sábado, 26 de mayo de 2012

Arcoíris negro


Por Ondina León ©

La democracia, ese curioso abuso de la estadística, según el sabio de Jorge Luis Borges, a veces también es dolorosamente cruel cuando en sus bolsones de libertad permite que entes ajenos a su naturaleza se expresen y se pavoneen. Tal es el caso de la hijísima del Generalísimo Castro II, Mariela Castro Espín, quien anda de gira por los Estados Unidos, la democracia más grande que existe, según algunos optimistas.
Bufanda al cuello, cárdigan negrito “ad hoc”, flores no en el pelo, sino en la garra, con sonrisita de burguesa satisfecha y maquiavélica, Marielita (aunque no ha emigrado aún) ha estado en San Francisco, California, contando cuentos para adultos bobalicones y admiradores de la Robolución castrista. En el colmo del delirio insultante, me entero de que el Servicio Secreto de esta nación le está brindando protección, es decir, que yo, que pago impuestos religiosamente como ciudadana estadounidense, estoy financiando su escolta de rubios mozos, que la “protegen” a ella, representante oficial de una dictadura feroz: horrores se verán, dice la Biblia.
Que esta Castro Espín participe en un foro sobre diversidad sexual en la bella urbe californiana es, cuando menos, una mueca de la historia a todos los que han sufrido y sufren la esencia excluyente y discriminatoria del castrismo, el peor régimen de la historia de América Latina, por sanguinario y perpetuo. Luego de reprimirlos, ningunearlos, encarcelarlos, torturarlos, excluirlos, vejarlos y desterrarlos durante décadas, los ideólogos y eminencias grises de la mafia burocrático-militar de La Habana se dieron cuenta de que podrían manipular y manosear a los hombres y mujeres de la comunidad gay y lésbica cubana, para hacerse publicidad positiva, con las banderas de un supuesto “humanismo revolucionario”, ideal para la complicidad con la izquierda procastrista mundial y para los millonarios rojos de Hollywood, que son tan anti-sistema y tan capitalistas, a la vez. Eso sí, el axioma es muy sencillo: se puede ser homosexual a secas, pero no homosexual y anticastrista, porque te cuesta la vida. La hijísima, por supuesto, no perdió la oportunidad de arremeter contra “la mafia de Miami”, la vaca de oro que ordeñan los Castro y gracias a la cual el parasitario sistema de castas familiares-mafiosas de la isla posesa sobrevive.
Después de la “Operación Tres P” (redadas contra putas, pájaros y proxenetas) a principios de los “románticos” años 60, de paredones y estampidas; luego de los horrores de la UMAP, con torturas y suicidios; tras el proceso de parametración en la educación y la cultura durante el llamado “Quinquenio Gris”, de los años 70, que ninguneo a tantas figuras artísticas —incluso a muchos que, como Antón Arrufat y Pablo Armando Fernández ahora son bufones de la corte castrista—; después de los actos de repudio del Mariel, con su éxodo masivo y sus violentos atentados a la dignidad humana; tras el Maleconazo de los 90; y el sostenido y sistemático régimen represivo con su violencia estructural, ¿dónde están los máximos responsables de este genocidio? Están en el poder. ¿Han sido juzgados por sus crímenes? No, no lo han sido aún y tardará en que se haga justicia. ¿Quiénes son estos mafiosos con rango de altos funcionarios de un gobierno? Los mismos que están en el poder, padres, hijos y nietos de la misma casta, que representa Mariela Castro Espín, la “Sagrada Protectora de la Diversidad Sexual”, pero no de la diversidad ideológica, no del pluralismo político, no del respecto a los derechos humanos y civiles básicos, no de la democracia y el estado de derecho, no del respeto a las Damas de Blanco y a los disidentes y exiliados.
Castro Espín, aunque sea aplaudida por muchos gays y lesbianas, que sólo ven o tratan de ver la parte del callo que les duele, cuando se lo pisan, y no la ampolla colectiva, sangrante y dolorosa, de Cuba, es lo peor de lo peor del régimen castrista, porque aparenta ser su lado “ligero” y humano, cuando en realidad es tan genocida como su padre, el Generalísimo Castro II. A mí no me confunde, aunque yo siempre he estado y estoy a favor del respeto a la diversidad sexual y el respeto a la dignidad humana, sea el individuo de la naturaleza que sea.
Esta Castro debería ser juzgada por un tribunal internacional por formar parte del peor nepotismo de nuestra historia, el que ha condenado a la miseria injustificada a toda una nación, y que ahora, en una isla donde una simple aspirina es un lujo y donde los pacientes tienen que llevar su sábana y su cubo para cargar agua, si tienen la desgracia de ser ingresado en un hospital para el pueblo —no en uno para extranjeros o para la casta (al que va Hugo Chávez) —, el régimen financia operaciones de cambio de sexo a cambio de publicidad incondicional a la dictadura. Es como un arcoíris negro y policromado de chantajes y vejámenes. ¡La desvergüenza no tiene límites! Y repito, la democracia es dolorosamente así, errática y desafiante, como la dictadura de la historia. Pero, gracias a Dios que, al menos, ahora tengo la posibilidad de hacer una catarsis de indignación y cordura, desde el bastión de libertad que me he labrado.

