sábado, 31 de marzo de 2012

Lazos de vida


Por Ondina León ©

Salmón, champán, helado, sonrisas, ocho invitados exclusivos, sus mejores amigos… ¿Qué celebraban? La vida en común, 61 años de matrimonio, cinco hijos, sus lazos de vida… ¿Y luego de la celebración? Los periódicos traen la noticia... A él lo hallaron muerto de un tiro, segundos después de haber… ¿matado?... a su esposa. Pero, ¿la asesinó o la liberó? ¿Se hizo justicia o se cometió un horrendo crimen? ¿Qué pasó? ¿Por qué?
Porque ella, Adrienne, padecía del mal de Alzheimer, desde hacía seis años, y su vida cada vez era menos vida: era sólo un tiempo que transcurría sin memoria, sin anclas echadas a la realidad, sin esperanza de regresar a esos horizontes de luz, cotidiana y vital… Para él, Charles, su vida era cada día menos vida, porque se iba quedando cada vez más solo en compañía de su mujer, que era cada vez más un árbol sonriente o una piedra amorosa. ¿Con quién podría conversar o compartir sueños? Además, su corazón se estaba apagando lentamente, como un ocaso, y sus rodillas le flaqueaban, humillándolo como sólo él lo sabía. El ultraje de los años iba venciendo y no había música ni poesía que pudieran salvarlos, pero sí el amor cómplice...
¿Pactaron sus muertes? Probablemente. Después de haber vivido toda una vida compartida, cada cual es dueño del tiempo del otro. La otredad se vuelve, irremediablemente, unicidad. La fusión de almas es total. Es el amor. Por esto Charles, en su última cena, brindó por su mujer y por sus amigos, y no por el éxito financiero ni por el presidente de turno ni por la reina de Inglaterra: fue el triunfo del amor. Ni todo su dinero ni sus logros, que fueron muchos, terminaron siendo sus galardones ni trofeos, pero sí lo fueron su compañera y sus amigos, esos otros amores imprescindibles para vivir.
Charles hizo lo que debía hacer, desde el principio que ambos conocieron que ella padecía Alzheimer. Primero, no la internó en un asilo, como Adrienne le pidió, sino que la cuidó con devoción en su propia casa. Religiosamente la acompañó por las brumas de su desmemoria, como ella había hecho con él, toda su vida, endulzándolo, comprendiéndolo y amándolo, aun en sus peores defectos y desatinos de animal impaciente y gruñón, como “hombre de éxito”. Y ahora la liberó y se liberó de una muerte en vida, sin retornos.
Las religiones, las leyes, las “buenas” costumbres podrán condenar el hecho y sentenciar que nadie está facultado para quitarle la vida a alguien, ni quitársela a sí mismo, que sólo Dios puede hacerlo y que la ciencia y la medicina tienen que luchar, hasta el último aliento, para evitar el último suspiro. Sin embargo, desde el fondo de mi corazón y desafiando los convencionalismos, creo que ellos hicieron lo que debían hacer y creo que Dios no los va a condenar por este acto supremo de partir juntos hacia… ¿otra vida?
“Ama y haz lo que quieras”, dijo el sabio de San Agustín, acuñando una de las máximas que he tratado de esgrimir toda mi vida para actuar o juzgar con un mínimo de sentido de la justicia, porque sólo el amor nos permite obrar con impunidad. Y creo que Charles Snelling y su esposa, Adrienne, actuaron por amor: no se abandonaron ni con el pensamiento, nunca.
Ni eutanasia ni muerte asistida ni pacto suicida ni crimen: sólo la palabra amor debe ser entre dicha, con respeto, cuando comentemos esta noticia que, en un mare magnum de miserias y calamidades humanas, nos grita que no todo está perdido y que una historia como esta salva al planeta de sus inexorables giros por una galaxia de horrores. ¡Descansen en paz, Charles y Adrianne! ¡Viva el amor!

