lunes, 19 de mayo de 2014

¿Qué nos pasó?

Por Ondina León©

Se quiera o no, el pasado siempre está presente. Se quiera o no, el pasado, que siempre estamos descubriendo como un continente infinito, nos condiciona el futuro que siempre es incierto y, en algunos casos, abismalmente verídico.

Una amiga me envía una colección de fotos, en blanco y negro, de la Cuba anterior a 1959, año del accidente perpetuo. Casi todas son de las décadas de 1940 y 1950, y la mayoría de La Habana, la que alguna vez fue llamada “La Ciudad de las Columnas” y que hoy, con absoluta y triste tranquilidad, podríamos llamar “La Ciudad de los Derrumbes”. Desde la pantalla de mi computadora, hojeo y ojeo, una y otra vez, el álbum de fotos en el que, como en el conocido texto martiano, la historia del hombre está contada por sus casas, por sus edificaciones: la sede del “Diario de La Marina”, en Prado y Teniente Rey, frente a las escalinatas del Capitolio Nacional; el aeropuerto de Rancho Boyeros; las instalaciones de la playa “La Concha”; “Radiocentro” y la CMQ, semillas fructuosas de la televisión en América Latina; las bodegas abarrotadas de productos; el famoso cabaret “Tropicana”, bajo las estrellas de la noche tropical; las enormes y elegantes tiendas por departamentos “El Encanto” y “Flogar”; los suntuosos hoteles “Riviera” y “Habana Hilton”; las calles saturadas de autobuses, carros modernos y personas bien vestidas; el edificio del retiro odontológico; la calle Línea, en el modernísimo “El Vedado”; los túneles de la bahía de La Habana y el de Miramar; los teatros “Payret” y “Rodi”; el aristocrático hotel “Nacional”; el hospital “La Benéfica”; la Plaza Cívica con sus edificios gubernamentales, el palacio de justicia, el monumento a José Martí y el Teatro Nacional; por haber, hay hasta dos fotos emblemáticas, una del diseñador francés Christian Dior, en la capital de Cuba, y otra de Alicia Alonso, bailando en 1956. Todas, absolutamente todas las imágenes exudan prosperidad, pujanza económica, desarrollo, bienestar y alegría de vivir: aquel país no era el Paraíso, pero al menos parecía ser o intentaba ser un boceto de la mejor utopía socio-económica para una nación. Porque no sólo esa prosperidad se daba en La Habana, sino también en Matanzas, llamada “La Atenas de Cuba”; en Santiago, en Cienfuegos, “La Perla del Sur”; en Camagüey... La isla estaba sembrada de centrales azucareros, de fábricas, de campos de tabaco, de fincas ganaderas, de escuelas rurales, de hoteles y casinos, de esperanzas de mejoría. Estábamos muy bien, entonces, pero queríamos estar mejor, ¿no? Hojeo y ojeo y la pregunta me abofetea, como un insulto a media noche: “¿Qué nos pasó?”. ¿Cómo hemos podido caer tan bajo y tan atrás?

Porque el llamado “Milagro Cubano” nació en tan sólo unos 57 años, desde el 20 de mayo de 1902, en que se izó por primera vez la bandera de la República de Cuba, en el Castillo de El Morro, hasta aquel enero de 1959, en el que se creyó que nos habíamos liberado de una dictadura, la del general Batista, y que comenzaba una nueva era de más prosperidad, pero con justicia y democracia. Surgida de sus ruinas por las guerras independentistas, la nueva nación, en la primera mitad del siglo XX, asimiló a más de un millón de inmigrantes (¡una isla pequeña!), creó una extendida red de carreteras, ferrocarriles y acueductos y hasta se dice que implantó, en 1940, la Constitución más moderna y justa de todo el continente americano. 

Hoy, el contraste no puede ser más marcado bajo la rancia dictadura castrista que, entre sus logros más sobresalientes, tiene una panorama desolador de familias divididas, millones de exiliados y emigrantes, miles de torturados, presos y muertos, una economía destruida (¡hasta sin azúcar!) y unas ciudades ruinosas, en las que sólo crece el marginalismo, la prostitución y la miseria. “¿Qué nos pasó?”, me repito hasta el delirio.

