domingo, 25 de noviembre de 2012

Del alma y de la lira.

Por Ondina León ©

Para el Maestro Domingo Porto Ferreiro, gran pianista clásico y mejor persona, a quien debo tanta buena música


Más que la palabra, que es don divino, tal vez la mejor expresión del alma de un pueblo sea su música. Las notas musicales son la esencia de lo sensorial y tienen la capacidad infinita de romper las barreras de las lenguas, penetrando universalmente más en lo emocional que en lo intelectual. Incluso, no hace falta ser músico o tener un oído excepcional para dejarse encantar por una melodía, que nace milagrosamente de sólo siete notas musicales en un prodigio de variaciones sin límites, que se combinan con misterio.

Sí es así, entonces el alma de la nación cubana es muy rica, intensa y extraña, porque su música lo es. No hay pueblo en toda la América Latina que, proporcionalmente, tenga un patrimonio musical más grande que el cubano en la corta y enloquecida historia de su existencia como nación. Tal vez pueda parecer un tanto chovinista, pero, como cubana, siempre me impresiono y siento un orgullo inconmensurable a cada vez que descubro un nuevo talento de mi tierra, paridora de músicos y músicas inmortales y universales.

Si bien los orígenes de lo que se ha dado en llamar la música nacional cubana son muy brumosos y abarcan desde el siglo XV hasta el siglo XVIII, y tienen sus raíces principalmente en la música sacra, que coexistía con la popular ibérica y la africana, ya en el siglo XIX sí que comienza a perfilarse lo que en el siglo pasado sería el establecimiento de una gran potencia sonora. En este siglo XIX, hay tres grandes figuras que se imponen sobre las demás: Manuel Saumell (1817-1870), que para algunos es el músico más importante de su época, autor de bellísimas contradanzas, como “Ayes del alma”, “Los ojos de Pepa” y “¡Toma, Tomás!”; el casi desconocido, pero importantísimo Tomás Ruiz (1834-1888), creador de contradanzas como “Usted dispense” y “El dedo de Landaluce”, y al que el pianista Alberto Joya se ha dedicado a difundir, como parte de su labor de arqueología musical, desde España; y el compositor y pianista Ignacio Cervantes (1847-1905), el creador de piezas antológicas como “Soledad”, “Ilusiones perdidas”, “Los tres golpes” y la tristísima y desgarrada “Adiós a Cuba”, que siempre me emociona. Habría que sumar otros nombres que también contribuyeron a conformar la identidad musical y nacional, como los de Nicolás Ruiz Espadero, José White, Claudio Brindis de Salas y Cecilia Arizti, entre otros muchos talentos.

El siglo XX es el del imperio de la música cubana, a la que es muy difícil clasificar como popular o culta, porque en ella todo se vuelve clásico, en el sentido de que trasciende las fronteras del tiempo y se consagra como imprescindible. Tal es el caso de la obra de Ernesto Lecuona (1895-1963), compositor y pianista, quien junto a Gonzalo Roig (1890-1970) y Rodrigo Prats (1909-1980) son las tres grandes joyas del teatro lírico cubano y sobre todo de la zarzuela. Lecuona, que hasta estuvo prohibido durante un doloroso tiempo por el régimen castrista, está considerado uno de los grandes pianistas del mundo y en su vasto repertorio hay piezas clásicas, como “La Comparsa”, “Malagueña”, y las bellísimas “Crisantemo” y “Ahí viene el chino”, que el Maestro Domingo Porto interpreta como los dioses, cuando su cubanismo lo desafía a él mismo. Lecuona también es el creador de “María la O” y “Rosa, La china”, dos piezas clásicas del teatro lírico cubano, hoy en decadencia por desgracia.

