lunes, 29 de agosto de 2011

Sabina, El Sabio

Por Ondina León ©

Verdaderamente, no escampa para los cubanos. Luego del desconcertante concierto de Pablo Milanés en Miami, el cantautor español Joaquín Sabina, íntimo amigo suyo y hermano ideológico, anuncia que su gira por los Estados Unidos incluirá la Capital del Sol, en octubre. No sé si esto es pura coincidencia o forma parte de un plan muy bien trazado para minar la paciencia y la reputación de los exiliados; o, ¡divina dialéctica del cambio!, de pronto estos cantores de Castro y sus bendiciones han cambiado radicalmente su punto de vista y ahora sus discursos no incluyen el pedir a gritos el levantamiento del embargo estadounidense contra la dictadura, entre otras lindezas.
De repente en el horizonte de la vida, Sabina descubre que, en realidad, él no es tan antiamericano, que los dólares también pueden ser saludablemente rojos y que Miami bien vale darle un ramalazo a su otrora admirada “Revolución Cubana”. Porque hasta hace poquísimo este madrileño ha formado parte de la fauna de artistas españoles ―Serrat, Ana Belén, Víctor Manuel, Bosé, Aute, Bardem, Massiel, Alberti, Gades…tan venerados por los cubanos que padecen esquizofrenia ― que han apoyado abiertamente los horrores del castrismo y han repetido, supersticiosamente, los titulares del periódico Granma sobre los éxitos en la salud y la educación y la igualdad social ―¡en el país de la segregación económico-financiera, Dios!
Súbitamente, Sabina es tan reformista (que ahora es decir raulista) como Milanés y por las arrugas de su voz exuda “cambios” y, con su mano izquierda (siempre con la siniestra) enguantada de dulce esperanza, le ofrece sus respetos a los cubanos del exilio que, asombrosamente él descubre, son tan cubanos como los de La Habana. Por si fuera poco, este poeta urbano, ahora que dice que se le está apagando la luz de la revolución cubana, propone, desde su cómoda tribuna europea, que los cubanos se indignen e inunden las plazas al grito de “Basta”. Lo que quiere decir, en buen castellano y sin dar muchas vueltas, que está pidiendo un baño de sangre en la isla.
Porque Cuba no es España y, por si no lo sabía, si a las Damas de Blanco ―no, no es un grupito de rock, sabio Sabina―, esas pocas mujeres tan dignas y viriles, las reprimen sin piedad, las arrastran, las golpean, las escupen y las denigran las turbas castristas y los agentes de la Seguridad del Estado vestidos de civil, a las masas enardecidas contra la dictadura, de seguro, las aplastarán los tanques y las ametrallarán las huestes castristas, como pasó en la Plaza de Tiananmen, en China, en 1989, o como pasó ya, en 1994, durante “El Maleconazo”, en La Habana, cuando hasta los “constructores” del Contigente Blas Roca Calderío, cabilla en mano, salieron a defender “las conquistas de la Revolución”.
Porque si algo tienen en común las dictaduras y los regímenes totalitarios es su desprecio absoluto por cualquier manifestación en su contra, sea individual y fácilmente reprimible, o sea colectiva y escandalosamente aplastada. Si la gente sale a las calles, como quiere Sabina, y quitándose las máscaras dice sin tapujos lo que no les gusta, seguramente comenzará por gritar que no soporta más un sistema de patologías, que sólo produce miseria y represión y sólo exporta cubanos desesperados y hambrientos de pan y de mundo; que basta ya de alimentar a una casta parásita y cínica, que se ha convertido en capitalista y cosmopolita ―tienen su dinero en bancos de medio mundo― a expensas del patrimonio nacional; que basta ya de discursos seudonacionalistas, que nos vuelven enanos mentales; que ya es hora de construir más viviendas y menos trincheras; que la pesadilla de 53 años merece tener un fin sin que se derrame más sangre, aunque parece difícil y lejano; que basta ya del embargo del gobierno contra el pueblo cubano, el verdadero conflicto que existe. Todo esto se pediría y mucho más que a lo mejor Sabina ni se imagina.
La izquierda europea “radical”, además de ser absurdamente antiamericana y folclorizante ―sí, esa que premia a Rigoberta Menchú, pero que le niega el Nobel a Jorge Luis Borges―, es muy pusilánime y supersticiosa y se resiste, década tras década, a admitir que el “tropicastrismo” es una aberración socio-histórica, absolutamente desideologizada, que ha atrofiado todos los estratos de la sociedad y la cultura cubanas. Así que, desconcertada ante las propuestas de Sabina, sólo me queda admitir que, como estratega político, él es un aceptable hacedor de canciones…

jueves, 25 de agosto de 2011

"Desamor crónico"

