sábado, 31 de diciembre de 2011

La peregrinación inmóvil

Por Ondina León ©

Santísima Virgen de la Caridad del Cobre:
Madre, después de haber recorrido más de 28,000 kilómetros de tu isla, por primera vez desde el fatídico año de 1959, y de haber visto los rostros de millones de cubanos, de esos mismos que durante décadas te negaron o te veneraban clandestinamente, no me quiero imaginar lo que estás sintiendo. Debes estar algo más que horrorizada al haber podido comprobar tanta destrucción, ruina y desesperanza después de 53 años de dictadura. La que ayer fue llamada “La Perla de las Antillas” es hoy la pesadilla del Caribe, el paradigma de lo que nunca se deben hacer los pueblos a sí mismos. Ya has podido saber, de primera mano, que la miseria no es sólo material, sino también, y quizás peor, humana. ¿Qué te han pedido tus hijos personalmente? ¿Salud? Tal vez, porque esta es el mayor tesoro que se puede tener. Pero estoy seguro, santísima madre, que también esos rostros desesperados te han pedido que los destierres a otros horizontes más hospitalarios, donde puedan alcanzar con dignidad el pan y la libertad, que no han sabido conquistar en su tierra natal; o que les regales un extranjero para casarse y, por supuesto, huir lejos, lejísimo; o que les acaben de conceder otra ciudadanía que no sea la cubana ―¡la española! ¡cualquiera!― para sentirse ciudadanos de primera y no de séptima, como hasta ahora lo han sido en su propia nación, esa misma que les impide entrar a un hotel, si no eres extranjero, o te condena al hambre, si no tienes dólares; o quizás los más justos y valientes, sotto voce, te hayan pedido que los liberes del castrismo, que ya es demasiado tiempo de lección de vida; que ya el naufragio es tan total que costará siglos sacar la isla a flote, sobre todo su alma lastrada por la desidia, el desapego y el desamor... Mientras, los altos jerarcas de las dictaduras, la castrista y la católica, esta última con el moretón ―en la cara de Cuba― de Jaime Ortiga (con el perdón de la planta), hacen su aquelarre a orillas de la negra bahía de La Habana y te piden que ilumines a “los dirigentes”, en especial a su majestad Castro II, para que las “reformas” raulistas sigan en su buen curso y avancen. Dime, santísima virgen, ¿no te has sentido insultada? Porque pedir esto es clamar por la prolongación de la agonía más absurda: es ser un cómplice declarado, convicto y confeso de la más añeja dictadura del Hemisferio Occidental. ¿Cómo pueden estos diablos acercarse a tu divina imagen sin sentir vergüenza por todo el daño que ha hecho y siguen haciendo? ¿Cómo puede el dictador de turno afirmar que recibirá al Papa con “respeto y cariño” si no respeta ni ama a sus propios coterráneos? Si los esbirros del castrismo maltratan a mujeres indefensas, que sólo esgrimen gladiolos pidiendo libertad, ¿cómo pueden hablar de reformas para mejorar al país? La verdadera renovación debería comenzar por el respeto a la libertad de expresión y al pluralismo, por el derecho a ganarnos el pan con decencia. Virgen, ¿y me están pidiendo que me reconcilie? ¿Con quiénes tengo yo que reconciliarme en un acto casi imposible de humildad? ¿Con el chivato de la cuadra? ¿Con el militante del partido que impone las nuevas estrategias para que el régimen sobreviva? ¿Con el artista inmoral que canta en las tribunas castristas y luego dice que no es un político? ¿Con el seguroso de Villa Marista? ¿Con la jinetera cederista? Llevo demasiados años deshojando calendarios y rogándote, madre, para que nos libres de esta pesadilla, pero ahora tendré que rogarte, mañana, tarde y noche, para que me des lucidez y sentido de la justicia para entender con quién me tengo que reconciliar. Y si no es mucho pedir, santa patrona, te pido salud y vida para poder seguir indignándome, en el buen sentido del verbo, por este maridaje entre la iglesia católica y el castrismo que, en una acrobacia más de ignominia, han cerrado filas para seguir esclavizando al pueblo. Cúbreme con tu manto de amor infinito y dame fuerzas para amar a mis semejantes desde mi imperfección y mi desconcierto...
Tu hija contumaz

martes, 27 de diciembre de 2011

Entrevista a Ondina León

Por Josevelio Rodríguez

Varios amigos y numerosos lectores asiduos de mi blog me han comentado que les gustaría conocer un poco más a la Señora Ondina León, quien en los últimos meses se ha creado unos cuantos seguidores con los artículos que publica en Guitáfora. Después de mucho batallar, logré convencerla y esta es la entrevista que, a modo de regalo de fin de año, me concedió o nos concedió:
JR: ¿Es usted tímida o el misterio forma parte de la promoción y el mercadeo en un mundo muy competitivo?
OL: Soy bastante tímida, pero no sabía que podía resultar “misteriosa”. Tal vez sea un poco pudorosa, porque creo que mi vida es demasiado simple y transparente como para prodigarla, pero no llego a ser una ermitaña. ¿A quién le puede interesar el mundo de una jubilada? En otras épocas se veneraba a los ancianos como fuente de sabiduría y experiencia, pero en la actual civilización, en que se le rinde un culto desmedido a la juventud y a la imagen y la gente se avergüenza de las arrugas y las canas, a los viejos se les arrinconan. Además, ya hay tanto exhibicionismo frívolo y tanta falta de una auténtica privacidad que cualquier gesto que trace un “bajo perfil” resulta sorprendente. El egocentrismo de nuestra cultura es patético y grotesco: es una pérdida de tiempo…
JR: ¿Por qué con tanto que tiene que decir no tiene su propio blog?
OL: Porque Dios me ha dado el suyo. Gracias a usted y a Zoé Valdés, que generosamente me han abierto las puertas de sus blogs, mi voz ha podido llegar hasta remotos sitios. Nunca les estaré lo suficientemente agradecida. Y, por otra parte, tengo la impresión de que la blogósfera cubana ya está padeciendo de una polución caótica: hay demasiados blogs con muy poca sustancia en la médula. Sólo hay que ver cómo se les conceden premios a blogueros y blogueras tan superficiales, tan anecdóticos o costumbristas, con una ambigua postura ética, que usan sus “causas” como pedestales para levantarse estatuas de oro. Hay más palabras que ideas. Hay más monólogos que diálogos. Hay más soberbia que solidaridad. Es un mare magnum de egos. Un blog es compromiso y seriedad con uno mismo; es militancia en la verdad; es como un amante al que hay que dedicarle pasión y tiempo, mucho tiempo, materia de la que estamos hechos y que tanto desperdiciamos.
JR: ¿Milita usted en la verdad?
OL: Creo que sí, aunque los años me han enseñado que la verdad o las verdades son escurridizas y que hay que estar constantemente recreándolas. No se puede vivir sin verdades o certezas, que hay que construir como si fueran castillos de piedra, aun sabiendo que son de arena, y que la realidad va moldeando día a día. Lo único eterno es el cambio, así que no hay verdades constantes. En el laberinto de la vida, el norte es tan voluble e inconstante como la luna o el viento.
JR: ¿Qué es más importante, la cultura o la política?
OL: ¿Qué es más importante, el cuerpo o el espíritu? Estamos tan asqueados de la política y de los políticos que parece ser de muy buen gusto declarar que no somos políticos y que no nos interesa la política. Pero, como se sabe desde la más remota Antigüedad Griega, somos animales políticos y todo, absolutamente todo es política. Tanto es así que la política traza el curso de la historia y condiciona el bienestar de las sociedades y la cultura. La política no es más que la facultad de elegir en que rumbo caminaremos y en esto, se quiera o no, todos participamos, aunque sea con una queja o una palabrota por lo mal que está algo. La política, tal vez, es más transitoria o dialéctica que la cultura, que es más trascendental porque perfila el alma de los pueblos. Los políticos, en su inmensa mayoría, son pasto de las llamas del olvido. Los artistas y escritores, cuando son grandes, son los pilares de la memoria y la identidad de las naciones. ¿Quién gobernaba en la Grecia de Sócrates? ¿Quiénes fueron los políticos de la época de Leonardo da Vinci? ¿Qué político fue el mecenas de Mozart? Por cada político que conforma la historia de un país hay cientos de titanes de la cultura que dejan su huella. La política y la cultura forman una amalgama imprescindible para la sociedad y su bienestar, son los ingredientes de un todo. Y la política no tiene que ser sinónimo de suciedad…
JR: ¿Tiene salud nuestra cultura?
OL: Si se refiere a la cultura cubana, esta es una pregunta difícil de responder. O mejor, habría que responder con una paradoja: es una herida saludable. La aberración socio-histórica del castrismo ha desmembrado la cultura, la ha atomizado por los cuatro puntos cardinales, la ha mutilado pero, a la vez, esos fragmentos dispersos siguen germinando y creciendo como un bastión de resistencia y futuro. Nuestra cultura es muy poderosa y se sigue manifestando, dentro y fuera de Cuba, en los escritores y artistas vivos que siguen creando, pese a los avatares históricos: Zoé Valdés, Juan Abreu, Ena Lucía Portela, Raúl Rivero, Nilo Cruz, Ronaldo Menéndez, Odette Alonso, Ángel Santiesteban, Roger Rivero, Chely Lima, Bebo Valdés, Amaury Gutiérrez, Xiomara Laugart, Paquito D´Rivera, Gonzalo Rubalcaba, Albita Rodríguez, Andy García, Rosario Suárez, Ariel Tejera, Ramón Unzueta y usted mismo son, entre otros muchos, muchísimos, la salud de la cultura cubana, el alma de la nación dispersa.
JR: ¿Por qué está durando tanto la dictadura castrista? Ya son 53 años…
OL: Esta pregunta me la he formulado cientos de veces y a medida que pasa el tiempo barajo múltiples respuestas, que no estoy segura que sean las finales. En un fenómeno que tanto nos ha golpeado a todos, es difícil ser racional y practicar un distanciamiento afectivo o emocional porque la tragedia sigue en pie, porque no se puede mirar aún desde la perspectiva de enfermedad superada: es una realidad castrante. Creo que la pesadilla se nos ha vuelto perpetua por muchas razones. Éramos un pueblo demasiado joven y arrogante cuando triunfó el castrismo y nos dejamos arrebatar nuestra vocación democrática por un mesianismo épico. Estábamos bien, pero queríamos estar mucho mejor en un abrir y cerrar de ojos, y estos saltos mortales tienen su precio. La izquierda mundial ―sobre todo la europea― compró la utopía como si fuera el maná caído del cielo, con un folclorismo aberrante y una irresponsabilidad total. Las fuerzas vivas de aquella nación y su burguesía nacional y los profesionales prefirieron huir a dar batalla sostenida para cortarle las alas al tirano. El sistema totalitario ha construido sus pilares con lo peor de la naturaleza humana y sus bajas pasiones, desde la envidia hasta la indiferencia. Somos demasiado individualistas y no tenemos un sentido de destino colectivo. La América Latina ha sido cómplice de este trauma con su desidia y su culto al caudillo “antiimperialista”. Tal vez sea, además, un karma colectivo, una gran lección que debemos aprender como pueblo. Todo esto y mucho más, pero al margen de las causas, lo verdaderamente importante es cómo vamos a salir de este marasmo perpetuo.
JR: ¿Qué es lo peor del castrismo?
OL: La tiranía de la vulgaridad y la estupidez.
JR: ¿Cómo se derrota la vulgaridad?
OL: Creando belleza; venerando la lengua; aprendiendo de todos, todos los días; cultivando el sentido de la justicia…
JR: ¿Planes para el 2012?
OL: No hay nada nuevo bajo el sol: todo es nuevo bajo el sol. No sé si en verdad el mundo, tal y como lo conocemos, se vaya a acabar el próximo año. De lo que sí estoy segura es que todos nos vamos acabando, que envejecemos y que hay algo tan inevitable como la muerte, que es el vivir. ¿Planes? Vivir como si fuera a llegar a los cien años, pero como si hoy fuera el último día de mi existencia. Lo que no quiere decir que tenga que cometer locuras o bailar sobre las mesas o lanzarme en paracaídas, aunque también esto es válido. Es sólo paladear la existencia y hallar su poesía aun en lo más trivial, como tomar un café, leer un libro, comer chocolate… Quisiera poder ser cada día más libre, incluso sabiendo que siempre somos rehenes de algo o de alguien, hasta de nosotros mismos. Me gustaría seguir publicando en su blog…
JR: ¿Podrían los lectores hacerles algunas preguntas?
OL: Sí, cómo no, y hasta darme las respuestas también…

viernes, 23 de diciembre de 2011

Renacida: Extraña mujer, 1980

Gracias a Mafalda Migliaro, Gino y a todos los autores de Verbo (des) nudo.



