domingo, 27 de noviembre de 2011

Apostillas a la fidelidad

Por Ondina León ©

Entre los muchos temas sobre los que hubiera podido escribir este fin de semana, el de la fidelidad ha terminado por conquistar mi atención y seducir mi tiempo. Y esto, gracias a que mi amigo Josevelio Rodríguez nos ha sorprendido con la publicación en su blog de un fragmento de “Pequeño tratado de las grandes virtudes”, de André Comte-Sponville, que llegó a sus manos por cortesía de José Ríos. El asunto en sí mismo es muy polémico, porque habría que partir para desarrollarlo del concepto que cada cual pudiera tener de lo que es la fidelidad. Así que bienvenida la polémica, que nos enriquece y nos esclarece.
Personalmente creo que la inmensa mayoría de las personas tiene una definición bastante esquemática y restringida de la fidelidad en las relaciones de pareja, sobre todo por el efecto anti-dialéctico y devastador que tienen los dogmas religiosos, que nos dan a cucharadas de “aprieta y traga” desde niños, sobre los vínculos humanos que pueden establecerse a lo largo de nuestras vidas, más allá del alarido de las hormonas y de las locuras de las pasiones sexuales. Para algunas religiones organizadas y sectas el divorcio, por ejemplo, es como un pecado mortal, porque la relación de pareja, en especial el matrimonio “bendecido”, tiene que ser “hasta que la muerte nos separe”. Pero esto se decreta sin tener en cuenta que lo único eterno es el cambio y que esas personas con el paso del tiempo crecen, cambian, evolucionan o involucionan, se regeneran o se degeneran, se descubren a sí mismas y en estas acrobacias vitales pueden coger rumbos muy diferentes, que pueden ser hasta diametralmente opuestos y convertir la relación en un bonito infierno dantesco.
¿Y qué hacer entonces si se empieza a vivir o a convivir con un extraño, o peor incluso, con un ser querido, pero ajeno? Siempre me ha golpeado la cabeza la afirmación del poeta Rainer Maria Rilke, que se atrevió a definir el amor de un plumazo total: “Es un puente entre dos soledades”. ¿Será así en realidad? La soledad del ser humano es ontológica, desde muchos puntos de vista, pero nos inventamos tantos mecanismos para conjurarla que, a medida que envejecemos, podemos llegar a sentir que la soledad no existe, si nos imponemos la presencia de Dios o de treinta siglos de cultura humana; o de la familia y sus bendiciones o lastres; o si cultivamos una especial relación con la naturaleza; o si nos aferramos a un activismo social o político en aras de un orbe mejor; o cualquier vicio, saludable o no, que nos haga dependientes de otros que militan en estos despeñaderos del alma humana. Entonces, al margen de que seamos soledades errantes o no, ¿cómo preservar el puente? ¿Con una fidelidad corporal, que nos posee y esclaviza, o con una libertad ambivalente y cuestionadora?
El axioma de “Yo soy tuya y tú eres mío y nada o nadie más entre nosotros” salta por los aires y se hace añicos ante la realidad de la vida y sus “tentaciones” y “regalos” inesperados, que terminan por ser como treguas en el oasis o en el páramo de la existencia cotidiana. Porque, desde un ángulo estrictamente humano, la fidelidad no es más que una exigencia del ego. Pero no de un ego humilde y sencillo, sino de uno pretencioso y avasallador, posesivo y empobrecedor. Las personas más sabias, hombres y mujeres, que he conocido a lo largo y ancho de mi ya extensa vida, me han enseñado que el amor que no libera y permite una fidelidad a sí mismo, antes que a un pacto, contrato o presiones sociales y familiares, no es un amor verdadero, que pueda llegar a ser añejo. La fidelidad física no es garantía de una fidelidad afectiva, de esa que libera al alma con sus cadenas de terciopelo voluntariamente atadas. La fidelidad, tal vez, debería ser un estado del alma que el otro acepta humildemente de su pareja, sin la más mínima exigencia o presión; debería ser una opción de vida o una manifestación de la libertad más transparente, de la que se borda día a día sin mentiras o, quizás, con verdades inventadas, pero limpias; la fidelidad debería ser la palabra obligada que rime con felicidad, no con frustración.
En el cultivo de estas artes, me han resultado de una infinita utilidad “El arte de amar”, de Erich Fromm, un pequeño tratado lleno de sabiduría que recomiendo a todos, y como complemento a este, “Las Rubaiyyat”, del poeta persa del siglo XI Omar Khayyam, impactante libro por su belleza y su profundidad, a la vez hedonista y existencial. Porque si alguien no llega a ser fiel a sí mismo, ¿a quién pudiera serle fiel entonces? ¿Eres fiel a ti mismo? Si te eres fiel, gran virtud, entonces, nos somos fieles…

