domingo, 26 de febrero de 2012

Sin evasión


Por Ondina León ©

Nació en el año 2005 como Eva González, pero ha llegado a ser Miriam Celaya, su verdadero nombre, a medida que ha ido creciendo su estatura como verdadera disidente. Las razones de este “antifaz provisional, pero con voluntad permanente” son mucho más que obvias: Miriam vive en Cuba, bajo una dictadura feroz. Pero no en un régimen totalitario cualquiera, sino en el más longevo de América, el de los Castro y, por esta sinrazón, el más dañino entre los cánceres socio-históricos del continente. Cualquier reproche que se le pueda hacer en cuanto al juego con su identidad es baladí. Porque aun como Eva, Miriam siempre fue ella misma, esa mujer no sólo inteligente y culta, sino también, y sobre todo, esta mujer insondablemente valiente que escribe en su blog “Sin Evasión”, sitio obligado de peregrinación para todos a los que nos duele Cuba.
Y decir “escribe” es decir muy poco, porque Miriam describe la realidad, sin ser costumbrista como otras blogueras tan premiadas; analiza aberraciones y fenómenos, sin pedanterías; disecciona, con rigor de académica; propone soluciones concretas, sin mesianismo; alienta, sin ser falsamente optimista; escribe por deber para con ella misma y para con sus prójimos próximos, no para mover los hilos de la publicidad y el mercadeo, que le puedan reportar pingues beneficios, incluyendo portadas de revistas extranjeras o estar en la lista de los cien “más” de algo...
Para los que hemos visto crecer a Miriam, desde tantos ángulos, durante tanto tiempo, el orgullo que nos engendra está muy justificado. Basta con leer su más reciente artículo “Declaración de principios”, en su blog, para sentir y saber que esta hermosa mujer le ha perdido el miedo (si alguna vez lo tuvo) a la represión castrista e igualmente ha llegado al punto de justicia y equilibrio en el que, serenamente, con elegancia, llama a las cosas por su nombre, “al pan, pan y al vino, vino”, y arremete contra el status quo y le dice a la dictadura, dictadura; y a la gerontocracia, mal de males; y a la esencia excluyente y represiva de la mafia castrista, vergüenza de vergüenzas en la isla posesa, su patria, nuestra patria.
Y no se podía esperar menos de una mujer, esta otra Eva contumaz y nada pecadora, que nació el 9 de octubre de 1959 (¿les dice algo el año?); se crió en La Habana Vieja rodeada de solares y de marginales; asistió a la secundaria básica “Forjadores del futuro” (“Forajidos del futuro”, más bien) y, luego, al Pre-universitario “José Martí”, escuelas por las que también han pasado unas cuantas Evas “conflictivas”, como Zoe Valdés (¿será simple coincidencia?). Luego, la universitaria graduada se convirtió en brillante académica, hasta donde el régimen la dejó ejercer. Por su entorno familiar, tal vez Miriam hubiera llegado a ser una “dirigente” del sistema, pero su sentido de la justicia, como buena hija del signo de Libra que es, la ha llevado a donde está ahora: en el frente de lucha por la libertad, la suya y la de todos nosotros, los de adentro y los de afuera de la isla atomizada.
Como honrar honra, me quito el sombrero ante su lucidez activa, militante, emancipadora y digna, y me felicito a mí misma por sentirme hermana de esta mujer excepcional, a la que deberíamos apoyar sin reservas, no sólo leyéndola y reflexionando con ella, sino también difundiendo su voz libre, la que tanto teme el régimen castrista. Porque la suya es la voz de la verdad desnuda en un país donde tantos millones han enmudecido de pavor, de desidia, de inmoralidad, de abulia, de desesperanza. Con Miriam, el futuro se siente mejor y más cercano: ella es la esperanza hecha mujer. Gracias, Miriam.