Por Ondina León
Siempre le ruego a Dios para que no permita que lea ciertas entrevistas que respetables periódicos del mundo les hacen a famosos artistas y escritores cubanos, que viven y trabajan en Cuba. Pero parece ser que, humildemente, debo aceptar las lecciones de vida que estos creadores me dan con sus declaraciones sobre la realidad de la isla posesa, esa patria que me excluyó de sus entrañas hace unos cuantos lustros, pero que reinvento todos los días con una mezcla de fuerza, ternura y rabia, a pesar de algunos compatriotas.
El caso es que el periódico español El Mundo, en su sección cultural de cine, en “El autor y su obra”, ha publicado hoy, 25 de agosto, una entrevista con Jorge Perugorría, uno de los protagonistas del famoso filme cubano “Fresa y chocolate”, que fue dirigida por Gutiérrez Alea y Tabío, hace más de 15 años. En esta, el actor declara: “La historia es un canto a la tolerancia y no sólo homosexual. La película compartía el mismo sentimiento que ya existía en la sociedad cubana, pero no en el gobierno, de respeto a las diferencias. Tras Fresa y chocolate, Cuba se volvió más tolerante… Y es que la sociedad cubana ha madurado mucho gracias a la película. En otras cosas, quizás tenga aún que madurar…”.
Que Perugorría sobredimensione la repercusión histórica del filme es comprensible, hasta cierto punto, a pesar de la manipulación ideológico-sentimental, muy a favor del sistema castrista, que hay en esta obra, incluyendo a los pioneritos sonrientes, que también se quedan en el “Paraíso” caribeño. Pero que insinúe que la película generó en el gobierno castrista un “respeto a las diferencias” o tolerancia es el colmo de la exageración y un delirio total, a juzgar por las imágenes, que se ven a diario, de actos de repudio contra mujeres vestidas de blanco y armadas con flores reclamando libertad para los presos políticos.
Y cuando el periodista le pregunta que en cuáles cosas la nación tiene que madurar, Perugorría le responde impasible: “Cuba es un país que está abocado a cambiar. El gobierno tiene la voluntad política de llevarlo a cabo y de convertirse en una sociedad más democrática, más participativa. También hay que desarrollar económicamente el país, que ha quedado destruido por el inmovilismo. Ahora, todos somos conscientes de esa necesidad de cambio” (sic.).
O el exceso de nicotina le ha destruido el cerebro; o tantos viajes por Europa lo tienen mareado; o este actor delira por una fiebre de oportunismo. ¿Ahora es que todos son conscientes de la necesidad de cambio, luego de 53 años de crear ruinas sobre ruinas, miserias morales sobre miserias humanas? ¿Que el gobierno castrista tiene voluntad política para cambiar la realidad? ¿Que va a crear una sociedad más democrática y participativa? Entonces, ¿debemos esperar que haya libertad de prensa, pluripartidismo, estado de derecho, elecciones libres y economía privada en Castrolandia? ¿El “inmovilismo” ha destruido la economía? ¿Por qué no decir que la riqueza nacional ha sido vandalizada por una mafia absolutamente parásita, que como una sanguijuela devoró durante décadas los rublos de los rusos y ahora lo hace con los petrodólares chavistas, sin crear bienestar para el país? Además de artista, este ciudadano es un “maestro” que, irresponsablemente, confunde a cualquiera con el exquisito uso de eufemismos y con una “corrección política” nauseabunda en público, ante los medios de la prensa libre.
