domingo, 27 de noviembre de 2011

Apostillas a la fidelidad

Por Ondina León ©

Entre los muchos temas sobre los que hubiera podido escribir este fin de semana, el de la fidelidad ha terminado por conquistar mi atención y seducir mi tiempo. Y esto, gracias a que mi amigo Josevelio Rodríguez nos ha sorprendido con la publicación en su blog de un fragmento de “Pequeño tratado de las grandes virtudes”, de André Comte-Sponville, que llegó a sus manos por cortesía de José Ríos. El asunto en sí mismo es muy polémico, porque habría que partir para desarrollarlo del concepto que cada cual pudiera tener de lo que es la fidelidad. Así que bienvenida la polémica, que nos enriquece y nos esclarece.
Personalmente creo que la inmensa mayoría de las personas tiene una definición bastante esquemática y restringida de la fidelidad en las relaciones de pareja, sobre todo por el efecto anti-dialéctico y devastador que tienen los dogmas religiosos, que nos dan a cucharadas de “aprieta y traga” desde niños, sobre los vínculos humanos que pueden establecerse a lo largo de nuestras vidas, más allá del alarido de las hormonas y de las locuras de las pasiones sexuales. Para algunas religiones organizadas y sectas el divorcio, por ejemplo, es como un pecado mortal, porque la relación de pareja, en especial el matrimonio “bendecido”, tiene que ser “hasta que la muerte nos separe”. Pero esto se decreta sin tener en cuenta que lo único eterno es el cambio y que esas personas con el paso del tiempo crecen, cambian, evolucionan o involucionan, se regeneran o se degeneran, se descubren a sí mismas y en estas acrobacias vitales pueden coger rumbos muy diferentes, que pueden ser hasta diametralmente opuestos y convertir la relación en un bonito infierno dantesco.
¿Y qué hacer entonces si se empieza a vivir o a convivir con un extraño, o peor incluso, con un ser querido, pero ajeno? Siempre me ha golpeado la cabeza la afirmación del poeta Rainer Maria Rilke, que se atrevió a definir el amor de un plumazo total: “Es un puente entre dos soledades”. ¿Será así en realidad? La soledad del ser humano es ontológica, desde muchos puntos de vista, pero nos inventamos tantos mecanismos para conjurarla que, a medida que envejecemos, podemos llegar a sentir que la soledad no existe, si nos imponemos la presencia de Dios o de treinta siglos de cultura humana; o de la familia y sus bendiciones o lastres; o si cultivamos una especial relación con la naturaleza; o si nos aferramos a un activismo social o político en aras de un orbe mejor; o cualquier vicio, saludable o no, que nos haga dependientes de otros que militan en estos despeñaderos del alma humana. Entonces, al margen de que seamos soledades errantes o no, ¿cómo preservar el puente? ¿Con una fidelidad corporal, que nos posee y esclaviza, o con una libertad ambivalente y cuestionadora?
El axioma de “Yo soy tuya y tú eres mío y nada o nadie más entre nosotros” salta por los aires y se hace añicos ante la realidad de la vida y sus “tentaciones” y “regalos” inesperados, que terminan por ser como treguas en el oasis o en el páramo de la existencia cotidiana. Porque, desde un ángulo estrictamente humano, la fidelidad no es más que una exigencia del ego. Pero no de un ego humilde y sencillo, sino de uno pretencioso y avasallador, posesivo y empobrecedor. Las personas más sabias, hombres y mujeres, que he conocido a lo largo y ancho de mi ya extensa vida, me han enseñado que el amor que no libera y permite una fidelidad a sí mismo, antes que a un pacto, contrato o presiones sociales y familiares, no es un amor verdadero, que pueda llegar a ser añejo. La fidelidad física no es garantía de una fidelidad afectiva, de esa que libera al alma con sus cadenas de terciopelo voluntariamente atadas. La fidelidad, tal vez, debería ser un estado del alma que el otro acepta humildemente de su pareja, sin la más mínima exigencia o presión; debería ser una opción de vida o una manifestación de la libertad más transparente, de la que se borda día a día sin mentiras o, quizás, con verdades inventadas, pero limpias; la fidelidad debería ser la palabra obligada que rime con felicidad, no con frustración.
En el cultivo de estas artes, me han resultado de una infinita utilidad “El arte de amar”, de Erich Fromm, un pequeño tratado lleno de sabiduría que recomiendo a todos, y como complemento a este, “Las Rubaiyyat”, del poeta persa del siglo XI Omar Khayyam, impactante libro por su belleza y su profundidad, a la vez hedonista y existencial. Porque si alguien no llega a ser fiel a sí mismo, ¿a quién pudiera serle fiel entonces? ¿Eres fiel a ti mismo? Si te eres fiel, gran virtud, entonces, nos somos fieles…

