domingo, 30 de octubre de 2011

Elogio de la miseria castrista

Por Ondina León ©

Siempre que voy a ver una película cubana, hecha en Cuba, como en el caso de “Habanastation”, experimento una mezcla de sensaciones, cuyos ingredientes principales son la curiosidad y la emoción de reencontrarme con viejos actores y descubrir los nuevos. Porque el cine, quién lo puede negar, es un arte muy poderoso en el que se funden imágenes, palabras, música, silencios y, en el caso del cubano, por muy empañado que esté ese espejo de la realidad por la censura, las carencias y los complejos, algún trozo de verdad se filtra y llega hasta el espectador para reafirmar o desmentir sus creencias.
Después de ver “Habanastation”, dirigida por Ian Padrón, el delfín del clan de cineastas Padrón, he tenido que concluir que, si este filme es la opción propuesta para el Oscar a mejor obra extranjera, entonces el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficas (ICAIC) anda de mal en peor y no sólo por la falta de financiamiento para sus producciones, sino también por la absoluta carencia de creatividad y calidad estética. Porque, para decirlo rápido y bien, “Habanastation” es, en el mejor de los casos, una piececita muy, muy menor.
Es un filme que pretende ser lacrimógeno y lacrimoso, manipulando los sentimientos del espectador y vendiendo una imagen patética de esa “Cuba pobre, pero dignamente feliz”, que ha engendrado el castrismo durante 53 años de dictadura. Su maniqueísmo y falta de originalidad parten del viejísimo esquema dicotómico del “niño rico y el niño pobre”, príncipe y mendigo, y la transferencia de valores espirituales de uno al otro, por supuesto, del “miserable” al “poderoso”. Por suerte, los dos protagonistas son mestizos ―como mestiza es el alma de nuestra nación―, porque si el privilegiado hubiera sido blanco y el desposeído negro, entonces sí que hubiera sido el colmo del desparpajo y la manipulación, aunque en algunos pasajes aparece el tufillo del racismo, como cuando el niño pobre afirma que el padre del rico es “un mulato renegado” ¡¡¡porque no practica la santería y está casado con una rubia!!!
Desde las primeras imágenes, esas de los pioneritos con sus pañoletas rojas (¿se acuerdan de “Fresa y chocolate” y sus finales babosos) en la escuela “puestecita” y los lemas y consignas ―“¡Pioneros por el comunismo: seremos como el Che!”― y la breve, pero mortífera aparición, cual un Alfred Hitchcock tenebroso, de Carlos Alberto Cremata, el director del grupo teatral La Colmenita, ese aguijón venenoso del castrismo, una se puede decir con inquietud: “Esto pinta mal”. Luego, escena tras escena, el filme demuestra que nuestra intuición de vieja camajana no nos traicionó esta vez: la movilización popular para festejar el Primero de Mayo y defender las causas y luchas de los obreros extranjeros, que sufren el horror del capitalismo en el mundo entero; el locutor de la televisión y sus bocadillos revolucionarios solemnes ―es como si no hubiera transcurrido el tiempo ni varias generaciones y estuviera escuchando lo mismo desde 1959; las banderitas y la imagen del Che en la “Plaza de la Robolución”; el barrio marginal, favela caribeña, misérrimo, peligroso, pero pletórico de valores humanos, como la solidaridad, la dignidad humana, la caballerosidad (léase el código de honor del hampa y los maleantes) y la humildad generosa que se desborda; el folclorismo de las multitudes de negros (¿debo decir “afrocubanos”?) para seducir a las hordas de turistas extranjeros, que nos ven más como objetos sexuales que como seres humanos ―no sé (o sé muy bien) por qué siempre se empeñan en pintarnos como rumberos y santeros empedernidos ¡a todos!
Según el esquema de Padrón, los valores sólo anidan en los pobres, porque esos “ricos”, los que por ser artistas viajan al extranjero y manejan divisas y viven en Miramar y conducen carros modernos, son muy egoístas y hay que darles un baño de pueblo, mondo y lirondo, para que despierten a la vida y aprendan a ser personas. Es decir, el filme es todo un elogio de la miseria castrista, que preserva “las virtudes” y no envilece, como la vida capitalista del jazzista cubano, al parecer. Es un canto a “la miseria digna” de que hablan algunos miserables admiradores (sobre todo desde la distancia) del experimento macabro de los hermanitos Castro y su corte de viles. De contra, si bien los niños protagonistas son muy lindos, son pésimos actores y una siente todo el tiempo que están recitando, desde la epidermis, un mal guión. Y para aquellos que puedan esgrimir que la música de la película es buena y la fotografía, decente, les digo que estas aristas, tan importantes, no son la clave de un gran filme o de uno decente.
Como “opera prima” de Padrón (y pienso en la “Lucía”, de Humberto Solás) deja mucho que desear desde demasiados puntos de vista, esos que no se salvan ni con el espaldarazo del asqueroso de Michael Moore, íntimo padrino del susodicho director, que está patrocinando y empujando la obra en Estados Unidos ―¿por qué será que Dios los cría y ellos solitos, sin que el Diablo se entere, se juntan y se revuelcan? No sé, pero siento que “Habanastation” es un fraude más: sentimentaloide, cursi, procastrista, obra de séptima y no del séptimo arte. Dudo muchísimo que se gane el Oscar, pero como andan las cosas por el mundo, a lo mejor el (des)gobierno de La Habana hace lobby y convence a los jurados. Porque si bien ellos “no quieren” nada del imperio, como los Bardem y comparsa, un Oscar bien vale una misa, aunque, por favor, que no la oficie Jaimito, el cardenal (o moretón en la cara de Cuba) del castrismo.

Berta Soler planta cara al Cardenal Ortega

Tomado del Blog de la escritora Zoé Valdés.

