miércoles, 7 de diciembre de 2011

Entre el milagro y la realidad

Por Ondina León ©
Para Teresa Cruz y Josevelio Rodríguez

Desciende abanicándose desde lo alto de su mansión como lo haría una diosa de la sabiduría desde el Olimpo. Ante su presencia, todo desaparece: los jarrones de porcelana, las estatuas de puro mármol, los óleos, los muebles aristocráticos y añejos. Su menuda figura lo abarca todo. Ella es un fuego sosegado. Conversa con los perros mientras camina por los vastos salones. ¿Está en un palacio vienés o en una casona de La Habana? La luz que cae en torrentes y el verde acharolado de las plantas del jardín denuncian que está en el trópico. La voz de niña de la poetisa casi nonagenaria, sin embargo, no revela que ha estado sepultada, por más de tres décadas, por un silencio demasiado denso y sonoro, como una lengua de lava petrificada. ¿Por qué? Tal vez, porque su alma decidió entretejer, con hilos de paciencia y humildad, la espera del momento de justicia en que fuera resucitada para la posteridad su poesía y su grandeza, sin haberse hecho cómplice de la dictadura de la pobreza del alma. Soledad de soledades pariendo el sol: es Dulce María Loynaz.
Este 10 de diciembre la poetisa hubiera cumplido sus 109 años. Es decir, cumple otro aniversario de haber nacido a la inmortalidad gracias a su poesía, en verso y en prosa; gracias a su talento para reinventar lo que es de todos, la lengua, pero que ella hace tan suya que termina por ser única y trascendental. Y de toda su obra, si tuviera que quedarme con sólo un poema ese sería “La novia de Lázaro”, que puede rivalizar con otros grandes monumentos de la Literatura Cubana, como “La isla en peso”, de Virgilio Piñera, o “Palabras escritas en la arena por un inocente”, de Gastón Baquero, por su intensidad dramática, su espíritu sacrílego más que irreverente, su sensibilidad femenina ―en el buen sentido del término― y su absoluta belleza.
A veces pienso que el poema también hubiera podido titularse “El silencio de Lázaro”, porque a la avalancha de razones para cuestionar el milagro de su resurrección por parte de la novia, el resucitado, “todo de flor y luna nueva”, responde con un mutismo cerrado, que se vuelve altamente sospechoso para el espectador de este drama humano, al no saber si es que Lázaro le está dando la razón o es que no entiende la desilusión que ha sufrido su amada que, “desprevenida”, ya es “una novia vieja”.
¿Pero qué tiempo ha transcurrido entre la muerte de Lázaro y su resurrección que la ha hecho envejecer y marchitarse? “Tuve una noche larga”, le confiesa ella, porque el tiempo humano tiene otra dimensión muy diferente al tiempo divino, y el mortal que espera sigue vivo “sintiendo el paso, el peso, el poso de la noche que se me había echado encima, incapaz de morir o conmoverla”, le explica a este Lázaro ¿presente?
En realidad, la novia se está dirigiendo a Dios y cuestionándole su milagro, que la dejó huérfana de realidades comunes y humanas. ¿Está celosa? ¿Desilusionada? ¿Aterrada por el nuevo comienzo con un Lázaro que ya no es el mismo, después de haber sido tocado por la gracia divina? “Ahora tú eres su obra, el recién nacido de su palabra taumatúrgica. Las que me digas en adelante, sólo serán el eco de la suya dominadora, vencedora de la muerte”. ¿Por qué está desesperada? ¿Será porque ella también estuvo muerta de dolor por la pérdida del amado y nadie la resucitó? “Yo me he quedado fuera del prodigio, ajena a lo que hacían con tus labios, con tu cuerpo, con tu alma, con todo lo que antes era mío...”.
Su voz es muy firme y está cuajada de dolor. Pero no le queda otra opción que reinventarse y asumir la realidad del milagro: “Aprenderé de nuevo el vuelo de tus garzas, los diminutos ríos de tu sangre, la intimidad de tus luceros. De la muerte rozada en punta de ala, borraremos las cicatrices mínimas, luz o sombra en tu carne rescatada”. Si esto no es amor del bueno, que le pongan otro nombre que lo defina. Porque a través de todo el poema se siente que la pasión y el desconcierto son femeninos, intensamente humanos, milagrosamente cuestionadores de los caminos de Dios, porque ella ya es otra: “Pero, ¿y si fueras tú quien no me hallaras? ¿Si fueras tú quien en vano buscaras lo que dejaste tras esa ventana vanamente engalanada, y en la miel no adivinaras tus abejas, y en la ofrenda de mí misma sólo tuvieras la de mi fantasma?”.
Lo trágico alcanza sus cotas más altas al final del poema, que termina con un alarido desafiante de la novia en desconcierto: “Sí, yo soy la que ha muerto y no lo sabe nadie. Ve y dile al que pasó, que vuelva, que también me levante... Me eche a andar”. ¿Una súplica de novia amante y abandonada? No. Estas últimas líneas son… ¡una orden a Dios!
Después de terminar su lectura, cualquiera queda sin aliento. Y con un deseo desenfrenado de volver a leer, una y otra vez, esta joya de la poesía en prosa en castellano. Difícilmente otra poetisa cubana haya escrito algo parecido en intensidad y altura. Y Dulce María lo sabía muy bien o lo intuía porque el poema estuvo enclaustrado durante muchos años hasta que, en 1991, Letras Cubanas lo editó en su “Poemas náufragos” y la Editorial Betania lo publicó independiente en un volumen, que tiene como cubierta una obra de la pintora cubana Clara Morera. Ya a la luz, “La novia de Lázaro” ha iniciado desde entonces su viaje por el universo poético con su emoción antigua y su rosa intacta. Y su autora, desde lo majestuoso de la eternidad, debe estar sonriendo por su irreverencia telúrica.





