viernes, 30 de septiembre de 2011

¡Azúcar, azúcar!

Por Ondina León ©

Y no se trata del grito festinado y cubanísimo que sobre los escenarios lanzaba nuestra Celia Cruz: ahora es un alarido de dolor, porque una de las palabras emblemáticas de la nación ha vuelto a sufrir un golpe mortal. Antes de 1959, año del accidente socio-histórico más trágico que hemos tenido, existía un lema tremendista, pero justo, que decía “Sin azúcar no hay país”. Pues bien, Cuba, que alguna vez fue el primer exportador mundial de azúcar de caña, ha dejado de existir con el cierre oficial del Ministerio del Azúcar. En su lugar, y mientras dure el velorio, la dictadura castrista, con su proverbial pomposidad y su infinita capacidad de generar eufemismos, ha creado un llamado Grupo Empresarial de la Agroindustria Azucarera, es decir, unos fantasmas desorientados que darán tropezones por los devastados campos de la isla posesa.
Ya sabíamos, porque lo han demostrado fehacientemente, que los Castros son hacedores de ruinas, sembradores de odio y cultivadores de fracasos, lustro tras lustro, sólo que siempre “han convertido el revés en victoria” y el socialismo ha marchado “triunfal” hasta hoy. Sin embargo, con sorpresa, el discurso oficial ha tenido que admitir indirectamente que el empeño en destrozar este sector productivo ha sido todo un “éxito” y hasta han tenido que cerrar su ministerio respectivo. ¿A dónde ha ido a parar esa potencia azucarera que le regaló un central a Nicaragua años ha? ¿De qué galaxia son esos asesores agrícolas que Castro II les presta a Chávez y a los venezolanos? ¡Líbreme Dios de ellos!
Los diarios informan que en la década de los años 70 operaban en Cuba 156 ingenios azucareros y que se llegó a producir hasta ocho millones de toneladas métricas de azúcar, y que ahora sólo quedan activos 56, que producen unas cuantas libritas tristes. Pero nadie parece preguntarse en qué estado están estas fábricas ni cómo logran producir lo poco que producen ni en qué condiciones laboran sus empleados. Si alguien se dignara a investigar y tuviera la posibilidad de hacerlo libremente in situ, el mundo se quedaría horrorizado ―bueno, tal vez no: Cuba siempre es noticia…―, una vez más, ante el desastre kafkiano sostenido.
Y no se vayan a creer, como dice el órgano oficial siempre erecto, que se trata de una “reestructuración” o de otro “cambio” raulista. Es simplemente el reconocimiento de un fracaso insondable en una economía que es un sistema de patologías rígidamente establecido. Se ha pasado de la economía centralizada y estatal a la economía del chinchal. Los llamados “cambios” no son más que un reacomodo de cargas que, como siempre ha pasado, terminan en las espaldas del pueblo, sobre sus lomos encallecidos por tanta miseria premeditadamente impuesta, con el único fin de controlar a las masas y que la casta castrista y sus pichones ―esos militares, “segurosos” o militantes del partido devenidos empresarios capitalistas de nuevo corte, como los rusos de Putin o los chinos millonarios― sigan en el poder por los siglos de los siglos.
Y que no me vengan a decir ahora ningún “militonto” de la izquierda más trasnochada; o un “pacifista” anti-globalización ―de los que salen en manadas con su pulóver del Che y su banderita cubana rompiendo vidrieras, al son de una cancioncita de Silvio Rodríguez―; o un ilustre prelado del alto clero “humanista”, que la culpa de estos descalabros económicos la tiene “el cruel bloqueo yanqui a la islita”. ¡No! Toda la culpa es de una dictadura que ha estado experimentando macabramente con las peores fórmulas de gestión productiva y que ha derrochado los miles de millones de dólares, que le ha chupado a su “aliados” rusos, chinos o venezolanos, en exportar revolución, en librar campañas bélicas en África, en el marco de la Guerra Fría, y en crear un potente aparato represivo contra su pueblo: ¡caviar para los generales; picadillo de soya para la plebe!
¿Dónde están todos los proyectos mastodónticos y los sueños faraónicos del Gran Líder, de ese Pastor desvelado llamado Fidel Castro? ¿Qué se hicieron sus ríos de leche de vaca o de búfala? ¿Dónde está su lluvia de café? ¿Y sus hidropónicos hiperproductivos de lechugas, tomates y acelgas? ¿Dónde aterrizaron los jamones? El cuerno de la abundancia sólo ha existido en las páginas de Granma, con sus reportes de metas económicas cumplidas y sus estadísticas falsas, y en la prodigiosa bolsa negra cubana, en la que siempre se ha podido “resolver” (caro verbo) casi de todo. En realidad, ¿qué produce Cuba? Cubanos...
El régimen castrista ha montado una increíble maquinaria de tráfico humano, en varias direcciones, y ha convertido a sus ciudadanos en el primer renglón de exportación, tanto o más que el turismo ―que carece de una vasta infraestructura y que es errático con su bajo índice de reincidencia― o el níquel, pura materia prima que va a el Primer Mundo para ser elaborado. Se exportan miles de cubanos a Estados Unidos, por lo menos unos veinte mil anualmente, gracias a los tratados de emigración, que se suman a los millones que ya se han afincado aquí; se destierran cientos de disidentes y conflictivos a cualquier punto; huyen a Europa o a México miles más; se envían a misiones humanitarias muy rentables y a otras empresas a miles de cubanos que están como médicos, maestros, militares o agentes de la seguridad del estado o espías en Venezuela, en Ecuador, Bolivia o en el África. Y todos, absolutamente todos mantenemos económicamente a los chulos del Caribe, los que sólo producen desgracias.
Las remesas que llegan desde cualquier rincón del planeta a los familiares y amigos en Cuba constituyen, hoy por hoy, la verdadera fuente de sustento de la dictadura. Gracias a nuestros sentimientos y al concepto de familia que tenemos, nos hemos convertido en rehenes de una tela de araña maquiavélicamente tejida por las eminencias grises del castrismo. Pero, ¿hasta cuándo? Si ya no tenemos ni azúcar para endulzar al mundo ni las espirales del humo de un buen tabaco nublan la frente de un hedonista que paladea su trago de ron, ¿qué nos queda para conquistar de raíz al resto de la humanidad? ¿Sólo la esperanza? ¿Acaso nuestra proverbial risa, que nos mata? Que alguien me responda…

