Tal vez, en este ya remoto 1959, fuiste de las tantas, la mayoría, que los recibió con los brazos abiertos y una enorme sonrisa de esperanzas. Tú querías un cambio radical y que tus hijos nacieran en libertad, no bajo una dictadura. Ellos era jóvenes, hermosos como dioses griegos y simbolizaban la vocación democrática de un pueblo, que estaba bien materialmente, pero que quería soberbiamente estar mucho mejor y con libertades de sobra. Tal vez, los gritos de “Paredón, paredón” te pusieron nerviosa y dubitativa. ¿Por qué había que manchar de sangre el amanecer verde olivo? Luego, no acabaste de entender a plenitud por qué había que confiscar tantos bienes a aquellos que los habían obtenido trabajando duro de sol a sol. Te dijeron que la zafra de atracos era para que todos fueran iguales, para que hubiera justicia. Cada verbo parecía justo, pero tú sentías, tal vez, que había demasiada violencia, sobre todo contra los que osaban criticar las vertiginosas decisiones de aquel líder carismático, que desbordaba testosterona y que amenazaba a un imperio demasiado grande para ser desafiado. Y en medio de la fiebre revolucionaria, cometiste el supremo acto de bondad de convertirte en madre. Ahora, tu hija era tu reto mayor y tu ancla en medio del vendaval. Pero, ¿cómo garantizarle su leche? ¿Cómo hacer para que no la envenenaran con un odio prefabricado de unos cubanos contra otros? Ya habías comenzado a perder familiares y amigos que huían “al Norte” porque les habían despojado de todo, incluso de sus derechos. Tú resistías y te desencantabas por días. Sin embargo, tal vez, tuviste la esperanza de que cambiaran las cosas, que se moderaran los excesos, que se hiciera justicia y que no se inyectara en el corazón de los niños tanta obediencia ciega y tanta desidia. Ya bastante estabas sufriendo por parar la olla nuestra de cada día y que tu familia se alimentara con esos frutos del “invento”, de la bolsa negra o del “resolver”, porque ya habían castrado los campos y sacralizado al ganado. Y vinieron para tu hija las escuelas al campo, las absurdas guardias en la cuadra para controlar a los vecinos, las milicias, la imposición de la vulgaridad, la simulación en aquella lucha que no habías escogido en realidad. Tenías que resistir y ayudar a resistir a tu hija, a tus hijos que se multiplicaron, mientras mermaba tu esperanza de un mundo mejor, cada vez más lejano. Aquel “hombre nuevo” que te proponían era cada vez menos hombre y más bandido, más pícaro, más pusilánime, más poco patriota. Lo único realmente esperanzador era huir de aquella isla rehén. Pero, ¿cómo? Mientras, tú eras el abrigo contra tantas privaciones, la peor de todas, la falta de opciones de vida. Y pasó el tiempo y pasó no un águila majestuosa, sino el oscuro cuervo del desasosiego. Y tu hija creció y se convirtió, valerosamente, en madre también. Y ahora tú eras abuela de una hermosa niña, tan desnuda como las generaciones anteriores de mujeres de tu familia, tan todo futuro como tú lo habías sido para terminar en esta amargura. Pero, ¿qué ofrecerle más acá de todo tu amor, instintivo y fiel? Sólo tu sombra dorada. Para esos soles carnívoros, madre, tú te creces día a día, te encalleces y nos acoges bajo tu ala protectora. Ante tu amor, no hay exilio voraz ni distancias criminales ni silencios torrenciales. Sólo tu amor es cierto. Sólo tu seno es fecundo. La pesadilla es perpetua, pero cada día que despertamos huérfanos de patria, sin país ni nación, volvemos a renacer y a parir continentes habitables gracias a ti, sombra dorada. Cada día es tu día, pero hay algunos en que tu título de madre se revalida con esos gestos irrepetibles de amor, como cuando despides a un hijo que parte hacia lo desconocido, buscando otros horizontes de luz y dejando atrás toda su vida y a ti. Gracias, madre, por hacerme quien soy y por querer ser como tú. Más que felicidades, te deseo hoy larga vida: larga esperanza para todos en este mundo de incertidumbres y hecatombes.