"No basta con mirar la pieza; hay que buscar una historia tras ella. Hoy, jugando con tu frase de Stravinski, la he encontrado. Gracias por confirmar su autoría. Es un inmenso placer para mí que me haya acompañado por estos 30 años. Como dijera la gran Dama de Hispanoamérica Dulce María Loynaz del Castillo: 'las cosas bellas suelen ser inútiles,
no se les puede pedir más que su belleza'

José Angel Soriano"




Soriano: El Ángel de los recuerdos.

Por la plumilla,la firma y la fecha (1980).Aparece en mi memoria una reunión de amigos, donde coincidimos "tres Evelios" (puedo precisar que uno de ellos es un talentoso dibujante y pintor; un segundo Evelio es un poeta excelente), y bueno quien les cuenta; que ante aquella sobredosis de tocayos, se me ocurrió hacer ésta “Extraña mujer” firmada por Hebelio/80.Queda poco que decir y mucho que agradecer.JosEvelio Rodríguez-Abreu.

martes, 20 de diciembre de 2011

Preguntas inocentes para un fin de año culpable

Por Ondina León ©

Con “…la esperanza y el temor, esos dos rostros del incierto futuro”
Jorge Luis Borges

¿Cuándo dejaremos de celebrar el nacimiento de Cristo con tanto consumismo? ¿Por qué hay que decir “Felices fiestas”, para ser políticamente correctos, y no “Feliz Navidad”, como siempre se dijo? ¿Por qué hay tanta agresividad entre los millones de consumidores que van a los nuevos templos, los centros comerciales? ¿Qué es lo que hay, crisis económica o acrobacias al filo plástico cortante de la tarjeta de crédito? ¿Ser o tener? ¿Tener el último artilugio electrónico o ser esclavo de las deudas? ¿Quién posee a quién? ¿Me regalan un artefacto juguetón o me regalan a mí al engendro tecnológico? ¿Por qué hay tantos teléfonos y tan poca comunicación? ¿Qué es mejor, hablar frente a frente o “textear” desde el vacío? ¿Quién es más libre, el que más posee o el que menos desea tener? ¿Cuándo alcanzaremos el justo equilibrio del que hablaban los antiguos griegos? ¿Cómo conocerme mejor? ¿Cuántas veces al mes alzamos la vista y la dejamos volar por la noche buscando los rostros de la luna? ¿Cuándo fue la última vez que miraste una puesta de sol junto al mar, sin pensar en las cuentas? ¿Qué se te ocurre creer que hay detrás del horizonte azul? ¿Cómo conjurar a los cazadores de desgracias que nos atiborran de calamidades todos los días en los noticiarios? ¿Me podrían dar una buena noticia de verdad? ¿Por qué no tenemos ya una cura para el cáncer? ¿O será que los grandes consorcios farmacéuticos no la quieren compartir para no tener pérdidas de enfermos ni de dólares? ¿“Poderoso caballero es don dinero”? ¿Quién descubrirá la vacuna contra el SIDA? ¿Cuándo dejará de haber hambrunas en el África y miseria en Hollywood? ¿Por qué las tetas y el sexo tienen que ser más importantes que las jetas y el seso? ¿Cómo alcanzar la belleza sin que sea el primer grado de lo terrible? ¿Qué guerras se fraguarán al doblar el año su esquina maltrecha? ¿Dejaremos que Irán se alce con su maza atómica colosal? ¿Qué golpe, “como del odio de Dios”, nos aguarda en plena madrugada de la inconsciencia? ¿Por qué hay tanta violencia? ¿Cuándo la gota de rocío será tan infinita como el universo? ¿Quién me vende algo que no sea Made in China? ¿Dónde está ese huequito en el que cabemos todos con un trabajo decente y liberador, no con cadenas de horarios y asnos de mayorales? ¿De qué está hecha la felicidad, de euros, de dólares o de silencios compartidos y música soterrada? ¿Qué Atlántida intacta descubriremos sumergida en el fondo de cada alma? ¿Por qué los tiranos se enraízan en América Latina como hierbas carnívoras insaciables? ¿Hasta cuándo Cuba se estará suicidando con su propia sangre envenenada? ¿Tendrá fin la larga noche de soledad del corredor de fondo, que tiene hambre de libertad? ¿Cómo te puedo liberar sin antes haberme liberado? ¿Quién se atreve a responderme estas preguntas?

jueves, 15 de diciembre de 2011

Hazme una perdida

Por Ondina León ©

No, no se trata de una exigencia para convertirme en una prostituta ―¡ya no tengo edad! ― o en lo que en la Cuba de ahora se llama una jinetera, uno de los oficios mejor remunerados y en auge en la isla posesa. Antes, hubiera dicho, además de “perdida” ―las que se habían encontrado a sí mismas o a su verdadera vocación, todo muy respetable―, “mujer de la vida” (¿las otras estaban muertas?) o “mujer de vida alegre” (¿las otras estaban tristes?) o “mujer de la calle”, “bicha”, “cohete” y el castizo “puta”. El caso es que una amiga mía, cubana inteligente y culta, que vive desde hace muchos años en España, me visitó por un mes en Miami y tuve la oportunidad de comprobar lo españolizada que está y no sólo por las inflexiones, la cadencia y la música que ha adquirido su castellano, sino también por el léxico, que cada vez es más peninsular y menos cubano.
La susodicha ya no dice “blúmer” sino “braga”; “cuadra” sino “manzana”; “gaveta” sino “cajón”; “carro” sino “coche”; “bemba” sino “morro”; “alcancía” sino “hucha”; “portañuela” sino “cremallera”… Una de las expresiones que más usaba en relación con su móvil (que no celular) era “Hazme una perdida”, para referirse a que alguien la llamara y poder luego hablar. Invariablemente, cuando decía la expresión, yo la miraba con sorna y le contestaba con bellaquería: “Si te hago una perdida, entonces necesitamos un chulo que te administre”. Sagaz al fin y al cabo, soltaba una carcajada y me decía: “No, desgraciadamente ya no puedo ser una perdida porque estoy mataíta… Nadie me va a dar ni un céntimo”. En otras circunstancias hubiera dicho “ni un kilo prieto partido por la mitad”. Es así como, atomizados por la dictadura castrista, los cubanos andamos por los cuatro puntos cardinales cambiando nuestro español, enriqueciéndolo, empobreciéndolo o desnaturalizándolo sin piedad al contacto de otras lenguas.
Lo que me trae a las mientes el patético caso del castellano de Cuba luego de 53 años de dictadura. Lo primero que hacen estos bárbaros en el poder es asaltar el idioma y palenquearse en él para renombrar las cosas: el verbo creando el ser. Los dioses omnipotentes se reservan el derecho de trastocar la realidad, más que revolucionarla, denominando realidades, que no son nuevas, pero que aparentan serlo al tener nuevos nombres y apellidos. Monopolizada la información, la recrean a golpes de eufemismos para su beneficio ―“conquistas del socialismo”, “metas cumplidas”, “júbilo popular”, “el compañero Fidel” ―, al igual que crean un repertorio de insultos y descalificaciones para sus enemigos reales o ficticios ―“gusanos”, “escorias”, “blandengues”, “grupúsculos”, “imperialismo yanqui”. Para Biblia de esta aberración socio-histórica, el periódico “Granma”, el órgano oficial y oficioso de ese partido único, es decir, la voz de los pandilleros castristas. Y ahí está decretado ya el aburrimiento total, la idiotización de las masas y la pobreza de espíritu socializada. Lo que hace que, después de tantas décadas de un proceso de aplebeyar maquiavélico, no sorprenda las altas cotas de pobreza y vulgaridad que ha alcanzado el español promedio del cubano de a pie que, además de no articular bien, proyectar demasiado la voz y hacerse escuchar sus barbaridades lingüísticas a años luz de distancia, ha creado un metalenguaje marginal muy ajeno al español y una ristra de insultos y obscenidades, que harían sonrojar al más amargado de los carretoneros.
De aquí, francamente, que no sé por qué se escandalizan tanto los politicastros de la cultura cubana ―incluida esa caricatura de ministro de cultura que tienen― y los “alfabetizadores” asalariados de los medios de difusión de Castrolandia por las letras (es un decir, con el perdón de Cervantes) de esos temas de reguetón, que ya constituyen una pandemia en el archipiélago caribeño. ¿No era esto lo que quería el partido y sus capos? ¿No es este “el hombre nuevo” nacido de las mejores pesadillas del asmático sanguinario? ¿No es este el pueblo perfecto, ignorante y nada contumaz? Alcohol, sexo y reguetón: el Paraíso ideal en la isla de “Nadamascar”. Mejor, hay que mandarlo a hacer. El fruto de la Robolución no se cuestiona cuando uno ve a esos jóvenes destornillándose convulsivamente con lascivia simiesca. Las letanías de lo soez alcanzan en ellos el paroxismo de la creatividad más primitiva y una se pregunta “Señor, ¿qué será del futuro?”.
Pero hay que ser optimistas y pensar que el castellano es la única lengua que tiene una gramática y una ortografía comunes a todos los países hispanoparlantes y que las academias de la lengua hacen una excelente labor tratando de “fijar, limpiar y dar esplendor” a una lengua rica y vital. Hay que defender la lengua con las diez uñas pintadas de las dos garras que tenemos, porque ella es el vestuario de nuestros pensamientos: es la envoltura de nuestras almas. Y hay que ser positivos porque el castrismo está llegando a su fin y alegrarnos y hasta cantar con humor al son de alguna cancioncita “ad hoc”, que muy bien pudiera tener un estribillo sensualón y picaresco, con pie forzado, que dijera: “Hazme una perdida / y te doy una mordida / en la misma coronita de la vida…”.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Entre el milagro y la realidad

