jueves, 27 de septiembre de 2012

La legalización del matrimonio Gay


Por Roger Rivero ©

¿Cómo en un país tan bisexual como es Estados Unidos  todavía el matrimonio entre personas del mismo sexo no es legal?

Analizando el tema, buscándole explicaciones, pienso en la posibilidad de que esa misma tendencia a los dos bandos, more fun, es uno de los obstáculos por el cual muchos estadounidenses no logran asimilar, completamente, la existencia del amor verdadero entre homosexuales. Sin embargo, nos guste o no, como sociedad, no tenemos ningún derecho a aferrarnos a la idea de que el matrimonio legítimo pertenece únicamente a la casta de relaciones heterosexuales. Los heterosexuales no son los únicos que pagan impuestos y los homosexuales, como parejas,  necesitan la protección de las leyes de los
vínculos conyugales que gozan los matrimonios heterosexuales. A propósito, más arriba acoté que la estadounidense  es una sociedad bisexual, olvidando explicarles que en Norteamérica esto tiene una connotación algo distinta: es como una disposición voluntaria a probar otras experiencias (willing to try).

¿Esposas, saben cuántos maridos y first timers se van a almorzar a Craigslist con otros amigos anónimamente? Solo por ello entiendo que, bajo estas circunstancias, debe emerger el dilema de si aprobar el matrimonio bisexual primero, o saltar el paso e ir directamente a la legalización del matrimonio homosexual.

El otro grupo que se opone es el conservador. Ya sea por freackiantes razones morales, discriminatorias o religiosas, siempre encuentran una excusa para obstaculizar estos procesos humanos, existiendo una mejor solución: PERMITIR QUE LOS SERES HUMANOS SE AMEN DE LA MANERA QUE ELLOS SIENTAN. Por lo menos ese sentir NO es morboso como el principio actual vigente, inclinado a "con qué género la gente que se ama coge", pero ahí nadie debe meter sus narices.

Existe, asimismo, un grupillo poco inclinado a legalizar el matrimonio gay conformado por los machistas y hembristas, que tienen un esqueleto en el clóset, han fantaseado con tener un esqueleto en el clóset, o piensan en uno o dos esqueletos a la vez. Y me pregunto, el que está seguro de lo que le gusta, ¿a qué le debe temer? Ama y deja vivir....

Para lograr que el
matrimonio igualitario entre personas del mismo sexo acabe de ser legalizado nacionalmente es inevitable darle una oportunidad al Amor, de otra forma  no es posible que estas parejas disfruten de los  derechos, obligaciones y el reconocimiento legal que tiene un matrimonio heterosexual. No hay razón alguna para odiar este amor particular ni temer a la legalidad de un pacto así entre seres humanos. ¡Por Dios, son dos personas que se aman! ¡Déjenlos quietos! No son ciudadanos de segunda clase.

Mas, en honor a la verdad, debemos denunciar que parte de esta oposición a la legalización del matrimonio gay es, sobre todo, pura hipocresía y mala voluntad de esos sectores sociales que utilizando la moralidad, la religión y el miedo, intentan justificar sus posturas. ¿De dónde creen que nacen los homosexuales? Nacen de ellos mismos también, por eso creo que pisotear los derechos de estas minorías es, en verdad, un pecado muy feo.

Miles de años de civilización, miles de años de homosexualidad, ¿y todavía lo estamos pensando?


En verdad, rompe las pelotas que ahora este tema se encuentre en manos de los políticos, porque a ellos lo que les importa es el voto; vale decir que la homosexualidad es más antigua que la política y la religión, de manera que si ellos lo hubiesen querido, estos últimos miles de años dirían otra historia distinta. Acaben de una vez y por todas de hacer legal el consorcio de amor entre seres humanos, sin paralizarnos por el género de los órganos sexuales, pues necesitan el amparo de las leyes y los mismos beneficios que tienen otras parejas.

Después de todo, el que siempre saldrá ganando va a ser el AMOR. 



sábado, 22 de septiembre de 2012

El desastre de los sastres.