martes, 21 de febrero de 2012

Preguntas a Dios

Por Ondina León ©

Como persona que nació en el siglo pasado —expresión que, en cierta medida, me da pavor— y que se educó sin computadoras ni Internet, sólo con libros, libretas y lápices, a los que se les sacaba punta con cuchillas de afeitar viejas —todos íbamos “armados” a las escuelas, pero a nadie se le ocurría herir a otro—, tengo un fuerte sentimiento de gratitud para con Dios, que me ha permitido vivir toda una revolución de modernidad en la que la información se ha democratizado hasta niveles inimaginables y a una velocidad de vértigo. No estoy muy segura que el mundo entero experimente esta gratitud, sobre todo porque las nuevas generaciones en el mundo occidental dan por sentado que la libertad informativa es un don merecido y un rasgo más de la realidad en la que han nacido, y ni saben que hay muchísimos países en los que la Internet está secuestrada por dictaduras inmorales, como en Cuba, China y los estados musulmanes, donde se lucha a brazo partido por tener un trocito de esta bendición de libertad y luz.
Estos jóvenes adictos al desarrollo (entre otras adicciones) no ven la tecnología como una conquista que ha tardado siglos en ser y estar, sino como un bien de consumo, una moda o una expresión de estatus socio-económico: siempre hay que tener lo último de lo último, sea un iPhone, un MP3, un blue-ray o cualquier otro artilugio (como se dice en castellano, no “gadget”).
Y como todo lo que se masifica, también la Internet tiene sus lados oscuros, sus rostros que siembran terror y confusión, sus anonimatos funestos, su globalización de la basura y su virtualidad que vuelve efímero y casi inexistente a cualquier tesoro —como dice una amiga, “Sólo lo impreso en papel sobrevivirá”: ¿será cierto? Y toda esta trova introductoria, a modo de prolegómenos, es para esclarecerme y seguir dándole gracias a Dios por vivir en la Era de la Internet y darle gracias también por los numerosísimos correos que recibo con videos, fotos espectaculares, chistes, rumores (y no precisamente de la campiña), mensajes filosóficos, estadísticas, bretes políticos, bulas (no muy papales, gracias a la Virgen), textos de las amistades y hasta cadenas de oraciones que me amenazan con castigos apocalípticos, si no las reenvío a por lo menos 20 personas en un plazo de 90 segundos (¿por qué este tiempo?).
El caso es que, hace unos días, recibí uno de esos correos en el que lo realmente importante no es la veracidad del origen, sino el contenido en sí mismo, haya sido obra de una persona o creación colectiva o versión libre de un hecho real. Dice el correo que en una escuela italiana, no se sabe dónde, una maestra les propuso a los niños que escribieran una carta a Dios para preguntarle lo que quisieran. No se especifica la edad de estos niños, pero, a juzgar por las preguntas y los comentarios, derrochan sabiduría y gracia. Y lo más curioso es que muchas de estas preguntas también nos las hacemos los adultos, desde que éramos pequeños y, probablemente, nos las seguiremos haciendo, mientras Dios nos preste vida.