Son, danzón, guaracha, rumba, mambo, canción, bolero, chachachá, guaguancó, trova, ¿cuántos géneros se han creado en Cuba y se han difundido por el mundo? ¿Cuántos intérpretes, devenidos clásicos, nos siguen regalando sus creaciones en este mundo absolutamente ruidoso y podrido de polución sonora, con su reguetón y su vulgar “estilo urbano”? Aun desde sus imperfecciones, convertidas en sello de identidad; incluso con sus pobres voces pequeñas y hasta “feas”, el alma de estos grandes artistas nos estremece por su humanidad y su misterio encantador. ¿Quién no adora a María Teresa Vera? ¿Y a Bola de Nieve? Manuel Corona, el creador de la inmortal “Longina”; Sindo Garay, con su “La tarde” y su “Perla marina”; Miguel Matamoros con sus imprescindibles “Lágrimas negras”; El ángel cantor de Barbarito Diez; el intenso Benny Moré; la monumental Freddy; el cubanísimo Guillermo Portabales; Celia Cruz, la reina de la salsa… Ante ellos, Pitbull no existe. Son tantos que se atropellan, pero no nos matan, sino que nos hacen renacer, a cada vez que los escuchamos, para sentir visceralmente con orgullo de dónde venimos, y para ganar fuerzas y resistir la incertidumbre de no saber a dónde vamos, evocando esa angustia vital del poeta Rubén Darío.

El 22 de noviembre es el día de Santa Cecilia, patrona de los músicos y a quien Corona dedicó su canción trovadoresca “Santa Cecilia”, con versos inolvidables: “…ha surgido del alma y de la lira, del bardo que te canta como homenaje fiel…”. Este 24 de noviembre se cumplieron 21 años del fallecimiento del cantante Freddy Mercury, ícono de libertad creativa, voz inconfundible del grupo Queen, el extraordinario intérprete de “The Great Pretender”, quien cayó víctima del SIDA. Y en sólo unos días, el 29 de noviembre hará 49 años que perdimos a Lecuona, en Tenerife, España, en el esplendor de su gloria. Que este texto sirva como un homenaje, también fiel, a todos los músicos cubanos que han hecho de la isla todo un continente sonoro, un universo eterno de belleza y amor, aun en medio de las peores pesadillas.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Encadenado a la libertad.


Por Ondina León ©


Si los pueblos no fueran tan desmemoriados y devoraran mucho más su historia y su acervo, podrían llegar a alcanzar un punto de cultura que los haría más libres: el pasado perfilaría el presente y prepararía las sendas del futuro. Pero, desgraciadamente, los incultos son avalanchas de masas, cuesta abajo, en busca de satisfacciones transitorias y pedestres. Somos más esclavos de las circunstancias porque no buceamos lo suficiente en la riqueza infinita de nuestra propia historia. Las tiranías que nos corroen son fruto de la ignorancia y la desidia. Y si el individuo no es o no necesita ser libre, desde sí mismo y por sí mismo, no hay sociedad libre ni libertadora, porque los gobiernos, incluso los mejores, lo que hacen es someternos.

Cuba es pródiga en figuras que, como titanes solitarios, han derrochado sus vidas en pos de crear un país, que no existía, y que hoy está desapareciendo, desde su improvisación y su esquizofrenia, bajo la bota de la peor dictadura que ha conocido América Latina. Sin embargo, unos han sido justamente canonizados, como en el caso de José Martí, el demiurgo de la hipérbole cubana, y otros —que incluso sí crearon realidades concretas e hicieron mucho más, durante décadas, que “El Apóstol”— no se conocen bien, o cayeron en el olvido, o a nadie le interesa conocerlos. Tal es el caso de la colosal figura de Enrique José Varona (Camagüey, 13 de abril de 1849-La Habana, 19 de noviembre de 1933).

¿Cuántos conocemos realmente a Varona? ¿Quiénes pueden hablar con soltura de su faraónica obra? ¿Cuántas de sus obras nos hemos leído? ¿Por qué su huella probablemente aún está a flor de piel en la isla posesa? Si se compara, a nivel concreto, todo lo que hizo Varona, Martí termina siendo sólo un poeta de las tribunas. Filósofo, escritor, moralista, psicólogo, pedagogo de pedagogos, hombre renacentista por excelencia, este camagüeyano fue, sobre todo, un político de primera línea, que marcó las primeras décadas de la recién nacida República de Cuba, la misma que el castrismo se ha encargado de destruir.

