fue militante comunista en su juventud, vuelve sobre el siempre dolorosamente vivo golpe de estado que derrocó al presidente Salvador Allende y catapultó a su país a las manos de una junta militar, encabezada por el general Augusto Pinochet. La historia polarizó a una nación y la trucidó cruelmente con un saldo de víctimas que da pavor, como en cualquier guerra, porque hubo una y mucho más grande de lo que se cree, dentro del marco del conflicto entre los valores del Occidente democrático y el imperialismo ruso, la llamada “Guerra Fría”, tan larga como costosa. 
En su texto, intenso y sentido, el autor de “Nuestros años verde olivo”, les pide perdón a sus compatriotas, a Allende y hasta a “los sufridos ciudadanos” de los países comunistas en los que vivió, como Cuba y Alemania, entre otros.  Ampuero reconoce, sin excusarse con su inocencia juvenil, que por aquellos años “todos estábamos enfermos de odio”. Y ya se sabe que, como la violencia sólo engendra violencia, el odio sólo crea más odio, irracional y castrante, excluyente y doloroso. 
Admiro esta sinceridad desbordada de un hombre maduro que tuvo el coraje de desgarrarse, revisar sus convicciones y evolucionar moral e ideológicamente, como en su momento tuvo que hacerlo otro grande de las letras, Mario Vargas Llosa, luego de ser de izquierdas y apoyar a la mal llamada “revolución cubana”. Sin embargo, si importante para la salud del alma y el desarrollo del espíritu es saber pedir perdón, también es vital saber a quién o a quiénes se les pide ese perdón liberador, que nos da una superior categoría humana. 
Ampuero le piden perdón “a sus compatriotas”, pero, ¿a cuáles de ellos? ¿A Pablo Neruda, que le cantó loas patéticas al asesino de Stalin? ¿Al errático Salvador Allende que le entregó el país a Fidel Castro, quien se pasó todo un mes en Chile sembrando su maleficio arruinador? ¿A Max Marambio, mafioso inescrupuloso que hizo negocios, durante 17 años, con la mafia castrista, hasta ayer de tarde? ¿A Camila Vallejo, terrorista en ciernes, entrenada por los estrategas del castrismo? ¿A la Michelle Bachelet que se levanta de una conferencia y corre lujuriosa a besar la mano del Sumo Pontífice del Mal, el Emperador Castro I, en La Habana? ¿A esos chilenos “aguerridos” que vandalizan Santiago al ritmo de una canción de Silvio Rodríguez, el trovador de la dictadura castrista? ¿A los compatriotas que desfilan pidiendo libertad con banderitas cubanas y la imagen del siniestro Ernesto “Che” Guevara, artífice del totalitarismo cubano y sembrador de odios? ¿Cómo se le puede pedir perdón a una masa física amorfa que se causa daño a sí misma con sus pretensiones depredadoras? 
En Chile, probablemente el país de América Latina más estable y moderno, hay un equilibrio precario entre las fuerzas políticas, que muchos pretenden romper con sus torpezas ideológicas y sus exigencias de cambios desmedidos y esa manía de hurgar en la historia, no para hacer justicia, sino con un afán de revanchismo patológico, que es revolver el estiércol estérilmente. A estos actores de la realidad, que no tienen estatura ética, Ampuero no tiene que pedirles perdón. Son todos ellos los que deberían reconsiderar sus supersticiones y sus caprichos ideológicos, evolucionar, pedir perdón por su complicidad con la dictadura castrista y todas las neodictaduras en América Latina —Ortega en Nicaragua; Chávez y Maduro en Venezuela; Correa en Ecuador; Morales en Bolivia; Cristina Fernández en Argentina— y en el mundo entero, y hacerse defensores de los derechos humanos y del pluralismo, que niegan esas izquierdas antidemocráticas y violentas.
 La gran tragedia del mundo de hoy, luego de cien años de historia llena de aberraciones sanguinarias, como el nazismo, el estalinismo, el castrismo, el putinismo ruso y el populismo latinoamericano (de Perón a Chávez), es que no hay un basamento moral sobre el cual, con educación, cultura y civilidad, levantar una filosofía auténticamente democrática que nos permita ser prósperos, material y espiritualmente: es una era sin pedestal ético. Sólo unos cuantos, como Ampuero, tienen el valor de admitir sus errores, rectificar y declararse liberal y humanista, desafiando los absurdos cotidianos, la contaminación de valores y la amalgama corrupta de izquierdas con derechas en la que se le rinde culto al capital más deshumanizado en interés propio y no en el de la sociedad. ¡Gracias, Roberto Ampuero, por el valor y la decencia!

martes, 24 de septiembre de 2013

Cambalache caribeño.


Por Ondina León ©

Cuba ha sido, es y será siempre guía, modelo, “faro de América” y del mundo entero. Sus últimos 54 años de historia no dejan lugar a dudas: es el paradigma vivo de todo lo que no debería suceder jamás en ninguna nación. Su sistema de patologías socio-económicas habla por sí solo, pero, o nadie escucha, o se interpretan mal los desvaríos, o los gobiernos se hacen los tontos por oportunismo o temor a las represalias del castrismo. Como dice el viejo tango, “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé…”. Pero, con demasiada frecuencia, los maquiavelos se reúnen, echan a andar sus ventiladores y salpican de heces, a diestra y siniestra, a las derechas y a las izquierdas y a todo lo que es sin ser…
Tal es el caso, en estos días —¡agárrense la peluca!—, de un curso internacional sobre control de la corrupción que, a todo trapo, se está llevando a cabo en La Habana, en Castrolandia, tierra pródiga en estampas kafkianas, si las hay. En total participan nueve países, entre ellos algunos obviamente poseídos por la égida castrista, como Venezuela y Bolivia;  y otros aproximadamente decentes y quasi democráticos, como Chile, Colombia y Panamá.  
Lo fascinante del encuentro es que se realiza bajo el sacrosanto manto del gobierno cubano, uno de los más corruptos y corruptores del mundo entero. La élite mafiosa-militar, que lleva más de medio siglo arrasando en el archipiélago caribeño —sí y también en América Latina y en África—, podrá dictar conferencias de cómo crear un sistema vertical de corrupción a todos los niveles de la sociedad, pero establecer cánones de cómo prevenir y luchar contra la corrupción es imposible, porque sería renunciar a su propia esencia. Y las dictaduras jamás se suicidan de esta forma, como lo está demostrando el raulismo ligero con sus llamadas reformas, que no son más, insisto, que reacomodos de carga para perpetuar la pesadilla totalitaria, que ahora está en vías de rusificarse, es decir, de convertirse en un capitalismo de estado con una casta gobernante enriquecida, procedente de las mismas filas de la nomenclatura, que ha desgobernado ad infinitum.  
Desde el mismo año 1959, el castrismo sólo ha generado en Cuba miseria material y moral, lo que a su vez engendra más indigencia de todo tipo, incluido el “sálvese quien pueda”, que ha creado una sangría incontrolable con cifras de exiliados escandalosas para una nación tan pequeña. El propio sistema castrista, con sus experimentos económicos macabros, ha creado nuestra célebre bolsa negra de subsistencia; la cultura del robo (robarle al “estado” no es robar); la filosofía del “resolver”, aun al precio de la propia dignidad; el jineterismo y la marginalidad, que ha sido usada como arma de control de masas: “Te dejo vivir al margen de mis leyes, hasta que me convenga, y al más mínimo resbalón ideo(i)lógico, te parto la crisma, por delincuente y corrupto”. Hay leyes que merecen ser quemadas…
Recientemente, acaparó los titulares de la prensa, la de aquí y la de allá, el hecho de que dos profesores de escuela intermedia fueron detenidos y juzgados bajo cargos de corrupción, por vender exámenes a los alumnos, por un puñadito (maximizo el diminutivo) de dólares o su equivalente en eso que popularmente se llama “chavitos” o CUC. El evento, obviamente orquestado para escarmentar a esa sociedad díscola, es en principio totalmente injusto, porque estos dos maestros, que cobran sus salarios en pesos cubanos y pagan lo básico en CUC o dólares, no estaban haciendo más que “resolver” y “resolverle” a esos alumnos, que difícilmente puedan ser desasnados a estas honduras del descalabro y el marasmo. 
Sin embargo, doblemente injusta fue la supuesta reacción de los padres de los estudiantes, que apoyaron la medida de las “autoridades” contra los educadores. ¿Es que acaso ellos también no “resuelven”, de alguna manera ilegal, el pan de cada día? ¿No compran en bolsa negra leche en polvo robada de almacenes del estado? ¿No meten la mano con impunidad en la caja registradora de la tienda o “shopping” en la que trabajan, si tienen esta suerte? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. 
Y a otros niveles, ¿no se ha enriquecido la mafia castrista con todo lo que ha robado en este medio siglo negro? ¿Y las expropiaciones sin indemnizaciones? ¿Y el tráfico de diamantes y maderas preciosas durante las campañas en el África? ¿Y la recolección de oro y plata de las joyas de la familia por parte del “estado” hace unas décadas? ¿Y el narcotráfico? ¿Y los negocios turbios con dictadores delincuentes (perdón por la redundancia), como Noriega, en Panamá? No existe en Cuba nadie con moral suficiente como para condenar a esos maestros, víctimas de los nuevos vientos que soplan en una supuesta cruzada oficial contra la corrupción. Punto. 
En este encuentro internacional contra la corrupción habrá conferencias magistrales, gráficas, estadísticas, académicos babosos, políticos aguerridos que se están guardando el trasero de licencias pragmáticas que se han tomado, mucho delirio latino con supersticiones arrogantes y fotos para la prensa por “el encuentro histórico”. Pero a corto plazo, al menos en la tierra de los emperadores Castro y sus millones de súbditos pícaros, la pandemia de corrupción seguirá floreciendo porque es el sistema de desgobierno el que la crea. El fulanismo, en una tierra sin instituciones ni un estado de derecho; el nepotismo desmedido; la falta de los derechos ciudadanos básicos; la inexistencia de una prensa libre; la ausencia de libre empresa; el tráfico de influencias; y la aguda falta de ética en las masas (¿será algo genético?) son el caldo de cultivo ideal para que la corrupción siga siendo la esencia vital de la nación, que cada día está más lejos de rescatar su alma y su identidad. Y así, no hay esperanza que valga. Punto.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Gracias, amigo.


