sábado, 28 de abril de 2012

El diablo en sotana




Por Ondina León ©

Ni tutú de tul ni zapatillas de ballet clásico; ni biquini color rojo puta pasión ni zapatos de tacón aguja de doce centímetros: si uno levanta la “ilustre” sotana del cardenal Jaime Ortega Alamino sólo hallará unas pestilentes botas castristas, calzadas en sus varicosos pies de traidor. Porque con la última página de infamia que ha escrito este prelado, desde los doctos salones de la Universidad de Harvard, el pasado martes, 24 de marzo, no hay lugar para la más mínima duda de que él pertenece al ejército de esbirros de los Castro.
Con su tonito de hiena repugnada y sus gesticos de perdonavidas santurrón, ha vuelto a salir del clóset político al sentar cátedra sobre la realidad en Cuba, haciéndose eco adocenado del discurso del “Granma” o de los altos capos de la mafia castro-comunista, que calumnian y reprimen a los disidentes, y arremeten contra el exilio “intransigente” (léase el más digno) de Miami. El diablo viste sotana, una bordada con los hilos de hiel de la injuria y de una cobardía sin fin.
Algunos alegan que este “moretón” de ortiga en el rostro de Cuba actúa así condicionado por el chantaje sistemático al que ha estado sometido por su homosexualidad; que su expediente en la tenebrosa Seguridad del Estado castrista ya está obeso por las pruebas —videos, grabaciones, testimonios de agentes…— de sus devaneos genitales, incluida una relación con un amante negro, agente castrista, y que ha sido confirmada en los medios de difusión por exoficiales de la represión. Al parecer, Ortega no ha tenido nunca presente la máxima que dice que “Tu verdad te hará libre”, porque para ser dignamente gay hay que tener valor. Y por esto actúa entre el fuego cruzado de dos dictaduras, la de los Castro y la de la “santa” madre Iglesia Católica, romana y apostólica, llena de aberraciones machistas, excluyentes y deshumanizadas, como el celibato, que le han permitido ser un poderoso estado ubicuo durante milenios, “por la cruz y con la espada”. A este cardenal en cadenas sólo le importa su estatus, no su dignidad: de deleznable se pasa.
Ortega está a años luz de esa otra cara real de la iglesia católica en Cuba, que a veces se ignora, la de las hermanitas de la Caridad, que cuidan enfermos; las de las monjas que trabajan mañana, tarde y noche en los leprosorios y asilos de ancianos; la de los curas que andan en bicicletas chinas, por los polvorientos y abismalmente tórridos puebluchos de provincia, con el estómago vacío, repartiendo medicinas, donadas por la “mafia” de Miami, y regalando esperanza a los pobres de la Tierra; la de esos fieles que honradamente creen en los preceptos, principios y dogmas del cristianismo y comparten con el vecino el buche de café (mezclado, por supuesto, con rayo coronado) y un milagroso “postre”, hecho con col rayada, pero que “sabe” a dulce de coco. Esa iglesia paridora del milagro de la sobrevivencia y que no tiene nada que ver con esta otra de altos jerarcas, que se trasladan en Mercedes-Benz, con aire acondicionado y chofer de guantes blancos, con sus cinturitas de obispo, no de avispas, y que les rinde pleitesía a los añejos verdugos de su pueblo.
De todas las iglesias posibles, este diablo en sotana pertenece a la peor de todas, a la vomitiva, no a la humana de la sed de agua, que redime y apoya a los “descarriados” con cojones, que quieren y necesitan una Cuba mejor y libre, para ellos y para sus hijos y nietos. Que este otro crimen de Ortega Alamino no pase inadvertido y que se tatúe en nuestras memorias, para hacer justicia algún día, ojalá muy pronto. Miserable cura, tan cerca del Vaticano y tan lejos de Dios.