martes, 27 de septiembre de 2011

Gladiolos contra machetes

Por Ondina León ©

Me indigna, pero no me sorprende, una vez más, que el régimen castrista brutalmente haya reprimido a las Damas de Blanco, para impedirles llegar hasta la Iglesia de la Virgen de las Mercedes, patrona de los presos, en La Habana Vieja, y haya agredido físicamente a Sarah Marta Fonseca, a la que también encarceló y cuyo destino, como el de la nación, es muy incierto. Estos eventos, que en dependencia de cómo se miren son positivamente negativos, no hacen más que manifestar, por enésima vez, la esencia de la más añeja dictadura del mundo, que durante 53 años ha sido y es represiva, machista, parásita, racista, excluyente, imperialista y narcoterrorista ―¿ha habido algún momento “romántico” en esta revolución (involución, en verdad) que comenzó creciendo al grito ensangrentado de “¡Paredón, paredón!”.
¿Por qué los esbirros del castrismo y sus eminencias grises, que orquestan la represión parapetados en sus burós refrigerados, le tienen tanto miedo a estas cubanas desafiantes? Porque es extremadamente difícil reprimir y agredir a unas mujeres, vestidas de blanco y armadas sólo con unos gladiolos, sin despertar un rechazo visceral, aun en los más timoratos y “progresistas” del mundo. Agredir a una mujer, a un viejo o a un niño a la luz pública tiene un precio muy alto para el victimario que, por más que argumente sus razones o sinrazones para tal delito ―las acusan de ser unas “mercenarias del imperio”, que se dedican a crear desórdenes y amancillar la imagen del gobierno―, queda como un soberano abusador y como un bruto despiadado, que merece el empalamiento, por atentar contra la fragilidad humana, contra los más desvalidos en muchos sentidos.
Al alarido cavernícola de “Machete, que son poquitas” de una de las bestias de la turba castrista ―es decir, esa jauría de agentes de la Seguridad del Estado, policías, militantes del partido comunista y vulgo asalariado, todos camuflados de civiles comunes―, en los recientes hechos, no hay manera civilizada de responder que no sea dándoles una bofetada de dignidad en sus oscuros rostros de esclavos del faraón y lanzándose a las calles con una empecinada indignación, para reconquistarlas y devolverlas al país real de todos, no a ese que es “propiedad” exclusiva del clan Castro y que está fuera del curso de la historia.
Hoy en Cuba, la rebeldía más auténtica tiene voz de mujer y se llama Laura Pollán, Berta Soler, Marta Beatriz Roque o Miriam Celaya, entre otras que están en la isla, y que también cuentan con la solidaridad ―nunca antes esta palabra había tenido tanto sentido― de las que están transterradas por los cuatro puntos cardinales, pero atadas a la causa de la libertad, como Silvia Iriondo, Ileana Ros-Lehtinen, Ninoska Pérez Castellón, Teresa Cruz o Zoé Valdés. Estas son las mujeres que denuncian los crímenes de la dictadura castrista, actúan sin descanso, de una manera o de otra, y nos hacen pensar a diario en un futuro mejor, que cada vez, inevitablemente, está más cercano.
Las que hoy son golpeadas y encarceladas, mañana serán por derecho propio las fuerzas vivas que construyan un país más digno, donde la mujer no sea la esclava que ha sido hasta ahora: esclava del dolor de tener una familia fragmentada, atomizada sin piedad; esclava de la imposibilidad de educar a sus hijos eligiendo un credo o una filosofía de vida propia; esclava de la miseria material diaria, que la obliga a hacer acrobacias para llenar la olla y poder decir “Aquí tienen sus alimentos terrestres, hijos míos”; esclava de los sueños truncos, esos que pueden ser desde tener un perfume de Chanel ―¿por qué no, esto también es espíritu?― hasta visitar el Vaticano, sin tener que vender su alma, más que su cuerpo, al primer turista que llega a la isla hambriento de belleza o juventud; esclava de la doble o triple moral o de la amoralidad; esclava del silencio más denigrante, que no le permite ser ella misma en la diversidad; esclava, en fin, de la más oscura y larga noche de pesadilla en toda la historia de Cuba.
Algún día no muy lejano habrá que levantar, con sólidos ladrillos de gratitud, un gran monumento, en una gigantesca plaza de La Habana, a la resistencia y al amor infinito de estas mujeres por la familia y por la patria. Pero el texto que lo identifique no debe rezar “A las víctimas del castrismo”, sino a “A las libertadoras que derrotaron a los machetes con sus gladiolos de luz”.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Los motivos de la loba