domingo, 20 de mayo de 2012

Sin perla y sin quimera

Por Ondina León ©

Trémulas, nos abrazamos en medio de una multitud enloquecida de cubanos (perdón por la redundancia) que, al igual que yo, hemos estado esperando que lleguen los retrasadísimos aviones desde la isla posesa: por tercera vez recibo a mi madre, quien viene a visitarme aquí, en este enclave del sur de la Florida llamado Miami, o lo que pomposamente llaman en los medios de difusión “tierras de libertad”.
Lloramos de la emoción y de esa alegría agridulce tan contagiosa y que, luego de dos largos años sin vernos, resulta más intensa. Somos dos ancianas que se expresan libremente sin pensar en los cambios de imagen que el corazón desbocado provoca en el rostro, así que el maquillaje se corre y las lágrimas son negras, negrísimas, como las penas que nos atropellan, pero que no nos acaban de matar, después de tanto, tantísimo.
Sentimental, sensible y sensitiva, mi madre tiene una capacidad natural para provocar reacciones en los que la rodean, ya sean estas dramáticas o cómicas, porque ella puede pasar del azafrán al lirio en cuestión de segundos, ir de una tragedia operística hasta el chiste del teatro bufo y contagiar a todos. Al instante, camino a la cápsula rodante emblemática de Miami, es decir, el automóvil, ya nos estamos riendo de los zapatos “va-que-te-tumbo” que trae puestos y que se le salen del pie al andar.
La impaciencia me hace ametrallarla con preguntas sobre mi hermana y mis sobrinas, que se han quedado atrapadas en la tela de araña de la historia y del castrismo en ese accidente, más histórico que geográfico, llamado Cuba. Y el pase de lista continúa con parientes y amigos, vecinos y conocidos. Me doy cuenta de la voracidad que sufro y que quiero ponerme al día con sus testimonios en cuestión de minutos y esto es atormentador para una anciana mayor que yo, que ha volado y que ha pasado por aduanas y aeropuertos. Y hay que contralar las emociones.
Con el paso de los días, mi madre me va pintando el cuadro general de la familia y del país. Lo peor que tiene el destierro es que en esta atomización del tiempo y del espacio, nos privamos de los hechos elementales que conforman la vida: nacimientos, velorios y funerales, bodas y bautismos, divorcios, cumpleaños, adulterios escandalosos, gestos de amistad infinita, enfermedades y convalecencias…. Una se siente mutilada después de tantos lustros de ausencia de la tierra que te vio nacer y que te abortó al mundo, como si fueras una alimaña malagradecida. Aun así, no sé por qué extraña razón, se conserva algo muy parecido al amor, como una especie de un dolor con sordina omnipresente, en las diarias acrobacias que hacemos para mantener viva la memoria y tejer y destejer un país inventado. Lo repito: de Cuba no se sale nunca, a pesar del tiempo y la distancia, porque es un estado del alma, que alimentamos con nostalgia, fuerza, ternura y rabia.
Una semana después, ya nos duele a las dos la lengua de hablar y conversar sobre lo humano y lo divino, de allá y de aquí. Por un pudor sutil, trato de matizarle las dificultades, problemas y conflictos que pudiéramos padecer los que huimos de la pesadilla, porque no hay comparación entre nuestros males y los de aquel pueblo rehén del castrismo. Yo me quedo petrificada con las novedades de primera mano que la lúcida de mi madre, abuela militante de la vida familiar, ama de casa, jubilada y amorosa vecina, cuenta en lo que deviene un rosario de calamidades: ¡la libra de frijoles a 15 pesos!; ¡un huevo (sí, uno, no dos) a 1.50 pesos!; ¡la libra de boniatos “estatales” a 2 pesos!; ¡la librita de arroz a 5 pesitos!; ¡la botellita de aceite 2.35, pero “chavitos”, no pesos!; ¡una flauta de pan (sin manteca), anémico y neonato obsoleto, a 10 pesos!; y así de vértigo son las cifras en el paraíso de los campesinos y trabajadores castristas.
¿Y qué hace la gente para malamente parar la olla y poder comer? Unos reciben remesas de la “mafia” de Miami; otros le roban al estado, que es decir que no roban porque le quitan al monopolio de la mafia castrista lo que les pertenece, por derecho propio; otros “resuelven” e “inventan” (“Tú sabes, hija mía, que los cubanos somos unas fieras luchadoras”); otros se convierte en artistas urogenitales que prestan maravillosos servicios de placer a cualquiera, al viejo baboso español de izquierda, al argentino sucio y “cheísta”, al canadiense bobalicón… Y, por supuesto, todos comparten un sueño colectivo, lleno de fantasías e ilusiones para el futuro: escapar de la pesadilla, irse lejos muy lejos de aquel engendro kafkiano, que todos hemos cometido, de mil maneras, hasta con el silencio cómplice.
Hoy, 20 de mayo, a 110 años de haber nacido la República de Cuba, el panorama no puede ser más desolador bajo la bota sangrienta del castrismo: no hay ni quimera ni utopía ni Perla de las Antillas ni esperanza, que es lo peor. No hay un sentimiento de destino colectivo como nación, sino sólo un feroz individualismo y la filosofía del “sálvese quien pueda”, como ha venido sucediendo en estos últimos y negros 53 años de historia.
¿Qué podríamos hacer? ¿Cómo podría ayudar a que la pesadilla termine? Me halo las pasas en un intento de recibir alguna respuesta divina, pero mi madre me dice, amorosa: “Hija mía, ya estoy lista y arreglada. Recuerda que tenemos que salir a comprarle blúmers a las muchachitas”. Y esto me devuelve de golpe y porrazo a la realidad, aunque me siento como una perla que se ha perdido en el mal, o en un mar de mares de calamidades…