Tal como debe ser
.Si con Laura Pollán lo tuvieron duro, con Berta Soler, después de todo lo que ha pasado, lo van a tener rudísimo. Hoy, las personas más temidas en Cuba se llaman Berta Soler, y las Damas de Blanco. Están en las calles, plantan cara con argumentos verdaderos, sin mentiras ni parloteos agónicos y lastimeros. Ángel Moya, ex preso político, se hizo eco de sus declaraciones. No sé por qué el periódico titula en general “opositores”, si han sido Berta Soler y Ángel Moya los que han hablado. Cuando hablan otros les ponen nombre y apellidos, más el cartelito “la célebre o el célebre Tal Cosa Menganita de Tal”, sin generalizar tan ‘sobriamente’. Espero que la revista Time la nombre la persona más influyente en su lista anual…

jueves, 27 de octubre de 2011

Homoerotismo a la cubana



(Sin que los cristales te corten).
Por Ondina León ©

Como ya muchos hemos podido descubrir, la lejanía entre Miami y La Habana es inconmensurable. Se podría decir que son las ciudades más distantes en nuestra apretada galaxia. Por este abismal accidente, más humano que geográfico, es que no me sorprende, aunque me encabrona, que sólo ahora es que me han hecho llegar, gracias a manos amigas, un ejemplar de "Instrucciones para cruzar el espejo", una antología de relatos homoeróticos cubanos, con selección y prólogo de Alberto Garrandés. La edición es del Instituto Cubano del Libro, Editorial Letras Cubanas, y fue impreso en la imprenta Federico Engels, en 2010. ¿Les sorprende?
En alguna medida, hay derecho a la sorpresa, sobre todo si comprobamos que, entre los 35 autores seleccionados, nos encontramos no sólo con vivos y muertos, sino también con escritores y escritoras que todavía viven ―es un decir, es una hipérbole, claro― en la isla posesa y con otros que huyeron despavoridos de ella; con autores absolutamente castristas, confesos y convictos ―Miguel Barnet, Antón Arrufat, Leonardo Padura, Senel Paz, Marilyn Bobes―, y con otros valientemente anticastristas, dentro y fuera de Castrolandia; y todos unidos por el cordón umbilical del tema de la narrativa homoerótica, en un riquísimo ajiaco de estilos y de tendencias con resultados estéticos disímiles, como se aprecia, en el que sólo se siente demasiado la ausencia del grande de Reinaldo Arenas.
¿Y qué fue lo que pasó con esta antología? ¿Un descuido de la Inquisición narcocastrista? ¿Una manifestación de apertura en la dictadura? ¿Un signo de cambio positivo o un espacio ganado a golpes de valor por “los diferentes”? Es probable que la respuesta más justa tenga de todo un poco, menos que se trate de una auténtica apertura por parte del régimen totalitario de los Castro, porque en su afán por reacomodarse y mantenerse en el poder, los ideólogos y burócratas de la cultura han ido haciendo concesiones, principalmente a la opinión pública extranjera y a los incautos, que aparenten ser giros dialécticos de cambio, cuando en realidad se trata de mínimas curitas para el alma herida de la nación y de cortinas de humo para otros males mayores, como la falta de libertades políticas y la violación institucional de los derechos humanos básicos. Porque no nos engañemos: la hija del general, Mariela Castro y su publicitado CENESEX (Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba), no ha liberado a estos seres eróticos desafiantes ―gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, travestis, “locas”, “tuercas”, y un etcétera infinito―, por llamarlos de alguna forma, que se han enfrentado al canon erótico-sexual, establecido por la sociedad occidental judeocristiana y enfatizado por la dictadura, y que viven sus vidas en resonancia con su verdadera identidad humana, al margen de la represión.
En todo caso, este bolsón de libertad individual en una dictadura ferozmente machista y racista como la de los Castro, que ha cometido tantas aberraciones ―desde la UMAP hasta los sidatorio-cárceles, pasando por las expulsiones de las escuelas y los trabajos porque alguien es “rarito”―, ha sido conquistado por ellos. Sí, por esos mismos que daban y dan más de 30 fouttés, en punta de tenis, en el portal del teatro García Lorca (el poeta hubiera aplaudido a rabiar) o deslumbraban a los transeúntes con sus grand jetés; los que inventaban y parían y siguen pariendo sus trajes, cosidos por ellos mismos, para las fiestas en “las casas en la playa”, en Guanabo o Brisas del Mar; los que, cuando hay que maquillarse para salir, se echan betún de zapatos en las pestañas y salen “soberbias y pálidas”, porque no hay miseria ni carencia que atente contra el hambre de belleza; esos que, cuando la policía los apresaba en sus carro-jaulas en Coppelia, gritaban “¡La ventanilla es mía!” o “¡Cochero, a palacio!”, mientras trataban de seducir al joven esbirro con miraditas lascivas, porque saben muy bien que él también “peca”; o aquellas que, cuando les gritan “tortilleras”, esbozan una sonrisa, dicen que sí con la cabeza y siguen camino a casa de la amiga con la frente en alto, sabiendo que “tu verdad te hará libre”. Admirables seres humanos que han definido sus cuerpos y sus identidades sexuales como reinos de libertad absoluta en medio del marasmo más absoluto, el que se extiende desde 1959.
Todos los relatos de la antología fueron escritos a partir de este año trágico, que parte la historia de Cuba en un fragmento más de absurdos y calamidades. Muy merecidamente, Virgilio Piñera, una de nuestras grandes glorias literarias, abre la edición con “Fíchenlo, si pueden”, todo un clásico, al igual que el texto de Calvert Casey, “Piazza Morgana”, rara pieza de intensidad pasional con imágenes indelebles. “¿Por qué llora Leslie Caron?”, de Roberto Uría, tiene el mérito histórico de haber reactualizado el tema de la homosexualidad, que durante tanto tiempo fue tabú en las letras cubanas, mucho antes que el mojigato y oportunista cuentecito “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, del cursi Senel Paz. Ena Lucía Portela, una de las grandes escritoras cubanas de hoy, nos entrega “En vísperas del accidente”, ambientado en Amsterdam, pero apasionadamente caribeño. En “Noche de ronda”, Ángel Santiesteban, a lo Hemingway, pinta el ambiente de virilidades ambiguas en una cárcel. Ronaldo Menéndez nos sorprende con “Factor sorpresa”, el asalto a un banco en el que los protagonistas son, pero no son lo que se sospecha que deberían ser. “El polaco”, de Rubén Rodríguez, es trágico y sugerente: ¿qué esconde la homofobia más recalcitrante? Ya se sabe…
En fin, este es un tomo en el que se reflejan, como en espejos borgianos, los rostros de los más variados especímenes humanos en busca de sus más recónditas y verdaderas identidades, las que no pueden ser aplastadas por ninguna circunstancia histórica y que perviven como manifestaciones de una cultura de resistencia, que habrá que estudiar en el futuro. Es de agradecer la labor de Garrandés y de los editores en este título, que también nos es sumamente útil para desentrañar la cubanía y el cubaneo, “sin que los cristales te corten”, como pide el antólogo: todos deberíamos leer "Instrucciones para cruzar el espejo".
Sólo unas inquietudes, que no deben restar méritos, para finalizar: ¿consultaron a los autores para que seleccionaran sus textos? ¿Les pagaron sus derechos de autor, como Dios manda? ¿Les hicieron llegar, a cada uno, algún ejemplar de cortesía, sobre todo a los exiliados en Estados Unidos (Rita Martín, Roberto Uría), en España (Ronaldo Menéndez) o en México (Odette Alonso)? Si la respuesta es no, como sospecho, a alguna de estas interrogantes elementales, entonces, al menos para la próxima, los editores deberían ser más profesionales, corteses y justos.