Por Ondina León ©

Los sastres de los emperadores Castro I y Castro II están a punto de hacer una revuelta, de sublevarse, de lanzarse a las calles con las armas de la poesía y las bellas artes y baldear las ruinas en las que viven… ¡Y en eso desperté! Lo de “sublevarse” es, evidentemente, una hipérbole, porque esos intelectuales, artistas y escritores de la corte castrista, tan egocéntricos y pusilánimes, jamás se han revuelto ni se emanciparán de sus cadenas, al menos mientras estén en la isla posesa, viviendo a la sombra del estado, buen pastor, que les permite su “realización” artística y algún que otro “viajecito de compras” al campo enemigo: disentir es una odisea, para pocos. Estos intelectuales siempre han estado consagrados a tejerle, coserle y bordarle la indumentaria léxico-ideológica a la tiranía de los Castro, que los alimenta mal. Y lo mismo escriben (y les publican) una poesía a la guerra de Angola que pergeñan (y les publican, después de un premio) un vasto ensayo sobre las bondades y maravillas de un psicópata homicida llamado Ernesto “Che” Guevara, eso sí, muy fotogénico para Europa. Ahora, estos mismos sastres, están conmocionados por la vulgaridad que impera en la música popular cubana y están pidiendo que rueden cabezas y se derrame la sangre de raperos, reguetoneros, roqueros, salseros y demás artistas de la plebe. Los sastres exigen, demandan y claman que los burócratas asalariados de la dictadura emitan leyes y decretos, que “controlen la música”, porque ya se ha llegado a un nivel de vulgaridad que ¡“ofende la ética”! ¡Agárrense la peluca! ¡Y esto en el imperio de la inmoralidad! La Revolución Cultural está encabezada por “ilustres” nombres de la Inteligencia Cubana (no, no la militar, que se sepa): Graziella Pogolotti, ilustre profesora universitaria, veterana (que no venerada) conferencista que ha instruido (que no ha educado) a varias generaciones de filólogos e historiadores del arte; que ha dado con placer a cucharadas el sacrosanto catecismo del marxismo más ortodoxo e irracional, durante los periodos más “heroicos” del castrismo, ya sea durante la Crisis de los Misiles, durante el llamado “Quinquenio Gris”, los actos de repudio del Mariel o “El Maleconazo”. Miguel Barnet, ¿hace falta presentarlo? Es el escribiente de “Biografía de un cimarrón” y actual presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el ministerio de los colonizados intelectuales del castrismo; órgano de control y censura donde se trafica con influencias, viajecitos al extranjeros y se reparten carros y apartamenticos a los que más lamen las botas de los generales en el poder. Otro que anda “robando cámara” en esta limpieza general es el oscuro Desiderio Navarro, uno de los mayores farsantes de la fauna intelectual cubana, que no es ni políglota ni teórico ni marxista ni la cabeza de un guanajo, pero eso sí, sabe hacer bulla y venderse como “el renacentista” que sabe de todo, incluso cómo denunciar a sus colegas que tienen “problemas ideológicos”. A la larga lista de oscuras luminarias de esta jauría habría que agregar a Leonardo Padura, Arturo Arango, Manuel Henríquez Lagarde, Fernando Rojas, Antón Arrufat, Roberto Fernández Retamar, Nancy Morejón y un largo etcétera de tranquilos cómplices de los crímenes de la dictadura castrista, la más antigua de América Latina. ¿Tienen moral estos intelectuales para exigir que se tomen medidas radicales contra la vulgaridad en Cuba? No. Porque ellos mismos han engendrado ese imperio de la vulgaridad, ese triunfo atroz de la plebe, que comenzó en 1959 al grito de “¡Paredón, paredón!” y continuó con la imposición de “compañero” (que no señor), el culto a la chivatería de los Comité de Defensa de la Revolución (CDR), la obligatoriedad del servicio militar, los campos de concentración de la UMAP, la censura total en los medios de difusión, la instauración de la miseria forzada, el destierro de millones de cubanos y el imperio de la vulgaridad y del marginalismo, “porque todos somos iguales”, según el discurso oficial populista avalado por estos intelectuales “comprometidos”. Ahora, después de llevar más de medio siglo alimentando a este monstruo, estos inmorales “inteligentes”, que nunca han alzado su voz para pedir que cese la vulgar falta de libertad en la isla, arremeten contra los músicos populares que hieren sus oídos y ofenden su sensibilidad y, en un arranque de tremendismo, hablan de atentado a la ética, a “su” moral, revolucionaria, victoriosa y eterna. Los sastres crean el desastre y ahora se horrorizan con lágrimas de cocodrilo. Pero, eso sí, preocupados por las letras de esas canciones que incitan a desbordar la lascivia más simiesca, no tienen tiempo para pedir el cese de la represión contra disidentes y opositores, que vulgarmente son encarcelados, torturados y obligados a hacer huelgas de hambre, reclamando el derecho básico a la libertad de expresión. ¿Sabrán de las Damas de Blanco? ¿Son amigos de Oscar Elías Biscet? Esos mismos intelectuales nunca protestaron contra la vulgaridad sistemática del ninguneo a que han sido sometidos músicos, artistas e intelectuales, cubanos y extranjeros, como Celia Cruz, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Mañach, Jorge Luis Borges, Vargas Llosa, Milán Kundera y miles más, por décadas y décadas. ¿Por qué nunca lo han hecho y nunca lo van a hacer? Porque su miseria humana les ha hecho privilegiar sus hipertrofiados egos sobre los principios universales de respeto a la dignidad y a la libertad; porque no han tenido suficiente testosterona en el alma para emanciparse del castrismo; porque son tan parejeros como el más miserable de los ciudadanos ordinarios; porque han demostrado que la inteligencia no es lo mejor del hombre… Ahora, en su Cuba, en el imperio de la vulgaridad, donde reinan jineteras y pingueros; donde apenas se entiende el castellano porque no se articula, sino se masculla, aunque se grita demasiado; donde de cada tres palabras dos son obscenas; donde la miseria sigue engendrando miseria, que se jodan estos “delicados” sastres y que sigan escuchando, a todo volumen, a los raperos y salseros que, al menos, tienen el mérito de mostrarse tal y como son en realidad: vulgares y desafiantes. Que por los siglos de los siglos sigan martillando en sus “ilustres” oídos la poesía de las masas, que ellos amasaron para idiotizarlas, aborregarlas, enajenarlas y humillarlas.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Desde la balsa.

