viernes, 16 de septiembre de 2011

Juan López y John Ward

Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos.
Esa división, cara a los catógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte. Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen. El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.
Jorge Luis Borges

3 comentarios:

Gino dijo...

Borges, el que duele, el que precipita, Borges al que odiamos por no poder quererle más, gracias José por traerlo a tu pagina y compartirlo con todos.
Un abrazo sureño
Gino.

JosEvelio dijo...

Igual Gino,...qué otra forma misteriosa podemos escoger para que Borges asista a nuestras vidas??

Zoé Valdés dijo...

Gracias, llego tarde, estaba "haciendo la calle" con los libros.