jueves, 13 de diciembre de 2012

A la tarde de los años.


"Ya llega la bailarina"
Josevelio Rodríguez 
 Foto de Mario García Joya ©


Por Ondina León ©


El genio artístico siempre aspira a la sencillez. Y a veces la alcanza. Condensa su sabiduría y su estilo y los vierte transparentemente en los más disímiles formatos, pero siempre con la cortesía de la claridad y, a veces, también de la brevedad. La sencillez también puede ser sinónimo de madurez, de humildad, de fe infinita, de divertimento sano ante el espanto de la vida.

José Lezama Lima, el poeta del más acerado barroquismo verbal que ha dado Cuba, renunció en parte a su estilo críptico y escribió con más sencillez lírica, al final de su vida. Pablo Picasso, ya octogenario, volvió a los trazos infantiles para esculpir en tinta un mundo erótico colosal, que es un canto a la vitalidad. Federico Fellini prescindió de la crítica y de la taquilla para producir sus últimos filmes, con una melancolía sutil y ligera, pero abarcadora y humana. Y así, el José Martí maduro de los “Versos Sencillos” es el más grande de todos. Sencillez: valor supremo.

Se dice que fue el 13 de diciembre de 1890 la primera vez que Martí leyó, ante un grupo de amigos, las 46 composiciones que conforman este poemario magistral, que publicó en 1891. La escena es inolvidable: los leños arden en el hogar de la casa neoyorquina para conjurar el frío del invierno, mientras este hombre, pequeñamente gigante, enciende con su voz el alma de los presentes. Su mirada glauca centellea a medida que se va desnudando el ser humano y deja el aire cuajado de imágenes y misterios: “Yo pienso, cuando me alegro / Como un escolar sencillo, / En el canario amarillo, / ¡Que tiene el ojo tan negro!”. ¿Qué quiso decir? Hay que rumiar la imagen y barajar respuestas, aunque nunca se llegará a la esencia final ni hace falta para tatuarla en la memoria.

Unos amigos paladean un licor, servido en copas de bacará, mientras otros apremian un té negro y caliente, tan cálido como la amistad que define Martí: “Si dicen que del joyero / Tome la joya mejor, / Tomo a un amigo sincero / Y pongo a un lado el amor”. Naturalmente, no hay para este poeta mejor refugio y abrigo que la amistad, porque declara, con su voz firme: “Tiene el leopardo un abrigo / En su monte seco y pardo: / Yo tengo más que el leopardo, / Porque tengo un buen amigo”. Y no tiene el más mínimo pudor en mostrar su corazón, este sí, de oro auténtico: “Cultivo una rosa blanca, / En julio como en enero, / Para el amigo sincero / Que me da su mano franca. / Y para el cruel que me arranca / El corazón con que vivo, / Cardo ni oruga cultivo: / Cultivo una rosa blanca”. Porque se sabe bueno, dolorosamente bueno, él quiere morir “de cara al sol”. Su espíritu es tan blanco como la rosa que pinta y tan turbio y atormentado como la tierra que la alimenta.

Un momento cumbre de la noche es cuando Martí suspira virilmente, traga en seco, baja la vista y comienza a decir: “Quiero a la sombra de un ala, / Contar este cuento en flor: / La niña de Guatemala, / La que se murió de amor”. ¿Por qué el amor mató a esta niña? Nadie se atreve a levantar la vista del suelo ante esta tragedia pasional en que, ¿hay que decirlo?, él es el protagonista. Porque el amor, en todas sus aristas, alentó a este hombre atormentado y hedonista, hasta donde pudo. El amor a la libertad, a la humanidad, a la belleza, a los misterios de la vida, a las bebidas espirituosas, a su lengua materna, a las creaciones del hombre… Como es un buen catador de bellezas, las halla en todas partes: “Alas nacer vi en los hombros / De las mujeres hermosas: / Y salir de los escombros, / Volando las mariposas”. Aunque sabe muy bien que todo necesita de tiempo para llegar a ser y estar: “Todo es hermoso y constante, / Todo es música y razón, / Y todo, como el diamante, / Antes que luz es carbón”. Cuartetas como templos.

Las mujeres presentes en la velada comienzan a sonrojarse y se le arremolinan los pechos cuando escuchan estos versos de desbordada sensualidad: “Mucho, señora, daría / Por tender sobre tu espalda / Tu cabellera bravía, / Tu cabellera de gualda: / Despacio la tendería, / Callado la besaría”. El contraste entre el trato de “señora” y el tuteo, no hace más que reafirmar que sólo hay que darle una oportunidad a este hombrecito extrañamente seductor para caer en los brazos de la más merecida tentación: el verbo se hace carne voraz.