Por Ondina León ©

Para Teresa Cruz,
luego de una de sus serenatas…

De Cuba nunca se sale. A Cuba no se va, sino se viene. Más que un país o una patria, es un mar revuelto, que inventamos a diario para no dejar de ser lo que inevitablemente somos. Cuba no es Cuba: es un estado del alma. Es una balsa a la deriva entre dos orillas del tiempo, el pasado, que fuimos, y el presente, que intentamos ser, casi sin mañanas. Cuba no es Cuba: soy yo, que soy la balsa misma. Esta balsa improvisada, hecha con los retazos del ayer y las náuseas del hoy, tan ordinariamente confuso. No es que me “interese” o me “motive” el tema de Cuba: es que Cuba soy yo, por esto me duele visceralmente todo lo de la isla, en mi propia isla humana, hecha jirones asombrados.
Tal vez, haya tratado, en un arranque de cordura, de borrármela para siempre, pero, ¿quién necesita borrarse a sí mismo, mientras se es? Ya sé que Cuba es la pesadilla perpetua que me desangra, pero siento que yo soy esta pesadilla de la que no puedo salir sin dejar de ser. Cuba no es Cuba: es un hambre de horizontes que me alimenta y me hace crecer desde la nada, y existo.
Y no me importa que me llamen “aburrida” o “previsible” porque sé que no lo soy; porque sé que esta realidad no lo es para nadie que también sienta que es Cuba, desde el corazón.
Y amanece y me entero de que estoy muriendo en el cuerpo de una mujer que, asqueada del asco de la realidad, se echa a morir de hambre buscando un mínimo de respeto para otros semejantes próximos, que no tienen derecho a ningún derecho básico, como podría ser decir quiénes son, sin dejar de ser.
¿Tiene derecho Marta Beatriz Roque a declararse en huelga de hambre en un intento desesperado por arrancarle a la dictadura al menos una migaja de tolerancia? Tiene el derecho y tiene el deber para con ella misma, incluso cuando algunos de sus coterráneos la tildan de “mercenaria”, de “segurosa”, de “payasa”, de “suicida”. Porque si Roque no es lo que es, o parece ser —hasta tanto se demuestre lo contrario, sí necesitamos que lo sea—, al menos interpreta muy bien su papel y ya esto es meritorio en un mundo de paranoias desbordadas y de impostores premiados, de valores sin valor y de medias verdades. Por esto muero mientras ella agoniza. Por esto hablo para mantenerla viva.
Y atardece y me siento, una vez más a oscuras, sin electricidad, en medio de la sequía de esperanzas, mientras en la Plaza del Santo Cristo del Buen Viaje, en la Habana Vieja, unos jóvenes siguen ejerciendo su dictadura de la vulgaridad y el vacío, animalmente felices, con los estómagos hartos de carencias, pero alcoholizados de realidad. El triunfo de la plebe es el sello de garantía que tiene el despotismo castrista para eternizarse en su afán por idiotizar, cada día más, al triste volumen físico llamado masa, esa bestia de bestias que hay que apaciguar con algo de circo (¡un dominó!), a falta de pan y de paz.
Y anochece y me voy a dormir (es un decir) sabiendo que mañana me espera en pie la misma pesadilla de aumento de precios e impuestos, en un accidente geográfico sin economía, sólo con una epidemia de chinchales y carretillas que, de bache en bache, recorren las ruinas en busca de algún cadáver hambriento, de los dos millones que deshabitan los recovecos de una ciudad posesa.
Y me acurruco entre las blancas sábanas de la nada, en mi cuarto con aire acondicionado, aquí en esta otra Cuba, sabiendo que el reo que soy tampoco reposará en su celda húmeda y calurosa, allá. Cuba no es Cuba: es esta necesidad de explorarme para saber quién soy y adónde puedo llevarme, si me encuentro alguna vez, en plena desnudez, inocente, pero íntegra, sin querer salvarme ni querer salvar a nadie: sólo mostrándome tal cual soy... Sin temor a temer, sin querer juzgar a nadie que se declare en huelga de hambre, en huelga de vida por falta de vida. Así, desde la balsa que soy…