miércoles, 9 de mayo de 2012

¿Etiquetas éticas?

Por Ondina León ©

Por naturaleza propia, el ser humano siempre ha experimentado la imperiosa necesidad de denominar la realidad, de diseccionarla y clasificarla, de acuñar términos y endilgar etiquetas. Ardua empresa que pretende ordenar, hasta donde sea posible, el laberinto de la vida, como si Dios no hubiera puesto suficiente orden en su creación, menos en el alma humana. ¿Desafío al Supremo? Tal vez. Necesitamos sentirnos reyes más allá de nuestra conciencia de mortalidad, de nuestro tránsito apurado por la Tierra.
Así, unos cuantos siglos de cultura humana han acumulado unas cuantas etiquetas que, al parecer, en el mundo occidental heredero de la cultura greco-latina, parten de dicotomías férreamente establecidas, de esencias antagónicas y a la vez complementarias: vida-muerte; cuerpo-espíritu; activo-pasivo; amor-odio; luz-oscuridad; silencio-ruido; hombre-mujer; niño-adulto… y esas, digamos, dicotomías socio-políticas de izquierda-derecha; conservador-liberal; progresista-reaccionario.
Sin embargo, como ya dolorosamente sabemos por las lecciones de la historia, en este último terreno es mucho más difícil mantener la claridad de las etiquetas, porque todo se contamina, se enturbia y se refocila en su relatividad enloquecedora y en lo precario de su estabilidad circunstancial. Tal vez, en algún momento de nuestras vidas, hayamos caído en la tentación de detenernos a pensar en nuestras posiciones políticas y colgarnos una etiqueta de “derechista moderado” o “izquierdista humanista” o “de centro con decencia” o “social-demócrata a la europea” o “anarquista de corazón”: todo cabe en la viña del Señor.
En mi experiencia personal como cubana, lo más divertidamente preocupante han sido las etiquetas que mis coterráneos me han colgado, en un derroche de hipérboles, que han ido desde “fascista”, por ser verticalmente anti-castrista y democrática, hasta de “comunista”, en ocasiones sólo por bajar la acera con el pie izquierdo o por expresar que me gusta “Cien años de soledad”. Ya se sabe que todo es del color del cristal con que se mira y, además, que los cubanos, como la tribu atomizada y paranoica que somos, derrochamos pasiones, pero una se queda pensando cuando te avientan un cuño ideológico, en pleno rostro, a modo de insulto, para ningunearte como mujer y “gusana”.
Un caso emblemático es el de la escritora Zoe Valdés, quien además de tener que soportar toda clase de injurias, desde las más diversas latitudes, tiene que arrastrar el peso de toneladas de etiquetas, todas inyectadas con juicios morales inapelables de cubanos y de “hermanos” de América Letrina. Los peores, por supuesto, son los dardos de la izquierda siniestra y los de esos intelectuales cubanos, empachaditos de Marx y Gramsci, anti-americanos delirantes, que ahora viven en Europa, pero padecen el vicio de tener que “hacer oposición”, donde quiera que estén, para sentirse “inteligentes”, y le han llamado a esta escritora hasta “batistiana”. ¿Y? Antes de ser castrista, creo que ella prefiere que le cuelguen la etiqueta de ser partidaria o simpatizante de Fulgencio Batista, aquel presidente “negro” que tuvimos, brevemente (antes que Obama en Estados Unidos), pero no por 53 años...
Al final, pienso lo que creía mi abuela: “Los cubanos somos muy parejeros”. Y te pueden desollar viva a cuchillazos de etiquetas. Así que es mejor limpiarnos los… espejos con ellas y tener siempre presente lo que Don Miguel de Unamuno dijo, muy seriamente divertido: “El que es diestro en el siniestro / es en el derecho zurdo / pues no hay nada más absurdo / que este pobre mundo nuestro”.