“Pequeño tratado de las grandes virtudes”


Por André Comte-Sponville
(Fragmento)

“La fidelidad en la pareja ya es otro tema. El hecho de que haya parejas que son fieles y otras que no lo son es una verdad de hecho que no parece, o no parece afectar ya, a lo esencial. Al menos si se entiende por fidelidad el uso exclusivo, mutuamente exclusivo, del cuerpo del otro. ¿Por qué sólo se va a amar a una sola persona? ¿Por qué sólo se va a desear a una sola persona? Ser fiel a las ideas que uno tiene no significa (¡menos mal!) que haya que tener sólo una; ni ser fiel en la amistad significa tener sólo un amigo. En estos ámbitos, la fidelidad no significa exclusividad. ¿Por qué se va a ser distinto en el amor? ¿En nombre de qué se pretendería el disfrute exclusivo del otro? Es posible que sea más cómodo o más seguro, más fácil de vivir y, quizá a fin de cuentas, más feliz. Es más, creo que es así mientras el amor permanece. Pero no me parece que la moral y el amor estén esencialmente vinculados a esto. Cada uno debe elegir según su fuerza o sus debilidades. Cada uno, a más bien cada pareja: la verdad es un valor más alto que la exclusividad y el amor me parece menos traicionado por el amor (por el otro amor) que por la mentira. Habrá quien piense lo contrario, quizá yo mismo en otro momento. Creo que lo esencial no es eso. Existen parejas libres que son fieles a su manera (fieles a su amor, fieles a su palabra, fieles a su libertad común…). Y también hay muchas otras, estrictamente fieles, tristemente fieles, en las que cada uno de los dos preferiría no serlo… Pero, en estos casos, no es tanto un problema de fidelidad como de celos, no es tanto un problema de amor como de sufrimiento, lo cual ya no es asunto mío. Fidelidad no es compasión. ¿Son dos virtudes? Sin duda, pero precisamente: son dos. No hacer sufrir es una cosa y no traicionar es otra, y a eso es a lo que se llama fidelidad.
Lo esencial es saber qué es lo que hace que una pareja sea una pareja. El simple encuentro sexual, aunque sea repetido, no es suficiente. Pero tampoco la simple cohabitación, aunque sea duradera. La pareja, en el sentido en que tomo la palabra, supone amor y duración. Supone por lo tanto fidelidad, puesto que el amor sólo dura a condición de prolongar la pasión (demasiado breve para hacer una pareja, suficiente para deshacerla) con la memoria y la voluntad. Eso es lo que sin duda significa el matrimonio y lo que el divorcio interrumpe. Sin embargo, una amiga mía, divorciada y vuelta a casar, me decía que de alguna manera continuaba siendo fiel a su primer marido. «Me refiero –me explicaba ella– a lo que hemos vivido juntos, a nuestra historia, a nuestro amor… No quiero renegar de todo eso.» Ninguna pareja, con mayor motivo, podría durar sin esta fidelidad, por ambas partes, a su historia común, sin esa mezcla de confianza y gratitud, por la que las parejas felices, existen algunas, resultan tan emocionantes al envejecer; más que los enamorados que comienzan, que, por lo general, no hacen otra cosa que soñar su amor. Esta fidelidad me parece preciosa, más que la otra, y esencial para la pareja. No tiene sentido quejarse de que el amor se calme o decline, que por otra parte casi siempre ocurre. Pero, aunque la pareja se separe o continúe viviendo junta, sólo continuará siendo pareja por esta fidelidad al amor recibido y dado, al amor compartido y al recuerdo voluntario y agradecido de este amor. Fidelidad es amor fiel, decía yo, y éste también existe en la pareja, aunque sea «moderna», aunque sea «libre». La fidelidad es amor mantenido de lo que ha tenido lugar, amor al amor, en este caso, amor presente (y voluntario, y voluntariamente mantenido) del amor pasado. Fidelidad es amor fiel, fiel sobre todo al amor.
¿Cómo podría jurar a alguien que le amaré siempre y que no amaré a nadie más? ¿Quién puede jurar sus sentimientos? ¿Y para qué mantener la ficción, las cargas o las exigencias cuando ya no hay amor? ¿No es suficiente razón para renegar de lo que fue o para condenarlo? ¿Es necesario que traicionemos el pasado para amar el presente? Te juro no amarte , sino ser siempre fiel a este amor que vivimos.
El amor infiel no es el amor libre: es el amor olvidadizo, el amor que reniega, el amor que olvida o detesta a lo que ha amado y que a partir de ese momento se olvida o se detesta a sí mismo. Pero ¿es amor?
Amame tanto como desees, mi amor; pero no nos olvides.”