Aquí van. Ante una de las asombrosas creaciones de la Tierra, una niña llamada Patrizia le pregunta al Sumo Creador: “¿La jirafa la querías hacer así? ¿O te salió mal?”. No, niña, no: Dios no sabe hacer nada mal, aunque quiera hacerlo: nosotros somos los que vemos mal. Otro niño llamado Antonio dice: “Querido Dios: ¿El Padre Mario es amigo tuyo o sólo es un compañero de trabajo?” No, hijo mío, el padre Antonio es un asalariado del Señor y, en el mejor de los casos, puede que sea amigo de los humanos… La pregunta de Giacomo es absolutamente subversiva en su abismal inocencia: “¿Cómo es que hacías tantos milagros antiguamente y ahora ya no los haces?”. Giacomo, Dios sigue haciendo milagros, pero nosotros hemos perdido la capacidad de verlos, porque estamos muy ocupados comprando… jueguitos. “Querido Dios: Cuando hiciste al primer hombre, ¿funcionaba bien, como nosotros ahora?”, pregunta Tomaso, el que evidentemente es un niño con defecto de fábrica, porque se pasó de optimista. “Hemos estudiado que Tomás Edison descubrió la luz. Pero en la catequesis dicen que fuiste Tú. Yo creo que te robó la idea”, escribió Daria, a la que habría que explicarle, hasta donde sea posible, que si hay algo “robable” esas son las ideas, que se contaminan, se mezclan, se intercambian, se confunden, se roban y se vuelven maravillas, en algunos casos, y monstruos, en otras. La niña Laura es como una pequeña serpiente de cascabel que desafía al Seños con esta perla: “Querido Dios: ¿Cómo es que no has inventado algún animal en los últimos tiempos? Tenemos los de siempre”. Laura, ¿pero no te basta con que haya siete mil millones de almas sobre la faz de la Tierra? Aquí ya no cabe nadie más, digo yo... Sandrita simplemente le enmienda la plana a Dios y casi que le ordena rehacer su obra: “Me gustaría que hicieras gente que no se rompa tanto. A mí ya me han puesto tres puntos y una inyección”. Bueno, Sandra, nadie es perfecto. “Querido Dios: Te quiero porque nos das la vida, pero me tienes que decir por qué nos dejas morir”, le pregunta la pequeña Daniele, haciéndose eco de la eterna pregunta que nos hacemos todos, todos los días, sin tener respuesta alguna. Y yo, nada infantil, agregaría: “Bueno, Señor, está bien que tengamos que morir, como todo lo que existe, pero, ¿por qué tenemos antes que pasar por el ultraje de envejecer?”. Robertico seguro que va a ser político de grande porque le dice a Dios: “Yo soy italiano, ¿y tú?”. Pudo haber dicho “yo soy terrícola”, pero entonces habría sido un niño “índigo” atemporal, sin noción ni orgullo de tribu, y estaría “enfermo”. Y como siempre, hay rara avis, esos poetas de nacimiento que Dios echa al mundo para darle razón de ser, como Eugenio, quien le dice: “Yo creía que el color naranja no pegaba con el morado. Pero el martes he visto el atardecer que hiciste y ¡es genial!”. Y tal vez la mejor pregunta de todas, porque no tiene respuesta, al menos para mí: “Querido Dios: ¿Tú cómo sabías que eras Dios?”, dijo Carlo y se hizo el silencio...