Por Ondina León ©
Para Teresa Cruz y Josevelio Rodríguez

Desciende abanicándose desde lo alto de su mansión como lo haría una diosa de la sabiduría desde el Olimpo. Ante su presencia, todo desaparece: los jarrones de porcelana, las estatuas de puro mármol, los óleos, los muebles aristocráticos y añejos. Su menuda figura lo abarca todo. Ella es un fuego sosegado. Conversa con los perros mientras camina por los vastos salones. ¿Está en un palacio vienés o en una casona de La Habana? La luz que cae en torrentes y el verde acharolado de las plantas del jardín denuncian que está en el trópico. La voz de niña de la poetisa casi nonagenaria, sin embargo, no revela que ha estado sepultada, por más de tres décadas, por un silencio demasiado denso y sonoro, como una lengua de lava petrificada. ¿Por qué? Tal vez, porque su alma decidió entretejer, con hilos de paciencia y humildad, la espera del momento de justicia en que fuera resucitada para la posteridad su poesía y su grandeza, sin haberse hecho cómplice de la dictadura de la pobreza del alma. Soledad de soledades pariendo el sol: es Dulce María Loynaz.
Este 10 de diciembre la poetisa hubiera cumplido sus 109 años. Es decir, cumple otro aniversario de haber nacido a la inmortalidad gracias a su poesía, en verso y en prosa; gracias a su talento para reinventar lo que es de todos, la lengua, pero que ella hace tan suya que termina por ser única y trascendental. Y de toda su obra, si tuviera que quedarme con sólo un poema ese sería “La novia de Lázaro”, que puede rivalizar con otros grandes monumentos de la Literatura Cubana, como “La isla en peso”, de Virgilio Piñera, o “Palabras escritas en la arena por un inocente”, de Gastón Baquero, por su intensidad dramática, su espíritu sacrílego más que irreverente, su sensibilidad femenina ―en el buen sentido del término― y su absoluta belleza.
A veces pienso que el poema también hubiera podido titularse “El silencio de Lázaro”, porque a la avalancha de razones para cuestionar el milagro de su resurrección por parte de la novia, el resucitado, “todo de flor y luna nueva”, responde con un mutismo cerrado, que se vuelve altamente sospechoso para el espectador de este drama humano, al no saber si es que Lázaro le está dando la razón o es que no entiende la desilusión que ha sufrido su amada que, “desprevenida”, ya es “una novia vieja”.
¿Pero qué tiempo ha transcurrido entre la muerte de Lázaro y su resurrección que la ha hecho envejecer y marchitarse? “Tuve una noche larga”, le confiesa ella, porque el tiempo humano tiene otra dimensión muy diferente al tiempo divino, y el mortal que espera sigue vivo “sintiendo el paso, el peso, el poso de la noche que se me había echado encima, incapaz de morir o conmoverla”, le explica a este Lázaro ¿presente?
En realidad, la novia se está dirigiendo a Dios y cuestionándole su milagro, que la dejó huérfana de realidades comunes y humanas. ¿Está celosa? ¿Desilusionada? ¿Aterrada por el nuevo comienzo con un Lázaro que ya no es el mismo, después de haber sido tocado por la gracia divina? “Ahora tú eres su obra, el recién nacido de su palabra taumatúrgica. Las que me digas en adelante, sólo serán el eco de la suya dominadora, vencedora de la muerte”. ¿Por qué está desesperada? ¿Será porque ella también estuvo muerta de dolor por la pérdida del amado y nadie la resucitó? “Yo me he quedado fuera del prodigio, ajena a lo que hacían con tus labios, con tu cuerpo, con tu alma, con todo lo que antes era mío...”.
Su voz es muy firme y está cuajada de dolor. Pero no le queda otra opción que reinventarse y asumir la realidad del milagro: “Aprenderé de nuevo el vuelo de tus garzas, los diminutos ríos de tu sangre, la intimidad de tus luceros. De la muerte rozada en punta de ala, borraremos las cicatrices mínimas, luz o sombra en tu carne rescatada”. Si esto no es amor del bueno, que le pongan otro nombre que lo defina. Porque a través de todo el poema se siente que la pasión y el desconcierto son femeninos, intensamente humanos, milagrosamente cuestionadores de los caminos de Dios, porque ella ya es otra: “Pero, ¿y si fueras tú quien no me hallaras? ¿Si fueras tú quien en vano buscaras lo que dejaste tras esa ventana vanamente engalanada, y en la miel no adivinaras tus abejas, y en la ofrenda de mí misma sólo tuvieras la de mi fantasma?”.
Lo trágico alcanza sus cotas más altas al final del poema, que termina con un alarido desafiante de la novia en desconcierto: “Sí, yo soy la que ha muerto y no lo sabe nadie. Ve y dile al que pasó, que vuelva, que también me levante... Me eche a andar”. ¿Una súplica de novia amante y abandonada? No. Estas últimas líneas son… ¡una orden a Dios!
Después de terminar su lectura, cualquiera queda sin aliento. Y con un deseo desenfrenado de volver a leer, una y otra vez, esta joya de la poesía en prosa en castellano. Difícilmente otra poetisa cubana haya escrito algo parecido en intensidad y altura. Y Dulce María lo sabía muy bien o lo intuía porque el poema estuvo enclaustrado durante muchos años hasta que, en 1991, Letras Cubanas lo editó en su “Poemas náufragos” y la Editorial Betania lo publicó independiente en un volumen, que tiene como cubierta una obra de la pintora cubana Clara Morera. Ya a la luz, “La novia de Lázaro” ha iniciado desde entonces su viaje por el universo poético con su emoción antigua y su rosa intacta. Y su autora, desde lo majestuoso de la eternidad, debe estar sonriendo por su irreverencia telúrica.





LA NOVIA DE LÁZARO

A mi hermana Flor

"y el que había estado
muerto, salió atadas las
manos y los pies con vendas
y su rostro estaba envuelto
en un sudario".
Vers. 44, Cap. 8, Evang. S. Juan.

I
Vienes por fin a mí, tal como eras, con tu emoción antigua y tu rosa intacta, Lázaro rezagado, ajeno al fuego de la espera, olvidado de desintegrarse, mientras se hacía polvo, ceniza, lo demás.
Vuelves a mí, entero y sin jadeos, con tu gran sueño inmune al frío de la tumba, cuando ya Martha y María, cansadas de esperar milagros y deshojar crepúsculos, bajaban en silencio lentamente las cuestas de todas las Bethanias.
Vienes; sin contar con más esperanza que tu propia esperanza ni más milagro que tu propio milagro. Impaciente y seguro de encontrarme uncida todavía al último beso.
Vienes todo de flor y luna nueva presto a envolverme en tus mareas contenidas, en tus nubes revueltas, en tus fragancias turbadoras que voy reconociendo una por una...
Vienes siempre tú mismo, a salvo del tiempo y la distancia, a salvo del silencio: y me traes como regalo de bodas, el ya paladeado secreto de la muerte.
Pero he aquí que como novia que vuelvo a ser, no sé si alegrarme o llorar por tu regreso, por el don sobrecogedor que me haces y hasta por la felicidad que se me vuelca de golpe. No sé si es tarde o pronto para ser feliz. De veras no sé; no recuerdo ya el color de tus ojos.

II
Tú dices que no es tarde y que la muerte no tiene más sabor que tiene el agua. Dices que fue apenas en la reciente lunada cuando te dejamos tras la terrible piedra del sepulcro y aún no segaron en la mies el trigo que estaba verde la mañana aquella en que salimos a castrar colmenas y nos besamos por la vez última...
Yo no contaba el tiempo, bien lo sabes. Sólo cuando te fuiste empecé a contarlo, empecé a morirme bajo los números y las horas y los días que en mi cuenta se hicieron infinitos como son infinitas las angustias que caben en un instante de mal sueño.
¿Por qué quieres que cuente bien ahora, que tenga prisa ahora, cuando ya con los dientes le gasté todos los filos a la prisa? Yo esperé un siglo sin esperar nada. ¿Y tú no puedes esperar un minuto esperándolo todo?
Dime, Lázaro: ¿Acaso no era más difícil resucitar que quedarte, cuando mi alma se abrazaba a la tuya forcejeando hasta desangrarse, con la muerte?
Vamos, refrena ahora los corceles de tu estrenada sangre y ven a sentarte junto a mí, ven a reconocerme.
Yo también soy ya nueva de tan vieja: de los milenios que envejecí mientras el trigo maduraba en la misma mies, mientras lo tuyo era tan sólo una siesta de niño, una siesta inocente y pasajera.
Y no te impacientes, amado mío, que yo aprendí paciencia como letra con sangre, bien entrada.

III
No se me oculta no, que es la felicidad la que no espera. Hora es de ser feliz y habrá que serlo o no serlo ya nunca. Se me devuelve el bien que di por perdido, el amor, la dulzura en lontananza del hogar, de los hijos, de las veladas a la lumbre en invierno; bajo la enredadera en el estío, unas tras otras dulces, pequeñitas, alargándose hasta el confín del tiempo.
Todo eso comienza a tomar forma, a ponerse de nuevo al alcance de mi mano y de mi pequeña, femenina capacidad de imaginar la dicha.
Pero aun sabiéndolo así, no es culpa mía que esta dicha me tome de sorpresa, me encuentre desprevenida como invitados a la fiesta que llegan antes de que la casa esté arreglada.
Tiempo hubo de arreglarla y en verdad la arreglé muchas veces... Hasta que luego no la arreglé más y el polvo siguió cayendo, poseyendo la casa sin dueño.
No te empeñes, Lázaro mío, en echarme cuentas sobre el polvo: soy una novia vieja a la que habrá que perdonarle sus torpezas tanto como su piel marchita y sus ojos cerrados todavía a tal milagro.
Soy una novia vieja, y este amanecer en que vienes de donde vengas, de donde nadie vino antes, es un amanecer nuevo o demasiado viejo; es ciertamente como el primer amanecer del mundo. Toda la vida, toda la Creación, todo tú mismo están por delante.
Sólo yo quedé atrás. Todavía en las mieses de la mañana aquella, todavía en el beso perdido entre las mieses. Todavía en todo lo que ha dejado de ser, o no fue nunca.

IV
Como el primer amanecer del mundo... Eso es, y hay que ajustarse a eso. Pero mientras se ajusta el corazón, será inútil que me fatigues con premuras.
Tuve una noche larga... ¿No comprendes? Tú también la tuviste, no lo niego. Pero tú estabas muerto y yo estaba viva; tú estabas muerto y reposabas en tu propia muerte como en un lago sin orillas, como el niño antes de nacer en la remansada sangre de la madre.
En tanto yo seguía viva con unos ojos que querían taladrar tu tiniebla y unos huesos negados a tenderse y una carne mordida, asaeteada por ángeles negros rebelados contra Dios.
¡Tú estabas muerto y yo seguía viva sintiendo el paso, el peso, el poso de la noche que se me había echado encima, incapaz de morir o conmoverla!
Conmover la muerte... Eso yo pretendía. Conmover a la Inconmovible, a la Ciega, a la Sorda, a la Muda...
Fue otro quien lo hizo. Vino y la noche se hizo aurora, la muerte se hizo juego, el mundo se hizo niño.
Vino y el tiempo se detuvo, le abrió paso a su sonrisa como las aguas del Mar Rojo a nuestros antiguos Padres.
No necesitó más que eso, llorar un poco, sonreír un poco y ya todo estaba en su puesto. Dulcemente. Sencillamente. Indolentemente.

V
Ahora tú eres su obra, el recién nacido de su palabra taumatúrgica.
Las que me digas en adelante, sólo serán el eco de la suya dominadora, vencedora de la muerte. Serán las que no supe arrancar de tu pecho vivo o muerto ni ganarle a su mano, ni beber en mi sed. Ellas caerán en mi alma horadada por la espera, como flores extrañas en un pozo.
¿Te será lícito servirte de ellas para jurarme amor en la ventana; para mimar al ternerillo enfermo, para cantar al son de la vihuela como gustabas de hacerlo al atardecer, de vuelta de las faenas campesinas?
No lo sé, ni tú mismo puedes saberlo ahora. Sé que estás aquí, pálido todavía y todavía erguido en el deslumbramiento de tu alba, devueltos a tus labios los besos que no tuviste tiempo de besar.
Pero sé también que entre tú y yo ha ocurrido algo inefable, y aunque yo estoy aquí como tú estás, yo me he quedado fuera del prodigio, ajena a lo que hacían con tus labios, con tu cuerpo, con tu alma, con todo lo que antes era mío...
Cierto, la vida apremia y no hay que pedir más milagros al Milagro: la vida apremia y tus labios están cerca, exactos en su media luna rosa.
Yo podría besarlos si quisiera y lo querré muy pronto, amado mío... Pero ¡qué miedo como lepra, qué duda para siempre de no besar en ellos lo que besaba entonces, lo que tal vez no valió la pena resucitar!

VI
Aprenderé de nuevo el vuelo de tus garzas, los diminutos ríos de tu sangre, la intimidad de tus luceros.
De la muerte rozada en punta de ala, borraremos las cicatrices mínimas, luz o sombra en tu carne rescatada.
Encontraré entre todo lo perdido, la miel que te era grata, la canción que te hacía sonreír y la que un día te ganó una lágrima. Y otra vez anudaré una cinta a mi trenza, una ilusión de novia a mi ventana.