jueves, 17 de noviembre de 2011

La Amazonía de la censura

Por Ondina León ©

Estoy estupefacta. No doy crédito a mis ojos y a mis oídos. ¿Que cierta compañía ha censurado "Una educación sexual" de Juan Abreu? No, no puede ser… ¿Que fue por razones de “política de contenidos”? ¿Pero quiénes son los inquisidores asalariados de esta empresa heredera de Torquemada? ¿En qué distante universo religioso-político orbita esta entidad cultural? Ya sabemos que la censura es una vasta (y basta) jungla que se manifiesta de mil maneras ―religiosas, políticas, financieras, sociales― en su amplio espectro camaleónico, pero quemar en las hogueras del silencio un libro que le rinde culto a la alegría de vivir, en un mundo enfermo de vacuidad, es el colmo de los colmos y una buena razón para indignarse de verdad, sin tener que amancillar las plazas con el estercolero de las imágenes del Che y esas banderitas cubanas que apestan a desastre.
¿Quién hubiera podido pensar que un sitio virtual y “virtuoso”, que comercializa tantos y tan variados libros, pudiera sonrojarse por un manual amatorio con rango de Biblia de cabecera? Porque esta sí que es una obra que, como el “Kama Sutra” o el “Ananga Ranga”, hay que consultar de vez en cuando para actualizar las alas reales de las pasiones humanas y esa energía vital divina, que se manifiesta a través del sexo, reino sagrado que Dios nos ha regalado no sólo para acometer la heroica empresa de reproducir la especie, ya demasiado abundante, sino también para rendirle culto a la libertad individual, a la comunicación más intensa en plena desnudez, a la búsqueda de la identidad, al placer natural, a la diversión, al hambre más ancestral de aventuras que justifiquen las razones para pasar por este universo. Sólo una bandada de frustrados puede rechazar una obra por “razones morales”, de esas que reducen la ética a la zona urogenital de los humanos.
En los más oscuros recodos de sus cavernas mentales anidan sabrá Dios cuántas aberraciones y perversidades, que les impiden ver la esencia luminosa de “Una educación sexual”, todo un tratado de erotismo ilustrado, que está a la altura de una de las obras más logradas de Abreu, “Diosa”, ya un clásico de la literatura erótica en español, que es además una novela de tesis que aborda el tema infinito de la libertad individual y la búsqueda de la identidad más allá de las convenciones y los esquemas sociales.
Porque si seguimos el hilo inquisitorial de estos censores, entonces habría que prohibir la comercialización y difusión de los versos de la poetisa Safo; “Dafne y Cloe” de Longo; “El Satiricón” de Petronio; “El Decamerón” de Boccaccio; “Gargantúa y Pantagruel” de François Rabelais; la obra del Marqués de Sade; “Manon Lescaut” de Prévost; “El milagro de la rosa” de Jean Genet; “Hombres sin mujer” de Carlos Montenegro; “Paradiso” de Lezama Lima y “La Habana para un infante difunto” de Cabrera Infante, por sólo citar algunos títulos “decadentes”, además de todos los libros de arte que contengan imágenes de las estatuas griegas y romanas desnudas, empezando por la “Venus de Milo”, que lleva siglos mostrándonos su perfectas tetas de diosa, para decirlo en perfecto castellano, y terminando con el “Discóbolo de Mirón”, con su delicioso trasero al aire y su anatomía que revuelve las hormonas ―o como diría una amiga mía: “Me hace la boca agua y el culo, caramelo”.
Hay que ver las barbaridades que cometen estos “civilizados” censores, ya sean curas, pastores, rabinos, imanes, líderes espirituales, políticos, policías culturales, dictadores, productores, editores y periodistas, en nombre de la pureza del alma y de las buenas costumbres y en contra del pecado, que ellos definen según sus intereses muy condicionados y condimentados por sus dogmas y prejuicios. La censura es algo que pasa todos los días y a toda hora, en cualquier latitud, pero cuando nos toca tan de cerca, en las entrañas de nuestra democracia, es como una sirena, que nos perfora el tímpano y nos hace un llamado a la reflexión. No basta que haya leyes que garanticen la libertad de expresión: hay que darles vida y color con su praxis cotidiana, desafiando los barrotes invisibles de la estulticia.
De momento, “Una educación sexual” ha recibido un buen espaldarazo, porque lo que se prohíbe seduce y despierta el morbo de acceder a él, sea como sea. Quien trata de silenciarte te engrandece. Y ya los cubanos somos graduados con honores en estos asuntos de saltar los muros de la censura y del control de la información y devorar el mundo, aun bajo la bota castrista. Así que Juan Abreu, como un buen goliardo del siglo XXI, seguirá instruyéndonos en el arte de sortear estos vericuetos del amor al amor, al placer, al sexo y a la libertad de ser. Como Dios manda en su primer mandamiento: sé dichoso: no cometas el peor de los pecados, que es ser infeliz...