domingo, 19 de febrero de 2012

"Amor Salvaje"

Soledad Pastorutti, Chaqueño Palavecino & Los Nocheros cantan "Amor Salvaje"



El hermoso regalo de Ibis García Alonso en el
Mes del Amor y la Amistad

Te llevé sin preguntarte ni tu nombre
con mi brazo encadenado a tu cintura
asalté tu intimidad y tu ternura
para amar “sin mas razones que el amor”.
Nos besamos sin decir una palabra,
fuimos cómplices callados del verano,
y mis manos temblorosas se quemaron
seducidas por el fuego de tu piel.
Amor salvaje…

viernes, 17 de febrero de 2012

¿Horrores o errores?


Por Ondina León ©

Un buen día te dejaste crecer la barba, tal vez, para seguirle los pasos al “Gran Líder” de tu país, dueño y señor de la vida y la muerte. Luego, decidiste ser rico y famoso y qué mejor que la literatura negra para conquistar almas: entonces nació Mario Conde y tuviste éxito. Ahora, andas y desandas el mundo de premio en premio. Muestras tu pasaporte español, como un trofeo ganado en la dura batalla del existir, y se te abren las puertas que te cerraba, a cal y canto, el pasaporte cubano. Cuentas y recuentas dólares o euros, mientras eructas de satisfacción en tu bien decorada y decorosa casita de Mantilla. Para ti, La Habana se ha convertido en un paisaje de vanas ruinas exóticas, que contemplas impasible desde la ventanilla de tu automóvil privado. Todo esto podría estar muy bien, si una no cayera en la tentación de preguntarse qué precio has tenido que pagar por llegar a ser hoy el famoso Leonardo Padura Fuentes…
No sé, viejo coterráneo, pero no creo que se trate de una cuestión de inteligencia, sino de decencia. Porque tú demuestras, día a día, que se puede llegar a ser un escritor más o menos decente, pero no eres, ni creo que llegues a serlo nunca, un ser humano decente. Te dan un premio, otro más, y tu ego hipertrofiado se desborda y sienta cátedra de lo que tienen que hacer los cubanos de la isla posesa para salir del marasmo en el que los ha sumergido el castrismo, esa añeja aberración que ya dura, Padurita, 53 años. ¿Tu receta? “Reconstruir la utopía desde el fracaso”.
Para ser escritor, manejas muy mal las palabras o tienes serios problemas de concepto. Porque lo que tú llamas “utopía” es, para la mayoría de los cubanos, un experimento macabro de una mafia parasitaria que sólo ha socializado la miseria, en una nación que era rica antes de 1959. Tal vez, a ti te resulte heroico reconocer que el castrismo es un total fracaso, sin llegar a decirlo abiertamente. Pero, dime, ¿cómo se puede reconstruir algo con los mismos fragmentos enfermos de ese cuerpo podrido? ¿Cómo te atreves a decir que “todavía nos queda no ya el derecho, sino la obligación de volver a soñar” con esa utopía? La primera obligación de todo régimen es garantizar que los ciudadanos tengan derecho a sus derechos humanos y civiles básicos, para que puedan aspirar a cumplir con sus deberes, entre ellos, el deber de progresar y superarse como individuos y como nación. Y tú sabes muy bien, hombre de éxito, que la esencia del régimen mafioso-castrista es incompatible con la libertad y con el bienestar, porque el sistema ha usado y usa la pobreza como arma de control de las masas.
Dime, ¿realmente puede haber un sueño colectivo en tu Cuba? Sí, el sueño de la huida, del escape del Infierno dantesco, la fuga de la pesadilla desafiando tiburones y olas antropófagas, el viaje al olvido y a la nostalgia… Tú te has vuelto a confesar públicamente “raulista” y afirmas que en la prensa debería haber los mismos “cambios” que se están produciendo en la “economía”, ¿cuáles? Porque lo que está haciendo tu estado, ese “Gran Pastor Benefactor”, es reacomodando sus cargas y lanzando al desempleo a miles de sus ciudadanos, incrustándolos de sopetón en una jungla de chinchales precarios y transacciones draconianas. El gobierno está maniobrando, con el respaldo de los subsidios y el petróleo chavistas, para seguir sometiendo al país. Y tú, como turista alerta y distante, que paseas por el desastre, lo sabes muy bien.
Por esto me resulta imperdonable que hagas semejantes declaraciones. Igual que sabes muy bien, genio del Caribe, que bajo la bota ensangrentada y enlodada del castrismo no puede haber prensa libre ni discusión seria de los males de tu isla, porque habría que comenzar por señalar el origen de todos los males, que es el castrismo, no el llamado embargo ni el imperialismo yanqui ni el acoso del capital mundial: el totalitarismo castrista tiene embargado al país. Así que, ¿qué es lo tuyo, horror o error? No creo que sea un error más en tu ya larga lista de errores babosos e insultantes: es un horror de horrores. Tú eres un horror.

martes, 14 de febrero de 2012

Verbo (des) nudo digital


En el Blog de la poeta Carmen Troncoso Baeza pueden acceder a la edición digital de Verbo (des) nudo.Aquí


“Un poeta es alguien que ve más allá en el mundo circundante
y más adentro en el mundo interior. Pero además debe unir a
esas condiciones una tercera más difícil: hacer ver lo que ve."
Dulce María Loynaz

La luz de los inmortales

Por Roger Rivero ©
Poemario "La luz de los inmortales"
publicado en el 2011.
Aquí

Todo para una sombra

Por Zoé Valdés ©
Poemas de Todo para una sombra, editado por Taifa, Barcelona, 1986. Accésit Premio Carlos Ortiz de Poesía 1985. Todo para una sombra es un poemario escrito entre los años 1982-1985.Aquí





¡¡Felicidades en Día del Amor y la Amistad!!

domingo, 12 de febrero de 2012

Las trampas del amor


Por Ondina León ©

Valga esta prosa de prisa para sopesar nuestro patrimonio amoroso en el día de San Valentín.