LA NOVIA DE LÁZARO

A mi hermana Flor

"y el que había estado
muerto, salió atadas las
manos y los pies con vendas
y su rostro estaba envuelto
en un sudario".
Vers. 44, Cap. 8, Evang. S. Juan.

I
Vienes por fin a mí, tal como eras, con tu emoción antigua y tu rosa intacta, Lázaro rezagado, ajeno al fuego de la espera, olvidado de desintegrarse, mientras se hacía polvo, ceniza, lo demás.
Vuelves a mí, entero y sin jadeos, con tu gran sueño inmune al frío de la tumba, cuando ya Martha y María, cansadas de esperar milagros y deshojar crepúsculos, bajaban en silencio lentamente las cuestas de todas las Bethanias.
Vienes; sin contar con más esperanza que tu propia esperanza ni más milagro que tu propio milagro. Impaciente y seguro de encontrarme uncida todavía al último beso.
Vienes todo de flor y luna nueva presto a envolverme en tus mareas contenidas, en tus nubes revueltas, en tus fragancias turbadoras que voy reconociendo una por una...
Vienes siempre tú mismo, a salvo del tiempo y la distancia, a salvo del silencio: y me traes como regalo de bodas, el ya paladeado secreto de la muerte.
Pero he aquí que como novia que vuelvo a ser, no sé si alegrarme o llorar por tu regreso, por el don sobrecogedor que me haces y hasta por la felicidad que se me vuelca de golpe. No sé si es tarde o pronto para ser feliz. De veras no sé; no recuerdo ya el color de tus ojos.

II
Tú dices que no es tarde y que la muerte no tiene más sabor que tiene el agua. Dices que fue apenas en la reciente lunada cuando te dejamos tras la terrible piedra del sepulcro y aún no segaron en la mies el trigo que estaba verde la mañana aquella en que salimos a castrar colmenas y nos besamos por la vez última...
Yo no contaba el tiempo, bien lo sabes. Sólo cuando te fuiste empecé a contarlo, empecé a morirme bajo los números y las horas y los días que en mi cuenta se hicieron infinitos como son infinitas las angustias que caben en un instante de mal sueño.
¿Por qué quieres que cuente bien ahora, que tenga prisa ahora, cuando ya con los dientes le gasté todos los filos a la prisa? Yo esperé un siglo sin esperar nada. ¿Y tú no puedes esperar un minuto esperándolo todo?
Dime, Lázaro: ¿Acaso no era más difícil resucitar que quedarte, cuando mi alma se abrazaba a la tuya forcejeando hasta desangrarse, con la muerte?
Vamos, refrena ahora los corceles de tu estrenada sangre y ven a sentarte junto a mí, ven a reconocerme.
Yo también soy ya nueva de tan vieja: de los milenios que envejecí mientras el trigo maduraba en la misma mies, mientras lo tuyo era tan sólo una siesta de niño, una siesta inocente y pasajera.
Y no te impacientes, amado mío, que yo aprendí paciencia como letra con sangre, bien entrada.