Por Ondina León ©

Esta mujer no tiene el corazón de lis ni el alma de querube, ni la lengua celestial ni es mínima y dulce, como el San Francisco de Asís del inolvidable poema “Los motivos del lobo”, de Rubén Darío. ¡No! Ella, que alguna vez fue llamada “loba feroz” por Fidel Castro, es sólo una representante federal en Estados Unidos, elegida democráticamente por el pueblo de Miami, y que hoy ha sido noticia de primera plana, en el periódico El Nuevo Herald, porque se ha convertido en la primera republicana en el Congreso en sumarse a ese grupo fundacional de auspiciadores de la Ley de Respeto por el Matrimonio, que “derogaría una ley de 1996 que le impide al gobierno federal reconocer el matrimonio de las parejas del mismo sexo”. Y esta noticia no podría ser mejor: Ileana Ros-Lehtinen, nuestra conocida política cubano-americana, ha dado un paso más de apoyo en la lucha por la justicia social y la igualdad de derechos entre todos, en la más grande y sólida democracia del mundo, según se dice y, a veces, creo.
Todo parece indicar que llegar hasta esta postura no le resultó fácil ni ha sido una decisión súbita, ya que hace ocho años confesaba que no estaba lista para aceptar los matrimonios entre personas del mismo sexo. Sus declaraciones de hoy, que desafían en buena medida los pilares del partido al que pertenece, son el fruto de una evolución sopesada y no sólo política, sino también humana y familiar, como se puede inferir de la experiencia vital de tener una hija transgénero, que pasó de ser Amanda a llamarse valerosamente Rodrigo. Si esto no es coherencia ética ―acto que “cometen” muy pocos políticos― por parte de Ros-Lehtinen, que alguien dé la cara y le ponga el nombre que se merezca.
Como a mí la noticia me entusiasmó y me dio regocijo, tuve la peregrina idea de ir a leer los comentarios, que al respecto publica el susodicho diario, con la certeza de que habría un buen número de textos a favor de su nueva postura. Sin embargo, sólo me encontré con una jauría absurdamente agresiva y de un fundamentalismo que da pavor por su falta de densidad cultural y filosófica. Tantos insultos tan mal pensados y peor redactados, inevitablemente, me dieron una bofetada en pleno corazón de la paz interior y sentí alipori, es decir, esa vergüenza ajena que nos estremece de pies a cabeza y que puede provocar una saludable indignación, de esas que martillan una palabrota.
¿Qué “sagrada familia” están invocando estos comentaristas malojeros? ¿La de los divorcios al por mayor o la de los hijos abandonados que caen en las drogas? ¿A qué moral se están aferrando, a la del adulterio deportivo? ¿Qué valores invocan a gritos heterosexuales, los de las apariencias y la hipocresía? ¿Por qué reducen la “moral” a la identidad sexual? Hay tantísimas cosas tan inmorales ―empezando por el salario mínimo y terminando por la desidia― que llamar inmoral a un gay o a una lesbiana, sólo por serlo, es una aberración criminal.
Inmoral es no darle amor y educación y cultura a un niño ―no se valen los videojuegos violentos y enajenantes―, mientras se le cultiva el consumismo material y el amor desmedido por el dinero o se le inoculan dogmas religiosos excluyentes y castrantes. Inmoral es ese padre machista ―casi siempre macho teatral, de deseos ambiguos reprimidos― que les enseña a sus hijos una cultura del odio, llena de prejuicios contra la diferencia humana, ya sea racial, clasista, sexual o política. ¿Quién se desprestigia más, el que tiene el valor de ser genuino y actuar en resonancia con la naturaleza que Dios le dio, o el que se violenta y vive la vida que le impusieron los catecismos sociales? ¿Qué pecado es mayor, la envidia que se padece hoy o la autenticidad corajuda?
Porque para ser gay o lesbiana hacen falta tres atributos virtuosos: cojones, cojones y cojones. Lo que es decir, valor para conocerse a sí mismo y asumir la verdadera identidad, como anhelaban los antiguos griegos; valor para imponerle a la familia la realidad del ser uno mismo y que lo respeten y lo quieran; y valor para salir a la calle, con la frente en alto, y desafiar a la sociedad que, tradicionalmente, ha marginado al que está en minoría ―¡la diferencia asusta!― o pretende cuestionar los grilletes del contrato social que se haya alcanzado.
¿Será lesbiana Ileana Ros-Lehtinen y no ha salido del clóset? ¿Se le puede comparar con el dictador de Raúl Castro? Estas y otras preguntas insultantes ni deberían pasar por la mente de una persona medianamente sensata y con sentido de la justicia. Si lo es o no, no debe ser una cuestión que inquiete a nadie, porque ella debe ser juzgada y valorada como servidora pública que es y no como una mujer con derecho a su vida privada y con capacidad para tomar decisiones personales, cuando lo entienda preciso. Si algo ha demostrado ella como mujer es que, además de ovular, sabe pensar.
Como madre y abuela que soy y como ese “animal político” que todos somos, el “zoon politikon” de Aristóteles ―aunque algunos sean más animales que políticos―, me reservo el derecho responsable de aplaudir, una vez más, a Ileana Ros-Lehtinen, esta loba feroz que ha tenido el valor viril de abrir bien sus fauces y morder a profundidad las fláccidas nalgas de la realidad, para ver si, de un mordisco apocalíptico, logra atenuar tanta injusta estupidez celulítica…

jueves, 22 de septiembre de 2011

En puntas de acero



Por Ondina León ©

Uno de los males mayores que ha padecido y padece la América Latina es el fulanismo o caciquismo: esa patología social en que el fulano o la fulana, siguiendo el concepto de Miguel de Unamuno, se vuelve más importante que las ideas o las tendencias que dice representar y que son seguidas por las masas, que se arrebañan en bandos contrarios o complementarios. Así, hemos carecido de auténticas instituciones colegiadas y hemos tenido un exceso de figuras “elegidas” que monopolizan, cual dictadores todopoderosos, las funciones de estas organizaciones civiles, culturales o sociales.
En el caso de Cuba, imperio caribeño del fulanismo, sobran ejemplos paradigmáticos, que van desde el emperador Castro I, el Gran Pastor del cayado sangriento, pasando por Eusebio Leal, historiador de La Habana Vieja devenido cacique-bodeguero, castrista y millonario, que regenta tanto museos como hostales y restaurantes, hasta el de Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo, más conocida mundialmente como Alicia Alonso, excelsa bailarina devenida dama de hierro del ballet clásico en la isla.
A sus 90 años, la diva divina aún sale de gira por los más disímiles países del mundo en calidad de “mito viviente”, que ya no baila, pero sí cosecha pingues beneficios financieros que le permiten mantener, a ella y a su “marido” ―ese abyecto lazarillo afeminado con ojos de rata trepadora―, un nivel de vida de caviar y cavas en la más desesperanzadora y desesperada isla de las Antillas.
Alicia, como otros tantos caudillos que en el mundo han sido, está dispuesta a morir con las botas puestas, es decir, con sus zapatillas de puntas de acero con las que ha pateado a tantos artistas del Ballet Nacional de Cuba y a cualquiera que no acate sus designios celestiales. La que ayer fue una genial intérprete de Giselle, una Carmen inolvidablemente sensual o una Swanilda etérea y juguetona ―¡bendita sea esta esquizofrenia que padezco!― es hoy una grotesca máscara, de labios rojos y cejas como alfanjes, que simboliza lo peor de un poder absolutista, que se reserva el derecho de dictar sentencia sobre vida y hacienda de su tropa de bailarines: es Fidel Castro con un tutú de tules.
¿Cuántas carreras ha truncado a golpes de ovarios? ¿Cuántas familias ha dividido ella con sus caprichos? Si ama tanto la belleza como dice, ¿por qué no deja que cada cual elija dónde mostrarla y cuándo? ¿Por qué sigue “dirigiendo” la compañía si está absolutamente ciega y postrada de mente? ¿Cómo corrige en una coreografía el movimiento de una bailarina, por olfato? ¿Quién será su sucesora? ¿Cómo será elegida la próxima reina del arabesque? Y aun, inflamada de amor posesivo, protesta cuando dice que les “roban a sus bailarines”, que huyen de su despotismo con “una crueldad infinita” y la dejan preguntándose por la suerte de cada uno, a ella, madre amantísima. Lamentablemente, Alicia les ha dado alas a sus magníficos bailarines, pero les ha prohibido volar a donde el corazón los lleve y esto, como se sabe, no es justo ni necesario ni en el ballet ni en la vida misma: quien te ama de verdad, te hará libre.