Ante la pregunta fatal, hay infinitas respuestas de muy variado talante. Unos dicen que este marasmo es porque el emperador Castro I engañó al pueblo para poder implantar su desgobierno como si “ese” pueblo no hubiera sabido quién era aquel pandillero armado. Otros afirman que la culpa es de la prensa y de los medios de comunicación, de aquella Cuba y de aquel Estados Unidos, que entretejieron la leyenda del Robin Hood cubano en la Sierra Maestra, luchando por los pobres de la tierra; sobre todo, el dedo acusador apunta al periodista Herbert Mathews, del “The New York Times”, y a Miguel Ángel Quevedo, propietario y editor del semanario “Bohemia” todos deberíamos conocer, leer y estudiar la carta que dejó antes de suicidarse, en 1969. Hay quienes vociferan que la responsabilidad es de los Estados Unidos, que no nos liberó a tiempo del comunismo, y negoció a solas con la Unión Soviética, en el marco de la Guerra Fría, y “nos vendió” ¿es que no éramos un estado “libre y soberano”?; ¿por qué otro país tenía que determinar nuestro destino?. Otros especulan que es una cuestión de fatalismo genético, por la mezcolanza de etnias europeas y africanas de séptima, y que Cuba debería llegar hasta Camagüey, cercenar la parte de Oriente, desde donde salen todos los males del país, como el caudillismo, el machismo y la incultura. También están los que creen que se trata de un karma colectivo, de una tragedia predeterminada por la astrología, porque por la isla pasa un eje místico-energético que nos condiciona al fracaso y nos empuja al mal. Otros dicen que estamos pagando ahora, y por estos últimos 55 años, toda la soberbia, la arrogancia, la violencia, el racismo, la envidia, el individualismo y la pestilencia de un pensamiento mágico absolutamente errado, que llevamos en nuestra sangre absolutista y de extremos. ¿Será cierto?
Como suele sucedernos (¡perdón por la generalización!), a grandes y complejos males terminamos buscándole explicaciones simples y simplistas, nada convincentes, caricaturescas, que tal vez tengan su porciento de verdad, pero que son muy parciales. Y, sobre todo, en este paroxismo nunca nos proponemos unas verdaderas soluciones para arrancar de raíz el mal, que ya sabemos dolorosamente cuál es. ¿Habremos aprendido algo de esta etapa histórica? ¿Realmente existimos como pueblo o esta guerra civil, que hemos desatado contra nosotros mismos en un arranque suicida, ya nos extinguió? Porque cada vez mengua más la población en la isla; cada vez estamos más atomizados por los cuatro puntos cardinales; cada vez más se nos diluye eso que llaman “identidad” en otras almas colectivas ajenas…

Alguien, entonces, puede responderme: “¿Qué nos pasó?”. O mejor, incluso, reformulo la pregunta: “¿Qué nos está pasando todavía?”. Y… ¿hasta cuándo?
Este otro 20 de mayo, le vuelvo a poner un crespón negro a la bandera cubana y la entierro sin lágrimas.

domingo, 4 de mayo de 2014

Virtuosa inmoralidad


Por Ondina León©

El mundo anda muy mal o yo estoy rotundamente equivocada en esta vida ya larga que me ha tocado vivir. Parece que la muerte concede virtudes festinadamente o que, en el momento postrero, se juzga de una manera muy alejada de la de Dios. Los titulares son realmente patéticos, por no decir grotescos: se ha muerto el músico Juan Formell, “Cuba llora” y las multitudes acuden a sus funerales, mientras lo canonizan, tanto las autoridades oficiales de la dictadura, a las que tan bien sirvió, como el vulgo, “municipal y espeso”, que bailó y se enajenó con su música, mientras sus estómagos vacíos rugían de hambre y soñaban con huir de la isla posesa. Ahora la mayoría de los cubanos, siempre olvidadiza e inmoral, plañe por la pérdida de uno de sus “grandes” y hasta lo empieza a comparar con ¡Ernesto Lecuona y  Benny Moré! 
 
En un aparente afán justiciero, algunos se desgarran las vestiduras clamando que Formell era “sólo” un artista, que regaló alegría de vivir durante 45 años con su orquesta “Los Van Van”, por todo el territorio nacional (léase el Gulag Castrista) y por todo el mundo, bañándonos de gloria a todos los que pertenecemos a una tribu llamada Cuba, la mejor de las mejores.


Pero este mismo artista fue también un instrumento diligente del sistema de patologías que es nuestra nación desde (¿se acuerdan?) 55 años. Formell, al margen de sus talentos, tuvo una exitosa carrera como músico porque supo muy bien crear temas (algunos hasta racistas, como “La Habana no aguanta más”) para ser tocados en las tribunas “antiimperialistas” de Castro I y Castro II; en festividades de los macabros CDR, bastión de la chivatería y la envidia; en los feriados por el 26 de julio, fecha trágica y sangrienta, que se celebra aberrantemente; en actos de su Partido Comunista de Cuba, PCC, camarilla castrista, en el que militaba como político y funcionario; en los escenarios de Europa y América en los que él y su orquesta representaban los “éxitos de la Revolución”. 


