domingo, 29 de julio de 2012

Las sotanas de Satanás.


Por Ondina León ©

Al dolor por la pérdida de Oswaldo Payá Sardiñas, asesinado vulgarmente por la mafia castrista, he tenido que sumar la indignación por el manoseo adocenado de la iglesia católica cubana en sus honras fúnebres. Jamás pensé que el cardenal Jaime Ortega Alamino, diligente servidor de la casta burocrático-marcial de los Castro, fuera a oficiar en la misa de cuerpo presente del libertador caído en combate. El oficio de este cura con jerarquía es ser el curador de cuanta fechoría comete el régimen, dentro y fuera de la isla posesa. Entonces, ¿cómo se va a involucrar en el trágico desenlace de una muerte anunciada, a la que nunca se opuso?
La bandada de altos jerarcas católicos sabía muy bien que Payá estaba sentenciado por los esbirros de la tiranía y que su muerte era cuestión de tiempo, pero, ¿qué hizo para impedirla? Rezar en voz queda el rosario de “razones de estado” para no constituirse en un muro, que detuviera la sed de sangre de la gerontocracia. Las míseras migajas que ha lamido la iglesia cubana del piso del palacio de los Castro bien valía, para ellos, la vida de un hombre de paz, que luchaba por la libertad para todos, aunque no todos se la merezcan.
¿Qué contenía la baba litúrgica que esputó Ortega en la iglesia donde fue despedido Payá? Más de lo mismo, pero con una mayor cantidad de cautela, de esa vomitiva y cobarde que siempre coloca los intereses del estado religioso, excluyente y represivo como el castrismo, por encima de los intereses y necesidades del pueblo, al que dice servir.
¿Cómo reaccionó Ortega a los gritos de “¡Libertad, libertad!” que estremecieron el templo? Como siempre, con una hemorragia de eufemismos “bonitos” en los que, ni por equivocación, se escuchó de sus labios la palabra libertad, esa que fue inmediatamente mancillada, por enésima vez, cuando muchísimos de los participantes fueron golpeados brutalmente, secuestrados y tatuados en los archivos castristas y castrenses como “disidentes”, “mercenarios”, “conflictivos” o “apátridas”, por el sólo hecho de querer hacer uso de su libertad personal e ir, en peregrinación, hasta el cementerio y sepultar al símbolo de la decencia en Cuba, ese accidente histórico sin valores reales y sostenidos que mostrar.
Dijo Ortega que Payá le fue “fiel a la iglesia” y que era “respetuoso de su obispo”. Pero no habló de las críticas que le hizo a esa misma iglesia por usar y desusar un lenguaje demasiado timorato, que se hace cómplice de la dictadura, término que está prohibido usar en el submundo de estos diablos con sotanas, con sus cinturitas de obispo, que no de avispa, que delatan sus noches de banquetes y sus giras por la tierra arrasada en Mercedes-Benz muy bien aceitados, mientras sus ovejas, incluso las descarriadas, pasan hambre, apagones, carencia de agua potable, sufren calor extremo, y se enajenan bebiendo ron, fumando y jugando dominó en cuanta plaza y esquina encuentran, entre las ruinas de lo que fue La Habana, hoy ciudad sitiada por el bombardeo de 54 años de desidia y odio.
Ortega ha escrito una página más en la historia de la infamia en Cuba y no ha dejado ni la más mínima esperanza de cambio, a corto plazo, para aquellos que son católicos y amantes de la libertad. Que a nadie se le ocurra levantarle las sotanas a estos curas para ver qué hay debajo de ellas, porque ya se sabe lo que hay: eunucos.
La posteridad, me aferro a pensar, algún día contrapondrá el cristianismo pragmático de la iglesia católica cubana, más estado que institución espiritual, al cristianismo primigenio de hombres como Payá, quienes desde su fe, trataron de volar por los aires las montañas de miserias y opresión de esta larga noche de tiranía.
El castrismo se ha cuidado mucho de no engendrar mártires, y mucho menos cristianos, que puedan resultar estandartes para las masas. Pero ya la mafia, con su añeja mentalidad imperialista, se siente demasiado confiada en que siempre tendrá la complicidad de la iglesia católica, el aplauso de las izquierdas del mundo y la indiferencia de planeta ante sus crímenes. Ya lo dijo Castro II en el discurso del 26 de julio de este año, que no iba a permitir que Cuba fuera otra Libia o que se convirtiera en Siria, es decir, que ni soñáramos con que se permitirá una lucha masiva para sacudirse las cadenas de la dictadura.
¿Qué ha respondido Ortega ante esta amenaza vil de un baño de sangre? Tal vez, debe tener su sotana mojada de miedo y debe estar arrodillado, sobre dos chapas de botellas de refresco, rezando y pidiéndole luz a su dios, que evidentemente no es el mío, para ver dónde coño se mete, si la isla en peso despierta de su largo letargo y ruge: “¡Libertad, libertad!”. ¡Dios lo quiera!

