viernes, 28 de diciembre de 2012

El desterrado feliz.


Por Ondina León ©


En Cuba, el destierro ha sido y es una de las categorías históricas que más nos ha impactado desde la época de la colonia hasta hoy, bajo la rancia dictadura castrista, que en apenas horas cumplirá sus primeros 54 años. El destierro, pero también el transtierro y el entierro, porque otros, sencillamente, han sido pasados por las armas por pretender ser libres o ayudar a los demás a serlo. En nuestra breve pero intensa historia han caído diezmados por el absolutismo español, cubano y castrista, no sólo políticos y guerreros, sino también artistas y poetas. Para muestra, Juan Clemente Zenea y Gabriel de la Concepción Valdés, “Plácido”, dos grandes poetas que fueron ejecutados sin misericordia, en el siglo XIX. Más recientemente, la lista de los barridos y condenados al ostracismo por el despotismo cubano es infinita, incluidos los enterrados vivos en la isla posesa, como José Lezama Lima y Virgilio Piñera. De todos, el precursor es, sin duda, José María Heredia —Santiago de Cuba, 31 de diciembre de 1803-Toluca, México, 7 de mayo de 1839—, el autor del famoso “Himno del Desterrado”.

Como José Martí y otras grandes figuras de nuestro vasto inventario de calamidades históricas, Heredia vivió más tiempo fuera de Cuba que dentro de la isla de las vorágines. Su caso es a la vez patético y conmovedor, porque incluso tuvo que adjurar de sus ideas independentistas y escribirle una carta humillante al déspota de turno (¿quién se acuerda de él?), para que lo dejara visitar, ya por última vez, en 1836 y por sólo cuatro meses, la tierra que lo vio nacer y de la que no pudo librarse nunca, por más esfuerzos que hizo. En su poema “A Emilia” confesó: “Heme libre por fin: heme distante / de tiranos y siervos. Mas, Emilia, / ¡qué mudanza cruel!...”. Aunque Heredia ejerció el periodismo activamente, escribió teatro, ensayos y hasta una novela que se le atribuye, “Jicoténcal” (atribuida también a Félix Varela), su mayor impacto en nuestra cultura es como poeta, como el primer gran vate romántico del siglo XIX, del que hasta Martí se reconoce deudor y heredero.

Los temas de sus composiciones son los esperados para la corriente literaria en las que se insertan: el amor, el desamor, la melancolía, la belleza femenina, la naturaleza y sus fenómenos más expresivos, como las tormentas o las cataratas, los misterios de la vida, los vericuetos del ego y las ansias de libertad. Sin embargo, la obsesión de Heredia, Cuba, está presente o se filtra con sutileza en cada uno de sus poemas. En “Placeres de la melancolía” dice abiertamente: “¡Patria!... ¡Nombre cual triste delicioso / al peregrino mísero, que vaga / lejos del suelo que nacer le viera!”. Y agrega, ya desgarrado: “Desde entonces mis ojos anhelantes / miran a Cuba, y a su nombre sólo / de lágrimas se arrasan. Por la noche, / entre el bronco rugir del viento airado, / suena el himno infeliz del desterrado”.

Ni en la justamente reverenciada oda “Niágara” puede Heredia librarse del maleficio, que ejerce sobre él la isla caribeña. Fascinado ante la natural creación divina, en pleno paroxismo, se le escapa una queja: “Mas, ¿qué en ti busca mi anhelante vista / con inquieto afanar? ¿Por qué no miro / alrededor de tu caverna inmensa / las palmas, ¡ay!, las palmas deliciosas, / que en las llanuras de mi ardiente patria / nacen del sol a la sonrisa, y crecen / y al soplo de la brisa del Océano / bajo un cielo purísimo se mecen?”. Y ya en los finales, cuando anuncia su propia gloria futura por esta composición, Heredia se desnuda y se define: “… Desterrado, / sin patria, sin amores, / sólo miro ante mí llanto y dolores”.

Entre su poemas más conocidos están “En el teocalli de Cholula”, “Misantropía”, “En una tempestad” y “En mi cumpleaños”. Sin embargo, es en el “Himno del desterrado” que Heredia manifiesta, felizmente, toda la angustia de una vida segada por la tuberculosis, enfermedad “romántica” por excelencia, a los 35 años de edad: “Mas, ¿qué importa que truene el tirano? / Pobre, sí, pero libre me encuentro; / sola el alma del alma es el centro; / ¿qué es el oro sin gloria ni paz?”. Y, tal vez, en los que pueden ser considerados como los versos más concluyentes de una pesadilla llamada Cuba, Heredia grita: “¡Dulce Cuba! en tu seno se miran / en el grado más alto y profundo, / las bellezas del físico mundo, / los horrores del mundo moral”.

Luego de escribir este himno, hace ya 187 años, se podría concluir que, de vivir hoy, Heredia estaría igualmente desterrado de su isla; o estaría encarcelado por el régimen castrista; o se habría suicidado, como han hecho otros escritores y artistas, triturados por la miseria y la vulgaridad. En todo caso, su vida y su obra nos queda como un legado irrefutable de que de Cuba no se sale, sino se entra, como suelo decir. De que por mucho que nos alejemos de ese archipiélago embrujado no podemos escapar de él, al no ser haciéndolo renacer en cada insomnio, en cada gesto de amor para con uno mismo y para con los demás: distinto al real, al ordinario que aborta a sus mejores hijos. De que, si bien conquistamos día a día nuevos horizontes de libertad, siempre estaremos incompletos, truncos, por la falta de los seres queridos que dejamos atrás, abajo, en el légamo, aunque nos desangremos ayudándolos a resistir la tiranía. No, no son las palmas, las “deliciosas palmas” las que me faltan este otro diciembre, en que la incertidumbre me corroe…



sábado, 22 de diciembre de 2012

Violetas sin violencia.


Por Ondina León ©


Ni llamarada solar arrasadora ni meteorito genocida. Ni erupción de la supercaldera del Parque Yellowstone ni inversión de los polos magnéticos. Ni ola de terremotos y maremotos ni choque de planetas: el mundo no se acabó este 21 de diciembre. Sin embargo, este no será un fin de año precisamente feliz: el mundo seguirá acabándose a pedacitos, poco a poco, con una imparable metástasis de incertidumbres y horrores.

Y no es que me quite el sueño el hecho de que mi país, Estados Unidos, esté haciendo acrobacias suicidas en el mismo filo del precipicio fiscal. Ni que me desconcierte el futuro de una isla posesa, Cuba, que alguna vez fue mi patria y que tiene ante sí un destino más oscuro, si fallece el “presidente” de la vaca de las tetas de oro, que es Venezuela, para los chulos del Caribe, los castristas. Tampoco es que me quite el apetito el sostenido baño de sangre de Siria, con la complacencia del mundo y la complicidad de rusos y chinos; ni que me perturbe el calentamiento global ni el hambre crónica del África, tribal y atomizada, desgarrada y corrupta.

No, tal vez mi posible inquietud visceral tiene que ver más con el sino del género humano y su esencia: ¿somos violentos por naturaleza? ¿Treinta siglos de cultura y civilización no han logrado domesticar las más cavernícolas furias que nos roen las entrañas? ¿Por qué la tecnología, que tanto nos ha facilitado la vida, tiene que rendirle culto a la violencia más absurda? ¿Somos biófilos o necrófilos? ¿Quién responde?

Una semana después del hecho, todavía todos temblamos por el horror de una matanza, que ocurrió en uno de los parajes más inesperados de los Estados Unidos. Un joven de 20 años masacró, al azar, a 20 niños y a seis maestras en una escuela, encajada en un paisaje bucólico, en uno de los estados más pequeños y apacibles de este gran país, en Connecticut. Antes, el homicida le disparó cuatro tiros en la cabeza a su propia madre: y se ajustició. Se dice que era prácticamente un genio de la alta tecnología y que era capaz de desarmar y armar una computadora en tiempo récord, sin articular palabra ni expresar júbilo por la hazaña. No hablaba con nadie ni socializaba. Se desconocen las razones que tuvo para ejecutar su más trascendental “proeza”.

La tragedia, como siempre, ha sido la zafra de los cazadores de desgracias, léase periodistas y comunicadores, que se han regodeado ricamente en los más patéticos detalles, y que le han dado gracias a Dios —¡sí, me consta que se las dan!— por tener de regalo de fin de año una noticia tan “importante”. En seguida salieron los políticos, con el presidente al frente, a amenazar con prohibir o controlar estrictamente la venta de armas. Ya sabemos muy bien a donde conducen las prohibiciones, ya sean de alcohol o drogas o lo que se les ocurra prohibir. ¿Recuerdan los resultados de la Ley Seca que estuvo en vigor de 1920 al 1933 en este país? Al Capone, mafia, crímenes, traficantes ilegales, productoras clandestinas… fue peor el remedio que la enfermedad: fracaso total de los moralistas y fundamentalistas religiosos y de esos políticos adictos a las prohibiciones, como el actual reelegido este año por una escasa diferencia de votos populares. ¿Y las drogas? Sin comentarios…

Así, si se culpa a las armas de la ola de violencia que azota a la nación y al mundo, ¿por qué entonces en otros países, en los que sus ciudadanos están fuertemente armados, los índices de violencia son muy bajos, como en Suiza o Israel? Las armas está concebidas para matar o herir al prójimo, pero el dedo que aprieta el gatillo necesita de una mente violenta. La violencia está en el alma, no en el arma. Y si de prohibir se trata, habría que empezar por Hollywood, la mayor y más poderosa fábrica de violencia del universo, la misma que le hace contribuciones de campaña multimillonarias al presidente, que quiere salir a controlar los arsenales. La Meca del Cine es un antro de guionistas, productores, directores y actores, en su mayoría ricos y famosos de la izquierda anti-sistema, que se dedican a intoxicar a las masas con películas empachadas de efectos especiales y violencia épica y absurda. Cómplices de esta “cultura” son la televisión, los periódicos, los videojuegos, los anuncios publicitarios y la mentalidad competitiva y falsamente de macho alfa, que se le da a mamar a los niños desde que abren los ojos.

¿Se sorprenden de las consecuencias? Mientras que no se lleve a cabo una auténtica revolución educacional y espiritual en todos y cada uno de los habitantes de este planeta enloquecido y en extinción, no se logrará que disminuya la violencia estructural que padecemos. Y tal vez esté bien que se prohíba y se controle la venta de ciertos tipos de armas, como las de asalto, pero la educación tiene que comenzar, como decían nuestros mayores, desde la cuna, en casa, porque el problema no es el arma, sino el espíritu.