lunes, 26 de marzo de 2012

Los dones de la soledad

Soledad
12" x 18" oil on cardboard


Por Ondina León ©


Impresionada y conmovida, como la lira de la canción “Longina”, me acerco a la obra y pregunto: “¿Es una acuarela, verdad?”. No, no es una acuarela, aunque haya transparencias hídricas y ondas como de piedra insertada en un lago: es una pintura al óleo. Sigo al próximo cuadro, me consterno ante la imagen andrógina y declaro: “¡Esto sí que es un pastel en cartulina!”. No, no es un pastel, aunque la ligereza de los colores y el degradé de los tonos del traje puedan crean una atmósfera de sutil irrealidad: es otra pintura al óleo sobre lienzo. Y así, sucesivamente, ni el ojo más experto tiene probabilidades de acertar, ciento por ciento, ante una obra del pintor cubano Ramón Unzueta: tal es el virtuosismo técnico que ha alcanzado este maestro del pincel con el óleo, el pastel o la acuarela.
Sin embargo, este artista no peca de ser estridente, como algunos músicos que derrochan técnica interpretativa, pero que terminan mareando a cualquiera, sino que su destreza y formación cumplen una función ancilar en su talento para pintar universos humanos. El virtuosismo técnico está puesto en función de retratar almas, sobre todo las femeninas, a las que Unzueta le rinde culto. Porque si bien en su ya vasta obra plástica hay naturalezas muertas, hombres diversos —marineros sensuales, ángeles, guajiritos—, paisajes urbanos o algún que otro cuadro marino, el peso de su obra está en sus retratos de mujeres, de todos los tipos, razas, edades y profesiones, que están más allá de lo puramente decorativo por su belleza o por sus gestos caricaturescos o esperpénticos, que provocan.
Sus pinceles se han dedicado a trazar radiografías del espíritu femenino y las circunstancias que lo han condicionado. Y esta maestría la ha alcanzado trabajando hasta el delirio para entregarnos una aparente sencillez en la composición, pero que tiene claves vitales, que tenemos que decodificar si queremos llegar a la esencia final del mensaje o la sugerencia del cuadro que tenemos delante, cuajado de pasiones. Una combinación del título de la obra —que muchas veces es creación de su hermana, Enaida Unzueta, quien dirige su galería de arte en Miami— con los colores y sus matices, los trajes, las miradas, los gestos, un trozo de paisaje que se filtra por una ventana, una radio antigua, que uno enciende en la imaginación, una tendedera de ropa en un balcón, un papalote en el cielo, pueden llevarnos, o tal vez obligarnos a saber si esta imagen femenina es la de una sufridora en La Habana, que espera abúlica por un milagro redentor, tal vez un amante que la rescate del encierro en su castillo de miserias; o si se trata de una gozadora parisina de los locos años 20 del siglo pasado, que acaba de ajusticiar con su silencio, cigarrillo en mano, al amante de turno, al estilo de Coco Chanel.
Todo puede suceder en este universo infinito de solitarias señoras: mulatas habaneras; geishas; actrices del Hollywood de oro; sevillanas sensuales; gordas felices; todas con una historia personal que nos cuentan, silenciosamente, sus miradas inevitables; sus labios carmesíes; sus accesorios de belleza; sus pechos ensangrentados de pasiones… Un mundo pletórico de aventuras y desventuras, que se manifiesta desde la soledad, porque rara vez estas imágenes están acompañadas por alguien.