lunes, 23 de julio de 2012

Isla contra isla.



Por Ondina León ©

Cuba lleva 54 años de luto, pero de un luto enrojecido por la sangre de las víctimas del castrismo. Ahora, Oswaldo Payá Sardiñas acaba de ser asesinado, sumándose así a la larga lista de auténticos libertadores que caen luchando contra la pesadilla más larga del continente americano. Hasta tanto se demuestre lo contrario, Payá fue ultimado por los esbirros de la dictadura en lo que aparenta ser un accidente de tránsito. Lo contrario, desgraciadamente, no se podrá demostrar, no porque no haya un estado de derecho ni una prensa independiente ni un poder judicial libre en la isla, sino porque la mafia castrista, que monopoliza todas las caricaturas de instituciones de la nación, se está volviendo burda en la ejecución de sus crímenes, como el de Laura Pollán, herida viva en el rostro de la isla.
¿Quién será el próximo disidente genuino que caiga? ¿Oscar Elías Bicet? ¿Berta Soler? ¿Marta Beatriz Roque? ¿Zoé Valdés? ¿Ileana Ros-Lehtinen? Otros “libertadores” y blogueras “inquietas”, que se han convertido en cazadores de desgracias para hacer zafra y recibir pingues beneficios, pueden dormir tranquilos porque a ellos no los tocarán: ya están muy integrados al juego de toma y daca de la dictadura, de cara al mundo, en un ballet de gesticulaciones y apariencias en que todos coexisten, en un equilibrio precario, sin dejarse caer o dejar a un lado sus interese creados.
Pero Payá sí tenía que ser eliminado físicamente porque se había vuelto muy peligroso con su persistencia a favor de la libertad: optó por no dejarse arrastrar al destierro y continuar, día a día, año tras año, con la pertinaz tenacidad de la gota de agua, golpeando a la dictadura y a la desidia cómplice de la mayoría sometida: era una isla tratando de parir una isla mejor.
Sus armas han sido muy cuestionadas en ambas orillas del Estrecho de la Florida y los resultados de su batalla se consideran pobrísimos, pero lo más trascendental de la lucha de este hombre de paz es el valor simbólico de sus gestos y sus sueños. ¿Acaso él no sabía bien que cualquier intento de usar las propias leyes castristas iba a dar en un rotundo fracaso? Cuba es un país sin leyes donde todo se mueve a golpes de la peor testosterona de los capos y donde los únicos resortes bien aceitados son los de la represión y el control de las masas. Y Payá lo sabía bien, pero tenía que demostrárselo al mundo entero, ese que tanto ha aplaudido a los emperadores Castro I y Castro II con una festinada irresponsabilidad.
Su muerte me duele porque ahora contamos con un hombre decente menos para intentar amasar el sueño de una nación más habitable, menos antropófaga, más rica en espíritu, menos vulgar y ordinaria, más libre, menos vanidosa, más inteligente. Los verdaderos libertadores ahora se podrán sentir más solos, como islas dentro de la isla posesa, pero los grandes saltos en la historia de los pueblos los paren los solitarios, como Martí, Enrique José Varona, Lezama Lima o Laura Pollán. Descanse en paz Oswaldo Payá Sardiñas: nosotros, los que queremos libertad, no debemos descansar mientras no se haga justicia, mientras no se le quite a Cuba su luto ensangrentado.