Aún estoy anonadada por un homicidio que ocurrió hace sólo unos días en Hallandale Beach, en la Florida. ¿Los protagonistas agresores? Dos adolescentes, uno de ¡14 años! y otro de 17. ¿La víctima? Un mendigo. ¿El arma? ¿Están sentados? ¡Una pluma! Sí, una pluma de escribir o bolígrafo. ¿Cómo se puede matar a alguien con una pluma? Sencillamente si sabemos con exactitud dónde clavar la inocente punta de tinta. Y estos niños lo supieron y buscaron la arteria adecuada, que perforaron con saña hasta desangrar al desamparado, a quien dejaron tirado en el suelo como un despojo más de esta “civilización”. ¿La evidencia? Cualquier objeto puede ser un arma mortal, no tiene que ser un rifle ni una pistola ni un cuchillo acerado.

La ola de violencia ha alcanzado ya categoría de patología social en este país y tenemos que reaccionar todos, padres, maestros, políticos, comerciantes, cineastas y líderes religiosos. No estamos seguros ni en un centro comercial ni en un cine ni en un templo ni en una farmacia: en cualquier rincón se nos puede acabar el mundo, en un abrir y cerrar de ojos… ¿Es tan difícil cultivar unas violetas en armonía, en lugar de sembrar violencia y odio por todas partes? Los padres que perdieron a sus hijos pequeños no tendrán una Navidad feliz y nosotros tampoco debemos tenerla. Habrá que celebrar el nacimiento de Cristo —de esto se trata, no de consumir alevosamente y endeudarse a golpes de tarjetazos de crédito— humildemente en silencio y reflexionando, para intentar iniciar una nueva era. ¡Que Dios nos guie!

sábado, 15 de diciembre de 2012

El vuelo de las muletas.

San Lázaro, 2005
Josevelio Rodríguez

Homenaje

Por Ondina León ©
A San Lázaro bendito, en su día.

Para Antonio Hallado

Eres múltiple y eres uno. Eres un misterio sanador. ¿Serás el obispo o serás el mendigo? Tienes de los dos y tienes más, mucho más que el hábito de oro o la desnudez, más que el cáliz sin apuro o los perros tiernos. Tu nombre es vida recobrada: es el amor que te hace volver a la luz, ¿desde la nada? Eres la mejor manifestación de Jesús, el hacedor de milagros, que terminó en la cruz para que yo, ahora, pueda levantar la mía con apenas el filo de una uña. Lázaro, girasol o violeta, padre mío, no te pido que me levantes y que me eches a andar porque contigo, toda caída es vuelo. ¿Cuándo te presentí? Desde siempre: desde ese ayer en que la luz del entendimiento se ahogó en el corazón para dejar nacer el peñón de la fe. Lázaro, amigo, bendito padre, que me engendras cada día desde las muertes del alma, ¿habrá en la Tierra otra espera más larga? Yo sólo quiero ser dueña de mi tiempo y dejar las muletas clavadas en el silencio. En ti confío: no me hacen falta plegarias.

jueves, 13 de diciembre de 2012

A la tarde de los años.


"Ya llega la bailarina"
Josevelio Rodríguez 
 Foto de Mario García Joya ©


Por Ondina León ©


El genio artístico siempre aspira a la sencillez. Y a veces la alcanza. Condensa su sabiduría y su estilo y los vierte transparentemente en los más disímiles formatos, pero siempre con la cortesía de la claridad y, a veces, también de la brevedad. La sencillez también puede ser sinónimo de madurez, de humildad, de fe infinita, de divertimento sano ante el espanto de la vida.

José Lezama Lima, el poeta del más acerado barroquismo verbal que ha dado Cuba, renunció en parte a su estilo críptico y escribió con más sencillez lírica, al final de su vida. Pablo Picasso, ya octogenario, volvió a los trazos infantiles para esculpir en tinta un mundo erótico colosal, que es un canto a la vitalidad. Federico Fellini prescindió de la crítica y de la taquilla para producir sus últimos filmes, con una melancolía sutil y ligera, pero abarcadora y humana. Y así, el José Martí maduro de los “Versos Sencillos” es el más grande de todos. Sencillez: valor supremo.

Se dice que fue el 13 de diciembre de 1890 la primera vez que Martí leyó, ante un grupo de amigos, las 46 composiciones que conforman este poemario magistral, que publicó en 1891. La escena es inolvidable: los leños arden en el hogar de la casa neoyorquina para conjurar el frío del invierno, mientras este hombre, pequeñamente gigante, enciende con su voz el alma de los presentes. Su mirada glauca centellea a medida que se va desnudando el ser humano y deja el aire cuajado de imágenes y misterios: “Yo pienso, cuando me alegro / Como un escolar sencillo, / En el canario amarillo, / ¡Que tiene el ojo tan negro!”. ¿Qué quiso decir? Hay que rumiar la imagen y barajar respuestas, aunque nunca se llegará a la esencia final ni hace falta para tatuarla en la memoria.

Unos amigos paladean un licor, servido en copas de bacará, mientras otros apremian un té negro y caliente, tan cálido como la amistad que define Martí: “Si dicen que del joyero / Tome la joya mejor, / Tomo a un amigo sincero / Y pongo a un lado el amor”. Naturalmente, no hay para este poeta mejor refugio y abrigo que la amistad, porque declara, con su voz firme: “Tiene el leopardo un abrigo / En su monte seco y pardo: / Yo tengo más que el leopardo, / Porque tengo un buen amigo”. Y no tiene el más mínimo pudor en mostrar su corazón, este sí, de oro auténtico: “Cultivo una rosa blanca, / En julio como en enero, / Para el amigo sincero / Que me da su mano franca. / Y para el cruel que me arranca / El corazón con que vivo, / Cardo ni oruga cultivo: / Cultivo una rosa blanca”. Porque se sabe bueno, dolorosamente bueno, él quiere morir “de cara al sol”. Su espíritu es tan blanco como la rosa que pinta y tan turbio y atormentado como la tierra que la alimenta.

Un momento cumbre de la noche es cuando Martí suspira virilmente, traga en seco, baja la vista y comienza a decir: “Quiero a la sombra de un ala, / Contar este cuento en flor: / La niña de Guatemala, / La que se murió de amor”. ¿Por qué el amor mató a esta niña? Nadie se atreve a levantar la vista del suelo ante esta tragedia pasional en que, ¿hay que decirlo?, él es el protagonista. Porque el amor, en todas sus aristas, alentó a este hombre atormentado y hedonista, hasta donde pudo. El amor a la libertad, a la humanidad, a la belleza, a los misterios de la vida, a las bebidas espirituosas, a su lengua materna, a las creaciones del hombre… Como es un buen catador de bellezas, las halla en todas partes: “Alas nacer vi en los hombros / De las mujeres hermosas: / Y salir de los escombros, / Volando las mariposas”. Aunque sabe muy bien que todo necesita de tiempo para llegar a ser y estar: “Todo es hermoso y constante, / Todo es música y razón, / Y todo, como el diamante, / Antes que luz es carbón”. Cuartetas como templos.

Las mujeres presentes en la velada comienzan a sonrojarse y se le arremolinan los pechos cuando escuchan estos versos de desbordada sensualidad: “Mucho, señora, daría / Por tender sobre tu espalda / Tu cabellera bravía, / Tu cabellera de gualda: / Despacio la tendería, / Callado la besaría”. El contraste entre el trato de “señora” y el tuteo, no hace más que reafirmar que sólo hay que darle una oportunidad a este hombrecito extrañamente seductor para caer en los brazos de la más merecida tentación: el verbo se hace carne voraz.

Pero el paroxismo se acerca cuando Martí comienza a recitar uno de sus poemas más estelares de los “Versos sencillos”: “El alma trémula y sola / Padece al anochecer: / Hay baile; vamos a ver / La bailarina española”. Ningún otro poema resulta más inolvidable que este en que el artista pinta, con sus mejores verbos no sólo a la bailarina, sino también el baile: “Lleva un sombrero torero / Y una capa carmesí: / ¡Lo mismo que un alelí / Que se pusiese un sombrero!”. Y la magia de la danza en todo su esplendor nos hipnotiza y nos da alas: “Alza, retando, la frente; / Crúzase al hombro la manta: / En arco el brazo levanta: / Mueve despacio el pie ardiente”. Luego, “La bailarina” habrá sido recitado, musicalizado, teatralizado, recreado mil veces por todos los que lo hemos asumido como propio, como patrimonio.

Afuera cae la nieve, pero adentro, esta noche, a orillas del fuego apasionado de Martí y sus versos, tan sencillos como poderosos, es primavera florida: “Si ves un monte de espumas, / Es mi verso lo que ves: / Mi verso es un monte, y es / Un abanico de plumas”. Contrapunteo de colores, sensaciones y confesiones de un grande: “Mi verso es de un verde claro / Y de un carmín encendido: / Mi verso es un ciervo herido / Que busca en el monte amparo”.

Hoy, 122 años después, sigo recordando esa velada, esa serenata única que resonará, mientras haya poesía, en las almas elegidas para la paradoja de vivir, aunque se muera a diario. Una vez más, la poesía sencillamente demuestra que es una de las pocas pruebas de la existencia del hombre, ese animal feroz que, a la tarde de los años, aspira a la simplicidad, a la sencillez, que es la sinceridad de los grandes, como José Martí.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Poquita Cosa y mucho más.

Por Ondina León ©

“Pero, chico, ¿tú no te das cuenta que a mí me gusta sufrir por los hombres?”, le dice Poquita Cosa a uno de sus amigos confidentes, tal vez a Elperro Uría, que le reprocha su actuar errático en sus relaciones erótico-sentimentales. Le dice o le dijo o le pudo haber dicho, si no se lo llegó a decir, esta mujer que sufre por los hombres, mientras los devora, uno a uno, en su búsqueda de la identidad o de la felicidad, que no es lo mismo, pero se parecen… algo.

Poquita Cosa es la protagonista de la opera prima de ficción “Una artista del hombre”, de la escritora cubana Idalia Morejón Arnaiz, que yo no me atrevería a clasificar como novela, al menos no en el sentido convencional, sino como un vasto poema “épico” urbano, más exactamente uno de la ruinosa Habana del castrismo de los años 80 y 90 del siglo pasado, que ahora agoniza en su pesadilla perpetua, sin creer en lágrimas.

Pero no nos dejemos confundir por la afirmación de la estrella de esta odisea o anábasis, porque ella “sufre” gozando el sufrimiento que le ocasiona explorar no sólo los genitales, sino también el alma de los hombres, que conquista y coloniza con sus exigencias amatorias, y que le sirve, a su vez, para conocerse y conquistarse a sí misma y crecer, sin los complejos del feminismo, porque “para escribir sobre el feminismo, lo primero es proveerse de una tinta muy especial: esperma. Y no precisamente la de fabricar velas”. Lo dicho.

Lo que nos lleva a preguntarnos si la obra en sí es autobiográfica o testimonial. Y la respuesta se esboza barajando opciones preestablecidas, como que toda obra literaria es autobiográfica y punto. O que al menos, en parte, es realidad vivida por la autora. O que todo es ficción, luego de que la creadora mezcla y remezcla realidad y deseo, y perfila personajes a partir de seres reales. Sin embargo, no es necesario decodificar todas las claves, de lo que podría ser para algunos una obra críptica, para degustarla como un catálogo de aventuras y desventuras habaneras de una guajirita, tocada por la gracia divina de la inteligencia y con el don de amar a cualquier tipo de hombre, a tiempo, a destiempo y con intensidad de “resignada” buscadora de felicidades.