Participó en los campos de batalla durante la Guerra de los Diez Años (1868-1878). Fue diputado a las Cortes Españolas, cuando creyó en el autonomismo. Vuelve al independentismo, más tarde, y en 1895 el propio Martí, que admirada y respetaba a Varona, le entrega la dirección del periódico “Patria”, cuando él decidió suicidarse en la manigua bajo el fuego español y la presión burdamente machista de los caudillos más célebres. Más tarde, luego de la guerra hispano-cubana-americana, durante la ocupación estadounidense de Cuba (1898-1902), Varona, con la clara estrategia de hacer que su país dependiera lo menos posible del coloso del Norte, fue primero Secretario de Hacienda y, luego, Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, lo que le permitió implantar en la devastada isla el “Plan Varona”, para modernizar la educación y sembrar luz.

A partir de 1902, ya instaurada oficialmente la república, pasó a enseñar desde su cátedra universitaria. Sin embargo, este hombre tenía en las entrañas no sólo un agudo sentido de la dialéctica, que le permitía cuestionarse sus propios principios y criterios, una y otra vez, y cambiarlos, sino también un enorme sentido de responsabilidad cívica, que lo llevaba a actuar, incansablemente, aun cuando el escepticismo y el nihilismo lo lastraran. Y funda el Partido Conservador Nacional y tan de lleno estaba involucrado en la política, que llega a ser el vicepresidente de la república, durante el gobierno de Mario García Menocal (1913-1917). También fue presidente de honor de la Academia de Historia y miembro de la Academia de Artes y Letras, mientras escribía incansablemente y educaba.

De todas sus obras — “Poemitas en prosa”, “Desde mi belvedere”, “Violetas y Ortigas”, “Emerson” — prefiero “Con el eslabón”, que siempre me ha acompañado en todos y cada uno de los naufragios de mi exilio, y que es la condensación de su genio. En este libro de aforismos y reflexiones, Varona destila toda su experiencia personal, su escepticismo, su amargura y su perspectiva de la naturaleza humana y las sociedades.

Hombre de mundo cosmopolita, que vivió en España y Estados Unidos largos periodos de su vida, al igual que Martí, fundió en su espíritu lo mejor de las tradiciones ibéricas y la modernidad estadounidense, hija aventajada de la cultura greco-latina. Quien sea cubano y no haya leído “Con el eslabón” debería hacerlo para sentir orgullo de esa isla esplendente dentro de la isla oscura que fue Varona.

Su larga vida es la de un guerrero que, ante todo, se encadenó a la búsqueda de su libertad y, de paso, a la libertad de una nación en gestación, pero bastante ingobernable. Así, este grande se pregunta en este libro de cabecera “¿De qué se hace un tirano? De la vileza de muchos y la cobardía de todos”, se responde para la posteridad. En otro de sus aforismos intensos sentencia: “¿Libertad? En las nubes. ¿Igualdad? Bajo tierra. ¿Fraternidad? En ninguna parte”. Y nos deja atontados con el peso de la realidad. Al definir la virtud, este virtuoso declara que “no es obediencia, sino elección”. Y aunque amaba a su tribu, no se cegaba con sus defectos: “Arte de gobernar. Traducido al cubano: arte de embrollar”. Su sensibilidad se manifiesta cuando afirma en otro aforismo: “Amar lo bello es ya ser artista. Realizarlo es poseer el talismán que transforma la vida y la engrandece”. Página tras página, crecemos con él.

Que este artículo sirva para rendirle homenaje a Enrique José Varona en el 79 aniversario de su fallecimiento, otro que, como Félix Varela, uno de sus maestros, nos enseñó a pensar y a sentir, en un mundo estulto.









jueves, 15 de noviembre de 2012

Otra vuelta a la ceiba.


Por Ondina León ©


Como el lenguaje es la casa del ser, así somos el espacio de nuestra adolescencia y juventud. Las ciudades y pueblos, donde transcurren estos años en los que comenzamos a despertar a la vida, nos marcan indeleblemente, para siempre. Yo soy La Habana: más aun, La Habana Vieja. Y tantísimos lustros de exilio no han logrado que yo corte el cordón umbilical con la ciudad que me vio nacer y que, un día, para mi bien, me abortó.