Los cuadros de Unzueta destilan soledad, ese estado del alma en el que, tal vez, seamos más auténticos y en el que siempre nos podemos comunicar con Dios. Para este artista —yo lo siento: yo lo sé— la soledad es un don que engendra dones, como el milagro de llegar a conocernos a nosotros mismos; o como el prodigio de estar en comunión con el universo.
Uno de los graves males de nuestra civilización es que el ser humano ha perdido la capacidad de quedarse a solas consigo mismo, en silencio, paladeando la vida y su intensidad misteriosa. El hombre de hoy necesita estar consagrado a algo o alguien, permanentemente, sin ejercer el don de la contemplación. Cuando no estamos sumergidos en un mar sonoro, que cada día más es ajeno a la música, estamos atragantándonos de imágenes simiescas de la televisión o el cine, con toda su arrogante descarga de violencia, sangre, sexo animal o traumas sociales. Cuando no estamos cautivos de un juego virtual, estamos atrapados en la tela de araña de las redes sociales, aparentemente exhibiendo nuestras viditas y sus mareas. Cuando no estamos matándonos con la comida, estamos fumando, ahogándonos en alcohol o, vade retro, quemándonos en la hoguera de las drogas. No sabemos estar ni con las manos vacías, por un instante, para atrapar toda la grandeza de Dios...
Pero aquí es donde el arte de algunos artistas elegidos, como Unzueta, nos hace un llamado al orden o a un equilibrio imprescindible, aunque efímero, para seguir en comunión con el universo. Los personajes de este pintor de pintores nos regalan sus soledades con sus dones: la dignidad de la que cayó y se volvió a levantar; la que cultiva la esperanza del amor; la sombra del pescador que se fue y sigue estando en sus hijos, pescadores de belleza; la que se aferra a la última hojita de un árbol para vivir en la raíz de la nada, que nos conforma… Uno de sus cuadros más recientes es, tal vez, el súmmum de su concepto de la soledad y sus dones. En “Soledad”, ese mar de sombrillas rojas que se recorta contra un cielo borrascoso, se da la paradoja más tremenda de la soledad en compañía. Esa sombrilla que aparece al fondo, como levitando hacia unas alturas inciertas, nos dice que quizás la única forma de alcanzar el cielo es separándonos del rebaño, renunciando, hasta donde sea posible, al espíritu gregario para, como lobos esteparios, llegar a ser uno mismo. El cielo de la obra es negro, turbulento, pero las claridades del horizonte, tal vez, sean las claves de una esperanza renovada.
Unzueta es un pintor de múltiples lecturas porque él, como ser humano, es de una riqueza infinita y no sólo por su cultura, sino también y sobre todo por su condición humana, por su genio creativo. Otros verán en “Soledad” una obra deprimente, pero yo sólo alcanzo a ver un cuadro impactante, fuera de serie, que condensa una cosmovisión: somos, en última instancia, el fruto jugoso de nuestras soledades, de las que venimos y hacia las que vamos. Gracias a Dios, y ojalá que hasta la eternidad, la soledad de este artista y sus obras excepcionales nos acompañan ahora, en este presente, tan difícil y tan maravilloso, como siempre ha sido.