sábado, 12 de noviembre de 2011

Unzueta Gallery presenta a Zoé Valdés




Polución sonora

Por Ondina León ©

Una amiga mía muy querida tiene recluida a su mamá en un asilo para ancianos y, con cierta frecuencia, vamos juntas a visitarla. Allí, la compañera de cuarto de la anciana es una señora muy mayor, que está postrada y ha perdido el contacto con la realidad (¿o lo ha recuperado de otra forma?), sin embargo, es increíble cómo canta de bien, sin olvidar las letras, cuando alguien le da la melodía o un fragmento de una canción. Así, al compás de “En el lenguaje misterioso de tus ojos, hay un tema que destaca…”, ella es capaz de cantar, desde su lecho y desde las brumas de su peculiar memoria, “Longina”, con una voz bien timbrada, audible y sin desafinar nunca. Igual sucede con cualquier otro clásico, ya sea “Capullito de alelí”, “Mariposita”, “Lágrimas negras”, “Volver”, “Uno”…
Lo que me hace concluir que la buena música se tatúa en el alma y nos acompaña en nuestro paso por el mundo hasta el último suspiro. La música, el tiempo entretejido como una filigrana de segundos únicos, nos acompaña, porque lo otro a lo que estamos sometidos es puro ruido y nos espanta: es un ametrallamiento de golpes cavernícolas a los tímpanos, que hace enloquecer al más pinto de la paloma. Las etiquetas de “música urbana”, “rap”, “reggaetón”, “hip-hop” y otras son advertencias del veneno que circula libremente por el éter.
Pero no sólo hay polución sonora en el ambiente y más “cantantes” que oyentes, sino que también, ¡horror de horrores!, hasta se premia a estos artistas de la contaminación con decibeles. Para muestra un botón: el espectáculo de los Grammy Latinos que, desde Las Vegas, se difundió anoche por la televisión. Si bien hubo premios muy merecidos para artistas de valía indiscutible, como Vicente Fernández, Amaury Gutierrez, Franco de Vita, Paquito D´Rivera, Rubén Blades, Lena Burke, Cachao (póstumo), Mercedes Sosa (póstumo) y Caetano Veloso, los otros galardones fueron diseñados para premiar la polución más letal. Porque, ¿cómo se entiende que Calle 13, ese epítome de la vulgaridad más agresiva, de la anti-música, haya tenido tantos “premios” por sus berridos y rebuznos, dizque de “compromiso social” y de “servicio a la comunidad”? ¿Y Tito, “El Bambino” ,con su pobrecita voz nasal y sus temitas cursi? ¿Y tantos otros que tuvieron el triste privilegio de pataletear sus “creaciones” y ser vistos por millones en una ordalía contra los pentagramas?
También está el caso misterioso ―que alguien me lo explique, por favor― de la multipremiada cantante colombiana Shakira, que si bien no es vulgar y es muy agradable ver cómo baila en escena, “ni canta ni come frutas” y, lo peor, no se le entiende lo que canta ni en español ni en inglés, aunque todo el mundo dice desmayarse ante la poesía de sus letras. A mí que me pongan subtítulos a ver si logro descifrar qué es lo que me quiere decir, con el perdón de los colombianos, que la han canonizado y la veneran como a un gran ídolo ―bueno, ya se sabe la necesidad patológica que tienen todos los pueblos de tener orgullo de tribu.