Por Ondina León ©

Pintores hay muchos: artistas del pincel, pocos. Escritores, escribientes y escribanos se sobran: los artistas de la palabra son raros. Cuando un solo individuo es un artista de la palabra y de la imagen, entonces ha ocurrido un verdadero prodigio humano. Y tal es el caso del Maestro Josevelio Rodríguez Abreu, poeta y pintor, que hoy 15 de septiembre, cumple un aniversario de nacimiento redondo, una cifra hermosa y prometedora. ¿Hace falta decirla? Para nada. Mientras viven, los artistas son inmortales. Cuando se nos van del plano físico, quedan sus obras, sus catedrales de belleza indestructibles, sus lecciones de vida, sus locuras fructuosas y sus sueños. Y si el artista es respetable, más aun lo es el ser humano, ese esplendente, dador de colores y misterios. Porque sus obras, incluso las más aparentemente sencillas, tienen una magia, un carisma que difícilmente se puede descifrar o traducir en palabras comunes. Sus cuadros, esas “Ofelias” y aquellas “Damiselas” tanto como sus palmas o sus gallos, o un Cristo amulatado o un San Lázaro con cara de niña, exudan un encanto que apela más a lo sensorial que a lo puramente intelectual: el virtuosismo es la hipnosis por la belleza, que sólo engendra enamoramiento a primera vista, hechizo sostenido, alegría visceral en cualquier rincón. Y sus poemas, esos destellos intensos de metáforas y símiles, de ternura y rabia, hablan tan alto y tan claro como sus cuadros: “En el final del camino / están los aguaceros y la soledad; / no importa que estemos avisados / porque en ese momento no hay salvavidas / ni puertas que derribar: / sólo nos queda el recurso de cerrar los ojos / para recuperar la ternura perdida”. En su inolvidable “Boceto de un testamento”, entretejido con poderosos versos, Josevelio lega, entre otras maravillas, “mis nubes, / las llaves rotas de la brisa / el aroma de las despedidas / los libros, las mariposas, / mi mano zurda y / la desnudez del David”. Se es Maestro cuando se deja un rastro indeleble de belleza y de gratitud para con la vida, por esto a él le queda muy bien el rango y la jerarquía. Para todo el que lo conoce de cerca, para los que hemos tenido el privilegio de disfrutar de su timidez elocuente (paradojas de paradojas), de su torrente verbal, de su hospitalidad y de su generosidad, su cumpleaños es toda un fiesta, una confirmación de que, en este mundo violento y grotescamente esperpéntico, hay un oasis de luz y de pasión limpia en el que la amistad, la fidelidad y la lealtad al arte se funden y paren nuevos horizontes. Gracias, amigo, por ser y estar y crear. ¡Felicidades! 

martes, 10 de septiembre de 2013

El último disparo.

Por Ondina León ©

Nadie hubiera sospechado nunca que tomaría una decisión de esa naturaleza. Pero lo hizo. Y la ejecutó: a sus 89 años se disparó un tiro en la cabeza. Usó su propia pistola, esa que todos deberíamos tener a mano para defendernos de nosotros mismos y, tal vez, de los demás que intenten secuestrarnos el tiempo, de alguna forma. Así se hizo justicia a sí mismo y evitó ser encerrado en un hospital, donde dependería por completo de unos asalariados, ajenos y distantes. Se libró del ultraje de la vejez. Murió ebrio de lucidez y, casi seguro, en paz, luego de haber sobrevivido a tantas guerras, esas que engendran las naciones en el delirio de la historia y las que surgen de nuestras propias entrañas y que pueden ser tan devastadoras como creativas. 

Sándor Márai —11 de abril de 1900, Kassa, Hungría-22 de febrero de 1989, San Diego, California—, novelista, dramaturgo y periodista, vivió dos guerras mundiales; resistió dos grandes aberraciones históricas, el nazismo alemán y el estalinismo ruso; vio cómo todo un mundo, ordenado y burgués, se desmoronaba en lo que otrora había sido llamado “imperio”; vivió el exilio político; a los 48 años tuvo que huir de su país, que había caído bajo la bota sangrienta del comunismo;  perdió a la mujer que amaba, su única esposa, luego de un matrimonio de 60 años; fue ninguneado en su propia patria por pertenecer a un supuesto “pasado vergonzoso”, a pesar de su grandeza, y, finalmente, se quedó sin fuerzas para seguir resistiendo el paso del calendario y su precio mortal. 

En el lapso que le tocó en suerte, entre la vieja Europa y el pujante Estados Unidos, ya fuera en Budapest, Berlín, Munich, París, Nueva York o San Diego, Márai no dejó de escribir como un poseso que cumple una misión sagrada. Y lo hizo tanto y tan bien que hoy está entre los grandes novelistas del siglo XX, a la misma altura de Thomas Mann, Herman Hesse, Stefan Sweig o Marguerite Yourcenar, por sólo citar a los europeos. Pudo haber escrito sus obras en alemán, pero  optó por el húngaro, su idioma materno, para demostrarse y demostrarnos que el lenguaje propio es la casa del ser, sobre todo para crear a plenitud. Y siempre escribió sus obras en húngaro, a pesar de ser políglota. Así, sus novelas “La herencia de Eszter”, “Divorcio en Buda”, “La hermana”, “El amante de Bolzano”, “La mujer justa” y la que está considerada su mejor creación, “El último encuentro”, constituyen un universo humano e histórico de primera magnitud en el que se pintan con maestría las más intensas (y también bajas) pasiones: el amor, que en su caso siempre es un triángulo entre dos hombres y una mujer o entre dos damas y un galán; la amistad, con sus cumbres luminosas y sus oscuros rincones, salpicados de erotismo contenido y traiciones imperdonables; el resentimiento con un fuerte condicionamiento clasista; las miserias físicas de las enfermedades y la piedad que pueden producir en los otros; el valor de las intenciones, buenas y malas, y su efecto en el prójimo; la relatividad de las verdades; el individualismo como bastión de la identidad; y la terrible hermosura del paso implacable del tiempo. Todo esto y mucho más expresó Márai en cada obra, en donde priman los monólogos y las largas conversaciones, y en donde las acciones de los protagonistas, esencialmente encajadas en el pasado, son evaluadas con un sentido de justicia muy personal, según los intereses de cada personaje.
 
