domingo, 2 de septiembre de 2012

Desangrando al mar.

Por Ondina León ©

“¿Quiénes somos?” es la pregunta que, a todo lo largo del extenso poema, parece hacerse el sujeto lírico en un desesperado afán por responder la verdadera pregunta que lo anima: “¿Quién soy?”. Las posibles respuestas se barajan con ansiedad en una sucesión de metáforas y símiles, que sostienen la arquitectura de lo que es, sin duda, uno de los grandes poemas de la literatura cubana y, tal vez, el mejor poema de su creador, Virgilio Piñera: “La isla en peso” es su más trascendental intento de definir a toda una nación.
Pero desde los primeros versos, el protagonista de este viaje interior en busca de una fuerza telúrica definitoria se siente condenado, atrapado, en una misión que quizás no hubiera escogido: “La maldita circunstancia del agua por todas partes / me obliga a sentarme en la mesa del café. / Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer / hubiera podido dormir a pierna suelta”. El conflicto no es sólo con su ambiente, sino también consigo mismo, lo que probablemente sea la condición necesaria para distanciarse y poder intentar juzgar y definir, desde la altura de su agonía, que aquí quedaría como sinónimo de lucha, en el sentido de Unamuno.
La idea de que la isla es una trampa mortal se vuelve, entonces, obsesiva y el sujeto confiesa que “una taza de café no puede alejar mi idea fija, / en otro tiempo yo vivía adánicamente”. Y para que no haya dudas de la intensidad de su desespero, agrega: “Esta noche he llorado al conocer a una anciana / que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes”. ¿Se puede dar otra imagen más fuerte de impotencia ante las circunstancias?
A esta fatalidad, habría que sumar que nuestro héroe (¿el propio creador?) está consciente de que él mismo, como hijo de una tribu joven y atribulada, no sabe “definir”, lo que haría de su gesto una doble proeza: “¡País mío, tan joven, no sabes definir!”. Y definir significa trazar el perfil de una identidad; dibujar con trazos gruesos y oscuros los contornos de quiénes somos y hacia dónde vamos, desde esa cárcel laberíntica que es la isla, con sus barrotes de espuma de mar, que deviene imagen simbólica de una condena divina.
Cuando el poeta se pregunta y se responde, “¿Quién desdeña ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán? / La sangre adolescente bebemos en las pulidas jícaras. / Ahora no pasa un tigre sino su descripción”, está dejándonos saber que es casi seguro que la isla está enferma de una “verbalidad” en la que el verbo se ve obligado a crear realidades, que se superponen sobre la realidad verdadera, porque no hay elegantes tigres, pero sí su descripción paseándose por las selvas invisibles que habitamos devorándonos.
Hecha la advertencia, más adelante el sujeto lírico es mucho más directo y sentencia: “No sabemos llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne”. Y como “nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo”, el protagonista de esta epopeya íntima, isla en una isla, asume el destino y se consagra a traducir las sagradas palabras, que supuestamente definen la identidad colectiva, y las rebaja a esferas reales, sin halos de santidad, para ver la luz que ilumina: “Me detengo en ciertas palabras tradicionales: / el aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco, / con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente, / titánicamente paso por encima de su música, / y digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo”. Para un país inventado y recién nacido como Cuba, estos versos de 1943 podrían resultar todo un insulto para los que, como José Martí, derrocharon imaginación imponiendo una realidad, más verbal que concreta, en el afán desmedido de sentar los pilares de la nación, encajada en el vasto mundo.
Pero los pueblos no se definen sólo por lo que aspiran a ser, sino, sobre todo, por lo que son en un momento histórico único: “Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol, / las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras, / las eternas historias de los negros que fueron, / y de los blancos que no fueron, / o al revés o como os parezca mejor, / las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules
-toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas…”. El incendio encefálico, entonces, parece totalmente lógico gracias a los bufones y cotorras, que son la fauna de la isla tropical y trepidante, que se vuelve infernal porque “¡Nadie puede salir, nadie puede salir!”. Y ni los tiburones, voraces guardianes de la trampa salobre, se atreven a “transportar un cuerpo intacto”.
Sin embargo, el grito trágico de “¡Nadie puede salir!” choca con las claves y adquiere un ritmo de letanía espantosa, de conga bullanguera, que sí define la locura que engendra el encierro en el acento de sol carnívoro que es la isla posesa. Porque, “¿Pero qué puede el sol en un pueblo tan triste?”. Nada, se va respondiendo el poeta, poseído por la fiebre de definir y definirse casi llegando a la definición mejor y más aterradora: “Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste”.
Y ya nos vamos dando cuenta de que, de esa amalgama humana de transterrados europeos (castellanos, vascos, gallegos, catalanes…) y africanos (yorubas, locumí, congos carabalí….), y algunas salpicaduras asiáticas, podría haber nacido una bestia de mil cabezas enloquecidas; podría haber surgido una “raza” peligrosamente única con una vocación de desapego, de frialdad, de distanciamiento, de arrogante vocación peregrina, de una locura cancerígena, que nos ha llevado a ser lo que somos hoy, una tribu atomizada por los cinco puntos cardinales, incluido el “abajo”, a que nos precipitó el accidente provocado del año 1959.
Por eso el poeta nos define y nos condena, porque no teníamos un rostro ni lo tenemos aún, porque nacimos del caos y comenzamos a morir apenas nacidos, suicidando la nación: “¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar! / ¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar! / Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro”.
La olorosa isla, cuajada de piñas, mangos y guayabas, de jazmines y rosas, de carne de puerco frita y café tostado al anochecer, no puede mirarse en un espejo, sino sólo sentirse a sí misma, ciega de soberbia, huérfana de futuro, desangrada y final. Aquí no valen los sacrificios de animales ni los ritos y rituales de mil confines del mundo para salvarnos de una muerte segura como nación: somos lo que no somos porque así lo hemos querido, para nuestro mal. Y así seguiremos muriendo de luz, desangrando al mar, como hizo Piñera, para intentar buscar nuevos horizontes habitables, que nos definan, aunque sea en una patria imaginaria.
Que nadie intente buscar una definición de cubanidad, o la propia personal, sin antes haber leído, aunque sea una vez y de un solo trago, “La isla en peso”. Luego, es probable que se tenga que rumiar por años la definición de ser y estar, aquí y allá. En 1943, Piñera anunciaba con sus versos el suicidio de una nación. Hoy, en el 2012, año del centenario del natalicio del poeta, si alguien nos dijera que la nación murió, será difícil demostrarle lo contrario.