Nunca más he vuelto a ella y sé, perfectamente, que los últimos años que pasé allí los desviví como una extranjera, condenada por algún pecado mortal, sufriendo una ajenidad creciente, desafiando a las furias de la vulgaridad y el absurdo, resistiendo una dictadura feroz y rancia. De aquel entonces tengo cicatrices.

Sin embargo, si bien no extraño la pesadilla castrista, siento cierta nostalgia amorosa por aquella que fue, alguna vez, mi ciudad: mi patria. Tal vez, el tremendo hecho de que mi familia más cercana es rehén de la vida en esa ciudad todavía, me hace ser más compasiva a la hora de reprocharle su desamor para conmigo. Y trato de que La Habana no se me desvanezca más de lo que ya lo ha hecho, a medida que sacio mi hambre de mundo y descubro otras patrias hospitalarias en Miami, en San Francisco, en Madrid o en Santiago de Compostela. La nostalgia me sirve para parapetar un entramado de recuerdos, que prefiero luminosos, para no emponzoñarme con lo que pudo haber sido y no fue y que ya no será. Porque yo pudiera haber seguido viviendo en mi país, si este no hubiera seguido suicidándose, como lo ha venido haciendo por los últimos oscuros 54 años.

Los 15 de noviembre, en vísperas de la fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana, se solía asistir al Templete, donde dicen que se ofició la primera misa y se estableció el cabildo, y todos le dábamos al menos una vuelta a la señorial ceiba, que abrazaba al sitio. Algunos también dejaban ofrendas de centavos y otros, lo mismo una manita de plátanos con una tira roja que un tabaco entizado con una tela azul. El ser humano necesita tanto de los rituales como de la realidad. Así se celebraba la fundación de la que fue llamada alguna vez “La Llave del Golfo”, la capital de “La Perla de las Antillas”…

Pero hoy, 493 años después de fundada, los habaneros deberíamos conmemorar, no celebrar el hecho. Porque el panorama de La Habana no puede ser más patético y desesperanzador. ¿Qué se puede esperar de una ciudad donde la mayoría de sus habitantes quiere huir? El mismo salitre que nos acariciaba los labios cuando andábamos por el Malecón, bajo el sol o las estrellas, romanceando, es ahora una escupida en el rostro del que sueña con otros horizontes y el mar, siempre el mar —“la maldita circunstancia del agua por todas partes”, diría Virgilio Piñera—, se le atraviesa como un muro de Berlín infranqueable. La Habana ya no es La Habana, al menos no ha vuelto a ser la de Lezama Lima, la de Cabrera Infante o incluso la de Zoé Valdés, que también es La Habana Vieja. Ya ni maestros van quedando para educar o al menos instruir a los inocentes, que son lanzados al mundo, en medio de este páramo.

La Habana es el mejor espejo del arte de hacer ruinas del castrismo: es la prueba irrefutable de su fracaso total. La que otrora fue gran ciudad grande, ahora es un horrible estercolero lleno de jineteras, pingueros, chulos de baja estofa, trasvestis grotescos, policías orientales y manadas de turistas sexuales de mil latitudes, en una escenario de ruinas y derrumbes, con algunas salpicaduras de escenografías montadas para incautos.

La ciudad es la antesala del prostíbulo del mundo en que el castrismo y la vocación suicida de todo un pueblo han convertido al país. No nos doremos la píldora: lo que antes fue sensualidad esplendente y gratuita, en una isla tropical, ahora es interés burdo o lucha por la subsistencia a través del sexo. Lo que ayer fue un cuerpo, reino de libertad, hoy es esclavitud a la lascivia ajena en pos de unos centavos. Y así uno no se ama mucho a sí mismo ni ama a su ciudad ni hace patria.

Me duele La Habana aun en la distancia. Me duelen sus apagones, su violencia estructurada y cotidiana, sus carencias de agua y alimentos terrestres, su desidia, sus vulgaridades, su falta de esperanza y sus tristezas camufladas, absurdamente, en juegos de dominó a deshoras o en esas venas de alcohol con algunos vestigios de sangre hambrienta. La Habana se estremece, día a día, al paso huracanado de sus dos millones de cadáveres, sedientos de otra realidad. Y yo la contemplo en la distancia con estupor y alivio: ella me abortó y yo nací a la luz real, no a su sol carnívoro y negro.