Al nefasto grito de “Patria o muerte”, incrustado por un caudillo, a partir del año 1959 en el rostro del archipiélago caribeño, una cubana le ha respondido en los últimos años con su “Libertad y vida”. Y no sólo ha contestado así a lo peor de un machismo necrófilo y genocida, a una mafia hacedora de ruinas, sino que también ha sostenido su respuesta con una voz inteligente y firme, que ha tenido que desafiar a los castristas y a los anticastristas, o a los que se pintan como tales: la batalla de Zoé Valdés, sin exagerar, ha sido épica en su literatura y en su blog. Ahora, coincidiendo con su cumpleaños 54 —ella siempre ha dicho su edad en voz alta y con orgullo—, Zoé ha decidido hacer un alto en su misión como bloguera y consagrar más tiempo a su obra literaria, a proyectos personales y a su familia. ¡Felicidades! Muchos se lamentan de esta decisión con razón, porque su blog es una excepción positiva en esa galaxia infinita y turbia de la blogósfera cubana, en la que priman los egos, la miseria humana, la incultura, el infantilismo político, la falta de sentido democrático y, en los últimos oscuros tiempos, una fascinación con los reacomodos de cargas de la dictadura de Castro II, lo que tristemente se ha dado en llamar el “raulismo light”, esas flatulencias de sus cerebros. Extrañaremos su blog. Este ha sido un vasto campo de batallas de ideas, tendencias y criterios, que ha tenido perfil de periódico, de cátedra universitaria, de medio de difusión cultural, o de templo de las bellas artes, como la pintura o el cine. El blog de Zoé ha sido diverso, dinámico, rico y profundo. Si alguien sólo quería saciar su sed de cultura y no embarrarse de los debates políticos, allí encontraba su reino sagrado. Si por el contrario, el interés era mayormente político o histórico, este blog ofrecía infinitas posibilidades no sólo de la propia escritora, sino también de diferentes personajes. En esta ágora cibernética todos han tenido participación activa, incluso los que dejaron sus testimonios, no siempre decentes, no siempre educados, en contra de los puntos de vista de Zoé y su justa militancia anticastrista. En este sentido, desde ya su blog queda como un paradigma de lo que deben ser estos espacios virtuales. Y queda, además, como un ensayo general de lo que debe ser la democracia en una Cuba futura, si el país llega a existir. Criticada absurdamente, vilipendiada, calumniada hasta el delirio, manipulada inmoralmente, saboteada por el brazo largo y negro del castrismo y sus cómplices de todas partes, Zoé ha resistido como la guerrera excepcional y apasionada que es. Pero hasta las más grandes guerreras necesitan su descanso, su parada hospitalaria para recobrar el aliento y seguir dando batalla y vida. Ahora le toca respirar y privilegiar otros intereses, más allá o más acá del casi inútil combate por la libertad de su pueblo, que tanta resistencia ofrece a un cambio radical que lo eleve a nuevos horizontes de abundancia y paz. Ya lo dijo otro iluminado que padeció y no sobrevivió a la cubanidad: “Los pueblos no pueden ser arrastrados a la libertad”. Sólo me queda expresarle abiertamente mi apoyo a Zoé Valdés y darle, una vez más, las gracias por todo lo que ha hecho por la literatura cubana libre —está presentando otra novela más— y por la libertad y la dignidad de los cubanos. El mejor premio que puede recibir esta creadora es saber que, en la que alguna vez fue su patria y donde ella está prohibida por la dictadura y la policía cultural y sus colegas abyectos, su obra se lee clandestinamente, pasa de mano en mano con fruición, y es devorada como alimento terrestre, aun con los estómagos vacíos y una aguda falta de esperanzas. Por su obra, por su entereza como mujer, por su fuerza y por su ternura, por su lengua libre y desafiante, y por su cumpleaños 54, ¡felicidades, Zoé! Ten presente que este sitio del Maestro Josevelio Rodríguez, “Guitáfora”, que tanto has apoyado, es también tu casa y puedes entrar a ella, cuantas veces quieras o lo necesites, y quedarte. Aquí te estaremos esperando con los brazos abiertos para darte siempre las gracias por tu existencia.
Vista desde una perspectiva aproximadamente racional y con cierta madurez política con vocación democrática, América Latina le tiene que resultar a cualquiera un catálogo demasiado grueso de aberraciones socio-históricas. Y la primera pregunta que se impone es: ¿cómo un continente tan rico y extenso no ha logrado estar a la cabeza del mundo, al no ser en el número de dictaduras, los índices de pobreza y la violencia urbana? Una posible respuesta sería de que en esta porción del planeta los problemas no son económicos, sino políticos. La desastrosa historia política del continente es la que ha engendrado la pobreza, material y humana, que aún se padece en la mayoría de sus estados y que genera, entre otros males, oleadas constantes de emigrantes hacia países no sólo más ricos, sino también más estables y democráticos, donde se disfruta de un mínimo de libertad individual y la realidad cotidiana no llega a