La protagonista (¿la autora?) tiene las hormonas en ristre y sufre un hambre crónica de mundo, y sus alimentos terrestres comienzan por ser los hombres, en un afán por trazarse su propio perfil humano, ella que desde chiquitica supo que lo suyo sería un combate voraz por transterrarse, desde el monte y la culebra del central azucarero del interior de la isla posesa, hasta la gran urbe, venida a menos por el genocidio castrista, pero que todavía seduce, hasta llegar a la jungla de asfalto y rascacielos del coloso del sur, Brasil, donde radica la novelista, con sus horizontes de libertad redefinida.

Así, Poquita Cosa es tan nómada o gitana como la que más y no le asombra ni le turba que en un mes puede que haya conocido a tres o cuatro hombres —aunque su non plus ultra de la ilusión sea un poeta empachado, budista y santero— , con los que tuvo algún tipo de escarceo o motivación erótica; o sexo, mondo y lirondo, y con los que juega a ponerse y a quitarse el traje de novia blanco, que en el fondo detesta por “cheo” o “picúo”, para su gusto, pero que complementa cualquier pluma, que ella deja caer con un gesto versallesco o dramático, como la vida misma, cuando intenta llevar el registro para otra futura obra, que llevará por título “Hombres de mi vida” y que, desde ya, debemos esperar con impaciencia, a modo de manual de artes amatorias o testimonio vital de una mujer glandularmente voraz.

En la codependencia con otras almas, se descubren las profundidades de la propia y no hay por qué avergonzarse de ello. Todos somos o terminamos siendo sólo capítulos en la vida que pasa en los demás. Y si admitimos esto con humildad y orgullo, habremos crecido en el gran libro de la ajenidad y lo efímero, que nos conforma en la (muy) soportable ligereza del ser. Y este es uno de los grandes encantos de Poquita Cosa, que se ríe saludablemente, lúdicamente, de ella y de sus angustias, así como de sus amigos, de sus hombres, de sus papelazos, de sus trichomonas vaginales o sus ladillas, y hasta de su propio hijo, Vulgarcito, que le da tanto lastre como alas, desafiando las carencias.

Su risa es más quevediana que la expresión de una masoquista irremediable. “Una artista del hombre” nos hace reír desde el principio y nos catapulta a un estado de distanciamiento de la realidad en que salimos extrañamente ilesos de sus crueldades y sus injusticias, no sólo en el amor, sino también de la vida. Y tanto es así que la historia de Poquita Cosa, que “también nació comemierda”, nos hace recordar la de otra poetisa, Sylvia Plath, pero sin llegar al punto de meter la cabeza en el horno a gas y partir, perfectamente, dejando atrás la corrección del papel de madre, esposa, hija y amante de las bellas letras: para esta cubana, el suicidio es un asunto postergable en aras de la lucha.

Nada me da más orgullo de tribu como saber que nuestra literatura cuenta ahora con otra gran novelista, Idalia Morejón Arnaiz, que se ha atrevido a explorar la búsqueda de la identidad personal, desde los escabrosos pedregales del amor al hombre, a la vida.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Del alma y de la lira.

Por Ondina León ©

Para el Maestro Domingo Porto Ferreiro, gran pianista clásico y mejor persona, a quien debo tanta buena música


Más que la palabra, que es don divino, tal vez la mejor expresión del alma de un pueblo sea su música. Las notas musicales son la esencia de lo sensorial y tienen la capacidad infinita de romper las barreras de las lenguas, penetrando universalmente más en lo emocional que en lo intelectual. Incluso, no hace falta ser músico o tener un oído excepcional para dejarse encantar por una melodía, que nace milagrosamente de sólo siete notas musicales en un prodigio de variaciones sin límites, que se combinan con misterio.

Sí es así, entonces el alma de la nación cubana es muy rica, intensa y extraña, porque su música lo es. No hay pueblo en toda la América Latina que, proporcionalmente, tenga un patrimonio musical más grande que el cubano en la corta y enloquecida historia de su existencia como nación. Tal vez pueda parecer un tanto chovinista, pero, como cubana, siempre me impresiono y siento un orgullo inconmensurable a cada vez que descubro un nuevo talento de mi tierra, paridora de músicos y músicas inmortales y universales.

Si bien los orígenes de lo que se ha dado en llamar la música nacional cubana son muy brumosos y abarcan desde el siglo XV hasta el siglo XVIII, y tienen sus raíces principalmente en la música sacra, que coexistía con la popular ibérica y la africana, ya en el siglo XIX sí que comienza a perfilarse lo que en el siglo pasado sería el establecimiento de una gran potencia sonora. En este siglo XIX, hay tres grandes figuras que se imponen sobre las demás: Manuel Saumell (1817-1870), que para algunos es el músico más importante de su época, autor de bellísimas contradanzas, como “Ayes del alma”, “Los ojos de Pepa” y “¡Toma, Tomás!”; el casi desconocido, pero importantísimo Tomás Ruiz (1834-1888), creador de contradanzas como “Usted dispense” y “El dedo de Landaluce”, y al que el pianista Alberto Joya se ha dedicado a difundir, como parte de su labor de arqueología musical, desde España; y el compositor y pianista Ignacio Cervantes (1847-1905), el creador de piezas antológicas como “Soledad”, “Ilusiones perdidas”, “Los tres golpes” y la tristísima y desgarrada “Adiós a Cuba”, que siempre me emociona. Habría que sumar otros nombres que también contribuyeron a conformar la identidad musical y nacional, como los de Nicolás Ruiz Espadero, José White, Claudio Brindis de Salas y Cecilia Arizti, entre otros muchos talentos.

El siglo XX es el del imperio de la música cubana, a la que es muy difícil clasificar como popular o culta, porque en ella todo se vuelve clásico, en el sentido de que trasciende las fronteras del tiempo y se consagra como imprescindible. Tal es el caso de la obra de Ernesto Lecuona (1895-1963), compositor y pianista, quien junto a Gonzalo Roig (1890-1970) y Rodrigo Prats (1909-1980) son las tres grandes joyas del teatro lírico cubano y sobre todo de la zarzuela. Lecuona, que hasta estuvo prohibido durante un doloroso tiempo por el régimen castrista, está considerado uno de los grandes pianistas del mundo y en su vasto repertorio hay piezas clásicas, como “La Comparsa”, “Malagueña”, y las bellísimas “Crisantemo” y “Ahí viene el chino”, que el Maestro Domingo Porto interpreta como los dioses, cuando su cubanismo lo desafía a él mismo. Lecuona también es el creador de “María la O” y “Rosa, La china”, dos piezas clásicas del teatro lírico cubano, hoy en decadencia por desgracia.

Son, danzón, guaracha, rumba, mambo, canción, bolero, chachachá, guaguancó, trova, ¿cuántos géneros se han creado en Cuba y se han difundido por el mundo? ¿Cuántos intérpretes, devenidos clásicos, nos siguen regalando sus creaciones en este mundo absolutamente ruidoso y podrido de polución sonora, con su reguetón y su vulgar “estilo urbano”? Aun desde sus imperfecciones, convertidas en sello de identidad; incluso con sus pobres voces pequeñas y hasta “feas”, el alma de estos grandes artistas nos estremece por su humanidad y su misterio encantador. ¿Quién no adora a María Teresa Vera? ¿Y a Bola de Nieve? Manuel Corona, el creador de la inmortal “Longina”; Sindo Garay, con su “La tarde” y su “Perla marina”; Miguel Matamoros con sus imprescindibles “Lágrimas negras”; El ángel cantor de Barbarito Diez; el intenso Benny Moré; la monumental Freddy; el cubanísimo Guillermo Portabales; Celia Cruz, la reina de la salsa… Ante ellos, Pitbull no existe. Son tantos que se atropellan, pero no nos matan, sino que nos hacen renacer, a cada vez que los escuchamos, para sentir visceralmente con orgullo de dónde venimos, y para ganar fuerzas y resistir la incertidumbre de no saber a dónde vamos, evocando esa angustia vital del poeta Rubén Darío.

El 22 de noviembre es el día de Santa Cecilia, patrona de los músicos y a quien Corona dedicó su canción trovadoresca “Santa Cecilia”, con versos inolvidables: “…ha surgido del alma y de la lira, del bardo que te canta como homenaje fiel…”. Este 24 de noviembre se cumplieron 21 años del fallecimiento del cantante Freddy Mercury, ícono de libertad creativa, voz inconfundible del grupo Queen, el extraordinario intérprete de “The Great Pretender”, quien cayó víctima del SIDA. Y en sólo unos días, el 29 de noviembre hará 49 años que perdimos a Lecuona, en Tenerife, España, en el esplendor de su gloria. Que este texto sirva como un homenaje, también fiel, a todos los músicos cubanos que han hecho de la isla todo un continente sonoro, un universo eterno de belleza y amor, aun en medio de las peores pesadillas.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Encadenado a la libertad.


Por Ondina León ©


Si los pueblos no fueran tan desmemoriados y devoraran mucho más su historia y su acervo, podrían llegar a alcanzar un punto de cultura que los haría más libres: el pasado perfilaría el presente y prepararía las sendas del futuro. Pero, desgraciadamente, los incultos son avalanchas de masas, cuesta abajo, en busca de satisfacciones transitorias y pedestres. Somos más esclavos de las circunstancias porque no buceamos lo suficiente en la riqueza infinita de nuestra propia historia. Las tiranías que nos corroen son fruto de la ignorancia y la desidia. Y si el individuo no es o no necesita ser libre, desde sí mismo y por sí mismo, no hay sociedad libre ni libertadora, porque los gobiernos, incluso los mejores, lo que hacen es someternos.

Cuba es pródiga en figuras que, como titanes solitarios, han derrochado sus vidas en pos de crear un país, que no existía, y que hoy está desapareciendo, desde su improvisación y su esquizofrenia, bajo la bota de la peor dictadura que ha conocido América Latina. Sin embargo, unos han sido justamente canonizados, como en el caso de José Martí, el demiurgo de la hipérbole cubana, y otros —que incluso sí crearon realidades concretas e hicieron mucho más, durante décadas, que “El Apóstol”— no se conocen bien, o cayeron en el olvido, o a nadie le interesa conocerlos. Tal es el caso de la colosal figura de Enrique José Varona (Camagüey, 13 de abril de 1849-La Habana, 19 de noviembre de 1933).

¿Cuántos conocemos realmente a Varona? ¿Quiénes pueden hablar con soltura de su faraónica obra? ¿Cuántas de sus obras nos hemos leído? ¿Por qué su huella probablemente aún está a flor de piel en la isla posesa? Si se compara, a nivel concreto, todo lo que hizo Varona, Martí termina siendo sólo un poeta de las tribunas. Filósofo, escritor, moralista, psicólogo, pedagogo de pedagogos, hombre renacentista por excelencia, este camagüeyano fue, sobre todo, un político de primera línea, que marcó las primeras décadas de la recién nacida República de Cuba, la misma que el castrismo se ha encargado de destruir.