domingo, 22 de julio de 2012

Bailando ante el patíbulo


Ondina León ©

No nos engañemos: todos estamos condenados. Sólo es cuestión de tiempo. Lo único cierto es la incertidumbre y un amplio abanico de posibilidades, nefastas o reales, en la vida y sus patíbulos de desamor, enfermedad, injusticia, traiciones de amigos, descalabros financieros, separaciones familiares, violencia... Unos nos dejarán huellas indelebles; otros, unas lecciones válidas; otros, como envejecer y morir, más tarde o más temprano, son inevitables: estos son nuestros patíbulos.
Sin embargo, aunque somos los únicos seres vivos que tenemos conciencia de nuestra mortalidad, nos aferramos a nuestro tránsito por el mundo y todos queremos un día más de esta experiencia; o un mes más de este devenir; o un año más de este suspiro de eternidad que Dios nos ha regalado. Y para soportar nuestra levedad como seres, nos inventamos, a sangre y fuego, los palenques del corazón, los parapetos del espíritu, los bastiones del alma, la insondable resistencia de la fugacidad de la vida y sus misterios. Y, tal vez, sabiendo que nada es tan terrible como pensamos, porque podemos sobrevivir. Nada es tan terrible porque todo se puede poner perfectamente peor y aun resistir y sobrevivir y hasta cantar o tocar el piano.
Cuando una ve el video sobre la vida de Alice Sommer, esa anciana centenaria que aún sonríe y dice que le gusta la gente, que condensa toda su historia en unos doce minutos, la sorpresa nos asalta y la pregunta brota espontánea: ¿cómo ha logrado sobrevivir, con tanta alegría, en medio del horror que crean los humanos? Se sabe que sigue tocando el piano y regalando su música, como siempre lo ha hecho, pero esto sólo no basta para comprender cómo logró escapar con vida del Holocausto judío. Una no puede estar parapetada todo el tiempo en el pentagrama y seguir por la vida impunemente. Debe haber algo más y mucho más grande, pero, ¿qué será? Tal vez, Dios le concedió a Alice Sommer el don del perdón infinito, que libra del resentimiento. O, quizás, esta artista posee la virtud de poder olvidar de verdad, y el olvido radical, ya lo sabemos, es la peor venganza de todas, porque nos purifica. O, pensándolo bien, esta mujer padece de un saludable egoísmo, que la hace refugiarse en su mundo de notas musicales, que la libera del horror cotidiano de vivir. No sé. A lo mejor, lo más recomendable ante la historia de supervivencia de esta señora, que ya pasó hace un buen rato de la centuria, es contagiarse de su risa, de su amor por el prójimo próximo y seguir la sabia recomendación del más sabio de los poetas en castellano, Jorge Luis Borges: “…convertir el ultraje de los años en una música, un rumor y un símbolo”.
Y esto ha hecho Alice Sommer, que es emblema de los misterios de la vida que, con mucha frecuencia, nos pare un milagro de amor y de arte. Así que, en este domingo brumoso, sonrío y salgo a bailar ante mis patíbulos, los nuestros, los de todos, los que sazonan la vida para engrandecerla: los maestros de Dios…


viernes, 20 de julio de 2012

Imprescindibles de Zoé Valdés

Frida B. Masdeu:
La trayectoria de una verdadera exiliada.

En Zoé en el metro de Ecodiario, El Economista.