sábado, 22 de octubre de 2011

Un rubio peligroso

Por Ondina León ©

Un viejo amigo ―cubano, blanco y cristiano de los buenos― me confesó un día, casi con lágrimas en los ojos, que Miami lo había vuelto “racista”, que él nunca había sido así, pero que no podía evitar una especie de rabia sostenida por los incidentes cotidianos que le ocurrían. Sorprendida por su confesión, yo ―negra cubana y mujer de fe, pero anticlerical―, le pregunté el por qué de semejante aberración. Él, muy perturbado, me aclaró que sus sentimientos no tenían nada que ver con el color de la piel ni con las etnias, sino con las idiosincrasias y los traumas de muchos de nuestros “hermanos” de la América Latina, que coexistían en la Capital del Sol, amalgamados y amargados por la presencia de los cubanos. Para ayudarlo a salir de su embarazo, le dije que, tal vez, había empleado mal el término “racista” y que se trataba de otro sentimiento. Después de barajar diferentes categorías en otro intento más por “arreglar el mundo” y, sobre todo, para esclarecerlo y tranquilizarlo, llegamos a la conclusión que era como una especie de “racismo sociocultural” generado (más bien degenerado) por las otras tribus contra la tribu cubana. Y en un arranque de justicia histórica concluí, no sé si acertadamente: “El éxito siempre engendra envidias”.
Es por esta sinrazón humana que, en los últimos días, creo que ha habido una lluvia de ataques contra el senador Marco Rubio, desde diferentes parapetos, como Univisión y su patético reportaje, que intentaba amancillar su imagen, y como el Washington Post, con sus ataques erráticos de exquisiteces cronológicas de la llegada de su familia a este país. Claro, todavía nadie ha podido acusarlo de ladrón, pero me imagino que habrá un ejército de “periodistas” rebuscando en las entretelas mondongales de su pasado para ver si, al menos, alguno de sus niños se robó un caramelo de una bodega para acusarlo de desfalcar las arcas públicas.
¿Y quién duda que este político es un hombre de éxito? Es inteligente, educado, universitario, bilingüe, joven, pero con experiencia política; es un gran orador con una coherencia y una vehemencia muy respetables; es de muy buen ver, como diría mi abuela para referirse a los galanes; está casado y tiene lo que se llama “una linda familia” de cuatro hijos; es estadounidense de nacimiento, lo que lo hace “presidenciable”, pero es, ¡vade retro!, cubano. Y subrayo lo de cubano: no es “hispano” o “latino”, esas idiotas categorías de censo que empobrecen a cualquiera. Conclusión: Rubio es peligrosísimo, porque tiene futuro como un auténtico animal político. Y nada de que la política es sucia y corrupta per se: un político es un buen político, hasta que demuestre lo contrario… al margen de la envidia que genere su ascendencia y su carrera.
Sin embargo, este exitoso político es “fusilable” desde muchos ángulos y por distintas cofradías y sectas: desde la izquierda más radical y populista (no dije obamista, por favor), porque él es esencialmente conservador; desde la derecha ultraconservadora, porque es moderado; desde las filas de los demócratas, porque es republicano; desde los bastiones ortodoxos de los republicanos, porque él no es anglosajón y protestante; desde las hordas afroamericanas más feroces porque es “hispano”; desde las trincheras promiscuas de los hispanos, porque es cubano y blanco que parece europeo, lo que rompe el esquema de que hay que ser aindiado, chiquitico y feo, y tener acento “neutro”, es decir, mexicano, para ser un “digno” representante de esta “raza”; desde los bastiones de los “latinos” acomplejados y oportunistas, porque él está en contra de la inmigración ilegal ―de la que viola y requeteviola nuestras fronteras todos los días del mundo― y no se deja chantajear con el sentimentalismo barato de que “se están separando familias” y de que “todos somos iguales”, paguemos o no paguemos impuestos, digo yo. Así, ya es todo un milagro que haya llegado a senador federal de los Estados Unidos de América.
No soy pitonisa ni me gusta jugar a las predicciones, tal vez por aquel axioma lúdico que dice que “El futuro es incierto y el pasado, imprevisible”. Pero creo que hay que seguir de cerca los pasos de Marco Rubio porque “tiene futuro” y, hasta ahora, es decente, sin tener que darse golpes de pecho. En cuanto a la envidia, es una realidad con la que todos tenemos que luchar, y más si somos cubanos libres de Miami ―sin desdorar a los decentes de otras latitudes, que los hay y muchos, y a todos los cubanos dignos de la isla, que cada vez son más―, a diferentes niveles y sea cual sea nuestro estatus socioeconómico: es una cuestión de la naturaleza humana. Mientras, mi voto será para Rubio porque su plataforma política me convence y creo que es justa para este país. Aunque siempre me repito, una y otra vez, esa máxima que no sé bien de dónde saqué, pero que es saludable tener presente: “La política es el arte de elegir entre lo malo y lo peor”. A veces, de esas acrobacias kamikazes, queda algo bueno para todos…