jueves, 6 de septiembre de 2012

Homenaje

A la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre,
en el 400 aniversario de su aparición en la
Bahía de Nipe.





Ramón Unzueta
Caridad del Cobre

Mix-media sobre cartulina negra
9" x 12".


PLEGARIA MARIANA
Por Ondina León ©


“¿Y si al morir no nos acuden alas?”
José Lezama Lima



Madre, hija mía, a ti te llevo casi desnuda, de naufragio en naufragio, a mi mástil atada, ¿por qué las olas no me tejen tu manto? Yo te ofrezco mi sombra cálida...
Madre, hija mía, que naciste del mar y hacia el mar me arrastras, ¿qué horizonte de plata será mi espalda?
Tengo la voz arrugada de rezarte sin treguas, sin velas y sin amarras: sólo con la luz trémula de mi hambre de mañanas. Yo te ofrezco pedirte nada, ni las alas...
Madre, hija mía, tu silencio me espanta. Yo sé que me amas, pero te necesito más alta, sin joyas y sin corona; más clara, sin juanes y sin lunas a deshoras: sólo con tu mirada, que fulmine este quebranto y me libere el alma.
Madre, hija mía, ¿seremos libres, tú y yo, antes del alba?





JosEvelio Rodríguez Abreu
Caridad del Cobre
Mix-media on cadstock
9"x12"





domingo, 2 de septiembre de 2012

Desangrando al mar.

