domingo, 29 de julio de 2012

Las sotanas de Satanás.


Por Ondina León ©

Al dolor por la pérdida de Oswaldo Payá Sardiñas, asesinado vulgarmente por la mafia castrista, he tenido que sumar la indignación por el manoseo adocenado de la iglesia católica cubana en sus honras fúnebres. Jamás pensé que el cardenal Jaime Ortega Alamino, diligente servidor de la casta burocrático-marcial de los Castro, fuera a oficiar en la misa de cuerpo presente del libertador caído en combate. El oficio de este cura con jerarquía es ser el curador de cuanta fechoría comete el régimen, dentro y fuera de la isla posesa. Entonces, ¿cómo se va a involucrar en el trágico desenlace de una muerte anunciada, a la que nunca se opuso?
La bandada de altos jerarcas católicos sabía muy bien que Payá estaba sentenciado por los esbirros de la tiranía y que su muerte era cuestión de tiempo, pero, ¿qué hizo para impedirla? Rezar en voz queda el rosario de “razones de estado” para no constituirse en un muro, que detuviera la sed de sangre de la gerontocracia. Las míseras migajas que ha lamido la iglesia cubana del piso del palacio de los Castro bien valía, para ellos, la vida de un hombre de paz, que luchaba por la libertad para todos, aunque no todos se la merezcan.
¿Qué contenía la baba litúrgica que esputó Ortega en la iglesia donde fue despedido Payá? Más de lo mismo, pero con una mayor cantidad de cautela, de esa vomitiva y cobarde que siempre coloca los intereses del estado religioso, excluyente y represivo como el castrismo, por encima de los intereses y necesidades del pueblo, al que dice servir.
¿Cómo reaccionó Ortega a los gritos de “¡Libertad, libertad!” que estremecieron el templo? Como siempre, con una hemorragia de eufemismos “bonitos” en los que, ni por equivocación, se escuchó de sus labios la palabra libertad, esa que fue inmediatamente mancillada, por enésima vez, cuando muchísimos de los participantes fueron golpeados brutalmente, secuestrados y tatuados en los archivos castristas y castrenses como “disidentes”, “mercenarios”, “conflictivos” o “apátridas”, por el sólo hecho de querer hacer uso de su libertad personal e ir, en peregrinación, hasta el cementerio y sepultar al símbolo de la decencia en Cuba, ese accidente histórico sin valores reales y sostenidos que mostrar.
Dijo Ortega que Payá le fue “fiel a la iglesia” y que era “respetuoso de su obispo”. Pero no habló de las críticas que le hizo a esa misma iglesia por usar y desusar un lenguaje demasiado timorato, que se hace cómplice de la dictadura, término que está prohibido usar en el submundo de estos diablos con sotanas, con sus cinturitas de obispo, que no de avispa, que delatan sus noches de banquetes y sus giras por la tierra arrasada en Mercedes-Benz muy bien aceitados, mientras sus ovejas, incluso las descarriadas, pasan hambre, apagones, carencia de agua potable, sufren calor extremo, y se enajenan bebiendo ron, fumando y jugando dominó en cuanta plaza y esquina encuentran, entre las ruinas de lo que fue La Habana, hoy ciudad sitiada por el bombardeo de 54 años de desidia y odio.
Ortega ha escrito una página más en la historia de la infamia en Cuba y no ha dejado ni la más mínima esperanza de cambio, a corto plazo, para aquellos que son católicos y amantes de la libertad. Que a nadie se le ocurra levantarle las sotanas a estos curas para ver qué hay debajo de ellas, porque ya se sabe lo que hay: eunucos.
La posteridad, me aferro a pensar, algún día contrapondrá el cristianismo pragmático de la iglesia católica cubana, más estado que institución espiritual, al cristianismo primigenio de hombres como Payá, quienes desde su fe, trataron de volar por los aires las montañas de miserias y opresión de esta larga noche de tiranía.
El castrismo se ha cuidado mucho de no engendrar mártires, y mucho menos cristianos, que puedan resultar estandartes para las masas. Pero ya la mafia, con su añeja mentalidad imperialista, se siente demasiado confiada en que siempre tendrá la complicidad de la iglesia católica, el aplauso de las izquierdas del mundo y la indiferencia de planeta ante sus crímenes. Ya lo dijo Castro II en el discurso del 26 de julio de este año, que no iba a permitir que Cuba fuera otra Libia o que se convirtiera en Siria, es decir, que ni soñáramos con que se permitirá una lucha masiva para sacudirse las cadenas de la dictadura.
¿Qué ha respondido Ortega ante esta amenaza vil de un baño de sangre? Tal vez, debe tener su sotana mojada de miedo y debe estar arrodillado, sobre dos chapas de botellas de refresco, rezando y pidiéndole luz a su dios, que evidentemente no es el mío, para ver dónde coño se mete, si la isla en peso despierta de su largo letargo y ruge: “¡Libertad, libertad!”. ¡Dios lo quiera!

