domingo, 16 de octubre de 2011

Ausencias, olvidos y ninguneos.

Por Ondina León ©

Hambrienta de mundo y de conocimientos, cuando era una estudiante de apenas 18 años, con la osadía que la inocencia puede engendrar, le pregunté a una ilustre profesora universitaria, delante de toda la clase, qué escritores y artistas cubanos, entre los que se habían ido del país después de 1959, debíamos leer o investigar para consolidar nuestra formación académica. Respirando profundo ante la desafiante pregunta, la también importante funcionaria de una institución cultural castrista me respondió: “No te preocupes, que de Cuba se ha ido lo peorcito. Es mejor estudiar a los que han cerrado filas con la Revolución, como Carpentier, Guillén, Cofiño…”. En aquel entonces, y como luego comencé a descubrir poco a poco, clandestinamente (en su sentido literal), “lo peorcito” incluía a
Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Carlos Montenegro, Gastón Baquero, Jorge Mañach, Severo Sarduy, Enrique Labrador Ruiz, Lorenzo García Vega, Guillermo Cabrera Infante, Carlos Franqui y un larguísimo etcétera que abarcaba pintores, arquitectos, músicos y cantantes, bailarines clásicos, diseñadores, actores y cineastas. Todavía no acabo de perdonarle a dicha profesora, ya fallecida, la respuesta que me dio condicionada por su militancia política y su jerarquía, sin respetar las verdades ni los méritos creativos de nadie.
¿Cómo logro reconciliarme con el daño que pudo haberme hecho si me hubiera conformado con su “sabiduría”? ¿A cuántos más les habrá inoculado ese catecismo universitario con anteojeras? Con la voracidad típica de la juventud y desconfiando de los programas de estudios establecidos ―“La universidad es para los revolucionarios” era el lema que condensaba el adoctrinamiento―, me lancé a descubrir todo un mundo artístico, que desde el mismo año 1959 se había comenzado a fragmentar, y que terminó por ser sometido a lo que yo llamo un genocidio cultural, aunque pueda resultar dramática la expresión.
La ausencia de un artista era (y es) la gloria para el otro que se había alineado con el castrismo, o lo que se llamaba entonces y aún se repite decadentemente “ser un artista revolucionario”, un “intelectual comprometido” o (¡qué asco!) “un creador progresista”. Si un escritor o un intelectual se fugaban de la pesadilla caribeña y se lanzaban al abismo del mundo en busca de libertad y de realización personal, automáticamente eran echados en las pailas hirvientes del olvido: eran ninguneados y borrados de la historia de la cultura cubana: pasaban a ser los innombrables.
Y para esta misión, desde que asaltó el poder, la dictadura comenzó a crear sus instituciones claves ―el Consejo Nacional de Cultura, la Casa de las Américas, el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficas (ICAIC), el Instituto Cubano del Libro, la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC, ese graznido de cuervo del que hablaba
Cabrera Infante) y otras más― y a formar en la efervescencia “revolucionaria” a su ejército de inquisidores, policías culturales, censores y maquiavélicos trepadores en la mediocracia. La lista de nombres, por supuesto, es casi infinita, pero se han ganado un lugar cimero en la historia de la infamia personajes como Luis Pavón, Lisandro Otero, Roberto Fernández Retamar, Nicolás Guillén, José Antonio Portuondo, Alejo Carpentier, Juan Marinello, Alfredo Guevara, Papito Zerquera, Armando Hart, Marcia Leyseca, Miguel Barnet (“Mimí Yoyó”) y Abel Prieto. Incluso, con el transcurso del tiempo y algunos funestos eventos, como el caso Padilla, ironías de ironías, muchos de los defenestrados y sancionados por la ola de fundamentalismo castrista en la cultura fueron “perdonados” y han cerrado filas con sus verdugos y se han convertido en festivos creadores “al servicio de la Revolución”, como Pablo Armando Fernández, el de la pluma insulsa, al que el emperador Castro I le celebró un cumpleaños en la misma Casa de las Américas de la que había sido expulsado; Antón Arrufat, mediocre escritor (no lo salva ni “Los Siete contra Tebas”), que se abraza con Castro II en una feria del libro y que anda dando babosos discursitos de agradecimiento a los premios que le da el gobierno y a su propio ego “único”; el indecente de Cintio Vitier, católico, marxista, machista, castrista y “marciano”, que no martiano; y los juglares de la corte del horror, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés (o Silvio Milanés y Pablo Rodríguez), hoy enemigos del alma.
A estos alabarderos del rey hay que sumar una larga enumeración de escribientes de séptima, pero con unos egos hipertrofiados, como Eduardo Heras León, Francisco López Sacha, Arturo Arango, Nancy Morejón, Senel Paz y Leonardo Padura, que también públicamente se presentan como abogados defensores de la dictadura y sus crímenes, aunque en privado y para demostrarse que son “inteligentes” y “grandes”, puedan tener algún que otro arranquito “hipercrítico” con la realidad de la isla, eso sí, pensando en el próximo viajecito “afuera”, con la anuencia de la UNEAC o del Ministerio de Cultura, para engordar como cerdos y cosechar sus dólares, la amiga moneda del enemigo ―como dijo una vez delante de mí Héctor Quintero, dramaturgo en funciones de censor, “No se puede morder la mano que te da de comer”, refiriéndose al estado castrista en su papel de gran mecenas. De tan patéticos que son, se vuelven criminalmente grotescos en su colaboración con el genocidio cultural.
Si este texto estuviera escrito en pretérito perfecto simple es porque ya estaría viendo la historia como agua turbia y pasada, que no debe retornar a nuestro cauce. Sin embargo, las alimañas aquí denunciadas siguen teniendo la sartén por el mango en la cultura cubana y son los mismos que, de mil maneras, mutilaron y condenaron al ostracismo a
Lezama Lima y a Virgilio Piñera; los que silenciaron y silencian a Celia Cruz, a Olga Guillot, a Hortensia Coalla, a Guillermo Portabales, a Gloria Stefan, a Albita Rodríguez y a Amaury Gutiérrez; son los que violaron sistemáticamente con la lanza del olvido a Reinaldo Arenas, a Cabrera Infante y a Severo Sarduy; son los que le imponen el ninguneo a Zoé Valdés, a María Elena Cruz Varela o a Carlos Victoria; son las mismas aves carroñeras, las tristes auras tiñosas que esperan que el creador anticastrista muera en la lejanía para cebarse luego con sus obras y traficar con sus nostalgias, en un “todo para vender” que crea en algunos la ilusión de cambios dialécticos, que no son tales; son el estiércol estéril de la peor Cuba, esa que le arrancó del alma al poeta José María Heredia, en el siglo XIX, en su “Himno del Desterrado” ―¡Oh!, el destierro, esa categoría histórica cubana―, estos versos lapidarios: “¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran / en su grado más alto y profundo, / las bellezas del físico mundo, / los horrores del mundo moral”. Ahora que se aproxima el 20 de octubre, Día de la Cultura Cubana, valdría la pena reflexionar sobre estos horrores y soñar con hacer justicia.