asesinar la esperanza de mejoría y de seguridad. Generales, coroneles, comandantes en jefe y demás entes de la fauna militar, aliados con las fuerzas oscuras del clero y las oligarquías, han marcado a sangre y fuego las más disímiles y añejas dictaduras tanto de individuos como de partidos, desde el siglo XIX, en América Latina. El fulano, el gran cacique, el líder todopoderoso, el patriarca, el caudillo, el gran macho redentor, el mesías, el elegido o el apóstol son los llamados (no sé por quién) a “liberar”, “revolucionar” o “dignificar”, a “salvar” la patria de una debacle inminente o de la invasión de algún imperialismo rapaz, que robaría los recursos naturales junto con la “independencia”. A falta de sólidas ideologías, cultura y capacidad política, estos maestros del despotismo nada ilustrado, que no son estadistas, sino fulanos endiosados, han tenido y tienen un discurso populista para embelesar a las masas y comprarlas con algunos beneficios, subvenciones y la promesa de un futuro mejor, que algún día llegará, pero en el que no se incluye una auténtica libertad. Ni crean riqueza verdaderamente ni educan a las masas, sino que sus regímenes adoctrinan, aborregan y someten a todos con el principal propósito de responder a la esencia de su naturaleza política: perpetuarse en el poder. En este proceso de eternizar sus genes absolutistas, los fulanos crean sistemas, castas, estructuras de poder y de intereses creados, sobre todo económicos, que los trascienden. El fulano muere, ley divina, pero deja el fulanismo y a otros fulanos, menganos o zutanos designados a dedo que regirán los destinos de sus naciones reciclando y reinventando la imagen y el “legado” del caudillo uncido. Los ejemplos de estas aberraciones históricas latinoamericanas son muchos: peronismo en Argentina; trujillismo en República Dominicana; priísmo en México; chavismo en Venezuela y castrismo en Cuba, este último, por ser el cáncer que más ha durado (¡54 años son eternos!), resulta paradigmático, aun con su máximo líder “retirado”. Y el castrismo es un caso digno de serios y profundos estudios psicosociales e históricos porque ha alcanzado altos grados de perfección en el arte no sólo de hacer ruinas, sino sobre todo en el magisterio de perdurar, más allá de una metrópolis fallecida, el imperio ruso en su versión URSS, o de coyunturas desastrosas a nivel mundial: el castrismo es un parásito de éxito. Ahora, evidentemente, en los últimos años, hemos venido asistiendo al nacimiento del castrismo sin los Castro, en un reacomodo de cargas y descargas que la prensa más tendenciosa llama “reformas” y “aperturismo” de la dictadura, casi “dictablanda” para las izquierdas y el universo “progresista”, y para los capitalistas y empresarios sedientos de negociar con el feudo del fulanismo, la exclusión ciudadana y la opresión. En realidad, el sistema de patologías que ha creado el castrismo, esa mafia con estructura de estado, que tiene embargada, bloqueada y oprimida a la nación, está demostrando que los líderes pueden perfectamente morir o desaparecer de la escena, pero que el sistema sobrevive, aunque se reajuste y se maquille con ciertos cambios imprescindibles para su permanencia. A algunos y a algunas les bastarán estas metamorfosis para creer (ingenuamente o con oportunismo criminal) que la dialéctica del progreso se está manifestando, pero lo que están apoyando o reivindicando como “mejoría” es sólo más de lo mismo: la dictadura de la incompetencia, el imperio de la miseria, el reino de la esclavitud sin esperanzas. No basta que muera el líder carismático, si persiste el sistema creado por ellos y sus acaudalados cómplices, aferrados al poder político y económico, y con toda la maquinaria del estado a su servicio. Estos regímenes fulanistas deben ser arrancados de cuajo, si se quiere el bienestar general sostenido, un estado de derecho y una democracia real. En estos días, habrá que esperar a ver qué giro toma el caso de Venezuela y el chavismo, luego de la muerte de su grotesco líder y las elecciones amañadas en que, ¡oh, sorpresa!, ganó el absurdo otra vez y con un “presidente” oligofrénico. Quisiera ser optimista, pero como los comicios fueron entre su majestad Castro II y Henrique Capriles, no esperaba otros resultados. Venezuela está conquistada y colonizada por el imperialismo castrista con un ejército sin uniformes, bajo las banderas del “humanismo” revolucionario, y es muy difícil que donde esté la mano sangrienta del fulanismo caribeño haya limpieza de algún tipo. Con el ejército venezolano comprado y politizado, los medios de difusión silenciados y la fusión de todas las instituciones y órganos de la república bajo el puño castro-chavista, Venezuela es cada vez más Cuba, cada vez más un paradigma de lo que nunca debería haber pasado en América Latina. En este caso, desgraciadamente también, los fulanos ya no cuentan, pero sí la mala estirpe de su fulanismo.