15 comentarios:

JosEvelio dijo...

Hastiado del castrismo, a finales de la década de 1970 leí “La isla en peso”y me dije –está preso ya!!- Cuando llegué al final de poema estaba la fecha…1943. Desde entonces mi admiración por la vida y obra de Virgilio Piñera es permanente. Gracias Ondina por este homenaje de lujo al maestro VP. Saludos a todos.

Gino Ginoris dijo...

Virgilio fue, es, la más desangrada definición del ser que habita y finge vivir detrás de sus rejas de espuma, La isla en peso es el antes y el después de la poesía cubana y Ondina es una reina que baraja la palabra como una pintura en la que caben todos los colores, incluso los que duelen tanto.
Dios mío, gracias por eso.
“los pueblos no se definen sólo por lo que aspiran a ser, sino, sobre todo, por lo que son en un momento histórico único”

Anónimo dijo...

Estoy sin habla. Acabo de leer el magnífico texto de Ondina y ya estoy, como dice ella, "rumiando" sobre mi identidad, nuestra identidad. Salgo volando a leer el poema de Piñera y me vuelvo a quedar sin habla. Parece escrito esta mañana. Realmente no tengo palabras para agradecerles a los tres, a Piñera, a Ondina y a Josevelio. Y sí, creo que sí, creo que nos hemos estado suicidando en los ultimos 53 años...

Enrique Aguirre

José Soriano dijo...

Gracias JosEvelio por traer a Ondina nuevamente aquí. Justo ayer vi la puesta en la UM de Los Siervos, dicen que es una obra 'menor' y que el propio Piñera la 'desacreditara' en una ilusoria conversación con Sartre, pero yo oí esos textos y eran tan universales, tan actuales que me costaba creer que hubieran sido escritos en los años 50s. Nada otro visionario ninguneado y ahora resucitado a conveniencia de las dos aguas. La puesta adaptada fue recreada con excelencia por Teatro de La Luna, compañía cubana que participa en los 'intercambios'. No creo que Piñera haya llegado a ver su obra en las tablas, no lo sé, pero si sé que sus letras han trascendido épocas y fronteras y ahí está su verdadera libertad, superior al fatalismo geográfico que le tocó vivir. ¡Qué buen homenaje el de Ondina al mostrarnos a través de Virgilio ese otro lado de nuestra cubanidad!

Anónimo dijo...

Esto es magnifico, Ondina, es fascinante leer todo esto y quedarme sorprendido ante tu manera tan extraordinaria de definir este poema de la obra del ilustre poeta, un abrazo grande y gracias por tus letras, Roger

Esperanza E. Serrano dijo...