¿Se acuerdan de cuando firmó la carta apoyando los fusilamientos de los jóvenes negros, que intentaron huir de su “Paraíso”, en el año 2003? Lo recuerdo paseando por Miami, arrogante y veleidoso, afirmando que en Cuba no hay presos políticos (¿ni Damas de Blanco apaleadas?), pero en Estados Unidos sí. Como le sirvió muy bien a la dictadura, en sus funerales, en el vestíbulo del Teatro Nacional, hubo ofrendas florales de los generales Castro, los verdugos de su pueblo, y declaraciones lacrimógenas de esbirros, como Miguel Díaz-Canel y Miguel Barnet, esa vergüenza de la “cultura” oficial y oficialista, castrante y aburrida.


Si, ni que Dios lo quiera, mañana fallecen Amaury Gutiérrez, Willy Chirino o Albita Rodríguez, estoy absolutamente convencida de que no tendrán en sus funerales ofrendas de esos delincuentes con charreteras o corbatas, como se puede esperar. Ya lo vimos con la muerte de Celia Cruz, auténtica gloria de Cuba y mujer decentísima, que jamás comulgó con la dictadura, y que se fue de este mundo sin poder regresar a su isla y sin que su música fuera patrimonio real de sus compatriotas, atrapados en el feudo castrista.


Por suerte o por desgracia, cuando de Cuba se trata, desde el siglo XIX, todo, absolutamente todo, se embarra de política, se contamina y se amalgama con nuestras peores carencias como pueblo, entre las que está, no cabe duda, la capacidad de discernir con ética. En este sentido, nuestra esquizofrenia no tiene límites ni parangón en la historia y por esto, a veces, somos juzgados implacablemente por nuestros hermanos de América Latina, que tratan de entender nuestro fenómeno y no llegan ni a esclarecerse en algún punto. Como vociferaba una “hermana” de la isla de Puerto Rico, que con Cuba es ala de un mismo pájaro, según la poetisa Lola Rodríguez de Tió, “¡Pero si Formell es sólo un músico!”. Sí, hija mía, pero también fue un hombre, un ciudadano al que hay que juzgar por sus complicidades con el desastre cubano, este que es historia viva entre ruinas, no pasado distante. ¿Podrá Formell descansar en paz? No sé: que Dios decida.


 

viernes, 7 de marzo de 2014

Venezuela, el tiempo es tu peor enemigo.






   A nuestros dictadores comunistas de América Latina, que se autodenominan como "socialistas", únicamente se les saca del poder con fuego. Esa es una premisa que Fidel Castro y Augusto Pinochet, indirectamente nos han enseñado a todos. 

  Para la gente pacifista, esto es muy difícil de aceptar, lo se, es una abominación, pero no se puede ignorar que esa  es la condición que estos enemigos de la democracia nos imponen como un reto inevitable, porque son violentos, porque son corruptos y saben que no se libraran de la justicia cuando sean descubiertos.

  Ellos no entienden de diálogo; ellos dialogarán cualquier tema menos dejar el poder, y en cualquier acuerdo, ellos harán lo que les de la gana.

   Las manifestaciones, la propaganda por las redes sociales, los foros internacionales, etc., eso trabaja muy bien para llamar la atención nacional e internacional, sin embargo, no esperes nada más allá de eso; esta situación es más seria que toda esa farándula. Tarde o temprano se impondrán los toques de queda, y recogerán de la calle a la mayor cantidad de líderes opositores.

   Las sanciones políticas o económicas internacionales, más que perjudicarles, les conviene, - Cuba es un buen ejemplo- pues ofrecen avales para esquivar la ineficacia de sus gobiernos, culpando a otras naciones o elementos externos de los errores, escudados entonces en no permitir la injerencia extranjera en los asuntos del país. Ellos son genios en la manipulación social, además, los funcionarios del gobierno y los militares, no pasarán necesidades. 

   Las organizaciones internacionales son en su mayoría corruptas y fáciles de comprar, Venezuela, no esperes nada de ninguna de ellas, son todas hipócritas. 

   Amordazada la prensa, comprados y adoctrinados los militares, los pueblos así, están por su cuenta en el mundo. De hecho, Venezuela tiene muy poco tiempo, pues cuando sean desarmados por el gobierno comunista, solo te quedará emigrar, quedarte y vivir tu vida con la cabeza pisada, ser actores, tener doble cara, y así sucesivamente. Inclusive, si eres creyente, tu fe será probada, porque hasta la voluntad de Dios parecerá que se encuentra de parte de ellos.

   Estos socialismos basados en el comunismo, no son otra cosa que un grupo de pandilleros, que por medio de la democracia y su libre estructura, utilizan un partido político para manipular el populismo, hasta llegar al poder. Luego por medios fraudulentos, logran mantenerse en el gobierno, entre tanto, van enmendando la constitución hasta convertirse en los intocables. 