Es patético tener que agradecerle a un cantante que articule y proyecte la voz lo suficiente para entender la letra del tema que interpreta. ¿No se supone que esté implícita esta cortesía para con el oyente? No me acaba de convencer el principio de moda de “Música para tus ojos” ―caras bonitas, pechos prominentes o músculos torneados y mucho encuerismo seudosensual― en el que se menosprecia la razón de ser de estos intérpretes. Y no es que haya que tener voces privilegiadas y celestiales, porque ha habido y hay grandes artistas que no son ni María Callas ni Plácido Domingo, pero que saben llegar al corazón de todos y allí, aquí, enraizarse y fructificar. ¿Ejemplos? Bola de Nieve. O el mismo Caetano Veloso, que tiene un pequeño violín de oro por voz. O Serrat. No hay que tener las cuerdas vocales de Mina o de Barbra Streisand para trascender.
Y los medios de difusión masiva tienen buena parte de la culpa de esta polución sonora que ya es una pandemia, al dar por sentado que hay una fuerte demanda de estos bodrios musicales, en los que, como un síntoma inequívoco del mal, predomina lo que se ha dado en llamar “la fusión” de géneros, es decir, una mezcla amorfa de cualquier cosa, merengue, guaracha, son, pop, jazz... sin piedad ni respeto por los oídos ajenos, pero próximos del prójimo. Claro, como hay tanta improvisación y falta de talento, se es incapaz de cultivar un género con los formatos tradicionales de rigor. Se mezcla todo porque nada es fácil de interpretar para estos cantantes mudos, digo yo, a los que se les llama “fenómeno musical”, como a Chino y Nacho, y una se queda perpleja y parapléjica...
De contra, en escena, da grima ver cómo la mayoría se ha vuelto absolutamente simiesca con esos movimientos de bestias lascivas, con esos desprendimientos de pelvis en celo, que son ideales para ciertas circunstancias íntimas, pero que no son nada apropiados para las ágoras del entretenimiento. Tantos siglos de evolución humana son echados por la borda al entronizar el marginalismo, la vulgaridad, la violencia urbana, la subcultura de las drogas y los tatuajes, el vestuario enloquecido ―Lady Gaga al banquillo de los acusados…―, y todo envuelto en el celofán de la “música” y con los lazos del baile ardillesco y grosero.
¿Qué temas musicales de estos premiados se escucharán dentro de 50 años o 100? ¿Quién tendrá un espacio en la historia de la música de hoy? ¿Cuál “lírica” será digna de estudios por su poesía en el mañana? Sí, mucho dinero en compra-venta y premiecitos y jet privados para estas “estrellas”, pero, ¿y la música dónde está? O yo estoy sorda y decrépita o es que la polución sonora vende su vacío como si fuera lingotes de oro...