miércoles, 19 de octubre de 2011

Los martirios de Martí

Por Ondina León ©

Decir Cuba es decir José Martí. El hombre es sinónimo de toda una nación. El alma de un pueblo se condensa en una sola voz que se escucha en todo el mundo. Sin embargo, probablemente no exista otra figura en la historia cubana que haya sido más manipulada, manoseada, falsamente venerada y ultrajada que la de este hombre breve, pero intenso. Si alguien no ha tenido paz en su tumba, ese ha sido Martí, el más desconocido de los próceres conocidos, a fuerza de ser impuesto en los catecismos cívicos de las escuelas, en bustos hidrocefálicos al sol, en imágenes tatuadas en las paredes de oficinas y despachos de líderes de dudosa reputación, en citas que salpican los más variados textos y discursos políticos, en el pan seco y duro de la historia que alimenta cada día la pesadilla que vivimos. Porque, ¿quién fue o es, en realidad, este ícono? Los pocos que lo conocen bien saben que nunca se termina de conocer, que acercarse a su obra y a su vida es una empresa infinita y que hay tantas perspectivas y opiniones como estudiosos y amantes de su universo. Los genios son así de escurridizos, ambiguos, polisémicos y conflictivos.
Para empezar a valorarlo, a primera vista, Martí es una paradoja viviente. El gestor de la cubanidad más acentuada y de un país que no existía al no ser como hipótesis, era hijo de españoles, de un valenciano y de una canaria, y vivió la mayor parte de su vida fuera de Cuba, a donde retornó después de muchos años sólo para hallar la muerte. Los dos grandes enemigos políticos de este gran hombre, paradojas de paradojas, fueron sus padres formadores: España ―la tradición cultural, la lengua, la literatura, el sentir humano― y los Estados Unidos ―la modernidad, el pragmatismo, el periodismo, la visión de futuro―; uno con sangre absolutista y otro con savia democrática; uno con un alma de mosaicos regionales y excluyentes y el otro con vocación de aldea global, lo que es hoy. Sin estos dos países, y otros tantos donde vivió, como Francia, México, Guatemala y Venezuela, Martí no hubiera llegado a ser quien fue: un hombre iluminadamente universal para su época.
Pero, ¿fue un político, que escribía como los ángeles, o un escritor, que tuvo que hacer política monda y lironda? ¿Quién fue el autor de los “Versos sencillos”, ese poemario simple y críptico a la vez? Fue poeta, filósofo, narrador, ensayista, periodista, dramaturgo, político, patriota, tal vez alcohólico, quizás drogadicto, cualquier cosa que pueda ser un hombre, como podemos comprobar, menos un militar. Su personalidad era ajena a las estructuras rígidas y violentas de los cerebros marciales. Quien es capaz de escribir apasionadamente sobre otro hombre, Ignacio Agramonte, y afirmar que “es un diamante con alma de beso”, no tiene vocación para pintar de sangre un campo de batalla, aunque lo obliguen ciertas circunstancias y ciertos caudillos soberbios. Quien recibe una bofetada de un militar en campaña es condecorado para la posteridad con la más justa de las dudas ―¿qué decían las páginas de su “Diario”, que Máximo Gómez arrancó privándonos de alguna verdad suprema? Otro enigma de nuestra historia violentamente épica, absurdamente cínica, derrochadora de testosterona.
Así, de retazos, de fragmentos dispersos de hombres, crean los pueblos los símbolos que necesitan para su ego colectivo, porque sin ellos no se puede ir conformando una identidad, al parecer. Hoy, algunos intelectuales cubanos, disidentes del culto martiano, acusan a Martí de haber creado, a partir de su empeño por la independencia de España, un monstruo de arrogancia, delirio y enajenación llamado Cuba, un país inventado y moldeado con el desapego de razas, culturas y religiones sembradas en una isla enloquecida, el reino del revés, que ha devenido paradigma de desastre socioeconómico en la América Latina y el Tercer Mundo, aunque las izquierdas antidemocráticas lo vendan como faro.
Sin embargo, si bien es cierto que Martí tuvo que aferrarse a una hipérbole de nación para sustentar su proyecto político, desafiando a los reformistas, anexionistas y a los indiferentes, que eran la gran mayoría de los “cubanos” de aquel entonces, en el siglo XIX, luego las generaciones sucesivas se han encargado de tergiversar y manipular no sólo el legado cívico y político de este auténtico padre de la patria, que ha llegado a hacer daño con su amor fundacional, sino también han pervertido la esencia del hombre que fue. Porque primero lo sacralizaron llamándolo “apóstol” y difundiendo una imagen de mártir empedernido, sin pasiones humanas ni debilidades (o virtudes, depende) ni vicios: Martí era un santo y punto. Luego, a partir de 1959, el discurso castrista y sus oradores, sin desacralizarlo, han llevado a Martí a la categoría de “héroe nacional”, de “autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada”, de “internacionalista” y de hermano ideológico de Marx, en un intento burdo por legitimar su experimento macabro con el barniz de un humanismo que sólo ha parido fusilados, torturados, desaparecidos, desterrados y mendigos en el archipiélago de la desesperación y el desasosiego, durante 53 años.
Martí se ha reducido, hasta hoy, a un puñado de aforismos para adornar discursos de las peores tribunas, en ambas orillas de la nación, y a “Los zapaticos de rosa”, para adornar el adoctrinamiento de los niños pioneritos allá; el otro Martí, vasto, complejo, culto, demiurgo de su lengua, poeta infinito y desafío intelectual, ese produce alergias en el vulgo, en el común de los mortales que se agota y se rinde con sólo mirar la colección de tomos de sus “Obras Completas” (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, por ejemplo), entre los que se destacan para un conocimiento del “otro” Martí los dedicados a sus “Cuadernos de apuntes” y los “Fragmentos”, en los que se descubre a un hombre desnudo en su frágil vitalidad, uno que confiesa: “Yo: esto es: una personalidad briosa e impotente, libérrima y esclava, nobilísima y miserable, divina y humanísima, delicada y grosera, noche y luz. Esto soy yo. Esto es cada alma. Esto es cada hombre. Entremos en esto”. Entremos en Martí, entonces, y dejemos de martirizarlo con nuestra pobreza de espíritu y nuestra frustración como pueblo.

domingo, 16 de octubre de 2011

Ausencias, olvidos y ninguneos.

