lunes, 20 de junio de 2011


Herejía en su voz
a Reynaldo Arenas.

Ignoró las noticias de la tierra,
siempre a una distancia
natural de sus jardines,
(sin lastimar el oído de los bosques)
recogía las hojas secas
para abreviarles la agonía,
dormía sobre la bandera
de un país desconocido,
sin distinguir los colores
por la prisa y la neblina,
interpretaba el canto de otros pájaros
como una señal de salvación,
por el olor de sus axilas
aprendió a nadar
a la velocidad de los delfines.
En el río, las corrientes
danzaban sobre su cuerpo,
voluptuosas e irreverentes,
adivinaba los aguaceros
las lunas, deshojando una margarita,
en un acertijo nupcial
entre la noche y su oponente.
Se sabe que pudo ser feliz cuando cantaba
y cantaba para detener
los tornados y las desolaciones,
siempre cantaba para espantar
a sus verdugos de los libros
y las metáforas,
aquejado por las fiebres de la belleza
aliviaba sus pupilas, en las playas,
entre las multitudes,
sobre la hierba,
apenas convencido
de que la belleza sobrevive
(como la tarde)
en la gramática
y en la voz del ruiseñor.