Turandot
9" x 12" oil on canvas



UNZUETA & UNZUETA
UNZUETA GALLERY
1607 SW 8 ST
Miami, FL 33135
(305) 788 5250
unzuetagallery@gmail.com
www.ramonunzueta.com

domingo, 18 de marzo de 2012

Papa con sal al horno


Por Ondina León ©

¿Habrá algún cubano en Cuba que sea capaz de quejarse o protestar por algo? Como marchan las cosas, sólo algún ingrato empedernido podría poner en duda el bienestar que se va alcanzando con la maravillosa y etérea gestión del iluminado gobernante Raúl Castro, “El Monarca Ligero”. Por tener, ahora los habitantes de esa isla tienen ¡sal por la libre! No se ha especificado que sea sal importada de Canadá o China, o de salinas cubanas, pero es sal libre, luego de 53 años, y por algo se empieza, ¿no?
Y muy pronto, hasta tendrán Papa. Y como el territorio es un dulce y perpetuo horno tropical, donde van a achicharrarse turistas canadienses, españoles o italianos, el plato de primera está servido: papa con sal al horno. Al menos no habrá razones para quejarse del sabor, porque papa sin sal es sinónimo de bocado soso, desabrido, insípido, aburrido o insulso, vocablos ajenos al archipiélago divino del Caribe.
Pero no sólo de sal vive el hombre y la mujer en Cuba: también hay otros aderezos que harán que las noticias procedentes de esta latitud sean “bocatto di cardinale” para el Universo, que tan mal anda a la deriva. Hay un cardenal que se ha convertido en estrella nacional, gracias a sus piruetas verbales a favor del régimen que lo prohija. El susodicho está, manguera en mano, haciendo baldeo general para la visita de su ilustrísima en jefe y, en su frenesí, hasta llegó a expulsar de uno de sus templos a unas alimañas que pretendían ver al papa —que no a la papa, que se les prohibió, no sé por qué…— durante su fugaz, pero decoradito paso germánico por la isla.
Yo lo veo todo muy bien y no es que padezca de un optimismo panglosiano, no. Pónganse a pensar en cuántas bendiciones han llovido sobre la isla recientemente: ha desaparecido la carne de puerco, y no es que los habitantes se vayan a convertir en musulmanes, sino que hay planes para bajar el colesterol colectivo; los frijoles negros son todo un lujo, que se paga a precio de oro, lo que conviene para reducir el hierro en sangre (el exceso incita a la rebelión); el café no es café ni nescafé, lo que es una bienaventuranza para el mundo, porque así nadie se excita y se disfruta de un dulce sopor nacional —ya sabemos que los cubanos, por hablar, le hablan a las paredes, y esto es por culpa del café ciento por ciento puro—; las que ayer fueron calles agujereadas y en ruinas, bordadas de edificios fantasmas ebrios (¡por culpa del embargo yanqui, claro!), hoy florecen abarrotadas de carretillas y chinchales en los que se venden, a precios de Mónaco, jugosas papayas de Alemania; potentes plátanos machos de Finlandia; tomates cálidos de la Antártida; aguacates lubricadísimos de Alaska y guayabas de Macondo. ¿Para qué hace falta la producción nacional? Ahora siguen siendo calles agujereadas y en ruinas, bordadas de edificios fantasmas, pero con alimentos terrestres cosmopolitas, precios celestiales, ensartados en nubes blancas y boterianas, y consumidores satisfechos y soleados: ¿se puede pedir más? La saludable esbeltez del cubano es envidiable…
Por si fuera poco, para darle el toque de gracia a esta estampa paradisiaca, los que ayer fueron enemigos del ilustre gobierno de los Castro, que tanto se ha sacrificado por el bienestar del pueblo, ahora son solventes y respetuosos amigos que, con el alma en la mano, van y viene, desde los ocho puntos cardinales, ofreciendo sus corazones fenicios, ávidos de comerciar, anhelantes de darle más luz y más color a lo que ya prácticamente no se puede mejorar más, porque es óptimo y respetuoso.
Y estos empresarios de la luz (es una linda metáfora: no van a electrocutar ni a electrificar a nadie) hablan de reconciliación y de paz, como si ya todos no se hubieran reconciliado hasta con la paz de los sepulcros más pulcros, en un violento ejercicio de humildad arrogante…
No sé, pero yo lo veo todo tan, pero tan bien, que cuando el Papa oficie su misa voy a sentir que está cocinándose para la mesa nacional un delicioso y nutritivo manjar de manjares, con la sal (libre) de la vida en la más mágica de las islas posibles. No en balde los cubanos se consideran el pueblo elegido y cualquiera lo puede creer, aunque no sé muy bien elegido para qué, pero ya esto es una insignificante duda de una mujer, como la sal de ahora, libre y por la libre, que vuelve a su cocina, pero no a meter la cabeza en el horno…