Por Ondina León ©

Hambrienta de mundo y de conocimientos, cuando era una estudiante de apenas 18 años, con la osadía que la inocencia puede engendrar, le pregunté a una ilustre profesora universitaria, delante de toda la clase, qué escritores y artistas cubanos, entre los que se habían ido del país después de 1959, debíamos leer o investigar para consolidar nuestra formación académica. Respirando profundo ante la desafiante pregunta, la también importante funcionaria de una institución cultural castrista me respondió: “No te preocupes, que de Cuba se ha ido lo peorcito. Es mejor estudiar a los que han cerrado filas con la Revolución, como Carpentier, Guillén, Cofiño…”. En aquel entonces, y como luego comencé a descubrir poco a poco, clandestinamente (en su sentido literal), “lo peorcito” incluía a
Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Carlos Montenegro, Gastón Baquero, Jorge Mañach, Severo Sarduy, Enrique Labrador Ruiz, Lorenzo García Vega, Guillermo Cabrera Infante, Carlos Franqui y un larguísimo etcétera que abarcaba pintores, arquitectos, músicos y cantantes, bailarines clásicos, diseñadores, actores y cineastas. Todavía no acabo de perdonarle a dicha profesora, ya fallecida, la respuesta que me dio condicionada por su militancia política y su jerarquía, sin respetar las verdades ni los méritos creativos de nadie.
¿Cómo logro reconciliarme con el daño que pudo haberme hecho si me hubiera conformado con su “sabiduría”? ¿A cuántos más les habrá inoculado ese catecismo universitario con anteojeras? Con la voracidad típica de la juventud y desconfiando de los programas de estudios establecidos ―“La universidad es para los revolucionarios” era el lema que condensaba el adoctrinamiento―, me lancé a descubrir todo un mundo artístico, que desde el mismo año 1959 se había comenzado a fragmentar, y que terminó por ser sometido a lo que yo llamo un genocidio cultural, aunque pueda resultar dramática la expresión.
La ausencia de un artista era (y es) la gloria para el otro que se había alineado con el castrismo, o lo que se llamaba entonces y aún se repite decadentemente “ser un artista revolucionario”, un “intelectual comprometido” o (¡qué asco!) “un creador progresista”. Si un escritor o un intelectual se fugaban de la pesadilla caribeña y se lanzaban al abismo del mundo en busca de libertad y de realización personal, automáticamente eran echados en las pailas hirvientes del olvido: eran ninguneados y borrados de la historia de la cultura cubana: pasaban a ser los innombrables.
Y para esta misión, desde que asaltó el poder, la dictadura comenzó a crear sus instituciones claves ―el Consejo Nacional de Cultura, la Casa de las Américas, el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficas (ICAIC), el Instituto Cubano del Libro, la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC, ese graznido de cuervo del que hablaba
Cabrera Infante) y otras más― y a formar en la efervescencia “revolucionaria” a su ejército de inquisidores, policías culturales, censores y maquiavélicos trepadores en la mediocracia. La lista de nombres, por supuesto, es casi infinita, pero se han ganado un lugar cimero en la historia de la infamia personajes como Luis Pavón, Lisandro Otero, Roberto Fernández Retamar, Nicolás Guillén, José Antonio Portuondo, Alejo Carpentier, Juan Marinello, Alfredo Guevara, Papito Zerquera, Armando Hart, Marcia Leyseca, Miguel Barnet (“Mimí Yoyó”) y Abel Prieto. Incluso, con el transcurso del tiempo y algunos funestos eventos, como el caso Padilla, ironías de ironías, muchos de los defenestrados y sancionados por la ola de fundamentalismo castrista en la cultura fueron “perdonados” y han cerrado filas con sus verdugos y se han convertido en festivos creadores “al servicio de la Revolución”, como Pablo Armando Fernández, el de la pluma insulsa, al que el emperador Castro I le celebró un cumpleaños en la misma Casa de las Américas de la que había sido expulsado; Antón Arrufat, mediocre escritor (no lo salva ni “Los Siete contra Tebas”), que se abraza con Castro II en una feria del libro y que anda dando babosos discursitos de agradecimiento a los premios que le da el gobierno y a su propio ego “único”; el indecente de Cintio Vitier, católico, marxista, machista, castrista y “marciano”, que no martiano; y los juglares de la corte del horror, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés (o Silvio Milanés y Pablo Rodríguez), hoy enemigos del alma.
A estos alabarderos del rey hay que sumar una larga enumeración de escribientes de séptima, pero con unos egos hipertrofiados, como Eduardo Heras León, Francisco López Sacha, Arturo Arango, Nancy Morejón, Senel Paz y Leonardo Padura, que también públicamente se presentan como abogados defensores de la dictadura y sus crímenes, aunque en privado y para demostrarse que son “inteligentes” y “grandes”, puedan tener algún que otro arranquito “hipercrítico” con la realidad de la isla, eso sí, pensando en el próximo viajecito “afuera”, con la anuencia de la UNEAC o del Ministerio de Cultura, para engordar como cerdos y cosechar sus dólares, la amiga moneda del enemigo ―como dijo una vez delante de mí Héctor Quintero, dramaturgo en funciones de censor, “No se puede morder la mano que te da de comer”, refiriéndose al estado castrista en su papel de gran mecenas. De tan patéticos que son, se vuelven criminalmente grotescos en su colaboración con el genocidio cultural.
Si este texto estuviera escrito en pretérito perfecto simple es porque ya estaría viendo la historia como agua turbia y pasada, que no debe retornar a nuestro cauce. Sin embargo, las alimañas aquí denunciadas siguen teniendo la sartén por el mango en la cultura cubana y son los mismos que, de mil maneras, mutilaron y condenaron al ostracismo a
Lezama Lima y a Virgilio Piñera; los que silenciaron y silencian a Celia Cruz, a Olga Guillot, a Hortensia Coalla, a Guillermo Portabales, a Gloria Stefan, a Albita Rodríguez y a Amaury Gutiérrez; son los que violaron sistemáticamente con la lanza del olvido a Reinaldo Arenas, a Cabrera Infante y a Severo Sarduy; son los que le imponen el ninguneo a Zoé Valdés, a María Elena Cruz Varela o a Carlos Victoria; son las mismas aves carroñeras, las tristes auras tiñosas que esperan que el creador anticastrista muera en la lejanía para cebarse luego con sus obras y traficar con sus nostalgias, en un “todo para vender” que crea en algunos la ilusión de cambios dialécticos, que no son tales; son el estiércol estéril de la peor Cuba, esa que le arrancó del alma al poeta José María Heredia, en el siglo XIX, en su “Himno del Desterrado” ―¡Oh!, el destierro, esa categoría histórica cubana―, estos versos lapidarios: “¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran / en su grado más alto y profundo, / las bellezas del físico mundo, / los horrores del mundo moral”. Ahora que se aproxima el 20 de octubre, Día de la Cultura Cubana, valdría la pena reflexionar sobre estos horrores y soñar con hacer justicia.

viernes, 14 de octubre de 2011

Un gladiolo para Laura

Por Ondina León ©

Ha muerto Laura Pollán: ha nacido Laura Pollán. Desde ahora, los cubanos libres y los cubanos que luchan por la libertad tenemos un símbolo imperecedero. ¿La asesinaron los esbirros castristas? ¡No! Laura cayó en combate frente a ellos. Se ha ido batiéndose dignamente contra la violencia de estado, contra las turbas que asesinan la esperanza de una Cuba sin los Castros, contra la desidia y el desamor. Como buena guerrera que fue, supo escoger muy bien sus armas para conquistar la libertad: sus ropas blancas, como su pureza de intenciones; sus gladiolos en ristre para doblegar a los fusiles de la esclavitud; su voz, segura y clara, de mujer valiente; y la certeza de que, hasta el último aliento, lucharía por la dignidad de los cubanos, como lo ha hecho hasta hoy, su último día sobre la faz de la Tierra. Su muerte me duele tanto como la de Jorge Mas Canosa, como la de Celia Cruz, como la de Cabrera Infante, como la de miles de cubanos a los que tanto les ha dolido Cuba y que no han logrado verla libre. Quisiera poder llorar en silencio, quedamente como un animal herido, sin rabias, pero no puedo. ¿Cómo podemos estar a la altura de quien ha ganado, con su lucha y su muerte, un pedestal en la historia de la liberación contra el castrismo? Sólo nos queda recoger las dos antorchas encendidas de sus ojos verdes y mirar con empecinamiento al horizonte de libertad, que tenemos que conquistar ya, con el filo de la ternura más justiciera. Descansa en paz, Laura, que somos muchos los que nos repetimos, en voz muy alta, el verso inolvidable que el poeta le dedicó a la Virgen y que tú te mereces: “Tu sombra hará la Eternidad más breve”.

