miércoles, 19 de octubre de 2011

Los martirios de Martí

Por Ondina León ©

Decir Cuba es decir José Martí. El hombre es sinónimo de toda una nación. El alma de un pueblo se condensa en una sola voz que se escucha en todo el mundo. Sin embargo, probablemente no exista otra figura en la historia cubana que haya sido más manipulada, manoseada, falsamente venerada y ultrajada que la de este hombre breve, pero intenso. Si alguien no ha tenido paz en su tumba, ese ha sido Martí, el más desconocido de los próceres conocidos, a fuerza de ser impuesto en los catecismos cívicos de las escuelas, en bustos hidrocefálicos al sol, en imágenes tatuadas en las paredes de oficinas y despachos de líderes de dudosa reputación, en citas que salpican los más variados textos y discursos políticos, en el pan seco y duro de la historia que alimenta cada día la pesadilla que vivimos. Porque, ¿quién fue o es, en realidad, este ícono? Los pocos que lo conocen bien saben que nunca se termina de conocer, que acercarse a su obra y a su vida es una empresa infinita y que hay tantas perspectivas y opiniones como estudiosos y amantes de su universo. Los genios son así de escurridizos, ambiguos, polisémicos y conflictivos.
Para empezar a valorarlo, a primera vista, Martí es una paradoja viviente. El gestor de la cubanidad más acentuada y de un país que no existía al no ser como hipótesis, era hijo de españoles, de un valenciano y de una canaria, y vivió la mayor parte de su vida fuera de Cuba, a donde retornó después de muchos años sólo para hallar la muerte. Los dos grandes enemigos políticos de este gran hombre, paradojas de paradojas, fueron sus padres formadores: España ―la tradición cultural, la lengua, la literatura, el sentir humano― y los Estados Unidos ―la modernidad, el pragmatismo, el periodismo, la visión de futuro―; uno con sangre absolutista y otro con savia democrática; uno con un alma de mosaicos regionales y excluyentes y el otro con vocación de aldea global, lo que es hoy. Sin estos dos países, y otros tantos donde vivió, como Francia, México, Guatemala y Venezuela, Martí no hubiera llegado a ser quien fue: un hombre iluminadamente universal para su época.
Pero, ¿fue un político, que escribía como los ángeles, o un escritor, que tuvo que hacer política monda y lironda? ¿Quién fue el autor de los “Versos sencillos”, ese poemario simple y críptico a la vez? Fue poeta, filósofo, narrador, ensayista, periodista, dramaturgo, político, patriota, tal vez alcohólico, quizás drogadicto, cualquier cosa que pueda ser un hombre, como podemos comprobar, menos un militar. Su personalidad era ajena a las estructuras rígidas y violentas de los cerebros marciales. Quien es capaz de escribir apasionadamente sobre otro hombre, Ignacio Agramonte, y afirmar que “es un diamante con alma de beso”, no tiene vocación para pintar de sangre un campo de batalla, aunque lo obliguen ciertas circunstancias y ciertos caudillos soberbios. Quien recibe una bofetada de un militar en campaña es condecorado para la posteridad con la más justa de las dudas ―¿qué decían las páginas de su “Diario”, que Máximo Gómez arrancó privándonos de alguna verdad suprema? Otro enigma de nuestra historia violentamente épica, absurdamente cínica, derrochadora de testosterona.
Así, de retazos, de fragmentos dispersos de hombres, crean los pueblos los símbolos que necesitan para su ego colectivo, porque sin ellos no se puede ir conformando una identidad, al parecer. Hoy, algunos intelectuales cubanos, disidentes del culto martiano, acusan a Martí de haber creado, a partir de su empeño por la independencia de España, un monstruo de arrogancia, delirio y enajenación llamado Cuba, un país inventado y moldeado con el desapego de razas, culturas y religiones sembradas en una isla enloquecida, el reino del revés, que ha devenido paradigma de desastre socioeconómico en la América Latina y el Tercer Mundo, aunque las izquierdas antidemocráticas lo vendan como faro.
Sin embargo, si bien es cierto que Martí tuvo que aferrarse a una hipérbole de nación para sustentar su proyecto político, desafiando a los reformistas, anexionistas y a los indiferentes, que eran la gran mayoría de los “cubanos” de aquel entonces, en el siglo XIX, luego las generaciones sucesivas se han encargado de tergiversar y manipular no sólo el legado cívico y político de este auténtico padre de la patria, que ha llegado a hacer daño con su amor fundacional, sino también han pervertido la esencia del hombre que fue. Porque primero lo sacralizaron llamándolo “apóstol” y difundiendo una imagen de mártir empedernido, sin pasiones humanas ni debilidades (o virtudes, depende) ni vicios: Martí era un santo y punto. Luego, a partir de 1959, el discurso castrista y sus oradores, sin desacralizarlo, han llevado a Martí a la categoría de “héroe nacional”, de “autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada”, de “internacionalista” y de hermano ideológico de Marx, en un intento burdo por legitimar su experimento macabro con el barniz de un humanismo que sólo ha parido fusilados, torturados, desaparecidos, desterrados y mendigos en el archipiélago de la desesperación y el desasosiego, durante 53 años.
Martí se ha reducido, hasta hoy, a un puñado de aforismos para adornar discursos de las peores tribunas, en ambas orillas de la nación, y a “Los zapaticos de rosa”, para adornar el adoctrinamiento de los niños pioneritos allá; el otro Martí, vasto, complejo, culto, demiurgo de su lengua, poeta infinito y desafío intelectual, ese produce alergias en el vulgo, en el común de los mortales que se agota y se rinde con sólo mirar la colección de tomos de sus “Obras Completas” (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, por ejemplo), entre los que se destacan para un conocimiento del “otro” Martí los dedicados a sus “Cuadernos de apuntes” y los “Fragmentos”, en los que se descubre a un hombre desnudo en su frágil vitalidad, uno que confiesa: “Yo: esto es: una personalidad briosa e impotente, libérrima y esclava, nobilísima y miserable, divina y humanísima, delicada y grosera, noche y luz. Esto soy yo. Esto es cada alma. Esto es cada hombre. Entremos en esto”. Entremos en Martí, entonces, y dejemos de martirizarlo con nuestra pobreza de espíritu y nuestra frustración como pueblo.