Participó en los campos de batalla durante la Guerra de los Diez Años (1868-1878). Fue diputado a las Cortes Españolas, cuando creyó en el autonomismo. Vuelve al independentismo, más tarde, y en 1895 el propio Martí, que admirada y respetaba a Varona, le entrega la dirección del periódico “Patria”, cuando él decidió suicidarse en la manigua bajo el fuego español y la presión burdamente machista de los caudillos más célebres. Más tarde, luego de la guerra hispano-cubana-americana, durante la ocupación estadounidense de Cuba (1898-1902), Varona, con la clara estrategia de hacer que su país dependiera lo menos posible del coloso del Norte, fue primero Secretario de Hacienda y, luego, Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, lo que le permitió implantar en la devastada isla el “Plan Varona”, para modernizar la educación y sembrar luz.

A partir de 1902, ya instaurada oficialmente la república, pasó a enseñar desde su cátedra universitaria. Sin embargo, este hombre tenía en las entrañas no sólo un agudo sentido de la dialéctica, que le permitía cuestionarse sus propios principios y criterios, una y otra vez, y cambiarlos, sino también un enorme sentido de responsabilidad cívica, que lo llevaba a actuar, incansablemente, aun cuando el escepticismo y el nihilismo lo lastraran. Y funda el Partido Conservador Nacional y tan de lleno estaba involucrado en la política, que llega a ser el vicepresidente de la república, durante el gobierno de Mario García Menocal (1913-1917). También fue presidente de honor de la Academia de Historia y miembro de la Academia de Artes y Letras, mientras escribía incansablemente y educaba.

De todas sus obras — “Poemitas en prosa”, “Desde mi belvedere”, “Violetas y Ortigas”, “Emerson” — prefiero “Con el eslabón”, que siempre me ha acompañado en todos y cada uno de los naufragios de mi exilio, y que es la condensación de su genio. En este libro de aforismos y reflexiones, Varona destila toda su experiencia personal, su escepticismo, su amargura y su perspectiva de la naturaleza humana y las sociedades.

Hombre de mundo cosmopolita, que vivió en España y Estados Unidos largos periodos de su vida, al igual que Martí, fundió en su espíritu lo mejor de las tradiciones ibéricas y la modernidad estadounidense, hija aventajada de la cultura greco-latina. Quien sea cubano y no haya leído “Con el eslabón” debería hacerlo para sentir orgullo de esa isla esplendente dentro de la isla oscura que fue Varona.

Su larga vida es la de un guerrero que, ante todo, se encadenó a la búsqueda de su libertad y, de paso, a la libertad de una nación en gestación, pero bastante ingobernable. Así, este grande se pregunta en este libro de cabecera “¿De qué se hace un tirano? De la vileza de muchos y la cobardía de todos”, se responde para la posteridad. En otro de sus aforismos intensos sentencia: “¿Libertad? En las nubes. ¿Igualdad? Bajo tierra. ¿Fraternidad? En ninguna parte”. Y nos deja atontados con el peso de la realidad. Al definir la virtud, este virtuoso declara que “no es obediencia, sino elección”. Y aunque amaba a su tribu, no se cegaba con sus defectos: “Arte de gobernar. Traducido al cubano: arte de embrollar”. Su sensibilidad se manifiesta cuando afirma en otro aforismo: “Amar lo bello es ya ser artista. Realizarlo es poseer el talismán que transforma la vida y la engrandece”. Página tras página, crecemos con él.

Que este artículo sirva para rendirle homenaje a Enrique José Varona en el 79 aniversario de su fallecimiento, otro que, como Félix Varela, uno de sus maestros, nos enseñó a pensar y a sentir, en un mundo estulto.









jueves, 15 de noviembre de 2012

Otra vuelta a la ceiba.


Por Ondina León ©


Como el lenguaje es la casa del ser, así somos el espacio de nuestra adolescencia y juventud. Las ciudades y pueblos, donde transcurren estos años en los que comenzamos a despertar a la vida, nos marcan indeleblemente, para siempre. Yo soy La Habana: más aun, La Habana Vieja. Y tantísimos lustros de exilio no han logrado que yo corte el cordón umbilical con la ciudad que me vio nacer y que, un día, para mi bien, me abortó.

Nunca más he vuelto a ella y sé, perfectamente, que los últimos años que pasé allí los desviví como una extranjera, condenada por algún pecado mortal, sufriendo una ajenidad creciente, desafiando a las furias de la vulgaridad y el absurdo, resistiendo una dictadura feroz y rancia. De aquel entonces tengo cicatrices.

Sin embargo, si bien no extraño la pesadilla castrista, siento cierta nostalgia amorosa por aquella que fue, alguna vez, mi ciudad: mi patria. Tal vez, el tremendo hecho de que mi familia más cercana es rehén de la vida en esa ciudad todavía, me hace ser más compasiva a la hora de reprocharle su desamor para conmigo. Y trato de que La Habana no se me desvanezca más de lo que ya lo ha hecho, a medida que sacio mi hambre de mundo y descubro otras patrias hospitalarias en Miami, en San Francisco, en Madrid o en Santiago de Compostela. La nostalgia me sirve para parapetar un entramado de recuerdos, que prefiero luminosos, para no emponzoñarme con lo que pudo haber sido y no fue y que ya no será. Porque yo pudiera haber seguido viviendo en mi país, si este no hubiera seguido suicidándose, como lo ha venido haciendo por los últimos oscuros 54 años.

Los 15 de noviembre, en vísperas de la fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana, se solía asistir al Templete, donde dicen que se ofició la primera misa y se estableció el cabildo, y todos le dábamos al menos una vuelta a la señorial ceiba, que abrazaba al sitio. Algunos también dejaban ofrendas de centavos y otros, lo mismo una manita de plátanos con una tira roja que un tabaco entizado con una tela azul. El ser humano necesita tanto de los rituales como de la realidad. Así se celebraba la fundación de la que fue llamada alguna vez “La Llave del Golfo”, la capital de “La Perla de las Antillas”…

Pero hoy, 493 años después de fundada, los habaneros deberíamos conmemorar, no celebrar el hecho. Porque el panorama de La Habana no puede ser más patético y desesperanzador. ¿Qué se puede esperar de una ciudad donde la mayoría de sus habitantes quiere huir? El mismo salitre que nos acariciaba los labios cuando andábamos por el Malecón, bajo el sol o las estrellas, romanceando, es ahora una escupida en el rostro del que sueña con otros horizontes y el mar, siempre el mar —“la maldita circunstancia del agua por todas partes”, diría Virgilio Piñera—, se le atraviesa como un muro de Berlín infranqueable. La Habana ya no es La Habana, al menos no ha vuelto a ser la de Lezama Lima, la de Cabrera Infante o incluso la de Zoé Valdés, que también es La Habana Vieja. Ya ni maestros van quedando para educar o al menos instruir a los inocentes, que son lanzados al mundo, en medio de este páramo.

La Habana es el mejor espejo del arte de hacer ruinas del castrismo: es la prueba irrefutable de su fracaso total. La que otrora fue gran ciudad grande, ahora es un horrible estercolero lleno de jineteras, pingueros, chulos de baja estofa, trasvestis grotescos, policías orientales y manadas de turistas sexuales de mil latitudes, en una escenario de ruinas y derrumbes, con algunas salpicaduras de escenografías montadas para incautos.

La ciudad es la antesala del prostíbulo del mundo en que el castrismo y la vocación suicida de todo un pueblo han convertido al país. No nos doremos la píldora: lo que antes fue sensualidad esplendente y gratuita, en una isla tropical, ahora es interés burdo o lucha por la subsistencia a través del sexo. Lo que ayer fue un cuerpo, reino de libertad, hoy es esclavitud a la lascivia ajena en pos de unos centavos. Y así uno no se ama mucho a sí mismo ni ama a su ciudad ni hace patria.

Me duele La Habana aun en la distancia. Me duelen sus apagones, su violencia estructurada y cotidiana, sus carencias de agua y alimentos terrestres, su desidia, sus vulgaridades, su falta de esperanza y sus tristezas camufladas, absurdamente, en juegos de dominó a deshoras o en esas venas de alcohol con algunos vestigios de sangre hambrienta. La Habana se estremece, día a día, al paso huracanado de sus dos millones de cadáveres, sedientos de otra realidad. Y yo la contemplo en la distancia con estupor y alivio: ella me abortó y yo nací a la luz real, no a su sol carnívoro y negro.

No sé si algún día vuelva a verme cara a cara con La Habana. Tal vez sí, aunque sé que ya yo no soy ella ni ella será nunca como yo la soñaría. Mientras, apalencada en otro horizonte, conmemoro su fundación, le doy otra vuelta a la ceiba que crezco en mi interior y pongo un disco de Barbarito Diez…



domingo, 11 de noviembre de 2012

Yo, la mejor del mundo.


Por Ondina León ©


¿Quién fue el que dijo que la vida tenía que ser fácil? ¿Dónde se registró que para tener una gran vida todo tenía que ser un paseo por un campo de oréganos? Ludwig van Beethoven tuvo que componer una música celestial que Dios le prohibió escuchar: tenía que sentirla con las entrañas. Auguste Renoir pintó cuadros luminosos y coloridos, derrochando belleza, desde sus articulaciones férvidas y dolorosas. Jorge Luis Borges leyó y escribió desde unos ojos sin luz, pero que veían las catedrales del tiempo y los laberintos de la realidad y los convertía en perfección poética. Y Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, que se inmortalizó como Sor Juana Inés de la Cruz, tuvo que crucificarse en la religión para poder ser ella misma y que, ahora, siglos después, pudiéramos atisbar los fragmentos de su alma poderosa. Su cruz fue haber nacido mujer en una época en que imperaba un falocentrismo aberrante en la sociedad, en la política y en la religión católica. Pero arrastró su madero, se subió sobre él y tocó el cielo.

Cuando nació Sor Juana Inés, el 12 de noviembre de 1651, en San Miguel de Nepantla, Virreinato de Nueva España (hoy México), la iglesia católica era demasiado omnipotente y controlaba todos y cada uno de los resortes de una sociedad en que la mujer no tenía ni el derecho ni el deber de educarse. Sin embargo, desde muy niña, la que sería llamada “La Décima Musa”, se enamoró perdidamente de los libros y del conocimiento, y comenzó a saciar su hambre visceral de luz para sus entendederas: ya a los tres años de edad aprendió a leer y a escribir, como si fuera un Mozart de las letras.