Porque este es un de los grandes pecados de los intelectuales y artistas de Cuba, que practican el principio de “Vicios privados; públicas virtudes” en festivales de cine, ferias del libro y exposiciones de arte, donde defienden sin tapujos a la “Revolución Cubana” y se convierten en gallitos de pelea nacionalistas y anti-imperialistas. Pero otra cosa es en privado. Cuando todavía no era rico y famoso, cuando sólo era un actor de a pie, que trabajaba con Carlos Díaz en los teatros, Perugorría era muy crítico con el régimen de los Castros y enrojecía de cólera ante el desastre diario, al menos en la intimidad, con los amigos y la familia. Pero parece que el éxito, que le ha hecho ganar sus buenos dólares (lo que está muy bien, en principio) dentro y fuera de la isla, y su perspectiva de la realidad desde la ventanilla de su automóvil ―“La Habana es menos agresiva desde un carro en marcha, sin tener que sufrir el sudor de la gente en las guaguas”, me decía siempre una amiga―, le han hecho ser menos rebelde, casi un burgués gentil hombre para con la añeja dictadura.
Y tan domesticado está este león, que trabaja coco con codo en otros proyectos cinematográficos con Vladimir Cruz, el otro protagonista de “Fresa y chocolate”, que no ha tenido escrúpulos en darle vida en la gran pantalla al tristemente histórico Comandante Ramiro Valdés, uno de los esbirros más sanguinarios de la actual gerontocracia cubana, en el filme estadounidense “Che, el argentino”, del director Steven Soderbergh, otro de los millonarios de la izquierda antidemocrática de Hollywood, “cheísta” y procastrista como el que más. Por supuesto, esto no le ha impedido a Cruz venir a Miami a actuar en obras de teatro y llevarse sus pingues beneficios democráticos a su nidito habanero.
Por si fuera poco, Perugorría ha terminado su último proyecto como director, la cinta “Amor crónico”, un híbrido de documental y ficción que trata, nada más y nada menos, sobre la gira de ¡Cucú Diamantes! (hasta el nombrecito da náuseas) por Cuba, esa “cantante” que participó en el Concierto por la Paz en la Plaza de la Revolución, orquestado por Juanes y sus secuaces de la peor izquierda europea y latinoamericana, muy antiestadounidense, pero procastrista. Evidentemente, Perugorría padece de un desamor crónico por sí mismo y por su país: no se ama en lo más mínimo porque, de lo contrario, no se sentaría a dar una visión distorsionada de Cuba ni andaría por el mundo validando los paliativos (que él llama “cambios”) de la dictadura para seguir en el poder.
Hay un silencio cómplice que es más justificable ―por miedo, por intereses creados, por desidia― que las palabras cómplices de las grandes barbaridades e injusticias. Y como decía Mafalda, el subversivo personaje de Quino, “Hay que apurarse en cambiar el mundo, antes que el mundo lo cambie a uno”. ¿Será demasiado tarde para Jorge Perugorría? ¿Será ya un raulista más en la isla?

