sábado, 20 de octubre de 2012

La dialéctica de la garra


Por Ondina León ©


"Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie", le dice el personaje de Tancredi Falconeri a su tío Fabrizio Corbera en la inolvidable novela "Il Gattopardo" del escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, y que fuera llevada al cine por el genio Luchino Visconti, en 1963. El principio ha pasado a ser conocido en política como el gatopardismo. Y esto es, sin duda, lo que en los últimos años ha estado practicando, con cierta intensidad, el castrismo en la isla posesa de Cuba.

Porque no nos engañemos: los anunciados cambios en la política de control de viajes, como la eliminación del humillante “permiso de salida” y la aberrante “carta de invitación”, que por más de 50 años han expresado tan bien el férreo control de la mafia castrista sobre la vida y la hacienda de los ciudadanos, no son más que pequeñas maniobras de reacomodo de cargas, humanas y financieras, que sólo facilitarán que el status quo se mantenga, por los siglos de los siglos. No se trata de “apertura” ni de “flexibilización” ni de “cambios radicales”, como quieren ver algunos por superstición, estupidez o por intereses creados, sino es pura maniobra maquiavélica para eternizar en la realidad un sistema de patologías llamado castrismo o, siguiendo la rancia retórica del “Granma”, llamado revolución.

¿Y cómo han reaccionado los esclavos de la dictadura, dentro y fuera del Infierno Caribeño? Como siempre, salvo honrosas excepciones, con un nivel de superficialidad festinada absolutamente aberrante y aberrado. Es decir, que para estas masas estomacales e idiotizadas todo está “mejorando” bajo la bota del “raulismo ligero” y la dictadura, cada vez más, es “dictablanda” y, ahora sí, no sólo se podrá escapar de la miseria con más facilidad y a menos coste, sino también se hará más oficial y abierto el relajito de idas y venidas entre la orilla del horror añejo y las otras orillas de bienestar y libertad, de paseos y compras, con el dinero de familiares y amigos, por supuesto.

¿Y la represión sostenida contra los disidentes? ¿Y la falta de libertad de expresión? ¿Y la censura? ¿Y la humillación del vivir cotidiano en la isla empobrecida exprofeso? “¡Ah, no! Yo no soy político ni me interesa la política. Lo mío es mi familia y lo demás que se caiga y se levante solo”, responde la mayoría, alegre y decidida, mientras hacen las maletas del turismo de los pordioseros. Y ante tanta miseria humana una se queda sin habla y condenada a un ostracismo feroz.

Mientras, siguen circulando los rumores de que el Emperador Castro I habría sufrido un derrame cerebral, que lo mantiene en estado vegetativo esperando por la justicia divina. Pero, ¿cambiaría en algo la realidad con la muerte física del símbolo por excelencia de este sistema de mafias? ¿Serían menos esclavos los cubanos con la desaparición del capo di capi? ¿Sería una mejora histórica gracias a la biología? No, no lo creo porque el castrismo sin Castro es una realidad, monda y lironda, en la isla posesa, el nuevo reino de chinchales y timbiriches. Y esto es lo peor que le podría haber pasado al alma de la nación, que está tan enferma que ni cuenta se da de su propio mal.

La falta de un sentido de destino colectivo; el atroz individualismo de los cubanos; la doble moral y la falta absoluta de ética que perfila la identidad; el ego nacional hipertrofiado por el imperialismo castrista; la complicidad de las izquierdas del mundo y de gobiernos como el de Hugo Chávez, Rodríguez Zapatero y Barack Obama, han parido este marasmo mortal, este fin de mundo apocalíptico, para algunas mentes lúcidas: Cuba no tiene arreglo ya.