A todas las víctimas del castrismo, en el aniversario 52 de haberse decretado el carácter “socialista” del macabro accidente histórico. Desde hace 54 años, Cuba está cubierta por el manto negro de la dictadura castrista, que sólo ha engendrado miseria humana y material, represión, violación de los derechos humanos, encierro y torturas, inmoralidad, desidia y exilio. Cuba es una gran cárcel, rodeada por infranqueables muros de espuma de mar y tiburones guardianes, que cuenta a su vez con un sistema de prisiones que son antesalas del infierno. La población penal, amalgama de delitos comunes y políticos, es una de las más grandes del mundo en comparación con el total de los habitantes del archipiélago poseso. Todos los cubanos hemos sido o somos reos de la dictadura, pero hay algunos que lo han sido mucho más porque, literalmente, han sido condenados a pasar por las mazmorras de la locura y la deshumanización: tal es el caso de Teresa Cruz, quien estuvo presa en la Prisión de Mujeres de Occidente, más tristemente conocida como “El Manto Negro”, en El Cano, La Habana. A pesar de esta experiencia extrema, sumada a otras tantas que tuvo que vivir hasta que logró escapar a España, en 1987, nunca he considerado a Teresa Cruz una víctima más del holocausto cubano, sino una sobreviviente muy digna, una luchadora que ha ofrecido una resistencia tenaz y ha conseguido vivir en libertad y darle a su hijo un horizonte luminoso de posibilidades. Por si fuera poco su ejemplo tangible, esta mujer nos ha regalado ahora el testimonio de su experiencia vital bajo el castrismo en “La esquina de mi memoria” —Editorial Asopazco, España, febrero 2013—, que más que una autobiografía al uso es un registro telúrico del horror que ha tenido que vivir y vive toda una nación. Estas memorias, más que un compendio de anécdotas personales y familiares, pueden considerarse también como un manual de historia de un trozo de lo que ella llama, con toda certeza, “la dictadura de la sinrazón” que, en su caso específico, tuvo que sufrir en carne propia hasta el año 1987. Dios la libró de tener que resistir el llamado “Periodo Especial”, que fue decretado por la tiranía castrista en 1990, pero a cambio ella sí tuvo que vivir y desvivir el exilio en dos países diferentes, España y Estados Unidos (hoy vive en New Jersey): climas disímiles; lengua ajena; culturas extrañas; nostalgias; carencias; luchas a brazo partido por insertarse en los nuevos mundos con su familia. Salir al exilio, a nuevos rumbos de libertad, no quiere decir exactamente pasear por un campo de girasoles con un cielo azul. Pero ella es una guerrera de pura raza, como confirma en este libro. A través de sus páginas, Teresa nos cuenta, con una sencillez que es suprema virtud, cómo aquel mundo real en el que vivía, de trabajo, de prosperidad y seguridad familiar y material, comienza a desmoronarse, a partir de 1959, con la instauración de la pesadilla castrista, que el mundo entero consumió como la realización de un sueño libertario, de una utopía hecha realidad para el bien de todos. La Revolución comenzó con los gritos de “Paredón, paredón” y “Patria o muerte. ¡Venceremos!” y allanó el camino para el horror de la más absoluta falta de libertades individuales, confiscaciones de bienes bien habidos, la eliminación de la patria potestad, el adoctrinamiento de los niños, la persecución de los religiosos, homosexuales y “lacras” del pasado, el encarcelamiento de opositores políticos, la tortura y el exilio de miles, que ya hoy suman millones de cubanos en los cuatro puntos cardinales. Si alguien —sobre todo las izquierdas babosas, los “progres” millonarios y los guevaristas— tiene dudas del éxito del régimen castrista en crear ruinas humanas y materiales, sólo tiene que leer estas memorias de “una cubana de a pie”, como la misma autora se define con una soberbia humildad. Igualmente, con un estilo narrativo coloquial y fluido, Teresa Cruz deja su testimonio de eventos traumáticos que aún se sienten como cicatrices abiertas en el alma de la isla: Bahía de Cochinos y el fracaso de un intento justo por