13 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias a todos los que me lee y que, por demás, dejan sus comentarios, que me alientan, me hacen reflexionar o me divierten. Gracias a Gino, a Roger, a Turandot, a Teresa Cruz, a Ibis, a El abuelo hispano-cubano, a Canon y a tantos otros, entre ellos (o ellas) a la que me saluda con su "Ondina de mi alma": tanto amor merecería un nombre, ¿no? Gracias muy especialmente a Zoe y a Josevelio por ser las poderosas voces que difunden mis inquietudes. Nunca les estaré suficientemente agradecida. A todos, gracias por el tiempo y la energía que le dedican a Cuba y a su futuro.
Ondina León

JosEvelio dijo...

En los "Martirios de Martí" se levanta un apostol más humano y lleno de aristas; que como nadie ha sabido 'entresacar'Ondina.!Gracias!

Anónimo dijo...

Esta señora es genial, la leo con la misma avidez con que escribe: de un plumazo. Mil gracias.
Jose Soriano

TURANDOT dijo...

Es un articulo brillante, por decir poco. Tu, tan martiana, solo tu podias escribir algo asi, desde el justo medio de la compasion y la humanidad pero......ya me conoces, sabes que soy algo cinica....
......en bustos hidrocefálicos al sol, eso es lo mejor que he leido sobre Marti.

Gino dijo...

Si, se me adelantó TURANDOT, pero no podía dejarlo pasar, eso de “bustos hidrocefálicos al sol” es realmente brillante, de una complejidad exquisita y a partir de ahí nos preparamos para entrar a un artículo muy reflexivo y sincero. Recuerdo cuando niño, en la escuela, el miedo que sentía ante aquella cabeza blanca en una esquina del patio.
Un artículo de culto, de verdad.
Gracias Ondina y gracias Jose por compartirlo con nosotros.
Un abrazo.
Gino.