No sé si algún día vuelva a verme cara a cara con La Habana. Tal vez sí, aunque sé que ya yo no soy ella ni ella será nunca como yo la soñaría. Mientras, apalencada en otro horizonte, conmemoro su fundación, le doy otra vuelta a la ceiba que crezco en mi interior y pongo un disco de Barbarito Diez…



domingo, 11 de noviembre de 2012

Yo, la mejor del mundo.


Por Ondina León ©


¿Quién fue el que dijo que la vida tenía que ser fácil? ¿Dónde se registró que para tener una gran vida todo tenía que ser un paseo por un campo de oréganos? Ludwig van Beethoven tuvo que componer una música celestial que Dios le prohibió escuchar: tenía que sentirla con las entrañas. Auguste Renoir pintó cuadros luminosos y coloridos, derrochando belleza, desde sus articulaciones férvidas y dolorosas. Jorge Luis Borges leyó y escribió desde unos ojos sin luz, pero que veían las catedrales del tiempo y los laberintos de la realidad y los convertía en perfección poética. Y Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, que se inmortalizó como Sor Juana Inés de la Cruz, tuvo que crucificarse en la religión para poder ser ella misma y que, ahora, siglos después, pudiéramos atisbar los fragmentos de su alma poderosa. Su cruz fue haber nacido mujer en una época en que imperaba un falocentrismo aberrante en la sociedad, en la política y en la religión católica. Pero arrastró su madero, se subió sobre él y tocó el cielo.

Cuando nació Sor Juana Inés, el 12 de noviembre de 1651, en San Miguel de Nepantla, Virreinato de Nueva España (hoy México), la iglesia católica era demasiado omnipotente y controlaba todos y cada uno de los resortes de una sociedad en que la mujer no tenía ni el derecho ni el deber de educarse. Sin embargo, desde muy niña, la que sería llamada “La Décima Musa”, se enamoró perdidamente de los libros y del conocimiento, y comenzó a saciar su hambre visceral de luz para sus entendederas: ya a los tres años de edad aprendió a leer y a escribir, como si fuera un Mozart de las letras.

Y se consagró a estudiar con tal pasión —de todo, clásicos griegos, latín, teología, poesía— que dicen que se cortaba unas cuantas pulgadas del cabello, si no se aprendía bien una lección, y esto en una era en que la mujer tenía que tener longuísimas cabelleras. Y hasta intentó convencer a su madre —que parece que también era “arriesgada” porque tuvo a todos sus hijos fuera del matrimonio, un pecado mortal— para que la dejara disfrazarse de hombre y entrar a estudiar a una universidad, templo sólo para hombres en aquel entonces, bajo el imperio de la criminal iglesia católica.

Ya adolescente, atrapada entre las opciones de convertirse en amantísima esposa, paridora de hijos, y ama de casa impoluta y obediente de un marido posesivo y proveedor, o casarse con Dios como monja, Juana Inés optó por el menor de los males, al parecer, y entró al convento con sólo 15 años, lo que desde nuestras perspectivas de mujeres del siglo XXI podría ser considerado como un claro caso de abuso infantil.

Fue tan brutal el rigor de las Carmelitas que la adolescente se enfermó y tuvo que renunciar a pertenecer a esta orden religiosa. Había pasado de los mimos de la corte del virrey, donde era venerada por su inteligencia y su creatividad, que expresaba con cierta libertad, a cumplir con los votos enloquecidos de humildad y obediencia, que supervisaba alguna madre superiora, nada piadosa, por seguro. Luego, ingresó en la Orden de San Jerónimo, en cuyo convento e iglesia pasaría la mayor parte de su vida. Allí, según se cuenta, los rigores eran más llevaderos y hasta Juana Inés tenía una celda (¡qué exacto es el término) para ella sola y sirvientas indígenas. También le permitieron estudiar, leer, hacer tertulias y recibir visitas, es decir, estaba presa de sus pasiones y su condición de mujer, pero al menos no la habían mutilado del todo.