liberarnos del castrismo; la UMAP, esos campos de concentración deshumanizados; el delirante fracaso de la “Zafra de los Diez Millones” y la hambruna que provocó; los sangrientos actos de repudio durante el éxodo masivo del Mariel, en 1980; el horror fascista del Sidatorio de Villa Los Cocos, en Santiago de las Vegas; y mil manifestaciones más de la violencia estructural que día a día aún se vive en la Cuba de los emperadores Castro. “La esquina de mi memoria” es su autobiografía, pero también es, inevitablemente, la historia de otras vidas cercanas a Teresa, desde la de su esposo, Antonio Hallado, bastión de su resistencia ante el castrismo; la de sus familiares allegados, en especial la de su madre, sembradora de libertad; hasta la de personajes como la famosa Nitza Villapol o el escritor Arturo Doreste (tan injustamente ignorado), pasando por una extensa horda de seres viles, deleznables, inmorales, oportunistas, cobardes y envidiosos, que han sido el sustento de este régimen de patologías y aberraciones, que todavía impera en nuestra nación. Mención aparte merece el largo capítulo dedicado a su paso por la prisión de “El Manto Negro”, donde la condición humana de cualquiera se pone a prueba y no siempre con éxito. Estas memorias son desde ya un libro imprescindible para complementar el estudio de la historia de Cuba. Cuando una lo cierra, después de leerlo de un tirón y haber llorado (las tragedias son muchas) y haber reído (el absurdo es demasiado), como Dios manda, se impone una pregunta: ¿y cuando se hará justicia por tantos crímenes? ¿Cuándo nos libraremos de la sinrazón? Actualmente se habla demasiado de “diálogo”, de “reconciliación”, de “convivencia”, de “puentes culturales”, pero no escucho (ni oigo) hablar de justicia, porque los hacedores del mal están aún ejerciéndolo y hasta enriqueciéndose desde sus tronos de veteranos mafiosos. La lectura de este libro me reafirma el sentimiento de que se necesita justicia para luego intentar refundar la nación. Limpieza general y sólo después, reconstrucción moral y material. Por el momento, mientras esperamos el milagro de la justicia, Teresa Cruz, amiga desde la cárcel del Manto Negro, gracias de todo corazón por haber tenido el valor y el talento de dejar un sólido testimonio para la posteridad. Tú te consideras “una cubana de a pie”, pero tu alma libre, sin duda alguna, vuela más allá de las nubes. Gracias.
“La luz que en tus ojos arde / si los abres, amanece. / Cuando los cierras parece / que va muriendo la tarde…”. Y las penas son muchas, ya sabemos: se atropellan, pero no nos matan. Y las guitarras deshojan sus notas una a una para alegrarnos sutilmente, mientras la voz de Barbarito Diez resuena a lo largo de una de las islas más tristes que jamás se haya podido imaginar. Triste y verde. Luminosa y triste. Dura como una roca carnívora del Caribe: jaula al viento que ha perdido su perla en el mar… “Perla marina / que en hondos mares / vive escondida entre corales…”. Y las “Amargas verdades” que nos hacen decir “aunque sea una mentira, di que me quieres, di que me quieres…”. La gracia divina de la música y la poesía, a veces, se derrama sobre los seres más inesperados, como sobre Antonio Gumersindo Garay García, Sindo Garay, nuestro trovador mayor. Este 12 de abril se cumple el 146 aniversario del natalicio del que fue llamado, con toda razón, por Federico García Lorca, “El Gran Faraón”. Sin formación musical alguna, sólo con su enorme talento creativo y su voracidad por la vida, Sindo ha dejado como parte del patrimonio cultural cubano canciones de una perfección y una belleza tan sólidas como las pirámides: “La tarde”, “Perla marina”, “Amargas verdades”, “La Bayamesa”, “Guarina”, “Retorna”, “Tormento fiero”. Y muchísimas más. En cualquier latitud, ya sea en las voces de María Teresa Vera, Miriam Ramos, Xiomara Laugart, Gema Corredera o Pablo Milanés, los versos y las notas de estas canciones nos estremecen el alma y nos recuerdan que, sea como sea, es un hecho que somos cubanos y hay una parte esplendente de esa cubanía que nos define tanto como nuestras peores pesadillas y nuestra locura infinita. Tal vez, ante el acoso sostenido de letras y músicas que no son tales, pero que nos imponen como maravillas creativas los medios de difusión de aquí, de allá y de acullá, sería saludable volver con regularidad a la música de Sindo Garay, a su poesía transparente y breve, a sus melodías complejamente sencillas y a su amor por la belleza de su tierra, de las mujeres y de la vida. Uno solo de sus versos vale más que todas las adocenadas letras de los llamados ritmos urbanos de ahora o el “cubatón”, tan ordinario y falsamente lascivo: Osmany García y su “Chupi Chupi” jamás podrán compararse con la sobria elegancia, misteriosa y dulce, de las letras de Sindo Garay, quien siempre debería tener un ramo de flores frescas y olorosas en su tumba, en Bayamo. Cuando celebró su centenario, en 1967, Sindo declaró: “¡Ahora que cumplo cien años, comprendo lo breve que es la vida!”