   Esta nueva burguesía de delincuentes, logran sus bienes económicos, decomisando lo que no han trabajado, eliminando la propiedad privada y expropiando lo que no es de ellos. Son unos ladrones que reparten lo que sobra, y cada vez va a sobrar menos. En el intermedio, entretienen al pueblo con adoctrinamiento y consignas nacionalistas. Abajo esto, arriba aquello, muera tal cosa, viva la otra. Ya los conocemos. 
RDT

lunes, 3 de marzo de 2014

Entre palomas y pioneritos.

Por Ondina León ©

Este año ha comenzado en la isla posesa de Cuba con varios temblores, unos de tierra, que por fortuna no devastaron la devastación, y otros socioculturales, como el estreno de la película “Conducta”, que dicen que ya se ha convertido en todo un fenómeno y éxito de taquilla, con cines abarrotados en los que el público aplaude, llora, se ríe y sale de la sala oscura a la oscuridad de la realidad con cierta sensación de catarsis y, a lo mejor, de cierta esperanza, nada real, pero confortable: mientras haya amor, la “patria” sigue viva . 
Producida, patrocinada, promovida y bendecida por el Ministerio de Cultura del gobierno castrista, por el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos, ICAIC, también de la dictadura, y otras entidades estatales, gubernamentales y educacionales, y con el apoyo de personalidades políticas, como Abel Prieto, exministro de cultura y eminencia gris de la intelectualidad castrista, se puede afirmar, sin temor a equívocos, que este es un filme oficial y oficialista, de punta a punta, pese a los arropes de la popularidad. 
Pero, ¿a qué se debe su éxito, entonces, entre las masas de cubanos hambrientos de un verdadero espejo artístico, que les revele su propia cara? “Conducta” está llena de fórmulas y mecanismos probados, sutiles y obvios, para seducir al espectador y arrastrarlo a un éxtasis sentimental, a una vorágine afectiva en la que cualquier intento de aproximación racional al producto artístico termina siendo un insulto para los creadores y un desmerito para el que intenta criticar de buena fe. 
Para empezar, sus protagonistas indiscutibles son los niños, los pioneritos que vociferan, día a día, en los matutinos “Pioneros por el comunismo: seremos como el Che”, aun con sus estómagos vacíos y los zapatos rotos. Los niños siempre inspiran ternura y sus dramas, solidaridad. Igualmente, la vieja maestra de escuela primaria, que sobrevive a un infarto cardíaco y a la soledad, porque su familia más cercana huyó del país, es la estrella matriarcal, como una Mariana Grajales que en lugar de enviar a sus hijos a los campos de batalla, lo que hace es tratar de rescatarlos de las fauces de la realidad, que los devora con sus injusticias. Los ancianos siempre arrancan lágrimas de emoción. 
Los niños y una anciana, pero no unos cualesquiera: el protagonista, “Chala”, es un rebelde con causa, que lucha para mantenerse y sostener a su madre que, por supuesto, tenía que ser alcohólica, drogadicta, promiscua y enajenada; el niño de 11 o 12 años es el que busca el dinero para pagar hasta las facturas de la luz, amén de los alimentos terrestres. Este buscón aguerrido, este pícaro bello, tierno y feroz, por supuesto, se gana la vida (o ese esbozo de vida) con cambalaches ilegales, como la cría de perros para peleas, y la crianza de palomas, que vende hasta en veinticinco dólares, no sé si para trabajos de brujería, tan de moda en Cuba, o para sopas de enfermos. Su Dulcinea es una aplicada niña del Oriente, de Holguín, lo que se llama “una palestina”, una ilegal en la Ciudad de los Derrumbes, La Habana —tan vana y tan villana—, y por lo tanto “deportable” debido a las leyes castristas imperantes, que hace cumplir la policía, integrada, ironías de ironías, en su mayoría, por esos mismos “palestinos”, que expresamente han sido desplegados en la decadente capital de la nación, azuzando los regionalismos y el racismo cubanos.  