Ondina, Ondina,
¡Cuánta sabiduría hay en tu análisis sobre el poema de Virgilio Piñera"La isla en peso ".
Tus palabras son más que un buen homenaje al poeta y dramaturgo que tuvo la valentía de expresar públicamente su miedo, su angustia por el macabro destino de la sufrida joven nación cubana, empeorada con la llegada de los barbudos con su brusca imposición de un nuevo orden que rompería con todo, bueno o malo, establecido anteriormente.
Si en el 43 Virgilio se sentía preso entre las aguas, después del 59 su agonía fue peor.
Amiga, cúanta razón tienes cuando acotas:“los pueblos no se definen sólo por lo que aspiran a ser, sino, sobre todo, por lo que son en un momento histórico único”.
En cuanto a nuestra identidad como cubanos me he preguntado muchas veces:
¿ Realmente somos un pueblo con identidad propia? ¿qué nos define como cubanos? ¿El haber nacido en una isla (como tú le llamas) posesa y no tener la posibilidad de escapar de ella ni áun habitando en otras tierras?
¿Somos masoquistas? ¿amamos el martirologio absurdo?
Creo que somos, en conjunto, un pueblo de soñadores, de ilusos levitando en el aire, incapaces de poner los pies sobre la tierra para echar a andar en una dirección definida, por un camino que nos lleve a un estado de desarrolo superior fisica y esperitualmente, individual y colectivamente.
Acostumbramos a lamentarnos de nuestra suerte, y a veces noto que algunos hasta creen que con su lamneto inspiran respeto. Desgraciadamente, desde mi punto de vista, siento que despertamos más lástima que admiración y respeto.
Ondina, una vez más tus palabras nos ayudan a reflexionar y a indagar dentro de nosotros mismos.
Gracias por este post. Gracias JosEvelio por este blog y por darnos la oportunidad de conocer a esta gran persona que es Ondina.
Un abrazo
Espe

Zoé Valdés dijo...

Nunca has dejado de ser esa persona brillante y sensible con la que estudié, este post lo demuestra. Un beso a tí y otro a Josevelio.

Anónimo dijo...

Piñera fue otra víctima más del castrismo, pero desde su inmortal literatura les sigue dando batalla a los tiranos. Excelente artículo de Ondina en el que demuestra que los poetas pueden ser más importantes que los sociólogos para conocer la identidad de un país. Ondina, me gustó mucho la frase "joven tribu atribulada" porque eso sintetiza lo que somos. Gracias, Josevelio, por este homenaje a Piñera.

Margarita León

Anónimo dijo...

A mí me parece que todo este texto de Ondina, en homenaje a Virgilo Piñera, es una profunda reflexión sobre la identidad del cubano. Y me pregunto cómo se puede reflexionar desde la poesía, porque este post es muy poético y está lleno de imágenes poderosas y bellas. Una de las frases que más me impresionó es esta: "Y así seguiremos muriendo de luz, desangrando al mar, como hizo Piñera, para intentar buscar nuevos horizontes habitables, que nos definan, aunque sea en una patria imaginaria". Y sí, creo que muchos cubanos estamos viviendo en patrias imaginarias, con el peso de la nostalgia sobre nuestras espaldas. ¿Será justo? Por blogs como este vale la pena el mundo virtual. Gracias a todos.

Cristobal

Anónimo dijo...

Virgilio nos definió en su poema magistral y Ondina, 70 años después, nos vuelve a definir sabiamente: somos un pueblo suicida. No hay remedio para la autodestrucción. Ni con el castrismo ni sin castrismo. Eso es lo que veo.

Mara Villa del Valle

Anónimo dijo...

Ondina, como siempre, brillante, poética y profunda. Y Esperanza E. Serrano tiene mucha razón en todo lo que dice. Quejarnos es nuestro deporte nacional. Tal vez por esto, a pesar de nuestros éxitos personales, todos nos desprecian como pueblo. Sobre todo los hermanos de América Latina que conviven con nosotros en Miami.

Anónimo, pero real

Anónimo dijo...

Ahora se le rinde mucho homenaje pero Piñera fue un diablo que se burlaba de todo el mundo. Dios lo castigó porque al principio de la Revolución daba salticos de alegría con los barbudos y se sumó al coro que les cantaba, hasta que lo metieron preso por ser como era. Su lengua venenosa lo inmortalizó como escritor pero lo llevó a morir marginado en su propio suelo. Esto es verdad. Ondina no habla en el escrito de la persona ni el escritor sólo de un poema que es muy bueno, es verdad, y que le sirve para avalar lo que ella piensa de los cubanos, con razón. Vamos a ver si alguien tiene el valor de hablar de Piñera como persona, alguna vez. Gracias.

Anónimo dijo...

Siempre hay un resentido envidioso que arremete contra la persona para restarle méritos. Virgilio fue un diablo, pero es uno de los grandes escritores cubanos de verdad, no como Miguel Barnet o Antón Arrufat. Y murió marginado por el castrismo porque no les vendió su alma, como Lezama. En todo caso, fue un diablo con dignidad que resistió desde el hambre y el miedo. Gracias Ondina por tu texto justo, bello, digno. Gracias Josevelio por tu blog.

Fabrizio del Dongo

Anónimo dijo...

Todos los años anhelando lo mismo.
Todos los años picdiendo lo mismo
Por siglos y siglos,silencio, lo mismo.

Puaf!...Hasta cuando!

TURANDOT dijo...

"Aire frio" magistral y todo lo demas. Muchos criticos y estudiosos de VP y su obra no saben ni la mitad que usted. Enhorabuena.