"Mujer, cubana, exiliada, anticastrista, con un padre preso, y una madre renuente a aceptar nada que tuviera que ver con lo que le recordara la traición"
Zoé Valdés ©

viernes, 13 de julio de 2012

Presencia vital de Unzueta



Por Ondina León ©

Todas las mañanas, cuando me despierto y abro los ojos, lo primero que veo es su imagen en la pared. Su traje anaranjado le queda demasiado grande a un físico que se intuye frágil, breve como un suspiro; tiene los ojos verdes, ambiguamente tristes; la boca es apenas una pincelada roja, pero tiene acuñada una amplia sonrisa escoltada por dos potentes chapas de colorete en las mejillas. No es un payaso al uso: este tiene un violín verde con las cuerdas rotas, que sostiene con su mano derecha, mientras en la izquierda tiene el arco listo para tocar, aunque sea en las cuerdas del aire. El contraste del color naranja del traje, contra un fondo en azules que se degradan, me despierta como si fuera un amanecer de dichas con un sol de libertad: este es el “Payaso sin música” de Ramón Unzueta.
Pero mi palacio, este apartamento lujosamente modesto donde vivo y desvivo, está lleno de la presencia de Unzueta, de su poderosa pintura: un ángel de perfil por aquí; un retrato de su hermana, su musa, con el pelo preñado de peras azules y doradas por allá; un marinero desnudo que llora en un esquina; un falo seductor y solitario en medio del vestíbulo, listo para la conquista; un niño con un gato que cuelga en la pared de las escaleras; una sevillana amorosa; otro marinero a la luz tenue de un farol cansado; una naturaleza muerta cuajada de colores vivos; otro payaso esperpéntico; dos hombres desnudos, que se aman atándose con unas cintas etéreas, en mi cuarto; otro payaso danzante con una gola roja; una jugosa papaya abierta como un boca sensual, sobre el bar; otra sevillana triste… Tengo el privilegio de vivir rodeada por la obra de uno de los pintores cubanos más extraordinarios que existe y que hoy, 14 de julio, cumple años, es decir, que tanto el creador como sus admiradores estamos de fiesta, porque nos hemos regalado, más que belleza, compañía fiel, presencia silenciosa, pero incondicional y activa.
Porque no pasa mucho tiempo sin que descubra y redescubra detalles sugerentes en los cuadros de Unzueta, que es un pintor de personajes intensos, preferentemente femeninos, lo que hace que su creación alcance unos niveles de universalidad bastante raros en la pintura cubana actual. Pararse delante de una de sus obras es realizar toda una lectura del alma del personaje, que se nos desnuda a través de una mirada, de un leve bailar de los finos dedos, de un deje en los labios, que lo mismo registra una intensa pasión frustrada que una noche de insomnio ebrio. Sus imágenes son infinitas como infinitas pueden ser las cumbres y vacíos del espíritu humano apresado en una época turbia.
Desearle felicidades a este dador de felicidades podría resultar demasiado convencional o frío. Yo prefiero darles las gracias por su presencia permanente en mi vida, en mi hogar, a través de esos pinceles únicos, que he visto crecer desde hace ya tanto. Gracias, Rami, por ser y estar para mí, para tantos, para siempre.