Durante lo que se consideran sus años dorados, de 1680 al 1686, la poetisa escribió obras teatrales, villancicos, versos, administró el convento, realizó experimentos científicos, rechazó a un confesor jesuita, que la acusaba de ser demasiado mundana, y se consagró como una lumbrera de su época, lo que despertó la más bajas pasiones y envidias de sus superiores religiosos masculinos, que no acababan de aceptar que una mujer fuera tan superior. Todo era cuestión de tiempo. La venganza contra su talento natural cultivado se estaba tramando. Pero Juana Inés era tremenda y entre 1690 y 1691 se involucró en una polémica teológica contra un alto prelado y escribió su “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, en la que derrochó cultura e ingenio. Como táctica y estrategia, mientras, en un libro de penitencias del convento firmó como “Yo, la peor del mundo”, aunque sabía muy bien que allí, entre los “pecadores”, ella era la mejor de las mejores.

Muchos han querido ver en Sor Juana Inés una precursora del movimiento feminista del siglo XX y una abandera de los derechos básicos de la mujer, pero, bien visto, su caso no es tal ni pudo serlo por las limitaciones históricas y por carencia de conceptos. La poetisa simplemente luchó por ella y para ella misma, para expresarse y realizarse en vida, desafiando un mundo extremadamente a favor del hombre. Toda su vida fue una batalla permanente a favor de sí misma y en competencia consigo misma —“…yo estoy en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas”, diría Antonio Machado—, más allá de las horrendas presiones religiosas y sociales que enfrentó y venció.

Hacia el año 1693, Sor Juana Inés sufrió un extraño cambio en su vida y dejó de escribir. ¿Qué le pasó? Mucho se ha especulado y hasta grandes personalidades han escrito sobre esta etapa, incluido Octavio Paz, una de las glorias literarias de México, pero a ciencia cierta no se sabe qué le pasó. Tal vez las oscuras y tenebrosas autoridades eclesiásticas le hicieron algún tipo de chantaje; quizás tuvo un rapto místico y se consagró a Dios y a su misión caritativa; a lo mejor se cansó de luchar; o todo a la vez: no se sabe. El caso es que su pluma murió antes que una epidemia —la bacteria, como siempre, venciendo al ser humano— acabara con la vida de la poetisa novohispana, el 17 de abril de 1695.

Al margen de su obra literaria barroca, digna heredera de lo mejor de Luis de Góngora y Francisco de Quevedo; prescindiendo de su castellano monumental y ubérrimo, su vida nos queda como ejemplo de desafío a los opresores de siempre y de realización personal. ¿Amo esta monja a algún hombre o a alguna mujer con los que compartió su paso por el mundo? Tal vez sí; quizás no; nunca se sabrá. Sin embargo, su historia no inspira lástima ni frustración, porque lo que sí es evidente que Sor Juana Inés de la Cruz se amó intensamente a sí misma y se supo imponer, hasta donde humanamente pudo y hasta donde Dios se lo permitió. Y esto es todo un triunfo: esto es la imagen sagrada de una guerrera victoriosa, ella, la mejor de todas.

martes, 6 de noviembre de 2012

Como una nota de arpa.


Por Ondina León ©


Se enfunda en su kimono de seda japonesa, mientras se refresca con un enorme abanico, que ha descolgado de un biombo con incrustaciones de nácar y finas pinturas de cerezos en flor. Si pudiera, se pasearía por sobre los ardientes adoquines de La Habana Vieja con un quitasol rojo y amarillo, como una tromba de pasión desafiante. Pero ya hace demasiado al ser un amante de la belleza en un pueblo toscamente niño. “Amo el bronce, el cristal, las porcelanas, / Las vidrieras de múltiples colores, / Los tapices pintados de oro y flores / Y las brillantes lunas venecianas”. Así se definió en el soneto “Mis amores” quien conjuró su infinita tristeza natural con el amor a la elegancia y a la belleza de las cosas y de la palabra, que vuela hecha verso. Porque el poeta cubano Julián del Casal y de la Lastra hasta el nombre tenía hermoso, aunque tal vez no lo supiera, obnubilado por la poesía.