Se ha dicho que este escritor húngaro retrató hábilmente el mundo europeo de entre guerras y es cierto. Pero si hubiera que definirlo sin riesgos, se podría decir que Márai es un pintor de almas, un escultor de personalidades y tipos que alcanzan su mejor expresión en medio de las vorágines de sus pasiones y las calamidades de la historia, incluidos los bombardeos a ciudades tan hermosas como Budapest. Todas sus novelas son intensas, pero termino privilegiando “La mujer justa” —me hubiera gustado más, para evitar anfibologías, el título de “La mujer ideal”—, en la que, con una pericia digna de Balzac, los mismos hechos son narrados y juzgados con una visión muy diferente por cada uno de los personajes involucrados en el triángulo amoroso, un hombre y dos mujeres que antagonizaron por su afecto. Lo que nos hace recordar ese filme japonés ya clásico de Akira Kurosawa, “Rashomon”, con sus perspectivas tan disímiles y ¿válidas? Impresionan la concatenación de los hechos y la sabiduría, que a golpes de eventos y decisiones extremas van alcanzado los personajes, y que son un registro exacto del conocimiento que alcanzó Márai del ser humano en toda su dimensión, con sus grandezas y sus miserias.

Este artista se consagró tanto a su pluma que ya a los 40 años había alcanzado una fama muy respetable. Sus obras eran éxitos de venta y se traducían a los principales idiomas del mundo. Sin embargo, con la imposición del comunismo en su país, luego de la Segunda Guerra Mundial,  Márai fue ninguneado y clasificado como un escritor “decadente y burgués” por la burocracia inquisitorial, que contó con la complicidad de sus colegas y la indiferencia de sus compatriotas. No le quedó más remedio que asumir el destino, salvarse de la colectivización forzosa de la sociedad y, en 1948, huir de Hungría, a la que nunca más volvería. 

Por un periodo demasiado largo en términos de vida humana, Márai cayó injustamente en el olvido. Con el colapso del llamado “campo socialista” en Europa del este y los cambios radicales en su patria, este gran escritor ha sido rescatado y vuelto a ser valorado como merece. Márai no pudo disfrutar de la caída del Muro de Berlín, pero seguro que presintió los hechos y, antes de apretar el gatillo y dar el último disparo, tiene que haber suspirado con algo de esperanza y sentir que sus obras seguirían siendo sus disparos sostenidos en el mundo. 

¿Cuál habrá sido su último pensamiento, antes de hacerse justicia y librarse de una cadena perpetua? No me atrevo a especular. Pero ya Márai había dicho “Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere”. Además, también había afirmado con total lucidez: “Uno siempre responde con su vida a las preguntas más importantes”. Y así lo hizo. Para todo aquel que quiera acercarse a su colosal obra y tocar su vida en cada libro, sólo hay que entrar al sitio virtual www.libroos.es y leer o descargar, ¡gratis!, sus mejores novelas. No dejen de hacerlo. La aventura es arriesgada, pero necesaria.

lunes, 22 de julio de 2013

El pico del pícaro.


Por Ondina León ©


No es de oro, sino de diamante. Por eso este pico cava, cava y vuelve a cavar su propia tumba sin hacerse mella ni creerse villano, pero siempre creyendo que se está esculpiendo su propia estatua. Porque no sólo es lo que va pregonando sin dar treguas, sino también lo que va destruyendo en su añejo afán por vivir día a día, sin ninguna tabla de valores que le mantenga a flote el alma. Este pícaro o pícara habita un archipiélago caribeño desde hace más de 500 años, pero es en los últimos 54 que ha alcanzado su máxima estatura de gigante eyaculador, ese que esparce sus semillas por los ocho puntos cardinales, incluyendo atrás y debajo. Ante su presencia, siempre ruidosa y adocenada, palidecen “El Lazarillo de Tormes” o el “Guzmán de Alfarache”. “El Buscón” del genial Francisco de Quevedo podría recibir sabias lecciones de este pícaro, porque él es la picaresca hecha persona y por sus venas corren, en perfecto maridaje, melaza de caña y humo de tabaco, drogas amorosas y dulces, según él mismo. Comenzó desafiando a la Corona Española en su comercio ilícito con piratas, corsarios y filibusteros, porque, ¿cómo no?, tenía que “resolver” sus necesidades, que la remota y atortugada metrópolis ignoraba. Desde entonces, este verbo sacrosanto, “resolver”, ha sido su mantra, su leitmotiv y su escudo contra las adversidades y bienaventuranzas. Porque, eso sí, por bien que esté o crea estar, este pícaro es insaciable. Tiene un espíritu no de superación, sino de supervivencia que le hace ser mimético, camaleónico y arrogantemente inmoral. Todo vale cuando se trata de parar la olla y vestir su humanidad, tan seductora y sensual, según su propio espejo personal. Cuando tuvo que decidir entre las cadenas o la independencia de su metrópolis, se sentó plácidamente a ver cómo se quemaban los cañaverales y a deshojar las margaritas de un reformismo castrante (las medias tintas siempre son así) o de un anexionismo cuajado de pragmatismo. Los insurgentes eran tres gatos enloquecidos, que terminarían como rehenes de la historia: ganadores gracias a un coloso extranjero. Luego, ¡qué república era aquella! ¡Qué pujanza a empujones! ¡Qué milagro de milagros! Hasta un tema musical vulgarote devino himno nacional, “La Chambelona”, porque todos daban su lengüetazo pícaro para usurpar sus pingües beneficios o sus migajas consoladoras. ¿Y el que se resistía a ser como la mayoría? Nada: como siempre, había que volverlo isla en la isla, meterlo preso o desterrarlo del archipiélago: ningunear, otro verbo con categoría histórica. Porque si algo ha sabido hacer bien a lo largo de los siglos este pícaro es desterrar a sus semejantes disímiles, a sus antípodas, que siempre se atrincheran en una escala de valores que “perturba” la vida nacional de lo que debería llamarse “Picardilandia”. Así, sólo un pueblo de pícaros empedernidos podría haber engendrado una dictadura de pícaros, el totalitarismo de la desidia, el genocidio de la decencia. Pero, claro, como este ejemplar prolífico sabe de todo y lo sabe muy bien —es político, médico, educador, economista, meteorólogo y santero, todo a la misma vez—, también sabe reírse de sus desgracias y lucrar con un humor que lo hace padecer de una lucidez paralítica, que es su mejor defecto. Nunca antes la risa había sido manifestación de una esquizofrenia galopante y parásita, expresión clínica de un masoquismo infinito. Sin embargo, así es. Y así lo seguirá siendo porque este pícaro o pícara no tiene hambre ancestral de cambios que los libere de su propias aberraciones, en su propia tierra. Si algo no tiene este espécimen es noción de patria, de solidaridad, de sentido de nación ni mucho menos sentido de justicia. Tanto es así que este pícaro, visceralmente, es o pretende ser de cualquier nacionalidad, menos de la que Dios le asignó en su archipiélago. Si tuvo un tatarabuelo italiano, no se preocupen que él moverá cielo y tierra y, aunque caigan raíles de punta, terminará siendo italiano y huirá hacia otros horizontes con su pugilateado pasaporte, dejando atrás el estercolero que ha creado. No hay remedio: hay que abandonar toda esperanza. Ahora, este pícaro, que por perder ha perdido hasta su propia lengua y ha venido vomitado un metalenguaje vergonzoso, con términos como “jinetera”, “pinguero”, “fula”, “Yuma” y otras lindezas, quiere imponer, como parte de sus piruetas pícaras, un “diálogo entre hermanos” y para ello esgrime palabritas y frases iluminadas: “reconciliación”, “tolerancia”, “puentes culturales”, “acercamiento con el exilio”, “intercambio familiar” y “hermandad”… ¡Qué picarón! Y ahora, justo ahora, que ya este animal terrestre conoce bien el sabor del vil metal y sus bendiciones. ¿Y con quiénes tendría que reconciliarme? De momento, con la mierda de los chivatos, de los exesbirros, de los pícaros oportunistas, de la matrona devenida empresaria, de los intelectuales jineteros que venden su alma por un viajecito, mientras lamen la bota de los tiranos pícaros. No, así no se juega, si una quiere seguir mirándose al espejo sin sentir náuseas. Así que hay que dejar que el pico del pícaro siga cavando su fosa de azufre y, tal vez, los otros, los desterrados, los excluidos, los decentes nos podamos, algún día, dar el lujo de aplaudir el entierro.

lunes, 15 de julio de 2013

El show mediático Zimmerman & Martin

Por Roger Rivero

¿Cuántas personas mueren diariamente en este país por causa de la violencia y muchos, sino la gran mayoría de ellos injustamente, pero no reciben el apoyo mediático ni del presidente del país?