Por Ondina León ©

“¿Quiénes somos?” es la pregunta que, a todo lo largo del extenso poema, parece hacerse el sujeto lírico en un desesperado afán por responder la verdadera pregunta que lo anima: “¿Quién soy?”. Las posibles respuestas se barajan con ansiedad en una sucesión de metáforas y símiles, que sostienen la arquitectura de lo que es, sin duda, uno de los grandes poemas de la literatura cubana y, tal vez, el mejor poema de su creador, Virgilio Piñera: “La isla en peso” es su más trascendental intento de definir a toda una nación.
Pero desde los primeros versos, el protagonista de este viaje interior en busca de una fuerza telúrica definitoria se siente condenado, atrapado, en una misión que quizás no hubiera escogido: “La maldita circunstancia del agua por todas partes / me obliga a sentarme en la mesa del café. / Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer / hubiera podido dormir a pierna suelta”. El conflicto no es sólo con su ambiente, sino también consigo mismo, lo que probablemente sea la condición necesaria para distanciarse y poder intentar juzgar y definir, desde la altura de su agonía, que aquí quedaría como sinónimo de lucha, en el sentido de Unamuno.
La idea de que la isla es una trampa mortal se vuelve, entonces, obsesiva y el sujeto confiesa que “una taza de café no puede alejar mi idea fija, / en otro tiempo yo vivía adánicamente”. Y para que no haya dudas de la intensidad de su desespero, agrega: “Esta noche he llorado al conocer a una anciana / que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes”. ¿Se puede dar otra imagen más fuerte de impotencia ante las circunstancias?
A esta fatalidad, habría que sumar que nuestro héroe (¿el propio creador?) está consciente de que él mismo, como hijo de una tribu joven y atribulada, no sabe “definir”, lo que haría de su gesto una doble proeza: “¡País mío, tan joven, no sabes definir!”. Y definir significa trazar el perfil de una identidad; dibujar con trazos gruesos y oscuros los contornos de quiénes somos y hacia dónde vamos, desde esa cárcel laberíntica que es la isla, con sus barrotes de espuma de mar, que deviene imagen simbólica de una condena divina.
Cuando el poeta se pregunta y se responde, “¿Quién desdeña ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán? / La sangre adolescente bebemos en las pulidas jícaras. / Ahora no pasa un tigre sino su descripción”, está dejándonos saber que es casi seguro que la isla está enferma de una “verbalidad” en la que el verbo se ve obligado a crear realidades, que se superponen sobre la realidad verdadera, porque no hay elegantes tigres, pero sí su descripción paseándose por las selvas invisibles que habitamos devorándonos.
Hecha la advertencia, más adelante el sujeto lírico es mucho más directo y sentencia: “No sabemos llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne”. Y como “nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo”, el protagonista de esta epopeya íntima, isla en una isla, asume el destino y se consagra a traducir las sagradas palabras, que supuestamente definen la identidad colectiva, y las rebaja a esferas reales, sin halos de santidad, para ver la luz que ilumina: “Me detengo en ciertas palabras tradicionales: / el aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco, / con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente, / titánicamente paso por encima de su música, / y digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo”. Para un país inventado y recién nacido como Cuba, estos versos de 1943 podrían resultar todo un insulto para los que, como José Martí, derrocharon imaginación imponiendo una realidad, más verbal que concreta, en el afán desmedido de sentar los pilares de la nación, encajada en el vasto mundo.
Pero los pueblos no se definen sólo por lo que aspiran a ser, sino, sobre todo, por lo que son en un momento histórico único: “Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol, / las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras, / las eternas historias de los negros que fueron, / y de los blancos que no fueron, / o al revés o como os parezca mejor, / las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules
-toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas…”. El incendio encefálico, entonces, parece totalmente lógico gracias a los bufones y cotorras, que son la fauna de la isla tropical y trepidante, que se vuelve infernal porque “¡Nadie puede salir, nadie puede salir!”. Y ni los tiburones, voraces guardianes de la trampa salobre, se atreven a “transportar un cuerpo intacto”.
Sin embargo, el grito trágico de “¡Nadie puede salir!” choca con las claves y adquiere un ritmo de letanía espantosa, de conga bullanguera, que sí define la locura que engendra el encierro en el acento de sol carnívoro que es la isla posesa. Porque, “¿Pero qué puede el sol en un pueblo tan triste?”. Nada, se va respondiendo el poeta, poseído por la fiebre de definir y definirse casi llegando a la definición mejor y más aterradora: “Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste”.
Y ya nos vamos dando cuenta de que, de esa amalgama humana de transterrados europeos (castellanos, vascos, gallegos, catalanes…) y africanos (yorubas, locumí, congos carabalí….), y algunas salpicaduras asiáticas, podría haber nacido una bestia de mil cabezas enloquecidas; podría haber surgido una “raza” peligrosamente única con una vocación de desapego, de frialdad, de distanciamiento, de arrogante vocación peregrina, de una locura cancerígena, que nos ha llevado a ser lo que somos hoy, una tribu atomizada por los cinco puntos cardinales, incluido el “abajo”, a que nos precipitó el accidente provocado del año 1959.
Por eso el poeta nos define y nos condena, porque no teníamos un rostro ni lo tenemos aún, porque nacimos del caos y comenzamos a morir apenas nacidos, suicidando la nación: “¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar! / ¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar! / Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro”.
La olorosa isla, cuajada de piñas, mangos y guayabas, de jazmines y rosas, de carne de puerco frita y café tostado al anochecer, no puede mirarse en un espejo, sino sólo sentirse a sí misma, ciega de soberbia, huérfana de futuro, desangrada y final. Aquí no valen los sacrificios de animales ni los ritos y rituales de mil confines del mundo para salvarnos de una muerte segura como nación: somos lo que no somos porque así lo hemos querido, para nuestro mal. Y así seguiremos muriendo de luz, desangrando al mar, como hizo Piñera, para intentar buscar nuevos horizontes habitables, que nos definan, aunque sea en una patria imaginaria.
Que nadie intente buscar una definición de cubanidad, o la propia personal, sin antes haber leído, aunque sea una vez y de un solo trago, “La isla en peso”. Luego, es probable que se tenga que rumiar por años la definición de ser y estar, aquí y allá. En 1943, Piñera anunciaba con sus versos el suicidio de una nación. Hoy, en el 2012, año del centenario del natalicio del poeta, si alguien nos dijera que la nación murió, será difícil demostrarle lo contrario.