Pero, ¿y si fueras tú quien no me hallaras? Si fueras tú quien en vano buscaras lo que dejaste tras esa ventana vanamente engalanada, y en la miel no adivinaras tus abejas, y en la ofrenda de mí misma sólo tuvieras la de mi fantasma?
Si fueras tú quien a tu vez me hablaras sorda, me besaras fría, me sacudieras rígida... Tú quien me sorprendiera muerta, muerta, sí, inexorablemente muerta hasta en la sonrisa, liberada ya de cuanto pudiera ser gloria o tragedia en nuestro destino...
Ah, te estremeces, Lázaro, porque hasta ahora tú sólo has querido seguir siendo tú mismo y no te has preguntado si yo sigo siéndolo.
He podido morirme ante tus ojos que me ven viva todavía. He podido morirme hace un instante del encuentro contigo, del choque en esta esquina de mis huesos con tu rostro perdido... Choque de tu presencia y mi recuerdo, de tu realidad y mi sueño, de tu nueva vida efímera y la otra que ya te había dado yo en él y donde tú flotabas perfecto, maravilloso, inmutable, rabiosamente defendido...
Sí, yo soy la que ha muerto y no lo sabe nadie. Ve y dile al que pasó, que vuelva, que también me levante... Me eche a andar.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Baudolino (fragmento)

Por Humberto Eco
“Dios es el Único, y es tan perfecto que no se parece a nada de lo que es y a nada de lo que no es; no puedes describirlo usando tu inteligencia humana, como si fuera alguien que se enfada si eres malo o que se ocupa de ti por bondad; alguien que tiene boca, orejas, rostro, alas, o que es espíritu, padre o hijo, ni siquiera de si mismo. Del Único no puedes decir que está o que no está, todo lo abraza pero no es nada; puedes nombrarlo Bondad, Belleza, Sabiduría, Amabilidad, Potencia, Justicia, sería lo mismo que decirle Oso, Pantera, Serpiente, Dragón o Grifo, porque, digas lo que digas al respecto, no lo expresará jamás. Dios no es cuerpo, no es figura, no es forma, no tiene cantidad, cualidad, peso o ligereza; no ve, no oye, no conoce el desorden o perturbación, no es alma, inteligencia, imaginación, opinión, pensamiento, palabra, número, orden, tamaño; no es igualdad y no es desigualdad, no es tiempo y no es eternidad, es una voluntad sin finalidad. Intenta entender, Baudolino, Dios es una lámpara sin llama, una llama sin fuego, un fuego sin calor, una luz oscura, un retumbar silencioso, un relámpago ciego, una calígine luminosísima, un rayo de la propia tiniebla, un círculo que se expande contrayéndose en el propio centro, una multiplicidad solitaria, es…es…-titubeó para encontrar un ejemplo que convenciera a ambos: ella la maestra, él el alumno-. Es un espacio que no es, donde tú y yo somos lo mismo, como hoy en este tiempo que nos discurre.
Si estas orgulloso, eres el Diablo. Si estas triste, eres su hijo. Y si te preocupas por mil cosas, eres su servidor sin descanso.”

domingo, 4 de diciembre de 2011

Felicidades a la Dra. Mariela A. Gutierrez

La Asociación Nacional de Educadores
Cubano-Americanos (NACAE)
Presentó el Premio: "Educadora del Año 2011"
A la Dra. Mariela A. Gutiérrez
CONFERENCIA: "La Poética de Ángel Cuadra: Senderos de Pasión Patria"


Las ficciones de América Latina

Por Ondina León ©

Ante la expresión “América Letrina” o “América Cretina”, que muchos utilizan en un arranque de indignación para referirse a ese vasto territorio que existe entre el Río Bravo y la Patagonia, tengo un sentimiento ambivalente. Por una parte, he de confesarlo, me siento ligeramente dolida en mi orgullo de tribu global; y por otra, experimento un regocijo risueño por lo exacto de los calificativos. Y en estos días, no he podido evitar referirme al continente como “América Letrinísima”, con un distanciamiento afectivo asombroso. Porque hay que ver a dónde ha venido a parar este gigante geopolítico con sus complejos y sus traumas, que no con sus miserias, que son políticas y no tan materiales ni económicas, luego de doscientos años de independencia de las metrópolis europeas.
A la larguísima lista de instituciones, pactos, cumbres, uniones y tratados regionales ―que no pienso enumerar porque son tantos que se atropellan en su esterilidad― ha venido a sumarse la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), que agrupa a 33 estados, excluyendo a Estados Unidos y Canadá, es decir, lo que podría ser, parafraseando aquella doctrina del siglo XIX, “Una América para los latinoamericanos”.
El engendro ha visto la luz en Caracas, Venezuela, bajo la égida del emperador Hugo Chávez, en lo que parece ser el clímax de su proyecto de expansión y conquista territorial. Al imperialismo energético chavista y sus petrodólares, que lo mismo financia narcoguerrillas que elecciones presidenciales turbias o a los chulos eunucos del Caribe, los hermanos Castro, sus amos, no le basta con tener controladas y pisoteadas sus neocolonias, Nicaragua, Bolivia y Ecuador, fundamentalmente, y ejercer una nefasta influencia sobre Argentina o la pobrecita de Honduras, sino que, en un paroxismo desenfrenado, tiene la pretensión de crear un bloque continental que se enfrente al Primer Mundo y, concretamente, a los Estados Unidos, bajo la bandera del socialismo del siglo XXI o, lo que es igual, del imperialismo castrochavista.
En semejante circo macondiano, cabe preguntarse con asombro qué hacen Chile, México y Brasil, sobre todo, en ese aquelarre de acomplejados y reyes Midas de la miseria. ¿Por solidaridad con “el bastión del antiimperialismo”? ¿Por sentimientos de culpa por su éxitos macroeconómicos? ¿Por hacerle el juego al enfermo de cáncer en sus últimas jugarretas faraónicas? ¿Realmente creen en Chávez y sus proyectos socioeconómicos Calderón, Piñera y Dilma Rousseff? ¿Y Santos, el vecino distante? No salgo de mi estupor…
En un mundo que tiende a la integración y a la globalización no sólo económica y financiera, sino también cultural, ¿por qué hay que excluir de esta comunidad a los dos únicos países auténticamente prósperos y sólidamente democráticos de América? ¿Pueden estos estados letrinoamericanos prescindir de la relación con los Estados Unidos? Y sin son tan antiamericanos, ¿por qué le siguen vendiendo miles de millones de dólares al año en petróleo y materias primas? ¿Por qué aceptan las remesas multimillonarias que envían sus ciudadanos desde “el Norte revuelto y brutal”? ¿Qué les ofrece este país a los millones de inmigrantes que salen huyendo de la América Cretina cada año? ¿Por qué compran en el coloso anglosajón alta tecnología, carros, herramientas sofisticadas y armas? ¿Podrían comprarle todo esto a China o a Irán? ¿Tal vez a los rusos? Hay algo podrido en el imperio de Chávez...
La CELAC, y el tiempo lo demostrará como ha hecho con las Cumbres Iberoamericanas, es otra ficción más de la América Letrina en su pretensión de alcanzar cierta adultez respetable, que le permita no sentir vergüenza de sí misma. Porque, ¿cómo se explica que un continente tan extremadamente rico esté aún minado de corrupción, violencia, delincuencia urbana, inseguridad, narcotráfico, populismo, miseria, caudillismo trasnochado y conflictos fronterizos? Porque la miseria está en las estructuras mentales de los latinoamericanos; en el alma colectiva lastrada de traumas y complejos; en el espíritu acomodaticio y pueblerino, que se dedica a culpar “al otro” de sus propios males y quebrantos; está en la pobreza de iniciativas; en el culto al mesianismo de los caudillos. Y esto no se resuelve de un día para otro con una pataleta “independentista”, que satanice a los Estados Unidos que, por cierto, debería aprovechar la oportunidad para ahorrarse unos cuantos millones de dólares y renunciar a su membresía en la Organización de Estados Americanos (OEA, “¡qué fea!”, según Carlos Puebla) y que el insulso de Insulza, su presidente, se las arregle como pueda, que ya bastante se ha desprestigiado. La CELAC, otra ficción de ficciones, es la última creatura de un continente descontinentado por la contingencia...

domingo, 27 de noviembre de 2011

Apostillas a la fidelidad

Por Ondina León ©

Entre los muchos temas sobre los que hubiera podido escribir este fin de semana, el de la fidelidad ha terminado por conquistar mi atención y seducir mi tiempo. Y esto, gracias a que mi amigo Josevelio Rodríguez nos ha sorprendido con la publicación en su blog de un fragmento de “Pequeño tratado de las grandes virtudes”, de André Comte-Sponville, que llegó a sus manos por cortesía de José Ríos. El asunto en sí mismo es muy polémico, porque habría que partir para desarrollarlo del concepto que cada cual pudiera tener de lo que es la fidelidad. Así que bienvenida la polémica, que nos enriquece y nos esclarece.
Personalmente creo que la inmensa mayoría de las personas tiene una definición bastante esquemática y restringida de la fidelidad en las relaciones de pareja, sobre todo por el efecto anti-dialéctico y devastador que tienen los dogmas religiosos, que nos dan a cucharadas de “aprieta y traga” desde niños, sobre los vínculos humanos que pueden establecerse a lo largo de nuestras vidas, más allá del alarido de las hormonas y de las locuras de las pasiones sexuales. Para algunas religiones organizadas y sectas el divorcio, por ejemplo, es como un pecado mortal, porque la relación de pareja, en especial el matrimonio “bendecido”, tiene que ser “hasta que la muerte nos separe”. Pero esto se decreta sin tener en cuenta que lo único eterno es el cambio y que esas personas con el paso del tiempo crecen, cambian, evolucionan o involucionan, se regeneran o se degeneran, se descubren a sí mismas y en estas acrobacias vitales pueden coger rumbos muy diferentes, que pueden ser hasta diametralmente opuestos y convertir la relación en un bonito infierno dantesco.
¿Y qué hacer entonces si se empieza a vivir o a convivir con un extraño, o peor incluso, con un ser querido, pero ajeno? Siempre me ha golpeado la cabeza la afirmación del poeta Rainer Maria Rilke, que se atrevió a definir el amor de un plumazo total: “Es un puente entre dos soledades”. ¿Será así en realidad? La soledad del ser humano es ontológica, desde muchos puntos de vista, pero nos inventamos tantos mecanismos para conjurarla que, a medida que envejecemos, podemos llegar a sentir que la soledad no existe, si nos imponemos la presencia de Dios o de treinta siglos de cultura humana; o de la familia y sus bendiciones o lastres; o si cultivamos una especial relación con la naturaleza; o si nos aferramos a un activismo social o político en aras de un orbe mejor; o cualquier vicio, saludable o no, que nos haga dependientes de otros que militan en estos despeñaderos del alma humana. Entonces, al margen de que seamos soledades errantes o no, ¿cómo preservar el puente? ¿Con una fidelidad corporal, que nos posee y esclaviza, o con una libertad ambivalente y cuestionadora?
El axioma de “Yo soy tuya y tú eres mío y nada o nadie más entre nosotros” salta por los aires y se hace añicos ante la realidad de la vida y sus “tentaciones” y “regalos” inesperados, que terminan por ser como treguas en el oasis o en el páramo de la existencia cotidiana. Porque, desde un ángulo estrictamente humano, la fidelidad no es más que una exigencia del ego. Pero no de un ego humilde y sencillo, sino de uno pretencioso y avasallador, posesivo y empobrecedor. Las personas más sabias, hombres y mujeres, que he conocido a lo largo y ancho de mi ya extensa vida, me han enseñado que el amor que no libera y permite una fidelidad a sí mismo, antes que a un pacto, contrato o presiones sociales y familiares, no es un amor verdadero, que pueda llegar a ser añejo. La fidelidad física no es garantía de una fidelidad afectiva, de esa que libera al alma con sus cadenas de terciopelo voluntariamente atadas. La fidelidad, tal vez, debería ser un estado del alma que el otro acepta humildemente de su pareja, sin la más mínima exigencia o presión; debería ser una opción de vida o una manifestación de la libertad más transparente, de la que se borda día a día sin mentiras o, quizás, con verdades inventadas, pero limpias; la fidelidad debería ser la palabra obligada que rime con felicidad, no con frustración.
En el cultivo de estas artes, me han resultado de una infinita utilidad “El arte de amar”, de Erich Fromm, un pequeño tratado lleno de sabiduría que recomiendo a todos, y como complemento a este, “Las Rubaiyyat”, del poeta persa del siglo XI Omar Khayyam, impactante libro por su belleza y su profundidad, a la vez hedonista y existencial. Porque si alguien no llega a ser fiel a sí mismo, ¿a quién pudiera serle fiel entonces? ¿Eres fiel a ti mismo? Si te eres fiel, gran virtud, entonces, nos somos fieles…

“Pequeño tratado de las grandes virtudes”


Por André Comte-Sponville
(Fragmento)