martes, 8 de noviembre de 2011

Palabras de mujer

Por Ondina León ©

Todos los días, pero a veces unos más que otros, me siento bendecida por Dios y acepto, con una humilde alegría, sus regalos: un día soleado y fresco; el mar encrespado y díscolo; una conversación con una vieja amiga; una noche de música, como la de este pasado sábado, 5 de noviembre, en que asistí al Teatro Artime, de Miami, donde disfruté de “Palabras de mujer, El Musical”. Un amigo, mecenas discreto que tanto ha hecho ya por Cuba y sus artistas, tuvo la cortesía de invitarme, junto a otras queridas amigas, a este espectáculo que le rendía tributo a la música del compositor mexicano Agustín Lara, justo en la víspera de cumplirse 41 años de su fallecimiento. Les juro que me sentí como la reina de la noche. ¿Qué más se podía pedir? Si el recital hubiera sido malo, tan sólo la salida en estas compañías hubiera engrandecido mi noche.

Pero la noche fue inolvidable porque “Palabras de mujer” fue un verdadero deleite, lleno de agradables sorpresas y emociones. De entrada (y por el precio de las entradas), estaba garantizado un mínimo de calidad por la participación de cantantes de la talla de Malena Burke, Xiomara Laugart, Gema Corredera y Sonia Corp. Por si fuera poco, actuaba también el cantante y actor Jorge Hernández, que encarnó magistralmente al artista mexicano, y todos bajo la dirección musical del veterano Meme Solís, un verdadero maestro de la escena cubana. La producción general y la dirección estuvieron a cargo de Félix Romeo. El elenco estrella se completó con el actor Gerardo Riverón, que ofició como hilo conductor de la dramaturgia en su papel de periodista, que va a entrevistar a Lara y que lo motiva a hacer un recuento de su convulsa vida, creativa y humana.

Acostumbrada a la típica pobreza de las puestas en escenas miamenses, más por falta de imaginación que de recursos, me sorprendió la escenografía sobria, pero funcional y apropiada a las distintas atmósferas, y el dinamismo de los cuadros que se sucedían con un bien estudiado guión. De la música y sus intérpretes, qué se pudiera decir: una excelente combinación de canciones, que han devenido clásicos populares, con poderosas y bellas voces de mujer, voces de Dios. Malena, como siempre, con su potente voz y su carisma, derrochó energía y sensualidad en cada número. Xiomara, ¿hay que repetirlo?, es una de las mejores cantantes cubanas de todos los tiempos y le tocó en suerte cantar dos de las piezas más emblemáticas de Lara, “Noche de ronda” y “Piensa en mí”; del reto salió más que airosa. Gema es una verdadera gema de versatilidad con su bellísima voz, que le dio vida, entre otras, a una composición tan difícil como “Lamento jarocho”, que conmocionó al teatro. Sonia, para mí, fue todo un descubrimiento y un placer al oído con su dulce voz que, tal vez, fue la que más evocó a las intérpretes de Lara de los años 40 y 50 del pasado siglo. Jorge Hernández, una vez más, convenció y emocionó al público con su Agustín Lara, “El Flaco de Oro”, tan soberbio y desgarrado, por momentos. Quizás el clímax de la noche fue el tema “Granada”, interpretado por las cuatro voces femeninas, en un exquisito montaje de Meme. Mención aparte merece la aparición de la bailarina Sonia Calero, invitada especial, quien a sus 75 años de edad iluminó, con su belleza y su arte, las tablas del teatro.