miércoles, 14 de marzo de 2012

Sin esperar ni esperanza


Por Ondina León ©

Los medios de difusión masiva nos traen la noticia de que unos opositores pacíficos cubanos se han comenzado a atrincherar en iglesias católicas. Hay trece —¡qué número tan simbólico!— en la Iglesia de la Virgen de la Caridad del Cobre , en Centro Habana. ¿Qué reclaman? Que el Papa Benedicto XVI, que estará de gira turística en la isla posesa del 26 al 28 de marzo, los reciba, los escuche con paciencia benedictina y que interceda por ellos ante los Castro y sus esbirros para que no los repriman, para que liberen a los presos políticos y para que aumenten los salarios y pensiones de acuerdo con la elevada carestía de la vida en ese accidente geográfico... ¡Que no, señores, es el Papa, no un mago intrépido!
No sé, pero me parece que cada día mi esquizofrenia es mayor o que estoy chocheando, porque me parece absolutamente esquizofrénico que se le pida a un tirano y su corte de prelados, regordetes y ensotanados, que ablanden a otro tirano y su corte de acólitos sanguinarios. No nos engañemos: la visita papal al reino de los Castro es una cumbre de poderes absolutos, falocéntricos y represivos. Si totalitario es el castrismo, más lo es la iglesia católica, que lleva miles de años torturando, quemando personas y libros, excluyendo, excomulgando, controlando almas y propiedades, cobrando su diezmo para alimentar su parasitismo productivo. Lo que estos opositores están pidiendo es que un verdugo convenza a otro verdugo de que no torture a su víctima, renunciando a su propia naturaleza, en un prodigio difícil de alcanzar.
Según las declaraciones del moretón de Jaime Ortega, al que el castrismo le regaló ayer media hora en pantalla televisiva para satisfacer su vedetismo baboso, el representante de Dios en la Tierra (¿quién le habrá dado ese titulito?) tiene una agenda muy apretada en la que no hay ni un minuto para las Damas de Blanco o para cualquier otro incómodo insecto socarrón, que le quiera echar a perder su aquelarre y sus misitas en los mismos escenarios donde se han manifestado las bestias mayores. Pero para chuparle las botas a los Castro sí hay tiempo y espacio; para bendecir a los verdugos de Cuba sí hay que correr con la sotana levantada y el alma en vilo, por no decir otra barbaridad obscena.
Y si estos opositores, como afirman, lo que quieren es llamar la atención para que se sepa que en Cuba hay oposición, les pregunto: ¿cuál? ¿La pacífica? ¿La del cartismo estéril? ¿La simbólica y romántica? Hasta ahora, las dictaduras siempre han ofrecido una resistencia tenaz a cambiar su esencia, porque esto implica la muerte de las castas y mafias que la sostienen. Lo de Gandhi fue un milagro que contó con la movilización de las masas, pero en Cuba, sólo unos huesos sueltos son los que dan la batalla y las masas son eso, triste volumen físico en el que brilla la ausencia de hambre de libertad.
La alta jerarquía de la iglesia católica cubana, tan sumisa y adocenada, está pidiendo que los templos no se conviertan en trincheras políticas, entonces, ¿para qué están los templos? Si Dios es amor, Dios es libertad y dicha, y es en su casa, en sus iglesias, donde hay que rezar y seguir la sabia máxima de “A Dios rogando y con el mazo dando”. O aquella otra de “Por la Cruz y con la Espada”: obras son amores.
No sé si esto lo podrá entender una bloguera dizque crítica del régimen, sí, esa, la muy premiada, que muy timorata ya salió a decir que consideraba “invasiva e irrespetuosa la toma de un recinto religioso para hacer llegar una carta al Papa, que se puede hacer a través del Arzobispado”. Más claro ni el agua: a este tipo de alimaña sólo hay que darle micrófono y proyector de luz y ellas solitas se ajustician en la arena política con lo que dicen. A la susodicha tal vez le estén escamoteando sus saliditas del país, en un juego de camuflaje, pero seguro le tienen reservado palco en la misa castrista de la Plaza de la Revolución. No sé, ya yo no espero nada de nadie ni nada, ni tengo esperanzas. Cuba me duele, pero no creo que mi dolor por ella logre salvarla a estas alturas de su desastre. ¿Qué hacer? Cualquier cosa, menos aplaudir la visita de un papa a los Castro…