lunes, 22 de agosto de 2011

La grandeza de El pequeño Hermano

Por Ondina León
A las hordas de “libertadores”, cubanólogos, artistas famosos, periodistas, filósofos y ciudadanos de a pie, que están haciendo su zafra atacando a David Rivera y sus reajustes (que no eliminación) a la Ley de Ajuste cubano, se ha sumado ahora, mandarria verbal en ristre, Ernesto Morales Licea, nuestro Pequeño Hermano, con un artículo, “cartesiano” y casi “alemán”, con su enumeración de razones y sinrazones y de ilustres nombres que “avalan” su agudeza mental y sus dictámenes históricos, que todos debemos acatar, sin pretextos.
Para nuestro hermanito (para que sea más castellano, que para algo están los diminutivos), los que pensamos diferente a él ―sí, también nosotros tenemos nuestras neuronas despiertas, no sólo tú―, somos unos despreciables “seis pobres diablos que divierten a la comunidad local” de Miami. No cuento con cifras exactas, pero no creo que sean tan pocos esos “portadores de mandarrias” que, con tanto sudor trabajando en las tomateras de Homestead, en los restaurantes de los judíos o en las factorías de Hialeah, desde 1959, le desbrozaron el monte y le asfaltaron los caminos por los que ahora transitan plácidamente los nuevos cubanos (¿el “hombre nuevo”?) y él, que se declara “demócrata de pensamiento y convicción” ―¿habrá podido ejercer en la Cuba de los Castros?
Para este líder, los que alentamos las “llamas separatistas” somos los que no pensamos como él, un recién llegado, al que parece que se le ha olvidado que la intolerancia más kafkiana, la exclusión, la separación de las familias, la discriminación ideológica o religiosa y la represión más feroz fueron engendradas por el castrismo en Cuba, al grito necrófilo de “Patria o Muerte”. Los que dinamitaron los puentes han sido y son los castristas castrenses y castrantes. Parece que a nuestro sesudo paladín se le ha olvidado que Cuba no es un país normal, sino una finca “administrada” por una casta mafiosa, que lleva 53 años cometiendo un genocidio sostenido, donde se “legisla” a golpes de cojones y de dedo, para decirlo de una manera directa, clara y también femenina, sin falocentrismos ni complejos de damisela encantadora.
Por esto, es lógico que, ahora que el Comandantísimo Castro II (¡qué nepotismo, Señor!) quiere “flexibilizar” el tráfico humano entre las dos orillas para paliar la debacle con más dólares, una buena parte de la Cuba atomizada y con vocación libertaria reaccione y quiera echarle a perder la nueva maniobra maquiavélica al dictador sucesor y dizque pragmático, además de ridículamente solemne.
Que David Rivera haya nacido en Nueva York no lo descalifica para preocuparse por los cubanos, porque él también, hijo de padres cubanos, tiene derecho a hacerlo (si las circunstancias hubieran sido otras, hubiera nacido en Cuba). Tal vez, Rivera no sea un intelectual de alto vuelo ni un artista premiado ni un filósofo agudo, pero está cumpliendo una misión ―olvídense ahora de los votos, las elecciones y el Buró del Censo de Estados Unidos― a nombre de los que queremos, triste ilusión, abreviarle la vida a la pesadilla cubana y depararle un futuro mejor a las familias, las de aquí, que se despluman trabajando para ser generosos, y las de allá, convertidos a la fuerza en mendigos.
Y para esos golpes de pecho que se da nuestro hermanito exigiendo que “los cubanos decidan qué hacer con su dinero y sus vacaciones” y dando alaridos por “los nuestros de allá” ―¿para qué los dejó atrás, abajo, hundidos en el lodazal castrista? ―, le dejo saber que toda mi familia más cercana es rehén de los Castros y que, desde que me desterraron a estas tórridas tierras, no he dejado de cumplir con mis deberes familiares enviando medicinas (¿dónde está la “potencia médica”?), alimentos (¿y están asesorando a Chávez en temas de agricultura?), ropa y zapatos para los niños (“¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che!”, Morales Licea) y dinero para comida y necesidades básicas (¿para qué hace falta un jabón, si tenemos a Fidel?). Pero eso sí, jamás he vuelto a pisar la tierra que me vio nacer y que me abortó como si yo fuera un engendro del mal, sólo por querer tener una patria digna. No, no me dejo convencer por esas razones “sentimentales” y “humanas” de tribunas adocenadas ni por los ilustres nombres, que esgrime nuestro hermanito para legitimar su aguerrida postura reaccionaria.
Si Yoani Sánchez cree que las visitas de los cubanos libres a Cuba fomentan la democracia, que se mire en el espejo de China, con su capitalismo de estado y su falta de libertades ―Marta Beatriz Roque tiene una opinión muy diferente a la de Sánchez; si Leonardo Padura, Enrique Patterson y Pedro Luis Ferrer creen que los raulistas son mejores que los fidelistas, entonces que me lo demuestren con otros hechos que no sean la falta de libertad, los actos de repudio y la miseria y el desempleo galopantes de la Cuba de hoy; ¿le ha preguntado nuestro hermanito a Zoé Valdés qué piensa ella, respetable escritora cubana, radicada en París, pero muy involucrada en la lucha contra el castrismo, de este tema? ¿No le ha hecho ninguna llamada telefónica a Oscar Elías Bicet? Menos “agudeza intelectual”, señorito doctor, y más respeto por la diferencia de opinión y la condición humana. Porque parece que El Pequeño Hermano sí que padece de “rezagos totalitarios”, para usar sus términos, y que tiene serias pretensiones de hacer carrera política, gracias a su edad, en alguna parte del planeta, tal vez en una Cuba post-Castros. ¡Líbreme Dios de estos “libertadores” tan castristas de mentalidad! ¡Ojalá que nunca lleguemos a padecer de un castrismo sin Castros! Porque entonces, Morales Licea, sí que yo podría caer en la tentación de decir: “¡Qué linda es Cuba! ¡Lástima que esté habitada!”.

viernes, 19 de agosto de 2011

"La tribu elegida" (o cómo ser políticamente incorrecta).