9 comentarios:

Gino Ginoris dijo...

El sedentarismo mental de la jerarquía católica cubana es una cadena alrededor del cuello de esa libertad.
Ay de ustedes, rutilantes mancebos del espanto, pues llegará la primavera.
Mis respetos Ondina y Jose.
(Lo de la cinturita estuvo de miedo, je je je )

Anónimo dijo...

Sra.León: Su Ilustrísima Ortega es solo otro Judas que ha vendido a su pueblo.

Capullito de Alelí.

Anónimo dijo...

La corrupción de los principios cristianos de la iglesia católica es mas que evidente desde hace años, creo que el gobierno cubano le esta dejando a lo oposición la opción de la lucha armada como única alternativa para la libertad, hay que recordad que ellos son padilleros violentos. Nuevamente Ondina gracias por tus lucidas reflexiones, un gusto leerte, Roger

TURANDOT dijo...

Ondina, la desesperanza se aduena de mi corazon. Cuba, la reina de los malos tiempos. Es cobardia olvidar o es autoayuda olvidar, sin patrioterismos, con la verdad en el corazon, somos un pueblo de hijos ingratos. Todo primero, Cuba despues.

Anónimo dijo...

Sra. Ondina, usted escribe muy bien sobre cualquier tema, pero cuando se trata de Cuba, yo siento que usted está plena, desbordada en su pasión, con inteligencia y valor. Este artículo, una vez más, desde el mismo título (¡genial!) hasta el final dramático es único, por sus verdades y por cómo las dice. La iglesia, desgraciadamente, es cómplice de los crímenes de la dictadura. Gracias a usted y a Josevelio por siempre estar del lado de los oprimidos.

Margarita León

Anónimo dijo...

El comentarista Roger tiene razón. Desde el principio, la única y auténtica lucha contra la dictadura de los Castro es la lucha armada, pero se ha puesto de moda la "corrección política", que excluye la violencia, aunque sea justiciera y emancipadora. ¿Cuándo se ha visto en la historia que un regimen despótico se combata con carticas y flores? Desgraciadamente, hemos perdido el tiempo y el norte, y la mayoría nos hemos refugiado en el Norte, dejando a la isla en manos de una mafia. Ya es muy tarde. La tiranía va a seguir matando a los opositores y nosotros, desde lejos, vamos a seguir lamentándonos inútilmente. Ondina, usted siempre me sorprende por su lucidez, su prosa y su valor, pero no siga perdiendo el tiempo sufriendo por Cuba. Como dice Turandot, "somos un pueblo de hijos ingratos". Esto es lo que nos tocó. Lo demás es pura palabrería e histeria de café en la calle 8... Gracias a todos por compartir, al menos, este dolor.

Enrique Aguirre

Anónimo dijo...

A Roger y a Aguirre les resulta fácil hablar de lucha armada porque ellos no van a participar, por supuesto. Claro, ellos llaman a la guerra de sangre desde sus casas con aire acondicionado en Miami y con los estómagos llenos. Me sorprende tanta irresponsabilidad. Mientras exista el diálogo, que no haya más muertos. Hay que tener paciencia, total, si ya llevamos 53 años huyendo...
Anónimo pero real

Anónimo dijo...

Como siempre, excelente artículo este de Ondina, aunque yo soy católica y pudiera sentirme ofendida por las verdades que dice. Pero no me ofendo porque no me ciega la pasión. Lo que no entiendo es que algunos comentaristas quieran lanzar a hermanos contra hermanos. Yo creo que hay que luchar contra la dictadura pacíficamente, aunque demoremos más en ganar. Dios nos iluminará. Gracias, Ondina y Josevelio, por este espacio de libertad y debate.

Mara Villa del Valle

Anónimo dijo...

Roger, Enrique Aguirre y todos los que pudieran pensar que hay que hacer algo distinto, tienen razón. El diálogo con los Castro nunca ha sido diálogo, sino el monólogo de los que tienen la sartén por el mango y dictan las reglas del juego. El "diálogo" hasta ahora no ha dado resultado, sino víctimas como Payá y Laura Pollán. Ya lo dijo Oscar Elías Biscet, un hombre decente que "está en remojo", que cualquier método o forma de lucha, incluida la armada, era válida para acabar con las cadenas. Si allá estalla la chispa, nosotros los de aquí, "los del aire acondicionado", también estaríamos dispuestos a ayudar. Pero, ¿pasará eso algún día? Ondina, mis respetos por su lucidez y su valor. Gracias, Josevelio, por este blog. Saludos.

Cristobal