10 comentarios:

Gino dijo...

Sigo diciendo que nos hacen falta muchas Ondinas en el mundo.
Siempre hago que mis amigos chilenos te lean asi me evito largas explicaciones a sus preguntas sobre cuba. Gracias por eso.
Gino.

Zoé Valdés dijo...

Gracias.

Anónimo dijo...

Informativo, valiente.

Teresa Cruz

Nausea dijo...

La mierda, aunque a veces flota, mierda es. Cuba ha producido mucha, demasiada, en parte porque un sistema totalitario siempre es muy propicio para la cagazón, o mejor dicho, la diarrea. La dicha cultura castrista es una pestilente mojonera, pero más tarde o más temprano se halará la cadena.

Canon dijo...

Excelente comentario....afilado como como la navaja de la verdad, la que se necesita para cortar la infamia, la claudicacion, la bajeza.....Canon

Roger Rivero dijo...

Ondina ha dilucidado en este artículo y muy claramente el engranaje y la mafia que ha operado en la cultura cubana en los últimos 50 años, con sus mecanismos de censura, de muertes artísticas, y de ideologización, que son típicos en dictaduras comunistas, hecho que es lamentable para todo la cultura cubana evidentemente; sin embargo, por mucho que intenten cambiar o alterar la memoria histórica y artística cubana, una vez que parta este mierdero, tengo fe en que habrá justicia para este hecho y quienes ahora son prácticamente desconocidos en Cuba por la censura del papa gobierno, no quedaran olvidados en el tiempo. Magnifico tema, Ondina, un cordial saludo.

Anónimo dijo...

Ondina de mi alma:
Certero,correcto,atinado.

Ibis García Alonso dijo...

¡De cátedra! Un buen preámbulo —y hasta un prólogo perfecto, ¿por qué no?— para el libro que definitiva e inevitablemente (ojalá muy pronto) se escribirá para revindicar a los auténticos escritores y artistas cubanos que supieron ganarse un espacio en la Historia de la Cultura cubana siendo fieles a lo que hace inmortal a cualquier obra de arte: la espontaneidad.
Gracias, Ondina.
Gracias, Josevelio.

JosEvelio dijo...

Agradezco a Zoé Valdés, Teresa Cruz, Ibis García Alonso, Roger Rivero, Gino, Canon y Náusea por la entusiasta acogida que reciben los post de la amiga Ondina León.Saludos a todos.

JosEvelio dijo...

Lo siento, pasé por alto al anónimo que siempre encabeza sus comentarios con,"Ondina de mi alma":
igual gracias y saludos.