Este 7 de noviembre se cumple el 149 aniversario de su nacimiento y ya Cuba, y todo el mundo de la lengua castellana, deberían estar aprestándose para rendirle un especial homenaje en sus próximos 150 años de haber venido a regalarnos el misterio de la poesía.

Rubén Darío, con quien comparte un lugar cimero en el modernismo literario de América Latina, y que lo conoció en persona, lo llamó “hondo y exquisito príncipe de melancolías” y “desdichado ruiseñor del bosque de la Muerte”. Sin embargo, ironías de ironías, este Julián, que se preguntó en otro de sus poemas antológicos “¿Podrá haber en los lindes de la tierra / Un corazón tan muerto como el mío?”, murió de risa, literalmente, cuando apenas contaba 30 años de edad, el 21 de octubre de 1893, en una casona colonial del paseo del Prado, en La Habana. Al morir, en el esplendor de su juventud y de su creatividad, como un buen elegido de los dioses, el poeta se llevaba a la tumba intacta su “última ilusión”, que era ir a París, la cuna de muchos poetas a los que admiraba y que influyeron en él de manera decisiva. Una vez ya lo había intentado, pero no pasó de Madrid, desde donde tuvo que regresar a los rigores del trópico plebeyo en plena pobreza.

Habrá sido pobre en un sentido mundano, pero fue inmensamente privilegiado al tener el don de la palabra que pinta y, a la vez, es música de un mundo imaginado y superior a la realidad pedestre. Sus textos están saturados de cisnes, de corceles árabes, de porcelanas prístinas, de flores delicadas y mujeres como Venus. Y todo dicho desde una perfección formal que se expresa en los metros clásicos y en los formatos más exquisitos, como el soneto. “Tristissima Nox” sería un ejemplo inolvidable, con un terceto final igualmente definitorio de su espíritu: “…como la llama de escondido faro / que con sus rayos fúlgidos alumbra / el vacío profundo de mi alma”.

Pero los poetas siempre pecan de ser hiperbólicos y su alma no estaba tan vacía como Julián pretendía. Incluso, hasta disfrutó de una relación intensa y rara con la que es considerada su pareja espiritual: Juana Borrero. La joven, poetisa y pintora, es sin duda una de las vidas truncas que más Cuba ha lamentado. A ella Julián le dedicó un poema en el que la retrata tanto física como espiritualmente: “Tez de ámbar, labios rojos, / Pupilas de terciopelo / Que más que el azul del cielo / Ven del mundo los abrojos”.

Se dice que la joven Juana se enamoró perdidamente de Julián, que no podía amarla. Se rumora que una vez, en Puentes Grandes, en una de las riberas del río Almendares —el Sena de una ciudad grande, pero no una gran ciudad—, tuvieron una conversación muy intensa en que, parece, se dijeron verdades y secretos, y desnudaron sus almas. Juana salió perturbada del diálogo y, tanto es así, que hasta dicen que intentó quitarse la vida. ¿Qué se dijeron? Nadie lo sabe, aunque se puede dar rienda suelta a la imaginación. Dos grandes de nuestra historia que comulgaron juntos desde sus soledades, mientras apuraban sus vidas sedientas.

Tal era la estatura humana y literaria de Julián del Casal que José Martí lloró su muerte y lo consideró una gran pérdida para el alma de la nación. De él dijo, entre otras verdades: “Murió, de su cuerpo endeble, o del pesar de vivir, con la fantasía elegante y enamorada, en un pueblo servil y deforme”. Así, Martí admitía dolorosamente que el poeta era otra isla apresada dentro de una isla de vulgaridad y miseria; era un paria acosado por la falta de libertad y de altura vital en un pueblo prosaico, el de aquel entonces (¿y el de ahora?).

Otro raro y grande de la isla posesa, José Lezama Lima, tan poeta como él y tan desafiante, le dedicó una larga “Oda a Julián del Casal”, reconociendo su magisterio y su lugar icónico: “Tus disfraces, como el almirante samurái, / que tapó la escuadra enemiga con un abanico, / o el monje que no sabe qué espera en El Escorial, / hubieran producido otro escalofrío en Baudelaire. / Sus sombríos rasguños, hexagramas chinos en tu sangre”. Lezama se reconocía deudor del poeta de “Nieve” y le rinde pleitesía, verso tras verso: “Todos sabemos ya que no era tuyo / el falso terciopelo de la magia verde, / los pasos contados sobre alfombras, / la daga que divide las barajas, / para unirlas de nuevo con tizne de cisnes”.