domingo, 22 de abril de 2012

Las verdades inventadas


Por Ondina León ©

¿Qué diferencia hay entre una mentira y una verdad inventada? He aquí un dilema que siempre me ha acompañado, pero que en los últimos meses se ha exacerbado a raíz de una “asignación”, que me ha obligado a asumir una vieja y querida amiga, de esas a las que no se le puede decir un no. ¿Y cuál es esta misión imposible para mí? Escribir una autobiografía para una edición o antología de biografías de mujeres cubanas “ilustres”, intelectuales o escritoras, diseminadas por los cuatro rincones del planeta... ¡lindo proyecto!
Mi rechazo inicial, sin falsa modestia, es que no me considero una intelectual de alto vuelo ni mucho menos una escritora de pluma imprescindible, digamos, como una Dulce María Loynaz o una Juana Borrero, una Virginia Woolf o una Marguerite Yourcenar: de aprendiz no paso; de aficionada, sólo la vocación… Pero a mi docta amiga no se le puede decir que no, porque esgrime una y mil razones para convencerla a una. Y aunque luego le juré y le perjuré que mi vida no es nada interesante o heroica como para mostrarla en cueros, ella logró arrancarme el compromiso de que escribiría, nada y nada menos, que veinte cuartillas de mi vidita, porque yo sí tenía mucho que contar, aunque yo no lo creyera.
Náuseas, mareos, insomnio, falta de apetito, antojos raros, de todo hubo durante este embarazoso tiempo en que pergeñé la tela de araña de mi existencia reducida a veinte cuartillas. Y parí, finalmente. Aliviada y satisfecha por cumplir con el reto y quedar bien con mi amiga del alma, desconecté del dilema y comencé a vivir la ilusión de no tener compromisos pendientes. Pero, ingenua de mí, pobres de estos ojos hartos de mirar sin ver, a mis años, un buen día recibí por correo electrónico la evaluación de mi amiga, devenida feroz editora: “Tu autobiografía es linda, divertida y está maravillosamente bien escrita, pero…”. Cuando vi el “pero” dejé de leer, se me cortó la respiración y me levanté de un salto corriendo a buscar aire, porque presentí que algo apocalíptico iba a suceder en mi vida.
Al rato regresé con cautela y me senté delante de la pantalla de la computadora como quien espera sentencia de muerte, un viaje expreso al cadalso. Y, en efecto, después del “pero” decía: “…está incompleta y tienes que escribir más de otros aspectos de tu vida. Cuenta, aunque tengas que inventar…”. Y agregaba que yo tenía que reducir el puntaje de la letra, lo que implicaba muchas más cuartillas para sumar las veinte de marras.
Yo me quedé petrificada. ¿Es una autobiografía o un relato de ficción? El otro editor a cargo del proceso de este engendro editorial también me exigía que “inventara”, que para eso estaban las autobiografías. Lo cierto es que una nunca termina de aprender y que los dilemas están al acecho del más mínimo atisbo de paz, que una pueda inventarse, para saltar y agarrarte por el cuello. Yo, anciana niña, creía que los textos autobiográficos eran como un derroche de sinceridad en que se desnudaban las almas y se contaban hechos reales de vidas más o menos intensas. Pero parece ser que tenía el concepto equivocado. Luego, es inevitable que, cuando una habla de sí misma y de las horas de vuelo acumuladas en el duro oficio de existir, una sea juzgada y no sólo por los críticos especializados, sino también por todo aquel que lea el bendito texto, incluso familiares y amigos y hasta la posteridad, si acaso.