¿Manchas del espectáculo? ¿Lunares? Ya se sabe que estos pueden ser “marcas de belleza”, que depende de dónde estén y con qué ojos se miran. Si alguna bailarina parecía un levantador de pesas; si algún vestido era un disfraz de la Noche de brujas; si una cantante, ¡la pobre!, no sabía qué hacer con la boa que le asignaron como parte del vestuario; si otra “se perdió” varias veces en el escenario antes de cantar como los ángeles; si sonó algún celular en medio de la función, nada, absolutamente nada demerita a este espectáculo, que debería salir de gira por todo el país para que el resto de las grandes comunidades hispanas ―Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Houston, Denver…― lo puedan disfrutar plenamente, porque, ¿quién no conoce y canta las canciones de este ídolo mexicano, tan grande como José Alfredo Jiménez o Juan Gabriel?

“Palabras de mujer” es ese tipo de evento con el que una sueña siempre para Miami, donde sus hombres y mujeres de éxito, léase los “billetudos”, deberían apoyar más la cultura y el arte, que son los dos grandes bastiones en los que se preserva la identidad. Al enemigo, al totalitarismo, al desarraigo, al comercialismo embrutecedor, también se le combaten con talento, con música, con estas palabras de mujer, que son ley divina, y a las que no les hacen falta noches de plenilunio para brillar en el corazón de todos.

domingo, 6 de noviembre de 2011

La elegancia del erizo

Por Muriel Barbery
Estaba poseída. Puesto que mi hambre no podía saciarse con el juego de interacciones sociales inconcebibles para mi condición y eso no lo entendí hasta más tarde esa compasión en los ojos de mi salvadora pues ¿alguna vez se ha visto a una pobre experimentar la ebriedad del lenguaje y ejercitarse en él con los demás?- se saciaría con los libros. Por primera vez toqué uno en mi vida. Había visto a los mayores de la clase mirar en ellos invisibles rastros como si una misma fuerza los moviera a todos y sumiéndose en el silencio extraer del papel muerto algo que parecía vivo.

Aprendí a leer sin que nadie se enterara. Los demás niños seguían balbuciendo las letras cuando yo hacía -tiempo que conocía ya la solidaridad que teje entre sí los signos escritos, sus combinaciones infinitas y los sonidos maravillosos que me habían marcado en ese mismo lugar, el primer día, cuando la maestra pronunciara mi nombre. Nadie lo supo. Leí como una posesa, a escondidas primero, luego, cuando me pareció haber superado el tiempo de aprendizaje normal, a la vista de todos pero cuidándome mucho de disimular el placer y el interés que la lectura me suscitaba.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Cifras espeluznantes