A estos ingredientes que garantizan el componente lacrimógeno del filme hay que sumar otros, igualmente eficaces para encantar a las masas: los burócratas y funcionarios insensibles y ortodoxos, los llamados “cuadrados”; la amenaza de internar al niño en una escuela de rehabilitación de conducta debido a sus actividades “delictivas”; el horror de deportar a la niña con su padre, hermoso y trabajador, a su lugar de origen, Holguín; algunas frasecitas “críticas”, como el dardo dirigido a los veteranos “dirigentes” del gobierno —¡claro que no podían decir dictadores militares que llevan 55 años en el poder!—; un compañerito de clases, llamado “Camilo” (como aquel Cienfuegos que desapareció en el mar), enfermo e ingresado en un hospital, y que fallece; una estampita de la Patrona de Cuba, La Virgen de la Caridad del Cobre, que la niña protagonista coloca en el mural de la escuela y que desata un conflicto “ideológico” de grandes proporciones entre los maestros y burócratas de la educación, a pesar de que la propia directora del plantel se confiesa santera; la “tragedia” de que “Chala” no sabe quién es su padre y la sospecha de que pudiera serlo su compinche de fechorías con los perros de pelea, un joven también bello y repulsivo, pesado y áspero, pero que le paga en efectivo sus servicios; el “rechazo” de la damita principal al galancito y su negativa a ser su novia, aunque después sucumbe al “gallito”, al asere vulgarote y mal hablado, que le regala un abanico para sus clases de flamenco: bien entretejidos, todos estos elementos van conformando un melodrama que nos agarra por el cuello, nos corta las respiración y nos hace llorar sí o sí, en la butaca de las pasiones desatadas de los cines. 
En cuanto a factura en sí, la película cuenta con una excelente fotografía de Alejandro Pérez, que muestra todo el esplendor de la miseria habanera (perdón por la paradoja), que dinamita al discurso oficial con imágenes de las ruinas creadas por la dictadura perpetua de los Castro y subvierte los llamados logros de revolución. No hay en Cuba arma más peligrosa que una cámara, porque esta es capaz de denunciar el genocidio con sólo pasear por los horizontes urbanos, sin que haya palabra de por medio. La música es apropiada y subraya la intensidad dramática de ciertas escenas. Las actuaciones en su mayoría son convincentes, orgánicas, en especial la de “Carmela”, la actriz Alina  Rodríguez, y la de “Chala”, el niño Armando Valdés Freyre, que tiene un futuro luminoso en las artes dramáticas. 
¿Mi conclusión? “Conducta” es el filme que necesitaba el castrismo en esta etapa de supuestas reformas, de “apertura”, en este desliz de “humanización” en que el gobierno le financia operaciones de cambio de sexo a ciertas personas (lo que me parece bien), aunque se sigue reprimiendo salvajemente a los disidentes y a la oposición política; en esta hora en que ¡ya! se puede viajar al exterior (si tienes el dinero, claro) sin un humillante permiso de salida otorgado por el régimen, pero no hay libertad de expresión; en este momento en que “todo marcha bien con los cambios” del raulismo ligero y hasta The New York Times se entusiasma, sin embargo,  la educación y la salud están en bancarrota total e irreversible: ni luz ni agua ni caminos… 
En una nación arrasada moral y materialmente, donde impera la vulgaridad y la falta de modales, donde la población decrece y el sueño final de todo joven es escapar, huir de la pesadilla, “Conducta” viene a decir que no todo está perdido, que el amor salva, que los maestros deben volver a sus aulas y educar con ternura, que no todo marginal es un delincuente y que hay esperanzas permaneciendo en el marasmo. 