Pero el paroxismo se acerca cuando Martí comienza a recitar uno de sus poemas más estelares de los “Versos sencillos”: “El alma trémula y sola / Padece al anochecer: / Hay baile; vamos a ver / La bailarina española”. Ningún otro poema resulta más inolvidable que este en que el artista pinta, con sus mejores verbos no sólo a la bailarina, sino también el baile: “Lleva un sombrero torero / Y una capa carmesí: / ¡Lo mismo que un alelí / Que se pusiese un sombrero!”. Y la magia de la danza en todo su esplendor nos hipnotiza y nos da alas: “Alza, retando, la frente; / Crúzase al hombro la manta: / En arco el brazo levanta: / Mueve despacio el pie ardiente”. Luego, “La bailarina” habrá sido recitado, musicalizado, teatralizado, recreado mil veces por todos los que lo hemos asumido como propio, como patrimonio.

Afuera cae la nieve, pero adentro, esta noche, a orillas del fuego apasionado de Martí y sus versos, tan sencillos como poderosos, es primavera florida: “Si ves un monte de espumas, / Es mi verso lo que ves: / Mi verso es un monte, y es / Un abanico de plumas”. Contrapunteo de colores, sensaciones y confesiones de un grande: “Mi verso es de un verde claro / Y de un carmín encendido: / Mi verso es un ciervo herido / Que busca en el monte amparo”.

Hoy, 122 años después, sigo recordando esa velada, esa serenata única que resonará, mientras haya poesía, en las almas elegidas para la paradoja de vivir, aunque se muera a diario. Una vez más, la poesía sencillamente demuestra que es una de las pocas pruebas de la existencia del hombre, ese animal feroz que, a la tarde de los años, aspira a la simplicidad, a la sencillez, que es la sinceridad de los grandes, como José Martí.

11 comentarios:

Zoé Valdés dijo...

Hermosos el texto y la pintura.

TURANDOT dijo...

Ay, Ondina, cuanto placer das y el complemento de la pintura es perfecto. Mi amor a los dos. Gracias.

Anónimo dijo...

Gracias Ondina por mantener viva la llama de amor a Martí, a pesar de los horrores que el castrismo ha hecho con él, incluso hacerlo autor intelectual de la masacre del Moncada. Bello texto, bellos poemas y bella pintura, que supongo es del Maestro Josevelio, aunque dice "José Martí" a modo de firma, lo que me parece muy raro. Gracias a todos por este regalo de fin de semana.

Enrique Aguirre

Anónimo dijo...

Que falta de respeto decir que Martí amaba "las bebidas espirituosas". Es una forma de decirle alcoholico al apostol. Hay que ser atrevida para insultar así. Y también dice que tenía un alma turbia ¿Ondina conoció a Martí acaso? Habla como si fuera propiedad de ella. La pintura que pusieron ahi que no se de quién es, parece un gallo desplumado que no tiene nada que ver con la calidad de la obra de Marti. Deberían quitarla y poner una de Josevelio. Este blog esta cada dia peor. Ni se para qué entro...

Elpidio Valdés

Anónimo dijo...

Lo magistral de nuevo en este blog. Imagen y palabras: ¡qué regalos! Y ese Martí tan bello, el de esos versos.

Gracias.

Teresa Cruz

Gino Ginoris dijo...

Tres que llegan y nunca terminan de asombrarme.
El maestro, el amigo y la reina de la palabra actual.
Aplauso.

Anónimo dijo...

Una vez más Ondina derrocha arte con su pluma y recrea una escena importante para nuestra cultura, como si ella hubiera estado allí. A mi me encantan los Versos Sencillos pero también todos los poemas de Martí. Menos mal que la mayoría de los cubanos somos martianos. Gracias por este oasis de poesía y belleza, de arte y cubanía, en medio de la violencia y el horror que vive el mundo. Maestro Josevelio su obra es bella y armoniosa. Gracias, Ondina, por sorprenderme siempre.

Margarita León

Anónimo dijo...

Ay, ay, ay; Ondina es lo más sublime para el alma divertir, se debiera de morir quien por buena no la estime. Esto tiene que ver con Elpidio Valdés a quien le digo, como diría Gorki, el de Porno para Ricardo - " No coma tanta p..., compay!

El Tritón de Cádiz

Anónimo dijo...

¡Qué combinación tan buena! ¡Martí, Ondina y Josevelio! Todo pura poesía. Como dice Teresa, qué regalos. Y como agrega Gino, ¡aplausos! Pero comento a un comentario. Si Martí era o no alcohólico, no importa. Yo lo entiendo. Le tocó una vida dura y retos grandes. Como todo ser humano, necesitaba desconectarse para coger fuerzas, así que si bebió, fumó, se drogó y sedujo mujeres alguna vez, bien por él. Esto lo hace más humano y bello. Y su obra toma una dimensión mayor. ¿Se han puesto a pensar todo lo que hizo en tan poco tiempo de vida? Por eso su huella es inmortal, como tan bien ha expresado Ondina siempre que escribe sobre él. Gracias.

Mara Villa del Valle

Anónimo dijo...

"Ondina de mi alma" nuevamente es un placer leer sus articulos .Bello, hermoso, maestra de las letras.
Saludos para todos los buenos amigos de este el mejor blog del ciberespacio.

julio matilla dijo...

BELLISIMO EL TEXTO Y ADEMAS EL DIBUJO OS FELICITO
J. MATILLA