jueves, 16 de agosto de 2012

Azul exacto del Poeta


........allí estaba Yemayá, trasformada en muchacha buena, escuchaba mi descarga con esa dudita de la luna me miró y yo la comprendí; me dijo que tu amor.....ese caracol de miasmas confusas, envoltura de limo y sargazo a la grupa de una ...tortuga. Allí me tienes artista con tu lindura esencial, mi tinitos es propicio a los graznidos y aleteos en- lop- dop- de las aves que sobre mí comen desde tus dibujos. Recuerdo mi primera careta de buceo y te dejo llevar de las manos ...de esta Litlle Brow Virgin en la confiada visión del azul exacto, el del vulnerable miedito térmico de un cabezo de arrecife antes de las siete de la mañana, donde la flora nada tiene de zarza si te fijas.... Jose , si tú no hubieras dicho algo que has dicho, nada de trabalenguas, en el momento, en el lugar, con quienes presentes, yo comería hoy mucho menos. IBBORÚ IBBOYA MADRE DE AGUAS. Déjenle el control remoto a Yeya.
Manuel C. Rodríguez ©



Serie Guitáforas, 2005
Ink on cardstock 22"x30"
(colección privada).
www.josevelio.com
http://www.guitafora.com/




lunes, 13 de agosto de 2012

Estertores de la gerontocracia.


Por Ondina León ©

Se rumora, se comenta, se especula, porque hasta ahora no hay (ni creo que haya) un anuncio oficial, que los ideólogos asalariados de la dictadura castrista decidieron, después de 53 años de censura, permitir que se escuchen en las estaciones de radio —todas monopolio del estado mafioso-castrense— a numerosos cantantes y músicos, tanto cubanos como extranjeros, rigurosamente prohibidos por sus posturas, reales o ficticias, en contra del régimen totalitario.

Y ya algunos han salido a dar alaridos de alegría por los vericuetos del mundo diciendo que este levantamiento de censura forma parte de un supuesto paquete de reformas de la gerontocracia. Es decir, se han agarrado de esta endeble y potencial tablita de salvación, en medio del revuelto mar del putrefacto “raulismo”, para seguir teniendo fe en que con su emperador Castro II estamos mucho mejor que con su Majestad Castro I. Pero, ¿realmente este supuesto pasito de conga arrabalera es una “reforma”? ¡Por el amor de Dios! Ni pasito ni traspiés: no es nada de nada.

¿Ahora es que los cubanos de a pie van a poder escuchar en la radio a Celia Cruz, Gloria Estefan, Willy Chirino, Olga Guillot y muchos, muchos más? Pero si ya lo han venido haciendo, por cuenta propia, desde hace tiempo, sin necesidad de poner la aburrida, vulgar y decadente radio oficial castrista. ¿Cómo se han podido escuchar a todos estos “apátridas”, famosos en el mundo entero por su música? El exilio, también conocido como “Mafia de Miami”, se ha encargado de hacerles llegar los discos de estos artistas que, como Celia Cruz, nunca podrán ya regresar a Cuba y cantarles, en vivo y en directo, a sus compatriotas. Y también el hambre de mundo de los cubanos, el síndrome de la insularidad, el linchamiento de los lazos con el mundo ha hecho que todos tengamos siempre necesidad de consumir, rapiñando por cuenta propia, lo prohibido y lo autorizado. Los cubanos hemos sazonado la cultura con un ingrediente muy digestivo y estimulante del apetito: la clandestinidad peligrosa. Así devoramos “Antes que anochezca”, de Reinaldo Arenas; así leímos “Retrato de familia con Fidel”, de Carlos Franqui, camuflado con la cubierta de una revista “Bohemia”; así hemos escuchado Radio Martí, en nuestros calurosos cuartos a media luz; así hemos disfrutado de Willy Chirino, desafiando…

¿Hay motivos para alegrarse con esta nueva “reforma” de sus eminencias grises de la dictadura? Yo creo que no. Porque es sólo que vuelva a la realidad de la isla posesa el derecho a tener acceso a la propia cultura y a la mundial, sin restricciones. Pero, ¿se trata de una transparencia total? Ni remotamente: la censura y el control de la información son esenciales para la gerontocracia que desgobierna en Cuba, porque sin ellas se debilita su poder omnímodo. Es cuestión de supervivencia para la casta castrista y sus secuaces y esbirros, así como para muchos intelectuales y artistas castristas, que hasta ahora han sido cómplices felices del ninguneo sistemático al que se ha sometido una buena parte de la cultura nacional.

Y habría que preguntarse también: ¿podrán ir a actuar en escenarios de la isla estos hasta ahora “malditos” artistas? ¿Se imaginan un concierto, a todo telón, de Gloria Estefan en la Plaza Cívica? ¿Visualizan un concierto del extraordinario Amaury Gutierrez, tan firme como su hermosa voz en el anticastrismo, en la Plaza de la Catedral de La Habana? ¿Y Willy Chirino y Donato Poveda haciendo un dúo en el teatro Karl Marx? Esto, por no mencionar a los escritores prohibidos, que son tantos que se atropellan y que sueñan con publicar en una Cuba libre, como Carlos Alberto Montaner, Zoé Valdés, María Elena Cruz Varela,Daína Chaviano, José Abreu y Abilio Estévez.