Herejía a telón rojo
a Alicia Ernestina de la Caridad
del Cobre Martínez del Hoyo


Dormida profundamente
soñaba que danzaba
La bella durmiente,
o mejor Giselle.
Era etérea y vivía rodeada
de gasas y tules,
muy cerca de los reyes
y del Hechicero.
Hasta dormida,
con sus puntas de acero,
no deja de ser
un genio lamentable,
que baila sobre una nube
tan oscura, como la traición.

Del poemario 'Herejías Anónimas' con prólogo y edición de Roberto Uría; presentado en Galería Unzueta en febrero 2006.www.ramonunzueta.com

martes, 20 de septiembre de 2011

Los sastres del emperador

Por Ondina León ©

Toda dictadura comienza por ser una dictadura semántica, como lo ha demostrado sostenidamente el castrismo, que desde sus orígenes implantó sus peculiares barrotes léxico-ideológicos y creó un monopolio absoluto sobre el vocabulario y las ideas en la nación. Desde el principio fue el verbo y su poderosa capacidad para crear “realidades” en la mente colectiva, antes que la realidad fuera violentamente transformada para mal con los catecismos políticos, su socialización de la miseria y su entronización de la plebeyez en las masas.
Ya en junio de 1961, en la tristemente célebre reunión con los intelectuales y artistas en la Biblioteca Nacional, Fidel Castro, escoltado por su pistola enchumbada de testosterona y colocada muy visiblemente sobre el buró al que estaba sentado, trazó las pautas del fatídico destino sociocultural de la isla: “Dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución ningún derecho”. Como aquella audiencia era pura inteligencia, no tuvo que agregar “Y la Revolución soy yo”, parafraseando al Rey Luis XIV. Los últimos 53 años de la historia de Cuba no sólo han sido el registro telúrico de las veleidades de un tirano omnipotente, nada ilustrado, su sucesor Castro II y sus clanes de mafiosos, sino también un inventario de calamidades y aberraciones lingüísticas, que van desde sustituir “señor” por “compañero” hasta el vergonzoso eufemismo de “inhibición responsable”, para referirse a la censura más férrea, que festivamente se han impuesto e imponen artistas, escritores y periodistas (es un decir…) en aras de publicar sus creaciones cómplices del marasmo.
Más de medio siglo de control total por parte de la dinastía gobernante y sus inquisidores sobre los medios de difusión, la educación general y las prácticas religiosas ―que hasta ayer de tarde eran casi clandestinas y ahora son carnaval colorido― han empobrecido hasta límites desconcertantes la ideología y el lenguaje del cubano de a pie, ese que apenas articula, proyecta la voz demasiado alto y cada dos palabras ensarta una obscenidad, con un impudor de altura, que haría sonrojar a cualquier personaje del más puro realismo sucio.
Y en esta misión para subyugar el léxico, que es decir para controlar el pensamiento y su libertad ontológica, la dictadura ha contado con sus instituciones y sus departamentos, como el DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria), ha tenido a ese órgano oficial, siempre erecto y eructante, del Granma, así como se ha servido de unas buenas manadas de intelectuales arrebañados y sedientos de gloria personal y de “un viajecito al extranjero”: estos han sido y son los sastres del emperador del desastre; los que diseñan, cortan y cosen sus vestimentas ideológico-políticas y sus ropajes semánticos más caros, que funden y confunden la patria con el estado y a la nación con un partido, el único que existe en la isla posesa; son los que tejen y bordan los lazos de colores de la supuesta filosofía con que se engalana el “presidio flotante”, según José Antonio Ramos, que deviene el Paraíso a los ojos de la izquierda más trasnochada del mundo entero que, por superstición o intereses creados, no acaba de admitir que el castrismo no tiene ideología, sino circunstancias que lo condicionan y lo hacen aliarse, ¡para depredar!, lo mismo con el extinto imperio ruso marxista-leninista, que con los chinos maoístas, que con el imperialismo de los petrodólares del populista Chávez. El castrismo es castrista y punto: no es socialismo ni comunismo ni nacionalismo radical.
Sin embargo, los déspotas siempre se crean una corte que los ilustre y les dé la prestancia y la legitimidad a sus “proyectos socioeconómicos”, es decir, la cobertura para mantenerse en el poder ad infinitum y controlar a las masas con alguna que otra “conquista” y palabras, muchas palabras narcóticas a falta de pan. Entre los tantísimos ejemplos de estos alabarderos de su majestad Castro I tenemos el del ensayista y filósofo (¡qué exageración de títulos!) Fernando Martínez Heredia ―una de las viudas más desconsoladas del “Che” Guevara, a quien ha dedicado una vasta bibliografía basta, muy aplaudida por el trepador de Arturo Arango, otro (de)sastre más― que, en el paroxismo de su agradecimiento al mecenazgo castrista, se ha atrevido a afirmar: “Fidel puso al ideal comunista europeo en un terreno real en América Latina, y puso al marxismo en español”. Después de semejante afirmación, no le queda otra alternativa que recibir otro premio más de Casa de las Américas y de las propias manos temblorosas del siniestro Roberto Fernández Retamar, su presidente, popularmente conocido como “Reptamás”, el creador del “retamarismo”, esa vocación de reptil venenoso y cobarde, que padecen los intelectuales cubanos oficiales ―¿y quién que “está” y “es” en Cuba no lo es? Venerar al propio ego y publicar tiene su precio…
Tal vez, el más dolorosamente nauseabundo de los casos de estos sastres ha sido y es el de Cintio Vitier, reconocido ensayista, poeta mediocre ―su viuda Fina García Marruz es mejor poetisa― y pésimo político y “filósofo” católico, quien, después de muchos avatares y ninguneo, hasta llegó a ser di-puta-do a la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, ese circo castrista de unanimidad miserable. Antes de 1959, Vitier fue el lúcido y decente autor de “Lo cubano en la poesía” (1958), un extenso estudio sobre la creación poética y la identidad nacional que, doce años después, volvería a publicar, pero ya “incorporado al proceso revolucionario”. Hasta su muerte en 2009, la suya fue una carrera de alquimista en la que engendró un ajiaco ecuménico hecho con cristianismo, marxismo, castrismo, antiimperialismo y chovinismo, aderezado con cólicos martianos. ¿Por qué este poeta cortesano alcanzó semejante grado de degradación moral e intelectual? ¿Qué privilegios buscaba en su delirio atorrante? ¿Su ego desbordado lo envileció hasta estos niveles kafkianos? Raúl Castro, en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba este año, esgrimió a Vitier en su discurso como una espada de luz para defender a la nación y a la Revolución, que para él son sinónimos, de los ataques del “vil imperio”. Mayor consagración es difícil de alcanzar, así que espero que Dios juzgue a Cintio Vitier y lo sumerja en la paila del Infierno que le corresponde por la eternidad, como buen sastre canonizado del castrismo. Al igual que tendrá que hacer, en una labor titánica, con otros, que son tantos que se atropellan y provocan un hedor irresistible...