Y se consagró a estudiar con tal pasión —de todo, clásicos griegos, latín, teología, poesía— que dicen que se cortaba unas cuantas pulgadas del cabello, si no se aprendía bien una lección, y esto en una era en que la mujer tenía que tener longuísimas cabelleras. Y hasta intentó convencer a su madre —que parece que también era “arriesgada” porque tuvo a todos sus hijos fuera del matrimonio, un pecado mortal— para que la dejara disfrazarse de hombre y entrar a estudiar a una universidad, templo sólo para hombres en aquel entonces, bajo el imperio de la criminal iglesia católica.

Ya adolescente, atrapada entre las opciones de convertirse en amantísima esposa, paridora de hijos, y ama de casa impoluta y obediente de un marido posesivo y proveedor, o casarse con Dios como monja, Juana Inés optó por el menor de los males, al parecer, y entró al convento con sólo 15 años, lo que desde nuestras perspectivas de mujeres del siglo XXI podría ser considerado como un claro caso de abuso infantil.

Fue tan brutal el rigor de las Carmelitas que la adolescente se enfermó y tuvo que renunciar a pertenecer a esta orden religiosa. Había pasado de los mimos de la corte del virrey, donde era venerada por su inteligencia y su creatividad, que expresaba con cierta libertad, a cumplir con los votos enloquecidos de humildad y obediencia, que supervisaba alguna madre superiora, nada piadosa, por seguro. Luego, ingresó en la Orden de San Jerónimo, en cuyo convento e iglesia pasaría la mayor parte de su vida. Allí, según se cuenta, los rigores eran más llevaderos y hasta Juana Inés tenía una celda (¡qué exacto es el término) para ella sola y sirvientas indígenas. También le permitieron estudiar, leer, hacer tertulias y recibir visitas, es decir, estaba presa de sus pasiones y su condición de mujer, pero al menos no la habían mutilado del todo.

Durante lo que se consideran sus años dorados, de 1680 al 1686, la poetisa escribió obras teatrales, villancicos, versos, administró el convento, realizó experimentos científicos, rechazó a un confesor jesuita, que la acusaba de ser demasiado mundana, y se consagró como una lumbrera de su época, lo que despertó la más bajas pasiones y envidias de sus superiores religiosos masculinos, que no acababan de aceptar que una mujer fuera tan superior. Todo era cuestión de tiempo. La venganza contra su talento natural cultivado se estaba tramando. Pero Juana Inés era tremenda y entre 1690 y 1691 se involucró en una polémica teológica contra un alto prelado y escribió su “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, en la que derrochó cultura e ingenio. Como táctica y estrategia, mientras, en un libro de penitencias del convento firmó como “Yo, la peor del mundo”, aunque sabía muy bien que allí, entre los “pecadores”, ella era la mejor de las mejores.

Muchos han querido ver en Sor Juana Inés una precursora del movimiento feminista del siglo XX y una abandera de los derechos básicos de la mujer, pero, bien visto, su caso no es tal ni pudo serlo por las limitaciones históricas y por carencia de conceptos. La poetisa simplemente luchó por ella y para ella misma, para expresarse y realizarse en vida, desafiando un mundo extremadamente a favor del hombre. Toda su vida fue una batalla permanente a favor de sí misma y en competencia consigo misma —“…yo estoy en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas”, diría Antonio Machado—, más allá de las horrendas presiones religiosas y sociales que enfrentó y venció.

Hacia el año 1693, Sor Juana Inés sufrió un extraño cambio en su vida y dejó de escribir. ¿Qué le pasó? Mucho se ha especulado y hasta grandes personalidades han escrito sobre esta etapa, incluido Octavio Paz, una de las glorias literarias de México, pero a ciencia cierta no se sabe qué le pasó. Tal vez las oscuras y tenebrosas autoridades eclesiásticas le hicieron algún tipo de chantaje; quizás tuvo un rapto místico y se consagró a Dios y a su misión caritativa; a lo mejor se cansó de luchar; o todo a la vez: no se sabe. El caso es que su pluma murió antes que una epidemia —la bacteria, como siempre, venciendo al ser humano— acabara con la vida de la poetisa novohispana, el 17 de abril de 1695.

Al margen de su obra literaria barroca, digna heredera de lo mejor de Luis de Góngora y Francisco de Quevedo; prescindiendo de su castellano monumental y ubérrimo, su vida nos queda como ejemplo de desafío a los opresores de siempre y de realización personal. ¿Amo esta monja a algún hombre o a alguna mujer con los que compartió su paso por el mundo? Tal vez sí; quizás no; nunca se sabrá. Sin embargo, su historia no inspira lástima ni frustración, porque lo que sí es evidente que Sor Juana Inés de la Cruz se amó intensamente a sí misma y se supo imponer, hasta donde humanamente pudo y hasta donde Dios se lo permitió. Y esto es todo un triunfo: esto es la imagen sagrada de una guerrera victoriosa, ella, la mejor de todas.

martes, 6 de noviembre de 2012

Como una nota de arpa.


Por Ondina León ©


Se enfunda en su kimono de seda japonesa, mientras se refresca con un enorme abanico, que ha descolgado de un biombo con incrustaciones de nácar y finas pinturas de cerezos en flor. Si pudiera, se pasearía por sobre los ardientes adoquines de La Habana Vieja con un quitasol rojo y amarillo, como una tromba de pasión desafiante. Pero ya hace demasiado al ser un amante de la belleza en un pueblo toscamente niño. “Amo el bronce, el cristal, las porcelanas, / Las vidrieras de múltiples colores, / Los tapices pintados de oro y flores / Y las brillantes lunas venecianas”. Así se definió en el soneto “Mis amores” quien conjuró su infinita tristeza natural con el amor a la elegancia y a la belleza de las cosas y de la palabra, que vuela hecha verso. Porque el poeta cubano Julián del Casal y de la Lastra hasta el nombre tenía hermoso, aunque tal vez no lo supiera, obnubilado por la poesía.

Este 7 de noviembre se cumple el 149 aniversario de su nacimiento y ya Cuba, y todo el mundo de la lengua castellana, deberían estar aprestándose para rendirle un especial homenaje en sus próximos 150 años de haber venido a regalarnos el misterio de la poesía.

Rubén Darío, con quien comparte un lugar cimero en el modernismo literario de América Latina, y que lo conoció en persona, lo llamó “hondo y exquisito príncipe de melancolías” y “desdichado ruiseñor del bosque de la Muerte”. Sin embargo, ironías de ironías, este Julián, que se preguntó en otro de sus poemas antológicos “¿Podrá haber en los lindes de la tierra / Un corazón tan muerto como el mío?”, murió de risa, literalmente, cuando apenas contaba 30 años de edad, el 21 de octubre de 1893, en una casona colonial del paseo del Prado, en La Habana. Al morir, en el esplendor de su juventud y de su creatividad, como un buen elegido de los dioses, el poeta se llevaba a la tumba intacta su “última ilusión”, que era ir a París, la cuna de muchos poetas a los que admiraba y que influyeron en él de manera decisiva. Una vez ya lo había intentado, pero no pasó de Madrid, desde donde tuvo que regresar a los rigores del trópico plebeyo en plena pobreza.

Habrá sido pobre en un sentido mundano, pero fue inmensamente privilegiado al tener el don de la palabra que pinta y, a la vez, es música de un mundo imaginado y superior a la realidad pedestre. Sus textos están saturados de cisnes, de corceles árabes, de porcelanas prístinas, de flores delicadas y mujeres como Venus. Y todo dicho desde una perfección formal que se expresa en los metros clásicos y en los formatos más exquisitos, como el soneto. “Tristissima Nox” sería un ejemplo inolvidable, con un terceto final igualmente definitorio de su espíritu: “…como la llama de escondido faro / que con sus rayos fúlgidos alumbra / el vacío profundo de mi alma”.

Pero los poetas siempre pecan de ser hiperbólicos y su alma no estaba tan vacía como Julián pretendía. Incluso, hasta disfrutó de una relación intensa y rara con la que es considerada su pareja espiritual: Juana Borrero. La joven, poetisa y pintora, es sin duda una de las vidas truncas que más Cuba ha lamentado. A ella Julián le dedicó un poema en el que la retrata tanto física como espiritualmente: “Tez de ámbar, labios rojos, / Pupilas de terciopelo / Que más que el azul del cielo / Ven del mundo los abrojos”.

Se dice que la joven Juana se enamoró perdidamente de Julián, que no podía amarla. Se rumora que una vez, en Puentes Grandes, en una de las riberas del río Almendares —el Sena de una ciudad grande, pero no una gran ciudad—, tuvieron una conversación muy intensa en que, parece, se dijeron verdades y secretos, y desnudaron sus almas. Juana salió perturbada del diálogo y, tanto es así, que hasta dicen que intentó quitarse la vida. ¿Qué se dijeron? Nadie lo sabe, aunque se puede dar rienda suelta a la imaginación. Dos grandes de nuestra historia que comulgaron juntos desde sus soledades, mientras apuraban sus vidas sedientas.

Tal era la estatura humana y literaria de Julián del Casal que José Martí lloró su muerte y lo consideró una gran pérdida para el alma de la nación. De él dijo, entre otras verdades: “Murió, de su cuerpo endeble, o del pesar de vivir, con la fantasía elegante y enamorada, en un pueblo servil y deforme”. Así, Martí admitía dolorosamente que el poeta era otra isla apresada dentro de una isla de vulgaridad y miseria; era un paria acosado por la falta de libertad y de altura vital en un pueblo prosaico, el de aquel entonces (¿y el de ahora?).

Otro raro y grande de la isla posesa, José Lezama Lima, tan poeta como él y tan desafiante, le dedicó una larga “Oda a Julián del Casal”, reconociendo su magisterio y su lugar icónico: “Tus disfraces, como el almirante samurái, / que tapó la escuadra enemiga con un abanico, / o el monje que no sabe qué espera en El Escorial, / hubieran producido otro escalofrío en Baudelaire. / Sus sombríos rasguños, hexagramas chinos en tu sangre”. Lezama se reconocía deudor del poeta de “Nieve” y le rinde pleitesía, verso tras verso: “Todos sabemos ya que no era tuyo / el falso terciopelo de la magia verde, / los pasos contados sobre alfombras, / la daga que divide las barajas, / para unirlas de nuevo con tizne de cisnes”.

Conviene recordar a los grandes de cada campo. Los pueblos desmemoriados son los más esclavos, porque no se puede tener visión de futuro si no sabemos de dónde venimos y quiénes nos han conformado. Otros poetas e intelectuales cubanos le han dedicado textos, merecidamente, al “Conde de Camors”, uno de los seudónimos que usaba Julián. Porque, sin duda alguna, su vida y su obra son como una nota de arpa sostenida en nuestra mejor literatura, expresión del alma colectiva.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Un mes: una eternidad.


Ángel guardián
Watercolor 14” x 18”

Por Ondina León ©
A Ramón Unzueta Chávez in memoriam

Querido Rami:

De niña, yo no entendía bien lo que querían decir los mayores con la frase hecha de “El tiempo pasa volando”. Pero ahora, a medida que me hago más y más vieja, creo que voy descifrando algo el laberinto de la realidad. No puedo creer que hace un mes ya, este 5 de noviembre, que decidiste pasar al reino de la omnipresencia en nuestras vidas… Fíjate que no digo que “nos abandonaste” ni que “te perdimos”, sino que ahora eres una poderosa presencia en ausencia.