11 comentarios:

JosEvelio dijo...

Con esta frase del escritor Antonio Gala: "El amor es una amistad con momentos eróticos."nos acercaríamos a una parcela de la sabiduría amorosa.Siempre gracias amiga Ondina, por tus sesudos y hermosos artículos, ya empezábamos a inquietarnos con tu silencio.

Gino Ginoris dijo...

Jose, dejé un comentario en la entrada anterior, debe haber desaparecido en los recovecos del ciberespacio.
Ya estrañabamos a Ondina.
un abrazo para los dos.
Gino.

Anónimo dijo...

gracias, ondina. eres toda sabiduría!

idaline.

Roger Rivero dijo...

Magnifica entrada Sra. León, este es un tema realmente complicado que puede variar no solo entre opiniones de individuos sino de culturas, por lo pronto no tengo ese problema, no me gusta tener pareja, sino disfrutar de todos los vinos sin embriagarme (matrimonio) con ninguno, y la he pasado bien. Un abrazo y buena semana!!!

Frida M dijo...

Extrañaba a Ondina León. Es un privilegio leerla.
Gracias querido JosEvelio. Gracias Mme León.

Anónimo dijo...

Ondina de mi alma:
Ya extrañaba sus deliciosos articulos,gracias por compartir su ligera pluma.
Ser fiel a otros ,es ser fiel a uno mismo, por ahi empieza la cosa.
Saludos a todos

Anónimo dijo...

Si, extrañábamos a Ondina León. Gracias por esta entrega.



Teresa Cruz

Ibis García Alonso dijo...

Hasta que la muerte… nos salve de los/las infieles seriales. Como quien dice: “de los cuernos, como de la muerte, no se salva nadie”. Un minuto de silencio, por favor.

Muy bueno, Ondina. Este artículo me da ganas de imprimirlo y meterlo en mi cartera. Y por ahí, si alguien se atreve a fisgonear, pues muy buena enseñanza la que se va a llevar.
Gracias, Ondina.
Gracias, Josevelio.

JosEvelio dijo...

Gracias a usted Ibis por su ingenioso comentario.Saludos a todos.Es evidente que la ''sal'' de este Blog.es la Sra. Ondina León.

Anónimo dijo...

Ondina de mi alma,una vez escuche esta expresion ,me causo mucha risa:"Los cuernos son como el colegio, te joden, pero al final aprendes."
Saludos

Anónimo dijo...

Gracias a todos por sus comentarios tan cariñosos, en especial a los siempre fieles, que no sólo me leen, sino que también me regalan trocitos de su tiempo precioso con sus comentarios. Gracias Gino, Roger, Teresa, Frida, Capullito, "Ondina de mi alma" (pagaría con gusto por saber quién es...), Zoe Valdes, Esperanza, Turandot, y otros. Los comentarios de Ibis García, como este de ahora, siempre son una delicia. Y por último, aunque es el primero, gracias a Josevelio por su generosidad al permitirme tener contacto con todos ustedes en su blog, que ya siento como mi casa. Que Dios nos permita a todos seguir cultivando estos lazos virtuales, pero reales.

Ondina León