sábado, 17 de septiembre de 2011

¡Viva Evo!

Por Ondina León ©


Por fin podemos disfrutar de una auténtica buena noticia, en medio de tanta crisis y violencia: en los próximos días Evo Morales viajará a Castrolandia y, ¡agárrense la peluca!, recibirá el título de “Doctor Honoris Causa” de la ilustre Universidad de La Habana. Los tremendistas han salido dando gritos de horror diciendo que es una total desvergüenza semejante homenaje, pero no han tenido en cuenta que Evo es un “presidente de altura” ―La Paz, capital de su cacicazgo, Bolivia, está a 3,650 metros sobre el nivel del mar― y que la alta institución caribeña es la cocinera mayor de nuestra dinastía castrista, que se ha dedicado y se dedica con esmero a cocinar los premios a sus procónsules en la América Cretina (o Letrina, como mejor les sepa). Con estos ingredientes de base, podemos sentarnos a paladear un delicioso ajiaco surrealista, rebosante de humor y de amor por el disparate, con la muy soportable levedad del ser...
Porque a Evo se le sobran méritos para ser coronado doctor y sentar cátedra en cualquier latitud. Para empezar, con su cara de pandereta cobriza y su nariz de pico de cotorra aterrada, este indio aymará, que es Mercedes Sosa sin tetas, tiene el valor de regularmente pararse ante las cámaras y micrófonos de la televisión y “discursar” en castellano, lengua bárbara que domina a la perfección y con la que transmite, muy clarito, sus principios ideológicos y sus proyectos sociales letales. El que no lo entienda debe consultar a un otorrinolaringólogo ―¿o será que tanta hoja de coca masticada le ha atrofiado la lengua al gran orador?
Mérito añadido, Evito no se ha operado aún la nariz como lo están haciendo en masa sus compatriotas, que le pagan fortunas a los cirujanos plásticos para que se las pongan “de blanco”, por supuesto. (Como negra que soy, la vida me ha enseñado a olvidarme de mi nariz y a agradecer mi cinturita de avispa y mi trasero tamaño familiar, que tantas bendiciones me han dado, ¡modestia apártate!). Así que de racista no se le puede acusar a este estadista andino y ladino.
Por si fuera poco, Evo es un ícono de moda que crea tendencias mundiales con sus modelitos ad hoc, esos boleritos ajustados y con bordados policromados, que luce junto con largos collares de flores, como si fuera una hawaiana, y una lluvia de estrellitas blancas sobre su espeso pelucón negro, que no se sabe bien si es cocaína, nieve, confeti o estiércol de llama pulverizado para fertilizarse las neuronas. Todo un “polvazo” que le han echado ―si fuera en Cuba, sería brujería, pero en la Península Ibérica sería un “regalo” que le dejaría cara de cumpleaños y no es el caso. Eso sí, y todo sea dicho, Evo no canta ni recita como Chávez; no es tan teatral y cursi como Rafaelito Correa; ni tiene momentos de lucidez etílica como Danielito Ortega, todos peones del imperialismo castrista y su circo continental.
De telón de fondo, en sus baños de multitudes, no sé bien por qué será que los indígenas ondean banderas de arco iris, mientras lo escuchan pronunciarse con ese tonito tan delicado y sutil, que tal parece una loca de carroza en pleno carnaval de Río de Janeiro. ¿Será que Evo también es líder de los gays y lesbianas del Bravo a la Patagonia y no nos hemos dado cuenta? Mal por nosotros los abiertos y tolerantes, los demócratas empedernidos.
¿Otros méritos de este paladín de las nuevas libertades? Morales ha descubierto, como gran ingeniero genético que es, el origen de los “crímenes contra Natura”, que ya se saben se esconden en los pollos que el imperio yanqui cría en cautiverio y adulterándolos con hormonas, antibióticos y piensos de pescado emplomado. ¿La calvicie? Según nuestro científico en jefe, es un mal europeo provocado por los productos transgénicos que el malvado Viejo Continente genera en contra de las productoras de champús y acondicionadores de cabello. Y como maestro de publicidad que es, Evo nos ha explicado las ventajas de la Coca-Cola como laxante y como limpiador de tazas de baño, es decir, un líquido venenoso multiusos bastante barato, que simboliza lo peor de la sociedad de consumo contra la que él, chamán aventajado, lucha a brazo partido.
O a pierna partida, porque cuando nuestro héroe se decide a jugar fútbol por las planicies andinas, usa sus extremidades para neutralizar de una buena coz a sus adversarios, dándole justo en el centro de la genitalidad, porque no se puede perder ni en una competencia de escupidas. En otras palabras, como deportista, crea y recrea las reglas del juego y gana los partidos, aunque deje a unos cuantos jugadores partidos por el eje, con su carota de inocente ―dice una amiga, judía estadounidense, que a cada vez que lo ve, piensa que Evo se le va a acercar a venderle artesanías...
Además, valor de valores, derrochando sabiduría, Evo es especialista en papas y en sus miles de variedades y nutricionista de vanguardia, que dicta lo que los indios (el término es de cariño, nada de incorrección política, por favor) que lo llevaron a la presidencia deben o no comer para su bienestar físico y espiritual.
Y hablando de espíritu, de todos es conocido que este gran hombre le mete en la misma costura a la brujería andina y hasta la pone en función de salvar al planeta. ¿Se pueden pedir más méritos? ¡Alabado sea el Señor! ¡No! Por esto, esperaré con ansias en mi caney a que este “siboney” sea embestido (que no envestido) por las doctas testas habaneras, que lo nombrarán “Doctor”, así con mayúsculas, porque él es un verdadero Maestro… de todo lo que un presidente no debe hacer ni decir, y esto hay que premiarlo. Mientras tanto, ¡Ave, Evo, el del Gran Ego, los que van a reír te saludan!