“La fidelidad en la pareja ya es otro tema. El hecho de que haya parejas que son fieles y otras que no lo son es una verdad de hecho que no parece, o no parece afectar ya, a lo esencial. Al menos si se entiende por fidelidad el uso exclusivo, mutuamente exclusivo, del cuerpo del otro. ¿Por qué sólo se va a amar a una sola persona? ¿Por qué sólo se va a desear a una sola persona? Ser fiel a las ideas que uno tiene no significa (¡menos mal!) que haya que tener sólo una; ni ser fiel en la amistad significa tener sólo un amigo. En estos ámbitos, la fidelidad no significa exclusividad. ¿Por qué se va a ser distinto en el amor? ¿En nombre de qué se pretendería el disfrute exclusivo del otro? Es posible que sea más cómodo o más seguro, más fácil de vivir y, quizá a fin de cuentas, más feliz. Es más, creo que es así mientras el amor permanece. Pero no me parece que la moral y el amor estén esencialmente vinculados a esto. Cada uno debe elegir según su fuerza o sus debilidades. Cada uno, a más bien cada pareja: la verdad es un valor más alto que la exclusividad y el amor me parece menos traicionado por el amor (por el otro amor) que por la mentira. Habrá quien piense lo contrario, quizá yo mismo en otro momento. Creo que lo esencial no es eso. Existen parejas libres que son fieles a su manera (fieles a su amor, fieles a su palabra, fieles a su libertad común…). Y también hay muchas otras, estrictamente fieles, tristemente fieles, en las que cada uno de los dos preferiría no serlo… Pero, en estos casos, no es tanto un problema de fidelidad como de celos, no es tanto un problema de amor como de sufrimiento, lo cual ya no es asunto mío. Fidelidad no es compasión. ¿Son dos virtudes? Sin duda, pero precisamente: son dos. No hacer sufrir es una cosa y no traicionar es otra, y a eso es a lo que se llama fidelidad.
Lo esencial es saber qué es lo que hace que una pareja sea una pareja. El simple encuentro sexual, aunque sea repetido, no es suficiente. Pero tampoco la simple cohabitación, aunque sea duradera. La pareja, en el sentido en que tomo la palabra, supone amor y duración. Supone por lo tanto fidelidad, puesto que el amor sólo dura a condición de prolongar la pasión (demasiado breve para hacer una pareja, suficiente para deshacerla) con la memoria y la voluntad. Eso es lo que sin duda significa el matrimonio y lo que el divorcio interrumpe. Sin embargo, una amiga mía, divorciada y vuelta a casar, me decía que de alguna manera continuaba siendo fiel a su primer marido. «Me refiero –me explicaba ella– a lo que hemos vivido juntos, a nuestra historia, a nuestro amor… No quiero renegar de todo eso.» Ninguna pareja, con mayor motivo, podría durar sin esta fidelidad, por ambas partes, a su historia común, sin esa mezcla de confianza y gratitud, por la que las parejas felices, existen algunas, resultan tan emocionantes al envejecer; más que los enamorados que comienzan, que, por lo general, no hacen otra cosa que soñar su amor. Esta fidelidad me parece preciosa, más que la otra, y esencial para la pareja. No tiene sentido quejarse de que el amor se calme o decline, que por otra parte casi siempre ocurre. Pero, aunque la pareja se separe o continúe viviendo junta, sólo continuará siendo pareja por esta fidelidad al amor recibido y dado, al amor compartido y al recuerdo voluntario y agradecido de este amor. Fidelidad es amor fiel, decía yo, y éste también existe en la pareja, aunque sea «moderna», aunque sea «libre». La fidelidad es amor mantenido de lo que ha tenido lugar, amor al amor, en este caso, amor presente (y voluntario, y voluntariamente mantenido) del amor pasado. Fidelidad es amor fiel, fiel sobre todo al amor.
¿Cómo podría jurar a alguien que le amaré siempre y que no amaré a nadie más? ¿Quién puede jurar sus sentimientos? ¿Y para qué mantener la ficción, las cargas o las exigencias cuando ya no hay amor? ¿No es suficiente razón para renegar de lo que fue o para condenarlo? ¿Es necesario que traicionemos el pasado para amar el presente? Te juro no amarte , sino ser siempre fiel a este amor que vivimos.
El amor infiel no es el amor libre: es el amor olvidadizo, el amor que reniega, el amor que olvida o detesta a lo que ha amado y que a partir de ese momento se olvida o se detesta a sí mismo. Pero ¿es amor?
Amame tanto como desees, mi amor; pero no nos olvides.”

jueves, 17 de noviembre de 2011

La Amazonía de la censura

Por Ondina León ©

Estoy estupefacta. No doy crédito a mis ojos y a mis oídos. ¿Que cierta compañía ha censurado "Una educación sexual" de Juan Abreu? No, no puede ser… ¿Que fue por razones de “política de contenidos”? ¿Pero quiénes son los inquisidores asalariados de esta empresa heredera de Torquemada? ¿En qué distante universo religioso-político orbita esta entidad cultural? Ya sabemos que la censura es una vasta (y basta) jungla que se manifiesta de mil maneras ―religiosas, políticas, financieras, sociales― en su amplio espectro camaleónico, pero quemar en las hogueras del silencio un libro que le rinde culto a la alegría de vivir, en un mundo enfermo de vacuidad, es el colmo de los colmos y una buena razón para indignarse de verdad, sin tener que amancillar las plazas con el estercolero de las imágenes del Che y esas banderitas cubanas que apestan a desastre.
¿Quién hubiera podido pensar que un sitio virtual y “virtuoso”, que comercializa tantos y tan variados libros, pudiera sonrojarse por un manual amatorio con rango de Biblia de cabecera? Porque esta sí que es una obra que, como el “Kama Sutra” o el “Ananga Ranga”, hay que consultar de vez en cuando para actualizar las alas reales de las pasiones humanas y esa energía vital divina, que se manifiesta a través del sexo, reino sagrado que Dios nos ha regalado no sólo para acometer la heroica empresa de reproducir la especie, ya demasiado abundante, sino también para rendirle culto a la libertad individual, a la comunicación más intensa en plena desnudez, a la búsqueda de la identidad, al placer natural, a la diversión, al hambre más ancestral de aventuras que justifiquen las razones para pasar por este universo. Sólo una bandada de frustrados puede rechazar una obra por “razones morales”, de esas que reducen la ética a la zona urogenital de los humanos.
En los más oscuros recodos de sus cavernas mentales anidan sabrá Dios cuántas aberraciones y perversidades, que les impiden ver la esencia luminosa de “Una educación sexual”, todo un tratado de erotismo ilustrado, que está a la altura de una de las obras más logradas de Abreu, “Diosa”, ya un clásico de la literatura erótica en español, que es además una novela de tesis que aborda el tema infinito de la libertad individual y la búsqueda de la identidad más allá de las convenciones y los esquemas sociales.
Porque si seguimos el hilo inquisitorial de estos censores, entonces habría que prohibir la comercialización y difusión de los versos de la poetisa Safo; “Dafne y Cloe” de Longo; “El Satiricón” de Petronio; “El Decamerón” de Boccaccio; “Gargantúa y Pantagruel” de François Rabelais; la obra del Marqués de Sade; “Manon Lescaut” de Prévost; “El milagro de la rosa” de Jean Genet; “Hombres sin mujer” de Carlos Montenegro; “Paradiso” de Lezama Lima y “La Habana para un infante difunto” de Cabrera Infante, por sólo citar algunos títulos “decadentes”, además de todos los libros de arte que contengan imágenes de las estatuas griegas y romanas desnudas, empezando por la “Venus de Milo”, que lleva siglos mostrándonos su perfectas tetas de diosa, para decirlo en perfecto castellano, y terminando con el “Discóbolo de Mirón”, con su delicioso trasero al aire y su anatomía que revuelve las hormonas ―o como diría una amiga mía: “Me hace la boca agua y el culo, caramelo”.
Hay que ver las barbaridades que cometen estos “civilizados” censores, ya sean curas, pastores, rabinos, imanes, líderes espirituales, políticos, policías culturales, dictadores, productores, editores y periodistas, en nombre de la pureza del alma y de las buenas costumbres y en contra del pecado, que ellos definen según sus intereses muy condicionados y condimentados por sus dogmas y prejuicios. La censura es algo que pasa todos los días y a toda hora, en cualquier latitud, pero cuando nos toca tan de cerca, en las entrañas de nuestra democracia, es como una sirena, que nos perfora el tímpano y nos hace un llamado a la reflexión. No basta que haya leyes que garanticen la libertad de expresión: hay que darles vida y color con su praxis cotidiana, desafiando los barrotes invisibles de la estulticia.
De momento, “Una educación sexual” ha recibido un buen espaldarazo, porque lo que se prohíbe seduce y despierta el morbo de acceder a él, sea como sea. Quien trata de silenciarte te engrandece. Y ya los cubanos somos graduados con honores en estos asuntos de saltar los muros de la censura y del control de la información y devorar el mundo, aun bajo la bota castrista. Así que Juan Abreu, como un buen goliardo del siglo XXI, seguirá instruyéndonos en el arte de sortear estos vericuetos del amor al amor, al placer, al sexo y a la libertad de ser. Como Dios manda en su primer mandamiento: sé dichoso: no cometas el peor de los pecados, que es ser infeliz...

sábado, 12 de noviembre de 2011

Unzueta Gallery presenta a Zoé Valdés




Polución sonora

Por Ondina León ©

Una amiga mía muy querida tiene recluida a su mamá en un asilo para ancianos y, con cierta frecuencia, vamos juntas a visitarla. Allí, la compañera de cuarto de la anciana es una señora muy mayor, que está postrada y ha perdido el contacto con la realidad (¿o lo ha recuperado de otra forma?), sin embargo, es increíble cómo canta de bien, sin olvidar las letras, cuando alguien le da la melodía o un fragmento de una canción. Así, al compás de “En el lenguaje misterioso de tus ojos, hay un tema que destaca…”, ella es capaz de cantar, desde su lecho y desde las brumas de su peculiar memoria, “Longina”, con una voz bien timbrada, audible y sin desafinar nunca. Igual sucede con cualquier otro clásico, ya sea “Capullito de alelí”, “Mariposita”, “Lágrimas negras”, “Volver”, “Uno”…
Lo que me hace concluir que la buena música se tatúa en el alma y nos acompaña en nuestro paso por el mundo hasta el último suspiro. La música, el tiempo entretejido como una filigrana de segundos únicos, nos acompaña, porque lo otro a lo que estamos sometidos es puro ruido y nos espanta: es un ametrallamiento de golpes cavernícolas a los tímpanos, que hace enloquecer al más pinto de la paloma. Las etiquetas de “música urbana”, “rap”, “reggaetón”, “hip-hop” y otras son advertencias del veneno que circula libremente por el éter.
Pero no sólo hay polución sonora en el ambiente y más “cantantes” que oyentes, sino que también, ¡horror de horrores!, hasta se premia a estos artistas de la contaminación con decibeles. Para muestra un botón: el espectáculo de los Grammy Latinos que, desde Las Vegas, se difundió anoche por la televisión. Si bien hubo premios muy merecidos para artistas de valía indiscutible, como Vicente Fernández, Amaury Gutierrez, Franco de Vita, Paquito D´Rivera, Rubén Blades, Lena Burke, Cachao (póstumo), Mercedes Sosa (póstumo) y Caetano Veloso, los otros galardones fueron diseñados para premiar la polución más letal. Porque, ¿cómo se entiende que Calle 13, ese epítome de la vulgaridad más agresiva, de la anti-música, haya tenido tantos “premios” por sus berridos y rebuznos, dizque de “compromiso social” y de “servicio a la comunidad”? ¿Y Tito, “El Bambino” ,con su pobrecita voz nasal y sus temitas cursi? ¿Y tantos otros que tuvieron el triste privilegio de pataletear sus “creaciones” y ser vistos por millones en una ordalía contra los pentagramas?
También está el caso misterioso ―que alguien me lo explique, por favor― de la multipremiada cantante colombiana Shakira, que si bien no es vulgar y es muy agradable ver cómo baila en escena, “ni canta ni come frutas” y, lo peor, no se le entiende lo que canta ni en español ni en inglés, aunque todo el mundo dice desmayarse ante la poesía de sus letras. A mí que me pongan subtítulos a ver si logro descifrar qué es lo que me quiere decir, con el perdón de los colombianos, que la han canonizado y la veneran como a un gran ídolo ―bueno, ya se sabe la necesidad patológica que tienen todos los pueblos de tener orgullo de tribu.
Es patético tener que agradecerle a un cantante que articule y proyecte la voz lo suficiente para entender la letra del tema que interpreta. ¿No se supone que esté implícita esta cortesía para con el oyente? No me acaba de convencer el principio de moda de “Música para tus ojos” ―caras bonitas, pechos prominentes o músculos torneados y mucho encuerismo seudosensual― en el que se menosprecia la razón de ser de estos intérpretes. Y no es que haya que tener voces privilegiadas y celestiales, porque ha habido y hay grandes artistas que no son ni María Callas ni Plácido Domingo, pero que saben llegar al corazón de todos y allí, aquí, enraizarse y fructificar. ¿Ejemplos? Bola de Nieve. O el mismo Caetano Veloso, que tiene un pequeño violín de oro por voz. O Serrat. No hay que tener las cuerdas vocales de Mina o de Barbra Streisand para trascender.
Y los medios de difusión masiva tienen buena parte de la culpa de esta polución sonora que ya es una pandemia, al dar por sentado que hay una fuerte demanda de estos bodrios musicales, en los que, como un síntoma inequívoco del mal, predomina lo que se ha dado en llamar “la fusión” de géneros, es decir, una mezcla amorfa de cualquier cosa, merengue, guaracha, son, pop, jazz... sin piedad ni respeto por los oídos ajenos, pero próximos del prójimo. Claro, como hay tanta improvisación y falta de talento, se es incapaz de cultivar un género con los formatos tradicionales de rigor. Se mezcla todo porque nada es fácil de interpretar para estos cantantes mudos, digo yo, a los que se les llama “fenómeno musical”, como a Chino y Nacho, y una se queda perpleja y parapléjica...
De contra, en escena, da grima ver cómo la mayoría se ha vuelto absolutamente simiesca con esos movimientos de bestias lascivas, con esos desprendimientos de pelvis en celo, que son ideales para ciertas circunstancias íntimas, pero que no son nada apropiados para las ágoras del entretenimiento. Tantos siglos de evolución humana son echados por la borda al entronizar el marginalismo, la vulgaridad, la violencia urbana, la subcultura de las drogas y los tatuajes, el vestuario enloquecido ―Lady Gaga al banquillo de los acusados…―, y todo envuelto en el celofán de la “música” y con los lazos del baile ardillesco y grosero.
¿Qué temas musicales de estos premiados se escucharán dentro de 50 años o 100? ¿Quién tendrá un espacio en la historia de la música de hoy? ¿Cuál “lírica” será digna de estudios por su poesía en el mañana? Sí, mucho dinero en compra-venta y premiecitos y jet privados para estas “estrellas”, pero, ¿y la música dónde está? O yo estoy sorda y decrépita o es que la polución sonora vende su vacío como si fuera lingotes de oro...