III
No se me oculta no, que es la felicidad la que no espera. Hora es de ser feliz y habrá que serlo o no serlo ya nunca. Se me devuelve el bien que di por perdido, el amor, la dulzura en lontananza del hogar, de los hijos, de las veladas a la lumbre en invierno; bajo la enredadera en el estío, unas tras otras dulces, pequeñitas, alargándose hasta el confín del tiempo.
Todo eso comienza a tomar forma, a ponerse de nuevo al alcance de mi mano y de mi pequeña, femenina capacidad de imaginar la dicha.
Pero aun sabiéndolo así, no es culpa mía que esta dicha me tome de sorpresa, me encuentre desprevenida como invitados a la fiesta que llegan antes de que la casa esté arreglada.
Tiempo hubo de arreglarla y en verdad la arreglé muchas veces... Hasta que luego no la arreglé más y el polvo siguió cayendo, poseyendo la casa sin dueño.
No te empeñes, Lázaro mío, en echarme cuentas sobre el polvo: soy una novia vieja a la que habrá que perdonarle sus torpezas tanto como su piel marchita y sus ojos cerrados todavía a tal milagro.
Soy una novia vieja, y este amanecer en que vienes de donde vengas, de donde nadie vino antes, es un amanecer nuevo o demasiado viejo; es ciertamente como el primer amanecer del mundo. Toda la vida, toda la Creación, todo tú mismo están por delante.
Sólo yo quedé atrás. Todavía en las mieses de la mañana aquella, todavía en el beso perdido entre las mieses. Todavía en todo lo que ha dejado de ser, o no fue nunca.

IV
Como el primer amanecer del mundo... Eso es, y hay que ajustarse a eso. Pero mientras se ajusta el corazón, será inútil que me fatigues con premuras.
Tuve una noche larga... ¿No comprendes? Tú también la tuviste, no lo niego. Pero tú estabas muerto y yo estaba viva; tú estabas muerto y reposabas en tu propia muerte como en un lago sin orillas, como el niño antes de nacer en la remansada sangre de la madre.
En tanto yo seguía viva con unos ojos que querían taladrar tu tiniebla y unos huesos negados a tenderse y una carne mordida, asaeteada por ángeles negros rebelados contra Dios.
¡Tú estabas muerto y yo seguía viva sintiendo el paso, el peso, el poso de la noche que se me había echado encima, incapaz de morir o conmoverla!
Conmover la muerte... Eso yo pretendía. Conmover a la Inconmovible, a la Ciega, a la Sorda, a la Muda...
Fue otro quien lo hizo. Vino y la noche se hizo aurora, la muerte se hizo juego, el mundo se hizo niño.
Vino y el tiempo se detuvo, le abrió paso a su sonrisa como las aguas del Mar Rojo a nuestros antiguos Padres.
No necesitó más que eso, llorar un poco, sonreír un poco y ya todo estaba en su puesto. Dulcemente. Sencillamente. Indolentemente.

V
Ahora tú eres su obra, el recién nacido de su palabra taumatúrgica.
Las que me digas en adelante, sólo serán el eco de la suya dominadora, vencedora de la muerte. Serán las que no supe arrancar de tu pecho vivo o muerto ni ganarle a su mano, ni beber en mi sed. Ellas caerán en mi alma horadada por la espera, como flores extrañas en un pozo.
¿Te será lícito servirte de ellas para jurarme amor en la ventana; para mimar al ternerillo enfermo, para cantar al son de la vihuela como gustabas de hacerlo al atardecer, de vuelta de las faenas campesinas?
No lo sé, ni tú mismo puedes saberlo ahora. Sé que estás aquí, pálido todavía y todavía erguido en el deslumbramiento de tu alba, devueltos a tus labios los besos que no tuviste tiempo de besar.
Pero sé también que entre tú y yo ha ocurrido algo inefable, y aunque yo estoy aquí como tú estás, yo me he quedado fuera del prodigio, ajena a lo que hacían con tus labios, con tu cuerpo, con tu alma, con todo lo que antes era mío...
Cierto, la vida apremia y no hay que pedir más milagros al Milagro: la vida apremia y tus labios están cerca, exactos en su media luna rosa.
Yo podría besarlos si quisiera y lo querré muy pronto, amado mío... Pero ¡qué miedo como lepra, qué duda para siempre de no besar en ellos lo que besaba entonces, lo que tal vez no valió la pena resucitar!

VI
Aprenderé de nuevo el vuelo de tus garzas, los diminutos ríos de tu sangre, la intimidad de tus luceros.
De la muerte rozada en punta de ala, borraremos las cicatrices mínimas, luz o sombra en tu carne rescatada.
Encontraré entre todo lo perdido, la miel que te era grata, la canción que te hacía sonreír y la que un día te ganó una lágrima. Y otra vez anudaré una cinta a mi trenza, una ilusión de novia a mi ventana.