Por Ondina León ©

Una vez más, Cuba y los cubanos volvemos a ser noticia de primera plana. Pero no porque hayamos descubierto la cura del cáncer o porque tengamos la solución ideal para erradicar el hambre en el mundo, no. Ahora somos noticia porque el congresista David Rivera ha propuesto reajustar la Ley de Ajuste cubano, que data de 1966, y adaptarla a los tiempos que corren. Y su iniciativa ha provocado todo tipo de reacciones en el ciudadano de a pie (en el caso de Miami, en el ciudadano rodante) y en esa fauna variopinta de “libertadores” y “líderes” espirituales del exilio cubano y de la disidencia interna en la isla. Hay de todo: desgarramientos de vestiduras invocando lo sagrado que es la familia; golpes de pecho que enrojecen los rostros, mientras se reclaman derechos e izquierdos humanos; declaraciones más histéricas que históricas a favor y en contra; debates “de bate y pelota”, al duro y sin guante, en todos los medios de confusión, que no de difusión masiva; y un largo etcétera que no vale la pena ni mencionar.
A la altura de 53 años del accidente histórico, que ha venido engendrando este marasmo, ¿vale la pena que, una vez más, el gobierno de Estados Unidos tenga que hacer algo para tratar de asfixiar al castrismo? Respondiendo con pragmatismo, creo que sí. Todo lo que se pueda hacer para que ese régimen mafioso burocrático-militar, tan indecentemente parásito, tenga dificultades para financiarse y persistir es válido. Y esto por razones morales más que ideológicas. Sin embargo, ¿por qué tiene que ser un congresista estadounidense el que tome esta iniciativa? Porque a la inmensa mayoría de la tribu cubana no le importa el destino de ese país. Nuestro individualismo es tan feroz que estamos donde estamos, hundidos y dispersos, porque no hemos tenido un sentido de destino colectivo. Huir de la pesadilla, que engendramos nosotros mismos, ha sido la palabra clave. “Sálvese quien pueda” ha sido el grito de guerra, y que los americanos arreglen el asunto; o que Dios nos libre de ese mal; o que el reloj biológico le vuele la cabeza al dictador y a sus esbirros. Nos han sobrado verbos y adjetivos y nos ha faltado testosterona. Nos hemos convertido en libertadores de café con leche, sorprendidos por unas madrugadas nihilistas.
¿Y los disidentes que están dentro de ese vasto campo de concentración? Salvo algunas excepciones, tienen un valor simbólico y ético insondable, pero ni han conseguido nada ni creo que lo vayan a conseguir, porque son islas a la deriva dentro de una isla poseída por la desidia y la locura, por la xenofilia y el complejo de insularidad, por las bajas pasiones y la teatralidad, por el horror y la vulgaridad. Si algún logro reconocible ha tenido la tiranía castrista es haber idiotizado a las masas, a ese “vulgo municipal y espeso” del que hablaba Rubén Darío. El mismo triste volumen físico que llega a tierras estadounidenses reclamando los derechos que no supieron ni quisieron conquistar en su patria. Cada día más estomacales, más interesados en dejarse mimar por el consumismo capitalista, no se intuye en esta masa ni el más mínimo atisbo de dignidad y de coherencia moral, que los haga renunciar a volver a Cuba para practicar turismo sexual, traficar con arte, tabaco y ron, exhibir su ego voluptuosamente decorado con una cadena de oro, apropiada para amarrar a un gorila, o a dialogar con los sicarios del régimen con la ilusión de que van a “flexibilizar” los barrotes. No por gusto a Cuba la insultan diciéndole “La Isla de las Tres Eses”, Sexo, Sol y Socialismo; yo agregaría otra ese, la de santería, una próspera industria, porque ahora es una isla de “santos”.
¿Habrán leído estos cubanos a Enrique José Varona, ese ilustre pensador que naufragó en la cubanía? (No, ¡qué va!, hay que salir corriendo a escuchar a Pablo Milanés; no hay tiempo para esas profundidades). Porque Varona se preguntó hace más de un siglo: “¿De qué está hecho un tirano?”. Y se respondió sobriamente: “De la vileza de muchos y de la cobardía de todos”. Viles y cobardes hay por millones, aunque el día que desaparezca el castrismo, nadie habrá tenido la culpa de nada, según se ve venir por entre las brumas de la desmemoria.
¿Valdrá la pena que una se involucre en estas polémicas que tienen más de guerra de egos que de auténtico debate ideológico o filosófico, más de cacareo de cuervos que de careo político? Tal vez, sea mejor que me pinte las uñas y vaya a hacer trabajo comunitario en un asilo de enfermos terminales…