No, no me entusiasmo con esta “apertura” cultural porque sé muy bien que no es la antesala de un país con pluripartidismo, prensa libre, estado de derecho ni libre mercado: las dictaduras no tienen vocación suicida y mucho menos una fosilizada en medio del Mar Caribe, hace ya tanto tiempo. Para mí, esto no es más que estertores sonoros de una gerontocracia absolutamente decadente y represora, que no tiene escrúpulos en soltar unas migajas para maquillar el paroxismo de su anquilosamiento y que no pide ni perdón ni disculpas por todo el daño antropo(i)lógico que ha causado en varias generaciones de cubanos. Porque mientras se escuche a Celia Cruz en la radio, pero las Damas de Blanco sean reprimidas, no hay país con salud ni libertad. ¡Cómo falta para que Cuba deje de ser una nación esquizofrénica! Pero, ¿hasta cuándo?










sábado, 4 de agosto de 2012

Dándole fulgor a la luz


Por Ondina León ©

Ya no sería deseada. Pero, ¿le importaría? ¿Sería un mal menor? Su piel ya no rebosaría tersura. ¿Cirugías plásticas? ¿Bótox? ¿Inyecciones de colágeno? Inversiones baldías: igual tendría cumplidos 86 años y, ya lo sabemos bien, el tiempo no perdona ni a las grandes divas divinas. Sin lozanía ni frescura, tal vez, ya estuviera confinada a las profundas cavernas de su pasado personal, a donde nos lanza el mal de Alzheimer. O, si acaso mantuviera cierta lucidez, estaría temblorosa, como una hoja seca y casi traslúcida, poseída por el mal del Parkinson. ¿Sería diabética e hipertensa? Quizás. No se sobrepasa la edad bíblica de la prudencia, esos recomendables 70 años, sin pagar un precio muy alto por un superávit de vida. Pero los elegidos de los dioses deben morir jóvenes y hermosos, sin sufrir los ultrajes de la vejez, y Marilyn Monroe fue “ejecutada”, a sus 36 años de edad, el 5 de agosto de 1962.
Al cumplirse los 50 años de su desaparición física, el mundo ha estado organizando todo tipo de aquelarres de frivolidad —subastas, exposiciones de fotos, reediciones…— para celebrar, más que para conmemorar, la pérdida de uno de los más grandes íconos de todos los tiempos. Porque si de fuerza, misterio y permanencia se trata, la imagen de Marilyn compite, creo yo, hasta con la propia “Monna Lisa”, de Leonardo da Vinci.
Como nunca antes, la civilización humana es una civilización de imágenes, de culto a lo visual, de pleitesía a la juventud, de supersticiones corporales, de exhibicionismo desenfrenado, de frivolidades maliciosas. Al menos, la imagen de Marilyn Monroe se ha entronizado como estampa de una época “remota” en que no se le rendía culto a la vulgaridad, a lo simiesco y a lo marginal, como ahora, en que las supuestas estrellas del mundo del entretenimiento derrochan, en una competencia absurda, falsas sensualidades, encuerismo gratuito, agresividad y lascivia animal.
Hollywood engendró a Marilyn: Hollywood la mató. Aunque hace varias décadas atrás la industria cinematográfica no era lo que es ahora, un emporio de estridentes efectos especiales violentos, las reglas del juego en el camino a la fama y al estrellato eran igual de violentas, tanto para actores como para actrices. Y en aquel medio hostil, aquella joven supo imponerse y llegar a la cima, casi sin darse cuenta o proponérselo. Y aquí la tenemos, ahora, con una presencia firme y un ejército de imitadoras e imitadores, que jamás llegan a reflejar el carisma y el encanto de esta niña voluptuosa, una diosa del amor, como Afrodita, aunque no una diosa de la fertilidad, como Ceres, porque nunca pudo tener un hijo, a pesar de desearlo.
¿Fue inteligente? ¿Tenía verdadero talento histriónico? ¿Llegó a tener cultura? Mucho se ha escrito y se ha especulado sobre el coeficiente de inteligencia de Marilyn, pero, ¿realmente necesitaba ser brillante, además de ser extremadamente bella? La belleza física ya es una forma de talento humano y desempeña una misión imprescindible que, en el menor de los casos, es engrandecer el paisaje, del que todos formamos parte. Ya lo dijo Rilke, “la belleza es el primer grado de lo terrible”, dejando sentada así la poderosa fuerza revolucionaria de un rostro o un cuerpo perfectos, de esos dignos de ser cincelados, desde la piedra dura y muerta, por Miguel Ángel o por Bernini.
Y eso hizo Marilyn en su breve paso por la Tierra: no sólo le dio fulgor a las luces de fantasía de Hollywood, sino también a la propia luz del sol. Y hoy, aquella mujer que de niña tuvo que tener tantos hogares adoptivos; que fue violada; que tomaba tantos barbitúricos, como nosotros ahora, para sobrellevar la ligereza del ser; que nunca estuvo segura de valer en sí misma; que murió aferrada a un teléfono en espera de alguna respuesta a las tantas preguntas de la existencia, esa mujer inocente, más que la actriz, habita en el corazón cálido de millones de hombres y mujeres, que más que admirarla, la queremos.