Y por muy hipertrofiado que una pueda tener el ego, creo que también hay como un pudor o recato que impide que una pueda ser del todo transparente o que se decida a hablar de ciertas etapas o acontecimientos personales. ¡Qué dilema! Ser o no ser la Ondina que he sido y que me ha tocado ser. O ser o no ser la Ondina que me hubiera gustado ser, a pesar de mí misma. O ser sólo la mitad de la que he sido para sentirme menos vulnerable. Pero ya Antonio Machado lo advirtió, en boca del sabio Juan de Mairena, tan apócrifo como real: “¿Dijiste media verdad? Dirán que mientes dos veces, si dices la otra mitad”. Otra vez, ¿qué hacer?
Ahora, heme aquí, sentada en el potro de tortura, frente al horizonte infinito de la página en blanco, lienzo virtual en el que tengo que pintarme, aun más desnuda, para perfilar algo parecido a una mujer “con vida”. Barajo y barajo pasajes de mi existencia, a partir de ciertas pautas dictadas por mi amiga —como “el primer amor”, “historia de una cicatriz que tienes en la cara”, “tu paso por una celebérrima institución cultural cubana de la que fuiste expulsada por anticastrista”—, y no se me ocurre nada. Porque, ¿qué contar que no termine resultando ridículo, cursi, melodramático o tremendista? ¿O hay que sazonar la vida con algo realmente escandaloso? El primer amor, ¿es el del puro sentimiento o el del primer encontronazo sexual? ¿Es emoción o es retortijones de hormonas o un mejunje de ambos? Y si digo que mi primer amor fue a los cinco años, cuando me enamoré de Marcel, un niño rubio de ojos verdes, un suspirito con pantalones cortos, ¿no habré caído en el abismo de la cursilería? Y si cuento que perdí la virginidad a los catorce años, con un vecino de 37, hermoso y casado, ¿no me juzgarán como una puta precoz? Pero si cuento que fui virgen hasta los veinte años y que “perdí la inocencia” con un extraño, que conocí en la calle y que a la media hora me tenía entre sus brazos y, sobre todo, entre sus piernas, ¿no me juzgarán como una boba retrasada y enloquecida, que perdió el tiempo y se inició con la pata izquierda? Y si confieso que he sido adúltera, con el cuerpo y/o con el alma, cientos de veces, ¿no me declararán inmoral, reduciendo la ética a la genitalidad? ¿Qué pensarán mis nietos de la vida erótico-sexual de su abuela? A veces, un silencio sutil dice más que una ristra de “escandalosas” revelaciones, porque no se mata al misterio ni a la imaginación ajena y se preserva la poesía de cada vida humana…
Porque hay una frontera invisible, pero implacable y monolítica, que el alma trémula y sola se niega a traspasar, so pena de perder un patrimonio que sólo le pertenece a ella. Ya no se trata del pavor a ser juzgada, sino es una cuestión de supervivencia y de identidad: para llegar a alcanzar aquel ideal griego de “Conócete a ti mismo” una sólo se puede desnudar ante sí misma y ante Dios, pero no ante los humanos que, mortales del Caos Supremo, caerán en la tentación de juzgar todos y cada uno de los vericuetos de un alma, para no tener que juzgar la propia, tal vez. Es imposible vivir sin juzgar.
Y si invento mis verdades, esas eróticas, políticas, vitales, ¿qué ganaría? Sólo a Dios le podría importar un juego de máscaras y de identidades asumidas para conformar una personalidad que, al final, no haría más que alimentar el caos humano que es la existencia, creo. ¿O será que me falta fantasía para vivir y definirme viviendo? No sé. Estoy muy confundida y creo que moriré sumida en un claroscuro de realidades inciertas. Volviendo a Machado, concluyo: “Se miente más de la cuenta por falta de fantasía: también la verdad se inventa”. ¿Está claro? Mientras, la página sigue en blanco…