El tiempo es un bálsamo, ¿alguien lo puede negar? Tras el aturdimiento, el dolor visceral y el desconcierto, nos comienza a nacer como especie de una paz que, tal vez, tú también necesitas para estar en paz, estés donde estés, iluminándonos. Por eso ya te dejé de encender velas porque no puedo alumbrar a quien es luz. El que crea belleza, siempre es un haz de sol y tú siempre nos has embellecido el alma a través de tus pinceles, y lo seguirás haciendo.

Uno de tus marineros, el que está bajo el farol con luna llena, recortado contra el perfil de una urbe, ensimismado, preguntó por ti ayer, en mi casa, que es tu casa. Yo no tuve que responderle. En seguida saltó el ángel enorme que tengo a la entrada, el del cielo verde y las alas amorosas, ¿lo recuerdas?, y le respondió que tú no te habías ido a ninguna parte, porque todas tus obras eras tú, que estás viviendo en cada casa, en cada uno de nosotros, por siempre, inmortal... Fue tal la fiesta que hasta el payaso sin música, el del violín verde de las cuerdas rotas, comenzó a tararear una canción y todas tus obras bailaron en las paredes: los payasos, el niño del gato, los marineros desnudos, la chica de las peras azules, las frutas encendidas de olor… Parecía que yo no tenía soledad.

¿Qué más te puede decir? La vida sigue, aunque no sabe igual sin ti. Cada vez somos menos y más viejos, como insiste en decir una amiga mía, pero por esta misma (sin)razón tenemos que estar más cerca uno de los otros y cerrar filas contra el horror del mundo y la fealdad del paso avasallador del tiempo, el mismo que “vuela” y nos deja mareados y sin respuestas a las grandes interrogantes de la vida, que siempre termina en silencio sostenido, en eternidad violenta y sin luz.

Rami, donde quiera que estés, no dejes de colorearnos con tu amor a la belleza y con esa sonrisa tuya tan de niño y tan de llanto.

Un abrazo,

tu Ondina

viernes, 2 de noviembre de 2012

El Elegido y la neblina.



A Ramón Unzueta

Alla Nazimova y tú tienen un pacto de silencio y de sangre
que sueñan en un sólo sentido, el de la soledad.
Como paloma cautiva de los colores
...es la sombra de Salomé en la fiesta del cuerpo,
es la metáfora muda de la ligereza de los pájaros y su ingravidez.
Se conocieron en la estación del otoño,
donde los trenes tienen por destino
la eternidad y la neblina.
(Cada uno está feliz por el cansancio de las flores).
Alla no quiere un dolor más en tus colores,
tan sólo el hechizo del mar y los cantos de la luna creciente.
Con sus alas, Nazimova protege al Elegido
(cada uno, casi feliz).


sábado, 20 de octubre de 2012

La dialéctica de la garra


Por Ondina León ©


"Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie", le dice el personaje de Tancredi Falconeri a su tío Fabrizio Corbera en la inolvidable novela "Il Gattopardo" del escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, y que fuera llevada al cine por el genio Luchino Visconti, en 1963. El principio ha pasado a ser conocido en política como el gatopardismo. Y esto es, sin duda, lo que en los últimos años ha estado practicando, con cierta intensidad, el castrismo en la isla posesa de Cuba.

Porque no nos engañemos: los anunciados cambios en la política de control de viajes, como la eliminación del humillante “permiso de salida” y la aberrante “carta de invitación”, que por más de 50 años han expresado tan bien el férreo control de la mafia castrista sobre la vida y la hacienda de los ciudadanos, no son más que pequeñas maniobras de reacomodo de cargas, humanas y financieras, que sólo facilitarán que el status quo se mantenga, por los siglos de los siglos. No se trata de “apertura” ni de “flexibilización” ni de “cambios radicales”, como quieren ver algunos por superstición, estupidez o por intereses creados, sino es pura maniobra maquiavélica para eternizar en la realidad un sistema de patologías llamado castrismo o, siguiendo la rancia retórica del “Granma”, llamado revolución.

¿Y cómo han reaccionado los esclavos de la dictadura, dentro y fuera del Infierno Caribeño? Como siempre, salvo honrosas excepciones, con un nivel de superficialidad festinada absolutamente aberrante y aberrado. Es decir, que para estas masas estomacales e idiotizadas todo está “mejorando” bajo la bota del “raulismo ligero” y la dictadura, cada vez más, es “dictablanda” y, ahora sí, no sólo se podrá escapar de la miseria con más facilidad y a menos coste, sino también se hará más oficial y abierto el relajito de idas y venidas entre la orilla del horror añejo y las otras orillas de bienestar y libertad, de paseos y compras, con el dinero de familiares y amigos, por supuesto.

¿Y la represión sostenida contra los disidentes? ¿Y la falta de libertad de expresión? ¿Y la censura? ¿Y la humillación del vivir cotidiano en la isla empobrecida exprofeso? “¡Ah, no! Yo no soy político ni me interesa la política. Lo mío es mi familia y lo demás que se caiga y se levante solo”, responde la mayoría, alegre y decidida, mientras hacen las maletas del turismo de los pordioseros. Y ante tanta miseria humana una se queda sin habla y condenada a un ostracismo feroz.

Mientras, siguen circulando los rumores de que el Emperador Castro I habría sufrido un derrame cerebral, que lo mantiene en estado vegetativo esperando por la justicia divina. Pero, ¿cambiaría en algo la realidad con la muerte física del símbolo por excelencia de este sistema de mafias? ¿Serían menos esclavos los cubanos con la desaparición del capo di capi? ¿Sería una mejora histórica gracias a la biología? No, no lo creo porque el castrismo sin Castro es una realidad, monda y lironda, en la isla posesa, el nuevo reino de chinchales y timbiriches. Y esto es lo peor que le podría haber pasado al alma de la nación, que está tan enferma que ni cuenta se da de su propio mal.

La falta de un sentido de destino colectivo; el atroz individualismo de los cubanos; la doble moral y la falta absoluta de ética que perfila la identidad; el ego nacional hipertrofiado por el imperialismo castrista; la complicidad de las izquierdas del mundo y de gobiernos como el de Hugo Chávez, Rodríguez Zapatero y Barack Obama, han parido este marasmo mortal, este fin de mundo apocalíptico, para algunas mentes lúcidas: Cuba no tiene arreglo ya.

¿Y qué se podría hacer ante el patético carnaval de la plebe, ebria de “esperanzas” y paseítos al mundo real? ¿Qué se puede hacer ante la dialéctica de la garra castrista, que vuelve a desangrarnos? No sé. Tal vez, sentarnos a escuchar a Mozart y dejar que Dios se decida a lamernos el corazón…

miércoles, 10 de octubre de 2012

El silencio de Dios

El adios. 
Oleo sobre papel 6"X8"

Por Ondina León ©


Se me ha muerto Ramón Unzueta. Y en medio del dolor y del llanto la pregunta que más me hago es “¿Por qué?”. Pero Dios no me responde. O sí lo hace, pero yo no logro escucharlo. “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios…”, clamó el poeta y sus versos heráldicos resuenan en mí, a mi pesar. Yo me siento golpeada. Y me repito: “¿Por qué, Señor?”. Y el silencio más oscuro me embarga...

Porque yo lo vi crecer desde su infancia, allá, en mi ya remota adolescencia insular, junto a su hermana, Enaida, y del brazo de su amiga, Zoé Valdés, también su hermana, mis amigas. Y cuando una ve cómo un ser crece y se convierte en una maravilla humana de luz y en un gran artista, da por sentado que lo único que cabe, entonces, es la eternidad sin bordes. ¿Por qué tuvo que dejarnos tan joven y en el esplendor de su creatividad, en el apogeo de su perfección técnica en cada lienzo? ¿Qué me quiere decir Dios cuando me golpea con esta muerte innecesaria y prematura? El silencio es ensordecedor…

Ramoncito, el hijo de Enaida y Ramón, podría haber sido el hijo único y predilecto de Bette Davis, su más amada actriz de un Hollywood que ya se fue. Ambos tenían esos enormes ojos inevitablemente seductores y expresivos, que se desbordaban en mil y una metáforas de la vida. En su pequeño gran estudio de Tenerife, desde donde parió tantas y tantas obras encantadas, Ramón tenía fotos y carteles de la protagonista de “La carta”, tal vez como una muestra de su parentesco espiritual con ella. Las almas siempre encuentran la forma de estar en comunión, más acá del tiempo y del espacio. Ni hace falta conocerse en el mundo físico para saber y sentir que hay una devoción mutua, un lazo de amor invencible.

Allí lo acompañaba Bette Davis, pero también la voz de su adorada María Callas; la música de Verdi o de Mozart; sus plantas; su ejército de pinceles; sus cigarrillos fieles; su café caliente y sensual; y fotos de su musa mayor, su hermana, y de su madre y de su padre, un vasco recio, artista de la madera y pescador consumado, al lado del que reposará ahora en Carranza, en un retorno extraño a la simiente. Todos se han quedado, como yo, solos, desolados, preguntándose “¿Por qué?”… Nadie me responde.

Se me ha muerto Ramón Unzueta. Y sé que con él se ha ido también el alma de mi entrañable amiga Enaida, con la que he crecido desde siempre, en tantos sentidos. Sin él, ella no es ella, por más que ahora yo necesite que Enaida siga siendo, por ella, por Rami, por todos nosotros. Ramoncito no era sólo su hermano: era su hijo, su padre, su todo. Entre ellos existía (y sé que seguirá existiendo) una simbiosis única de artistas, cada cual en su rama, pero creando el mismo prodigio de belleza y arte: una polifonía perfecta. Sin él, ella no es ella, pero necesitará volver a ser para que él siga su paso por el mundo, esta vez desde los lienzos y las cartulinas que tanto bien hacen desde cada pared, en cada hogar donde brillan, con esas vidas intensas que retrató. Mi casa seguirá siendo, como hasta ahora, su mejor templo vivo.

Hoy, en medio del torrente de imágenes de Ramón Unzueta que me acosan, del niño, del adolescente bello y pujante, del hombre bueno, del pintor grande, tal vez me quede con una que inmortalizó, delante de mí, el fotógrafo Pedro Portal, en una fría tarde de Coconut Grove: Rami, con unos guantes rojos, poseído por la aureola del humo de su cigarro, abrigadito, con su sonrisa de niño, inmortal… Y ya no necesito que Dios me responda…





jueves, 27 de septiembre de 2012

La legalización del matrimonio Gay


Por Roger Rivero ©

¿Cómo en un país tan bisexual como es Estados Unidos  todavía el matrimonio entre personas del mismo sexo no es legal?