viernes, 16 de septiembre de 2011

Juan López y John Ward

Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos.
Esa división, cara a los catógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte. Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen. El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.
Jorge Luis Borges

jueves, 15 de septiembre de 2011

El Reino de los ex

Por Ondina León ©

Ciudad mágica si las hay, Miami, que se levanta hacia el cielo desde vastos pantanos, ha recibido varios vistosos sobrenombres a partir de su renacimiento, en 1959, cuando comenzó la oleada interminable de refugiados cubanos, que escapaban del castrismo, y que aún hoy “fertiliza” sus costas. A los títulos político-turísticos de “Capital del Sol” y “Capital del Exilio”, creo que habría que agregarle para su gloria la de “Reino de los ex”, porque esta urbe pujante y pujona, fotogénica y esperpéntica, la de las mil caras, está plagada de una riquísima fauna de “ex”: ex batistianos, ex fidelistas, ex latifundistas, ex chivatos de los CDR, ex altos funcionarios de algún ministerio, ex agentes de la tenebrosa Seguridad del Estado, ex jineteras de alcurnia, ex académicos, ex inquisidores, ex tecnócratas de Lomonosov (a lomos del oso ruso), ex escoltas de los capos castrenses, ex cronistas bélicos, ex presos políticos de dudosa autenticidad, ex militares de alto rango y hasta un engendro de “poeta ex contrarrevolucionario”, como se firma sus bodrios letales. Hay de todo en este pretencioso rebaño del Señor, que creo que no sabe bien qué hacer con tanta originalidad humana y tanto ego mayúsculo.
Sin embargo, salvo una o dos excepciones, el común denominador de estos “hombres nuevos”, que parió la Historia en el último medio siglo, es la total desvergüenza con que exhiben sus currículos y venden sus memorias a los medios de confusión, perdón, quise decir de difusión masiva, todos los días de este mundo. ¿Arrepentimiento por las barbaridades cometidas en nombre de la supervivencia en la dictadura? Ninguno. ¿Rectificación moral o ideológica genuinas? Ninguna. ¿Cargos de conciencia por el daño hecho? Ninguno. Palabras como honradez, decencia, ética, dignidad o amor propio son arcaísmos en desuso, palabrotas rancias que no se deben articular ni por equivocación, no vaya a ser que alguien piense que se las están dando de santos, de misioneros o de cruzados por la libertad de la isla: hay que ser “dialécticos” y “pragmáticos”. Sólo esto.
Y hay que ver, entonces, cómo se sientan ante las cámaras y micrófonos, con una total amoralidad, a revelar los secretos y las intrigas de la corte castrista a la que pertenecieron hasta ayer de tarde. Así, después de jurar, casi con lágrimas en los ojos, que no se quedaron ni con un solo centavo de los miles de dólares que manejaban sirviéndole a los Comandantísimos ―el brazo negro de la mafia castrista es largo, poderoso y despiadado, y lo mismo provoca infartos cardíacos que resbalones en las bañeras―, plácidamente trazan perfiles psicológicos de las estrellas de la historia y hasta nos enteramos que un nieto del actual monarca es arrogante, racista e insoportablemente despótico y casi que heredero al trono por su capacidad de “legislar” a golpes de testículos.
Claro, todos estos detalles fidedignos están avalados por la convivencia bajo el mismo techo en las vastas mansiones de la casta gobernante a la que pertenecían los hoy “disidentes” o, mejor dicho, desertores. Porque estos sí que justamente deben tener el título de desertores ya que, pisotón de callo mediante, desertaron de las filas de la alta plutocracia cubana para “denunciar” atropellos, interrogatorios en Villa Marista después de ser secuestrados y encapuchados, violación de sus derechos humanos y civiles, negación de asistencia médica y otras lindezas, como la pérdida de algún Rolex de oro puro.
Pero, ¿dónde estaban ellos mientras todo esto igualmente le sucedía al común de los mortales, década tras década? ¿Por qué “desconocían” la realidad? ¡Ah!, porque ellos andaban por otras tierras del mundo “defendiendo la Revolución”, operando empresas capitalistas dedicadas al tabaco o al ron o a lo que fuera, siempre que generara dólares constantes y sonantes ―¿cuánto se destinó a comprar leche para los niños cubanos? ―; andaban viajando a Europa para recibir tratamientos médicos de vanguardia ―¿quién financiaba esta asistencia de primera que la potencia médica no ofrecía? ―; andaban por Varadero disfrutando de la vida en las casas exclusivas de los generales. Porque “ser hijo de…” ―y sobre todo de uno de los históricos “Comandantes de la Revolución” ― y haber estado en la cúspide del poder, inevitablemente, condiciona una ceguera moral que difícilmente se cure, aun en la mítica “Miami de los ex”.
Por lo que intuyo (y ojalá me equivoque), la reconstrucción material de esta Cuba en ruinas nos costará unos cuantos miles de millones de dólares y llevará algunos años porque el bombardeo del odio castrista ha sido demasiado largo. Pero la restauración moral, la siembra de escrúpulos éticos, la talla de una tabla de valores cívicos y ciudadanos costará siglos. Como dijo el iluminado de Varona, “La moral no se enseña, se inocula”, pero, ¿dónde están los titanes que puedan salvarnos con su entereza de alma de esta epidemia de amoralidad que padecemos? ¿Alguien me puede ayudar a soñar? ¡Ay, Cuba, Cuba!