Visto así, “Conducta” es la película que se merecen las masas cubanas, tan pasivas, tan teatralmente sentimentaloides, que no sentimentales, tan poseídas por la desidia, tan idiotizadas por 55 años de dictadura castrista. Nada, que entre palomas y pioneritos, Ernesto Daranas, el director y guionista de esta obra fílmica, nos quiere hacer creer que la vida vive en la isla, pese a todo. No por gusto hay una avalancha de altos funcionarios y ministros castristas, obispos, jineteras y obreros aplaudiendo el filme de pie, apoyados con firmeza sobre las ruinas que ellos mismos han creado y siguen pariendo, minuto a minuto, sin azúcar y sin tabaco, sin patria y sin país. 

sábado, 22 de febrero de 2014

Maduro, el podrido.

Por Ondina León ©

Los acontecimientos que se han venido sucediendo durante estos días de febrero, en Venezuela, son realmente trágicos, pero esperados: la realidad del país era una bomba de tiempo que debía estallar a corto plazo, y lo ha hecho. A cualquiera se le hace la cabeza agua pensando en cómo una nación tan grande y rica puede tener tan serios problemas económicos y sociales, tanta pobreza y tanta inseguridad, tanta violencia y tanta pérdida de valores, y un gobierno tan criminal. 
Antes de la llegada del chavismo, hace ya 15 años, había problemas, como pobreza, corrupción, injusticias y miles de traumas más, totalmente injustificados en un país como ese, pero, al menos, parecía que había condiciones e instituciones para gestionar cambios y mejoras con cierta estabilidad política y social. Pero los pueblos no escarmientan por cabeza ajena, se impacientan y creen en soluciones rápidas y definitivas; las masas engendran la necesidad de un gran líder salvador y lo canonizan en su afán de dar el gran salto a la prosperidad y a la felicidad, y es aquí donde se cavan su propia tumba. 
Con el acto de entronizar a un militar golpista y mesiánico, de un “elegido” (por la dictadura de los números en las urnas), de un líder carismático con su varita mágica para solucionarlo todo, Hugo Chávez, y que además cerró filas con la “ideología” de la dictadura más rancia de América Latina, el castrismo, todo se empeoró en Venezuela. El país se ha venido polarizando, fragmentando y atomizando fundamentalmente entre los que han sido “beneficiados” o comprados por el chavismo y los que se han visto perjudicados y avasallados por su esencia, que es absolutista y antidemocrática, sin lugar a dudas. 
Porque si algo ha demostrado el castro-estalinismo es que, donde quiera que planta su bota, siembra la discordia, la miseria y la represión, la tortura y la muerte de los derechos del individuo y de la sociedad civil. Y el caso de Venezuela no es el primero. Hay que tener siempre muy presente la triste historia de Chile, donde el miserable presidente Salvador Allende le entregó el país a los Castro y provocó una reacción extrema de la sociedad y el ejército, que tuvo que intervenir para arrancar la raíz del mal a un costo de muchas vidas y traumas, que aún persisten. 
El gran caudillo de Chávez murió (no así el chavismo), pero antes designó, con el sucio dedo de su testosterona sangrienta, a su delfín, a su heredero político, a Nicolás Maduro, obviamente un mastodonte oligofrénico, pero que exactamente es el hombre de La Habana. Que no por gusto fue “educado”, entrenado y programado, ya desde la década de los años 80, en las escuelas del Partido Comunista de Cuba y en los centros de entrenamiento de la Seguridad del Estado y la Inteligencia Militar de la isla. 
A Maduro no le hace falta ser inteligente ni culto ni estadista: es el peón perfecto que necesita el castrismo para explotar a su colonia, Venezuela. A los historiadores del futuro cercano les tocará estudiar con rigor este caso único en la historia moderna en que un país paupérrimo y pequeño, con un sistema de patologías, como Cuba, conquista, coloniza y expolia a una nación democrática, grande y rica, como Venezuela. La aberración histórica es más que evidente y se entronca con los sueños imperialistas del emperador Castro I, que ha realizado con cierta gloria su gris sucesor Castro II, al extender sus tentáculos macabros por varios países de América Latina, que han sucumbido al imperialismo energético chavista, como Ecuador, Bolivia, Nicaragua y hasta la “blanca y culta” de la Argentina, donde el chavismo también financió la elección de su actual “presidenta”, la histérica y errática (pero plutócrata) Cristinita Fernández. 
¿Qué pasará en Venezuela? No creo que nadie se atreva a dar un diagnóstico o un pronóstico a corto plazo porque hay que contar con numerosos factores, como el ejército y el papel que pueda desempeñar en relación con el gobierno. Tras la brutal represión del régimen de Maduro-“Maburro”, a coces limpias, como era de esperar de un gobierno castro-estalinista, que usa el terrorismo de estado con sus pandillas paramilitares y lanza a las calles sus tanques y helicópteros artillados; luego de la cifra siempre ascendente de muertos, heridos, torturados y detenidos, sobre todo de estudiantes, que han llevado la voz cantante en las protestas que piden libertad, seguridad, alimentos y democracia; luego del encarcelamiento del líder opositor Leopoldo López (su imagen a los pies de la estatua de nuestro José Martí, en Caracas, es todo un símbolo), mucho más cojonudo que el timorato de Henrique Capriles, que cree en la limpieza de las elecciones presidenciales que orquesta el castrismo; después de la pasividad de las instituciones latinoamericanas, incluida la OEA y el insulso de José Miguel Insulza, su secretario general, que siempre se parcializa a favor de lo peor y de la izquierda antidemocrática del continente, sólo nos queda rezar para que no haya más muertos. Pero también nos queda pedirle a Dios que le dé fuerzas y lucidez al pueblo de Venezuela para que siga su lucha, porque sólo ellos serán capaces de liberarse de esta dictadura castro-estalinista, que encarna el genocida de Maduro, al que hay que juzgar y condenar a muerte. 

Mientras, toda mi admiración y respeto por esta nación que tiene hambre de libertad y que no está dispuesta a estar encadenada por 55 años, como lo estamos aún los cubanos. ¡Gracias, Venezuela!

sábado, 15 de febrero de 2014

La coartada del fracaso.

