domingo, 6 de noviembre de 2011

La elegancia del erizo

Por Muriel Barbery
Estaba poseída. Puesto que mi hambre no podía saciarse con el juego de interacciones sociales inconcebibles para mi condición y eso no lo entendí hasta más tarde esa compasión en los ojos de mi salvadora pues ¿alguna vez se ha visto a una pobre experimentar la ebriedad del lenguaje y ejercitarse en él con los demás?- se saciaría con los libros. Por primera vez toqué uno en mi vida. Había visto a los mayores de la clase mirar en ellos invisibles rastros como si una misma fuerza los moviera a todos y sumiéndose en el silencio extraer del papel muerto algo que parecía vivo.

Aprendí a leer sin que nadie se enterara. Los demás niños seguían balbuciendo las letras cuando yo hacía -tiempo que conocía ya la solidaridad que teje entre sí los signos escritos, sus combinaciones infinitas y los sonidos maravillosos que me habían marcado en ese mismo lugar, el primer día, cuando la maestra pronunciara mi nombre. Nadie lo supo. Leí como una posesa, a escondidas primero, luego, cuando me pareció haber superado el tiempo de aprendizaje normal, a la vista de todos pero cuidándome mucho de disimular el placer y el interés que la lectura me suscitaba.

1 comentario:

El último Argonauta dijo...

Una de las grandes deudas que tengo conmigo mismo es leer a Muriel Narbery, ¿Será que a estos sures no bajan las musas?
Gracias por traernos el fragmento Jose.
Un abrazo.