lunes, 12 de septiembre de 2011

Vidas truncas

Por Ondina León ©
A Ricardo Gómez Fumero in memoriam


En los últimos tiempos, a raíz del paso de un viejo juglar castrista por Miami que desató huracanados debates, se ha mencionado con insistencia a la UMAP(Unidades Militares de Ayuda a la Producción), los campos de concentración de trabajos forzados a donde, junto a religiosos, disidentes y homosexuales, fue lanzado el susodicho poetastro ―¡qué coincidencia, hasta rima con Castro! Si bien a lo largo de sus 53 años de existencia la dictadura mafioso-burocrático-militar de La Habana puede exhibir con orgullo una infinita lista de experimentos macabros, aberraciones socioeconómicas y calamidades de todo tipo, que van desde “El Cordón de La Habana” o el caso lácteo “Ubre Blanca”, pasando por las escuelas al campo, la creación de las guerrillas en la América Latina y las campañas bélicas en África hasta la economía del chinchal ahora, siempre nos encontramos que hay algunas acrobacias de ingeniería social más funestas que otras. Por esto, si saludable es para nuestra voluble memoria colectiva recordar los horrores de la UMAP, más lo es aun rescatar para la posteridad la historia de Villa Los Cocos, en Santiago de las Vegas, el primer sanatorio-prisión habilitado en Cuba para los portadores del VIH y los enfermos de SIDA.
Porque, récord de récords, otro más, Cuba es el único país del mundo que ha aislado forzosamente a los ciudadanos que han sufrido y sufren de esta condición. Mostrando las poderosas garras del estado fascista-sanitario, y so pretexto de proteger a la población, en 1986, el “buen pastor” del gobierno castrista decidió encarcelar de por vida a cientos de jóvenes, en lo que fue un antiguo centro de rehabilitación psiquiátrico militar, amparándose en el Decreto Ley 54, de 1981, que le permite al Ministerio de Salud Pública establecer “medidas excepcionales de cuarentena”, creando así una dantesca celda dentro de la gran cárcel que aún es el país.
Los jóvenes, en su mayoría de 19 años a 39, fueron arrancados de sus centros de trabajo o estudio, separados de sus familias, rebajados a ciudadanos de séptima y estigmatizados por la sociedad que, vergüenza da decirlo, mayoritariamente apoyó el “desvelo” del gobierno por la salud colectiva, porque todo se hacía para evitar la difusión del VIH y para ofrecerles a estos “descarriados” una atención médica y una alimentación esmeradas, en un recinto de paz, lejos de la humillación diaria que es la vida en Cuba. En el proceso, los médicos fueron cómplices activos y amorales, que para nada se detuvieron a pensar ni un momento en esas “frivolidades” de los derechos humanos o las libertades civiles o, simplemente, en el respeto a la libertad individual: el SIDA era un crimen y un atentado contra los poderes del estado, no una enfermedad más.
Tras una feroz cacería humana en la llamada cadena de portadores, al “sidatorio” de Villa Los Cocos fueron arrojados militantes comunistas, delincuentes, artistas, médicos y estudiantes de medicina, obreros comunes, prostitutas, marineros, militares y burócratas, todos juntos, pero no revueltos. Porque allí también se estableció el imperio de la exclusión y la discriminación, tan caros a la dictadura castrista. Así, los machos guerreros del emperador Castro, que habían llevado en alto su bandera en África, y que estaban rotulados como “soldados internacionalistas”, fueron separados de los “blandengues”, de los “pajaritos”, de esos homosexuales que manchaban el honor caballeresco de las huestes de la testosterona caribeña. Incluso, hay tres “barrios” muy diferentes dentro del oficial y pomposamente llamado Centro de Atención Integral a Personas con VIH-Sida, es decir, Villa Los Cocos: “Marañón”, el exclusivo por sus condiciones de vida; “Arco iris” y “Edificios”, como si fueran Miramar, La Lisa y Luyanó.
Los testimonios de los sobrevivientes de este infierno sanitario en el que, según el doctor Jorge Pérez Ávila, su antiguo director, cada paciente le costaba al estado cubano la “insignificante” cifra de $18,000.00 pesos anuales, son escalofriantes por sus escenas de reyertas, alcoholismo, promiscuidad y violencia verbal. No hay peor castigo para un ser humano que el hacinamiento, obligarlo a coexistir en una cárcel, con extraños y ajenos a su naturaleza, sin haber cometido ningún delito, al no ser ese de ser genuinos y amar de acuerdo con sus identidades. Pero cuando se invoca “la salud del pueblo”, toda consideración es superflua a los oídos totalitarios y a la angustia de la sociedad, que se vuelve cómplice al delegar su salud y su bienestar en un gobierno deshumanizado y despótico.
La maquinaria de confinamiento marchaba muy bien, perfectamente engrasada, hasta que el imperio ruso comenzó a desmoronarse y el “rubloducto” se secó, dejando a los chulos castristas sin las fuentes de financiamiento de todas sus aventuras y las “conquistas de la Revolución”, incluido el sanatorio. A principios de los años 90, luego de decretado el “Periodo Especial”, las autoridades tuvieron que cambiar su política de aislamiento total y, poco a poco, comenzaron a establecer un sistema de pases y salidas de los prisioneros, con algún familiar garante o un empleado con “pureza ideológica” de Villa Los Cocos. Luego, vino el desplome total y los recluidos tuvieron que optar entre seguir encerrados para garantizarse alimentos y ciertas medicinas o salir a la calle a luchar solos por su dieta hipercalórica o por el tratamiento antirretroviral en un país en plena decadencia general. La mayoría optó por la libertad y hasta por retomar sus carreras y reconquistar cierta normalidad, antes de caer en la batalla por la vida. Según Tomás Quintero, el actual director de este sanatorio-cárcel, todavía a nivel popular se considera el centro como un “almacén de personas aisladas”, aunque desde hace diez años el ingreso a este es “voluntario y transitorio”.
Después de 25 años de su puesta en funcionamiento, ¿qué balance deja Villa Los Cocos? ¿Cuántas vidas se truncaron tras sus muros? A los miles de cubanos que han desaparecido en el Estrecho de la Florida; a los que han muerto en las cárceles castristas; a los que se han suicidado; a los que perdieron la razón y deambulan por el mundo; a los que nunca más vieron al familiar querido que falleció en la distancia habrá que sumar a los jóvenes que murieron por el SIDA sin ser libres, con los sueños rotos y la esperanza marchita, con una sed infinita de nuevos horizontes. Para todos ellos, estoy seguro que Dios habilitó un sitio muy especial no a su diestra, sino junto al fuego eterno de su amor. ¡Que desde allá nos iluminen y nos ayuden a ser cada día más libres y más amorosos!