sábado, 10 de marzo de 2012

domingo, 4 de marzo de 2012

Miami también cree en sonrisas


Por Ondina León ©

Las inmundicias de Edmundo García no tienen parangón en la historia de la infamia cubana. Su más reciente perla es “Miami tampoco cree en lágrimas”, un texto publicado en el sitio virtual “Cubadebate”, ese portal del terrorismo mediático del castrismo, ¿dónde si no iba a salir publicado? Para empezar, Edmundo se identifica como “periodista cubano independiente residente en Estados Unidos, conductor del programa La Noche se mueve”. Lo de cubano es un hecho y no se discute: él también es Cuba, aunque nos insulte su existencia. Lo de “periodista” es una exageración imperdonable porque él, hasta donde sé, sólo escribe panfletos mal hilvanados a favor de la dictadura de los Castro; y lo de “independiente” parece una broma de mal gusto: ¿independiente de qué o de quién? Porque evidentemente él depende de las directrices del “Granma” o de las estrategias que trazan las eminencias grises de los ideólogos del Partido Comunista de Cuba, el único que existe en la isla posesa, contra la comunidad cubana. Si Edmundo se refiere a que es independiente del exilio cubano radicado en Miami, habría que preguntarle quiénes le financian su programa de radio, porque se siente cuando habla que hay una bota poderosa oprimiéndole el cuello. Aunque, por supuesto, visto desde otro ángulo, lo de “independiente” es una confirmación de que él vive en democracia y que se le permite expresarse libremente, aun cuando lo que hace sistemáticamente es minar a Miami y a los cubanos libres con sus venenos y babosadas.
En su panfleto, Edmundo “analiza” por qué a los artistas cubanos les va tan mal en la Capital del Sol. Y para ello comienza con el ejemplo de la actriz Susana Pérez, quien en una entrevista vomitó toda su amargura y su frustración porque, entre otras “tragedias”, está administrando una clínica de belleza y haciendo comerciales y publicidad con temas estéticos, y no actuando como estrella de telenovelas o consagrándose en Hollywood… a sus años. Y luego nos regala una larga ristra de artistas “fracasados” en Miami, que otrora fueron glorias de Cuba: Manolín, Carlos Manuel, Reinaldo Miravalles, Annia Linares, Mirta Medida, Carlos Cruz, Orlando Casín, Lily Rentería, Eduardo Antonio, Francisco Gattorno, Osvaldo Rodríguez, Martín Rojas, Orlando Rojas, Sergio Giral y hasta Albita Rodríguez, entre otros. La tesis de Edmundo García es que estos grandes artistas están frustrados en Miami porque no tienen un pueblo que los respalde ni instituciones que los apoyen, como sí tenían en Cuba cuando eran estrellas rutilantes. Es decir, en la isla el amor del pueblo los nutría y el calor del estado benefactor les garantizaba la logística, la infraestructura y los colosales beneficios financieros que los encumbraban: era ricos y famosos, felices y realizados, ¿a cambio de nada?
Sin embargo (o por el embargo), nuestro ilustre “periodista” no se pregunta, poseído por su fe ciega en el castrismo, ni por instante, el por qué todos estos artistas decidieron un buen día abandonar el Paraíso y radicarse en el Infierno floridano. ¿Habrá sido por una ambición colosal? ¿O por un delirio de sus egos hipertrofiados? ¿Habrá sido por amor al vil dólar? ¿Qué pretendía esta tribu de artistas al huir de la finca de los Castro? ¿Acaso querían ser libres o, por lo menos, tener la ilusión de tener un mayor control sobre sus vidas y sus pasaportes? Tal vez, estos “fracasados” no son tan malvados y sólo deseaban llegar a sus casas, luego de una ardua jornada regalando su arte, y abrir la llave del agua y tener agua. Quizás sólo pretendían poder encender la luz y que la luz se hiciera. A lo mejor pretendía abrir sus refrigeradores y encontrarse, ¡Oh, sorpresa!, una mínima cerveza, no una cerveza colosal, para saciar su sed. Déjame ver, barajando alternativas justicieras y solidarias, tal vez ellos querían establecerse en Miami para poder mandarles a sus familiares en Cuba remesas para comer; o unos blumercitos para la nieta; o un par de zapatos para el sobrino; o las medicinas para la abuelita… No sé, los vericuetos del alma humana son insondables….