En una nación donde están bien definidos los organismos constitucionales del estado solo cabe en la cabeza de nuestro presidente seguirle la corriente a este juego mediático en torno a la muerte de Trayvon Martin. Más allá del derecho de cada quien a tener su opinión, para mí apoyar esta clase de periodismo y política genera racismo, y que un presidente se pronuncie por sobre el poder judicial de Estados Unidos como lo hizo desde que empezó este circo mediático, deja mal parada la democracia porque obstruye la justicia y politiza este caso en particular; el presidente no esta allí para expresar su opinión personal, familiar o racial. Cada día mueren personas de diferentes razas no precisamente por causas de verdad raciales, pues este es un país materialista, lo del racismo como dicen acá, es un “plus” para el mal. Nuestro presidente es de origen afroamericano, hecho que expresa a mí entender que nuestra sociedad ha madurado y ha comprendido que la capacidad no tiene color o raza. Si tenemos claro que esta payasada no va a revivir a ningún muerto, y que nuestros jueces en su mayoría –pues cada regla tiene su excepción- poseen un mejor criterio de justicia que cualquiera de nosotros, incluido el presidente, para mi es debatible tantas buenas intenciones, no obstante, los magistrados, asimismo, deben aguantarse su opinión personal y seguir la decisión del jurado como ha sucedido en este caso. Creo que nos tocará hacer lo mismo a quienes pensamos más o menos igual a lo que expongo. Pero no me cabe duda, en vez de hacer el bien están apoyando el racismo y donde peor puede gravitarse: en las mismas raíces del contexto que la media nos ha vendido. Todos los días, repito, mueren personas injustamente, y si los quiere conocer no necesita de tanto circo. La buena noticia es que gracias a este furor popular, un grupillo de ejecutivos hace millones de dólares. Ciertamente el racismo es un flagelo social, existe, hay evidencias por ejemplo en Arizona contra los inmigrantes, de hecho hay toda clase de muestras de odios entre los seres humanos todavía, sea por raza, género, creencias, pero no olvidemos que este mito en particular surgió porque la madre de Trayvon Martin adolorida por la muerte de su hijo, en sus primeras declaraciones afirmó apresuradamente que se trataba de un hecho racista, sin embargo, el jurado del caso no encontró evidencia alguna sobre esa opinión. Estoy en contra de la muerte de cualquier persona, eso es una salvajada, pero me opongo y no participo de esta especie de hipocresía social. Por eso lo dejo aquí y no entro en detalles sobre el caso, porque no quiero pecar de hacer lo mismo aprovechándome de la muerte de este muchacho para demostrar un punto, como no puedo tampoco imaginar las razones por la que una persona llegó al extremo de matar a otra sobre todo si no es un asesino.

sábado, 11 de mayo de 2013

Sombra dorada.



Por Ondina León ©


Tal vez, en este ya remoto 1959, fuiste de las tantas, la mayoría, que los recibió con los brazos abiertos y una enorme sonrisa de esperanzas. Tú querías un cambio radical y que tus hijos nacieran en libertad, no bajo una dictadura. Ellos era jóvenes, hermosos como dioses griegos y simbolizaban la vocación democrática de un pueblo, que estaba bien materialmente, pero que quería soberbiamente estar mucho mejor y con libertades de sobra. Tal vez, los gritos de “Paredón, paredón” te pusieron nerviosa y dubitativa. ¿Por qué había que manchar de sangre el amanecer verde olivo? Luego, no acabaste de entender a plenitud por qué había que confiscar tantos bienes a aquellos que los habían obtenido trabajando duro de sol a sol. Te dijeron que la zafra de atracos era para que todos fueran iguales, para que hubiera justicia. Cada verbo parecía justo, pero tú sentías, tal vez, que había demasiada violencia, sobre todo contra los que osaban criticar las vertiginosas decisiones de aquel líder carismático, que desbordaba testosterona y que amenazaba a un imperio demasiado grande para ser desafiado. Y en medio de la fiebre revolucionaria, cometiste el supremo acto de bondad de convertirte en madre. Ahora, tu hija era tu reto mayor y tu ancla en medio del vendaval. Pero, ¿cómo garantizarle su leche? ¿Cómo hacer para que no la envenenaran con un odio prefabricado de unos cubanos contra otros? Ya habías comenzado a perder familiares y amigos que huían “al Norte” porque les habían despojado de todo, incluso de sus derechos. Tú resistías y te desencantabas por días. Sin embargo, tal vez, tuviste la esperanza de que cambiaran las cosas, que se moderaran los excesos, que se hiciera justicia y que no se inyectara en el corazón de los niños tanta obediencia ciega y tanta desidia. Ya bastante estabas sufriendo por parar la olla nuestra de cada día y que tu familia se alimentara con esos frutos del “invento”, de la bolsa negra o del “resolver”, porque ya habían castrado los campos y sacralizado al ganado. Y vinieron para tu hija las escuelas al campo, las absurdas guardias en la cuadra para controlar a los vecinos, las milicias, la imposición de la vulgaridad, la simulación en aquella lucha que no habías escogido en realidad. Tenías que resistir y ayudar a resistir a tu hija, a tus hijos que se multiplicaron, mientras mermaba tu esperanza de un mundo mejor, cada vez más lejano. Aquel “hombre nuevo” que te proponían era cada vez menos hombre y más bandido, más pícaro, más pusilánime, más poco patriota. Lo único realmente esperanzador era huir de aquella isla rehén. Pero, ¿cómo? Mientras, tú eras el abrigo contra tantas privaciones, la peor de todas, la falta de opciones de vida. Y pasó el tiempo y pasó no un águila majestuosa, sino el oscuro cuervo del desasosiego. Y tu hija creció y se convirtió, valerosamente, en madre también. Y ahora tú eras abuela de una hermosa niña, tan desnuda como las generaciones anteriores de mujeres de tu familia, tan todo futuro como tú lo habías sido para terminar en esta amargura. Pero, ¿qué ofrecerle más acá de todo tu amor, instintivo y fiel? Sólo tu sombra dorada. Para esos soles carnívoros, madre, tú te creces día a día, te encalleces y nos acoges bajo tu ala protectora. Ante tu amor, no hay exilio voraz ni distancias criminales ni silencios torrenciales. Sólo tu amor es cierto. Sólo tu seno es fecundo. La pesadilla es perpetua, pero cada día que despertamos huérfanos de patria, sin país ni nación, volvemos a renacer y a parir continentes habitables gracias a ti, sombra dorada. Cada día es tu día, pero hay algunos en que tu título de madre se revalida con esos gestos irrepetibles de amor, como cuando despides a un hijo que parte hacia lo desconocido, buscando otros horizontes de luz y dejando atrás toda su vida y a ti. Gracias, madre, por hacerme quien soy y por querer ser como tú. Más que felicidades, te deseo hoy larga vida: larga esperanza para todos en este mundo de incertidumbres y hecatombes.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Libertad y vida.