¿Y qué se podría hacer ante el patético carnaval de la plebe, ebria de “esperanzas” y paseítos al mundo real? ¿Qué se puede hacer ante la dialéctica de la garra castrista, que vuelve a desangrarnos? No sé. Tal vez, sentarnos a escuchar a Mozart y dejar que Dios se decida a lamernos el corazón…

miércoles, 10 de octubre de 2012

El silencio de Dios

El adios. 
Oleo sobre papel 6"X8"

Por Ondina León ©


Se me ha muerto Ramón Unzueta. Y en medio del dolor y del llanto la pregunta que más me hago es “¿Por qué?”. Pero Dios no me responde. O sí lo hace, pero yo no logro escucharlo. “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios…”, clamó el poeta y sus versos heráldicos resuenan en mí, a mi pesar. Yo me siento golpeada. Y me repito: “¿Por qué, Señor?”. Y el silencio más oscuro me embarga...

Porque yo lo vi crecer desde su infancia, allá, en mi ya remota adolescencia insular, junto a su hermana, Enaida, y del brazo de su amiga, Zoé Valdés, también su hermana, mis amigas. Y cuando una ve cómo un ser crece y se convierte en una maravilla humana de luz y en un gran artista, da por sentado que lo único que cabe, entonces, es la eternidad sin bordes. ¿Por qué tuvo que dejarnos tan joven y en el esplendor de su creatividad, en el apogeo de su perfección técnica en cada lienzo? ¿Qué me quiere decir Dios cuando me golpea con esta muerte innecesaria y prematura? El silencio es ensordecedor…

Ramoncito, el hijo de Enaida y Ramón, podría haber sido el hijo único y predilecto de Bette Davis, su más amada actriz de un Hollywood que ya se fue. Ambos tenían esos enormes ojos inevitablemente seductores y expresivos, que se desbordaban en mil y una metáforas de la vida. En su pequeño gran estudio de Tenerife, desde donde parió tantas y tantas obras encantadas, Ramón tenía fotos y carteles de la protagonista de “La carta”, tal vez como una muestra de su parentesco espiritual con ella. Las almas siempre encuentran la forma de estar en comunión, más acá del tiempo y del espacio. Ni hace falta conocerse en el mundo físico para saber y sentir que hay una devoción mutua, un lazo de amor invencible.

Allí lo acompañaba Bette Davis, pero también la voz de su adorada María Callas; la música de Verdi o de Mozart; sus plantas; su ejército de pinceles; sus cigarrillos fieles; su café caliente y sensual; y fotos de su musa mayor, su hermana, y de su madre y de su padre, un vasco recio, artista de la madera y pescador consumado, al lado del que reposará ahora en Carranza, en un retorno extraño a la simiente. Todos se han quedado, como yo, solos, desolados, preguntándose “¿Por qué?”… Nadie me responde.

Se me ha muerto Ramón Unzueta. Y sé que con él se ha ido también el alma de mi entrañable amiga Enaida, con la que he crecido desde siempre, en tantos sentidos. Sin él, ella no es ella, por más que ahora yo necesite que Enaida siga siendo, por ella, por Rami, por todos nosotros. Ramoncito no era sólo su hermano: era su hijo, su padre, su todo. Entre ellos existía (y sé que seguirá existiendo) una simbiosis única de artistas, cada cual en su rama, pero creando el mismo prodigio de belleza y arte: una polifonía perfecta. Sin él, ella no es ella, pero necesitará volver a ser para que él siga su paso por el mundo, esta vez desde los lienzos y las cartulinas que tanto bien hacen desde cada pared, en cada hogar donde brillan, con esas vidas intensas que retrató. Mi casa seguirá siendo, como hasta ahora, su mejor templo vivo.

Hoy, en medio del torrente de imágenes de Ramón Unzueta que me acosan, del niño, del adolescente bello y pujante, del hombre bueno, del pintor grande, tal vez me quede con una que inmortalizó, delante de mí, el fotógrafo Pedro Portal, en una fría tarde de Coconut Grove: Rami, con unos guantes rojos, poseído por la aureola del humo de su cigarro, abrigadito, con su sonrisa de niño, inmortal… Y ya no necesito que Dios me responda…