Analizando el tema, buscándole explicaciones, pienso en la posibilidad de que esa misma tendencia a los dos bandos, more fun, es uno de los obstáculos por el cual muchos estadounidenses no logran asimilar, completamente, la existencia del amor verdadero entre homosexuales. Sin embargo, nos guste o no, como sociedad, no tenemos ningún derecho a aferrarnos a la idea de que el matrimonio legítimo pertenece únicamente a la casta de relaciones heterosexuales. Los heterosexuales no son los únicos que pagan impuestos y los homosexuales, como parejas,  necesitan la protección de las leyes de los
vínculos conyugales que gozan los matrimonios heterosexuales. A propósito, más arriba acoté que la estadounidense  es una sociedad bisexual, olvidando explicarles que en Norteamérica esto tiene una connotación algo distinta: es como una disposición voluntaria a probar otras experiencias (willing to try).

¿Esposas, saben cuántos maridos y first timers se van a almorzar a Craigslist con otros amigos anónimamente? Solo por ello entiendo que, bajo estas circunstancias, debe emerger el dilema de si aprobar el matrimonio bisexual primero, o saltar el paso e ir directamente a la legalización del matrimonio homosexual.

El otro grupo que se opone es el conservador. Ya sea por freackiantes razones morales, discriminatorias o religiosas, siempre encuentran una excusa para obstaculizar estos procesos humanos, existiendo una mejor solución: PERMITIR QUE LOS SERES HUMANOS SE AMEN DE LA MANERA QUE ELLOS SIENTAN. Por lo menos ese sentir NO es morboso como el principio actual vigente, inclinado a "con qué género la gente que se ama coge", pero ahí nadie debe meter sus narices.

Existe, asimismo, un grupillo poco inclinado a legalizar el matrimonio gay conformado por los machistas y hembristas, que tienen un esqueleto en el clóset, han fantaseado con tener un esqueleto en el clóset, o piensan en uno o dos esqueletos a la vez. Y me pregunto, el que está seguro de lo que le gusta, ¿a qué le debe temer? Ama y deja vivir....

Para lograr que el
matrimonio igualitario entre personas del mismo sexo acabe de ser legalizado nacionalmente es inevitable darle una oportunidad al Amor, de otra forma  no es posible que estas parejas disfruten de los  derechos, obligaciones y el reconocimiento legal que tiene un matrimonio heterosexual. No hay razón alguna para odiar este amor particular ni temer a la legalidad de un pacto así entre seres humanos. ¡Por Dios, son dos personas que se aman! ¡Déjenlos quietos! No son ciudadanos de segunda clase.

Mas, en honor a la verdad, debemos denunciar que parte de esta oposición a la legalización del matrimonio gay es, sobre todo, pura hipocresía y mala voluntad de esos sectores sociales que utilizando la moralidad, la religión y el miedo, intentan justificar sus posturas. ¿De dónde creen que nacen los homosexuales? Nacen de ellos mismos también, por eso creo que pisotear los derechos de estas minorías es, en verdad, un pecado muy feo.

Miles de años de civilización, miles de años de homosexualidad, ¿y todavía lo estamos pensando?


En verdad, rompe las pelotas que ahora este tema se encuentre en manos de los políticos, porque a ellos lo que les importa es el voto; vale decir que la homosexualidad es más antigua que la política y la religión, de manera que si ellos lo hubiesen querido, estos últimos miles de años dirían otra historia distinta. Acaben de una vez y por todas de hacer legal el consorcio de amor entre seres humanos, sin paralizarnos por el género de los órganos sexuales, pues necesitan el amparo de las leyes y los mismos beneficios que tienen otras parejas.

Después de todo, el que siempre saldrá ganando va a ser el AMOR. 



sábado, 22 de septiembre de 2012

El desastre de los sastres.

Por Ondina León ©

Los sastres de los emperadores Castro I y Castro II están a punto de hacer una revuelta, de sublevarse, de lanzarse a las calles con las armas de la poesía y las bellas artes y baldear las ruinas en las que viven… ¡Y en eso desperté! Lo de “sublevarse” es, evidentemente, una hipérbole, porque esos intelectuales, artistas y escritores de la corte castrista, tan egocéntricos y pusilánimes, jamás se han revuelto ni se emanciparán de sus cadenas, al menos mientras estén en la isla posesa, viviendo a la sombra del estado, buen pastor, que les permite su “realización” artística y algún que otro “viajecito de compras” al campo enemigo: disentir es una odisea, para pocos. Estos intelectuales siempre han estado consagrados a tejerle, coserle y bordarle la indumentaria léxico-ideológica a la tiranía de los Castro, que los alimenta mal. Y lo mismo escriben (y les publican) una poesía a la guerra de Angola que pergeñan (y les publican, después de un premio) un vasto ensayo sobre las bondades y maravillas de un psicópata homicida llamado Ernesto “Che” Guevara, eso sí, muy fotogénico para Europa. Ahora, estos mismos sastres, están conmocionados por la vulgaridad que impera en la música popular cubana y están pidiendo que rueden cabezas y se derrame la sangre de raperos, reguetoneros, roqueros, salseros y demás artistas de la plebe. Los sastres exigen, demandan y claman que los burócratas asalariados de la dictadura emitan leyes y decretos, que “controlen la música”, porque ya se ha llegado a un nivel de vulgaridad que ¡“ofende la ética”! ¡Agárrense la peluca! ¡Y esto en el imperio de la inmoralidad! La Revolución Cultural está encabezada por “ilustres” nombres de la Inteligencia Cubana (no, no la militar, que se sepa): Graziella Pogolotti, ilustre profesora universitaria, veterana (que no venerada) conferencista que ha instruido (que no ha educado) a varias generaciones de filólogos e historiadores del arte; que ha dado con placer a cucharadas el sacrosanto catecismo del marxismo más ortodoxo e irracional, durante los periodos más “heroicos” del castrismo, ya sea durante la Crisis de los Misiles, durante el llamado “Quinquenio Gris”, los actos de repudio del Mariel o “El Maleconazo”. Miguel Barnet, ¿hace falta presentarlo? Es el escribiente de “Biografía de un cimarrón” y actual presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el ministerio de los colonizados intelectuales del castrismo; órgano de control y censura donde se trafica con influencias, viajecitos al extranjeros y se reparten carros y apartamenticos a los que más lamen las botas de los generales en el poder. Otro que anda “robando cámara” en esta limpieza general es el oscuro Desiderio Navarro, uno de los mayores farsantes de la fauna intelectual cubana, que no es ni políglota ni teórico ni marxista ni la cabeza de un guanajo, pero eso sí, sabe hacer bulla y venderse como “el renacentista” que sabe de todo, incluso cómo denunciar a sus colegas que tienen “problemas ideológicos”. A la larga lista de oscuras luminarias de esta jauría habría que agregar a Leonardo Padura, Arturo Arango, Manuel Henríquez Lagarde, Fernando Rojas, Antón Arrufat, Roberto Fernández Retamar, Nancy Morejón y un largo etcétera de tranquilos cómplices de los crímenes de la dictadura castrista, la más antigua de América Latina. ¿Tienen moral estos intelectuales para exigir que se tomen medidas radicales contra la vulgaridad en Cuba? No. Porque ellos mismos han engendrado ese imperio de la vulgaridad, ese triunfo atroz de la plebe, que comenzó en 1959 al grito de “¡Paredón, paredón!” y continuó con la imposición de “compañero” (que no señor), el culto a la chivatería de los Comité de Defensa de la Revolución (CDR), la obligatoriedad del servicio militar, los campos de concentración de la UMAP, la censura total en los medios de difusión, la instauración de la miseria forzada, el destierro de millones de cubanos y el imperio de la vulgaridad y del marginalismo, “porque todos somos iguales”, según el discurso oficial populista avalado por estos intelectuales “comprometidos”. Ahora, después de llevar más de medio siglo alimentando a este monstruo, estos inmorales “inteligentes”, que nunca han alzado su voz para pedir que cese la vulgar falta de libertad en la isla, arremeten contra los músicos populares que hieren sus oídos y ofenden su sensibilidad y, en un arranque de tremendismo, hablan de atentado a la ética, a “su” moral, revolucionaria, victoriosa y eterna. Los sastres crean el desastre y ahora se horrorizan con lágrimas de cocodrilo. Pero, eso sí, preocupados por las letras de esas canciones que incitan a desbordar la lascivia más simiesca, no tienen tiempo para pedir el cese de la represión contra disidentes y opositores, que vulgarmente son encarcelados, torturados y obligados a hacer huelgas de hambre, reclamando el derecho básico a la libertad de expresión. ¿Sabrán de las Damas de Blanco? ¿Son amigos de Oscar Elías Biscet? Esos mismos intelectuales nunca protestaron contra la vulgaridad sistemática del ninguneo a que han sido sometidos músicos, artistas e intelectuales, cubanos y extranjeros, como Celia Cruz, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Mañach, Jorge Luis Borges, Vargas Llosa, Milán Kundera y miles más, por décadas y décadas. ¿Por qué nunca lo han hecho y nunca lo van a hacer? Porque su miseria humana les ha hecho privilegiar sus hipertrofiados egos sobre los principios universales de respeto a la dignidad y a la libertad; porque no han tenido suficiente testosterona en el alma para emanciparse del castrismo; porque son tan parejeros como el más miserable de los ciudadanos ordinarios; porque han demostrado que la inteligencia no es lo mejor del hombre… Ahora, en su Cuba, en el imperio de la vulgaridad, donde reinan jineteras y pingueros; donde apenas se entiende el castellano porque no se articula, sino se masculla, aunque se grita demasiado; donde de cada tres palabras dos son obscenas; donde la miseria sigue engendrando miseria, que se jodan estos “delicados” sastres y que sigan escuchando, a todo volumen, a los raperos y salseros que, al menos, tienen el mérito de mostrarse tal y como son en realidad: vulgares y desafiantes. Que por los siglos de los siglos sigan martillando en sus “ilustres” oídos la poesía de las masas, que ellos amasaron para idiotizarlas, aborregarlas, enajenarlas y humillarlas.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Desde la balsa.