martes, 8 de noviembre de 2011

Palabras de mujer

Por Ondina León ©

Todos los días, pero a veces unos más que otros, me siento bendecida por Dios y acepto, con una humilde alegría, sus regalos: un día soleado y fresco; el mar encrespado y díscolo; una conversación con una vieja amiga; una noche de música, como la de este pasado sábado, 5 de noviembre, en que asistí al Teatro Artime, de Miami, donde disfruté de “Palabras de mujer, El Musical”. Un amigo, mecenas discreto que tanto ha hecho ya por Cuba y sus artistas, tuvo la cortesía de invitarme, junto a otras queridas amigas, a este espectáculo que le rendía tributo a la música del compositor mexicano Agustín Lara, justo en la víspera de cumplirse 41 años de su fallecimiento. Les juro que me sentí como la reina de la noche. ¿Qué más se podía pedir? Si el recital hubiera sido malo, tan sólo la salida en estas compañías hubiera engrandecido mi noche.

Pero la noche fue inolvidable porque “Palabras de mujer” fue un verdadero deleite, lleno de agradables sorpresas y emociones. De entrada (y por el precio de las entradas), estaba garantizado un mínimo de calidad por la participación de cantantes de la talla de Malena Burke, Xiomara Laugart, Gema Corredera y Sonia Corp. Por si fuera poco, actuaba también el cantante y actor Jorge Hernández, que encarnó magistralmente al artista mexicano, y todos bajo la dirección musical del veterano Meme Solís, un verdadero maestro de la escena cubana. La producción general y la dirección estuvieron a cargo de Félix Romeo. El elenco estrella se completó con el actor Gerardo Riverón, que ofició como hilo conductor de la dramaturgia en su papel de periodista, que va a entrevistar a Lara y que lo motiva a hacer un recuento de su convulsa vida, creativa y humana.

Acostumbrada a la típica pobreza de las puestas en escenas miamenses, más por falta de imaginación que de recursos, me sorprendió la escenografía sobria, pero funcional y apropiada a las distintas atmósferas, y el dinamismo de los cuadros que se sucedían con un bien estudiado guión. De la música y sus intérpretes, qué se pudiera decir: una excelente combinación de canciones, que han devenido clásicos populares, con poderosas y bellas voces de mujer, voces de Dios. Malena, como siempre, con su potente voz y su carisma, derrochó energía y sensualidad en cada número. Xiomara, ¿hay que repetirlo?, es una de las mejores cantantes cubanas de todos los tiempos y le tocó en suerte cantar dos de las piezas más emblemáticas de Lara, “Noche de ronda” y “Piensa en mí”; del reto salió más que airosa. Gema es una verdadera gema de versatilidad con su bellísima voz, que le dio vida, entre otras, a una composición tan difícil como “Lamento jarocho”, que conmocionó al teatro. Sonia, para mí, fue todo un descubrimiento y un placer al oído con su dulce voz que, tal vez, fue la que más evocó a las intérpretes de Lara de los años 40 y 50 del pasado siglo. Jorge Hernández, una vez más, convenció y emocionó al público con su Agustín Lara, “El Flaco de Oro”, tan soberbio y desgarrado, por momentos. Quizás el clímax de la noche fue el tema “Granada”, interpretado por las cuatro voces femeninas, en un exquisito montaje de Meme. Mención aparte merece la aparición de la bailarina Sonia Calero, invitada especial, quien a sus 75 años de edad iluminó, con su belleza y su arte, las tablas del teatro.

¿Manchas del espectáculo? ¿Lunares? Ya se sabe que estos pueden ser “marcas de belleza”, que depende de dónde estén y con qué ojos se miran. Si alguna bailarina parecía un levantador de pesas; si algún vestido era un disfraz de la Noche de brujas; si una cantante, ¡la pobre!, no sabía qué hacer con la boa que le asignaron como parte del vestuario; si otra “se perdió” varias veces en el escenario antes de cantar como los ángeles; si sonó algún celular en medio de la función, nada, absolutamente nada demerita a este espectáculo, que debería salir de gira por todo el país para que el resto de las grandes comunidades hispanas ―Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Houston, Denver…― lo puedan disfrutar plenamente, porque, ¿quién no conoce y canta las canciones de este ídolo mexicano, tan grande como José Alfredo Jiménez o Juan Gabriel?

“Palabras de mujer” es ese tipo de evento con el que una sueña siempre para Miami, donde sus hombres y mujeres de éxito, léase los “billetudos”, deberían apoyar más la cultura y el arte, que son los dos grandes bastiones en los que se preserva la identidad. Al enemigo, al totalitarismo, al desarraigo, al comercialismo embrutecedor, también se le combaten con talento, con música, con estas palabras de mujer, que son ley divina, y a las que no les hacen falta noches de plenilunio para brillar en el corazón de todos.

domingo, 6 de noviembre de 2011

La elegancia del erizo

Por Muriel Barbery
Estaba poseída. Puesto que mi hambre no podía saciarse con el juego de interacciones sociales inconcebibles para mi condición y eso no lo entendí hasta más tarde esa compasión en los ojos de mi salvadora pues ¿alguna vez se ha visto a una pobre experimentar la ebriedad del lenguaje y ejercitarse en él con los demás?- se saciaría con los libros. Por primera vez toqué uno en mi vida. Había visto a los mayores de la clase mirar en ellos invisibles rastros como si una misma fuerza los moviera a todos y sumiéndose en el silencio extraer del papel muerto algo que parecía vivo.

Aprendí a leer sin que nadie se enterara. Los demás niños seguían balbuciendo las letras cuando yo hacía -tiempo que conocía ya la solidaridad que teje entre sí los signos escritos, sus combinaciones infinitas y los sonidos maravillosos que me habían marcado en ese mismo lugar, el primer día, cuando la maestra pronunciara mi nombre. Nadie lo supo. Leí como una posesa, a escondidas primero, luego, cuando me pareció haber superado el tiempo de aprendizaje normal, a la vista de todos pero cuidándome mucho de disimular el placer y el interés que la lectura me suscitaba.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Cifras espeluznantes

Por Ondina León ©

Si existe un organismo tremendamente coprófago y parasitario sobre la faz de la Tierra, ese es, cual heces fétidas, la Organización de Naciones (Des)Unidas, la ONU. Recientemente, nuestro órgano universal provocó una buena alharaca de frivolidad, como si fuera un adolescente malcriado, con el anuncio de que el planeta alcanzaría los siete mil millones de seres. Y festinadamente salieron los galanes del chovinismos a reclamar que la cifra se habría alcanzado con uno de sus ciudadanos: que si era ruso; que si un buen filipino; que no, que no, que es un apasionado turco; que si mongol... El caso es que, sea donde sea que haya nacido esa personita, la cifra llama a la reflexión porque, ¿quién lo duda ya?, este mundo está superpoblado de seres humanos y de inhumanos problemas de toda especie.
El inconmensurable número habría sido motivo de festejo, digo yo, si se supiera a ciencia cierta que todos y cada uno de los habitantes tenemos garantizada la satisfacción plena de todas y cada una de nuestras necesidades: la alimentación balanceada, que no baleada, esa del nuevo ícono del platico con sus cuatro cuartos coloridos; ropa y zapatos, que no tienen que ser de Armani; el acceso al agua potable, sin calandracas ni amebas; la electricidad para que nos ilumine los sueños; una vivienda segura, sin hacinamientos ni promiscuidad; los libros, libretas y lápices para ser cultos y libres; la libertad de expresión; el respeto a los cultos religiosos; el derecho a viajar libremente… Pero no creo que esta civilización ―la del cable, pero que va camino de ser inalámbrica; la del culto a la imagen y a la juventud― se pueda vanagloriar de haber alcanzado un equilibrio justo en el que todos seamos hacedores de un bienestar sostenido y firme. Porque hay que ver cómo andamos girando por este sistema solar…
La cifra de los siete mil millones podría considerarse una vergüenza para la Humanidad porque seguimos reproduciéndonos, indiscriminadamente, y depredando al planeta, desangrándolo desde sus entrañas, extinguiendo otras especies, contaminando donde vivimos, generando energías asesinas y matando y matándonos en aras de ideologías y religiones organizadas, que nada tienen que ver con Dios. ¿Por qué ya no se habla de la explosión demográfica y sus efectos devastadores en el orbe? Porque no es “políticamente correcto” para los poderes establecidos ni los intereses creados de las grandes trasnacionales de las megaindustrias de la información, la guerra, las farmacéuticas o de la alimentación. Tal parece que todos necesitaran de grandes volúmenes de masas humanas para acrecentar sus ganancias y sus negocios.
Y aquí comienza y termina la complicidad universal, que también involucra a las religiones establecidas. Como la católica, porque alienta el “creced y multiplicaos”, sin anticonceptivos ni abortos, para ganar más fieles y diezmos; así, tenemos el caso paradigmático de México, a donde viajan con frecuencia los papas para estimular el crecimiento humano, que luego termina con millones de emigrados o con las muertes en la frontera con Estados Unidos, en los desiertos, de aquellos miles que huyen de la miseria y el hambre. ¿No es esto criminal, traer seres al mundo a los que luego se condena a carencias infinitas? También el islamismo es cuestionable, porque usa la reproducción descontrolada como vía para expandirse y conquistar “desde adentro” y sin armas, como está haciendo en Europa, con un macabro programa ideológico-político, más que religioso, que comienza en los guetos de las grandes ciudades y termina en los parlamentos de la democracia occidental.
La expresión “control de la natalidad” se volvió obscena en algún momento de nuestra historia reciente y ya ni siquiera se sugiere en los foros internacionales, so pena de resultar un monstruo de perversidad, que está en contra de nuestra inteligente y justa y pacífica especie. ¿Por qué? Porque nos sigue faltando un sentimiento de destino colectivo y cada país, tribu o bando tira por su lado, menospreciando a los demás. A partir de la cifra de siete mil millones de seres humanos deberíamos reflexionar sobre el destino de este planeta exhausto, que es nuestra casa, estrecha y ajena, y su futuro inmediato.
¡Ah!, pero en este mundo superpoblado también hay raras excepciones. ¿Qué les parece que Cuba es uno de los pocos países del mundo en que la población decrece año tras año, según las últimas estadísticas y cifras? ¿No es verdad que somos únicos y originales y siempre somos noticia? ¿Y qué pasa con esta “raza” que no tiene el pujante instinto de multiplicarse y expandirse? ¿Alto desarrollo socioeconómico y liberación total de la mujer? ¿A dónde fue a parar ese archipiélago que era receptor de tantos miles y miles de inmigrantes, españoles, haitianos, jamaicanos y otros? ¿Qué fenómeno nefasto tocó sus costas? ¿No se lo imaginan? El castrismo que, con su genocidio sostenido de más de medio siglo, convirtió a la “Perla de las Antillas” en la “Lela de las Boronillas”, porque eso es lo que queda en la atontada Cuba: la boronilla de un país que fue y ya no es. El sistema castrista, maquiavélicamente, ha socializado la miseria y la ha usado como una mortal arma de control, que ha generado un éxodo masivo, lustro tras lustro, con algunos picos de explosión, como Camarioca, El Mariel o la Crisis de los Balseros. Súmense los fusilados, los torturados, los desaparecidos en el Estrecho de la Florida, los suicidios y los enloquecidos y el milagro es que aún haya seres vivos allá, en la “Isla de Nadamascar”. Porque cuando un sistema de gobierno les mata a sus ciudadanos la esperanza de mejorar y de ser mejores en su propia tierra, está extinguiendo la especie, está pariendo la nada...