Sin cansancio para recordar

Por Ondina León ©

Hay pasajes en la historia de un pueblo que no se deben recordar ni mucho menos olvidar. Esta paradoja les ha servido a los judíos para sobrevivir al Holocausto y para cazar, organizada e institucionalmente, a los criminales que masacraron a millones de seres humanos y juzgarlos, estén donde estén y tengan la edad que tengan. Lo que establece una clarísima diferencia entre una venganza arrabalera de apandillados y una justicia de acuerdo con principios universales establecidos. Este paradigma lo debería tener muy presente el pueblo cubano en cuanto a su propia pesadilla del castrismo y los crímenes que se han cometido y se cometen a diario para cuando, al fin, logre liberarse, no renuncie a una justicia que hace falta para limpiar el alma de la nación.
Este 13 de julio se conmemora un aniversario más de la masacre cometida por el castrismo con el hundimiento del remolcador “13 de marzo”, en el año 1994. En el trágico acontecimiento fueron asesinadas más de 40 personas, incluidos diez niños. ¿Cuántos nos acordamos de la fecha religiosamente? No sé, pero no me atrevo a especular ante la desmemoria crónica que padece la mayoría de los cubanos, a la que le da náuseas recordar cualquier evento que le pueda perturbar su consagración a “resolver” sus miserias cotidianas, aquí, allá y acullá. ¿Han sido juzgados los autores, intelectuales y materiales, de semejante barbarie? No, todavía no. Y como este hay miles de crímenes impunes.
Cuba debería llamarse oficialmente “República de Matanzas”, porque, para ser tan corta, su historia como nación es demasiado violenta y sangrienta. Y esto desde el mismo instante del choque entre los aborígenes y los españoles. Aunque, si nos atenemos sólo a los hechos, el periodo de más violencia estructural ha sido el que corre —o más bien se despeña cuesta abajo, dando tropezones— desde el año 1959, cuando las masas enardecidas gritaban “¡Paredón, paredón!”, mientras le entregaban el archipiélago a una bandita de supuestos libertadores, hasta hoy, que siguen muriendo cubanos: en el Estrecho de la Florida, ahogados por las olas cómplices del castrismo; o en las cárceles; o en las calles de las insalubres ciudades devastadas; o en la lejanía de exilios infinitos, de una muerte lenta, sostenida y silenciosa. Pero, ¿qué se puede esperar de un país donde la casta gobernante le rinde culto a un asesino convicto y confeso, pero eso sí, fotogénico, como Ernesto Guevara? El “cheísmo” habla por sí solo de una identidad.
Todos los que estamos interesados en que se haga justicia en Cuba alguna vez, deberíamos sentarnos a desgranar, uno por uno, todos los días, los crímenes del castrismo. Pero no como un ejercicio patológico de víctimas masoquistas, adictas al dolor, sino como un entrenamiento de dignos sobrevivientes, que se empeñan en mantener viva la memoria histórica para poder hacer justicia, cuando Dios se acuerde de la triste Cuba y la libere con un milagroso golpe de amor —sí, todavía creo en los milagros. Porque sin memoria no hay justicia posible.
Cuando los estómagos del ser humano, esos que tienen hambre no sólo de pan, sino también de vanidades y prepotencias, se imponen sobre el espíritu, es inevitable la miseria total. Así que recordar, en este caso cubano, es iluminarnos la senda de la justicia y la libertad para que las pesadillas no se vuelvan a repetir en la historia.

Imprescindibles de Zoé Valdés

¡Feliz cumpleaños Ramón Unzueta!

























RAMÓN UNZUETA: LAS MURMURACIONES DE LOS ARCANOS

Abro el tarot, y de manera lógica, halo una carta hacia mí, es entonces que escucho los bisbiseos de antiguos espectros, como en un baile, cuando absorta de la música, fijas las pupilas en tu pareja, Y sólo atinas a oír los halagos provenientes de sus labios.

Lanzo la carta, en una maniobra del dedo, en la que consigo que un círculo lunar rasgue el espacio. Una uña partida, el cuello alto, la boca de cereza, ojos que se empinan hasta el cielo, o párpados que descienden a recoger esquirlas de diamantes en las aguas dulzonas de los ombligos. Los arcanos musitan, desde su cómoda posición de fluidos del recuerdo, y percibo imágenes oníricas que sólo podrían derramarse del pincel de Ramón Unzueta.

Mi recorrido a la obra de este pintor posee un nudo indestructible, el del encuentro, más bien hallazgo, de ambos, en el sueño. Nunca como ahora, en que han transcurrido más de treinta años, me he sentido más cerca del misterio de su pintura; porque nuestros encuentros reales se producen esporádicamente, pero cada día lo veo pintar en sueños.