Por Ondina León ©


Al nefasto grito de “Patria o muerte”, incrustado por un caudillo, a partir del año 1959 en el rostro del archipiélago caribeño, una cubana le ha respondido en los últimos años con su “Libertad y vida”. Y no sólo ha contestado así a lo peor de un machismo necrófilo y genocida, a una mafia hacedora de ruinas, sino que también ha sostenido su respuesta con una voz inteligente y firme, que ha tenido que desafiar a los castristas y a los anticastristas, o a los que se pintan como tales: la batalla de Zoé Valdés, sin exagerar, ha sido épica en su literatura y en su blog.

Ahora, coincidiendo con su cumpleaños 54 —ella siempre ha dicho su edad en voz alta y con orgullo—, Zoé ha decidido hacer un alto en su misión como bloguera y consagrar más tiempo a su obra literaria, a proyectos personales y a su familia. ¡Felicidades!

Muchos se lamentan de esta decisión con razón, porque su blog es una excepción positiva en esa galaxia infinita y turbia de la blogósfera cubana, en la que priman los egos, la miseria humana, la incultura, el infantilismo político, la falta de sentido democrático y, en los últimos oscuros tiempos, una fascinación con los reacomodos de cargas de la dictadura de Castro II, lo que tristemente se ha dado en llamar el “raulismo light”, esas flatulencias de sus cerebros.

Extrañaremos su blog. Este ha sido un vasto campo de batallas de ideas, tendencias y criterios, que ha tenido perfil de periódico, de cátedra universitaria, de medio de difusión cultural, o de templo de las bellas artes, como la pintura o el cine. El blog de Zoé ha sido diverso, dinámico, rico y profundo. Si alguien sólo quería saciar su sed de cultura y no embarrarse de los debates políticos, allí encontraba su reino sagrado. Si por el contrario, el interés era mayormente político o histórico, este blog ofrecía infinitas posibilidades no sólo de la propia escritora, sino también de diferentes personajes.

En esta ágora cibernética todos han tenido participación activa, incluso los que dejaron sus testimonios, no siempre decentes, no siempre educados, en contra de los puntos de vista de Zoé y su justa militancia anticastrista. En este sentido, desde ya su blog queda como un paradigma de lo que deben ser estos espacios virtuales. Y queda, además, como un ensayo general de lo que debe ser la democracia en una Cuba futura, si el país llega a existir.

Criticada absurdamente, vilipendiada, calumniada hasta el delirio, manipulada inmoralmente, saboteada por el brazo largo y negro del castrismo y sus cómplices de todas partes, Zoé ha resistido como la guerrera excepcional y apasionada que es. Pero hasta las más grandes guerreras necesitan su descanso, su parada hospitalaria para recobrar el aliento y seguir dando batalla y vida. Ahora le toca respirar y privilegiar otros intereses, más allá o más acá del casi inútil combate por la libertad de su pueblo, que tanta resistencia ofrece a un cambio radical que lo eleve a nuevos horizontes de abundancia y paz. Ya lo dijo otro iluminado que padeció y no sobrevivió a la cubanidad: “Los pueblos no pueden ser arrastrados a la libertad”.

Sólo me queda expresarle abiertamente mi apoyo a Zoé Valdés y darle, una vez más, las gracias por todo lo que ha hecho por la literatura cubana libre —está presentando otra novela más— y por la libertad y la dignidad de los cubanos. El mejor premio que puede recibir esta creadora es saber que, en la que alguna vez fue su patria y donde ella está prohibida por la dictadura y la policía cultural y sus colegas abyectos, su obra se lee clandestinamente, pasa de mano en mano con fruición, y es devorada como alimento terrestre, aun con los estómagos vacíos y una aguda falta de esperanzas.

Por su obra, por su entereza como mujer, por su fuerza y por su ternura, por su lengua libre y desafiante, y por su cumpleaños 54, ¡felicidades, Zoé!

Ten presente que este sitio del Maestro Josevelio Rodríguez, “Guitáfora”, que tanto has apoyado, es también tu casa y puedes entrar a ella, cuantas veces quieras o lo necesites, y quedarte. Aquí te estaremos esperando con los brazos abiertos para darte siempre las gracias por tu existencia.



miércoles, 24 de abril de 2013

Fulanismos sin fulanos.


Por Ondina León©


Vista desde una perspectiva aproximadamente racional y con cierta madurez política con vocación democrática, América Latina le tiene que resultar a cualquiera un catálogo demasiado grueso de aberraciones socio-históricas. Y la primera pregunta que se impone es: ¿cómo un continente tan rico y extenso no ha logrado estar a la cabeza del mundo, al no ser en el número de dictaduras, los índices de pobreza y la violencia urbana?

Una posible respuesta sería de que en esta porción del planeta los problemas no son económicos, sino políticos. La desastrosa historia política del continente es la que ha engendrado la pobreza, material y humana, que aún se padece en la mayoría de sus estados y que genera, entre otros males, oleadas constantes de emigrantes hacia países no sólo más ricos, sino también más estables y democráticos, donde se disfruta de un mínimo de libertad individual y la realidad cotidiana no llega a asesinar la esperanza de mejoría y de seguridad.

Generales, coroneles, comandantes en jefe y demás entes de la fauna militar, aliados con las fuerzas oscuras del clero y las oligarquías, han marcado a sangre y fuego las más disímiles y añejas dictaduras tanto de individuos como de partidos, desde el siglo XIX, en América Latina. El fulano, el gran cacique, el líder todopoderoso, el patriarca, el caudillo, el gran macho redentor, el mesías, el elegido o el apóstol son los llamados (no sé por quién) a “liberar”, “revolucionar” o “dignificar”, a “salvar” la patria de una debacle inminente o de la invasión de algún imperialismo rapaz, que robaría los recursos naturales junto con la “independencia”.

A falta de sólidas ideologías, cultura y capacidad política, estos maestros del despotismo nada ilustrado, que no son estadistas, sino fulanos endiosados, han tenido y tienen un discurso populista para embelesar a las masas y comprarlas con algunos beneficios, subvenciones y la promesa de un futuro mejor, que algún día llegará, pero en el que no se incluye una auténtica libertad. Ni crean riqueza verdaderamente ni educan a las masas, sino que sus regímenes adoctrinan, aborregan y someten a todos con el principal propósito de responder a la esencia de su naturaleza política: perpetuarse en el poder.

En este proceso de eternizar sus genes absolutistas, los fulanos crean sistemas, castas, estructuras de poder y de intereses creados, sobre todo económicos, que los trascienden. El fulano muere, ley divina, pero deja el fulanismo y a otros fulanos, menganos o zutanos designados a dedo que regirán los destinos de sus naciones reciclando y reinventando la imagen y el “legado” del caudillo uncido.

Los ejemplos de estas aberraciones históricas latinoamericanas son muchos: peronismo en Argentina; trujillismo en República Dominicana; priísmo en México; chavismo en Venezuela y castrismo en Cuba, este último, por ser el cáncer que más ha durado (¡54 años son eternos!), resulta paradigmático, aun con su máximo líder “retirado”. Y el castrismo es un caso digno de serios y profundos estudios psicosociales e históricos porque ha alcanzado altos grados de perfección en el arte no sólo de hacer ruinas, sino sobre todo en el magisterio de perdurar, más allá de una metrópolis fallecida, el imperio ruso en su versión URSS, o de coyunturas desastrosas a nivel mundial: el castrismo es un parásito de éxito.

Ahora, evidentemente, en los últimos años, hemos venido asistiendo al nacimiento del castrismo sin los Castro, en un reacomodo de cargas y descargas que la prensa más tendenciosa llama “reformas” y “aperturismo” de la dictadura, casi “dictablanda” para las izquierdas y el universo “progresista”, y para los capitalistas y empresarios sedientos de negociar con el feudo del fulanismo, la exclusión ciudadana y la opresión.

En realidad, el sistema de patologías que ha creado el castrismo, esa mafia con estructura de estado, que tiene embargada, bloqueada y oprimida a la nación, está demostrando que los líderes pueden perfectamente morir o desaparecer de la escena, pero que el sistema sobrevive, aunque se reajuste y se maquille con ciertos cambios imprescindibles para su permanencia.