. Y es cierto que la vida es muy breve, se viva veinte o cien años, pero en esa brevedad, algunos elegidos como él esculpen la eternidad a golpes de belleza y de amor por la vida, derrotan la soledad y nos engrandecen.
Ella le escribía cartas de amor y firmaba con un seudónimo. Él le respondía a la desconocida en una columna del periódico en el que trabajaba. Ella le enviaba flores a la madre de él. Él la incitaba a dar el rostro. Ella le envió un bombón de chocolate mordido para que él terminara de sellar el pacto de amor. Él se enamoraba cada día más de un suspiro anónimo. Ella dejó de escribir un buen día. Y él enloqueció de despecho por la traición de la amante desconocida. De esta historia le brotó a él una canción inolvidable: “Te odio y, sin embargo, te quiero. / Te odio y no puedo olvidarte…”. Luego se conocerían, vivirían un tórrido romance, moriría el amor y seguirían sus existencias paralelas, solitarias: la vida, algunas veces, imita a las novelas. Y esto lo supo muy bien, desde niño, Félix Benjamín Caignet Salomón, el llamado “Rey de las lágrimas”, el creador de la radionovela “El derecho de nacer”, que en el primer día de este abril cumplirá 65 años de haber sido estrenada. Un cafetal del Oriente de Cuba fue el escenario donde nació, el 31 de marzo de 1892, este hombre polifacético que a lo largo de su vida interpretó los más variados papeles: escritor de cuentos para niños; periodista; poeta; administrador de un teatro; guionista de cine; compositor musical —sus canciones siguen dándole la vuelta al mundo en las voces de Rita Montaner, Barbarito Diez y el trío Matamoros—; redactor de publicidad para cigarros o jabones; pero, sobre todo, realizó el papel de mago del melodrama: antes que la televisión se convirtiera en una adicción colectiva con nefastas secuelas, sus radionovelas hicieron vibrar el alma de millones, que vivían otras vidas, tan intensas o miserables como las suyas propias, pero siempre calladamente arrasadoras, efímeramente telúricas. Se posponían las sesiones del congreso de la república. Los ómnibus apenas circulaban por las calles de aquella Habana de 1948. Prácticamente todos dejaban de trabajar: había que escuchar por la radio todo lo que acontecía en el mundo de Alberto Limonta, el protagonista de “El derecho de nacer”, que se mantuvo en el aire un año entero, con 314 capítulos, que han pasado a ser patrimonio de la cultura latinoamericana y se han multiplicado en versiones diferentes, en español y portugués, en cine, radio y televisión, a lo largo de la geografía de Iberoamérica, durante décadas. Si esto no es un fenómeno de masas, entonces habría que buscarle otra etiqueta que nos oriente y nos tranquilice. Sin embargo, a pesar del éxito arrollador de esta radionovela, su autor, Félix B. Caignet, creador igualmente de otras obras muy populares, fue duramente atacado por los intelectuales, escritores y críticos asalariados de la época y acusado de ser “ridículo”, “cursi”, “muy malo”, “lacrimógeno” y hasta de “abusador de la metáfora”. Para algunos, él no pasa de ser el Corín Tellado de la cultura cubana, un cáncer. ¿Son ciertas estas afirmaciones? Depende de la perspectiva con que se mire y de la voluntad que se tenga para juzgar. En una entrevista que Orlando Castellano le hizo a Caignet, en La Habana, en 1972, ya octogenario y sólo tres años antes de morir, declaraba: “Nunca pretendí escribir ni La Divina Comedia ni El Quijote”. Vale la aclaración del propio creador, quien agregaba que él sólo apeló a la emoción popular para poder, a través de sus piezas radiales, sembrar la moral, la bondad y la convivencia entre sus semejantes. En esta misma entrevista, Caignet explica que sí, que se proponía hacer llorar para que se produjera como una especie de catarsis colectiva y que todas las tragedias y quebrantos cotidianos reales tuvieran una forma de manifestarse, a través de las historias de sus personajes, víctimas del racismo, de las estructuras clasistas, de los prejuicios morales, de la represión sexual o de