La obra de Ramón Unzueta posee la fuerza narrativa de los daguerrotipos, o de aquellas viejas películas mudas, donde se captaba el instante en el que el padre de familia sucumbía herido de bala en la Primera Guerra Mundial, o más directamente de las novelas de Gérard d’Hauville, que no era otro que “otra”, una cubana, Marie de Regnier, casada con el poeta Henri de Regnier, hija de un inmenso poeta cubano José María de Heredia. Los retratos son como arcanos de un tarot que al voltearlos reflejarán los perfiles de un mundo vivido exclusivamente por la imaginación del pintor, como es el caso de Las Mujeres de Campo Florido, una de sus últimas series.

En el cuello bordado de escamas de pez, o en la tez de color delfín de esas damas se puede adivinar toda una historia, reservada, comedida, o desfachatada, a la que solo ha tenido acceso el autor.

La maestría de Unzueta se consolida cuando en sus arcanos murmullan las divas del celuloide, desnudas en espesos jardines donde el placer sólo puede ser pintado con leche y sudores aromatizados. Del ojo verdoso nace una fruta, que casi siempre posee la forma de la pera. De la boca una ciruela, una fresa, de la barbilla un mango. La pintura de Ramón Unzueta es una mezcla del Gaspard de la nuit de Aloysius Bertrand, ilustrado por Ravel, con un halo muy reminiscente de Archimboldo. Aunque en sus arcanos siempre habrá espacio para sus maestros, y homenajes secretos a Lucas Cranach el Viejo, al Greco, a Goya, y Tiziano. Ya sé, son demasiadas escuelas y estilos, por ellas hemos pasado juntos, sentados en el suelo de losetas frías, hojeando un viejo catálogo de un museo que hemos visitado muchísimos años más tarde.

La obra de Ramón Unzueta es como ese tarot de las emociones del que no te puedes desprender jamás, cada arcano sostiene una arteria de tu alma.

Zoé Valdés.









RAMÓN UNZUETA.

El título de la exposición es ya un motivo de sueño: « A la sombra de las muchachas en flor », À l’ombre des jeunes filles en fleurs. El libro mítico de Marcel Proust: À la recherche du Temps perdu, En busca del tiempo perdido. Obra (trece libros) que leí en español y en inglés antes de pasar al francés.
Como dije en una ocasión, soy un « fanático » de Ars Atelier dirigido por Zoé Valdés y Ricardo Vega (sin olvidar la jeune fille en fleur, Luna Vega Valdés), porque cada exposición es un motivo de placer estético y de encuentro amistoso.
Eso explica mi interés por la nueva exposición. Primer golpe: La sobriedad de los cuadros presentados. 7 cuadros. Numero simbólico. ¿Casualidad o magia santera? La exposición comienza el 7 de septiembre y finaliza el 7 de octubre.
Tres 7 igual: 21. Numéro de suerte.
Y Ramón Unzueta merece toda la suerte del mundo visible y de los mundos invisibles.
Segundo golpe. Las siete jeunes filles en fleurs tienen nombres. ¡Y qué nombres! María Immaculada, María del Mar, María de los Milagros, María Gilberte de las Nieves, Dulce María Odette, María Dolores y María Albertine Soledad. ¡Las siete Marías!