Roger Rivero dijo...

Eso es, más allá de las manipulaciones en torno a su figura, queda ese ser humano brillante que en gran manera tuvo a Cuba siempre en su corazón, de hecho conocí en Miami una vez un grupo de metafísicos que estudiaban el pensamiento martiano y sus enseñanzas en ese orden de ideas; luce que estos fenómenos sociales son inevitables ante personalidades singulares. Pero eso no significa que sea la verdad. Un gusto leerle nuevamente, gracias por compartirlo!!!

Anónimo dijo...

Ondina de mi alma:
Gracias a ti por compartir esa maravillosa pluma con nosotros,gracias por alimentarnos el alma con grandes verdades que pocas veces hemos escuhado y leido.
Como escribio Gaston Baquero "No hay comparación posible entre Martí y la realidad cubana actual. Es algo de pena que alguna persona se atreva a equiparar la personalidad de Martí o a poner a Martí como precursor de todo esto: de las colas, del hambre, de la dictadura"
saludos

Zoé Valdés dijo...

Gran artículo, inigualable apreciación del espíritu de Martí, de su figura, de su escritura. Te recuerdo tanto leyendo a Martí. Gracias.

aborigen dijo...

Ya sabia yo que alguien tenia que saber de Marti así,sin pelos,desnudo;sin la elaboración de sus paginas en esos digitales rincones de la prensa y de la perversa.
Gracias señora Ondina León,no sabia que existía usted.Perdone mi ridículo.Seguiré leyéndola.

Ibis García Alonso dijo...

¡Ay, Ondina, Ondina, Ondina! ¿Sabes qué? Martí es, si no el único, uno de los pocos hombres de los que me podría haber enamorado.

Gracias por este hermoso, crítico y lapidario artículo sobre el crimen que los Castro cometieron con José Martí; crimen del que otros tantos insensatos y oportunistas se hicieron eco y, por ende, cómplices.

Te comparto unos versos de un poema que mi abuela le dedicó al crimen que cometieron con “su” José Martí. Crimen que tanto la laceraba, sobre todo cuando leía los prólogos hechos a su Obra en ediciones publicadas luego de 1959. Ella lo daba en llamar “crimen panegírico premeditado”:
...
Consumase de hecho
un crimen solapado,
un crimen que nombrado
aún no está en el Derecho.
...

Mil gracias, Ondina.
Gracias a Josevelio.
Y gracias a Zoé Valdés por el link.

Anónimo dijo...

Gracias a ti, Ibis, por tus palabras y muy especialmente por compartir los versos de tu abuela dedicados a nuestro Martí. Y sí, yo también siento, como tú, que mi relación con este gran hombre tiene un componente erótico acentuado, lo que es una bendición.
Nosotras las mujeres, como siempre, pensando con el corazón...
Ondina León

JosEvelio dijo...

Ibis muy conmovedores los versos de su abuela.Comprendo perfectamente porque los recuerdo de mis abuelos igual son muy especiales.Muchas gracias y bendiciones.

Ibis García Alonso dijo...

Gracias a ustedes, Ondina y Josevelio.
Josevelio, sí que son especiales e inolvidables los recuerdos de los abuelos. Imprescindibles, digo yo, sobre todo para los cubanos. Mi abuela era una de esas mujeres que lo mismo era capaz de pegar un buen escándalo a mitad de la cuadra de su barrio, que dictar una finísima conferencia en la universidad que se le antojara (cosa esta última a la que no le dieron oportunidad, claro). Apenas alcanzaba el sexto grado de la primaria, pero conoció la República y, sobre todo, era un verdadero guayabito de biblioteca. Trabajadora incansable. Letra y ortografía impecables. Sentido común al por mayor. Martiana hasta la médula. Anticastrista como la que más.
Ah, y me adornaba los platicos de harina con unas réplicas de las Pirámides de Egipto hechas con azúcar, que la verdad que daba gusto comérselos, así me los repitiera mañana, tarde y noche.

Abrazos.