Claro, Susana Pérez, y todo el que quiera, tiene derecho a quejarse de lo mal que le va, a pesar de las sonrisas que exhiben, con blancura de lirio, y de lo rozagantes que se ven, a pesar de no estar en cartelera con una obra de Virgilio Piñera o de Alberto Pedro, de Ionesco o de Shakespeare… Los artistas son así de inconformes y me parece muy bien que le exijan a la vida o a Dios que puedan seguir brillando con su arte y sólo con su arte.
Pero yo me pregunto: ¿por qué Edmundo García dejó fuera de su artículo a otros tantísimos “fracasados” artistas e intelectuales cubanos, que viven en Estados Unidos y en Miami? Una listica breve, pero intensa podría ser esta: Emilio y Gloria Estefan, Willy Chirino, Amaury Gutiérrez, Lena y Malena Burke, Pitbull, Pedro Pablo Peña, Eduardo Padrón, Alejandro Ríos, Albita Rodríguez, Andy García, Elizabeth Peña, William Levi, León Ichaso, René Lavan, Alexis Valdés, Tomás Sánchez, José Bedia, Teresa María Rojas, Camilo Egaña… No sé, yo a todos los veo sonrientes y triunfantes: Miami les sonríe y ellos le sonríen a la vida.
Por otra parte, si realmente Miami es un vasto páramo cultural, entonces, ¿por qué cuenta con un festival de cine hispano, un festival de ballet internacional, una feria del libro a todo tren, una temporada de ópera envidiable, una feria de Art Basel, un festival internacional de piano, entre otros eventos de altura? ¿Será que también el castrismo financia estas “actividades” superfluas? Y si estamos tan, pero tan mal, entonces, ¿por qué se insiste en tender el “puente cultural” entre las dos orillas, Cuba y Miami? Aunque, en realidad, el puente es en un solo sentido: de allá para acá. Y si no, pregúntenle al “empresario” Hugo Cancio…
Porque yo me pregunto: ¿qué hacen en Miami, donde el pueblo no quiere a sus artistas ni hay apoyo financiero para la cultura, Raúl Paz —a quien no le importa que los cubanos tenga derecho a viajar libremente—; Carlos Varela —que no es “político”, pero pide el fin del embargo en Washington—, Kelvis Ochoa —que es “artista”, pero canta en las tribunas castristas—, Descemer Bueno; el dúo “Buena Fe” —que denigra a Las Damas de Blanco, pero tampoco son “políticos”—; Los Van Van —orquesta emblemática de la Revolución—; Paulito F.G. —quien se declara castrista de corazón—; y hasta Pablo Milanés —“revolucionario” y “raulista” ligero? Tengo entendido que las horribles leyes estadounidenses y el embargo no permiten que a estos sacrificados artistas se les pague un centavo por sus actuaciones, entonces, ¿vienen a Miami sólo por amor al arte y al pueblo que no los ama? Pero los teatros se llenan y todos andan y se van sonrientes y con unas libritas de más, en el cuerpecito y en las maletas…
La vida del artista no es fácil en ninguna parte del mundo, ni mucho menos en tiempos de crisis, pero no creo que Miami sea lo peor de lo peor. No sé, si yo fuera Edmundo García y fuera periodista —dicen que una vez lo metieron preso por “periodista”, pero tuvieron que soltarlo por falta de pruebas—, volvería a investigar el tema y escribiría otro artículo, pero para esto tendría que partir del presupuesto de que hay dignidad y amor a la verdad, y ya esto es mucho pedirle a un castrista.