¡Atención! Entre María y María, Unzueta « cuela » tres nombres proustianos: Odette la coquette, Gilberte amor de infancia y sobre todo, Albertine, la pasion, la prisionera. Albertine, un amor de fuego que en realidad no era otro que, Alberto, el chofer y la pasión de Proust.
Unzueta conoce a fondo el tema y muestra (¡oh prodigio!) un sentido del humor tierno y feroz al mismo tiempo.
Tercer golpe (como acto tercero de una obra de teatro)… No sé por qué, imaginaba un viejo pintor enamorado de la literatura y del mar.
Una característica excelente de Ars Atelier es aquella de presentar siempre un documental del pintor y su pintura realizado por Ricardo Vega. Es así que yo estaba en el interior del salón y veía la película proyectada a la entrada del atelier. La veía de espaldas, es decir, al revés.
Cuando salí al exterior para ver el documento de frente, me di cuenta que se trataba de un joven pintor de cuarenta y ocho años. Fue entonces que Ricardo Vega me presentó al pintor en persona (quien luce mucho más joven que su edad) y pudimos conversar libremente.
Otro punto que nos une: Unzueta es un apasionado de películas mudas. Y admira, como yo también, a Alla Nazimova, la esposa gay de Rodolfo Valentino, el galán bisexual del Hollywood mudo.
El azul es mi color preferido. Blue is my color. Y puede que me equivoque pero me parece que las siete Marías tienen algo en los ojos que recuerdan los Bette Davis’ eyes.
Mirada coqueta de María Immaculada, mirada inocente de María del Mar, mirada un poco alucinada de la milagrosa María, hierática mirada de Gilberte quien conserva la tradición de Maria Odette, la mamá de Gilberte Swann, mirada trágica (bien sûr!) de la Dolorosa y mirada de reto de Albertine, la Prisionera en busca de su libertad.
Ojo, espectadores de la exposición. El humor de Unzueta va más allá de lo que sospecháis. Todas sus Marías tienen, además de ojos azules color de mar, cuellos exquisitos de cisnes. Le cygne. Swann es el personaje central que inicia la saga de Proust. Quítenle una n a Swann y nos queda Swan, cisne en inglés.
Hay pintores buenos. Hay pintores mediocres. Hay pintores malos. Y hay pintores que se colocan en otra dimensión. Para mí, son casos únicos.
Unzueta (apellido de orígen vasco) se coloca en esa categoría especial. De su obra, que es numerosa según el catálogo, no conozco más que los siete cuadros presentados en Ars Atelier.
Nadie sabe de dónde vienen los vascos. Nadie sabe cuál es el origen de la lengua vasca. Si Unzueta no es de origen vasco, yo lo designo como vasco de adopción.
En realidad, Unzueta, como todos los grandes artistas está más allá de países y de fronteras. Un marciano caído del cielo. Un delfín surgido del mar. Ese es el signo verdadero de todo gran pintor.
Gracias Zoé, gracias Gustavo, gracias Ricardo, por ofrecer a París la oportunidad de conocer un pintor de una calidad rara. Y si los franceses no llenan el atelier, y no compran los cuadros… Tant pis pour Paris!
Que las Marías, que María, madre de Jésus, den una larga vida a Unzueta. Para la gran dicha del arte de la pintura. Y del arte en general.