domingo, 30 de octubre de 2011

Elogio de la miseria castrista

Por Ondina León ©

Siempre que voy a ver una película cubana, hecha en Cuba, como en el caso de “Habanastation”, experimento una mezcla de sensaciones, cuyos ingredientes principales son la curiosidad y la emoción de reencontrarme con viejos actores y descubrir los nuevos. Porque el cine, quién lo puede negar, es un arte muy poderoso en el que se funden imágenes, palabras, música, silencios y, en el caso del cubano, por muy empañado que esté ese espejo de la realidad por la censura, las carencias y los complejos, algún trozo de verdad se filtra y llega hasta el espectador para reafirmar o desmentir sus creencias.
Después de ver “Habanastation”, dirigida por Ian Padrón, el delfín del clan de cineastas Padrón, he tenido que concluir que, si este filme es la opción propuesta para el Oscar a mejor obra extranjera, entonces el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficas (ICAIC) anda de mal en peor y no sólo por la falta de financiamiento para sus producciones, sino también por la absoluta carencia de creatividad y calidad estética. Porque, para decirlo rápido y bien, “Habanastation” es, en el mejor de los casos, una piececita muy, muy menor.
Es un filme que pretende ser lacrimógeno y lacrimoso, manipulando los sentimientos del espectador y vendiendo una imagen patética de esa “Cuba pobre, pero dignamente feliz”, que ha engendrado el castrismo durante 53 años de dictadura. Su maniqueísmo y falta de originalidad parten del viejísimo esquema dicotómico del “niño rico y el niño pobre”, príncipe y mendigo, y la transferencia de valores espirituales de uno al otro, por supuesto, del “miserable” al “poderoso”. Por suerte, los dos protagonistas son mestizos ―como mestiza es el alma de nuestra nación―, porque si el privilegiado hubiera sido blanco y el desposeído negro, entonces sí que hubiera sido el colmo del desparpajo y la manipulación, aunque en algunos pasajes aparece el tufillo del racismo, como cuando el niño pobre afirma que el padre del rico es “un mulato renegado” ¡¡¡porque no practica la santería y está casado con una rubia!!!
Desde las primeras imágenes, esas de los pioneritos con sus pañoletas rojas (¿se acuerdan de “Fresa y chocolate” y sus finales babosos) en la escuela “puestecita” y los lemas y consignas ―“¡Pioneros por el comunismo: seremos como el Che!”― y la breve, pero mortífera aparición, cual un Alfred Hitchcock tenebroso, de Carlos Alberto Cremata, el director del grupo teatral La Colmenita, ese aguijón venenoso del castrismo, una se puede decir con inquietud: “Esto pinta mal”. Luego, escena tras escena, el filme demuestra que nuestra intuición de vieja camajana no nos traicionó esta vez: la movilización popular para festejar el Primero de Mayo y defender las causas y luchas de los obreros extranjeros, que sufren el horror del capitalismo en el mundo entero; el locutor de la televisión y sus bocadillos revolucionarios solemnes ―es como si no hubiera transcurrido el tiempo ni varias generaciones y estuviera escuchando lo mismo desde 1959; las banderitas y la imagen del Che en la “Plaza de la Robolución”; el barrio marginal, favela caribeña, misérrimo, peligroso, pero pletórico de valores humanos, como la solidaridad, la dignidad humana, la caballerosidad (léase el código de honor del hampa y los maleantes) y la humildad generosa que se desborda; el folclorismo de las multitudes de negros (¿debo decir “afrocubanos”?) para seducir a las hordas de turistas extranjeros, que nos ven más como objetos sexuales que como seres humanos ―no sé (o sé muy bien) por qué siempre se empeñan en pintarnos como rumberos y santeros empedernidos ¡a todos!
Según el esquema de Padrón, los valores sólo anidan en los pobres, porque esos “ricos”, los que por ser artistas viajan al extranjero y manejan divisas y viven en Miramar y conducen carros modernos, son muy egoístas y hay que darles un baño de pueblo, mondo y lirondo, para que despierten a la vida y aprendan a ser personas. Es decir, el filme es todo un elogio de la miseria castrista, que preserva “las virtudes” y no envilece, como la vida capitalista del jazzista cubano, al parecer. Es un canto a “la miseria digna” de que hablan algunos miserables admiradores (sobre todo desde la distancia) del experimento macabro de los hermanitos Castro y su corte de viles. De contra, si bien los niños protagonistas son muy lindos, son pésimos actores y una siente todo el tiempo que están recitando, desde la epidermis, un mal guión. Y para aquellos que puedan esgrimir que la música de la película es buena y la fotografía, decente, les digo que estas aristas, tan importantes, no son la clave de un gran filme o de uno decente.
Como “opera prima” de Padrón (y pienso en la “Lucía”, de Humberto Solás) deja mucho que desear desde demasiados puntos de vista, esos que no se salvan ni con el espaldarazo del asqueroso de Michael Moore, íntimo padrino del susodicho director, que está patrocinando y empujando la obra en Estados Unidos ―¿por qué será que Dios los cría y ellos solitos, sin que el Diablo se entere, se juntan y se revuelcan? No sé, pero siento que “Habanastation” es un fraude más: sentimentaloide, cursi, procastrista, obra de séptima y no del séptimo arte. Dudo muchísimo que se gane el Oscar, pero como andan las cosas por el mundo, a lo mejor el (des)gobierno de La Habana hace lobby y convence a los jurados. Porque si bien ellos “no quieren” nada del imperio, como los Bardem y comparsa, un Oscar bien vale una misa, aunque, por favor, que no la oficie Jaimito, el cardenal (o moretón en la cara de Cuba) del castrismo.

Berta Soler planta cara al Cardenal Ortega

Tomado del Blog de la escritora Zoé Valdés.

Tal como debe ser
.Si con Laura Pollán lo tuvieron duro, con Berta Soler, después de todo lo que ha pasado, lo van a tener rudísimo. Hoy, las personas más temidas en Cuba se llaman Berta Soler, y las Damas de Blanco. Están en las calles, plantan cara con argumentos verdaderos, sin mentiras ni parloteos agónicos y lastimeros. Ángel Moya, ex preso político, se hizo eco de sus declaraciones. No sé por qué el periódico titula en general “opositores”, si han sido Berta Soler y Ángel Moya los que han hablado. Cuando hablan otros les ponen nombre y apellidos, más el cartelito “la célebre o el célebre Tal Cosa Menganita de Tal”, sin generalizar tan ‘sobriamente’. Espero que la revista Time la nombre la persona más influyente en su lista anual…

jueves, 27 de octubre de 2011

Homoerotismo a la cubana



(Sin que los cristales te corten).
Por Ondina León ©

Como ya muchos hemos podido descubrir, la lejanía entre Miami y La Habana es inconmensurable. Se podría decir que son las ciudades más distantes en nuestra apretada galaxia. Por este abismal accidente, más humano que geográfico, es que no me sorprende, aunque me encabrona, que sólo ahora es que me han hecho llegar, gracias a manos amigas, un ejemplar de "Instrucciones para cruzar el espejo", una antología de relatos homoeróticos cubanos, con selección y prólogo de Alberto Garrandés. La edición es del Instituto Cubano del Libro, Editorial Letras Cubanas, y fue impreso en la imprenta Federico Engels, en 2010. ¿Les sorprende?
En alguna medida, hay derecho a la sorpresa, sobre todo si comprobamos que, entre los 35 autores seleccionados, nos encontramos no sólo con vivos y muertos, sino también con escritores y escritoras que todavía viven ―es un decir, es una hipérbole, claro― en la isla posesa y con otros que huyeron despavoridos de ella; con autores absolutamente castristas, confesos y convictos ―Miguel Barnet, Antón Arrufat, Leonardo Padura, Senel Paz, Marilyn Bobes―, y con otros valientemente anticastristas, dentro y fuera de Castrolandia; y todos unidos por el cordón umbilical del tema de la narrativa homoerótica, en un riquísimo ajiaco de estilos y de tendencias con resultados estéticos disímiles, como se aprecia, en el que sólo se siente demasiado la ausencia del grande de Reinaldo Arenas.
¿Y qué fue lo que pasó con esta antología? ¿Un descuido de la Inquisición narcocastrista? ¿Una manifestación de apertura en la dictadura? ¿Un signo de cambio positivo o un espacio ganado a golpes de valor por “los diferentes”? Es probable que la respuesta más justa tenga de todo un poco, menos que se trate de una auténtica apertura por parte del régimen totalitario de los Castro, porque en su afán por reacomodarse y mantenerse en el poder, los ideólogos y burócratas de la cultura han ido haciendo concesiones, principalmente a la opinión pública extranjera y a los incautos, que aparenten ser giros dialécticos de cambio, cuando en realidad se trata de mínimas curitas para el alma herida de la nación y de cortinas de humo para otros males mayores, como la falta de libertades políticas y la violación institucional de los derechos humanos básicos. Porque no nos engañemos: la hija del general, Mariela Castro y su publicitado CENESEX (Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba), no ha liberado a estos seres eróticos desafiantes ―gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, travestis, “locas”, “tuercas”, y un etcétera infinito―, por llamarlos de alguna forma, que se han enfrentado al canon erótico-sexual, establecido por la sociedad occidental judeocristiana y enfatizado por la dictadura, y que viven sus vidas en resonancia con su verdadera identidad humana, al margen de la represión.
En todo caso, este bolsón de libertad individual en una dictadura ferozmente machista y racista como la de los Castro, que ha cometido tantas aberraciones ―desde la UMAP hasta los sidatorio-cárceles, pasando por las expulsiones de las escuelas y los trabajos porque alguien es “rarito”―, ha sido conquistado por ellos. Sí, por esos mismos que daban y dan más de 30 fouttés, en punta de tenis, en el portal del teatro García Lorca (el poeta hubiera aplaudido a rabiar) o deslumbraban a los transeúntes con sus grand jetés; los que inventaban y parían y siguen pariendo sus trajes, cosidos por ellos mismos, para las fiestas en “las casas en la playa”, en Guanabo o Brisas del Mar; los que, cuando hay que maquillarse para salir, se echan betún de zapatos en las pestañas y salen “soberbias y pálidas”, porque no hay miseria ni carencia que atente contra el hambre de belleza; esos que, cuando la policía los apresaba en sus carro-jaulas en Coppelia, gritaban “¡La ventanilla es mía!” o “¡Cochero, a palacio!”, mientras trataban de seducir al joven esbirro con miraditas lascivas, porque saben muy bien que él también “peca”; o aquellas que, cuando les gritan “tortilleras”, esbozan una sonrisa, dicen que sí con la cabeza y siguen camino a casa de la amiga con la frente en alto, sabiendo que “tu verdad te hará libre”. Admirables seres humanos que han definido sus cuerpos y sus identidades sexuales como reinos de libertad absoluta en medio del marasmo más absoluto, el que se extiende desde 1959.
Todos los relatos de la antología fueron escritos a partir de este año trágico, que parte la historia de Cuba en un fragmento más de absurdos y calamidades. Muy merecidamente, Virgilio Piñera, una de nuestras grandes glorias literarias, abre la edición con “Fíchenlo, si pueden”, todo un clásico, al igual que el texto de Calvert Casey, “Piazza Morgana”, rara pieza de intensidad pasional con imágenes indelebles. “¿Por qué llora Leslie Caron?”, de Roberto Uría, tiene el mérito histórico de haber reactualizado el tema de la homosexualidad, que durante tanto tiempo fue tabú en las letras cubanas, mucho antes que el mojigato y oportunista cuentecito “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, del cursi Senel Paz. Ena Lucía Portela, una de las grandes escritoras cubanas de hoy, nos entrega “En vísperas del accidente”, ambientado en Amsterdam, pero apasionadamente caribeño. En “Noche de ronda”, Ángel Santiesteban, a lo Hemingway, pinta el ambiente de virilidades ambiguas en una cárcel. Ronaldo Menéndez nos sorprende con “Factor sorpresa”, el asalto a un banco en el que los protagonistas son, pero no son lo que se sospecha que deberían ser. “El polaco”, de Rubén Rodríguez, es trágico y sugerente: ¿qué esconde la homofobia más recalcitrante? Ya se sabe…
En fin, este es un tomo en el que se reflejan, como en espejos borgianos, los rostros de los más variados especímenes humanos en busca de sus más recónditas y verdaderas identidades, las que no pueden ser aplastadas por ninguna circunstancia histórica y que perviven como manifestaciones de una cultura de resistencia, que habrá que estudiar en el futuro. Es de agradecer la labor de Garrandés y de los editores en este título, que también nos es sumamente útil para desentrañar la cubanía y el cubaneo, “sin que los cristales te corten”, como pide el antólogo: todos deberíamos leer "Instrucciones para cruzar el espejo".
Sólo unas inquietudes, que no deben restar méritos, para finalizar: ¿consultaron a los autores para que seleccionaran sus textos? ¿Les pagaron sus derechos de autor, como Dios manda? ¿Les hicieron llegar, a cada uno, algún ejemplar de cortesía, sobre todo a los exiliados en Estados Unidos (Rita Martín, Roberto Uría), en España (Ronaldo Menéndez) o en México (Odette Alonso)? Si la respuesta es no, como sospecho, a alguna de estas interrogantes elementales, entonces, al menos para la próxima, los editores deberían ser más profesionales, corteses y justos.