Pero, ¿y si fueras tú quien no me hallaras? Si fueras tú quien en vano buscaras lo que dejaste tras esa ventana vanamente engalanada, y en la miel no adivinaras tus abejas, y en la ofrenda de mí misma sólo tuvieras la de mi fantasma?
Si fueras tú quien a tu vez me hablaras sorda, me besaras fría, me sacudieras rígida... Tú quien me sorprendiera muerta, muerta, sí, inexorablemente muerta hasta en la sonrisa, liberada ya de cuanto pudiera ser gloria o tragedia en nuestro destino...
Ah, te estremeces, Lázaro, porque hasta ahora tú sólo has querido seguir siendo tú mismo y no te has preguntado si yo sigo siéndolo.
He podido morirme ante tus ojos que me ven viva todavía. He podido morirme hace un instante del encuentro contigo, del choque en esta esquina de mis huesos con tu rostro perdido... Choque de tu presencia y mi recuerdo, de tu realidad y mi sueño, de tu nueva vida efímera y la otra que ya te había dado yo en él y donde tú flotabas perfecto, maravilloso, inmutable, rabiosamente defendido...
Sí, yo soy la que ha muerto y no lo sabe nadie. Ve y dile al que pasó, que vuelva, que también me levante... Me eche a andar.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Esto es una maravilla. Felicidades a Ondina y al Maestro Josevelio.

Me recuerda tanto este cuadro que veo cada día, y que me regalaste con tu siempre discreta generosidad: "¿Rey o Reina?"

Con toda mi admiración.
Rafael Delmar

Gino Ginoris dijo...

Ay Jose, de dónde sacaste a esta mujer, Ondina, que abarca tanto en su palabra y nos conmueve a todos los que te seguimos y a ella y nos deja ese tremendo deseo a más y más.
Yo voy a tu bitácora desde mi correo, y desde el primer renglón ya sabía de quién se hablaba y se preparó mi piel para lo que venía.
Dulce María es nuestra ¿Verdad? Toda nuestra. ¿Y Ondina?
Gracias hermano por tu blog, por estas cosas en tu blog, sinceramente, gracias.

Anónimo dijo...

Ondina de mi alma,usted me sorprende.Bello,hermoso,dulce.
A medida que iba leyendo,venian a mi mente recuerdos que ya pensaba olvidados.
Todos mis respetos "ONDINA DE MI ALMA"
Gracias Josevelio.

Roger Rivero dijo...

Magnifico trabajo. El post completo brinda un auténtico homenaje a la singular poeta cubana Dulce María Loynaz. !!!Qué delicia de artículo!!! Gracias Ondina por su gran talento. Gracias Josevelio. A propósito, creo que es una pena haber dejado al abandono su casa, creo que se puede restaurar antes que sea demasiado tarde; tiene valor histórico, pues fue hogar también del mayor general del Ejército Libertador de Cuba: Enrique Loynaz del Castillo, creador del Himno Invasor. En fin, muchas felicitaciones por el artículo.

Anónimo dijo...

"Soledad de soledades pariendo el sol". Ay, Ondina León, nos has estremecido, Dulce María ha compartido su ángel contigo.

Estaba bajo el Manto Negro cuando un amigo me hizo llegar, envueltas en un libro, las palabras de Dulce María. Pude, por muchos días leer, en aquella soledad de soledades, todo el contenido del envoltorio. Infeliz lugar para una lectura feliz. pero, ¿qué mejor lugar? Aquellas palabras fueron cobija para el alma agradecida.

Y hoy, agradecida estoy a Ondina León, por su gentileza.

Muchas gracias.

Teresa Cruz

JosEvelio dijo...

Herejía con alas


En una celda oscura
escribí este poema
donde no caben ni los gritos
ni las palabras de aliento.
Solo una paloma
duerme conmigo:
ella quiere ofrecerme sus alas
y enseñarme a volar.
En una celda oscura
donde no cabe ni tu sombra
se te olvida el olvido,
y los días y hasta tu nombre
se te olvida.
Solo la paloma,
que comparte mi suerte,
es un pensamiento
inolvidable y luminoso.


Gracias a Ondina y Teresa: Por compartir las palomas y la poesía.Bendiciones y saludos a todos.

Ibis García Alonso dijo...

Gracias, Ondina, y gracias a Josevelio, también. He leído este post varias veces:¡Enternecedor! Dulce María Loynaz siempre me dejó (y me deja) sin aliento.

Anónimo dijo...

Que maravilla de poema. Tuve el honor de leerlo y de ilustrar la portada del libro que fue el premio Cervantes. El poema siempre me golpeo. Alberto Lauro se la llevo y ella la aprobo. Siempre un gran honor en mi vida.
Clara Morera