“Es un yelo abrasador, es fuego helado, / Es herida que duele y no se siente. / Es un soñado bien, un mal presente, / Es un breve descanso muy cansado”. Así, entretejiendo paradojas, hace ya unos cuantos siglos, Francisco de Quevedo y Villegas intentó definir al amor en uno de sus más recordados sonetos. ¿Lo logró? Al menos, literariamente, sí, porque es una de las grandes plumas del Siglo de Oro de la Literatura Española. Sin embargo, desde un punto de vista sociocultural —por no mencionar lo psico(i)lógico, que me da repelús— , Quevedo es absolutamente cuestionable. Y es que cada época establece sus patrones y esquemas de lo que es o “debe ser” el amor que, a su vez, adquiere su propio perfil en cada individuo, condicionado por su personalidad, su carácter o su experiencia personal: cada cual habla de la fiesta según le haya ido, incluso, si le tocó “bailar con la más fea”. Y aquí hay sufridores y gozadores, sufridoras y gozadoras…
Porque el amor —y la amistad, que es una variante de éste— nos tiende trampas a lo largo de nuestras vidas de las que, a veces, salimos… “cambiados”, tal vez mejores personas, tal vez menos cursi y con el sabor agridulce de ser sobrevivientes de “algo”, que no logramos definir muy bien, pero que nos vuelve peligrosos, porque renacimos de las heridas y ya sabemos que no nos mata, aunque nos atropelle. Lo que equivaldría a decir, con un tonito un tanto cínico, que vale la pena sufrir por amor para comprobar, en carne propia, que no vale la pena sufrir por amor.
Y es que el amor, como todo lo vivo, tiene sus ciclos implacables en los que nace, crece, se desarrolla y muere. O, en ciertos milagros, este fenómeno estrictamente humano se transforma en un fuerte sentimiento de amistad sin ansias de posesión, control o deseos, los hijos atronadores de nuestros egos, sí, esos egos múltiples y claroscuros. Y cuando ya no se desea poseer algo o a alguien, entonces, surge de las cenizas del voraz incendio de las pasiones el inmortal pájaro de la libertad.
Y en la transacción que toda relación humana es —no le tengamos ojeriza a la palabra, que sólo significa “acción y efecto de transigir”; “trato, convenio, negocio”, en el buen sentido del término—, se comienza a vivir un nuevo estado de sentimientos, que ya no tienen que ver con las paradojas de Quevedo, con ese “Es un descuido que nos da cuidado, / Un cobarde con nombre de valiente, / Un andar solitario entre la gente, / Un amar solamente ser amado”. Sólo es la libertad bordada con los eslabones quiméricos del corazón…
A amar se aprende amando: no hay alternativas. Y en esto se nos da y se nos va la vida. Desde las erupciones pasionales y hormonales de la adolescencia, en las que nos creemos capaces de “morir por amor”, hasta las sosegadas escaramuzas de la adultez avanzada —como dice una amiga mía, “Vieja, pero ilusionada” —, más imaginarias que reales, lo único que hacemos es aprender a amar y a dejarnos amar, que también es todo un ejercicio vital de humildad y paciencia. A todo, habría que añadir una palabra clave, que suena totalmente ajena al amor, pero que tal vez sea el secreto del éxito: disciplina. El ser humano tiene que tener mucha disciplina, si aspira a amar como Dios manda, y si pretende llegar a un balance justo en el que lo racional y lo pasional se casen y no se cacen como fieras hambrientas, y podamos ser libres en el vínculo. Porque el amor, para seguir con las estrofas de Quevedo, “Es una libertad encarcelada, / Que dura hasta el postrero parasismo (paroxismo); / Enfermedad que crece si es curada”. Y dije disciplina que es sinónimo de dedicarle tiempo a la otredad, materia de la que también estamos hechos: tiempo al tiempo, que es la constancia del cambio, lo único eterno en el laberinto de lo efímero.
¿Conclusión? No hay conclusiones. Que cada cual asuma su destino y se dicte a sí mismo cátedra en este tema constante, polémico y polisémico. Porque “Este es el niño Amor, este es su abismo. / ¡Mirad cuál amistad tendrá con nada / El que en todo es contrario de sí mismo”, como nos dice nuestro Quevedo desde su eternidad en desconcierto…





¡Felicidades Madre!
¿Duele el amor? 2012
Ink on cardstock
9" x 12"

martes, 7 de febrero de 2012

He perdido contigo

"Sin embargo, en 1937, Dios se le acercó y le susurró al oído: Hija mía, cuando un ser humano trabaja, yo lo respeto. Pero cuando canta, lo amo. Así que, canta, que yo te escucho…”.
A la vera de su voz
Por Ondina León©



Maria Teresa Vera
Cuba, (1895-1965)