martes, 16 de agosto de 2011

Carta abierta a Pablo Milanés

“No te amilanes, Milanés”
Por Ondina León ©

Pablo Milanés:
Tú pudiste haber sido un hombre bueno, pero te ha faltado el primer valor que un ser humano tiene que tener: el valor. Y no es que te hayan faltado oportunidades a lo largo de tu vida para alcanzar ese coraje ético.
Cuando estuviste en los campos de concentración de la UMAP, debiste tener el valor de reconocer que tu revolución era una dictadura represiva, que no respetaba ni el talento artístico ni la libertad de cultos religiosos ni mucho menos la diversidad en la identidad sexual. Pero no, preferiste buscar refugio debajo de la falda de Haydée Santamaría, esa misma “libertadora” que se ajustició, para poder seguir cantando, sobre todo a los represores y a los asesinos fotogénicos, como Ernesto Guevara, con la libertad de los siervos o los galeotes.
Durante el llamado “Quinquenio Gris” de la cultura (¿alguna vez ha sido luminosa una dictadura?), ¿cuántas veces alzaste tu voz contra la defenestración y el “ninguneo” de tantos intelectuales y artistas? ¿Tendré que recordarte casos y nombres? Seguro que no: tú los conoces muy bien, de cerca, a la mano...
Cuando las campañas bélicas del imperialismo castrista en África, a donde tu gobierno enviaba a nuestros compatriotas a morir, sobre todo a los negros, como nosotros, con el axioma elemental de “los cubanos ponen los muertos y los rusos, las armas”, ¿cuántas veces te rebelaste contra esta injusticia bárbara? Ninguna, que yo sepa, porque preferiste cantar “la gloria que se ha vivido”, esa que ha vestido al dictador de “legitimidad” y “respeto” ante las izquierdas del mundo.
Cuando en 1980, durante el carnaval de los vándalos castristas, que repudiaban con palos y piedras a los que querían huir de la pesadilla caribeña, tú, guitarra en mano, declarabas a voz en cuello “yo me quedo”, porque eres del Caribe y amas esa isla, que para ti no es una gran cárcel con barrotes de espuma de mar y tiburones guardianes. ¿Realmente no sentiste vergüenza de ser cubano en aquel entonces? Yo sí, y mucha, porque cuando un pueblo se envilece, Dios llora.
Y, más tarde, cuando en 1994 se produjo “El Maleconazo” y el éxodo (otro más) de miles de balseros, ¿no se te ocurrió preguntarte por qué Cuba se seguía desangrando en una espiral de desastres absurdos y maquiavélicos?
Y hoy, ¿no te preguntas por qué tu patria se ha convertido en otro Haití? ¿Ya les escribiste una canción a las Damas de Blanco, ahora que dices que hace falta libertad en tu tierra? ¿Cómo te juzgo, coterráneo? ¿Qué hacer, entonces?
Dentro de unos días darás un recital en Miami, conocida como la Capital del exilio cubano, y hay tremendo debate sobre si tienes derecho a presentarte o no, donde están refugiadas tantas víctimas del castrismo. Para mí está clarísimo que, en este enclave de libertad y democracia, todo el mundo tiene derecho a cantar, sea de izquierda, de derecha o castrista, como tú. Como también los cubanos debería tener el derecho y el deber de dejarte sin audiencia, a teatro vacío; o a parapetarse en otro recital con artistas libres, que te silenciaran con su música. Sin embargo, tristemente admito que sé que llenarás ese estadio, porque la mezcla de amoralidad y nostalgia aberrada, de irresponsabilidad histórica y egocentrismo, de frivolidad y desmemoria, que padecen muchísimos cubanos y otros tantos hermanos de América Latina, te garantiza la audiencia.
Yo no estaré allí ni te aplaudiré ese repertorio, que tienes que haber escogido muy bien, en otro ejercicio más de complicidad con el castrismo, para demostrar que “eres artista, no político”, como eructan esos colegas tuyos a los que no les importa Cuba y sus miserias. ¿De verdad tú crees que eres “progresista” y socialista? Deberías tener el valor de admitir que en Cuba no puede haber progreso real bajo la bota del castrismo, ese añejo sistema de patologías. Pero, claro, creo que tus vacaciones en Cancún, junto a tu esposa española, o el mojito que te tomas en tu residencia habanera con piscina, no te permiten pensar bien.
Me hubiera gusta mucho comenzar esta carta diciéndote “Querido Pablo”, pero reconozco que soy muy imperfecta y me cuesta la vida querer a alguien que le desea salud a un tirano sanguinario. Lo siento, Pablo, yo también soy Cuba, aunque apenas me reconozca a mí misma, desde que me desterraron a golpes de injusticias y de complicidades, como esta tuya, imperdonable.