jueves, 19 de abril de 2012

Little Ashes (tráiler)

"La otra vuelta de tuerca: Sin límites (Little Ashes). Mucho se ha escrito y especulado sobre la relación que mantuvieron Salvador Dalí y Federico García Lorca. Sin límites ahonda en esa intensa amistad, centrada sobre todo en la relación, siempre insinuada aunque pocas veces expuesta, entre el pintor y el poeta".

martes, 10 de abril de 2012

Verde, maduro...¿podrido?

Por Ondina León ©

En el cine, al igual que en literatura, la simple elección de un tema en particular, de los que pueden ser llamados “interesantes”, “profundos”, “polémicos” o “dramáticos”, no garantiza tener méritos artísticos ni obtener unos resultados estéticos encomiables. El arte es, ante todo, forma, estructura, formato clásico o novedoso, conservador o revolucionario, pero siempre andamiaje sólido de forma con un contenido. Seleccionar el para algunos espinoso asunto de la homofobia o del homoerotismo para realizar un filme, por muy “valiente” que pueda parecer a primera vista, y mucho más en la Cuba actual, no es, en sí mismo, un mérito mayor. Tal es el caso de “Verde, verde”, la más reciente película del veterano director cubano Enrique Pineda Barnet, de 78 años, y una filmografía que incluye obras como “Giselle”, “Che”, “Guillén”, “Mella”, “Aquella larga noche” y “La bella de la Alhambra”.
Para algunos críticos, “Verde, verde” viene a ser como el cierre de un ciclo, dentro del cine cubano, que abrió la mediocre y tendenciosa “Fresa y chocolate”, de Tomás Gutiérrez Alea, hace 17 años, aunque en el lapso, el tema de la homosexualidad y otros asuntos afines, como el travestismo y la prostitución masculina, haya sido tratado en otras cintas, como en “Mariposas en el andamio”, de Luis Felipe Bernaza, y “Chamaco”, de Juan Carlos Cremata. Si esta cinta de Pineda Barnet es, digamos, el colofón artístico del tema, entonces todavía falta mucho por hacer en el séptimo arte cubano para ver si llegamos a tener una obra respetable y de trascendencia, algo así como nuestra “Querelle de Brest”, o “Muerte en Venecia”, “El beso de la mujer araña” o “Brokeback Mountain”, todos clásicos ya.
Porque “Verde, verde” podría dejar un amarguísimo sabor de boca en el espectador con su teatralidad acartonada; con esos diálogos insípidos de aires didácticos y adoctrinadores —también el llamado a la tolerancia puede ser un sermón indigerible— que, por tener, tienen hasta disparates en español (“intimidar” por “intimar”) y en el inglés del pretendido enfermero naval “políglota”; sus recursos metafóricos trillados —la carrerita constante y cansona por esos pasillos y túneles oscuros, con sus cercas aprisionadoras—; las actuaciones rígidas y/o anodinas de los protagonistas —Carlos Miguel Caballero, “el malo”, es el que más sobreactúa—, incluida la de una muda (como siempre) Farah María que, lejos de ser “La Dama Seductora”, termina siendo una patética “Señora Muerte Anunciada”, ya muy mayorcita como para seducir a alguien, aunque sea con la paz de los sepulcros; las coreografías seudoeróticas son aburridísimas; las pinturas de Rocío García, que salpican el filme en los momentos más inapropiados y que no dejan huella estética ninguna; las escenas de intensidad erótico-sexual absolutamente inverosímiles, sobre todo por tratarse de una supuesta iniciación o desfloramiento, que llegan a ser grotescas, no por ser entre dos hombres (bellos, por demás), sino por ser burdamente teatrales y panfletarias, y puestas en función de un “pathos” demasiado obvio .
Y, por fin, ¿qué pretende ser “Verde, verde”? ¿Una parábola? ¿Una película de tesis? ¿Un cuadro simbólico de la homofobia? ¿Una versión tropical de tragedia griega en que no hay nada impredecible? ¿Una pintura de la realidad cubana machista? ¿Una catarsis personal de un director casi octogenario? Llama poderosamente la atención que, en gran medida, el ambiente del filme está descontextualizado, tal vez con la intención de acercarse más a la etiqueta de “obra poética” que al cuño de “obra realista”, pero el espectador podría echar de menos los contextos socio-económicos e históricos de la Cuba de hoy, con su peligroso submundo de jineteras, pingueros y chulos, en los que también se “ejerce” la homosexualidad como un medio de sobrevivir a la miseria humana y material, que 53 años de dictadura castrista han entronizado en la sociedad.
Así, el personaje del enfermero naval, que interpreta Héctor Noas, se vuelve doblemente inverosímil al tener como refugio personal un hangar, “con de todo”, en un muelle de un puerto, tal vez el de La Habana, no queda claro. ¿Y el bar donde comienza la trama, qué es? ¿Un antro gay, un barcito bisexual, o un templo de la promiscuidad y el hacinamiento para drogarse o hacer “transacciones humanas”? Tal vez sea un espacio-gueto habilitado por la Santa Madre Mariela Castro de “Masputa”, cuyo Centro Nacional de Educación Sexual estuvo involucrado con esta película, para los gays y lesbianas “revolucionarios”, los que apoyan al régimen y aplauden sus congas callejeras para periodistas extranjeros y turistas trasnochados. Porque ahora, el “humanismo” castrista financia operaciones de cambio de sexo para los homosexuales que lo necesiten, pero manda a la cárcel (como lo ha hecho siempre) al homosexual que se le ocurra ser disidente o cuestionador de la realidad monolítica de la isla posesa: doble rasero del control de almas en pena.
“Verde, verde” es una película que todos deberíamos ver, o tendríamos que ver como parte del seguimiento de un tema humano universal, en un mundo muy enfermo, en el que en muchísimos países del África y Asia, sobre todo en los musulmanes, se condena a muerte o a cárcel a los homosexuales, hombres y mujeres, y en el que las iglesias y religiones, incluida la católica, siguen considerando como una aberración el amor entre dos personas del mismo sexo. Se agradece el interés en la lucha contra la homofobia, pero se añoran mejores resultados estéticos y artísticos en esta obra de Pineda Barnet, que no está verde ni madura...