Rojos, pero verdes

Por Ondina León ©

¿De nuevo estoy leyendo noticias en el Granma, como cuando estaba en la isla posesa? ¿Estoy atrapada en la pesadilla perpetua? ¡No! Me estoy actualizando ―eufemismo para decir que me estoy torturando― con El Nuevo Herald, en Miami, la llamada pomposamente “Capital del Exilio”, sí, ese que cada día más es humillado y ofendido por cualquiera de cualquier rincón del planeta (¿será que sienten envidia?).
La noticia de primera plana, que me hace saltar de indignación hoy, es la de las celebridades de Hollywood que han firmado una carta pidiéndole a Barack Hussein Obama que intervenga con su varita mágica y permita que el espía castrista René Gonzalez, recién liberado, regrese a Cuba, porque en Miami, antro de mafiosos y cavernícolas que andan por las calles degollando a inocentes criaturas políticas, su heroica vida corre peligro. Y este hombre virtuoso, cuyo único pecado fue “monitorear a los grupos castristas con historial violento de Florida que habían organizado o financiado atentados a objetivos civiles…” (sic.), no merece tal suerte. Hay que ver cómo este diario, que llama “ex presidente” a Fidel Castro y tilda de “ex dictador” a Pinochet, publica acrobacias verbales y semánticas tan “asépticas” y “objetivas” que cualquiera se enferma de muerte.
Pero, ¿quiénes son esas estrellas comprometidas que han regalado su rúbrica a semejante petición “humanitaria”? Son los de casi siempre: Susan Sarandon, Danny Glover, Héctor Elizondo, Peter Coyote, Pete Seeger, Mike Farrel y otros nuevos; y algunos que, extrañamente, no están, como Sean Penn, Benicio del Toro, Steven Soderbergh, Steven Spielberg, Robert Redford, Jane Fonda, que siempre apoyan al castrismo, y un largo y vergonzoso etcétera. Porque estos “rojos”, para decirlo cromáticamente, a fuerza de estar forrados en dólares, se ven “verdes”, y no precisamente porque se las den de ecologistas: el sistema que odian, este capitalismo democrático, les ha permitido tener una libertad que jamás hubieran soñado en otros sistemas que ellos tanto admiran, pero en los que no viven ni ganan sus salarios astronómicos. Prefieren mirar los horizontes del socialismo desde la altura infinita de sus pent-houses de California, con un daiquirí en una mano y un “Cuba libre” en la otra.
Aunque lo verdaderamente importante no es que sean de izquierda, de centro o de derecha, sino que no son demócratas auténticos, porque apoyan a una dictadura, la más vetusta del continente americano, la misma que ha querido destruir a su país en reiteradas ocasiones, de cualquier manera. ¿O ya se les olvidó a estos artista de vanguardia, tan originales ellos, la Crisis de los misiles rusos en Cuba, que puso al mundo al borde del cataclismo atómico, en octubre de 1962? ¿Y la crisis humanitaria de El Mariel? ¿Y las narcoguerrillas castristas en la América Letrina? Y cientos de eventos y hechos absolutamente antiamericanos.
Lo que deberían hacer estos firmantes, si fueran menos ignorantes o más decentes o menos mala entraña, es escribir una carta en la que apoyen a las Damas de Blanco o en la que clamen por la salud de Laura Pollán; o una en la que pidan el fin del embargo de los Castros contra el pueblo de Cuba; o si no otra en la que reclamen libertad de expresión y pluripartidismo en la isla caribeña. Se podrían reivindicar de tantas formas... Pero no, Hollywood, salvo honrosas excepciones, siempre ha parecido sordo y mudo al cáncer con metástasis que padece la nación cubana. ¿Por qué? Barajo varias respuestas, pero todas son tan indignantes que prefiero rumiarlas y dejar que la propia historia me demuestre lo contrario, así que me siento…