Por Ondina León ©

Si existe un organismo tremendamente coprófago y parasitario sobre la faz de la Tierra, ese es, cual heces fétidas, la Organización de Naciones (Des)Unidas, la ONU. Recientemente, nuestro órgano universal provocó una buena alharaca de frivolidad, como si fuera un adolescente malcriado, con el anuncio de que el planeta alcanzaría los siete mil millones de seres. Y festinadamente salieron los galanes del chovinismos a reclamar que la cifra se habría alcanzado con uno de sus ciudadanos: que si era ruso; que si un buen filipino; que no, que no, que es un apasionado turco; que si mongol... El caso es que, sea donde sea que haya nacido esa personita, la cifra llama a la reflexión porque, ¿quién lo duda ya?, este mundo está superpoblado de seres humanos y de inhumanos problemas de toda especie.
El inconmensurable número habría sido motivo de festejo, digo yo, si se supiera a ciencia cierta que todos y cada uno de los habitantes tenemos garantizada la satisfacción plena de todas y cada una de nuestras necesidades: la alimentación balanceada, que no baleada, esa del nuevo ícono del platico con sus cuatro cuartos coloridos; ropa y zapatos, que no tienen que ser de Armani; el acceso al agua potable, sin calandracas ni amebas; la electricidad para que nos ilumine los sueños; una vivienda segura, sin hacinamientos ni promiscuidad; los libros, libretas y lápices para ser cultos y libres; la libertad de expresión; el respeto a los cultos religiosos; el derecho a viajar libremente… Pero no creo que esta civilización ―la del cable, pero que va camino de ser inalámbrica; la del culto a la imagen y a la juventud― se pueda vanagloriar de haber alcanzado un equilibrio justo en el que todos seamos hacedores de un bienestar sostenido y firme. Porque hay que ver cómo andamos girando por este sistema solar…
La cifra de los siete mil millones podría considerarse una vergüenza para la Humanidad porque seguimos reproduciéndonos, indiscriminadamente, y depredando al planeta, desangrándolo desde sus entrañas, extinguiendo otras especies, contaminando donde vivimos, generando energías asesinas y matando y matándonos en aras de ideologías y religiones organizadas, que nada tienen que ver con Dios. ¿Por qué ya no se habla de la explosión demográfica y sus efectos devastadores en el orbe? Porque no es “políticamente correcto” para los poderes establecidos ni los intereses creados de las grandes trasnacionales de las megaindustrias de la información, la guerra, las farmacéuticas o de la alimentación. Tal parece que todos necesitaran de grandes volúmenes de masas humanas para acrecentar sus ganancias y sus negocios.
Y aquí comienza y termina la complicidad universal, que también involucra a las religiones establecidas. Como la católica, porque alienta el “creced y multiplicaos”, sin anticonceptivos ni abortos, para ganar más fieles y diezmos; así, tenemos el caso paradigmático de México, a donde viajan con frecuencia los papas para estimular el crecimiento humano, que luego termina con millones de emigrados o con las muertes en la frontera con Estados Unidos, en los desiertos, de aquellos miles que huyen de la miseria y el hambre. ¿No es esto criminal, traer seres al mundo a los que luego se condena a carencias infinitas? También el islamismo es cuestionable, porque usa la reproducción descontrolada como vía para expandirse y conquistar “desde adentro” y sin armas, como está haciendo en Europa, con un macabro programa ideológico-político, más que religioso, que comienza en los guetos de las grandes ciudades y termina en los parlamentos de la democracia occidental.
La expresión “control de la natalidad” se volvió obscena en algún momento de nuestra historia reciente y ya ni siquiera se sugiere en los foros internacionales, so pena de resultar un monstruo de perversidad, que está en contra de nuestra inteligente y justa y pacífica especie. ¿Por qué? Porque nos sigue faltando un sentimiento de destino colectivo y cada país, tribu o bando tira por su lado, menospreciando a los demás. A partir de la cifra de siete mil millones de seres humanos deberíamos reflexionar sobre el destino de este planeta exhausto, que es nuestra casa, estrecha y ajena, y su futuro inmediato.
¡Ah!, pero en este mundo superpoblado también hay raras excepciones. ¿Qué les parece que Cuba es uno de los pocos países del mundo en que la población decrece año tras año, según las últimas estadísticas y cifras? ¿No es verdad que somos únicos y originales y siempre somos noticia? ¿Y qué pasa con esta “raza” que no tiene el pujante instinto de multiplicarse y expandirse? ¿Alto desarrollo socioeconómico y liberación total de la mujer? ¿A dónde fue a parar ese archipiélago que era receptor de tantos miles y miles de inmigrantes, españoles, haitianos, jamaicanos y otros? ¿Qué fenómeno nefasto tocó sus costas? ¿No se lo imaginan? El castrismo que, con su genocidio sostenido de más de medio siglo, convirtió a la “Perla de las Antillas” en la “Lela de las Boronillas”, porque eso es lo que queda en la atontada Cuba: la boronilla de un país que fue y ya no es. El sistema castrista, maquiavélicamente, ha socializado la miseria y la ha usado como una mortal arma de control, que ha generado un éxodo masivo, lustro tras lustro, con algunos picos de explosión, como Camarioca, El Mariel o la Crisis de los Balseros. Súmense los fusilados, los torturados, los desaparecidos en el Estrecho de la Florida, los suicidios y los enloquecidos y el milagro es que aún haya seres vivos allá, en la “Isla de Nadamascar”. Porque cuando un sistema de gobierno les mata a sus ciudadanos la esperanza de mejorar y de ser mejores en su propia tierra, está extinguiendo la especie, está pariendo la nada...