lunes, 10 de octubre de 2011

El rapto de los rapsodas

Por Ondina León ©

Allá por el fatídico año 1980, cuando Cuba se desangraba por la herida de El Mariel, salía a la luz, en agosto, el decreto 74 del Comité Ejecutivo del Consejos de Ministros que establecía el 20 de octubre como “Día de la Cultura Cubana”. Dicho documento oficial estaba firmado por tres grandes (des)gracias del archipiélago accidentado: Fidel Castro, el que en mala hora se dejó crecer las barbas, nuestro celoso padrastro, el que nos ha abortado a todos por una infinidad de confines; Armando Hart, patético instrumento de institucionalización de aberraciones; y Osmany Cienfuegos, oscuro barón de la corte castrista y dizque hasta homicida.
¿Y por qué se escogía esta fecha para celebrar todos los años la cultura? Porque el 20 de octubre de 1868, en Bayamo, en el Oriente de Cuba, se interpretó por primera vez en público “La Bayamesa” ―sin risitas capciosas, por favor―, que se convertiría, en medio de la inflamación patriótica de la guerra de independencia contra España, en el Himno Nacional que, bien visto, sin pasiones chovinistas, es una versión caribeña, guerrerista, machista y necrófila, de “La Marsellesa”, aunque de vez en cuando nos arranque una lagrimita en algún evento en el que la nostalgia nos pisa el callo del desarraigo.
Así, en otra pirueta épica, el castrismo fundía patria, nación, estado, partido único (ya sabemos cuál), cultura e identidad nacional en un solo caldo de cultivo de controles y dogmas inapelables. Una vez más, la violencia se volvía estructura política y raptaba a los rapsodas de la creación cultural. Porque habría que preguntarse por qué no se eligió como Día de la Cultura Cubana el 28 de enero, natalicio de José Martí, el más grande escritor en lengua castellana del siglo XIX; o el 19 de diciembre, fecha de nacimiento de José Lezama Lima, nuestro sumo pontífice verbal del siglo XX; o el 6 de agosto, día que vino al mundo en Cuba Ernesto Lecuona, el prestidigitador de las teclas, uno de los más grandes músicos de América Latina; o un 5 de enero, nacimiento de Amelia Peláez del Casal, la cubanísima dueña de los pinceles más coloridos de la pintura del siglo pasado; o hasta habría sido más tolerable que Silvestre de Balboa, con su “Espejo de paciencia”, hubiera podido tener su día como el llamado fundador de la literatura cubana. Cualquier fecha, menos la de las campanas de la guerra y los machetes enemigos de las plumas o las corcheas.
Pero no, la fecha tenía que tener para el castrismo un espíritu más patriótico-militar que artístico o realmente cultural, para subrayar, una vez más, que la historia de Cuba y su largo rosario de tragedias ha sido y es esencialmente político, aunque nos resistamos a verlo así en una forzada manipulación del destino colectivo. El decreto enfatizaba que el Himno Nacional “es un símbolo en que se entrecruzan el sentimiento de amor a la patria y la decisión de combate, la expresión artística de ese acto cultural por excelencia en que el pueblo afirma y conquista su identidad plena, la guerra libertadora”. De este cantinfleo baboso se puede deducir que la guerra que se inició en 1868, al compás del himno, se seguía librando por el castrismo contra el imperialismo yanqui, David contra Goliat, por la independencia nacional y la preservación de la identidad en peligro ―el complejo empieza por creernos que alguien nos la puede amenazar.
Y esta maniobra política no por burda deja de ser absolutamente patética y empobrecedora del concepto de cultura y de las realidades más obvias. Ninguna cultura, como expresión de una identidad nacional consolidada, debería sentirse amenazada por otra diferente, afín o ajena, porque la historia de la humanidad, en más de un sentido, es la historia de un proceso de transculturación inevitable en que todas las naciones se enriquecen, sin dejar de ser ellas mismas, y participan de un toma y daca, que puede comenzar por la gastronomía ―piénsese en la universal comida italiana y su tomate tan americano; o en la española y su papa o patata, igual de por estas tierras―, pasar por la música ―¿de dónde es realmente la salsa, el jazz o el tango?― y la literatura como expresión compleja de un alma nacional ―¿Es Nabokov del todo ruso? ¿Y Joseph Conrad?―, y llegar hasta las estructuras léxicas, como le está pasando al inglés, la lengua más conquistadora del mundo y que, sin embargo, ha sido seducida por palabras ajenas, como machismo, patio, fiesta, bravo, tsunami o grafiti, por poner sólo unos pocos ejemplos.
Como dijo Martí, “Patria es Humanidad”. Lo que equivale a decir que si una cultura se enquista o es sometida a un aislamiento falsamente numantino, comienza a padecer de una anemia trascendental por perniciosa. Y en el caso de Cuba, a pesar de la censura, las parametrizaciones y los parametrados ―términos que no están en el Diccionario de la RAE, pero sí en la historia cubana―, la inquisición, el ninguneo y la desidia, la cultura ha resistido, incluso a su propia insularidad, y se ha atomizado saludablemente para llegar a ser una cultura única, pero cosmopolita, diversa y policromada en sus miles de aristas, debido al éxodo masivo ininterrumpido que ha provocado lo peor del castrismo.
Más temprano que tarde, en los claroscuros de la transición hacia la democracia en una era poscastrista, habrá que ir pensando en organizar un plebiscito para elegir el mejor día para festejar, sin complejos, la cultura nacional. El que elijamos por mayoría será el perfecto para venerar el rostro más amable que nos define, forma y conforma ante los demás pueblos y ante Dios. Hasta entonces, donde quiera que estemos, desafiando los traumas y las miserias, todos los días digamos con un orgullo humilde: “La cultura cubana soy yo”.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Entre lo mejor que se haya escrito sobre el tema.