lunes, 10 de octubre de 2011

El rapto de los rapsodas

Por Ondina León ©

Allá por el fatídico año 1980, cuando Cuba se desangraba por la herida de El Mariel, salía a la luz, en agosto, el decreto 74 del Comité Ejecutivo del Consejos de Ministros que establecía el 20 de octubre como “Día de la Cultura Cubana”. Dicho documento oficial estaba firmado por tres grandes (des)gracias del archipiélago accidentado: Fidel Castro, el que en mala hora se dejó crecer las barbas, nuestro celoso padrastro, el que nos ha abortado a todos por una infinidad de confines; Armando Hart, patético instrumento de institucionalización de aberraciones; y Osmany Cienfuegos, oscuro barón de la corte castrista y dizque hasta homicida.
¿Y por qué se escogía esta fecha para celebrar todos los años la cultura? Porque el 20 de octubre de 1868, en Bayamo, en el Oriente de Cuba, se interpretó por primera vez en público “La Bayamesa” ―sin risitas capciosas, por favor―, que se convertiría, en medio de la inflamación patriótica de la guerra de independencia contra España, en el Himno Nacional que, bien visto, sin pasiones chovinistas, es una versión caribeña, guerrerista, machista y necrófila, de “La Marsellesa”, aunque de vez en cuando nos arranque una lagrimita en algún evento en el que la nostalgia nos pisa el callo del desarraigo.
Así, en otra pirueta épica, el castrismo fundía patria, nación, estado, partido único (ya sabemos cuál), cultura e identidad nacional en un solo caldo de cultivo de controles y dogmas inapelables. Una vez más, la violencia se volvía estructura política y raptaba a los rapsodas de la creación cultural. Porque habría que preguntarse por qué no se eligió como Día de la Cultura Cubana el 28 de enero, natalicio de José Martí, el más grande escritor en lengua castellana del siglo XIX; o el 19 de diciembre, fecha de nacimiento de José Lezama Lima, nuestro sumo pontífice verbal del siglo XX; o el 6 de agosto, día que vino al mundo en Cuba Ernesto Lecuona, el prestidigitador de las teclas, uno de los más grandes músicos de América Latina; o un 5 de enero, nacimiento de Amelia Peláez del Casal, la cubanísima dueña de los pinceles más coloridos de la pintura del siglo pasado; o hasta habría sido más tolerable que Silvestre de Balboa, con su “Espejo de paciencia”, hubiera podido tener su día como el llamado fundador de la literatura cubana. Cualquier fecha, menos la de las campanas de la guerra y los machetes enemigos de las plumas o las corcheas.
Pero no, la fecha tenía que tener para el castrismo un espíritu más patriótico-militar que artístico o realmente cultural, para subrayar, una vez más, que la historia de Cuba y su largo rosario de tragedias ha sido y es esencialmente político, aunque nos resistamos a verlo así en una forzada manipulación del destino colectivo. El decreto enfatizaba que el Himno Nacional “es un símbolo en que se entrecruzan el sentimiento de amor a la patria y la decisión de combate, la expresión artística de ese acto cultural por excelencia en que el pueblo afirma y conquista su identidad plena, la guerra libertadora”. De este cantinfleo baboso se puede deducir que la guerra que se inició en 1868, al compás del himno, se seguía librando por el castrismo contra el imperialismo yanqui, David contra Goliat, por la independencia nacional y la preservación de la identidad en peligro ―el complejo empieza por creernos que alguien nos la puede amenazar.
Y esta maniobra política no por burda deja de ser absolutamente patética y empobrecedora del concepto de cultura y de las realidades más obvias. Ninguna cultura, como expresión de una identidad nacional consolidada, debería sentirse amenazada por otra diferente, afín o ajena, porque la historia de la humanidad, en más de un sentido, es la historia de un proceso de transculturación inevitable en que todas las naciones se enriquecen, sin dejar de ser ellas mismas, y participan de un toma y daca, que puede comenzar por la gastronomía ―piénsese en la universal comida italiana y su tomate tan americano; o en la española y su papa o patata, igual de por estas tierras―, pasar por la música ―¿de dónde es realmente la salsa, el jazz o el tango?― y la literatura como expresión compleja de un alma nacional ―¿Es Nabokov del todo ruso? ¿Y Joseph Conrad?―, y llegar hasta las estructuras léxicas, como le está pasando al inglés, la lengua más conquistadora del mundo y que, sin embargo, ha sido seducida por palabras ajenas, como machismo, patio, fiesta, bravo, tsunami o grafiti, por poner sólo unos pocos ejemplos.
Como dijo Martí, “Patria es Humanidad”. Lo que equivale a decir que si una cultura se enquista o es sometida a un aislamiento falsamente numantino, comienza a padecer de una anemia trascendental por perniciosa. Y en el caso de Cuba, a pesar de la censura, las parametrizaciones y los parametrados ―términos que no están en el Diccionario de la RAE, pero sí en la historia cubana―, la inquisición, el ninguneo y la desidia, la cultura ha resistido, incluso a su propia insularidad, y se ha atomizado saludablemente para llegar a ser una cultura única, pero cosmopolita, diversa y policromada en sus miles de aristas, debido al éxodo masivo ininterrumpido que ha provocado lo peor del castrismo.
Más temprano que tarde, en los claroscuros de la transición hacia la democracia en una era poscastrista, habrá que ir pensando en organizar un plebiscito para elegir el mejor día para festejar, sin complejos, la cultura nacional. El que elijamos por mayoría será el perfecto para venerar el rostro más amable que nos define, forma y conforma ante los demás pueblos y ante Dios. Hasta entonces, donde quiera que estemos, desafiando los traumas y las miserias, todos los días digamos con un orgullo humilde: “La cultura cubana soy yo”.

domingo, 9 de octubre de 2011

Colmenitas y colmeneros

Por Ondina León ©

Si alguien ha dudado alguna vez que la patria potestad está secuestrada en Cuba por el castrismo, hay una noticia de primera plana que lo sacará de la vacilación reflexiva: el grupo teatral infantil “La Colmenita”, fundado y dirigido por Carlos Alberto Cremata, inicia gira por los Estados Unidos. ¿Y qué obra nos regalarán estos talentosos niños actores? “Abracadabra”, pieza que, escrita por ellos mismos con una imaginación desbordada y libre, ¡agárrense la peluca!, reclama la libertad de los cinco espías castristas de la Red Avispa, justamente condenados por sus delitos hace algunos años ―ahora son cuatros los que permanecen encarcelados.
Como se ve, la democracia estadounidense es tan fuerte y magnánima que hasta permite que agentes culturales de un país enemigo como Cuba vengan a su territorio continental y hagan proselitismo político y campaña de desprestigio en contra de sus propios intereses. La democracia es dolorosamente así. Pero si este hecho puede escandalizar a alguien, más escandaloso es que para esta empresa “cultural” ―es un sacrilegio este engendro ajiaquero con Tom Sawyer, Peter Pan, Mafalda, El Principito y los espías castristas― se hayan utilizado niños.
¿Dónde están los padres de estas criaturas que han permitido semejante atropello? Para mí deberían ser multados por abusadores. Porque puedo entender que hayan tenido que hacerlos pioneritos para que sean “como el Che Guevara” ―sí, asmáticos y asesinos, ¿no?― y que puedan asistir a las escuelas castristas, ateas y adoctrinadoras, las únicas que operan en Cuba sin ninguna opción de elegir otro tipo, porque los hijos no le pertenecen a los padres, sino a la Revolución. Pero permitir que los usen para una campaña política de la mafia-estado es incomprensible, en el mejor de los casos.
Todos deberíamos ir a ver esta obra magistral para aprender a no hacerles a nuestros hijos y nietos un daño que pudiera ser irreversible. Este avispero de inocencia pidiendo “justicia” sobre un escenario estadounidense es digno de ser filmado y dejarlo como un testimonio irrefutable de las aberraciones de un sistema que no educa, sino adoctrina, y como una declaración de principios de los colmeneros que, aunque vociferen que “sólo son artistas y no políticos”, se denigran con estos crímenes, que cuestan trabajo perdonar. En realidad, “La Colmenita” es una embajadora del castrismo: no es la embajadora de buena voluntad de la UNICEF, para vergüenza de los padres y de su director.
Este otro evento de “intercambio cultural” entre los dos países es otra farsa kafkiana que no acerca, sino insulta, que no trae un mensaje de paz, amor y amistad, sino que es otra afrenta a los cubanos libres y a la libertad. Es difícil decirlo, pero lo que me sale del corazón es: “Cremata, crémate”.





Niños cubanos inician gira por EEUU y hablan de "Los Cinco"
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sábado, 8 de octubre de 2011

Pensamiento Especial



Por Dr. A. Marrero
Les pido un pensamiento especial para Laura Pollán, fundadora de las Damas de Blanco, que en estos momentos está muy grave. Ella que tanto ha hecho por la paz y la no violencia, la fuerza de la palabra, la oración y las flores contra la dictadura. Cada domingo desde hace años asisten a misa y luego desfilan en silencio frente a la iglesia de Santa Rita por la Quinta Avenida de La Habana, gladiolo en mano, soportando oprobios y violencia.