sábado, 4 de febrero de 2012

A la vera de su voz


Por Ondina León ©

De ella hubiera podido decirse lo mismo que se dijo de Gertrudis Gómez de Avellaneda: “¡Es mucho hombre esta mujer!”. En el mundo esencialmente patriarcal de principios del siglo XX, la expresión, si bien es machista, también constituye un elogio innegable, que le garantiza a la elegida un pedestal sólido al lado de las glorias masculinas. Porque María Teresa Vera, a golpes de talento, nota a nota, se hizo de un sitio en la etapa fundacional de la trova cubana y es, hoy por hoy, no sólo una voz imprescindible, sino también la más emblemática voz de mujer que se hizo escuchar y se escucha, guitarra en mano.
Este 6 de febrero se cumplen 117 años del nacimiento de la trovadora, quien nació en Guanajay y murió en La Habana, el 17 de diciembre de 1965. En este breve lapso que toda vida humana es, esta bohemia entre bohemios nos dejó un legado musical único, forjado desde su adolescencia, cuando debutó, en 1911, junto a Manuel Corona para estrenar su inmortal “Mercedes”, en el Teatro Politeama Grande de la capital. Plazas, parques, hospitales, tabaquerías, bodegas, logias y casas de familia también fueron sus escenarios, porque lo que le importaba de verdad a María Teresa era difundir su música. Tanto es así que, desafiando convenciones y prejuicios, esta viril cantante, bella mestiza humilde, aprendió a tocar el contrabajo, fundó el Sexteto Occidente (1926), en el que la única mujer era ella, creó dúos y viajó incansablemente a Nueva York a grabar sus discos con los sellos Victor, Columbia y Brunswick.
Pero no todo en la vida de María Teresa fue son, guaracha, rumba o habanera: también hubo silencios sostenidos, como cuando sus dioses africanos le prohibieron cantar y ella, avasalladoramente obediente y veraz, estuvo casi diez años enclaustrada en los ecos de sus melodías. Sin embargo, en 1937, Dios se le acercó y le susurró al oído: “Hija mía, cuando un ser humano trabaja, yo lo respeto. Pero cuando canta, lo amo. Así que, canta, que yo te escucho…”. Y por más de un cuarto de siglo volvió a cantar, tocada por la gracia divina, esta vez junto a Lorenzo Hierrezuelo, conformando un dúo irrepetible en la música de su rara isla.
“Mercedes”, “Longina”, “Mujer perjura”, “Boda negra”, “Santa Cecilia”, “Las perlas de tu boca”, los títulos, ya convertidos en clásicos en su voz, son innumerables, pero hay uno en especial que la identifica y se funde con su poderosa personalidad artística: decir “Veinte años” es decir María Teresa Vera. Esta habanera también tiene su misterio, porque por mucho tiempo se creyó que pertenecía por completo a la trovadora, sin embargo, actualmente son numerosos los estudiosos y especialistas musicales que afirman que le letra pertenece a Guillermina Aramburu, una amiga íntima de María Teresa, y que esta “sólo” le puso la música, el alma y la eternidad. Todo parece indicar, igualmente, que las dos amigas crearon otros temas también muy conocidos. ¿Cierto? Cualquier duda es sólo un detalle de luz...
“Veinte años” es, sin duda, una de las grandes canciones de amor cubanas, tan trascendental como “Lágrimas negras”, de Miguel Matamoros; o “Longina”, de Corona; o “La tarde”, de Sindo Garay; o “Yolanda”, de Pablo Milanés. A diferencia de estos temas y otros, “Veinte años” es, principalmente, un lamento de desamor desgranado desde un realismo trágico e irremediable: “Qué te importa que te ame / si tú no me quieres ya / el amor que ya ha pasado / no se puede recordar…”. Y más adelante la voz lírica agrega, con un conformismo irreverente: “Hoy represento el pasado / no me puedo conformar”. La última estrofa de esta pieza antológica concluye con un intenso alarido con sordina: “Con qué tristeza miramos / un amor que se nos va / es un pedazo del alma / que se arranca sin piedad”.
Después de escucharla, el alma queda “trémula y sola”, agazapada, como un animal herido, que se lame las huellas de la vida para reponerse y volver a saltar al ruedo de la realidad. María Teresa, con su voz arrugada, con esa pasmosa simplicidad de la grandeza, genuinamente única, virtuosa del fraseo y del decir callado, la joya irrepetible del solar “La Maravilla” ―en la calle San Lázaro, donde vivió y creó— nos invade, nos conquista y nos ata con las cuerdas de su guitarra a una inmortalidad efímera, pero necesaria, porque nos engrandece. Hoy, a la vera de su voz, sigo inventando un país, un reino hecho de lejanías, de ausencias presentes y de sueños que nadie me puede mutilar. Ya lo dijo Cabrera Infante, otro grande de Cuba: “La nostalgia es la memoria del alma”.



miércoles, 1 de febrero de 2012