sábado, 28 de abril de 2012

El diablo en sotana




Por Ondina León ©

Ni tutú de tul ni zapatillas de ballet clásico; ni biquini color rojo puta pasión ni zapatos de tacón aguja de doce centímetros: si uno levanta la “ilustre” sotana del cardenal Jaime Ortega Alamino sólo hallará unas pestilentes botas castristas, calzadas en sus varicosos pies de traidor. Porque con la última página de infamia que ha escrito este prelado, desde los doctos salones de la Universidad de Harvard, el pasado martes, 24 de marzo, no hay lugar para la más mínima duda de que él pertenece al ejército de esbirros de los Castro.
Con su tonito de hiena repugnada y sus gesticos de perdonavidas santurrón, ha vuelto a salir del clóset político al sentar cátedra sobre la realidad en Cuba, haciéndose eco adocenado del discurso del “Granma” o de los altos capos de la mafia castro-comunista, que calumnian y reprimen a los disidentes, y arremeten contra el exilio “intransigente” (léase el más digno) de Miami. El diablo viste sotana, una bordada con los hilos de hiel de la injuria y de una cobardía sin fin.
Algunos alegan que este “moretón” de ortiga en el rostro de Cuba actúa así condicionado por el chantaje sistemático al que ha estado sometido por su homosexualidad; que su expediente en la tenebrosa Seguridad del Estado castrista ya está obeso por las pruebas —videos, grabaciones, testimonios de agentes…— de sus devaneos genitales, incluida una relación con un amante negro, agente castrista, y que ha sido confirmada en los medios de difusión por exoficiales de la represión. Al parecer, Ortega no ha tenido nunca presente la máxima que dice que “Tu verdad te hará libre”, porque para ser dignamente gay hay que tener valor. Y por esto actúa entre el fuego cruzado de dos dictaduras, la de los Castro y la de la “santa” madre Iglesia Católica, romana y apostólica, llena de aberraciones machistas, excluyentes y deshumanizadas, como el celibato, que le han permitido ser un poderoso estado ubicuo durante milenios, “por la cruz y con la espada”. A este cardenal en cadenas sólo le importa su estatus, no su dignidad: de deleznable se pasa.
Ortega está a años luz de esa otra cara real de la iglesia católica en Cuba, que a veces se ignora, la de las hermanitas de la Caridad, que cuidan enfermos; las de las monjas que trabajan mañana, tarde y noche en los leprosorios y asilos de ancianos; la de los curas que andan en bicicletas chinas, por los polvorientos y abismalmente tórridos puebluchos de provincia, con el estómago vacío, repartiendo medicinas, donadas por la “mafia” de Miami, y regalando esperanza a los pobres de la Tierra; la de esos fieles que honradamente creen en los preceptos, principios y dogmas del cristianismo y comparten con el vecino el buche de café (mezclado, por supuesto, con rayo coronado) y un milagroso “postre”, hecho con col rayada, pero que “sabe” a dulce de coco. Esa iglesia paridora del milagro de la sobrevivencia y que no tiene nada que ver con esta otra de altos jerarcas, que se trasladan en Mercedes-Benz, con aire acondicionado y chofer de guantes blancos, con sus cinturitas de obispo, no de avispas, y que les rinde pleitesía a los añejos verdugos de su pueblo.
De todas las iglesias posibles, este diablo en sotana pertenece a la peor de todas, a la vomitiva, no a la humana de la sed de agua, que redime y apoya a los “descarriados” con cojones, que quieren y necesitan una Cuba mejor y libre, para ellos y para sus hijos y nietos. Que este otro crimen de Ortega Alamino no pase inadvertido y que se tatúe en nuestras memorias, para hacer justicia algún día, ojalá muy pronto. Miserable cura, tan cerca del Vaticano y tan lejos de Dios.