Laura no tiene diamantes que ofrecer, ni poder económico . Y es de todos sabido que los "intelectualoides" de Noruega prefirieron no darles el Premio Nóbel de la Paz, que tanto se merecen las Damas de Blanco, para no crearse enemistades con sus amiguitos izquierdosos, o para que en Cuba no les saquen las fotos comprometedoras que les toman a los que van a reírle la gracia a la dictadura.

No dudo que sus problemas de salud hayan sido bien "estudiados" o inducidos por los de Villa Fascista, para destruirla físicamente ya que no pueden hacerlo moralmente.


Laura Pollán padece una «inflamación de los pulmones y una infección aguda» según su esposo, el ex-preso político Maseda

miércoles, 5 de octubre de 2011

Pa' dura, la mía.

Por Ondina León ©

Evidentemente, las giras por Europa producen mareos de embarazada, como lo demuestra, otra vez, el escritor español Leonardo Padura, quiero decir, el escribiente cubano señor Leonardo Padura y Fuentes ―¿o debo decir hispano-cubano o afrocubano? Porque aunque él afirma que “no puedo ser otra cosa que cubano”, viaja con su pasaporte español… Por aquí parece que le entra el agua turbia y apestosa al coco de su lengua patética.
El caso es que, en una pausa refrescante de su intensa agenda, Padurita, el epítome de la novela negra cubana, ha vuelto a sentar cátedra sobre su amada isla ―que El Nuevo Herald publica hoy― y ha dicho que “los cubanos no conocen la literatura que se escribe en el mundo” y que este mal “retrasa al país”. Hasta aquí todo bien. Estamos de acuerdo. Sólo que cuando nuestro excelso novelista trata de buscar las razones y los porqués, como siempre, y a partir de su colocación como escritor oficial ―no puede ser de otra manera si las imprentas castristas lo publican año tras año―, muestra su aguda miopía ética y su abismal pobreza espiritual, condicionada por sus intereses creados. A su rosario de preguntas, que es un llamado al consumismo cultural bien intencionado, de “¿Cuándo los cubanos leerán a Roberto Bolaños, a Hari Murakamiuk y a Henning Mankell?”, habría que agregar este otro rosario en voz muy alta: ¿Cuándo coño los cubanos van a poder leer libremente a Cabrera Infante, a Zoé Valdés, a Reinaldo Arenas, a María Elena Cruz Varela, a Rafael Rojas, a Sánchez Mejías y muchos más que la censura castrista y los inquisidores no permiten publicar en la isla posesa?
Porque nuestro “héroe” se cuida mucho de no ofender, ni con el pensamiento, a los burócratas de la cultura que le administran su pasaporte cubano y le garantizan sus viajecitos al extranjero en busca de unas cuantas libritas de peso corporal y de los pingues beneficios de sus derechos de autor ―¿cuánto tendrá que pagar de peaje para salir y entrar? Y en el colmo del cinismo, este sesudo creador ―el mismo que se niega ante las cámaras a condenar el fusilamiento de tres jóvenes negros, que intentaron huir del Infierno castrista, en 2003―, tiene la osadía de comparar a Cuba con Haití y dice que “para los pobrecitos haitianos el problema es conseguir un poco de agua que no los mate con la contaminación del cólera, pero para los cubanos es ver una película…”.
Es decir, caro Padura, que ya los cubanos tienen resueltas todas sus necesidades básicas y no tienen que cargar el agua en tanques y carretillas, desde lejanos sitios hasta sus casas, como pasa en La Habana y en cientos de ciudades del interior, porque los acueductos son fantasmas cansados; quiere decir que ya no hay que rezar para que aparezca una puñetera guagua que te lleve al trabajo o a un hospital a ver a un enfermo; quiere decir que ya hay medicinas en todas las farmacias y los familiares en el extranjero no tienen que romperse el lomo mandándolas, al igual que los zapatos para los niños o unas baterías o unas sazones para el salcocho diario; quiere decir que todas las casas cubanas son seguras, grandes y confortables y que sus inquilinos no se hacinan en ellas, generación tras generación, luchando por mantenerlas en pie, apuntalando por aquí, cogiendo goteras por allá, haciendo barbacoas, remendando ventanas, rezando para que no se derrumbe del todo, como el país; quiere decir que el peso cubano, que reciben todos los asalariados de la isla a la deriva, vale tanto o más que los dólares, los euros y los “chavitos” y que no hay que salir a jinetear ni a pugilatear la papa.
Según este maestro de la pluma, la Cuba de Castro II, la de los “cambios” serenos y planificados, que le provocan pucheros en el culo, que le hacen declararse raulista empedernido, es la que garantiza esa hambre de cultura y de mundo, más allá de los únicos tres problemitas que tiene el archipiélago: desayuno, almuerzo y comida. El “¿Qué voy a cocinar hoy?”, que se repiten a diario las madres cubanas en sus maltrechas cocinas, ya no es un problema “filosófico” y ahora las masas se pueden dedicar a leer ricamente. ¿Cómo alguien decente puede decir que “Raúl Castro le ha dado lógica económica a la realidad política” y que se están viendo “resultados”? Los paliativos raulistas, esas pequeñas maniobras de reacomodo de cargas sociales y económicas, sólo están creando una realidad de chinchales, una gestión autárquica de menesterosos lanzados a las calles a que “resuelvan” sus necesidades, como sea, sin escrúpulos morales, pero sin la sombra del estado benefactor que pretendía ser la dictadura hasta ayer de tarde.
¿De verdad este hombre cree que los “cambios económicos” provocarán cambios políticos? Este axioma se derrumba cuando se piensa en China, en Vietnam o en otros países emergentes o ricos, que combinan los mecanismos económicos del capitalismo más feroz con la represión y la falta de libertades políticas del totalitarismo. Pero, claro, la visión de Padura es desde su casita decorada y decorosa de Mantilla, desde su carrito bien aceitado, desde su computadora con Internet, privilegio supremo ―¿por qué será?― en la isla de la Inquisición Castrista.
A mí, francamente, como mujer, negra y cubana, sus declaraciones a la prensa europea siempre me producen un profundo alipori, ―palabra que el novelista conoce bien, aunque él usa líporis―, esa vergüenza ajena ante la indecencia y la inmoralidad total. Y si este señor tiene la cara dura para decir semejantes barbaridades, pa´dura la mía, y le canto las cuarenta delante de su carota barbuda y cínica de castrista satisfecho y le eructo mis náuseas en el mismísimo tronco de su oreja peluda. Así es y el futuro le pasará su factura a este ejemplar de la ignominia.