Eduardo Manet.
Escritor y cineasta cubano-francés.
Oficial de las Artes y de las Letras, Francia.
Premio Interallié, Francia.
Premio Goncourt des Lycéens. Francia.
www.eduardomanet.net

miércoles, 11 de julio de 2012

¡Felicidades Enaida!




Herejía con nubes
para Enaida Unzueta

Puedo ver en tus ojos
el vórtice del huracán,
la mala memoria de una playa,
la ternura que no se reconoce,
el arañazo de las patas de Sibila
en tus libros preferidos,
a la hora de la impuntualidad,
los equipajes y las blasfemias.
Puedo ver en tus ojos
la mala ortografía de una caricia
que se quiebra, como una porcelana,
por el hastío de los orgasmos
predecibles.
Puedo ver en tus ojos
el cansancio de los mártires,
los dibujos inconclusos,
la línea impura de la noche,
un malecón con nubes
y el alma de tus gavetas
bautizada por los hallazgos.
En tus ojos, el mundo
es una buena noticia.

sábado, 7 de julio de 2012

Da cólera en los tiempos del desamor.


Ondina León ©

El brote de cólera en Cuba, simplemente, me da cólera, una vez más. Es una cólera femenina, añeja, punzante y triste. Porque la isla posesa es un accidente, más histórico que geográfico, muy triste: es una pesadilla perpetua. Haberse ganado el sobrenombre de “La isla de las tres eses” —por las eses de sexo, sol y socialismo— hubiera podido ser un buen gancho para el turismo folclorizante del Primer Mundo, si esas palabras no se tuvieran que traducir hoy como prostitución o jineterismo barato, salvajismo tercermundista y dictadura castro-mafiosa y… enfermedades de miseria.
Y, ahora, mientras trascurre agónicamente el año 54 de esa locura colectiva, que se ha dado en llamar eufemísticamente “revolución”, hay personas muriendo en silencio de una enfermedad, que se había erradicado del territorio nacional hace más de cien años, es decir, mucho antes de la tan cacareada medicina castrista, esa que le hace tener convulsiones de placer “humanista” al repulsivo y venenoso de Michael Moore, el más anti-americano de los cineastas estadounidenses.
El cólera, que no la cólera —la que todos necesitamos, de vez en cuando, para ser dignos—, ha comenzado por el Oriente de Castrolandia y, como siempre, las fuerzas represivas están tratando de amordazar la realidad: “Aquí no pasa nada”. ¿Les sorprende? ¿Hay algo nuevo bajo el sol carnívoro de Cubita, la bella? No, esta reacción, visceralmente típica de los regímenes totalitarios, es la de siempre, como siempre.
Derrochando un optimismo panglosiano, el castrismo ha negado y niega la estela de muertos y lesionados, que dejan los múltiples brotes de dengue hemorrágico, del virus del SIDA, de la hepatitis, la conjuntivitis, la neuropatía periférica y cientos de males, menores y mayores, que engendran una higiene deficiente y una alimentación de raciones de guerra, sin estar en acción bélica con alguien. ¿O sí?
Sí, este es el resultado de la guerra que le ha hecho siempre el sistema mafioso-militar al pueblo: es el embargo del castrismo contra toda una nación. Pero, ¿por qué nos hemos hecho esto a nosotros mismos? ¿Por qué no hemos sido capaces de triturar las horribles cadenas que nos forjamos nosotros mismos sobre nuestras almas y nuestras haciendas? ¿Por qué nos seguimos suicidando sin estallar en una cólera emancipadora? ¿Por qué?
Barajo posibles respuestas —¿qué hacer con esta adicción a indagar mis destinos? — y, tristemente, concluyo que nuestro agudísimo individualismo y nuestra patológica falta de ética nos ha hecho llegar a ser lo que somos: un pueblo diezmado. Cuando no hay un sentido de destino colectivo ni un verdadero amor a la patria, los pueblos huyen a otras tierras y le dejan el campo libre a las dictaduras, que capean por su respeto y se eternizan.
¿Les resulta familiar el cuadro de desamor? Sin cólera, que no sea aquella digna de unos poquísimos que ya están o enterrados o transterrados, los cubanos hemos huido a las más disímiles latitudes y hoy, orgullosos, ya somos estadounidenses, españoles (¡qué ironía lo de la independencia!), mexicanos, argentinos, venezolanos, cualquier cosa menos cubanos, porque esta nacionalidad es una maldición de la que hay que huir. Nos importa la familia, pero no la nación.
Tal vez, algunos “patriotas” monten en cólera —esa que no tuvieron la virtud viril de tener para enfrentarse al mal— y piensen que soy una renegada, una cipaya o una amargada, que no ve el lado luminoso de la realidad. Pero por ese espíritu supuestamente festivo y festinado estamos como estamos: posesos de una esquizofrenia incurable. ¿Y dónde está la testosterona libertadora?
¿Nos merecemos este cólera, que probablemente se expanda hasta convertirse en pandemia, ahora que la economía del chinchal pinta de negro a la isla? No. Ningún pueblo se merece este tipo de catástrofe sanitaria en la que pagan justos por pecadores. Pero ojalá que estas mortales bacterias engendren una cólera colectiva que derrumbe, de una buena vez, los muros berlineses que nos ahogan, estemos donde estemos.
Me dicen que el castrismo tiene sus días contados, pero, ¿cuánto más durará? O mejor: ¿cuántos muertos más nos costará? Sólo Dios lo sabe… Mientras, desde mi estrecho agujero de desconcertada mortal, miro y veo y recuerdo estos versos de “cantando a lágrima viva, triste como la más triste, navega Cuba en su mapa: un largo lagarto verde, con ojos de piedra y agua”… Y lloro.