Por Ondina León ©

Para Teresa Cruz,
luego de una de sus serenatas…

De Cuba nunca se sale. A Cuba no se va, sino se viene. Más que un país o una patria, es un mar revuelto, que inventamos a diario para no dejar de ser lo que inevitablemente somos. Cuba no es Cuba: es un estado del alma. Es una balsa a la deriva entre dos orillas del tiempo, el pasado, que fuimos, y el presente, que intentamos ser, casi sin mañanas. Cuba no es Cuba: soy yo, que soy la balsa misma. Esta balsa improvisada, hecha con los retazos del ayer y las náuseas del hoy, tan ordinariamente confuso. No es que me “interese” o me “motive” el tema de Cuba: es que Cuba soy yo, por esto me duele visceralmente todo lo de la isla, en mi propia isla humana, hecha jirones asombrados.
Tal vez, haya tratado, en un arranque de cordura, de borrármela para siempre, pero, ¿quién necesita borrarse a sí mismo, mientras se es? Ya sé que Cuba es la pesadilla perpetua que me desangra, pero siento que yo soy esta pesadilla de la que no puedo salir sin dejar de ser. Cuba no es Cuba: es un hambre de horizontes que me alimenta y me hace crecer desde la nada, y existo.
Y no me importa que me llamen “aburrida” o “previsible” porque sé que no lo soy; porque sé que esta realidad no lo es para nadie que también sienta que es Cuba, desde el corazón.
Y amanece y me entero de que estoy muriendo en el cuerpo de una mujer que, asqueada del asco de la realidad, se echa a morir de hambre buscando un mínimo de respeto para otros semejantes próximos, que no tienen derecho a ningún derecho básico, como podría ser decir quiénes son, sin dejar de ser.
¿Tiene derecho Marta Beatriz Roque a declararse en huelga de hambre en un intento desesperado por arrancarle a la dictadura al menos una migaja de tolerancia? Tiene el derecho y tiene el deber para con ella misma, incluso cuando algunos de sus coterráneos la tildan de “mercenaria”, de “segurosa”, de “payasa”, de “suicida”. Porque si Roque no es lo que es, o parece ser —hasta tanto se demuestre lo contrario, sí necesitamos que lo sea—, al menos interpreta muy bien su papel y ya esto es meritorio en un mundo de paranoias desbordadas y de impostores premiados, de valores sin valor y de medias verdades. Por esto muero mientras ella agoniza. Por esto hablo para mantenerla viva.
Y atardece y me siento, una vez más a oscuras, sin electricidad, en medio de la sequía de esperanzas, mientras en la Plaza del Santo Cristo del Buen Viaje, en la Habana Vieja, unos jóvenes siguen ejerciendo su dictadura de la vulgaridad y el vacío, animalmente felices, con los estómagos hartos de carencias, pero alcoholizados de realidad. El triunfo de la plebe es el sello de garantía que tiene el despotismo castrista para eternizarse en su afán por idiotizar, cada día más, al triste volumen físico llamado masa, esa bestia de bestias que hay que apaciguar con algo de circo (¡un dominó!), a falta de pan y de paz.
Y anochece y me voy a dormir (es un decir) sabiendo que mañana me espera en pie la misma pesadilla de aumento de precios e impuestos, en un accidente geográfico sin economía, sólo con una epidemia de chinchales y carretillas que, de bache en bache, recorren las ruinas en busca de algún cadáver hambriento, de los dos millones que deshabitan los recovecos de una ciudad posesa.
Y me acurruco entre las blancas sábanas de la nada, en mi cuarto con aire acondicionado, aquí en esta otra Cuba, sabiendo que el reo que soy tampoco reposará en su celda húmeda y calurosa, allá. Cuba no es Cuba: es esta necesidad de explorarme para saber quién soy y adónde puedo llevarme, si me encuentro alguna vez, en plena desnudez, inocente, pero íntegra, sin querer salvarme ni querer salvar a nadie: sólo mostrándome tal cual soy... Sin temor a temer, sin querer juzgar a nadie que se declare en huelga de hambre, en huelga de vida por falta de vida. Así, desde la balsa que soy…

jueves, 6 de septiembre de 2012

Homenaje

A la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre,
en el 400 aniversario de su aparición en la
Bahía de Nipe.





Ramón Unzueta
Caridad del Cobre

Mix-media sobre cartulina negra
9" x 12".


PLEGARIA MARIANA
Por Ondina León ©


“¿Y si al morir no nos acuden alas?”
José Lezama Lima



Madre, hija mía, a ti te llevo casi desnuda, de naufragio en naufragio, a mi mástil atada, ¿por qué las olas no me tejen tu manto? Yo te ofrezco mi sombra cálida...
Madre, hija mía, que naciste del mar y hacia el mar me arrastras, ¿qué horizonte de plata será mi espalda?
Tengo la voz arrugada de rezarte sin treguas, sin velas y sin amarras: sólo con la luz trémula de mi hambre de mañanas. Yo te ofrezco pedirte nada, ni las alas...
Madre, hija mía, tu silencio me espanta. Yo sé que me amas, pero te necesito más alta, sin joyas y sin corona; más clara, sin juanes y sin lunas a deshoras: sólo con tu mirada, que fulmine este quebranto y me libere el alma.
Madre, hija mía, ¿seremos libres, tú y yo, antes del alba?





JosEvelio Rodríguez Abreu
Caridad del Cobre
Mix-media on cadstock
9"x12"





domingo, 2 de septiembre de 2012

Desangrando al mar.

Por Ondina León ©

“¿Quiénes somos?” es la pregunta que, a todo lo largo del extenso poema, parece hacerse el sujeto lírico en un desesperado afán por responder la verdadera pregunta que lo anima: “¿Quién soy?”. Las posibles respuestas se barajan con ansiedad en una sucesión de metáforas y símiles, que sostienen la arquitectura de lo que es, sin duda, uno de los grandes poemas de la literatura cubana y, tal vez, el mejor poema de su creador, Virgilio Piñera: “La isla en peso” es su más trascendental intento de definir a toda una nación.
Pero desde los primeros versos, el protagonista de este viaje interior en busca de una fuerza telúrica definitoria se siente condenado, atrapado, en una misión que quizás no hubiera escogido: “La maldita circunstancia del agua por todas partes / me obliga a sentarme en la mesa del café. / Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer / hubiera podido dormir a pierna suelta”. El conflicto no es sólo con su ambiente, sino también consigo mismo, lo que probablemente sea la condición necesaria para distanciarse y poder intentar juzgar y definir, desde la altura de su agonía, que aquí quedaría como sinónimo de lucha, en el sentido de Unamuno.
La idea de que la isla es una trampa mortal se vuelve, entonces, obsesiva y el sujeto confiesa que “una taza de café no puede alejar mi idea fija, / en otro tiempo yo vivía adánicamente”. Y para que no haya dudas de la intensidad de su desespero, agrega: “Esta noche he llorado al conocer a una anciana / que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes”. ¿Se puede dar otra imagen más fuerte de impotencia ante las circunstancias?
A esta fatalidad, habría que sumar que nuestro héroe (¿el propio creador?) está consciente de que él mismo, como hijo de una tribu joven y atribulada, no sabe “definir”, lo que haría de su gesto una doble proeza: “¡País mío, tan joven, no sabes definir!”. Y definir significa trazar el perfil de una identidad; dibujar con trazos gruesos y oscuros los contornos de quiénes somos y hacia dónde vamos, desde esa cárcel laberíntica que es la isla, con sus barrotes de espuma de mar, que deviene imagen simbólica de una condena divina.
Cuando el poeta se pregunta y se responde, “¿Quién desdeña ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán? / La sangre adolescente bebemos en las pulidas jícaras. / Ahora no pasa un tigre sino su descripción”, está dejándonos saber que es casi seguro que la isla está enferma de una “verbalidad” en la que el verbo se ve obligado a crear realidades, que se superponen sobre la realidad verdadera, porque no hay elegantes tigres, pero sí su descripción paseándose por las selvas invisibles que habitamos devorándonos.
Hecha la advertencia, más adelante el sujeto lírico es mucho más directo y sentencia: “No sabemos llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne”. Y como “nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo”, el protagonista de esta epopeya íntima, isla en una isla, asume el destino y se consagra a traducir las sagradas palabras, que supuestamente definen la identidad colectiva, y las rebaja a esferas reales, sin halos de santidad, para ver la luz que ilumina: “Me detengo en ciertas palabras tradicionales: / el aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco, / con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente, / titánicamente paso por encima de su música, / y digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo”. Para un país inventado y recién nacido como Cuba, estos versos de 1943 podrían resultar todo un insulto para los que, como José Martí, derrocharon imaginación imponiendo una realidad, más verbal que concreta, en el afán desmedido de sentar los pilares de la nación, encajada en el vasto mundo.
Pero los pueblos no se definen sólo por lo que aspiran a ser, sino, sobre todo, por lo que son en un momento histórico único: “Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol, / las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras, / las eternas historias de los negros que fueron, / y de los blancos que no fueron, / o al revés o como os parezca mejor, / las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules
-toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas…”. El incendio encefálico, entonces, parece totalmente lógico gracias a los bufones y cotorras, que son la fauna de la isla tropical y trepidante, que se vuelve infernal porque “¡Nadie puede salir, nadie puede salir!”. Y ni los tiburones, voraces guardianes de la trampa salobre, se atreven a “transportar un cuerpo intacto”.
Sin embargo, el grito trágico de “¡Nadie puede salir!” choca con las claves y adquiere un ritmo de letanía espantosa, de conga bullanguera, que sí define la locura que engendra el encierro en el acento de sol carnívoro que es la isla posesa. Porque, “¿Pero qué puede el sol en un pueblo tan triste?”. Nada, se va respondiendo el poeta, poseído por la fiebre de definir y definirse casi llegando a la definición mejor y más aterradora: “Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste”.
Y ya nos vamos dando cuenta de que, de esa amalgama humana de transterrados europeos (castellanos, vascos, gallegos, catalanes…) y africanos (yorubas, locumí, congos carabalí….), y algunas salpicaduras asiáticas, podría haber nacido una bestia de mil cabezas enloquecidas; podría haber surgido una “raza” peligrosamente única con una vocación de desapego, de frialdad, de distanciamiento, de arrogante vocación peregrina, de una locura cancerígena, que nos ha llevado a ser lo que somos hoy, una tribu atomizada por los cinco puntos cardinales, incluido el “abajo”, a que nos precipitó el accidente provocado del año 1959.
Por eso el poeta nos define y nos condena, porque no teníamos un rostro ni lo tenemos aún, porque nacimos del caos y comenzamos a morir apenas nacidos, suicidando la nación: “¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar! / ¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar! / Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro”.
La olorosa isla, cuajada de piñas, mangos y guayabas, de jazmines y rosas, de carne de puerco frita y café tostado al anochecer, no puede mirarse en un espejo, sino sólo sentirse a sí misma, ciega de soberbia, huérfana de futuro, desangrada y final. Aquí no valen los sacrificios de animales ni los ritos y rituales de mil confines del mundo para salvarnos de una muerte segura como nación: somos lo que no somos porque así lo hemos querido, para nuestro mal. Y así seguiremos muriendo de luz, desangrando al mar, como hizo Piñera, para intentar buscar nuevos horizontes habitables, que nos definan, aunque sea en una patria imaginaria.
Que nadie intente buscar una definición de cubanidad, o la propia personal, sin antes haber leído, aunque sea una vez y de un solo trago, “La isla en peso”. Luego, es probable que se tenga que rumiar por años la definición de ser y estar, aquí y allá. En 1943, Piñera anunciaba con sus versos el suicidio de una nación. Hoy, en el 2012, año del centenario del natalicio del poeta, si alguien nos dijera que la nación murió, será difícil demostrarle lo contrario.