los avatares de la vida: el melodrama se establecía como terapia de grupo y expresión de una cultura de masas que perfilaba una identidad nacional, unos rasgos de psicología colectiva únicos, pero que también se comparten con otras culturas diferentes, como se puede apreciar en nuestros días con las telenovelas más disímiles, que se producen al por mayor en América Latina y en los Estados Unidos. ¿Hacen bien o mal estos melodramas televisivos? Depende. Como en todas las manifestaciones de cultura popular o de masas, hay buenos productos, los menos, y también pésimos productos, la mayoría. Usted escoge. Usted decide, en ciertas circunstancias de la vida, si tiene que recurrir a los psicofármacos, a la marihuana o a una telenovela, o todo junto a la vez: a veces, la realidad se nos vuelve pesadamente insoportable y tenemos que apuntalarnos, como un Atlas ebrio, con lo primero o más barato que aparezca. Entonces, hay que gritar en silencio “Seamos ridículos, cursi, deliciosamente lacrimosos y sobrevivamos”. ¿Es Félix B. Caignet una “gloria de Cuba”? Sin duda alguna, sí. Su obra tiene un valor fundacional indiscutible y las secuelas de su estilo y de su capacidad para jugar con los sentimientos del público se sienten aún en las obras de ficción para la televisión y la radio. Y si esto no es un récord, entonces es un buen promedio, “average”, como dice el refrán popular. Decía Caignet, quien confesaba que no sabía odiar, que su oración diaria, nada religiosa, era una simple frase interrogativa: “¿A quién puedo hacer feliz hoy?”. Realmente, la pregunta vale por todos los rezos del mundo. Tal vez, este hombre sólo quería decir que, aun llorando, podríamos a través de las lágrimas ver la belleza de la vida. Y esto sí que es un milagro divino…
En las últimas semanas, parece que es prácticamente imposible obviar el tema de la gira (¿o jira?) de la bloguera cubana Yoani Sánchez. Tanto es así que su presencia no sólo está en los medios de difusión masiva hasta el delirio, sino también en las sobremesas familiares y de amigos, en las que se forman bloques de opiniones diametralmente opuestos y, a veces, delirantes también, que dejan exhaustos a los opinantes. Como todo asunto polémico, la batalla comienza por la etiqueta que Yoani debe llevar tatuada en la frente para poder identificarla, en ese afán que tenemos los humanos de querer clasificarlo todo. ¿Disidente? ¿Opositora? ¿Bloguera? ¿Comunicadora crítica? De todas las posibles etiquetas, algunas tremendamente ofensivas, creo que yo le impondría, con todo respeto, la de “escritora costumbrista”, pintora de estampas de la realidad cubana actual, que ha tenido mucho éxito de prensa y de mercado fuera de su país. Y como todo el que retrata el día a día de la vida en la isla posesa, ella también termina siendo subversiva, porque la realidad es esencialmente subversiva o, para decirlo en los términos del “Granma”, contrarrevolucionaria. No se puede describir el laberinto de la cotidianeidad cubana sin pintar el horror y la violencia de una dictadura de casi 54 años y toda la miseria humana y material que ha producido: ella también es una pintora de ruinas. Punto. Lo demás, sólo son manifestaciones de nuestro ego hipertrofiado —¿y qué cubano que es no lo tiene?— que se empeña en etiquetarlo todo, todo. Luego, los tertulianos pasamos a comentar su imagen como dignos hijos de una civilización que le rinde un culto superlativo a lo visual. Y las opiniones son, en su mayoría, extremas y van desde que Yoani está “infumable” hasta que es “chea”, cursi, “miserable”. Alguien del género masculino me dijo, en un arranque de ira, que era como una Lady Godiva del Tercer Mundo, pero que no se puede encuerar porque está malísima y que se “disfraza” así para inspirar lástima y manipular a la prensa. De verdad, la imagen es importante y ya hemos visto cómo los medios hacen y deshacen a su antojo a las “celebridades”. Pero, en este caso, creo que lo importante es su discurso y no su imagen, que para gusto se han hecho colores. Su larga cabellera siempre cubriéndole el pecho no debería distraer a nadie de sus palabras, sus ideas y de sus “propuestas” para revolucionar la pesadilla castrista, si es así. Otra polvareda irrespirable que se levanta en estas reuniones es el punto de su representatividad y de su valía como “opositora”. ¿Representa Yoani Sánchez a la mujer cubana? ¿Es realmente una embajadora de los cubanos anti-castristas? ¿Es símbolo de las ansias de libertad de todo un pueblo? Si la mafia castrista