jueves, 5 de abril de 2012

Cristo mejor que Castro


Por Ondina León ©

Es probable que sus jefes lo obliguen a ponerse de rodillas para implorar perdón. O, tal vez, él mismo salga a decir que fue un “error”, un descuido imperdonable, un tropezón protocolar. Quizás se hable de guerra mediática, de conspiraciones de la CIA, de manipulación burda de un descuido. A estas alturas de la kafkiana historia cubana una no puede ni debe confiar en la alta jerarquía de la Iglesia Católica en Castrolandia. Sin embargo, las imágenes, que hoy le están dando la vuelta al mundo, hablan por sí solas: Monseñor Dionisio García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, y Presidente de la Conferencia Nacional de Obispos Católicos de Cuba, se negó a darle la mano a su Majestad Castro II, durante un acto oficial por la visita del Papa Benedicto XVI a la isla posesa. Es evidentísimo que fue un acto premeditado de dignidad que el prelado quiso cometer, tal vez, para compensar las lamidas de botas que otros altos jerarcas de la mafia católica, como el Cardenal Jaime Ortega Alamino, nuestra vergüenza nacional, le han venido haciendo al castrismo, nuestro cáncer nacional, para recoger alguna paupérrima migaja, como el feriado nacional por este viernes santo, “con carácter excepcional”, según el dictamen oficial.
Con este martiano gesto viril, que dejó al tirano de turno como la novia, vestida de blanco ante el altar, Monseñor Dionisio García se puso a la altura de su antecesor Monseñor Pedro Meurice Estiú, quien en el año 1998, durante la visita del Papa Juan Pablo II al reino de los Castro, pronunció un encendido discurso contra la tiranía castrista y a favor de la libertad y los derechos humanos, advirtiendo, incluso, que no se podía permitir confundir patria con partido o estado. Estos hombres terminan siendo tan excepcionales, dentro de la decadente y putrefacta iglesia católica, que merecen todo nuestro aplauso, como condena merecen los otros prelados, pérfidos y adocenados. Porque ver al Papa Benedicto XVI tomar en sus manos las ensangrentadas manos temblorosas de Castro I produce náuseas de rabia. Esa media hora que este papa le dedicó, servil y amorosamente, al muerto en vida del peor dictador de América Latina es un insulto a la patria y al mundo libre, a las Damas de Blanco —a las que no quiso dedicarle ni un minuto— y al futuro de todos.
Ahora, Dionisio García habló alto y fuerte, sin pronunciar palabras, y le gritó al mundo entero: “No le doy la mano porque es la del tirano que tiene sojuzgado a mi pueblo y está llena de sangre y horror”. Este Raúl Castro es el mismo de los fusilamientos en la fortaleza de La Cabaña —a dúo, sí señor, con el asesino de Ernesto Guevara—; el de la UMAP, con su secuela de suicidios y locuras; el de la Zafra de los Diez Millones, que sólo trajo hambre y destrucción; el de las campañas militares en África, que tantos muertos nos costaron; el de los sangrientos actos de repudio cuando el éxodo del Mariel; el que ordenó el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en aguas internacionales; el del Periodo Especial, pesadilla wayleriana sin fin; el de la represión y el hambre de hoy…
Hay que tener mucho valor para decidir públicamente “agredir” a un tirano y no darle la mano o hacerle una reverencia. Y lo digo porque personalmente viví una experiencia similar, hace ya muchísimos años, y todavía hoy me lleno de orgullo, por mi valentía y mi dignidad, y me miro al espejo con regocijo por mi “hazaña”. El caso es que, un buen día, todos los empleados de la institución cultural en la que yo trabajaba en aquel entonces fueron invitados, como claque diligente, al Palacio de la Revolución, donde Castro I iba a condecorar con no recuerdo qué orden a un personaje extranjero, “amigo de la Revolución”. Después de la solemne y ridícula ceremonia, los discursos y los aplausos, fuimos “premiados” con la presencia cercana de Fidel Castro, que bendeciría a los allí presentes. La mayoría daba salticos de emoción pedestre ante la imagen viva de aquel dios todopoderoso, pero yo me negué a acercármele y a darle la mano, a pesar de la insistencia de mi asqueroso jefe, que me exigía que no fuera tímida ni penosa. Por suerte, durante aquel combate heroico por mi dignidad no estuve sola, porque cuatro compañeros de trabajo dieron la misma batalla y no le dieron la mano al verdugo de nuestro pueblo, cerrando filas conmigo. Ni menciono sus nombres porque, a pesar del tiempo, el largo y sanguinario brazo del castrismo podría tomar represalias contra ellos, estén donde estén, pero ellos saben que les estoy eternamente agradecida por haber compartido esos momentos cruciales. No mucho tiempo después yo fui expulsada de aquella institución cultural “por problemas ideológicos” y por otros muchos desafíos que cometí, iniciando así mi vía crucis como descastada social, que terminó en exilio. Así que puedo comprender perfectamente a Dionisio García y su gesto casi suicida ante los poderes de su iglesia y de la tiranía: al César lo que es del César…
Cuando vi las imágenes de este desaire histórico me dije: “Cristo derrotó, por un segundo, a los Castro”. Cristo mejor que Castro, siempre. No todo está perdido y en el corazón de algunos hombres y mujeres extraordinarios se está fraguando un nuevo amanecer para todos, digamos, metafóricamente, que “pronto”. Dios, danos la fuerza y el coraje para ser dignos cuando parece que todos no lo son. ¡Amén!