domingo, 22 de abril de 2012

Las verdades inventadas


Por Ondina León ©

¿Qué diferencia hay entre una mentira y una verdad inventada? He aquí un dilema que siempre me ha acompañado, pero que en los últimos meses se ha exacerbado a raíz de una “asignación”, que me ha obligado a asumir una vieja y querida amiga, de esas a las que no se le puede decir un no. ¿Y cuál es esta misión imposible para mí? Escribir una autobiografía para una edición o antología de biografías de mujeres cubanas “ilustres”, intelectuales o escritoras, diseminadas por los cuatro rincones del planeta... ¡lindo proyecto!
Mi rechazo inicial, sin falsa modestia, es que no me considero una intelectual de alto vuelo ni mucho menos una escritora de pluma imprescindible, digamos, como una Dulce María Loynaz o una Juana Borrero, una Virginia Woolf o una Marguerite Yourcenar: de aprendiz no paso; de aficionada, sólo la vocación… Pero a mi docta amiga no se le puede decir que no, porque esgrime una y mil razones para convencerla a una. Y aunque luego le juré y le perjuré que mi vida no es nada interesante o heroica como para mostrarla en cueros, ella logró arrancarme el compromiso de que escribiría, nada y nada menos, que veinte cuartillas de mi vidita, porque yo sí tenía mucho que contar, aunque yo no lo creyera.
Náuseas, mareos, insomnio, falta de apetito, antojos raros, de todo hubo durante este embarazoso tiempo en que pergeñé la tela de araña de mi existencia reducida a veinte cuartillas. Y parí, finalmente. Aliviada y satisfecha por cumplir con el reto y quedar bien con mi amiga del alma, desconecté del dilema y comencé a vivir la ilusión de no tener compromisos pendientes. Pero, ingenua de mí, pobres de estos ojos hartos de mirar sin ver, a mis años, un buen día recibí por correo electrónico la evaluación de mi amiga, devenida feroz editora: “Tu autobiografía es linda, divertida y está maravillosamente bien escrita, pero…”. Cuando vi el “pero” dejé de leer, se me cortó la respiración y me levanté de un salto corriendo a buscar aire, porque presentí que algo apocalíptico iba a suceder en mi vida.
Al rato regresé con cautela y me senté delante de la pantalla de la computadora como quien espera sentencia de muerte, un viaje expreso al cadalso. Y, en efecto, después del “pero” decía: “…está incompleta y tienes que escribir más de otros aspectos de tu vida. Cuenta, aunque tengas que inventar…”. Y agregaba que yo tenía que reducir el puntaje de la letra, lo que implicaba muchas más cuartillas para sumar las veinte de marras.
Yo me quedé petrificada. ¿Es una autobiografía o un relato de ficción? El otro editor a cargo del proceso de este engendro editorial también me exigía que “inventara”, que para eso estaban las autobiografías. Lo cierto es que una nunca termina de aprender y que los dilemas están al acecho del más mínimo atisbo de paz, que una pueda inventarse, para saltar y agarrarte por el cuello. Yo, anciana niña, creía que los textos autobiográficos eran como un derroche de sinceridad en que se desnudaban las almas y se contaban hechos reales de vidas más o menos intensas. Pero parece ser que tenía el concepto equivocado. Luego, es inevitable que, cuando una habla de sí misma y de las horas de vuelo acumuladas en el duro oficio de existir, una sea juzgada y no sólo por los críticos especializados, sino también por todo aquel que lea el bendito texto, incluso familiares y amigos y hasta la posteridad, si acaso.