Teresa Cruz

Anónimo dijo...

Esta Ondina es mucha Ondina; crea adicción. Ya conozco a quienes se declaran filoondinos ( no sé si sobra una O, en fin) El 6 de Agosto habría sido una buena fecha, nació la mujer que más he querido, mi madre y también uno de los amigos más entrañables que jamás haya tenido, excelente escritor y una,sin dudas, de las mentes más lúcidas que haya conocido. Un beso y mi ENHORABUENA para Ondina,

El abuelo hispano-cubano

Gino dijo...

Extraordinario, si pudieran , en Cuba, leer a Ondina, ay…
Creo que fue Guillen quien dijo:
“Al combate corred Bayameses
a veces me pregunto por qué no corramos…” o algo así.
Tremendo espacio que estas construyendo acá Josevelio.
Gino.

Anónimo dijo...

Habra que hacer plebiscitos para muchas cosas, para deesintoxicar la mente de los cubanos que ademas de adoctrinados se han acostumbrado a ser serviles y canallas, para volver la isla a su estado original de seis povincias, no el picadillo que es ahora y para fundar una organizacion que no nos permita el olvido, como la tienen los judios, porque los cubanos que tenemos memoria de gallinas se nos pueden olvidar todos estos anos de asesinatos robos y aniquilamiento moral...Manolo

TURANDOT dijo...

La leeran, seguro. Lo importante es que La Leon siga escribiendo, de lo que se le antoje, porque tiene el raro talento de escribir bien, de cualquier tema. La sinceridad la acompana, y sus conocimientos de sirena de los mares alemanes.

Anónimo dijo...

Ondina de mi alma:
Como siempre certera, diestra en todos sus escritos.
Estoy de acuerdo con Gino,si este blog fuera leido por los cubanos de la isla!!!
Para mi, el dia nacional de la cultura cubana debia de ser el 28 de enero.
Saludos senora de las letras