sábado, 22 de octubre de 2011

Un rubio peligroso

Por Ondina León ©

Un viejo amigo ―cubano, blanco y cristiano de los buenos― me confesó un día, casi con lágrimas en los ojos, que Miami lo había vuelto “racista”, que él nunca había sido así, pero que no podía evitar una especie de rabia sostenida por los incidentes cotidianos que le ocurrían. Sorprendida por su confesión, yo ―negra cubana y mujer de fe, pero anticlerical―, le pregunté el por qué de semejante aberración. Él, muy perturbado, me aclaró que sus sentimientos no tenían nada que ver con el color de la piel ni con las etnias, sino con las idiosincrasias y los traumas de muchos de nuestros “hermanos” de la América Latina, que coexistían en la Capital del Sol, amalgamados y amargados por la presencia de los cubanos. Para ayudarlo a salir de su embarazo, le dije que, tal vez, había empleado mal el término “racista” y que se trataba de otro sentimiento. Después de barajar diferentes categorías en otro intento más por “arreglar el mundo” y, sobre todo, para esclarecerlo y tranquilizarlo, llegamos a la conclusión que era como una especie de “racismo sociocultural” generado (más bien degenerado) por las otras tribus contra la tribu cubana. Y en un arranque de justicia histórica concluí, no sé si acertadamente: “El éxito siempre engendra envidias”.
Es por esta sinrazón humana que, en los últimos días, creo que ha habido una lluvia de ataques contra el senador Marco Rubio, desde diferentes parapetos, como Univisión y su patético reportaje, que intentaba amancillar su imagen, y como el Washington Post, con sus ataques erráticos de exquisiteces cronológicas de la llegada de su familia a este país. Claro, todavía nadie ha podido acusarlo de ladrón, pero me imagino que habrá un ejército de “periodistas” rebuscando en las entretelas mondongales de su pasado para ver si, al menos, alguno de sus niños se robó un caramelo de una bodega para acusarlo de desfalcar las arcas públicas.
¿Y quién duda que este político es un hombre de éxito? Es inteligente, educado, universitario, bilingüe, joven, pero con experiencia política; es un gran orador con una coherencia y una vehemencia muy respetables; es de muy buen ver, como diría mi abuela para referirse a los galanes; está casado y tiene lo que se llama “una linda familia” de cuatro hijos; es estadounidense de nacimiento, lo que lo hace “presidenciable”, pero es, ¡vade retro!, cubano. Y subrayo lo de cubano: no es “hispano” o “latino”, esas idiotas categorías de censo que empobrecen a cualquiera. Conclusión: Rubio es peligrosísimo, porque tiene futuro como un auténtico animal político. Y nada de que la política es sucia y corrupta per se: un político es un buen político, hasta que demuestre lo contrario… al margen de la envidia que genere su ascendencia y su carrera.
Sin embargo, este exitoso político es “fusilable” desde muchos ángulos y por distintas cofradías y sectas: desde la izquierda más radical y populista (no dije obamista, por favor), porque él es esencialmente conservador; desde la derecha ultraconservadora, porque es moderado; desde las filas de los demócratas, porque es republicano; desde los bastiones ortodoxos de los republicanos, porque él no es anglosajón y protestante; desde las hordas afroamericanas más feroces porque es “hispano”; desde las trincheras promiscuas de los hispanos, porque es cubano y blanco que parece europeo, lo que rompe el esquema de que hay que ser aindiado, chiquitico y feo, y tener acento “neutro”, es decir, mexicano, para ser un “digno” representante de esta “raza”; desde los bastiones de los “latinos” acomplejados y oportunistas, porque él está en contra de la inmigración ilegal ―de la que viola y requeteviola nuestras fronteras todos los días del mundo― y no se deja chantajear con el sentimentalismo barato de que “se están separando familias” y de que “todos somos iguales”, paguemos o no paguemos impuestos, digo yo. Así, ya es todo un milagro que haya llegado a senador federal de los Estados Unidos de América.
No soy pitonisa ni me gusta jugar a las predicciones, tal vez por aquel axioma lúdico que dice que “El futuro es incierto y el pasado, imprevisible”. Pero creo que hay que seguir de cerca los pasos de Marco Rubio porque “tiene futuro” y, hasta ahora, es decente, sin tener que darse golpes de pecho. En cuanto a la envidia, es una realidad con la que todos tenemos que luchar, y más si somos cubanos libres de Miami ―sin desdorar a los decentes de otras latitudes, que los hay y muchos, y a todos los cubanos dignos de la isla, que cada vez son más―, a diferentes niveles y sea cual sea nuestro estatus socioeconómico: es una cuestión de la naturaleza humana. Mientras, mi voto será para Rubio porque su plataforma política me convence y creo que es justa para este país. Aunque siempre me repito, una y otra vez, esa máxima que no sé bien de dónde saqué, pero que es saludable tener presente: “La política es el arte de elegir entre lo malo y lo peor”. A veces, de esas acrobacias kamikazes, queda algo bueno para todos…

miércoles, 19 de octubre de 2011

Los martirios de Martí

Por Ondina León ©

Decir Cuba es decir José Martí. El hombre es sinónimo de toda una nación. El alma de un pueblo se condensa en una sola voz que se escucha en todo el mundo. Sin embargo, probablemente no exista otra figura en la historia cubana que haya sido más manipulada, manoseada, falsamente venerada y ultrajada que la de este hombre breve, pero intenso. Si alguien no ha tenido paz en su tumba, ese ha sido Martí, el más desconocido de los próceres conocidos, a fuerza de ser impuesto en los catecismos cívicos de las escuelas, en bustos hidrocefálicos al sol, en imágenes tatuadas en las paredes de oficinas y despachos de líderes de dudosa reputación, en citas que salpican los más variados textos y discursos políticos, en el pan seco y duro de la historia que alimenta cada día la pesadilla que vivimos. Porque, ¿quién fue o es, en realidad, este ícono? Los pocos que lo conocen bien saben que nunca se termina de conocer, que acercarse a su obra y a su vida es una empresa infinita y que hay tantas perspectivas y opiniones como estudiosos y amantes de su universo. Los genios son así de escurridizos, ambiguos, polisémicos y conflictivos.
Para empezar a valorarlo, a primera vista, Martí es una paradoja viviente. El gestor de la cubanidad más acentuada y de un país que no existía al no ser como hipótesis, era hijo de españoles, de un valenciano y de una canaria, y vivió la mayor parte de su vida fuera de Cuba, a donde retornó después de muchos años sólo para hallar la muerte. Los dos grandes enemigos políticos de este gran hombre, paradojas de paradojas, fueron sus padres formadores: España ―la tradición cultural, la lengua, la literatura, el sentir humano― y los Estados Unidos ―la modernidad, el pragmatismo, el periodismo, la visión de futuro―; uno con sangre absolutista y otro con savia democrática; uno con un alma de mosaicos regionales y excluyentes y el otro con vocación de aldea global, lo que es hoy. Sin estos dos países, y otros tantos donde vivió, como Francia, México, Guatemala y Venezuela, Martí no hubiera llegado a ser quien fue: un hombre iluminadamente universal para su época.
Pero, ¿fue un político, que escribía como los ángeles, o un escritor, que tuvo que hacer política monda y lironda? ¿Quién fue el autor de los “Versos sencillos”, ese poemario simple y críptico a la vez? Fue poeta, filósofo, narrador, ensayista, periodista, dramaturgo, político, patriota, tal vez alcohólico, quizás drogadicto, cualquier cosa que pueda ser un hombre, como podemos comprobar, menos un militar. Su personalidad era ajena a las estructuras rígidas y violentas de los cerebros marciales. Quien es capaz de escribir apasionadamente sobre otro hombre, Ignacio Agramonte, y afirmar que “es un diamante con alma de beso”, no tiene vocación para pintar de sangre un campo de batalla, aunque lo obliguen ciertas circunstancias y ciertos caudillos soberbios. Quien recibe una bofetada de un militar en campaña es condecorado para la posteridad con la más justa de las dudas ―¿qué decían las páginas de su “Diario”, que Máximo Gómez arrancó privándonos de alguna verdad suprema? Otro enigma de nuestra historia violentamente épica, absurdamente cínica, derrochadora de testosterona.
Así, de retazos, de fragmentos dispersos de hombres, crean los pueblos los símbolos que necesitan para su ego colectivo, porque sin ellos no se puede ir conformando una identidad, al parecer. Hoy, algunos intelectuales cubanos, disidentes del culto martiano, acusan a Martí de haber creado, a partir de su empeño por la independencia de España, un monstruo de arrogancia, delirio y enajenación llamado Cuba, un país inventado y moldeado con el desapego de razas, culturas y religiones sembradas en una isla enloquecida, el reino del revés, que ha devenido paradigma de desastre socioeconómico en la América Latina y el Tercer Mundo, aunque las izquierdas antidemocráticas lo vendan como faro.
Sin embargo, si bien es cierto que Martí tuvo que aferrarse a una hipérbole de nación para sustentar su proyecto político, desafiando a los reformistas, anexionistas y a los indiferentes, que eran la gran mayoría de los “cubanos” de aquel entonces, en el siglo XIX, luego las generaciones sucesivas se han encargado de tergiversar y manipular no sólo el legado cívico y político de este auténtico padre de la patria, que ha llegado a hacer daño con su amor fundacional, sino también han pervertido la esencia del hombre que fue. Porque primero lo sacralizaron llamándolo “apóstol” y difundiendo una imagen de mártir empedernido, sin pasiones humanas ni debilidades (o virtudes, depende) ni vicios: Martí era un santo y punto. Luego, a partir de 1959, el discurso castrista y sus oradores, sin desacralizarlo, han llevado a Martí a la categoría de “héroe nacional”, de “autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada”, de “internacionalista” y de hermano ideológico de Marx, en un intento burdo por legitimar su experimento macabro con el barniz de un humanismo que sólo ha parido fusilados, torturados, desaparecidos, desterrados y mendigos en el archipiélago de la desesperación y el desasosiego, durante 53 años.
Martí se ha reducido, hasta hoy, a un puñado de aforismos para adornar discursos de las peores tribunas, en ambas orillas de la nación, y a “Los zapaticos de rosa”, para adornar el adoctrinamiento de los niños pioneritos allá; el otro Martí, vasto, complejo, culto, demiurgo de su lengua, poeta infinito y desafío intelectual, ese produce alergias en el vulgo, en el común de los mortales que se agota y se rinde con sólo mirar la colección de tomos de sus “Obras Completas” (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, por ejemplo), entre los que se destacan para un conocimiento del “otro” Martí los dedicados a sus “Cuadernos de apuntes” y los “Fragmentos”, en los que se descubre a un hombre desnudo en su frágil vitalidad, uno que confiesa: “Yo: esto es: una personalidad briosa e impotente, libérrima y esclava, nobilísima y miserable, divina y humanísima, delicada y grosera, noche y luz. Esto soy yo. Esto es cada alma. Esto es cada hombre. Entremos en esto”. Entremos en Martí, entonces, y dejemos de martirizarlo con nuestra pobreza de espíritu y nuestra frustración como pueblo.