A algunos y a algunas les bastarán estas metamorfosis para creer (ingenuamente o con oportunismo criminal) que la dialéctica del progreso se está manifestando, pero lo que están apoyando o reivindicando como “mejoría” es sólo más de lo mismo: la dictadura de la incompetencia, el imperio de la miseria, el reino de la esclavitud sin esperanzas. No basta que muera el líder carismático, si persiste el sistema creado por ellos y sus acaudalados cómplices, aferrados al poder político y económico, y con toda la maquinaria del estado a su servicio. Estos regímenes fulanistas deben ser arrancados de cuajo, si se quiere el bienestar general sostenido, un estado de derecho y una democracia real.

En estos días, habrá que esperar a ver qué giro toma el caso de Venezuela y el chavismo, luego de la muerte de su grotesco líder y las elecciones amañadas en que, ¡oh, sorpresa!, ganó el absurdo otra vez y con un “presidente” oligofrénico. Quisiera ser optimista, pero como los comicios fueron entre su majestad Castro II y Henrique Capriles, no esperaba otros resultados. Venezuela está conquistada y colonizada por el imperialismo castrista con un ejército sin uniformes, bajo las banderas del “humanismo” revolucionario, y es muy difícil que donde esté la mano sangrienta del fulanismo caribeño haya limpieza de algún tipo. Con el ejército venezolano comprado y politizado, los medios de difusión silenciados y la fusión de todas las instituciones y órganos de la república bajo el puño castro-chavista, Venezuela es cada vez más Cuba, cada vez más un paradigma de lo que nunca debería haber pasado en América Latina. En este caso, desgraciadamente también, los fulanos ya no cuentan, pero sí la mala estirpe de su fulanismo.

lunes, 15 de abril de 2013

Bajo el Manto Negro.


Por Ondina León ©


A todas las víctimas del castrismo, en el aniversario 52 de haberse decretado el carácter “socialista” del macabro accidente histórico.

Desde hace 54 años, Cuba está cubierta por el manto negro de la dictadura castrista, que sólo ha engendrado miseria humana y material, represión, violación de los derechos humanos, encierro y torturas, inmoralidad, desidia y exilio. Cuba es una gran cárcel, rodeada por infranqueables muros de espuma de mar y tiburones guardianes, que cuenta a su vez con un sistema de prisiones que son antesalas del infierno. La población penal, amalgama de delitos comunes y políticos, es una de las más grandes del mundo en comparación con el total de los habitantes del archipiélago poseso. Todos los cubanos hemos sido o somos reos de la dictadura, pero hay algunos que lo han sido mucho más porque, literalmente, han sido condenados a pasar por las mazmorras de la locura y la deshumanización: tal es el caso de Teresa Cruz, quien estuvo presa en la Prisión de Mujeres de Occidente, más tristemente conocida como “El Manto Negro”, en El Cano, La Habana.

A pesar de esta experiencia extrema, sumada a otras tantas que tuvo que vivir hasta que logró escapar a España, en 1987, nunca he considerado a Teresa Cruz una víctima más del holocausto cubano, sino una sobreviviente muy digna, una luchadora que ha ofrecido una resistencia tenaz y ha conseguido vivir en libertad y darle a su hijo un horizonte luminoso de posibilidades. Por si fuera poco su ejemplo tangible, esta mujer nos ha regalado ahora el testimonio de su experiencia vital bajo el castrismo en “La esquina de mi memoria” —Editorial Asopazco, España, febrero 2013—, que más que una autobiografía al uso es un registro telúrico del horror que ha tenido que vivir y vive toda una nación.

Estas memorias, más que un compendio de anécdotas personales y familiares, pueden considerarse también como un manual de historia de un trozo de lo que ella llama, con toda certeza, “la dictadura de la sinrazón” que, en su caso específico, tuvo que sufrir en carne propia hasta el año 1987. Dios la libró de tener que resistir el llamado “Periodo Especial”, que fue decretado por la tiranía castrista en 1990, pero a cambio ella sí tuvo que vivir y desvivir el exilio en dos países diferentes, España y Estados Unidos (hoy vive en New Jersey): climas disímiles; lengua ajena; culturas extrañas; nostalgias; carencias; luchas a brazo partido por insertarse en los nuevos mundos con su familia. Salir al exilio, a nuevos rumbos de libertad, no quiere decir exactamente pasear por un campo de girasoles con un cielo azul. Pero ella es una guerrera de pura raza, como confirma en este libro.

A través de sus páginas, Teresa nos cuenta, con una sencillez que es suprema virtud, cómo aquel mundo real en el que vivía, de trabajo, de prosperidad y seguridad familiar y material, comienza a desmoronarse, a partir de 1959, con la instauración de la pesadilla castrista, que el mundo entero consumió como la realización de un sueño libertario, de una utopía hecha realidad para el bien de todos. La Revolución comenzó con los gritos de “Paredón, paredón” y “Patria o muerte. ¡Venceremos!” y allanó el camino para el horror de la más absoluta falta de libertades individuales, confiscaciones de bienes bien habidos, la eliminación de la patria potestad, el adoctrinamiento de los niños, la persecución de los religiosos, homosexuales y “lacras” del pasado, el encarcelamiento de opositores políticos, la tortura y el exilio de miles, que ya hoy suman millones de cubanos en los cuatro puntos cardinales. Si alguien —sobre todo las izquierdas babosas, los “progres” millonarios y los guevaristas— tiene dudas del éxito del régimen castrista en crear ruinas humanas y materiales, sólo tiene que leer estas memorias de “una cubana de a pie”, como la misma autora se define con una soberbia humildad.

Igualmente, con un estilo narrativo coloquial y fluido, Teresa Cruz deja su testimonio de eventos traumáticos que aún se sienten como cicatrices abiertas en el alma de la isla: Bahía de Cochinos y el fracaso de un intento justo por liberarnos del castrismo; la UMAP, esos campos de concentración deshumanizados; el delirante fracaso de la “Zafra de los Diez Millones” y la hambruna que provocó; los sangrientos actos de repudio durante el éxodo masivo del Mariel, en 1980; el horror fascista del Sidatorio de Villa Los Cocos, en Santiago de las Vegas; y mil manifestaciones más de la violencia estructural que día a día aún se vive en la Cuba de los emperadores Castro.

“La esquina de mi memoria” es su autobiografía, pero también es, inevitablemente, la historia de otras vidas cercanas a Teresa, desde la de su esposo, Antonio Hallado, bastión de su resistencia ante el castrismo; la de sus familiares allegados, en especial la de su madre, sembradora de libertad; hasta la de personajes como la famosa Nitza Villapol o el escritor Arturo Doreste (tan injustamente ignorado), pasando por una extensa horda de seres viles, deleznables, inmorales, oportunistas, cobardes y envidiosos, que han sido el sustento de este régimen de patologías y aberraciones, que todavía impera en nuestra nación. Mención aparte merece el largo capítulo dedicado a su paso por la prisión de “El Manto Negro”, donde la condición humana de cualquiera se pone a prueba y no siempre con éxito.

Estas memorias son desde ya un libro imprescindible para complementar el estudio de la historia de Cuba. Cuando una lo cierra, después de leerlo de un tirón y haber llorado (las tragedias son muchas) y haber reído (el absurdo es demasiado), como Dios manda, se impone una pregunta: ¿y cuando se hará justicia por tantos crímenes? ¿Cuándo nos libraremos de la sinrazón?

Actualmente se habla demasiado de “diálogo”, de “reconciliación”, de “convivencia”, de “puentes culturales”, pero no escucho (ni oigo) hablar de justicia, porque los hacedores del mal están aún ejerciéndolo y hasta enriqueciéndose desde sus tronos de veteranos mafiosos. La lectura de este libro me reafirma el sentimiento de que se necesita justicia para luego intentar refundar la nación. Limpieza general y sólo después, reconstrucción moral y material.

Por el momento, mientras esperamos el milagro de la justicia, Teresa Cruz, amiga desde la cárcel del Manto Negro, gracias de todo corazón por haber tenido el valor y el talento de dejar un sólido testimonio para la posteridad. Tú te consideras “una cubana de a pie”, pero tu alma libre, sin duda alguna, vuela más allá de las nubes. Gracias.







jueves, 11 de abril de 2013

Brevedad inmortal.