viernes, 2 de septiembre de 2011

Duelo de sietemesinos

Por Ondina León ©

La democracia, “ese curioso abuso de la estadística”, según Jorge Luis Borges, siempre es dolorosamente saludable y, a veces, patéticamente divertida. Como el más potable de todos los sistemas socioeconómicos que han existido hasta ahora, en sus bolsones de libertad, unos más amplios que otros según el país, permite que haya manifestaciones de las más variadas naturalezas ideológicas y políticas y hasta estas escaramuzas desideologizadas, como la polémica personal que hay entre el esbirro Edmundo García, enclavado en Miami, y el trovador de la corte castrista Pablo Milanés, dulcemente afincado en la isla posesa. Porque en este intercambio de panfletazos que estamos presenciando no hay una auténtica discusión de plataformas políticas ni propuestas viables para un cambio real de la pesadilla cubana ni, mucho menos, un debate ideológico y filosófico, que llame a la reflexión sobre el marasmo perpetuo que es Cuba.
Chancleta en mano, ambos se están sonando sus respectivas nalgotas celulíticas tratando de esclarecer sus posiciones personales; se están masajeando el ego, pero sin enriquecer el panorama político. García, como era de esperarse de un ser tan abyecto y oportunista que se cree héroe en territorio enemigo, repite el discurso baboso del Granma pidiendo el fin del “bloqueo” a Cuba y hasta la liberación de los cinco espías castristas, condenados justamente en los Estados Unidos, a los que él llama cariñosamente “Los 5”. Por su parte, Milanés, poéticamente incoherente, está en contra de las golpizas y los actos de repudio a las Damas de Blanco, aunque no apoya la causa que ellas defienden, es decir, la libertad de los presos políticos y, por extensión, la libertad de todos. Semejante esquizofrenia es digna de ser estudiada por un psicólogo social, preferentemente no cubano, para que haya cierta imparcialidad.
García es mucho menos peligroso que Milanés porque hace ya bastante tiempo que salió del clóset político y es un connotado mercenario castrista, un terrorista verbal, uno de los tantos que engordan en Miami a la sombra fresca de la democracia. Él pertenece a la estirpe de la más baja catadura moral, como Francisco Aruca, Max Lesnik ―por poco escribo Marx Lenin―, Carmen Duarte, Lázaro Fariñas, Andrés Gómez, Hugo Cancio y muchos otros, todos militantes del odio contra los cubanos libres y anticastristas de Miami.
Más peligrosos, porque confunden y siembran conformismo disfrazado de reformismo, son los miembros de las brigadas del pacifismo y la corrección política, esa epidemia que ha contagiado a tantos: a periodistas “asépticos”, que mal redactan en castellano; a filósofos eclécticos, que abortaron el marxismo que los creó; a galeristas devenidos “promotores culturales” y hasta dizque poetas de “la reconciliación”; a empresarios hacedores de puentes de “intercambio cultural” entre las dos orillas; a “militontos” del Partido Demócrata, que aspiran a cargos públicos en Miami; a intelectuales acomplejados, que quieren demostrar a toda hora ―sobre todo en el horario estelar de la televisión― que poseen una vasta inteligencia que cuestiona, analiza y sopesa como un pensador alemán; a las pitonisas de la radio; a los bastiones de las libertades civiles que, si uno desciende la acera con el pie derecho, ya lo tildan de fascista; y a ese ciudadano común, que se desgarra el alma ejerciendo un falso culto a la familia que quedó prisionera en Castrolandia. Todos, desgraciadamente, ralentizan la búsqueda de la libertad en Cuba, esa tan necesaria para la supervivencia de la nación y de la identidad.
¿Qué nos debe quedar en limpio de estos escobazos en público de dos figuras de dudosa coherencia moral, de estos dos sietemesinos del alma, que se baten en un duelo grotesco? Una lección de vida. Porque estos hechos son un ensayo general de cómo deberá ser la democracia en una Cuba libre. En un país “con todos y para el bien de todos” tiene que haber cabida para el más amplio espectro político e ideológico, ese que va desde la izquierda más radical hasta una derecha ultraconservadora, pasando por el centro moderado y conciliador.
¿Y el castrismo, esta aberración neurogenital, también estará presente en el futuro de la isla? Creo que, inevitablemente, sí tendrá su espacio, aunque sea minúsculo, porque tantas décadas de catecismo político a cucharadas no se borran de un plumazo ni por un decreto-ley en las mentes de los ciudadanos ―habría que recordar siempre la imagen de aquellas ancianitas rumanas poniendo flores en la tumba del sanguinario Nicolae Ceausescu; o el cartel en la manifestación española de “Contra Franco estábamos mejor”.
Así que, desde ya, tenemos que aprender a vivir en democracia y a alegrarnos de estos incidentes que, más que descalabros sociales, son la manifestación viva de un sistema de convivencia mucho más justo que cualquier régimen totalitario o dictadura, porque ni la del “proletariado” ha sido ni es saludable ni engendra prosperidad espiritual y material. ¡Bienvenidos los duelos de los adversarios!