Por Ondina León ©

“Hay tres clases de mentiras: la mentira, la maldita mentira y las estadísticas”, según Mark Twain, ese exitoso fracasado de la literatura y el periodismo estadounidenses. Si estamos de acuerdo con él, entonces no hay por qué ofenderse o indignarse cuando los medios de confusión, es decir, la televisión, la prensa escrita y demás junglas de la modernidad virtual anuncian, a bombo y platillo, que una encuesta realizada, por una institución con un pomposo nombre en inglés, entre los “exiliados” cubanos de Miami y los estadounidenses, arrojó que la mayoría está a favor de “la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos”, que “el embargo norteamericano contra la isla ha fracasado” y que “hay que cambiar de rumbo en las relaciones”. 
¿Alguna sorpresa? Sean o no ciertos estos resultados, la realidad es que cualquiera pudiera creer que hay como especie de una epidemia de euforia, incluso entre “respetables” empresarios capitalistas, a favor de amamantar, fuera del clóset, a las ya añejísimas fauces del castrismo, que siguen festinadamente destrozando lo que queda de un accidente histórico llamado Cuba. 
Estos aupadores de la llamada “actualización del sistema cubano”, léase reacomodo de cargas de la dictadura mafioso-castrista, se rasgan las vestiduras vociferando que el embargo ha fracasado, pero, según se mire, este ha sido todo un éxito, porque es aún el mejor pretexto que justifica todos y cada uno de los naufragios económicos y sociales del castrismo. A fuerza de repetir este axioma, prácticamente el mundo entero cree que la nación está devastada por culpa de este “criminal” embargo y no gracias al arte de hacer ruinas de los experimentos macabros de un régimen absolutamente genocida y parásito, que ha diezmado y diezma lo mismo las arcas del imperio ruso que los pozos del petróleo venezolano.
¿Embargo? ¿Pero no ha logrado el capital estadounidense posicionarse como uno de los grandes socios comerciales del castrismo invocando “razones humanitarias”? ¿No le paga Cuba, en efectivo y por adelantado, las facturas de alimentos? ¿Cuántos miles de millones de dólares recibe la dictadura de los emperadores Castro en forma de remesas de todas partes del mundo? Y sabrá Dios todo lo que hay por debajo de la mesa y que todavía no ha salido a la luz pública. 
Entonces, de acuerdo, el embargo fracasó, pero, ¿alguien puede mostrarme los éxitos del llamado “diálogo”, ya sea entre los exiliados y la mafia castrista o entre el gobierno estadounidense de turno y las “autoridades” de la isla? ¿Ya no se violan los derechos humanos en Cuba? ¿Ha habido elecciones libres? ¿La patria potestad ha vuelto a ser una realidad? ¿Hay libertad de expresión? ¿Cuáles son los éxitos del “diálogo”, ese monólogo sostenido del castrismo por 55 años? Bueno, sí, Estados Unidos tiene la ilusión de que el éxodo de cubanos a su territorio está bajo control… El señor James Carter visitó Cuba y hasta habló en la Universidad de La Habana… Un tal Gutiérrez Menoyo, dizque opositor de los Castro, logró “abrir” una sede de su partido unívoco en La Habana… Y los vuelos entre los dos países son cada día más numerosos y los pasajes cada vez más estratoféricos: ganancias netas para todos. Porque, bien visto, todo parece indicar que el masoquismo antropológico del cubano se ha aplacado con el tema de los viajes de ida y vuelta y el relajo del “intercambio cultural” y el maniculiteteo del “contacto de pueblo a pueblo”. 
¡Qué maravilla! ¡Pobre Cuba, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! Porque el más obsceno pragmatismo se ha ido imponiendo en los últimos años y, sin sorpresas, sin ninguna ética. Y aquellas lluvias ácidas trajeron estos lodos pestilentes, que no son nada propicios para que explote una auténtica primavera de resurrección nacional, con justicia y ética. 
El panorama es desolador. Lo que le mostramos al mundo es un país arrasado moralmente donde prolifera no ya la “doble moral”, sino la más rapaz inmoralidad, la hipocresía, el cinismo, la vulgaridad. En la isla posesa no hay una cultura de la libertad que engendre una necesidad imperiosa de cambios radicales. La disidencia es abrumadoramente minoritaria y, salvo honrosas excepciones, cada día es más ligera, más de salón, más viajera, más conformista con las migajitas de normalidad que desgrana perezosamente el castrismo para seguir reinando, incluso sin los Castro, que para algo son casta. 

El individualismo acerado del cubano, escoltado por su proverbial esquizofrenia y su arrogante pensamiento mágico paridor de monstruos, no ha hecho más que confirmar que no existe un concepto o un sentimiento de destino colectivo: “La patria soy yo, nada más que yo y, a lo mejor, mi familia. El resto es tribu ajena…”, se repite como un mantra el ciudadano de a pie, remo en mano, dispuesto a volar a cualquier horizonte diferente, soñando con otra nacionalidad que no sea la cubana. Hay que “resolver” la situación lejos, muy lejos de estos lares, que hemos convertido en ruinas apestosas, el escenario ideal para la lascivia folclorizante de turistas de séptima que, con un puñado de dólares o una comida caliente, conquistan la belleza más virginal de un adolescente o de una joven. Las encuestas podrán mentir, pero la realidad, no. Somos el fracaso hecho nación porque así lo hemos querido, aunque como individuos podamos llegar a ser exitosos, en otras tierras. Somos los mendigos que no sabemos ni pedir limosna porque nos dejamos secuestrar las buenas maneras, las tradiciones de clase, la educación y la decencia. Pero esta tragedia no parece importarle a nadie: lo que cuenta es “resolver”. Y así, ¿a dónde iremos a parar? A donde estamos, a un mar de males con millones de islas a la deriva, enfermos de nostalgia, poseídos por las frustraciones, atomizados, hambrientos de justicia… Pero esto no es nada: esperen a que comience la línea de ferris Miami-La Habana… ¡Pronto!