viernes, 2 de marzo de 2012

Madrigales de madrugada


Por Ondina León ©

Mi amiga María llegó un buen día a mi casa y me dijo sin ton ni son: “He decidido limpiar mi alma y purificar mis madrugadas”. Sorprendida gratamente por su declaración de intenciones, le pregunté que qué iba a hacer para acometer tamaña empresa, a lo que me respondió solemnemente: “Voy a dejar de ver noticias por las noches para poder dormir bien, para dedicar mis madrugadas a soñar, a descansar plácidamente y, tal vez, cuando me demore un poco en caer en los brazos de Morfeo, sentarme a escribir madrigales”.
Debo confesar que tomé con reservas sus propósitos porque María siempre había sido adicta a la información, fanática de los noticieros, devoradora de periódicos, actualizada empedernida, experta en conflictos políticos, analista de economías, devota de las estadísticas, que retenía en la memoria como si fueran décimas de amor. Yo siempre le decía en broma, pero en serio: “Noticieros no, niña, Vargas Llosa, Lezama, Borges, Lorca…”. Sin embargo, por aquello de la dialéctica del cambio, pensé que a lo mejor, la pobre, lograba auto-aplicarse una cura de desintoxicación y por lo menos alcanzaba un saludable equilibrio entre la realidad y los deseos.
A partir de esa visita de confesión de intenciones, empecé a preocuparme por María, porque ella está atravesando por un periodo difícil de su vida, por esa etapa en la que no se es vieja, “oficialmente”, pero hace rato que ya no te consideran joven. Está en ese lapso en que se vive una segunda “adolescencia” o, para decirlo con las palabras del poeta Antonio Machado, “esa segunda inocencia que da en no creer en nada, en nada”, y por la que yo, “anciana mártir”, ya pasé o creo que pasé, porque vivir es, en primera instancia, aprender a envejecer. Y si para un hombre resulta difícil ir asumiendo el otoño de la vida, imagínense para una mujer, que ve cómo día a día lo que ayer fue tersura, firmeza y lozanía se va volviendo ajamiento, descendimiento de la cruz del pecado, flaccidez, carne trémula, adagio sostenido, carencia de miradas tentadoras… Y no es que esta María esté macheteada, no: todavía tiene buen ver, garbo, elegancia y vitalidad, para su tonga de años, según sus amigas, opinión que yo comparto sinceramente, hasta ahora.
El caso es que María, además de querer cambiar el curso de su vida, estaba buscando trabajo, en la Capital del Sol, en este imperio de sombras sulfúricas en que ha degenerado Miami, cuando de buscar empleo se trata. Y a sus años, esta odisea deviene vía crucis, reto de titanes. Así, tras mucho bregar durante meses, y a través de un amigo suyo, Dios se acordó de María y le concedió un trabajo. Pero, ¿a que no se imaginan cuál? Ironías de ironías, esta mujer se gana los frijoles ahora en… ¡un noticiero! Pero esto no es lo mejor: ¡¡María está trabajando de madrugada!! ¿No lo creen? Pues sí, la bendecida empleada se levanta todos los días a la una de la mañana, se arregla cuasi dormida, se toma un café a “cun-cun” y de pie, la Virgen conduce su carro por ella hasta un canal de televisión, la deposita, y allí ella comienza a producir las noticias, que otros consumirán al amanecer, como un crujiente pan de sal…
¿Cómo lo hace? No sé. Ella balbucea incoherencias cuando le pregunto, tal vez por el cansancio que ya acumula. ¿Por qué aceptó esta plaza que la despedaza? Creo que motivada por el terror de no hallar otro trabajo más o menos digno de su intelecto o su experiencia, que con ambos cuenta, la pobre. Y cuando una actúa con miedo, se queda sin alma, y mucho más a su edad...
Claro, María sabe que no está en la gloria y que estará dándole candela al jarro, hasta que suelte el fondo, mientras pueda. Y, entonces, para ayudarla con esta su nueva cruz, las amigas salimos en su auxilio con una y mil razones para “festejar” el nuevo reto que Dios le ha regalado a María. Y cuando se queja del vertiginoso ritmo de producción de noticias, le decimos “¡Pero tienes trabajo!”. Y cuando aclara que no tiene seguro médico ni vacaciones pagadas ni ningún beneficio en esta plaza, le decimos “¡Pero tienes trabajo!”. Y cuando nos dice cuánto le pagan, le decimos “¡Pero tienes trabajo!”. Y cuando la vemos ojerosa, cabizbaja, desplumada y marchita, le decimos “¡Pero tienes trabajo!”.
¡Qué dicha tener trabajo! ¡Qué suerte estar sometido a la dictadura de los horarios, que otros te dictan! ¡Qué bendición tener un jefe bruto y arrogante, que nos permite ejercitar la paciencia y la humildad! ¡Qué placer ver cómo se nos va el tiempo de nuestras vidas en un huracán de vacíos! Porque, bien visto, eso de “ganarse la vida” es como perderla en el intento, ¿no?
Debo confesarles que me siento culpable cuando veo a María luchando por seguir cabalgando en su potro de tortura. A veces, me dan deseos de decirle: “Mira, chica, manda al carajo ese trabajo y ten fe en Dios, que ya aparecerá otra cosa”. Pero me muerdo la lengua y le doy palmaditas de consuelo en el hombro y le digo que me siento orgullosa de ella, que es un ejemplo de sacrificio para todas nosotras. A lo que María me responde, con los ojos aguados y a punto de que se le corra el maquillaje, que ella no quiere ser ejemplo de nada; que lo que quiere es estar en paz, sin que la salpiquen de sangre las noticias de este planeta; que lo único que le pide a Dios es que le devuelva sus madrugadas; que está loca por tener edad de jubilación... Me confesó que le hizo una promesa a la Virgen y si esta la libera, ella se consagra a escribir madrigales de madrugada. A mí me parte el alma, ¿pero qué puedo hacer? Yo le digo que sí, que Dios es grande, que pronto va a estar en otra plaza, que resista, que ya está llegando… Y luego, me desvelo por la madrugada yo también… ¿Será falta de fe? ¡Dios me libre! Pero, claro, yo duermo toda la noche en mi casa…