Conviene recordar a los grandes de cada campo. Los pueblos desmemoriados son los más esclavos, porque no se puede tener visión de futuro si no sabemos de dónde venimos y quiénes nos han conformado. Otros poetas e intelectuales cubanos le han dedicado textos, merecidamente, al “Conde de Camors”, uno de los seudónimos que usaba Julián. Porque, sin duda alguna, su vida y su obra son como una nota de arpa sostenida en nuestra mejor literatura, expresión del alma colectiva.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Un mes: una eternidad.


Ángel guardián
Watercolor 14” x 18”

Por Ondina León ©
A Ramón Unzueta Chávez in memoriam

Querido Rami:

De niña, yo no entendía bien lo que querían decir los mayores con la frase hecha de “El tiempo pasa volando”. Pero ahora, a medida que me hago más y más vieja, creo que voy descifrando algo el laberinto de la realidad. No puedo creer que hace un mes ya, este 5 de noviembre, que decidiste pasar al reino de la omnipresencia en nuestras vidas… Fíjate que no digo que “nos abandonaste” ni que “te perdimos”, sino que ahora eres una poderosa presencia en ausencia.

El tiempo es un bálsamo, ¿alguien lo puede negar? Tras el aturdimiento, el dolor visceral y el desconcierto, nos comienza a nacer como especie de una paz que, tal vez, tú también necesitas para estar en paz, estés donde estés, iluminándonos. Por eso ya te dejé de encender velas porque no puedo alumbrar a quien es luz. El que crea belleza, siempre es un haz de sol y tú siempre nos has embellecido el alma a través de tus pinceles, y lo seguirás haciendo.

Uno de tus marineros, el que está bajo el farol con luna llena, recortado contra el perfil de una urbe, ensimismado, preguntó por ti ayer, en mi casa, que es tu casa. Yo no tuve que responderle. En seguida saltó el ángel enorme que tengo a la entrada, el del cielo verde y las alas amorosas, ¿lo recuerdas?, y le respondió que tú no te habías ido a ninguna parte, porque todas tus obras eras tú, que estás viviendo en cada casa, en cada uno de nosotros, por siempre, inmortal... Fue tal la fiesta que hasta el payaso sin música, el del violín verde de las cuerdas rotas, comenzó a tararear una canción y todas tus obras bailaron en las paredes: los payasos, el niño del gato, los marineros desnudos, la chica de las peras azules, las frutas encendidas de olor… Parecía que yo no tenía soledad.

¿Qué más te puede decir? La vida sigue, aunque no sabe igual sin ti. Cada vez somos menos y más viejos, como insiste en decir una amiga mía, pero por esta misma (sin)razón tenemos que estar más cerca uno de los otros y cerrar filas contra el horror del mundo y la fealdad del paso avasallador del tiempo, el mismo que “vuela” y nos deja mareados y sin respuestas a las grandes interrogantes de la vida, que siempre termina en silencio sostenido, en eternidad violenta y sin luz.

Rami, donde quiera que estés, no dejes de colorearnos con tu amor a la belleza y con esa sonrisa tuya tan de niño y tan de llanto.

Un abrazo,

tu Ondina

viernes, 2 de noviembre de 2012

El Elegido y la neblina.



A Ramón Unzueta

Alla Nazimova y tú tienen un pacto de silencio y de sangre
que sueñan en un sólo sentido, el de la soledad.
Como paloma cautiva de los colores
...es la sombra de Salomé en la fiesta del cuerpo,
es la metáfora muda de la ligereza de los pájaros y su ingravidez.
Se conocieron en la estación del otoño,
donde los trenes tienen por destino
la eternidad y la neblina.
(Cada uno está feliz por el cansancio de las flores).
Alla no quiere un dolor más en tus colores,
tan sólo el hechizo del mar y los cantos de la luna creciente.
Con sus alas, Nazimova protege al Elegido
(cada uno, casi feliz).