viernes, 27 de diciembre de 2013

Con dones de amor.

Por Ondina León ©

Joan Manuel: 

 ¡No puedo creer que ya tengas 70 años! ¡Salud y larga vida! ¡Cómo pasa el tiempo! Todavía te veo como aquel esplendente joven de pelo largo, que llegó a la grisura monolítica de la Cuba de los años 70, con una esbeltez sensual y la poderosa arma de la poesía hecha música, todo tan diferente a la polución sonora que padecemos hoy. Ni te hacía falta tener una gran voz porque los juglares, los trovadores, cuando son auténticos como tú, Joan Manuel Serrat, se hacen escuchar desde la sustantífica médula de sus almas, con sus luces y sus oscuridades abismales, que para algo somos humanos, ¿no? ¡Qué impacto has tenido en la vida de millones de jóvenes, que hicieron suyas tus canciones, y que hoy peinan canas o se lustran la calva! Para mí, “Lucía” es una de las más bellas canciones de amor en castellano que existen: “No hay nada más bello / que lo que nunca he tenido. / Nada más amado / que lo que perdí. /Perdóname si / hoy busco en la arena / una luna llena que arañaba el mar”. Y son tantas y tantas tus creaciones inolvidables que, bien lo sabes, tienes asegurado un sitio imperecedero en lo mejor de la canción de las últimas décadas: “Aquellas pequeñas cosas”; “Mediterráneo”; “Penélope”; “De cartón-piedra”; “Fiesta”; “Romance de El Curro el Palmo”; “Pueblo blanco”… Y luego ese maridaje con dos grandes poetas, Antonio Machado y Miguel Hernández, que te hizo consolidarte como un artista universal, lejos del provincianismo de tu terruño y de los traumas de un país que se había desgajado por una guerra fratricida. Tú has sido lo que me enseñaron a llamar, y creo que con razón, un “artista comprometido”. Ahora hay una epidemia de artistas y “artistas” que subrayan su condición y dicen que no son “políticos”, como si esto fuera posible: todos somos “animales políticos”, como afirmó Aristóteles, aunque algunos seamos más animales que políticos, con el perdón de las inocentes bestias, que nunca cometen crímenes ni torturan como nosotros. Estas nuevas generaciones sólo parecen que están comprometidas con sus ganancias personales y su “realización”, dizque profesional, y no quieren (aunque sí pueden) involucrarse en la suciedad de la política, a ver si higienizan un poco el marasmo. Pero tú no. Tú sí que “fieramente existiendo, ciegamente afirmando” tomaste partido “hasta mancharte”. Y yo hubiera sido como tú, antifranquista, amante de la libertad, enamorado del amor, anhelante de la paz con justicia. Dadas mis circunstancias de cubana, a lo mejor no hubiera podido llegar a ser “de izquierdas”, como tú, pero sí de una razonable adicción a la democracia, al pluralismo, al respeto a los derechos humanos. Eso sí, yo también soy exponente de nuestra esquizofrenia nacional y te quiero tanto como te desprecio por tu partidismo: ¿por qué para ti Pinochet sí fue un dictador y Fidel Castro, no? ¿Por qué nunca has alzado tu voz en contra de la dictadura que padecemos los cubanos por estos ya larguísimos 55 años? Tú, cantor, poeta de la libertad, ¿has hablado alguna vez sobre la represión, la miseria y la inmoralidad que le ha impuesto el castrismo a millones de cubanos? Ya que has cantado a dúo con los trovadores y artistas de la dictadura, como Pablo Milanés, ¿por qué no grabas una pieza con Amaury Gutiérrez, que está prohibido en su propio país por apoyar la búsqueda de libertad para todos? ¿Qué puedo hacer para valorarte más sin reprocharte tu incoherencia ética? Con humildad, paciencia y ternura, con dones de amor, no te condeno, sino te condono tu desamor para con nuestra causa, tu complicidad con la maldad y la desidia. ¿Qué cumplas muchos más cada 27 de diciembre? Sí, pero ojalá que despiertes ¡pronto! de tu “compromiso” tan parcial.