Por Ondina León ©


“La luz que en tus ojos arde / si los abres, amanece. / Cuando los cierras parece / que va muriendo la tarde…”. Y las penas son muchas, ya sabemos: se atropellan, pero no nos matan. Y las guitarras deshojan sus notas una a una para alegrarnos sutilmente, mientras la voz de Barbarito Diez resuena a lo largo de una de las islas más tristes que jamás se haya podido imaginar. Triste y verde. Luminosa y triste. Dura como una roca carnívora del Caribe: jaula al viento que ha perdido su perla en el mar… “Perla marina / que en hondos mares / vive escondida entre corales…”. Y las “Amargas verdades” que nos hacen decir “aunque sea una mentira, di que me quieres, di que me quieres…”. La gracia divina de la música y la poesía, a veces, se derrama sobre los seres más inesperados, como sobre Antonio Gumersindo Garay García, Sindo Garay, nuestro trovador mayor.

Este 12 de abril se cumple el 146 aniversario del natalicio del que fue llamado, con toda razón, por Federico García Lorca, “El Gran Faraón”. Sin formación musical alguna, sólo con su enorme talento creativo y su voracidad por la vida, Sindo ha dejado como parte del patrimonio cultural cubano canciones de una perfección y una belleza tan sólidas como las pirámides: “La tarde”, “Perla marina”, “Amargas verdades”, “La Bayamesa”, “Guarina”, “Retorna”, “Tormento fiero”. Y muchísimas más. En cualquier latitud, ya sea en las voces de María Teresa Vera, Miriam Ramos, Xiomara Laugart, Gema Corredera o Pablo Milanés, los versos y las notas de estas canciones nos estremecen el alma y nos recuerdan que, sea como sea, es un hecho que somos cubanos y hay una parte esplendente de esa cubanía que nos define tanto como nuestras peores pesadillas y nuestra locura infinita.

Tal vez, ante el acoso sostenido de letras y músicas que no son tales, pero que nos imponen como maravillas creativas los medios de difusión de aquí, de allá y de acullá, sería saludable volver con regularidad a la música de Sindo Garay, a su poesía transparente y breve, a sus melodías complejamente sencillas y a su amor por la belleza de su tierra, de las mujeres y de la vida. Uno solo de sus versos vale más que todas las adocenadas letras de los llamados ritmos urbanos de ahora o el “cubatón”, tan ordinario y falsamente lascivo: Osmany García y su “Chupi Chupi” jamás podrán compararse con la sobria elegancia, misteriosa y dulce, de las letras de Sindo Garay, quien siempre debería tener un ramo de flores frescas y olorosas en su tumba, en Bayamo.

Cuando celebró su centenario, en 1967, Sindo declaró: “¡Ahora que cumplo cien años, comprendo lo breve que es la vida!”. Y es cierto que la vida es muy breve, se viva veinte o cien años, pero en esa brevedad, algunos elegidos como él esculpen la eternidad a golpes de belleza y de amor por la vida, derrotan la soledad y nos engrandecen.



sábado, 30 de marzo de 2013

El derecho de sufrir.


Por Ondina León ©


Ella le escribía cartas de amor y firmaba con un seudónimo. Él le respondía a la desconocida en una columna del periódico en el que trabajaba. Ella le enviaba flores a la madre de él. Él la incitaba a dar el rostro. Ella le envió un bombón de chocolate mordido para que él terminara de sellar el pacto de amor. Él se enamoraba cada día más de un suspiro anónimo. Ella dejó de escribir un buen día. Y él enloqueció de despecho por la traición de la amante desconocida. De esta historia le brotó a él una canción inolvidable: “Te odio y, sin embargo, te quiero. / Te odio y no puedo olvidarte…”. Luego se conocerían, vivirían un tórrido romance, moriría el amor y seguirían sus existencias paralelas, solitarias: la vida, algunas veces, imita a las novelas. Y esto lo supo muy bien, desde niño, Félix Benjamín Caignet Salomón, el llamado “Rey de las lágrimas”, el creador de la radionovela “El derecho de nacer”, que en el primer día de este abril cumplirá 65 años de haber sido estrenada.

Un cafetal del Oriente de Cuba fue el escenario donde nació, el 31 de marzo de 1892, este hombre polifacético que a lo largo de su vida interpretó los más variados papeles: escritor de cuentos para niños; periodista; poeta; administrador de un teatro; guionista de cine; compositor musical —sus canciones siguen dándole la vuelta al mundo en las voces de Rita Montaner, Barbarito Diez y el trío Matamoros—; redactor de publicidad para cigarros o jabones; pero, sobre todo, realizó el papel de mago del melodrama: antes que la televisión se convirtiera en una adicción colectiva con nefastas secuelas, sus radionovelas hicieron vibrar el alma de millones, que vivían otras vidas, tan intensas o miserables como las suyas propias, pero siempre calladamente arrasadoras, efímeramente telúricas.

Se posponían las sesiones del congreso de la república. Los ómnibus apenas circulaban por las calles de aquella Habana de 1948. Prácticamente todos dejaban de trabajar: había que escuchar por la radio todo lo que acontecía en el mundo de Alberto Limonta, el protagonista de “El derecho de nacer”, que se mantuvo en el aire un año entero, con 314 capítulos, que han pasado a ser patrimonio de la cultura latinoamericana y se han multiplicado en versiones diferentes, en español y portugués, en cine, radio y televisión, a lo largo de la geografía de Iberoamérica, durante décadas. Si esto no es un fenómeno de masas, entonces habría que buscarle otra etiqueta que nos oriente y nos tranquilice.

Sin embargo, a pesar del éxito arrollador de esta radionovela, su autor, Félix B. Caignet, creador igualmente de otras obras muy populares, fue duramente atacado por los intelectuales, escritores y críticos asalariados de la época y acusado de ser “ridículo”, “cursi”, “muy malo”, “lacrimógeno” y hasta de “abusador de la metáfora”. Para algunos, él no pasa de ser el Corín Tellado de la cultura cubana, un cáncer.

¿Son ciertas estas afirmaciones? Depende de la perspectiva con que se mire y de la voluntad que se tenga para juzgar. En una entrevista que Orlando Castellano le hizo a Caignet, en La Habana, en 1972, ya octogenario y sólo tres años antes de morir, declaraba: “Nunca pretendí escribir ni La Divina Comedia ni El Quijote”. Vale la aclaración del propio creador, quien agregaba que él sólo apeló a la emoción popular para poder, a través de sus piezas radiales, sembrar la moral, la bondad y la convivencia entre sus semejantes.

En esta misma entrevista, Caignet explica que sí, que se proponía hacer llorar para que se produjera como una especie de catarsis colectiva y que todas las tragedias y quebrantos cotidianos reales tuvieran una forma de manifestarse, a través de las historias de sus personajes, víctimas del racismo, de las estructuras clasistas, de los prejuicios morales, de la represión sexual o de los avatares de la vida: el melodrama se establecía como terapia de grupo y expresión de una cultura de masas que perfilaba una identidad nacional, unos rasgos de psicología colectiva únicos, pero que también se comparten con otras culturas diferentes, como se puede apreciar en nuestros días con las telenovelas más disímiles, que se producen al por mayor en América Latina y en los Estados Unidos.

¿Hacen bien o mal estos melodramas televisivos? Depende. Como en todas las manifestaciones de cultura popular o de masas, hay buenos productos, los menos, y también pésimos productos, la mayoría. Usted escoge. Usted decide, en ciertas circunstancias de la vida, si tiene que recurrir a los psicofármacos, a la marihuana o a una telenovela, o todo junto a la vez: a veces, la realidad se nos vuelve pesadamente insoportable y tenemos que apuntalarnos, como un Atlas ebrio, con lo primero o más barato que aparezca. Entonces, hay que gritar en silencio “Seamos ridículos, cursi, deliciosamente lacrimosos y sobrevivamos”.