Y por muy hipertrofiado que una pueda tener el ego, creo que también hay como un pudor o recato que impide que una pueda ser del todo transparente o que se decida a hablar de ciertas etapas o acontecimientos personales. ¡Qué dilema! Ser o no ser la Ondina que he sido y que me ha tocado ser. O ser o no ser la Ondina que me hubiera gustado ser, a pesar de mí misma. O ser sólo la mitad de la que he sido para sentirme menos vulnerable. Pero ya Antonio Machado lo advirtió, en boca del sabio Juan de Mairena, tan apócrifo como real: “¿Dijiste media verdad? Dirán que mientes dos veces, si dices la otra mitad”. Otra vez, ¿qué hacer?
Ahora, heme aquí, sentada en el potro de tortura, frente al horizonte infinito de la página en blanco, lienzo virtual en el que tengo que pintarme, aun más desnuda, para perfilar algo parecido a una mujer “con vida”. Barajo y barajo pasajes de mi existencia, a partir de ciertas pautas dictadas por mi amiga —como “el primer amor”, “historia de una cicatriz que tienes en la cara”, “tu paso por una celebérrima institución cultural cubana de la que fuiste expulsada por anticastrista”—, y no se me ocurre nada. Porque, ¿qué contar que no termine resultando ridículo, cursi, melodramático o tremendista? ¿O hay que sazonar la vida con algo realmente escandaloso? El primer amor, ¿es el del puro sentimiento o el del primer encontronazo sexual? ¿Es emoción o es retortijones de hormonas o un mejunje de ambos? Y si digo que mi primer amor fue a los cinco años, cuando me enamoré de Marcel, un niño rubio de ojos verdes, un suspirito con pantalones cortos, ¿no habré caído en el abismo de la cursilería? Y si cuento que perdí la virginidad a los catorce años, con un vecino de 37, hermoso y casado, ¿no me juzgarán como una puta precoz? Pero si cuento que fui virgen hasta los veinte años y que “perdí la inocencia” con un extraño, que conocí en la calle y que a la media hora me tenía entre sus brazos y, sobre todo, entre sus piernas, ¿no me juzgarán como una boba retrasada y enloquecida, que perdió el tiempo y se inició con la pata izquierda? Y si confieso que he sido adúltera, con el cuerpo y/o con el alma, cientos de veces, ¿no me declararán inmoral, reduciendo la ética a la genitalidad? ¿Qué pensarán mis nietos de la vida erótico-sexual de su abuela? A veces, un silencio sutil dice más que una ristra de “escandalosas” revelaciones, porque no se mata al misterio ni a la imaginación ajena y se preserva la poesía de cada vida humana…
Porque hay una frontera invisible, pero implacable y monolítica, que el alma trémula y sola se niega a traspasar, so pena de perder un patrimonio que sólo le pertenece a ella. Ya no se trata del pavor a ser juzgada, sino es una cuestión de supervivencia y de identidad: para llegar a alcanzar aquel ideal griego de “Conócete a ti mismo” una sólo se puede desnudar ante sí misma y ante Dios, pero no ante los humanos que, mortales del Caos Supremo, caerán en la tentación de juzgar todos y cada uno de los vericuetos de un alma, para no tener que juzgar la propia, tal vez. Es imposible vivir sin juzgar.
Y si invento mis verdades, esas eróticas, políticas, vitales, ¿qué ganaría? Sólo a Dios le podría importar un juego de máscaras y de identidades asumidas para conformar una personalidad que, al final, no haría más que alimentar el caos humano que es la existencia, creo. ¿O será que me falta fantasía para vivir y definirme viviendo? No sé. Estoy muy confundida y creo que moriré sumida en un claroscuro de realidades inciertas. Volviendo a Machado, concluyo: “Se miente más de la cuenta por falta de fantasía: también la verdad se inventa”. ¿Está claro? Mientras, la página sigue en blanco…

jueves, 19 de abril de 2012

Little Ashes (tráiler)

"La otra vuelta de tuerca: Sin límites (Little Ashes). Mucho se ha escrito y especulado sobre la relación que mantuvieron Salvador Dalí y Federico García Lorca. Sin límites ahonda en esa intensa amistad, centrada sobre todo en la relación, siempre insinuada aunque pocas veces expuesta, entre el pintor y el poeta".