monopoliza los medios de información y la Internet, a la que la mayoría de la población no tiene acceso, ¿es conocida esta bloguera en Cuba? ¿Cuántos cubanos la leen sistemáticamente? ¿Qué repercusión tienen sus textos? ¿No será un producto pre-fabricado para consumo exterior y para confundir a la opinión pública? Las opiniones son, gracias a Dios, muy diversas, algunas sensatas y otras injustas, pero todas válidas, hasta tanto no pase el tiempo y se pueda evaluar su papel sin tantas pasiones desbordadas y sin tanta paranoia, esa epidemia que el castrismo ha logrado cosechar con éxito, década tras década. Mientras, Yoani también es Cuba, como lo es Oscar Elías Biscet, Marta Beatriz Roque o Sonia Garro Alfonso, encarcelada injustamente (¿hace falta decirlo?) hace más de un año en las mazmorras castristas. Coincidiendo con esta gira de Yoani, de 80 días alrededor del mundo real, también lo están haciendo dos figuras de la oposición interna en Cuba: la respetada Berta Soler, líder de Las Damas de Blanco, y Rosa María Payá, hija del asesinado Oswaldo Payá, máxima figura del Movimiento Cristiano de Liberación, y gestor de varios proyectos democratizadores que, entre otros resultados, desenmascararon al régimen castrista y su absoluta falta de voluntad de cambios reales y duraderos. ¿Pura coincidencia estos viajes? ¿Plan maquiavélico de los estrategas de la dictadura? ¿Regalo de Dios? El caso es que, sea como sea, las tres mujeres, con sus muy marcados antecedentes personales y sus diferentes perspectivas del asunto cubano, han logrado actualizar la tragedia cubana y han sido recibidas por altos funcionarios, congresistas, políticos y figuras relevantes, que han difundido aun más las atrocidades del raulato y han estremecido el apoyo incondicional de las izquierdas anti-democráticas al imperialismo castrista. Yoani, Berta y Rosa María deben seguir siendo escuchadas por el mundo y que cada cual engendre sus propias conclusiones, sin llegar a pecar del síndrome de la unidad a ultranza o del bloque monolítico: no le debemos tener miedo a la diversidad y a la diferencia, sólo la unanimidad es peligrosamente dañina. Ya se ha dicho: consenso no quiere decir uniformidad de criterios. Aún nos falta vivir la experiencia “extrema” de la estancia de Yoani Sánchez en Miami, la (¿mal?) llamada Capital del Exilio Cubano, con su variopinta propuesta de eventos y actividades, que van desde homenajearla en altos centros de estudios universitarios, hasta manifestaciones de rechazo en las calles de la urbe. Habrá de todo, desde periodistas “estrellas” que se disputarán, a sangre y fuego, una entrevista hasta “fashionistas” que pretendan cambiarle la imagen o, como se dice cipayamente por estos lares, el “look”. La lupa con que se evalúe su presencia serán implacable y sus pasos, serenos o erráticos, serán medidos con una vara antropófaga. Espero que, como afirmó en una de las tantísimas entrevistas que ha dado, Yoani priorice a su familia y a sus amistades y no a la fauna política de la Capital del Sol, con la que nunca llegará a quedar bien del todo y que hasta le reprochará que regrese a su país, donde están su marido y su único hijo, tal vez en condiciones de rehenes o sabrá Dios de qué. Mis sentimientos para con ella son, debo confesarlo, ambivalentes y ya he tenido serios encontronazos con amistades que la odian o la aman, casi sin matizar sus opiniones. Tengo una vieja amiga, a la que quiero muchísimo, admiro y respeto, como ser humano y como auténtica disidente, quien lleva poco tiempo exiliada en Miami, y que conoce muy bien a Yoani Sánchez, que me jura que ella es buena persona y que se ha arriesgado por ayudar a otros disidentes. Le creo. Por eso nuestras amistosas discusiones sobre esta bloguera me han dejado exhausta y me he dado cuenta que, luego, hemos evitado el tema, como si fuera letal para ambas. Claro, ser buena persona no quiere decir, automáticamente, que es una buena política o, en el mejor de los casos, que esté actuando con una exquisita madurez política, estado que es muy difícil de alcanzar y que necesita decencia y tiempo. A estas alturas del partido, yo no quisiera estar en su pellejo. De momento, en medio de la humareda y la confusión, de la sobresaturación mediática y de las acaloradas discusiones, creo que sería saludable una tregua festinada y desconectar de la contienda. ¿Yoani Sánchez o Juana Bacallao? Entro en Youtube, busco desesperada a la ilustre filósofa cabaretera (ella también es Cuba) y me enajeno con su sabiduría…