¿Es Félix B. Caignet una “gloria de Cuba”? Sin duda alguna, sí. Su obra tiene un valor fundacional indiscutible y las secuelas de su estilo y de su capacidad para jugar con los sentimientos del público se sienten aún en las obras de ficción para la televisión y la radio. Y si esto no es un récord, entonces es un buen promedio, “average”, como dice el refrán popular.

Decía Caignet, quien confesaba que no sabía odiar, que su oración diaria, nada religiosa, era una simple frase interrogativa: “¿A quién puedo hacer feliz hoy?”. Realmente, la pregunta vale por todos los rezos del mundo. Tal vez, este hombre sólo quería decir que, aun llorando, podríamos a través de las lágrimas ver la belleza de la vida. Y esto sí que es un milagro divino…





miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Yoani o Juana?


Por Ondina León ©


En las últimas semanas, parece que es prácticamente imposible obviar el tema de la gira (¿o jira?) de la bloguera cubana Yoani Sánchez. Tanto es así que su presencia no sólo está en los medios de difusión masiva hasta el delirio, sino también en las sobremesas familiares y de amigos, en las que se forman bloques de opiniones diametralmente opuestos y, a veces, delirantes también, que dejan exhaustos a los opinantes.

Como todo asunto polémico, la batalla comienza por la etiqueta que Yoani debe llevar tatuada en la frente para poder identificarla, en ese afán que tenemos los humanos de querer clasificarlo todo. ¿Disidente? ¿Opositora? ¿Bloguera? ¿Comunicadora crítica? De todas las posibles etiquetas, algunas tremendamente ofensivas, creo que yo le impondría, con todo respeto, la de “escritora costumbrista”, pintora de estampas de la realidad cubana actual, que ha tenido mucho éxito de prensa y de mercado fuera de su país.

Y como todo el que retrata el día a día de la vida en la isla posesa, ella también termina siendo subversiva, porque la realidad es esencialmente subversiva o, para decirlo en los términos del “Granma”, contrarrevolucionaria. No se puede describir el laberinto de la cotidianeidad cubana sin pintar el horror y la violencia de una dictadura de casi 54 años y toda la miseria humana y material que ha producido: ella también es una pintora de ruinas. Punto. Lo demás, sólo son manifestaciones de nuestro ego hipertrofiado —¿y qué cubano que es no lo tiene?— que se empeña en etiquetarlo todo, todo.

Luego, los tertulianos pasamos a comentar su imagen como dignos hijos de una civilización que le rinde un culto superlativo a lo visual. Y las opiniones son, en su mayoría, extremas y van desde que Yoani está “infumable” hasta que es “chea”, cursi, “miserable”. Alguien del género masculino me dijo, en un arranque de ira, que era como una Lady Godiva del Tercer Mundo, pero que no se puede encuerar porque está malísima y que se “disfraza” así para inspirar lástima y manipular a la prensa. De verdad, la imagen es importante y ya hemos visto cómo los medios hacen y deshacen a su antojo a las “celebridades”. Pero, en este caso, creo que lo importante es su discurso y no su imagen, que para gusto se han hecho colores. Su larga cabellera siempre cubriéndole el pecho no debería distraer a nadie de sus palabras, sus ideas y de sus “propuestas” para revolucionar la pesadilla castrista, si es así.

Otra polvareda irrespirable que se levanta en estas reuniones es el punto de su representatividad y de su valía como “opositora”. ¿Representa Yoani Sánchez a la mujer cubana? ¿Es realmente una embajadora de los cubanos anti-castristas? ¿Es símbolo de las ansias de libertad de todo un pueblo? Si la mafia castrista monopoliza los medios de información y la Internet, a la que la mayoría de la población no tiene acceso, ¿es conocida esta bloguera en Cuba? ¿Cuántos cubanos la leen sistemáticamente? ¿Qué repercusión tienen sus textos? ¿No será un producto pre-fabricado para consumo exterior y para confundir a la opinión pública? Las opiniones son, gracias a Dios, muy diversas, algunas sensatas y otras injustas, pero todas válidas, hasta tanto no pase el tiempo y se pueda evaluar su papel sin tantas pasiones desbordadas y sin tanta paranoia, esa epidemia que el castrismo ha logrado cosechar con éxito, década tras década. Mientras, Yoani también es Cuba, como lo es Oscar Elías Biscet, Marta Beatriz Roque o Sonia Garro Alfonso, encarcelada injustamente (¿hace falta decirlo?) hace más de un año en las mazmorras castristas.

Coincidiendo con esta gira de Yoani, de 80 días alrededor del mundo real, también lo están haciendo dos figuras de la oposición interna en Cuba: la respetada Berta Soler, líder de Las Damas de Blanco, y Rosa María Payá, hija del asesinado Oswaldo Payá, máxima figura del Movimiento Cristiano de Liberación, y gestor de varios proyectos democratizadores que, entre otros resultados, desenmascararon al régimen castrista y su absoluta falta de voluntad de cambios reales y duraderos.

¿Pura coincidencia estos viajes? ¿Plan maquiavélico de los estrategas de la dictadura? ¿Regalo de Dios? El caso es que, sea como sea, las tres mujeres, con sus muy marcados antecedentes personales y sus diferentes perspectivas del asunto cubano, han logrado actualizar la tragedia cubana y han sido recibidas por altos funcionarios, congresistas, políticos y figuras relevantes, que han difundido aun más las atrocidades del raulato y han estremecido el apoyo incondicional de las izquierdas anti-democráticas al imperialismo castrista. Yoani, Berta y Rosa María deben seguir siendo escuchadas por el mundo y que cada cual engendre sus propias conclusiones, sin llegar a pecar del síndrome de la unidad a ultranza o del bloque monolítico: no le debemos tener miedo a la diversidad y a la diferencia, sólo la unanimidad es peligrosamente dañina. Ya se ha dicho: consenso no quiere decir uniformidad de criterios.

Aún nos falta vivir la experiencia “extrema” de la estancia de Yoani Sánchez en Miami, la (¿mal?) llamada Capital del Exilio Cubano, con su variopinta propuesta de eventos y actividades, que van desde homenajearla en altos centros de estudios universitarios, hasta manifestaciones de rechazo en las calles de la urbe. Habrá de todo, desde periodistas “estrellas” que se disputarán, a sangre y fuego, una entrevista hasta “fashionistas” que pretendan cambiarle la imagen o, como se dice cipayamente por estos lares, el “look”. La lupa con que se evalúe su presencia serán implacable y sus pasos, serenos o erráticos, serán medidos con una vara antropófaga. Espero que, como afirmó en una de las tantísimas entrevistas que ha dado, Yoani priorice a su familia y a sus amistades y no a la fauna política de la Capital del Sol, con la que nunca llegará a quedar bien del todo y que hasta le reprochará que regrese a su país, donde están su marido y su único hijo, tal vez en condiciones de rehenes o sabrá Dios de qué.

Mis sentimientos para con ella son, debo confesarlo, ambivalentes y ya he tenido serios encontronazos con amistades que la odian o la aman, casi sin matizar sus opiniones. Tengo una vieja amiga, a la que quiero muchísimo, admiro y respeto, como ser humano y como auténtica disidente, quien lleva poco tiempo exiliada en Miami, y que conoce muy bien a Yoani Sánchez, que me jura que ella es buena persona y que se ha arriesgado por ayudar a otros disidentes. Le creo. Por eso nuestras amistosas discusiones sobre esta bloguera me han dejado exhausta y me he dado cuenta que, luego, hemos evitado el tema, como si fuera letal para ambas.

Claro, ser buena persona no quiere decir, automáticamente, que es una buena política o, en el mejor de los casos, que esté actuando con una exquisita madurez política, estado que es muy difícil de alcanzar y que necesita decencia y tiempo. A estas alturas del partido, yo no quisiera estar en su pellejo.

De momento, en medio de la humareda y la confusión, de la sobresaturación mediática y de las acaloradas discusiones, creo que sería saludable una tregua festinada y desconectar de la contienda. ¿Yoani Sánchez o Juana Bacallao? Entro en Youtube, busco desesperada a la ilustre filósofa cabaretera (ella también es Cuba) y me enajeno con su sabiduría…